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Los efectos de sus medidas que Trump ignora. Nieves C. Pérez Rodríguez

La vida cotidiana de los ciudadanos transcurre bastante parecida en casi cualquier país del mundo. Salvo diferencias culturales y determinadas prácticas, las preocupaciones que ocupan los pensamientos son parecidas: trabajo, dinero, familia, vivienda, educación, etc. La calidad de vida de los ciudadanos está determinada por factores más complejos, como el nivel de desarrollo del país, el acceso a tecnología punta, un sistema sanitario que funcione, y la libertad es sin duda un factor que ocupa un lugar importante. La globalización ha sido el elemento acelerador del deseo de desarrollo, mientras que ha permitido que se agilicen las transacciones de intercambios y el acceso a productos de casi cualquier punto, por distante que sea del planeta.

Esto es lo que ha ocurrido entre China y Estados Unidos, a pesar de ser países con sistemas económicos y políticos opuestos. El deseo de acceder a un mayor mercado, o producir a menor costo o a mayor escala ha unido a ambas economías, las ha hecho crecer e incluso las está llevando ahora a un enfrentamiento por mantener el liderazgo. Pero ¿es posible que la guerra comercial de la que tanto se está hablando quede ajena al ciudadano de a pie?

Conversamos con Eric Johnson, periodista especializado en intercambios comerciales, tecnologías y logística, que acumula una gran experiencia práctica en intercambios comerciales, y sostiene que Trump tiene razones reales en culpar a China de no estar jugando de manera justa, pues subsidian industrias a través de entidades estatales e inundan mercados con exceso de capacidad de productos para reducir los precios mundiales.  Y, apunta, la discusión debería estar centrada en cómo la entrada en vigor de estas tarifas impactará las economías en dos aspectos, para los consumidores y para el empleo.

Lo más importante, apunta Johnson, son los impactos de la gestión de la cadena de suministro. Un fabricante estadounidense que importa del extranjero partes o componentes para poder producir una maquinaria, por ejemplo, al encontrarse que estos aranceles aumentan el precio de esa parte, acabará aumentando considerablemente su producto final. Puede hacer tres cosas: una, ir a un país diferente donde las tarifas no se aplican, dos, ir a un proveedor nacional (si lo hubiera), o tres, dejar de producir esa maquinaria por completo. Ninguna de estas opciones es ideal, especialmente porque la mayoría de las empresas se encuentran en mercados globales altamente competitivos. Las compras en el exterior les dan a los fabricantes estadounidenses una ventaja competitiva y libertad de buscar sus suministros donde le sean económicamente más atractivos, lo que se traduce en un producto terminado a un mejor precio.

Para los exportadores de EE. UU., Los impactos podrían ser más directos: aranceles en bienes completamente ajenos a los sectores a los que se dirige la Administración Trump. En otras palabras, los productores de soja de Iowa y los productores de vino de California (dos sectores extraordinariamente fuertes en la exportación estadounidense a China) podrían ser penalizados porque la industria del acero ha ejercido presión sobre la Administración Trump, sostiene Johnson. Los sectores económicos por diferentes que sean forman parte de una gran rueda que mueve el sistema en su totalidad, y si una parte de ese sistema es alterado -favorable o perjudicialmente-, habrá un efecto dominó sobre la cadena, bien sea de elaboración, distribución, almacenaje y/o en el consumidor final, que pagará más por el mismo producto.

Una vez que entren en vigor las tarifas, los mercados de productos básicos de exportación se descontrolarán, el costo de algunos bienes de consumo de importación se verá afectado y la gente comenzará a perder empleos en industrias que dependen de la importación y la exportación. Johnson enfatiza que a él le preocupa especialmente los trabajadores menos cualificados (los obreros de almacenes de distribución, embalaje o los mismos conductores de camiones) puesto que no reciben tanta atención, por parte de la Administración Trump, como los que trabajan en las minas de carbón o las siderúrgicas. Pero ambos son trabajos manuales o del mismo nivel. Luego están todos los empleos asociados con el comercio, como los directores de logística, gerentes de cadena de suministro, responsables de venta a minorista y construcción que dependen de las importaciones. Todos ellos se verían afectados de imponer dichas tarifas, y esto pasaría tanto en Estados Unidos como en China.  Tal y como hemos afirmado repetidamente en esta columna, las formas de Trump son muchas veces el mayor problema. Johnson asevera que avergonzar a China en la arena pública solo obligará a Beijing a tomar represalias, lo que ya han anunciado (con las contramedidas).

Pudiendo negociar ferozmente, pero a puertas cerradas, con China y ser cordiales en público, con una mayor dosis de diplomacia y menos confrontación, Washington podría seguir luchando por mantener sus intereses económicos e incluso penalizar a China, neutralizando sus maniobras oportunistas, más que haciendo un show mediático que al final no beneficia a ninguna de las partes.

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