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La batalla por el dominio marítimo en el Pacifico. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Ya en 1890 el capitán estadounidense Alfred Tahyer Mahan, en su libro La influencia del poder del mar en la historia, explicaba la importancia estratégica del poder naval como el factor que elevó al imperio británico y, con un revolucionario análisis para aquel momento, pronosticaba que Estados Unidos debía desarrollar su poderío naval como elemento de control geoestratégico. Asimismo, sostuvo que aplicando el modelo de Gran Bretaña en la política exterior estadounidense se conseguiría una expansión en los mercados internacionales. En su precoz visión de mundo globalizado, le dió mucha importancia a establecer bases navales en distintos puntos, advirtiendo que con ello se ganaría influencia en el exterior.

Inspirado probablemente por la compra de Alaska en 1867, y la influencia estadounidense en Hawái a través de un tratado donde se estableció la unidad  de las islas, seguido por la idea ambiciosa del canal de Panamá defendido por William Seward, secretario de Estado de ese momento, Mahan entendía que era fundamental para los Estados Unidos poder comunicar sus costas y tener un mayor control marítimo.

A día de hoy la presencia estadounidense en el Pacífico es fuerte y ha sido consistente en los últimos años. Con el riesgo de Corea del Norte ha ido fortaleciendo su presencia con ejercicios militares, buques de superficie y submarinos.  El sistema THAAD es el ejemplo más claro de esos esfuerzos y lo mucho que ha avanzado la tecnología. Los radares de alerta temprana están operando permanentemente y transmitiendo información en tiempo real, y técnicamente serían capaces de neutralizar un misil cuyo objetivo sea Estados Unidos, alguna de sus bases o sus aliados.

Michael Fabey, reportero estadounidense de las fuerzas navales con una larga experiencia en el Pacífico, y que acaba de publicar un libro sobre el choque de poder entre Estados Unidos y China en Asia, sostiene que a día de hoy Estados Unidos sigue siendo, y seguirá siendo por un tiempo, la potencia naval más poderosa, sobre todo porque cuenta con el apoyo de bases militares en distintos puntos del Pacífico. Sin embargo, el crecimiento del poderío chino en pocos años es realmente preocupante.

Fabey afirma que, de haber una batalla entre ambas fuerzas, sería realmente sangrienta porque los chinos tendrían cómo responder con armamento muy poderoso lo que los mantendría en combate por un tiempo largo.  Aunque los Estados Unidos a largo plazo ganarían porque su poderío militar es mayor entre portaviones, equipos de guerra y aliados regionales, así como sus aliados internacionales, a los que se sumarian los europeos, australianos, y sobre todo los indios, que, de acuerdo con este periodista, mantienen una relación muy estrecha con los Estados Unidos en el campo militar.

A la presentación de este libro, al que 4ASIA asistió, pudimos constatar cómo China en los últimos 30 años ha cambiado su mentalidad, y entiende, en su habitual postura de copiar y reproducirlo todo, pero en su propia versión, como ha hecho con el comunismo, que deben seguir ampliando su capacidad naval para apoderarse de la hegemonía en el Pacífico, y con ello sembrar respeto y temor en sus vecinos. El mar de la China meridional junto con las islas artificiales, es como el Caribe para los Estados Unidos. Quieren dejar claro que ellos son los que controlan ese mar, y los únicos que pueden patrullarlo. Lo dejan abierto para la circulación, pero bajo su control.

La situación actual con la Administración Trump es más compleja porque los chinos no saben cómo leer lo impredecible de este gobierno, lo que podría acabar en un escenario indeseado. Sin embargo, el libro plantea que un conflicto entre ambas potencias podría pasar por controlar el espacio, más que por un control marítimo regional. A pesar de los casi 130 años que separan el libro de Mahan donde se planteó la importancia de poseer una fuerza naval fuerte para ejercer control geoestratégico de los mares, Fabey en su libro sigue avalando esa teoría y explica cómo China está haciendo su propia versión de Mahan en el Pacífico.

Xi poster

El gran rompecabezas chino. Miguel Ors Villarejo

En una democracia liberal, la hermenéutica parlamentaria se reduce a una simple operación aritmética: contar los congresistas que cada partido saca en unas elecciones transparentes y pacíficas. A partir de su número se sabe quién manda y cuánto manda, y puede también deducirse cómo pretende gobernar con un razonable grado de seguridad.

No sucede lo mismo en un régimen comunista. El poder no emana aquí de los congresistas. Son los congresistas los que emanan del poder, que se dilucida en un proceso opaco y a menudo violento, cuyo resultado se manifiesta en detalles que solo el ojo entrenado puede apreciar: la aparición (o desaparición) en los retratos oficiales, la preeminencia (o postergación) en los desfiles militares, la cantidad de mayúsculas (o de minúsculas) del cargo, etcétera.

