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El ascenso de China: entre la geografía y el discurso. Isabel Gacho Carmona

La geopolítica clásica trata de explicar los fenómenos políticos basándose casi exclusivamente en los accidentes geográficos. Muchos autores actuales siguen esta línea y, aunque suelen intentar desnatar su determinismo geográfico hablando de determinismo probabilístico, lo cierto es que el peso que le otorgan a la geografía es desmedido.

A comienzos del siglo pasado el geógrafo ingles Mackinder revolucionaba la geopolítica siendo el primero en ofrecer una visión universal e integrada. En su tesis más famosa establecía Eurasia como el centro del mundo o Isla Mundial y en el corazón de esta estaría el Heartland, un área a caballo entre Europa oriental y Asia central que significaría la llave del poder mundial. De esta manera, si Eurasia representa el centro geoestratégico del mundo, China cuenta con una situación geográfica privilegiada para alzarse como gran potencia: “Si los chinos (…) llegaran a vencer al Imperio ruso y conquistar sus territorios, podrían representar un peligro amarillo para la libertad del mundo, simplemente porque añadirían un frente oceánico a los recursos del gran continente, ventajas de las que no han podido gozar todavía los rusos”.

Esta manera simplista de entender la potencia del poder chino sigue muy presente entre realistas y neorrealistas. Sin ir más lejos, Kaplan, uno de los analistas geopolíticos más influyentes del momento, analiza el ascenso chino examinando la realidad actual a través de la tesis del geógrafo inglés: “Dejemos a un lado el inherente sentimiento racista de la época, así como el ataque de histeria con que se recibe el auge de cualquier potencia que no sea occidental y concentrémonos en cambio en el análisis de Mackinder”. China no es exclusivamente un poder continental, ya que no solo se extiende hasta el núcleo estratégico centroasiático, donde abundan los hidrocarburos, sino hasta las rutas marítimas del Pacífico, donde goza de 14.500 kilómetros de costa con numerosos puertos naturales de aguas templadas. La geografía la situaría en una posición privilegiada respecto a Rusia, por supuesto, pero también frente a otras potencias como Brasil, que “ofrece menos ventajas. Se encuentra aislada en Sudamérica apartada de las masas continentales”.

La situación geográfica privilegiada de China no es nueva, entonces ¿Cómo explicamos, por ejemplo, el siglo de las humillaciones? Solo la geografía no basta. Frente al determinismo de la geopolítica clásica, hay otra manera de analizar las dinámicas de poder mundiales. A finales de los 80 surgió una nueva corriente: la geopolítica crítica. Esta otra manera de entender la geopolítica pone el acento en la concepción que las élites y las poblaciones tienen de la realidad. Para esta corriente de corte constructivista, los discursos, las ideas, la manera de proyectar los mapas… son de vital importancia para comprender el contexto y las pugnas por el poder. Para entender el ascenso de China desde este prisma, Agnew, uno de los creadores de la geopolítica crítica, trata de ofrecer un contrapunto a clásicos como Mackinder o Kaplan analizando los discursos en torno a China creados en oriente y occidente. Se trata de analizar cómo las premisas geopolíticas calan y dan forma al entendimiento del mundo.

De esta manera, la visión de Mackinder y Kaplan no sería más que una manera de verlo. Estarían enmarcadas en un discurso occidental con una concepción estatista y lineal de la historia basada en la lucha por la supremacía, según el cual China estaría reemergiendo, sería otra gran potencia en una sucesión de ellas. Este discurso explica la ansiedad y el miedo que causa entre los analistas occidentales el ascenso de China, desde el peligro amarillo de Mackinder hasta metáforas actuales como el despertar del dragón chino.

Sin embargo, una historia completamente diferente puede ser contada. La geografía es la misma para todos, pero la importancia que le damos y el discurso que creamos a partir de ella puede llegar a ser más importante. Precisamente el aislamiento físico del pueblo chino (el Himalaya al sur, el desierto del Gobi al norte, el Pacífico al este y las montañas Tian Shan y el desierto Taklamakán al oeste) favoreció la creación de una sensación de unicidad y un discurso propio acerca de su propia realidad y la del mundo.

