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INTERREGNUM. La espiral indo-paquistaní. Fernando Delage

Poco cabía esperar del segundo encuentro del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un. Al calificar Trump a este último como “un gran líder” que puede proporcionar a su nación “un tremendo futuro”, hay que preguntarse si Washington no ha venido a reconocer de manera tácita el estatus nuclear de Corea del Norte. Las conversaciones han contribuido al menos a rebajar de manera notable la tensión en la península, con la imprevista paradoja de que la Línea de Control que separa, en Cachemira, a dos Estados nucleares—India y Pakistán—ha sustituido a la Zona Desmilitarizada entre las dos Coreas como la frontera más peligrosa de Asia.

Después de que, el 14 de febrero, un terrorista asesinara a más de 40 militares indios en Cachemira, Delhi respondió doce días más tarde con la primera incursión aérea en territorio paquistaní desde la guerra de Bangladesh en 1971. Aunque definió la operación como una “acción preventiva no militar”—su objetivo fue el grupo terrorista Jaish-e-Mohammed—, Pakistán reaccionó de manera inmediata con el envío de sus propios aviones sobre el espacio aéreo indio. ¿Podrá evitarse una nueva escalada? Enemistados desde su independencia, los dos países afrontan la peor crisis en medio siglo, en una espiral que puede escapar con rapidez al control de ambas partes.

Las circunstancias del momento no ayudan a enfriar la hostilidad. India celebra semanas elecciones generales en pocas semanas, y aunque el primer ministro, Narendra Modi, se encuentra con una oportunidad para asegurarse la reelección mediante una línea de firmeza, puede verse asimismo involucrado en un conflicto de consecuencias inciertas. Su homólogo paquistaní, Imran Khan, carece por su parte del poder para determinar las decisiones de las fuerzas armadas. Precisamente por su incapacidad para competir con India con medios convencionales, Pakistán nunca renunció al primer uso de su armamento nuclear, de la misma manera que tampoco abandonará el recurso al terrorismo transfronterizo como “instrumento estratégico” para debilitar a su vecino.

Esta política paquistaní condujo al gobierno de Modi a suspender los canales oficiales de comunicación con Islamabad, y las autoridades de ambos países se encuentran ahora presionados por sus respectivas opiniones públicas para actuar contra el otro. Para complicar las cosas, el margen de actuación de Estados Unidos se ha reducido de manera notable. En choques anteriores—durante la guerra de Kargil en 1999, tras el atentado contra el Parlamento indio en 2001, o en Bombay en 2008, entre otras ocasiones—Washington intervino de manera directa para evitar un conflicto mayor. Estados Unidos reconoce la amenaza terrorista que afronta India desde Pakistán, pero su capacidad de presión sobre éste ha disminuido—en parte por su acercamiento geopolítico a Delhi—, al tiempo que necesita contar con Islamabad como elemento determinante del futuro de Afganistán.

Más eficaces pueden resultar las maniobras chinas.  Su inversión económica y estratégica en Pakistán hará que Pekín se esfuerce por evitar cualquier acción de fuerza contra el país, a la vez que puede dejar de bloquear—como ha hecho a petición de Islamabad—decisiones del Consejo de Seguridad de la ONU contra los grupos terroristas que cobijan sus generales. China tiene un interés prioritario en evitar un conflicto armado y la desestabilización de Asia meridional. De todo ello discutieron la semana pasada en Yuequing los ministros de Asuntos Exteriores de Rusia—Sergey Lavrov—, China—Wang Yi—e India—Sushma Swaraj—, en uno de sus habituales encuentros trilaterales. Aunque la reunión ha puesto en evidencia la rápida pérdida de influencia diplomática de Occidente en esta parte del mundo, tampoco servirá, sin embargo, para resolver ese problema estructural llamado Cachemira.

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