A la luz de estas técnicas arcanas, los analistas coinciden en que Xi Jinping es el político chino más poderoso del último medio siglo. El elemento cabalístico decisivo es la incorporación a la Constitución de su “pensamiento”. “Es el primer líder vivo que menciona la Carta Magna desde Mao”, escribe The Economist. Ni Hu Jintao ni Jiang Zemin figuran, y la referencia a Deng Xiaopin y su “teoría” (término menos profundo e imponente que “pensamiento”) se incluyó a título póstumo.

¿Es esto una buena o una mala noticia? Es difícil saberlo. Las fuentes fiables de que disponemos (un cable diplomático filtrado por Wikileaks, testimonios dispersos) dibujan a Xi como un hombre astuto, consumido por la ambición. Hijo de un comunista de primera hora depurado durante la Revolución Cultural, se hizo “más rojo que el rojo” para sobrevivir. Tras licenciarse como oficial del Ejército, sirvió en diferentes destinos provinciales, procurando siempre ser “aburrido y olvidable”. Había comprobado cómo la franqueza arruinaba la vida a su padre, así que decidió mostrarse complaciente con la autoridad. “Nadie en su sano juicio hubiera dicho que el chico que alojé en mi casa llegaría a presidente, ni de China ni de ningún otro país”, comentó la estadounidense que lo acogió durante una feria agraria en su casa de Iowa. Este talante inofensivo y afable lo convirtió en el candidato de consenso cuando hubo que relevar a Hu Jintao.

Entonces se desató la bestia.

“Xi ha protagonizado dos cruzadas en casa”, escribe Carrie Gracie, “una para controlar el Partido y otra para controlar la web”.

Con el pretexto de acabar con la corrupción, ha tronchado la cabeza a miles de altos cargos y, con el propósito de preservar la “independencia [de China] como pueblo y nación”, ha levantado un cortafuegos en internet que podría dotar de un nuevo sentido la expresión “poner puertas al campo”.

En Occidente los expertos están divididos. Los pesimistas creen que el mundo se dirige hacia otra trampa de Tucídides y que, del mismo modo que la emergencia de Atenas arrastró a Esparta a la guerra del Peloponeso, la irrupción de China provocará tarde o temprano la colisión con Estados Unidos. La concentración en Xi de un poder formidable, sin apenas contrapesos, empeorará la calidad de sus decisiones porque, dice The Economist, “aumenta el riesgo de que sus subordinados le cuenten únicamente lo que estimen que quiere oír”. Hay precedentes. Durante el Gran Salto Adelante, millones de campesinos morían de hambre mientras los gobernadores informaban a Mao de que la cosecha iba de cine y los graneros estaban a reventar.

Pero los optimistas alegan que Xi es consciente de que la base de su legitimidad es la prosperidad material y de que esta se desintegraría en caso de conflicto. Además, ahora que se ha deshecho de sus rivales, su “pensamiento”, que consagra la economía de mercado “con características chinas”, se desplegará en toda su plenitud, derramando sus bondades por doquier gracias a la globalización.

La verdad probablemente se halle a mitad de camino entre estos dos escenarios. Y para anticiparla, habrá que seguir pendiente de esos detalles que solo el ojo entrenado puede apreciar: los retratos oficiales, los desfiles militares, el baile de mayúsculas…

Trump Building

INTERREGNUM: Trump en Asia. Fernando Delage

El 3 de noviembre, Trump comienza su segundo gran viaje al exterior, con una gira de 12 días que le llevará a cinco países de Asia. Además de los tres grandes del noreste asiático—Japón, China y Corea del Sur—, el presidente norteamericano visitará dos naciones del sureste de la región—Vietnam y Filipinas—para asistir a dos cumbres multilaterales.

En los tres primeros predominará la agenda bilateral. Comercio y seguridad ocuparán la mayor parte de su tiempo con Shinzo Abe, Xi Jinping y Moon Jae-in. Tras su victoria electoral del 22 de octubre, un Abe reforzado políticamente tratará de convencer a Trump de lo inviable de su política comercial: Japón, como la mayoría de las economías asiáticas, necesita mayor liberalización e integración, y preferiría evitar una excesiva dependencia del mercado chino. El primer ministro surcoreano tendrá que emplearse a fondo también para que Trump no añada el acuerdo de libre comercio Estados Unidos-Corea del Sur (KORUS) a la lista de los pactos, encabezados por NAFTA, que quiere deshacer. En China, cuyo superávit comercial con Estados Unidos el presidente no ha dejado de denunciar desde la campaña electoral, quizá desvele por fin cómo piensa responder. Con los tres líderes, Trump discutirá asimismo la evolución del desafío norcoreano, para concluir, lo reconozca o no, que carece de opciones de actuación en solitario.

