La criptodivisa mutante de Facebook (y 2) Miguel Ors Villarejo

En nuestra primera entrega analizamos cómo el proyecto Libra de Facebook ha resuelto los dos inconvenientes que lastraban al bitcóin: la lentitud de procesamiento de los pagos y la volatilidad de su cotización. También señalamos otras ventajas, como la bancarización de millones de personas que viven al margen del sistema o la rebaja de comisiones. “A primera vista”, escribe Carlos Roa en The National Interest, “todo esto suena como una ganancia neta para la humanidad”: finanzas al alcance de los pobres, remesas más baratas, competencia disciplinadora para los bancos centrales… Pero “las cosas nunca son tan sencillas”.

Pensemos en el órgano de gobierno de Libra. Lo integran un centenar de multinacionales y de prestigiosas ONG. Es una cantidad de vocales lo bastante amplia como para que nadie mangonee nada, pero no dejan de ser entidades privadas cuyos gestores no responden ante el público general, sino ante sus accionistas. De entrada, las reservas que respaldan la divisa podrían llegar al billón de dólares y, con que esa suma se remunere a un magro 1%, tendríamos un dividendo anual de 100 millones por cabeza. Eso ya estará mal visto por muchos sedicentes progresistas que aún piensan que el préstamo con interés es pecado, pero es que Libra no es una moneda. Es además una plataforma para la que ya se está invitando a las fintech a “desarrollar productos y añadir valor con sus servicios”. Esto multiplicará el tráfico de Facebook y, si decidiera en un momento dado (que lo decidirá) extender sus tentáculos a la banca, dispondrá de una preciosa materia prima: los historiales de pagos de sus usuarios, lo que le permitirá afinar sus ofertas y expulsar del negocio a cualquier competidor.

“¿Puede confiarse semejante tesoro [de datos] a una asociación que se gobierna a sí misma, con una fuerte representación corporativa y sin ningún control externo?”, se pregunta Roa. Es dudoso que los integrantes del actual establishment financiero vayan a permanecer mano sobre mano mientras les arrebatan la clientela bajo sus narices y no tardarán en exigir que Libra se someta a la misma supervisión que soportan ellos.

Las Estados, por su parte, tampoco han acogido el anuncio con simpatía, y por un motivo de peso. El señoreaje, es decir, el beneficio que comporta la fabricación de moneda, es un magnífico negocio. Al Tesoro americano apenas le cuesta unos céntimos imprimir cada billete, que luego coloca por su valor facial: 20, 50, 100 o 1.000 dólares. Esta bicoca no la va a ceder sin presentar batalla y, desde todos los rincones del planeta, ya se han alzado voces.

Bruno Le Maire, ministro de Economía francés: “Está fuera de cuestión que [la libra] vaya a ser una divisa nacional. No puede y no va a suceder”.

Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra: “Tendrá que estar sujeta a los criterios de regulación más estrictos”.

Sherrod Brown, miembro del Comité de Banca del Senado: “Facebook es ya demasiado grande y poderosa y ha empleado ese poder para explotar los datos de sus usuarios vulnerando su intimidad”.

“¿Qué va a pasar a continuación?”, se plantea Roa. “Quizás la presión obligue a Facebook a cancelar el proyecto”, pero su mero anuncio ha reabierto un debate que las limitaciones del bitcóin habían aparcado. Desde que Nakamoto sembró la semilla, las criptodivisas han continuado mutando y Libra quizás no sea la especie definitiva, pero tarde o temprano surgirá y los políticos deberían hacerse a la idea de que su monopolio tiene los días contados.

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