Aunque el siglo de las humillaciones, con el cambio en el imaginario que supuso pasar de ser el centro del mundo a un jugador secundario, y el ascenso del comunismo de Mao, con su antitradicionalismo, fueron puntos de inflexión en su discurso milenario, se puede decir que existe una cosmología sinocéntrica que ha dado forma a la visión que tienen los chinos sobre sí mismos y sobre el mundo. China, como centro de la civilización rodeada de una periferia de bárbaros, eso sí basada en preservar la armonía y codificada por el confucianismo. Estas ideas han vuelto a un primer plano: fueron rescatadas en la época de Deng con los cinco pilares de coexistencia pacífica de Zhou Enlai.

No existe una sola concepción del papel de China como potencia emergente y la geografía en sí misma no es la respuesta, sino la base sobre la que se asientan los discursos. La situación actual es que China se tiene que adaptar a un mundo que no ha diseñado y que la ve como una amenaza. Un mundo que, además, es muy diferente de otras épocas de sucesión de potencias hegemónicas y en el que las visiones occidental y sinocéntrica ni siquiera son las únicas. La geografía reparte las cartas, pero no es tanto lo que tengas en la mano sino como te proyectas y como te perciben. La geopolítica se parece más al mus que a las siete y media. (Foto: Julio Sabina)

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THE ASIAN DOOR: Alipay no conoce límites. Águeda Parra

“Para los seres humanos, la primera globalización fue la Ruta de la Seda, pero hoy en día, en la edad de Internet, creo que deberíamos convertir la Ruta de la Seda en una e-Ruta, […] una e-Ruta para conectar todos los países”. Así se expresaba Jack Ma durante la inauguración en 2017 de la plataforma electrónica de comercio mundial que va a actuar de hub en Malasia, el primer centro de estas características fuera de la sede principal del gigante del e-commerce en Hangzhou. Una instalación que tendrá las funciones centralizadas de despacho de aduanas y almacenamiento, estará destinada a cubrir las necesidades de Malasia y de toda la región del Sudeste Asiático.

Desde entonces, la visión de negocio de Alipay, la marca comercial de Ant Financial, el gigante de las FinTech, le ha llevado a seguir expandiéndose más allá de la muralla china, implantando su modelo de pagos electrónicos por otros países fuera de China. La cifra récord de usuarios por todo el mundo asciende a 1.000 millones, de los cuales 700 millones son usuarios chinos. Aunque dos tercios de su negocio proceden de las ventas en China, los negocios internacionales están creciendo rápidamente, siendo la comunidad china el público objetivo prioritario de Alipay. Con esta estrategia de externalización, Alibaba está consiguiendo poner a disposición del turista chino en sus viajes al extranjero el medio de pago digital preferido que utilizan cuando están en el país. Expandiendo el ecosistema tecnológico de China más allá de sus fronteras, Alibaba está favoreciendo que los nativos digitales impulsen la recuperación económica del país lastrada tras meses de estar en vigor la guerra comercial que mantiene con Estados Unidos. En un país donde más de la mitad de la población está conectada a Internet, Alibaba ha conseguido que el número de usuarios activos mensuales desde dispositivos móviles crezca hasta los 699 millones en el cuarto trimestre de 2018, 30 millones más respecto al trimestre anterior. Sin duda, una buena noticia para el comercio electrónico global y para la recuperación de la economía china en general.

Los acuerdos que ha establecido con compañías de pago electrónico como Paytm, en India, y TrueMoney, en Tailandia, y que forman parte de las cerca de 10 colaboraciones con otras grandes empresas de pago electrónico en el extranjero, han favorecido la expansión internacional de una de las marcas más reconocidas del universo Alibaba. Desde que Alipay comenzara su campaña de expansión internacional en 2007, los turistas chinos pueden solicitar en 80 aeropuertos de más de 40 países la devolución instantánea de impuestos a través de Alipay. De hecho, hasta dos tercios de los turistas utilizan el pago por móvil, sobrepasando por primera vez el uso del dinero en efectivo, según un informe de Nielsen.

La ambición de Alibaba también ha llegado a Europa, considerándose la compra de la empresa de servicios de remesas World First en el Reino Unido como el gran desembarco de Alipay en Europa, avanzando así en su expansión global. La adquisición se produce un año después de que el Comité sobre Inversiones Extranjeras de los Estados Unidos bloqueara la oferta de Ant Financial sobre MoneyGram. Un acuerdo que viene después de que en enero de 2019 Alipay adquiriera la licencia de dinero electrónico en Luxemburgo que le permite conectar su plataforma a los usuarios de todos los países de la Unión Europea.