Tras diez meses en la Casa Blanca, el principal problema asiático de Trump es la ausencia de una política. Ni en el departamento de Estado ni en el Pentágono se ha nombrado aún a los responsables de Asia, mientras también siguen vacantes muchas de las embajadas de Estados Unidos en la región. Tampoco se ha expuesto una estrategia articulada sobre los objetivos de la administración. Se espera con notable expectación, por tanto, que en su discurso en Vietnam, donde Trump asistirá a su primera cumbre del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC), anuncie su visión de Asia y cómo propone defender los intereses norteamericanos en un contexto de profunda transformación. Asia nunca ha sido más importante para el futuro económico y diplomático de Estados Unidos y, sin embargo, se acelera la percepción de debilitamiento de su posición. La Casa Blanca quiere apartarse de las propuestas de Obama y su famoso “pivot” hacia Asia, pero lo que ha provocado ha sido un vacío de un año tras el abandono del TPP, letal para su credibilidad.

Un anticipo de lo que pueda decir Trump lo ofreció su secretario de Estado, Rex Tillerson, en un discurso pronunciado en Washington el 18 de octubre, en vísperas de su primer viaje oficial a India. Fue algo más que un examen de las relaciones entre las dos mayores democracias del mundo. Tillerson volvió al discurso de administraciones anteriores sobre un orden regional libre y abierto, y “basado en reglas”. Aunque de manera poco explícita, también dio a entender que Washington va a reaccionar a la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda, y que, ante la redistribución en curso del poder internacional, India será uno de sus principales socios de preferencia. Cabe esperar que, en su intervención en Vietnam, por fin Trump anuncie cómo Estados Unidos va a intentar abrirse un espacio en Eurasia para equilibrar las ambiciones económicas y geopolíticas chinas.

En Filipinas, Trump no asistirá a la Cumbre de Asia Oriental, segunda gran cumbre anual multilateral en Asia, a la que Estados Unidos se incorporó en 2010, y que Obama trató de reconvertir en el principal foro regional de seguridad. Aunque es el único proceso, junto a APEC, que reúne a los jefes de Estado y de gobierno, la ausencia de Trump en su primera convocatoria es difícilmente justificable. Al menos, participará la víspera en la cena de conmemoración del 50 aniversario de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), institución que ocupó un papel relevante en la estrategia asiática de Obama pero que ha ignorado hasta la fecha la actual administración. Quizá tras sus conversaciones con Rodrigo Duterte, Trump pueda afinar sus ideas al conocer de primera mano la percepción local sobre el ascenso de China y sobre lo que se espera de Estados Unidos.

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Mar Meridional: El caribe de Xi Jinping. Juan José Heras.

En junio de 2017 Vietnam permitió a la subsidiaria de Repsol en el país perforar en busca de una bolsa de gas en aguas del Mar Meridional, concretamente en el bloque 136-03, que se encuentra dentro de la Zona Económica Exclusiva (ZEE) de Hanoi, y sobre el cual, según la ley del mar (UNCLOS), tendría los derechos de explotación.

China, tal y como era previsible, amenazó con llevar a cabo acciones militares contra las bases vietnamitas en estas aguas sino se paralizaban inmediatamente los trabajos y se comprometían a no perforar nunca más en esta parte del Mar Meridional. Ante la asertividad de Pekín, y al no sentirse respaldado por Washington, Vietnam accedió a las exigencias de China, paralizando los trabajos.

Y si Vietnam, que tiene una capacidad de disuasión naval medianamente creíble, cede a las exigencias de Pekín, el resto de países seguirán el mismo camino evitando provocar al gigante asiático. En este sentido, destaca la decisión del presidente filipino, Rodrigo Duterte, de no utilizar el fallo favorable dictado por el TMI hace un año para presionar a China en sus reclamaciones marítimas. Por supuesto, a cambio de la ayuda económica de Pekín y la firma de acuerdos comerciales favorables a Manila.

El mensaje de Pekín parece claro, independientemente de las leyes internacionales, China dictará las reglas en su región de influencia geopolítica, de la cual forma parte el Mar Meridional. Pero esto solo es el primer paso para decirle a occidente, que tras los 100 años de humillación, la China que rigió el mundo mediante el tradicional sistema tributario está de vuelta y reclama el sitio que le corresponde entre el cielo y la tierra.

