China Democracy

¿Se volverá China democrática? Quizás, pero no mañana. Miguel Ors.

En un artículo de 1959, el sociólogo estadounidense Seymour Lipset enunció la “teoría de la modernización”, que postula que “cuanto más desarrollada es una nación, mayores son las posibilidades de que albergue una democracia”. Su hipótesis recibió en 1990 el espaldarazo del Informe sobre el Desarrollo del Banco Mundial, en el que se constataba que, mientras 21 de los 24 países de ingresos altos eran estados de derecho, de los 42 más pobres solo lo eran dos.

Samuel Huntington llegó incluso a identificar una “zona de transición” a partir de la cual surgiría la democracia, y adujo como prueba la creciente proporción de la población mundial que vivía en libertad: el 32% en 1973, el 39% en 1990 y el 58% en 1994.

Por desgracia, se pueden hacer todo tipo de malabares con las estadísticas. Por ejemplo, Stephen McGlinchey ha argumentado que entre 1922 y 1990 el número de naciones soberanas pasó de 64 a 130 y, sin embargo, la proporción de democracias se mantuvo constante en el 45%.

Además, ¿de qué hablamos cuando hablamos de democracia? No basta con redactar una Constitución y celebrar votaciones periódicas. El asunto es más complejo y, para organizarlo un poco, The Economist Intelligence Unit (TEIU) elabora un índice a partir de una encuesta que, además de la fiabilidad del proceso electoral, evalúa el pluralismo, el respeto de las libertades, el funcionamiento del Gobierno, la participación ciudadana o la cultura política.

A la luz de este baremo, en 2016 apenas un 4,2% de los habitantes del planeta disfrutaban de una “democracia plena”. La mayoría de los países que Huntington incluyó en su tercera ola aparecen como “democracias imperfectas” o “regímenes híbridos” (el escalón previo a los “autoritarios”). El ejemplo más notorio del fracaso de la teoría de la modernización es China, cuyo gran progreso material no ha impedido que figure en el furgón de cola del índice de TEUI, y no precisamente en los primeros asientos: ocupa el puesto 136 de 167.

A Donald Trump esto le inquieta. Dice que sus predecesores dejaron que China se desarrollara con la esperanza de que un día abandonase el comunismo. Ahora teme que hayamos alimentado un monstruo que podría devorarnos en cualquier momento y aporta como precedente lo que pasó entre Atenas y Esparta. Bueno, en realidad él no aporta ningún precedente. Todo lo que sabe de los griegos se reduce aparentemente a que le caen bien. “No olvidéis”, proclamaba durante un mitin en marzo, “que vengo de Nueva York y allí andan por todas partes”.

Es su equipo el que, según Michael Crowley , “está obsesionado con Tucídides”. Steve Bannon, el estratega jefe de la Casa Blanca, es un “aficionado” (sic) a la guerra del Peloponeso y, en un artículo de 2016, ya estableció un paralelo entre aquel conflicto y el pulso que mantuvo con la Fox cuando trabajaba para Breitbart. Naturalmente, en el artículo ganaba él, el disciplinado espartano. La decadente Atenas Foxiana era vencida porque sus soberbios directivos ignoraron a Tucídides, que les habría alertado de que, al tolerar la emergencia de Breitbart, estaban firmando su sentencia de muerte.

¿Se pueden aplicar estas enseñanzas a la relación entre China y Estados Unidos? Difícilmente. La disputa entre Breitbart y la Fox es un juego de suma cero: cuando compites por la misma audiencia, creces a costa de los rivales y que desaparezcan es positivo. Pero no está claro que destruir un país beneficie automáticamente a los demás. Se pierden mercados a los que exportar y prestamistas a los que recurrir, por no hablar de los costes directos en los que se incurre.

Así que, sí, es decepcionante que la conjetura de Lipset/Huntington no se haya cumplido, porque (hasta donde sabemos) las democracias no guerrean entre sí. Pero eso no significa (hasta donde sabemos) que deban guerrear con los regímenes que no lo son.

Leave a Reply

Be the First to Comment!

Notify of
avatar
wpDiscuz