En el caso de España, Alipay está presente gracias al acuerdo de colaboración con CaixaBank, que permite a los turistas chinos utilizar su medio de pago móvil preferido en más de 300.000 comercios españoles. Un acuerdo al que se suma el firmado con El Corte Inglés a principios de 2018 con el que la cadena de grandes almacenes pretende ofrecer un servicio de pago personalizado a los clientes chinos. En el caso de Estados Unidos, Alipay cuenta con un acuerdo con la cadena de tiendas Walgreens para aceptar el pago por móvil en más de 7.000 establecimientos a partir de abril.

Con esta trayectoria, Alipay se ha convertido en uno de los grandes exponentes del éxito del titán tecnológico chino. Esto le ha servido para que en la última ronda de financiación, Ant Financial consiguiera una valoración de 150.000 millones de dólares, convirtiéndose así en el unicornio más grande del mundo. Un reconocimiento de que a los unicornios les gusta China, y que alguno de ellos, como en el caso de Alipay, han conseguido situarse como la marca mejor percibida en China en 2018, una clasificación en la que participan grandes firmas internacionales y que valoran, entre otras características, su calidad, valor, reputación, satisfacción y recomendación de la marca. (Foto: David Feng)

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INTERREGNUM: China: demografía e innovación. Fernando Delage

Entre esos datos estadísticos que no suelen aparecer en los titulares de los medios de comunicación, la semana pasada se dio a conocer la cifra de nuevos nacimientos en China en 2018: 15,2 millones. Es decir, dos millones menos que el año anterior, y segundo año consecutivo, por tanto, de caída de la natalidad desde que, en 2015, se aboliera formalmente la política del hijo único. En términos porcentuales, la población china creció un 0,38 por cien, un incremento comparable al de los países de Europa occidental. Lo significativo es que se trata del crecimiento más bajo desde 1961, año en que la República Popular afrontaba la pérdida de hasta 40 millones de personas como consecuencia de las hambrunas causadas por el Gran Salto Adelante maoísta.

La demografía, como vienen advirtiendo numerosos economistas desde hace años, es uno de los principales obstáculos al crecimiento sostenido de China. El tamaño de la población activa—y la ventaja competitiva de unos bajos salarios—fue uno de los factores decisivos del despegue económico desde la década de los ochenta. La política del hijo único—impuesta por la presión que suponía una población de esas dimensiones sobre un Estado con limitados recursos—ha tenido, sin embargo, un impacto difícil de corregir. El censo de 2010 ya reveló un crecimiento anual de la población del 0,57 por cien en la primera década del siglo XXI frente al 1,07 de los años noventa, un dato muy por debajo de lo que se esperaba.

La consecuencia es que el número de chinos en edad de trabajar ha comenzado a contraerse: si entre 1990 y 2010 seis millones de trabajadores se incorporaban anualmente al mercado laboral, durante las próximas dos décadas la población activa se reducirá en unos 6,7 millones de trabajadores cada año. De 940 millones en 2012, se pasará así a 700 millones en 2050, fecha en la que uno de cada tres chinos tendrá más de 65 años. (La población total comenzará a disminuir tras alcanzar un máximo de 1.440 millones en 2029).

El envejecimiento de la población —en un país con una reducida red de seguridad social—, y la reducción de la población activa se traducirán en una disminución gradual del ahorro (y por tanto de la inversión), y empujarán al alza de manera significativa los costes salariales, afectando a la competitividad y al empuje de la economía. Es un desafío que explica la prioridad de los dirigentes chinos por promover un aumento de la productividad apoyado en la innovación y la tecnología. Lo que, a su vez, está en el origen de las actuales tensiones económicas con Estados Unidos y, en parte también, con la Unión Europea.

La aceleración del envejecimiento de una sociedad con una renta per cápita aún baja—al contrario de lo que ocurre en Japón o Corea del Sur, países que también atraviesan un complejo declive demográfico—puede complicar en gran medida las ambiciones chinas y alterar la dinámica política interna. Pero también pone de relieve—justamente cuando la Comisión Europea acaba de adoptar unas nuevas orientaciones estratégicas hacia China que el Consejo Europeo discutirá en su reunión de esta semana—, que la competencia internacional no es tan sólo geopolítica o comercial. La variable demográfica es una de las razones que explica por qué es en relación con la política industrial, y con el sector tecnológico en particular, donde se juega la pertenencia a la primera división mundial del futuro.