Pero lo cierto es que esto no debería sorprendernos tanto, ya que en el sentir de su población y en las declaraciones de sus líderes siempre ha estado latente el anhelo de venganza y resarcimiento por la ocupación de las potencias occidentales y la posterior insubordinación de los países de su tradicional zona de influencia durante el siglo pasado.

Además, si rebuscamos un poco en la historia, no hace falta remontarse mucho para ver como China está siguiendo el patrón utilizado EE.UU. para convertirse en la potencia hegemónica del siglo XX, cuyos primeros pasos fueron desarrollar una Armada potente y expulsar a las potencias europeas de su vecindario, esto es, el Mar Caribe.

Así, en la década que siguió a la llegada de Roosevelt a Washington, EE.UU. expulsó a España del hemisferio occidental y adquirió Guam, Puerto Rico y Filipinas; amenazó a Alemania y Gran Bretaña con ir a la guerra en el Caribe a menos que aceptaran resolver sus disputas conforme al criterio estadounidense; apoyó una revuelta en Colombia para crear un país nuevo, Panamá, y construir un canal que favorecía sus intereses; y  se erigió en el garante de la seguridad en el hemisferio occidental, reservándose el derecho de intervenir cuando y donde lo considerase necesario, derecho que ejercitó nueve veces en los siete años que fue presidente.

Roosevelt convirtió a EEUU en una potencia en el Pacífico y el Índico y construyo un ejército donde primaba la superioridad naval, asegurando que preparase para la guerra era la mejor forma de mantener la paz. De hecho, en 1890, la marina americana no tenía ningún barco de guerra y antes de 1905, ya había construido 25. Además, EEUU prefirió utilizar su creciente capacidad económica y militar para reforzar su influencia en lugar de expandir sus fronteras (p.e. hacia Canadá) y se concentró en dominar su hemisferio con vecinos que aceptaban su preeminencia y sin interferencias de potencias extranjeras. El mensaje norteamericano fue claro, mantener su esfera de influencia y respaldarla con la fuerza si era necesario.

Cabe recordar también,  que envalentonado por las victorias frente a España, Alemania y Gran Bretaña en su dominio por Venezuela y Alaska respectivamente, Roosevelt declaró en 1904 que EEUU había asumido la responsabilidad de mantener la paz y la estabilidad en su vecindario geopolítico. Así, su ejército intervino en República Dominicana, Honduras y Cuba durante periodos de inestabilidad que amenazaban sus intereses comerciales. La marina americana intervino en América Latina 21 veces durante los 30 años la política de nueva vecindad instaurada a mediados de 1930.

Creo que añadir cualquier comentario a estos “recuerdos” solo puede restar importancia al mensaje que Norteamérica trasmite con su propia historia. No sé a vosotros, pero a mí esta China de Xi Jinping me recuerda mucho a aquella américa de Theodore Roosevelt.

Nueva china

INTERREGNUM: China: ¿Nueva Era o Gran Salto Atrás? Fernando Delage

No se esperaba que, el pasado 18 de octubre, Xi Jinping fuera a emplear tres horas y media para exponer su informe de gestión como secretario general en la apertura del XIX Congreso del Partido Comunista. Cinco años antes, a Hu Jintao le bastaron 90 minutos. Pero la duración de su discurso fue coherente con las ambiciones de Xi, entronizado como líder supremo y responsable, nada menos, del comienzo de una “nueva era” de la República Popular, tras las representadas por Mao Tse-tung y Deng Xiaoping. ¿Serán Jiang Zeming y Hu Jintao, veinte años al frente de China entre los dos, algo más que una nota a pie de página en los futuros manuales de Historia?

El Congreso acordará la mayor renovación de los cargos internos del Partido desde 1969: hasta un 70 por cien de los miembros del Comité Central serán nuevas incorporaciones. Entre ellos estarán los integrantes del próximo Politburó y, de entre estos últimos, los cinco dirigentes que—junto a Xi Jinping y Li Keqiang—formarán parte del Comité Permanente. Sus nombres, que no se conocerán hasta el 24 de octubre, darán la clave sobre si Xi ha logrado situar de manera prioritaria a fieles suyos en las principales estructuras de la organización.

En su informe, Xi repasó numerosas áreas de gobierno, pasando de la economía a la política exterior, de la educación a la ideología. Un leitmotiv predominó en su intervención: la necesidad de afianzar el papel de control del Partido Comunista, de conformidad con las actuaciones emprendidas por el secretario general durante el último lustro. La campaña contra la corrupción seguirá su curso, al igual que el reforzamiento de la disciplina interna.

