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¿Por qué se ha puesto la bolsa nerviosa? Miguel Ors Villarejo

A principios de este año, cuando Wall Street se dio una costalada, Paul Krugman relativizó en el New York Times la importancia de estas cosas. La bolsa es un animal asustadizo y tiende a sobrerreaccionar. Un mal dato de inflación o un buen dato de empleo pueden desatar la histeria. En ocasiones ni siquiera hace falta el dato. “No hay que suponer que existe una razón específica para la caída”, escribía Krugman, y recordaba que, tras el crash de octubre de 1987, Robert Shiller realizó un rápido sondeo entre un grupo de inversores y resultó que todos habían vendido después de ver que otros lo hacían. Les puede parecer un disparate, pero no carece de lógica. Piensen en nuestros antepasados. Cuando oían un ruido detrás de las hierbas no iban a ver si era un león. Salían corriendo. La naturaleza ha seleccionado a lo largo de siglos a tipos cobardes y mediocres, que son los que han levantado el capitalismo. Desde un punto de vista científico, es todo una chapuza.

Ahora bien, las chapuzas funcionan mal que bien y, del mismo modo que detrás de las hierbas había a veces un león, también el nerviosismo de los mercados puede evidenciar problemas. Donald Trump se ha apresurado a culpar a la subida de tipos. “La Fed se ha vuelto loca”, dice, y es verdad que un dinero más caro trastoca el equilibrio de incentivos. Por un lado, dificulta la financiación de las empresas y reduce su beneficio y, por otro, potencia el atractivo de los bonos. Mucha gente que estaba metida en renta variable ha empezado a venderla porque prefiere la fija, cuya combinación de riesgo y rentabilidad es ahora más ventajosa.

¿Tiene entonces razón Trump? ¿Por qué no se está quieta la Reserva Federal? Porque las expansiones no son eternas. “Tarde o temprano se agotan por tres razones”, me explicaba hace unos meses César Ruiz, el director de Inversiones de Pictet. “(1) Hay un choque externo, como el encarecimiento en los años 70 del petróleo; (2) la inflación se dispara y, al endurecer la política monetaria para atajarla, los bancos centrales fuerzan el cambio de ciclo, y (3) las firmas no pueden trasladar a los precios las subidas salariales y, para preservar sus márgenes, recortan la inversión y el empleo”.

Salvo el choque externo, hay algunos signos de que todo lo demás podría estar sucediendo en Estados Unidos. El coste de la vida rozó hace dos meses el 3% y, aunque desde entonces el alza se ha moderado, está claramente por encima de los niveles de hace un año. En cuanto a los sueldos, mejoraron el 0,3% en setiembre. Por otra parte, la actual expansión es la segunda más larga desde la posguerra y, salvo que se produzca un heroico repunte de la productividad (que nadie prevé), lo más lógico es que desfallezca y muera más temprano que tarde.

Como si fuera un héroe trágico, Trump ha decidido desafiar los designios de la economía y, desde que llegó a la Casa Blanca, ha estado peleándose para estirar el ciclo con rebajas fiscales y programas de infraestructuras. Estas iniciativas tienen efecto en el corto plazo y, de hecho, son probablemente la razón de que la bonanza esté durando tanto. Pero en el largo plazo resultan contraproducentes porque, cuando inevitablemente llega la desaceleración, el arsenal para combatirla se ha agotado y no queda margen ni para bajar los impuestos ni para impulsar el gasto. El sueño de la expansión eterna se da entonces de bruces con la dura realidad.

Nadie habla de que esté incubándose una catástrofe como la de 2008, pero la recesión probablemente sea más larga y profunda que la que habría tenido lugar de haberse gestionado las finanzas públicas con más rigor (y no solo en Estados Unidos).

Por eso se ha puesto la bolsa nerviosa.

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