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THE ASIAN DOOR: Se esfuma la inversión china en Estados Unidos. Águeda Parra.

Han sido más de 40 años de matrimonio bien avenido de una relación que, con los altibajos propios entre dos grandes potencias, aspiraba a alcanzar las bodas de oro manteniendo viva la chispa que ha caracterizado la relación entre Estados Unidos y China en este tiempo. Se cumplen cuatro décadas del establecimiento de relaciones bilaterales entre Washington y Beijing, y la conmemoración del aniversario llega en pleno apogeo de las luchas de poder que enfrentan a Trump y Xi por el liderazgo tecnológico, por una relación comercial más equilibrada y, en definitiva, por una carrera por la gobernanza mundial.

Con la histórica visita del presidente estadounidense Richard Nixon a China en 1972 comenzaba lo que hasta hace apenas un año era una relación bilateral muy positiva en el ámbito tanto del comercio como de la inversión. Ese encuentro marcaría el punto de partida de etapas venideras que se antojaban prometedoras, ya que se partía de un comercio anual bilateral que no alcanzaba los 100 millones de dólares, mientras que las operaciones de inversión eran casi inexistentes. Se abría por delante todo un mundo de oportunidades para que ambas potencias pudieran desarrollar conjuntamente sus capacidades económicas.

Una etapa de conocimiento mutuo, que terminaría por consolidarse en 1978, cuando Deng Xiaoping ponía en marcha un período de reformas económicas y de apertura al exterior orientado a potenciar el desarrollo de China. Una nueva etapa para China que suponía estrechar lazos con las grandes potencias, consiguiendo, tras intensas negociaciones, que el presidente Carter anunciara en diciembre de 1978 que, con efecto del 1 de enero de 1979, Washington iniciaba relaciones diplomáticas con Beijing. Este giro histórico en la política internacional estadounidense suponía el reconocimiento del gobierno de la República Popular de China como el único legítimo y, por ende, romper relaciones con Taiwán, cuestión que no afectaría, sin embargo, al ámbito comercial y cultural.

Desde entonces, han sido cuatro décadas en las que las relaciones bilaterales de comercio e inversión entre Estados Unidos y China han pasado literalmente de cero a consolidarse como una de las más relevantes en los flujos globales. Fundamentalmente desde la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio en diciembre de 2001, que supuso incrementos exponenciales no sólo en los volúmenes de exportación e importación entre ambos países, sino que sirvió de trampolín para que China se haya convertido en el primer exportador mundial y el segundo importador mundial, sólo por detrás de Estados Unidos.

Pero toda relación tiene sus baches, y la celebración del aniversario se ha visto eclipsada por la reanudación de las conversaciones entre los representantes de ambos países durante los días 7 y 8 de enero en Beijing. El objetivo es avanzar en los acuerdos comerciales que den por finalizada, previsiblemente con resultado positivo para ambas partes, la tregua de 90 días alcanzada por Trump y Xi en la guerra comercial que mantienen ambas potencias. Una negociación que se antoja compleja, cuando China es el mayor socio comercial de Estados Unidos, y los mercados americanos son el principal destino de las exportaciones chinas, con un déficit comercial a favor de Beijing que alcanzó los 375.000 millones de dólares en 2017, y que en octubre de 2018 superaba los 344.000 millones de dólares después de meses de guerra comercial.

Toda una cortina de humo que está enmascarando la pérdida del atractivo que despiertan para China las operaciones de inversión en Estados Unidos ante la situación de inestabilidad en su relación bilateral. Después de 10 años en los que se ha disparado la inversión desde los 772 millones de dólares de 2007 a la cifra récord de 46.490 millones de dólares en 2016, China ha encontrado en otras regiones un mejor refugio para sus operaciones en el extranjero. Un giro que responde a la decisión de Beijing de establecer una lista de sectores recomendados, restringidos y prohibidos en los que invertir y que ha impactado fuertemente durante 2017 en el sector del mercado inmobiliario y la hostelería de Estados Unidos, situados en el bloque de operaciones restringidas por Beijing. Un nuevo escenario al que hay que sumar las revisiones regulatorias incorporadas por la administración Trump sobre las adquisiciones extranjeras, que ha favorecido un desplome drástico de la inversión china en Estados Unidos.

Un cambio de tendencia que terminó de consolidarse en el primer trimestre de 2018 con una caída del 92% respecto al mismo período de 2017, mostrando que la inversión de China en Estados Unidos es prácticamente nula. Una situación que afectará más severamente al crecimiento americano que, por efecto de la guerra comercial, ha visto reducida su previsión de crecimiento hasta el 2,5%, desde el 2,9% inicial, una tendencia de la que tampoco se libra la economía china, cuya estimación se sitúa ahora en un crecimiento del 6,2% frente a la estimación anterior del 6,4% pronosticada por el Fondo Monetario Internacional.

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