Pero a falta de que el Congreso llegue a su fin en unos días, también se ofrecieron algunas novedades. Una especialmente llamativa ha sido la aparición de una nueva fecha en la planificación del gobierno: 2035.

Hasta ahora, el “sueño chino” era el eslogan que definía las prioridades de Xi desde su nombramiento a finales de 2012; un discurso que lejos de ser un mero recurso retórico estaba vinculado a dos objetivos a alcanzar en coincidencia con dos conmemoraciones históricas: convertirse en la mayor economía del mundo en 2021 (centenario de la fundación del Partido), y en una sociedad próspera y moderna, que contaría además con el mayor presupuesto de defensa del mundo, hacia 2049 (centenario del nacimiento de la República Popular).

En el XIX Congreso, Xi se ha fijado el propósito de que China “realice su modernización socialista” hacia 2035. Es una fecha a mitad de camino entre las dos señaladas anteriormente, y hay quien ve en ello la intención de Xi de permanecer en el poder más allá de 2022, cuando venza su segundo y, en teoría, último mandato. También es un año, 2035, con el que se quiere hacer hincapié en la calidad del crecimiento económico, más que en su ritmo, algo fundamental para que China no se vea atrapada en el estatus de un país de ingresos medios cuando se acelera el envejecimiento de su población.

No obstante, el diagnóstico de los imperativos descritos por el gobierno parece contradictorio con la vuelta a un esquema de poder unipersonal que recuerda a etapas anteriores. La estabilidad de China y del resto del mundo requieren que esta “nueva era” lo sea de verdad y no enmascare lo que podría convertirse en un “Gran Salto Atrás”.

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El NAFTA, supervivencia en agonía. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El acuerdo de libre comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) está en un proceso de deterioro de su estabilidad, a pesar de sus más de veinte años de exitoso funcionamiento. Tanto Canadá como México están apostando fuertemente por mantenerlo a flote, pero sus socios estadounidenses han repetido sin ningún tipo de dobleces que no continuarán con un acuerdo que perjudique la economía y los intereses de los Estados Unidos. La semana pasada, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, en su visita a la Casa Blanca, apostó por impulsar el acuerdo mientras Donald Trump, en su básico vocabulario, dejaba claro que sus relaciones bilaterales con Canadá son muy buenas, pero que el NAFTA ya se verá.

Trump ha sido consistente es su oposición a este acuerdo como, en general, a casi cualquier acuerdo económico en donde los intereses de su “América First” o “Make America Great again” estén comprometidos: de acuerdo a su propia concepción, lógicamente. Ha asegurado que es el peor tratado económico nunca antes firmado y firmó una orden ejecutiva para renegociar NAFTA a muy pocos días de tomar posesión. Además de que sus asesores económicos han expresado su negativa a continuar adelante con este compromiso.

La semana pasada, en el marco de la cuarta ronda de negociaciones para intentar salvar NAFTA, el representante de intercambios estadounidense afirmó que la causa del déficit que sufre Estados Unidos es este acuerdo. Del mismo modo, alegó que es prioritario para su Administración disminuir el déficit en los intercambios entre México y Estados Unidos, que el año pasado ascendió a 36 billones de dólares, mientras con Canadá fue de 30 billones (según el Economic Complexity Index).

Chrystia Freeland, ministra de Exteriores de Canadá, por su parte aseguró que erradicar este acuerdo no será la solución al déficit estadounidense. Los números indican que en 2016 las exportaciones estadounidenses fueron de 1.42 trillones de dólares versus 2.21 trillones en importaciones globales, lo que arroja un balance negativo de 783 billones.

Los expertos no terminan de ponerse de acuerdo en cómo se podría acabar con el NAFTA. Técnicamente hay dos teorías que se manejan. La primera, que Trump puede anularlo basándose en el artículo 2205 del acuerdo, lo que le daría 90 días para la retirada total. La segunda teoría sostiene que, dado que este convenio fue aprobado por el Congreso de los Estados Unidos, es el Congreso el que tiene la autoridad legal de anularlo, lo que sería más complicado, pues de momento sigue contando con su apoyo.

El dinero es el elemento que tiene realmente en vilo este tratado; el reestablecer aranceles a los productos beneficiaría a las empresas petroleras estadounidenses, lo que se traduciría en mayor liquidez, dicen. Es también probable que se pudieran recuperar entre 500 a 700 mil empleos en empresas manufactureras en California, Michigan, New York y Texas que han sido trasladadas a México. Sin embargo, el precio de los productos agrícolas que se importan de México a Estados Unidos aumentaría instantáneamente, (vegetales, frutas, aceites comestibles, etc.) lo que terminaría teniendo un impacto inflacionario en la economía que tanto quiere proteger Donald Trump.