Estados Unidos lo tiene claro, aunque quizá no haya formulado una estrategia hacia China coherente y sostenible a largo plazo. Es ahora el turno de los líderes europeos de ser consecuentes con el mundo que se avecina. La demografía condiciona la superación por China de la trampa de los ingresos medios, pero formular una política sobre la base de un escenario de no sostenibilidad de su crecimiento a largo plazo significa desconocer la determinación de Pekín de ocupar una posición de liderazgo en la economía global del siglo XXI. (Foto: Eric Hevesy)

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¿Mata la desigualdad? Miguel Ors Villarejo

La aparición en 2009 de Un análisis de la (in)felicidad colectiva levantó una enorme polvareda. Los epidemiólogos Richard Wilkinson y Kate Pickett trazan en este libro regresiones entre la desigualdad y una serie de variables (esperanza de vida, obesidad, criminalidad, mortalidad infantil, embarazos de adolescentes, salud mental…) y su conclusión es demoledora: a mayor brecha de ingresos, peores indicadores. Wilkinson y Pickett admiten que Occidente ha alcanzado un nivel de desarrollo material sin precedentes, pero a costa de la cohesión. La competitividad extrema nos aísla y nos genera una ansiedad que no solo nos hace desgraciados, sino que nos pone literalmente enfermos.

En los años siguientes, potenciada por la Gran Recesión, la desigualdad se ha colocado en lo más alto de la agenda política. El sociólogo Göran Therborn escribiría en 2013 un desalentador ensayo cuyo título, The Killing Fields of Inequality, compara los campos de exterminio de Pol Pot con las diferencias sociales y que en España se tradujo directamente por La desigualdad mata.

¿De verdad la desigualdad mata?

Cuando Un análisis de la (in)felicidad colectiva se publicó, el periodista Christopher Snowdon ya señaló importantes objeciones. En particular, Wilkinson y Pickett habían excluido a algunos países sin ninguna explicación y, cuando Snowdon los incluía, las correlaciones se desvanecían. Los epidemiólogos sacaron una secuela de su bestseller el año pasado, The Inner Level y podían haber aprovechado para salir al paso de estas críticas, pero las han ignorado soberanamente y se han dedicado a argumentar cómo la desigualdad nos amarga la existencia. No hay gráficos nuevos y Snowdon ha decidido rellenar la laguna. Si la teoría es sólida, razona, el deterioro de la cohesión experimentado durante la Gran Recesión tendría que corroborarla. “Así que, aprovechando el décimo aniversario [de Un análisis…]”, escribe en su blog, “pensé que sería interesante someter a prueba sus afirmaciones más controvertidas” y calcular algunas regresiones con datos actualizados del Informe sobre Desarrollo Humano, la misma fuente que utilizaron Wilkinson y Pickett.

Como cabía esperar, el resultado es nulo por lo que respecta a la obesidad, los trastornos mentales, los embarazos adolescentes, los homicidios o la mortalidad infantil. Ninguno de estos problemas se exacerba con la desigualdad. En lo que sí parece influir es en la esperanza de vida, pero en sentido inverso: cuanto mayores son las diferencias en una sociedad, más longevos son sus habitantes.

Naturalmente, sería disparatado sacar ninguna conclusión de este divertimento estadístico. El mundo está lleno de correlaciones espurias. Tyler Vigen enumera algunos ejemplos en su web. Los hay muy curiosos: gasto en investigación de Estados Unidos y muertes por estrangulamiento, ahogados en piscinas y películas en las que aparece Nicolas Cage, consumo de queso per cápita y personas que fallecen enredadas en sus sábanas, consumo de margarina y tasa de divorcio en Maine, exportaciones petrolíferas de Noruega y víctimas por colisión de un coche contra un tren…

Por supuesto, no es lo mismo. Nicolas Cage no tiene la culpa de que la gente se ahogue en su piscina, mientras que sí puede haber conexión entre la desigualdad y cierto malestar, aunque únicamente sea la envidia que a todos nos inspira el éxito ajeno. Pero responsabilizarla de las plagas de Egipto suena excesivo. “Es ciertamente verosímil que la desigualdad influya (para bien o para mal) en muchos ámbitos”, apunta Alex Tabarrok, “pero se trata de efectos pequeños y sutiles, que difícilmente sacará a la luz una mera comparación entre países”. (Foto: Winsion Ng)

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Bruselas descubre China

La Unión Europea recibirá el próximo 9 de abril a la delegación china para una reunión en la cumbre en Bruselas con la advertencia de que toma nota de que el país asiático es un competidor en todos los terrenos a tener en cuenta.

