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INTERREGNUM: China y Estados Unidos: ¿nueva escalada? Fernando Delage

La guerra comercial entre Estados Unidos y China parece estar cada día más cerca. Pero altos funcionarios chinos han hecho saber que están preparados asimismo para un enfrentamiento financiero, diplomático e, incluso, militar—la escalada retórica parece inevitable—en respuesta a lo que interpretan como la voluntad norteamericana de actuar contra el corazón de su estrategia económica.

El alcance de la disputa entre las dos mayores economías del mundo, en efecto, va mucho más allá de un mero desequilibrio en la balanza comercial bilateral (pese a la enormidad de las cifras). Washington parece haber llegado a la conclusión de que el verdadero desafío a su estatus como principal superpotencia no es el tamaño de la economía china o la competencia de su industria. Tampoco sus capacidades militares. Es el salto cualitativo en alta tecnología dado por Pekín, en áreas como inteligencia artificial en particular, lo que ha desatado todas las alarmas. Aun cuando el diagnóstico sea correcto, la manera de afrontarlo puede no ser, sin embargo, la más eficaz.

En un informe hecho público el 19 de junio, Peter Navarro, el polémico asesor de la Casa Blanca, describe los avances chinos en este campo como una amenaza existencial para el liderazgo tecnológico y la propiedad intelectual de Estados Unidos. El lenguaje y los argumentos utilizados por la administración norteamericana llevan a Pekín a concluir que Washington no busca en realidad concesiones comerciales para corregir su déficit, sino obstaculizar la política de innovación de China; una política de la que ha hecho depender la sostenibilidad de su crecimiento, a su vez determinante de la legitimidad política del régimen.

En este contexto de aumento de las tensiones entre ambos, el 22 y 23 de junio los líderes chinos celebraron una conferencia interna del Partido Comunista sobre política exterior, la segunda desde que Xi Jinping llegara al poder a finales de 2012. (Su antecesor, Hu Jintao, sólo celebró una en diez años). Con la presencia de todos los miembros del Politburo, altos cargos de los ministerios y de las fuerzas armadas, así como la práctica totalidad de los embajadores chinos, Xi reiteró el completo control de la diplomacia nacional por el Comité Central, y confirmó el grado de ambición de su gobierno. China, indicó, debe “asegurar la protección de la soberanía, la seguridad y los intereses de desarrollo del país, participar de manera proactiva en la reforma del sistema de gobernanza global, y crear una más completa red de asociaciones globales”. El bajo perfil recomendado en su día por Deng Xiaoping es definitivamente historia: la China de Xi Jinping no oculta su determinación de dictar las reglas del juego de la economía mundial.

Pocos días más tarde, mientras recibía en Pekín al secretario de Defensa de Estados Unidos, Jim Mattis—la primera de un jefe del Pentágono en cuatro años—, Xi declaró por otra parte que China “no cederá ni una pulgada de sus territorios históricos”. Estos incluyen oficialmente, como se sabe, todas las islas del mar de China Meridional. Hace menos de un mes, Mattis acusó públicamente a la República Popular de “intimidación y coacción” al desplegar misiles tierra-aire y otras capacidades militares en varias de dichas islas. Mattis visitó China apenas dos semanas después de que lo hiciera el secretario de Estado, Mike Pompeo. Pese a la innegable relevancia de las relaciones diplomáticas y militares, parece que es en la Casa Blanca, y por parte de nada moderados asesores, donde se está articulando una política china desprovista de matices y de contextualización estratégica. El tiempo dirá si éste es el camino para conseguir mejores resultados, pero es una táctica de presión que, a priori, lejos de modificar las prioridades chinas, puede conducir a una confrontación mayor.

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