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En teoría, Silicon Valley no debería existir. Miguel Ors Villarejo

Cuando a finales del siglo pasado se matriculó en la Universidad de Berkeley para cursar un posgrado, Enrico Moretti (Milán, 1968) decidió que quería saber todo de Estados Unidos y empezó a bucear en los datos del censo. Miraba las magnitudes que podían medirse de cada ciudad (ingresos, nivel educativo, sectores de actividad), las tabulaba y las comparaba. Esperaba descubrir una sociedad más homogénea que la que había dejado en Italia, donde un abismo separa al norte del sur, pero le sorprendió comprobar las diferencias que había entre las regiones. Y lo llamativo es que desde entonces no han dejado de ampliarse. “Internet, el correo electrónico y los móviles han democratizado el acceso a la información”, explica Moretti en Econ Focus, la revista del Banco de la Reserva Federal de Richmond. Esto debería hacer irrelevante el lugar de trabajo. En teoría, si se dispone de una conexión de datos y un ordenador, da igual que se esté en Bután o San Diego. Pero no es así. El tipo de empleo, de salario y de carrera varía cada vez más de una ciudad a otra. Nunca importó tanto donde uno resida.

Estas desigualdades regionales no son una novedad. Las llamadas “economías de aglomeración” hacen que las empresas se agrupen sectorialmente. Cuando viajas por el sur de Toledo solo ves fábricas de muebles. ¿No tendría más sentido que se dispersaran por la provincia, para repartirse el mercado? No, porque para el cliente es más cómodo que los establecimientos estén pegados: así, si no se encuentra algo en uno, se va al de al lado dando un paseo. A los empleadores también les resulta más sencillo localizar mano de obra cualificada y a la mano de obra cualificada, empleo. Lo mismo ocurre con los proveedores de materia prima y los servicios auxiliares. Por último, la difusión del conocimiento (modas, nuevas técnicas) es más rápida.

La explotación de estas sinergias da lugar a la aparición no ya de polígonos, sino de ciudades enteras. Wolfsburgo surgió de la nada en 1938 para albergar las plantas de Volkswagen. La producción del Escarabajo requería la acción coordinada de miles de obreros, que debían ocupar un puesto concreto en la cadena de montaje. Lo mismo ocurría con la aeronáutica o la siderurgia. Pero en la economía del conocimiento se funciona con ideas y portátiles, no con carbón y hornos. Y los productos consisten en análisis financieros, aplicaciones informáticas o series de televisión que viajan por el ciberespacio, no por tren o carretera. ¿Qué más da donde estemos? Silicon Valley no debería existir. Sin embargo, es una obstinada realidad. ¿Por qué?

Puede que las economías de aglomeración sean menores que en la era industrial, pero no han desaparecido y las pequeñas ventajas de partida se retroalimentan y acumulan hasta abrir brechas considerables. Pensemos en dos alumnos de primaria, uno nacido en febrero y otro en noviembre. Físicamente son bastante parecidos, pero es probable que el profesor de gimnasia elija para el equipo de hockey al primero, que está unos meses más hecho. En consecuencia, recibirá un entrenamiento y adquirirá una experiencia que harán que, al año siguiente, vuelvan a escogerlo. Así, curso tras curso, lo que no era más que una modesta diferencia de edad se agrandará y, al final, como observa Malcolm Gladwell en Fuera de serie, te encuentras con que “en cualquier club de la élite del hockey [de Canadá] el 40% de los jugadores habrá nacido entre enero y marzo [y apenas] el 10% entre octubre y diciembre”.

Con las ciudades ocurre igual. Cuando William Shockley se mudó a Palo Alto, allí no había más que almendros. Pero su labor pionera en electrónica arrastró a un puñado de ingenieros, cuyo éxito estimuló a otros colegas, que a su vez atrajeron a más y, poco a poco, fue erigiéndose un formidable ecosistema que es como un imán para los inversores. “Las empresas de sectores avanzados o especializados no quieren instalarse en áreas donde están aisladas”, dice Moretti. “Ninguna quiere ser la primera en moverse porque va a pasarlo mal para hallar trabajadores cualificados. Y los trabajadores cualificados tampoco quieren trasladarse a ciudades donde hay poca oferta de empleo”.

Es la pescadilla que se muerde la cola, y lo hace con una intensidad desconocida en términos históricos. “Cuando se analizan los principales campos [de la economía del conocimiento], se aprecia una aglomeración de inventores que es asombrosa. En ciencia de la computación, las 10 primeras ciudades concentran el 70% de toda la innovación, medida por las patentes. Para los semiconductores, es el 79%. Para biología y química, es el 59%. Esto significa que las 10 primeras ciudades generan la inmensa mayoría de los avances en cada campo. Y esta cuota no ha hecho más que aumentar desde 1971”.

En consonancia con su mayor productividad, los residentes de estas capitales punteras perciben generosas retribuciones, muy superiores a las de sus compatriotas, que los ven prosperar mientras ellos languidecen, y esto no carece de implicaciones políticas. ¿Se han preguntado quiénes son los que votan por Trump en Estados Unidos, por Le Pen en Francia y por el brexit en el Reino Unido?

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