Como señalan los expertos, Bruselas ha comprendido con cierto retraso en relación con los Estados Unidos, el reto que supone China en el terreno económico, en el tecnológico y en el estratégico, apoyada en un poder interno total, adaptado sin filtros a sus intereses nacionales y su gobierno autoritario y con un pragmatismo sin muchos escrúpulos.

Pero ahora falta que, de ese descubrimiento estratégico se deriven decisiones políticas, lo más coordinadas posibles, para hacer frente a ese reto. Hay que recordar que en Europa hay países con intereses y perspectivas comerciales distintas en relación con China y que, a la vez, este país posee una importante cantidad de títulos de deuda de países europeos que aumentó en los años de la crisis. Para definir su política, la Unión Europea debe tener en cuenta estos elementos con los que China ha jugado, juega y jugará como elementos de presión y de división.

 El desafío chino pondrá también sobre la mesa las vulnerabilidades europeas. Los críticos al erróneo y anticuado proteccionismo de la Administración Trump tendrán que reconocer que la UE es ya proteccionista en numerosas áreas económicas en teórica defensa de sus intereses y que algunas de las peticiones de medidas contra China discurren por la vía de impulsar un nacionalismo europeo poco definido y mas populista que efectivo.

Y también quedarán al descubierto las dificultades para adaptar una barrera cohesionada frente a la tecnología china capaz de competir en precios, penetrar las redes de las sociedades abiertas como mecanismos para competir, controlar y  obtener ventajas comerciales y de seguridad estratégicas, y seguir poniendo piezas en el tablero mundial en detrimento de las sociedades de mayos bienestar.

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THE ASIAN DOOR: Ser mujer en China. Águeda Parra

La condición de la mujer en la sociedad china actual requiere de una retrospectiva hacia el pasado que aporte una visión histórica necesaria para comprender cómo ha evolucionado el rol de la mujer en el tiempo y cuál ha sido el papel que ha desempeñado. En una sociedad milenaria que durante siglos ha estado estructurada bajo un sistema imperial, bañado por una filosofía confuciana, son muchos los cambios que hoy debe abordar China para acomodar el papel que ansía desempeñar la mujer china actual.

Un recorrido por algunas de las etapas más destacadas de la historia de China aporta una visión de conjunto de los diferentes hitos que han marcado el papel de la mujer en la sociedad china. En primer lugar, y sin que existan referencias de una tradición similar en ninguna otra sociedad, la mujer china sufrió durante más de diez siglos el vendado de pies. Considerado como un símbolo de estatus social que les hacía parecer más atractivas para el género masculino y asociado incluso a un misticismo erótico, las mujeres chinas comenzaron su calvario del vendado de pies desde la dinastía Song del Norte (960-1127), en una tradición que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. Todavía es posible encontrar mujeres en las zonas rurales con 80 y 90 años que pueden ofrecer testimonio de la tortura a la que fueron sometidas desde temprana edad, se comenzaba entre los 5 y 7 años, produciendo la rotura de los huesos de las extremidades inferiores que generaban problemas de salud y la imposibilidad de llevar una vida autónoma normal.

En épocas más recientes, encontramos otros momentos en donde la mujer ha desempeñado un papel destacado en la sociedad china. Por una parte, durante la Revolución china, la célebre frase de Mao Tse-Tung indicaba que “Las mujeres sostienen la mitad del cielo, porque con la otra mano sostienen la mitad del mundo”. Con posterioridad, y formando parte de la historia más reciente del país, la mujer china tuvo que afrontar uno de los desafíos sociales más importantes que ha vivido China convirtiéndose en pieza esencial de la sociedad. A partir de 1979, y con el objetivo de generar las condiciones económicas necesarias que permitieran el desarrollo del país, la mujer china asumió servir de instrumento del modelo de planificación familiar que impuso el gobierno chino con la implantación de la política del hijo único. De esta forma, China comenzaba el mayor experimento social de la historia que ha concluido 39 años después con la eliminación de esa política y con el establecimiento de una nueva directiva que permite a las parejas chinas tener un segundo hijo.

Pero la sociedad china avanza, y aunque se pretende dejar atrás antiguas tradiciones, la problemática ahora es cómo hacer frente a una población que disminuye drásticamente y que pone en peligro la recuperación económica de China. La población disminuyó en 2018 por primera vez en 70 años reflejando un cambio de tendencia en el rol que aspira a desempeñar la mujer china en una sociedad moderna. El número de nuevos nacimientos descendió en 2,5 millones, cuando las previsiones del gobierno contemplaban un incremento de la población de 790.000 personas. Una situación que se puede considerar como la actitud de cambio que están impulsando las nuevas generaciones de romper con una etapa en la que la sociedad y el gobierno marcaban el rol que debían asumir las mujeres para pasar a otra en la que son ellas las que reivindican el papel que desean desempeñar.

