Interregnum: Diplomacia triangular 3.0

Dos constantes en las prioridades de política exterior del presidente electo de Estados Unidos son la necesidad de mejorar las relaciones con Rusia y adoptar una posición de mayor firmeza hacia China. ¿Pretende Trump, 45 años después del acercamiento de Nixon a Pekín y 65 de la alianza chino-soviética, invertir el triángulo y girar hacia Moscú para equilibrar a China?

Prevenir un enfrentamiento simultáneo con China y Rusia, dos potencias cuya cooperación bilateral se ha reforzado como consecuencia de la estrategia de reequilibrio hacia Asia de la administración Obama y de las sanciones a Moscú tras la crisis de Ucrania, responde a la lógica de los intereses norteamericanos. Al mismo tiempo, es innegable que Rusia puede ser un colaborador en la lucha contra el terrorismo jihadista. ¿Compensará a Washington, sin embargo, el reconocimiento de la influencia rusa en Oriente Próximo—región de la que logró expulsarla en los años setenta—, y en Europa oriental, a costa de sus aliados? Porque no menos será el precio exigido por Moscú.

Pese a su aparente complicidad con Trump, también Putin afronta nuevos dilemas. Superar el aislamiento al que le sometió Obama representa un notable triunfo diplomático; no obstante, no resuelve los problemas estructurales rusos. Quien ha hecho de su oposición a Estados Unidos y a los valores liberales uno de los elementos definitorios de su discurso político, ¿podría explicar a su opinión pública un giro de esas características? La celebración de elecciones presidenciales en 2018 complica el margen de maniobra de Putin si éste ya no puede hacer responsable a Washington de las dificultades económicas que atraviesa el país.

La victoria de Trump expondrá, por otra parte, las contradicciones en la relación entre Moscú y Pekín. Los dos necesitan más a Estados Unidos separadamente que el uno al otro. Y, como resultado de la inclinación proteccionista y aislacionista del nuevo presidente norteamericano, China puede adquirir un espacio económico y geopolítico que agravará la posición rusa. Los hechos hablan por sí solos. Mientras China es el tercer mercado para las exportaciones norteamericanas (tras Canadá y México), Rusia ocupa el 37º lugar. China no es sólo una plataforma vital para las multinacionales de Estados Unidos, sino que posee más de 1,8 billones de dólares de la deuda norteamericana. Por no hablar de la necesidad de cooperación de ambos países en numerosos asuntos de la agenda global—del cambio climático a la estabilidad del sistema financiero—en los que Rusia, por su escasa integración, apenas tiene un papel que desempeñar.

Moscú y Pekín querrían acabar con la posición dominante de Estados Unidos. Pero sus métodos no pueden ser más distintos. China necesita, y quiere impulsar, una nueva etapa de globalización. Rusia quiere construir una valla en torno a su periferia para no depender del exterior. En un mundo en el que la competencia tiene que ver con las definición de las reglas del juego de la economía mundial, la asimetría entre los intereses y capacidades de Rusia y China se hará cada vez más evidente. El juego triangular puede ser más complicado de lo que piensan Putin y Trump.

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