prosperidad

Desconfíen de quienes prometen primero riqueza y luego libertad. Miguel Ors Villarejo

En 1958 Ludwig von Mises proclamó ante la Mont Pelerin Society que la libertad era “indivisible” y que la capacidad de “escoger entre varias marcas de comida enlatada” iba indisolublemente asociada a la de “elegir entre varios partidos y programas políticos”. No podía tenerse la una sin la otra, no había un atajo socialista, como los promotores del modelo soviético defendían.

La caída del Muro de Berlín pareció corroborar las tesis de Mises, pero han ido perdiendo lustre en los últimos años, especialmente a raíz del vigoroso despegue de China. Aunque allí no hay democracia, “el crecimiento se ha mantenido durante años”, observa la revista de la ONU, “y muchos países occidentales se preguntan por qué”. Y no solo occidentales.

“No es ninguna sorpresa”, dice Dambisa Moyo en TED, “que por todas partes la gente señale a China y diga: ‘Me gusta eso. Quiero eso. Quiero hacer lo que ha hecho China. Ese es el sistema que parece funcionar”. Sus logros de las últimas décadas han sido espectaculares. Ha reducido la pobreza severa del 90% al 0,7%, ha levantado las más modernas infraestructuras y se ha convertido en un coloso de la tecnología. “En los mercados emergentes”, sostiene Moyo, “muchos creen que la obsesión occidental con los derechos humanos carece de sentido. Lo fundamental es suministrar alimentos, refugio, educación y sanidad”. Y añade: “¿Qué harían ustedes si les dieran a elegir entre un tejado bajo el que cobijarse y la libertad de voto?”

Se trata de un dilema engañoso. También el Interventor de Un Mundo Feliz le pregunta al Salvaje: “¿De qué sirven la verdad, la belleza o el conocimiento cuando las bombas de ántrax llueven del cielo?”

Naturalmente que, puestos ante semejantes disyuntivas, renunciaremos a todo antes que a la vida. Pero la cuestión no es esa. La cuestión es si la verdad, la belleza y el conocimiento se pueden conciliar con la paz; la cuestión es si la democracia y la prosperidad son compatibles; la cuestión es si podemos tener el tejado y el voto. Y la respuesta es obvia: por supuesto que sí.

Es innegable que se puede escapar de la miseria sin liberalizar la política. Hay innumerables ejemplos: China, por supuesto, pero también Taiwán, Corea del Sur, Chile o la propia España. Ahora bien, el arreglo en el que una élite acapara el poder es ineficiente e inestable.

Es ineficiente por la falta de seguridad jurídica. “Supongamos”, explica el historiador John Joseph Wallis, “que vive usted en un régimen [no democrático] y que es socio de una compañía de la que también lo es el rey. ¿Cuánto valen sus acciones? La teoría dice que el precio al que cotizan, pero todos sabemos que, si la compañía atraviesa dificultades, el primero en cobrar será el rey. Esta perspectiva desanima a muchos inversores y hace que las acciones valgan menos”.

Y es un arreglo inestable porque los relevos en la cúpula no se llevan a cabo a plena luz del día y mediante elecciones pacíficas, sino entre bambalinas y violentamente. La experiencia de Argentina es ilustrativa. Cada vez que las tribus peronistas se pelean, el país se detiene, y estas contracciones periódicas han sido las responsables de que haya ido rezagándose a pesar de sus enormes recursos y sus prometedores inicios. “Las naciones pobres no son pobres porque crezcan menos o más despacio, sino porque sufren más recesiones”, dice Wallis, que compara el crecimiento saludable con la ladera de una colina.

Esa pendiente suave y sostenida es la que han dibujado las grandes economías occidentales desde mediados del siglo XIX. Han demostrado con los hechos que no hay que elegir entre las bombas de ántrax y la belleza, entre la libertad y la prosperidad.

Quienes, por el contrario, aseguran: “Hablaremos de democracia cuando seamos ricos”, rara vez cumplen lo prometido. Si se van, es con los pies por delante. Acuérdense de la URSS. Cuando en noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, la dictadura del proletariado, una fase teóricamente transitoria, duraba ya 72 años y el paraíso comunista no parecía más cercano que en octubre de 1917. (Foto: Leslie Robinson, flickr.com)

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