Teniendo en cuenta apenas unos ejemplos de la situación de la mujer en China, no es extraño que en el Informe de Brecha de Género 2018 que elabora anualmente el World Economic Forum, China se sitúe en el puesto 103 de 149 países que forman la clasificación en esta edición, descendiendo desde la posición 100 de 144 países que ostentaba en 2017. Casi cuatro décadas de política del hijo único han llevado a la sociedad China a situarse última en la clasificación de brecha de género por selección de sexo al nacer, asociado a la realización de esterilizaciones, abortos e hijas abandonadas por la preferencia del hombre frente a la mujer. Esta situación ha llevado a que en China se produzca el mayor desequilibrio mundial de género que asciende a 33 millones de hombres más que mujeres, producto del nacimiento de 87 mujeres frente a 100 hombres, siendo mayor el impacto en las zonas rurales.

No obstante, existen algunos datos positivos que anticipan el cambio que sufrirá la sociedad china en las próximas décadas. Según este informe, las mujeres constituían el 52,5% de los estudiantes universitarios en 2016, eligiendo en un mayor número que los hombres estudiar en el extranjero. Asimismo, la mujer constituye un 43,1% de la fuerza laboral de China en 2017, por encima del objetivo del 40% establecido en el Programa del Desarrollo de la Mujer China (2011-2020). Una proporción que seguramente ascenderá tras la nueva directiva que ha implantado el gobierno chino que persigue prohibir preguntar a las mujeres si desean tener hijos, con multas que podrían ascender hasta los 7.400 dólares para aquellos empleadores y reclutadores que obvien la nueva directiva gubernamental.

Todo parece apuntar a que una ola de empoderamiento femenino está surgiendo en la sociedad china, con una nueva generación de mujeres que se unieron al clamor global de reivindicar el movimiento feminista #MeToo en 2018. Sin embargo, un año después apenas se ha producido seguimiento en el Día Internacional de la Mujer por la rápida acción del gobierno de sofocar este tipo de manifestaciones, lo que no impide que la mujer china esté dando grandes pasos en el rol que aspira a desempeñar en la sociedad actual. (Foto: Film To Live!)

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5G el debate más allá de lo tecnológico. Nieves C. Pérez Rodríguez

El desarrollo de la tecnología 5G y su necesaria aplicación despertó un gran debate en el que inicialmente se subestimó la capacidad de China de ir a la velocidad que impone la tecnología y se cuestionó el hecho de que pudiera jugar dentro de las reglas del juego del comercio internacional, así como la injerencia del Estado chino en sus empresas privadas.

Beijing aprendió del gran fracaso a finales de los 90 y principios del 2000, cuando intentaron sin éxito desarrollar la red 3G y perdieron enormes cantidades de dinero. Pero esos diez años los preparó para el momento en que tocó hacerlo la red 5G, de la mano de Huawei -la gigantesca empresa de telecomunicaciones china-.Y, en efecto, pudo conseguirlo gracias al enorme capital que el Estado chino dedicó a tal propósito. Lo que a su vez se traduce en una injusta competencia frente a otros proveedores internacionales de telecomunicaciones, cuya supervivencia es producto de la calidad del servicio que ofrezcan, así como de los beneficios económicos que consigan.

La relación del Estado chino con sus empresas y el Partido Comunista Chino, así como la legislación china que contempla la obligación de estas compañías de facilitar información al Estado de ser solicitada, incomoda mucho a occidente. Durante años, oficiales estadounidenses han insistido en que Huawei puede ser usada por Beijing para espiar o interrumpir comunicaciones, de acuerdo a su conveniencia, lo que es percibido como un grave riesgo para la seguridad nacional de Estados Unidos.

Otra cosa que preocupa a Washington es la penetración y creciente mercado de objetos cotidianos conectados a internet (IoT devices, por su nombre en inglés), que cada día aumentan su demanda, cosas tan comunes como el timbre de casa que está conectado a internet y que al sonar activa la cámara y emite una señal al móvil del propietario de la vivienda en el que aparece un video en tiempo real de quién está en la puerta. O los hornos programables conectados a la red, o los refrigeradores, los sistemas de calefacción o aire acondicionado. La teoría que cuenta con apoyo del Senado estadounidense consiste en que China, como actor estatal, podría aprovechar el acceso a través de equipos, para estar investigando, rastreando todo tipo de actividades.

