INTERREGNUM: De cisnes y rinocerontes. Fernando Delage

Hace un año, en una reunión interna con altos cargos del Partido Comunista, el presidente chino, Xi Jinping, advirtió sobre la necesidad de estar en guardia contra los “cisnes negros” y los “rinocerontes grises” que, en un contexto de menor crecimiento de la economía, podrían afectar a la estabilidad social y política. Por “cisnes negros” se entienden aquellos hechos imposibles de predecir. Los “rinocerontes grises” son aquellos riesgos conocidos, y con el potencial de causar graves perjuicios, que se opta por ignorar. Aunque aún no está claro a cuál de las dos categorías pertenece la epidemia del coronavirus, las metáforas de Xi no sólo han resultado proféticas, sino que le han colocado ante la crisis más grave de su mandato.

Contener la expansión del coronavirus es la mayor prioridad del gobierno. Lo es ante todo como problema de salud pública, con un considerable coste humano. Pero al mismo tiempo está afectando a la economía—y en consecuencia a la economía mundial en su conjunto: China ha sido por sí sola responsable de más del 25% del crecimiento global los últimos años—, así como a la confianza ciudadana en sus autoridades. La crisis ha puesto a prueba la capacidad de gestión de estas últimas, como se reconoció en un comunicado publicado por Xinhua—la agencia oficial de noticias—, tras la reunión celebrada la semana pasada por el Comité Permanente del Politburó, el órgano que reúne a los siete máximos dirigentes chinos.

Durante las tres primeras semanas de enero se intentó minimizar la importancia del problema. Posteriormente los medios oficiales pasaron a hacer hincapié en el liderazgo de Xi contra la crisis, y en una sucesión de reuniones convocadas por el gobierno y el Partido. El 26 de enero se anunció, incluso, la constitución de una nueva comisión de alto nivel sobre el coronavirus, aunque presidida por el primer ministro, Li Keqiang, y no—como suele ser lo habitual en comités de esta naturaleza—por el propio presidente. La ausencia de este último de los medios es, de hecho, uno de los aspectos más llamativos de la crisis. Desde el 21 de enero sólo ha aparecido en público en dos ocasiones, ambas en Pekín, para recibir a dos visitantes extranjeros.

Mientras los observadores especulan sobre las posibles razones de la “invisibilidad” de Xi, los responsables de propaganda se han visto superados por el duelo masivo expresado en las redes sociales por la muerte de Li Wenliang, el joven oftalmólogo que lanzó los primeros avisos sobre la epidemia, para ser detenido por la policía de Wuhan por “crear alarma” entre la población. El hashtag “el gobierno de Wuhan debe una disculpa al Dr. Li” fue visto en Weibo—el twitter chino—hasta 180 millones de veces antes de que fuera suprimido por las autoridades. La expresión de empatía por la muerte de Li se ha transformado en una muestra de frustración popular al ver cómo, una vez más, los dirigentes tratan de minimizar u ocultar las crisis y harán cualquier cosa para restaurar una apariencia de normalidad, aun en contra de la realidad.

Como ha señalado en un artículo publicado en Internet el profesor Xu Zhangrun, un prestigioso catedrático de la universidad de Tsinghua—donde se forma la elite del Partido—la crisis en Wuhan “es sólo la punta del iceberg”, y una consecuencia del giro autoritario impuesto por Xi a la República Popular. Aunque resulta imposible prever las consecuencias políticas de la epidemia, lo único cierto es que, si “cisne” o “rinoceronte” no importa: la concentración de poder no garantiza el control de fenómenos imprevistos; ni centralización y opacidad pueden ganar siempre a la verdad.

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