Los acuerdos económicos entre países, tal y como su nombre indica, son convenios en donde se gana y se sacrifican cosas para un bien común. Pretender establecer acuerdos donde sólo se benefician los intereses de una de las partes, es una gran presunción. Renegociar acuerdos existentes para poder ajustarlos a las nuevas necesidades, demandas e incluso a la nueva realidad, es políticamente correcto, pero siempre que se haga bajo el respeto hacia los otros socios.

El afán proteccionista de Trump está llevando a la nueva Administración a replantearse las normas del juego económico, y con ello tratar de imponerlas a sus aliados comerciales.

México ha ido abriendo progresivamente su mercado hacia el Pacífico. En el 2011 se creó una zona de libre comercio entre México, Colombia, Chile y Perú, que solo en el 2017, ha conseguido que el 94% de los intercambios hayan sido libres de impuestos. Además, China, Alemania y Japón (en ese orden) después de Estados Unidos y Canadá, son los países a los exportan sus productos. Y astutamente Japón está intentado hacerse con los espacios que podrían dejar las fábricas automovilísticas estadounidenses en México. En cuanto a Corea del Sur, la relación con México es bastante dinámica, tiene firmados 11 convenios de cooperación en diversas áreas (según cifras oficiales del gobierno azteca) y Seúl considera a México como el primer aliado comercial en América Latina, puente estratégico para entrar a este gran mercado. Canadá, por su parte, tiene menos riesgo, pues de momento parece que Washington apuesta por mantener las relaciones cercanas y apunta más a querer un convenio económico bilateral con ellos.

Finalmente, lo cierto es que, para Estados Unidos, ambos socios son fundamentales en su economía, y que a pesar de su tendencia súper proteccionista, a la administración Trump le tocará hacer un análisis pragmático de sus intereses frente a la realidad, pues Canadá es el primer país a donde envían sus productos, y el tercer país del que importan. Y en cuanto a México, es el segundo al que al que exportan productos, y el segundo también del que importan.

Imponer un cambio de las reglas de juego cambiará la realidad económica. La situación actual no es la misma de cuando la fuga de los empleos, lo que significa que aun intentando replicar esa pasada realidad no hay seguridad de que se podrán recuperar las manufactureras. Estamos inmersos en un proceso de cambio constante que exige adaptarse. Mirar atrás no es la clave, pues lo que dio resultado hace tres décadas no tiene garantía de ser exitoso en el mundo globalizado que vivimos hoy.

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Estas son las razones por las que China compra equipos de fútbol europeos (y 3). Miguel Ors Villarejo

En un congreso de emprendedores celebrado el año pasado en Londres, algunos asistentes manifestaron su inquietud por el caudal de dinero que los inversores chinos estaban volcando sobre los clubes europeos. ¿No podría desvirtuar la competición? “Los ejemplos de propietarios extranjeros que se entrometen en la gestión, los fichajes y las tácticas han dado pie a abundantes titulares en la prensa”, escribe Angus McNeice. Y recuerda cómo Vincent Tant intentó (sin éxito) potenciar el “atractivo mundial” del Cardiff City cambiando su tradicional color azul por el rojo o sustituyendo la golondrina del escudo por un dragón.

Las sugerencias no se ciñen al terreno del marketing. Ledman, la empresa de Sian que patrocina la segunda división portuguesa, colgó en su web que iba a enviar a 10 jugadores chinos para que los alinearan los principales conjuntos de la competición. Al final debió retractarse, pero el mero anuncio dejó en el aire la inquietante pregunta de si esta gente sabe lo que se trae entre manos.

La respuesta es que, con alguna excepción, no tiene ni idea. Como reconoció en el encuentro de Londres Lin Feng, el consejero delegado de la consultora DealGlobe, los compradores chinos son en su mayoría “inversores pasivos” que “no conocen bien el negocio del fútbol”.

¿Y por qué se meten, entonces? Justamente por eso: porque no conocen bien el negocio y quieren aprenderlo. Simon Chadwick, que da clases de Estrategia para Firmas Deportivas en la Universidad de Salford, dice que, a diferencia de los oligarcas rusos o los jeques árabes, los millonarios chinos no compran equipos para hacer alarde ante sus amigotes, sino para enterarse de cómo funcionan y ayudar al camarada Xi Jinping en su propósito de convertir la República Popular en una potencia balompédica. “No es nada nuevo”, señala Chadwick. “Aplican el manual que les ha funcionado en otros ámbitos. Toman participaciones en sociedades extranjeras y contratan a técnicos para que formen a su mano de obra”. La entrada de Wanda en el Atlético sigue el mismo patrón que la de Geely en Volvo o la de ChemChina en Pirelli.