El gobierno estadounidense ha intentado advertir a sus aliados sobre esta posibilidad y ganar apoyos. De hecho, el grupo de “Five eyes” ha estudiado de cerca la preocupación, pues si algunos de ellos usaran la red 5G de Huawei existiría el riesgo de que la información militar que intercambien pueda ser vista por Beijing. Por lo que Australia se mantiene alineada con Washington. Aunque en las investigaciones hechas por Gran Bretaña, en sus primeras conclusiones preliminares, no encontraron rastro de que en efecto hayan dejado una brecha abierta, mientras  Alemania se mantiene alerta, aunque no cerrada. Y Canadá posiblemente se decante por seguir a Estados Unidos, mientras Nueva Zelanda ha expresado su preocupación de que Huawei y el Estado chino estén colaborando.

Esta inquietud no es exclusiva de la Administración Trump. El intentar encontrar mecanismos que permitan un blindaje contra el espionaje y los ciberataques no es algo que comenzó con la Administración Trump, pues ya Obama sancionó a empresas chinas en respuesta a esta inquietud.

Huawei a todo esto respondía la semana pasada con una demanda contra el gobierno de los Estados Unidos, basada en que los argumentos usados para bloquearlos socavan la competencia en el mercado y no se base en hechos reales. Son precisamente estos argumentos los que han intentado pelear corporaciones estadounidenses en tribunales chinos, en diversas ocasiones, sin ningún éxito. Hasta el punto de que han sido llevados hasta el Congreso estadounidense en busca de mediación, también sin ningún éxito.

Otro elemento que preocupa al gobierno de los Estados Unidos es que “China está en el negocio de exportar autoritarismo”. Pues para nadie es un secreto que la libertad es restringida para sus ciudadanos hasta para la navegación a Internet. Según el Think tank Freedom House, China es el país más agresor de la libertad de internet. Y su modelo empieza a ser exportado, según el reporte anual “Freedom of the net 2018” conducido por el mismo centro de pensamiento.  Tan sólo el año pasado China adiestró funcionarios de 36 países de África, América Latina, Europa del Este y Medio Oriente en tecnología autoritaria para sus respectivos gobiernos, exigiendo que las empresas internacionales acaten sus normas de contenido incluso fuera de China. Lo que se traduce en una nueva forma de propagación de su modelo, asegurándose la fidelidad de esos gobiernos replicando lo que el Partido Comunista Chino ha ido perfeccionando.

Por lo tanto, el negocio del 5G a través de Huawei y ZTE con sus equipos podría garantizar a Beijing el acceso a información de cualquier tipo, en cualquier parte donde estos proveedores tengan presencia. Mientras, el Partido Comunista Chino aprovecha sus relaciones políticas para vender su modelo autoritario a otros líderes que tengan la intención de perpetuarse en el poder, lo que termina siendo el negocio más fructífero para los chinos, ganar a través de la venta de equipos, proveer las redes y entrenar hasta a los políticos. ¿Quiénes  son los que están colonizando el mundo con una discreción exquisita? (Foto: RDGS, Flickr)

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INTERREGNUM: Cómo China responde a Trump. Fernando Delage

Al concluir la sesión anual de la Asamblea Popular Nacional, y comenzar formalmente el segundo mandato de Xi Jinping como presidente de la República Popular China, se multiplican las señales sobre un escenario económico y diplomático incierto. El reforzamiento del control del Partido Comunista—elemento central del modelo implantado por Xi desde su llegada al poder—ha contribuido a la desaceleración en curso, al obligar a los gobiernos locales a financiar proyectos de infraestructuras no rentables, al incrementar la deuda de las empresas estatales, al privar de capital al sector privado, o al provocar la desconfianza de los inversores internacionales en el marco regulatorio chino.

El giro de la política de Estados Unidos hacia la República Popular no ha hecho sino agravar los dilemas que afronta Pekín. Las sanciones arancelarias de la administración Trump han debilitado la confianza de los consumidores chinos, y obligado a las empresas multinacionales a considerar el traslado de sus industrias en China a otros países. La denuncia norteamericana de la estrategia de innovación china y, de manera más amplia, el discurso de rivalidad empleado por Washington es un obstáculo añadido a la realización de las ambiciones internacionales de Pekín. Xi Jinping necesita reducir la tensión, para lo que resulta necesario un encuentro personal con el presidente norteamericano. Pero la “singular” reunión de Trump y Kim Jong-un en Hanoi, y las dudas de los líderes chinos sobre la fiabilidad de un compromiso con la actual Casa Blanca, no permiten asegurar de momento que la cumbre del 31 de marzo en Florida vaya a celebrarse.

