Los rumores sobre la muerte del trabajo son exagerados

La aseguradora japonesa Fukoku Mutual Life ha empezado a automatizar su servicio de reclamaciones. Watson, el superordenador de IBM, se encargará a partir de ahora de examinar los partes hospitalarios y determinar qué indemnización corresponde a cada cliente. La firma calcula que la implantación del sistema le costará 1,7 millones de dólares. Además, deberá pagar otros 128.000 al año por el mantenimiento, pero se ahorrará cada ejercicio 1,1 millones en nóminas e impulsará el 30% su productividad.

Esta y otras noticias similares han reavivado los anuncios de un apocalipsis laboral. “Cada día vemos cómo diferentes máquinas sustituyen a asalariados que hasta hace poco se sentían muy seguros, de modo que la inquietud […] hiela las espaldas de la gente más preparada”, editorializa El País. Y concluye que “está claro” que no va a haber empleo para todos.

No digo que no vaya a ser así en el futuro, pero hasta ahora los rumores sobre la muerte del trabajo han resultado exagerados. La población ocupada no ha dejado de crecer en lo que llevamos de siglo, ni parece que vaya a dejar de hacerlo en un plazo inmediato, como reflejan estas barritas del Banco Mundial.

Podrá objetarse que este gráfico es un cajón de sastre en el que se han metido todo tipo de naciones, incluidas las mucho más intensivas en mano de obra del Tercer Mundo, pero Maximilliano A. Dvorkin y Hannah Shell llegan a la misma conclusión cuando comparan la marcha del empleo en ocho economías avanzadas.

Aunque las curvas sufren sus altibajos, en ningún caso abonan la tesis de un declive que “hiela las espaldas”. A pesar del aumento de la población activa (impulsada por la incorporación de la mujer al mercado), la proporción de personas que trabajan se mantiene por encima de los niveles de los años 70 en todos los países, y en algunos incluso ha experimentado un progreso notable, como Japón, Alemania y, sobre todo, España. ¿Cómo es posible? ¿No realizan los robots muchas tareas de las que antes nos encargábamos los humanos? Esto es especialmente cierto en la agricultura o la industria textil. Si resucitáramos a un economista del siglo XIX y le explicáramos que el 2% de los estadounidenses producía hoy todos los alimentos y el 1% toda la ropa, se llevaría las manos a la cabeza. “¿Y qué hace la gente?”, diría.

La respuesta son nuevos artículos y servicios. De las 10 mayores fortunas del planeta, cinco se han labrado en actividades que no existían hace 40 años. Usted igual no nota el ahorro que comporta disponer de teléfonos, viajes o coches más baratos, pero la renta liberada por esa ganancia de productividad se acumula en el sistema financiero y acaba invertida en los proyectos de millones de emprendedores que se afanan por ser los próximos Steve Jobs y Elon Musk.

¿Y no llegará un momento en que este proceso se agote y no queden más cosas que fabricar y comprar? Una vez más, no digo que no vaya a ser así en el futuro, pero la experiencia revela que, por mucho dinero que tengamos, de momento siempre nos las hemos arreglado para encontrar algo en qué gastarlo: una piscina, un yate, un avión…

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