“Las fusiones y adquisiciones son un aspecto clave de la estrategia de desarrollo china”, declara en el Telegraph Danae Kyriakopoulou, investigadora del Centro de Estudios Económicos y Empresariales de Londres. “Pekín debe asimilar las tecnologías necesarias para dejar de fabricar artículos baratos y evolucionar hacia actividades de más valor añadido, y la entrada en compañías de países desarrollados es un modo de conseguirlo”.

Estas fiebres suelen ser de todos modos pasajeras y, en el caso del fútbol, parece que empieza a remitir. A mediados de agosto, el Consejo de Estado incluyó los clubes deportivos en la lista de sectores en los que las firmas locales no pueden invertir. Se conoce que ya disponen de suficientes modelos para destripar y copiar, aunque también ha debido de pesar un poco en la decisión el amor propio. “Si no adoptamos alguna medida”, escribía este verano el fundador del conglomerado Fosun, “estos extranjeros nos van a tomar por unos idiotas con los bolsillos llenos de dinero”.

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Rusia sigue fortaleciéndose en Asia

Las importantes maniobras militares entre Rusia y China revelan como Moscú está en un lenta y decidida estrategia de fortalecer o avanzar en sus posiciones en Asia. Mientras mejora sus posiciones con China, con acuerdos comerciales y energéticos y con una posición cercana respecto a la crisis con Corea del Norte, Putin fortalece los lazos con India, que se encuentra con un crecimiento de la tensión de este país con China en su frontera común en Cachemira.

Putin sigue avanzando en su candidatura a ser la segunda superpotencia mundial y ganar voz, como en los tiempos de la URSS, en todos los asuntos importantes de la agenda internacional en un contexto en el que EEUU vacila y China avanza en el tablero.

India es un aliado importante. No sólo por la importancia de su mercado, su crecimiento económico y su desarrollo tecnológico sino también por su posición geopolítica. Con una China presente en su frontera norte que, además, mantiene lazos con Pakistán, el gran enemigo de India por sus disputas territoriales entre otras cosas, y con una posición avanzada frente a la ruta del petróleo del Golfo a la vez que sobre el Índico, es un protagonista necesario. Además, el pragmatismo de India ha hecho que manteniendo sus lazos con Moscú, mejore sus relaciones con Estados Unidos y Europa y, lo que no es nada sorprendente por razones obvias, con Israel.

India puede ser un contrapeso importante en los conflictos regionales y en los mundiales y Rusia no quiere dejar de tener sitio en su mesa. La situación en el sureste asiático no es completamente estable y crecen los problemas étnicos y hacia el oeste de India, el escenario afgano-pakistaní sigue enredado y aparecen contradicciones en la política estadounidense y el éxito ruso-iraní en Siria, al menos de momento, hace subir la cotización de Putin. Más piezas sobre el tablero.

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Negociar sobre el filo de la navaja

El despliegue de nuevas maniobras militares navales en el mar de Corea por parte de las armadas de Estados Unidos y de Corea del Sur, aprovechadas por medios rusos, iraníes y otros de su órbita, para presentar lo que llaman “los planes ocultos de Trump desde hace meses”, parece una escenificación de la máxima presión, que probablemente es una baza más para apoyar la posición de EEUU en las negociaciones secretas que se están desarrollando, en principio de manera indirecta, entre Washington y Pyongyang. La frase de hace unos días del secretario de Estado Tillerson de que “negociaremos hasta que caiga la primera bomba” sería parte de esa escenificación porque, hasta el momento, nadie considera seriamente la posibilidad de un enfrentamiento militar directo entre Estados Unidos y Corea del Norte. Aunque cada día  se teme que un incidente no deseado o un error de cálculo en la presión desate este enfrentamiento.
En realidad, los analistas coinciden también en señalar que en caso de un enfrentamiento, el resultado, desde el punto de vista estrictamente militar, se decantaría a favor de Estados Unidos, pero conviene recordar que el mismo ejército derrotó brillantemente a la dictadura de Sadam Hussein y luego no supo ni explotar ni gestionar aquella victoria, dejando tras de sí un caos que aún pende sobre toda la región. Así, el principal peligro no es un enfrentamiento militar entre Corea del Norte y Estados Unidos, sino los efectos de este enfrentamiento en una región con creciente inestabilidad que está en una fase de reequlibrio de alianzas estratégicas. Y no olvidemos el creciente protagonismo chino que aspira a afianzar con una potenciación de sus fuerzas navales, y Rusia, que quiere recuperar y aumentar su influencia regional.
Todos esos elementos, tal vez demasiados para un presidente, el de Estados Unidos, cuya improvisación, cultura (escasa) y protagonismo no son lo mejor en estos momentos, deben ser tenidos en cuenta. Y no sólo por la Administración estadounidense, sino también por algunos gobiernos europeos cuyas críticas a Trump parecen a veces estar más dictadas por unos tópicos ideológicos alineados con la izquierda que por la racionalidad y oportunidad de esa críticas.
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China: auge de las firmas y artículos de lujo. Nieves C. Pérez Rodríguez