Naturalmente, Pekín no supedita su estrategia a esta circunstancia. La preocupación es sincera, como reflejan, por ejemplo, los sutiles cambios en el lenguaje. En discursos y documentos oficiales, los líderes chinos ya no describen la situación internacional como un “periodo de oportunidad estratégica”, sino como un “periodo de oportunidad histórica”. La razón cabe atribuirla, según señaló Xi en un discurso ante la Comisión Central Militar el pasado mes de enero, a que “están emergiendo nuevos riesgos, tanto predecibles como impredecibles”. Este ajuste en la percepción de la dinámica internacional ha ido acompañado de un debate interno sobre cómo responder a la transformación de la política china de Estados Unidos.

En los movimientos de Pekín cabe distinguir entre su posición global y la reorientación de su política hacia distintas áreas regionales. Con respecto a la primera, y en contraste con la actitud de Trump hacia los procesos multilaterales, Xi ha redoblado su compromiso con una economía mundial abierta y con la reforma de las instituciones de la gobernanza global. En el frente diplomático regional, Pekín ha hecho un significativo esfuerzo desde hace un año por mejorar sus relaciones con sus vecinos asiáticos—Japón, India y la ASEAN en particular—, así como con Rusia y con la Unión Europea.

El estrechamiento de las relaciones entre Pekín y Moscú, en el terreno militar en especial, se debe en parte, sin duda, a la actitud norteamericana de confrontación hacia la República Popular. Tanto Putin como Xi se sienten cómodos creando una percepción externa de cuasi-alianza entre ambos. El giro de Washington ha acabado con las reticencias chinas a un acercamiento explícito a Moscú. Como también ha motivado un cambio sustancial en su diplomacia hacia Europa. De manera llamativa, en la última cumbre bilateral—julio de 2018—, China renunció a su tradicional exigencia de reconocimiento como economía de mercado y, por primera vez desde 2015, se pudo acordar un comunicado conjunto. Que Pekín haya propuesto adelantar la próxima cumbre anual a abril, es decir, sólo nueve meses después de la anterior, es otra señal del interés de Pekín por hacer fuerza común con Bruselas contra las políticas proteccionistas de Trump. Se espera que Xi visite asimismo París y Roma, en un momento decisivo del debate sobre el futuro de la UE.

Kashmir

Cachemira, un test permanente.

La reciente escaramuza entre India y Pakistán, pone de manifiesto el estrecho margen en el que se mueven los gobiernos pakistaníes, la inestabilidad permanente de Cachemira como contencioso pendiente y altamente explosivo desde la independencia de India y la creación de Pakistán y la creciente dependencia de la estabilidad regional en aquella zona de las políticas china y rusa.

Es difícil que el conflicto se convierta en regla abierta entre dos países que poseen armas nucleares, pero la historia ha demostrado en varias ocasiones que en los conflictos de alta intensidad latente basta a veces un hecho inesperado o un error de cálculo para que se salga de control.

Pakistán se mueve entre la necesidad de reprimir el terrorismo islámico, como ha demostrado la importante operación de la semana pasada, y la de respetar acuerdos y compromisos que, en la práctica le llevan a tolerar ciertas actividades, a partir de las cuales, además, juega algunas de sus armas diplomáticas. Así sucede, por ejemplo, con el talibán y la protección de un sector de ellos en relación con la población pastún.

Tras la agudización del conflicto en Afganistán, Pakistán tuvo que poner buena cara a occidente sin alterar mucho sus relaciones internas de poder y especialmente dentro del ISI, la gran agencia de inteligencia del país, con importantes complicidades con grupos islamistas. Pero el paso del tiempo ha cambiado muchas cosas. China ha estrechado sus lazos con Pakistán y se ha convertido en uno de los grandes inversores en el país que ha ganado importancia estratégica como paso hacia el Asia Central y como ruta de salida hacia el Índico y retaguardia de la flota china hacia occidente. Y Rusia, por su parte, aliado tradicional de India no tiene el menor interés en un conflicto de alta tensión. Y Estados Unidos, por cierto, perdiendo influencia regional y Europa es, apenas, una fuente de negocios con reducida capacidad de presión. (Foto: Richard Weil, Flickr)