Mucho se ha hablado sobre el crecimiento espectacular que ha experimentado China en los últimos años. Hay quienes afirman que será la economía más grande del planeta antes de lo previsto. Su presencia internacional es cada vez más fuerte y su voz cada día más clara. Y a pesar de que siguen definiéndose a sí mismos como socialistas, gobernados por un partido comunista, los números demuestran que son el Estado que practica el capitalismo más agresivo, siendo el primer exportador e importador de bienes y la primera potencial industrial.

Una prueba de este espectacular desarrollo económico es el consumo de artículos de lujo y el auge de las casas de moda de renombre en su territorio. Aunque son 20 años los que llevan celebrando la semana china de la moda en Beijing, esta última edición consolidó su posición global y contó con la presencia de más de 520 firmas de diseño.

Según la academia china de ciencias sociales, ya en 2010 el mercado de artículos de lujo había aumentado a 9,4 billones de dólares. Y hoy en día, los consumidores chinos son responsables de un tercio de las compras de lujo en el mundo, que hasta hace muy poco se hacían en su mayoría en París. Las principales urbes chinas cuentan con boutiques de primeras marcas, pero los precios en su territorio han sido siempre mucho más elevados que en el exterior. Y a pesar de que en el último año los precios de estos artículos han bajado considerablemente, según los cálculos hechos por el Financial Times, se estima que seguirán estando alrededor del 40% por encima comparado con otras ciudades del mundo, debido a los elevados impuestos que el gobierno chino les impone.

A principios de este año Bain & Co. publicó un estudio que demuestra que tanto las joyas como los bolsos de firmas de lujo aumentarán sus ventas entre un 2 y un 4%, lo que representa unos 290 billones de dólares sólo en el año 2017, aumento que se debe al creciente interés de los consumidores chinos en estos productos. Estos números despertaron rápidamente interés en las plataformas de venta digital, como Alibaba, que ha lanzado un departamento de lujo en su web. Asimismo, otro fenómeno paralelo es el de los blogs que se han sumado a esta tendencia en crecimiento. Jóvenes blogueras chinas han comenzado a aconsejar a sus seguidores dónde comprar piezas de ropa de moda y como combinarlas, a lo que las grandes firmas han respondido con contrataciones para publicitar sus productos directamente a través de sus blogs. Según la revista Forbes, el sentido chino de sus derechos, después de tantos años de economía utilitaria, es especialmente fuerte cuando se trata de adquirir experiencias únicas, y qué mejor que caprichos que están reservados sólo para pocos bolsillos.

Los gustos excéntricos son una demostración de poder económico, sin lugar a dudas. En un viaje que hice a Zambia en el 2011, pude percibir la influencia china en Lusaka, desde las obras de infraestructura hasta los anaqueles del supermercado. Pero como si todo eso no fuera suficiente, me llamó especialmente la atención que los inversionistas chinos tenían especial interés en hacerse con las piedras preciosas de gran dimensión, y Zambia como el segundo país productor de esmeraldas del mundo, vende sus piedras más valiosas a chinos que las usan como objeto decorativo en sus hogares, como símbolo de status y posición económica. Lo mismo sucede en Madagascar, en donde compran por un valor irrisorio zafiros multicolores que se extraen en el sur de esta isla, así como las maderas más codiciadas en el mercado internacional, extraídas ilegalmente de sus bosques, para elaborar muebles finos.

En una sociedad tan numerosa, que ha tenido un crecimiento económico tan acelerado, hay una imperiosa necesidad de parecerse más a occidente, y demostrar con objetos su liquidez. El gigante asiático adelantó en el consumo de bienes de lujo a Japón en 2012 y con ello ha acelerado el crecimiento de este sector a nivel mundial. Lo mismo ocurrió con los vinos cuando empezaron a consumirlos, pues hoy se estima que unos 38 millones de chinos son consumidores asiduos de vinos. Queda claro que cada día son más los chinos que pueden permitirse una vida de confort donde el dinero no representa una traba, a pesar de que aún 55 millones de sus ciudades siguen viviendo en una precaria pobreza, según datos del banco mundial.