En tiempos del COVID-19. Nieves C. Pérez Rodríguez

En esta lucha internacional que está teniendo lugar contra el coronavirus, cada país está librando su batalla como puede, de acuerdo a sus recursos y conocimientos, e incluso sus errores. Taiwán por su parte es un ejemplo ha seguir estando justo al lado del epicentro del COVID-19. Posiblemente debido a la experiencia adquirida durante el SARS del 2002-2003 ha sabido canalizar la crisis con una respuesta tan acertada que supone un modelo a seguir.

De momento, Taiwán tiene solo un fallecido y 50 casos, a pesar de que se encuentran a tan sólo 130 km de China, lo que son números realmente bajos comparativamente con los que se han registrado en las otras cien naciones afectadas en el mundo.  Los taiwaneses tienen la tasa de incidencia más baja per cápita, cerca de 1 por cada 500.000 personas, que es ciertamente remarcable considerando la cercanía de China y el nivel de intercambios, vuelos y tránsito de personas entre ambos.

Taiwán más que nadie sabe cómo opera el Partido Comunista Chino. Conoce sus retorcidas formas de secretismo y sus vicios. Por lo que esta isla tomó medidas inmediatas desde que supo de la existencia del virus. El mismo día que China notificó a la Organización Mundial de la Salud -el 31 de diciembre- Taiwán comenzó con la implementación de sus medidas.

A pesar de las complejas relaciones entre Taipéi y Beijing, China autorizó la entrada de un grupo de expertos taiwaneses el 12 de enero, quienes viajaron y pudieron quedarse con la sensación de gravedad de la situación, de acuerdo con NBC news y tal y como los mismos expertos afirmaron no les dejaron ver lo peor, pero pudieron intuir la gravedad. Paralelo con el regreso a Taiwán de dicho equipo, se les comunicó a los hospitales que comenzaran a organizarse frente a la epidemia y a practicar exámenes a las personas, reportar los casos positivos y hacer un seguimiento de con quien esos individuos infectados han mantenido algún tipo de contacto.

Fue esa rapidez desde las primeras horas de conocerse la existencia del COVID-19 lo que ha jugado en favor de Taiwán, quien informó de su primer caso el 21 de enero. Taiwán tiene casi 2 meses desde el primer caso reportado, pero casi 3 meses monitoreando y ejecutando medias preventivas.

Corea del Sur, por su parte, a pesar de haber tenido un altísimo número de contagios los primeros días, con un total de 8.000 casos registrados, puso en marcha un agresivo sistema de pruebas para poder determinar quiénes están o no infectados.

Los puestos de pruebas desde el coche han sido una de las medidas más efectivas, no sólo para conocer el número de casos, sino para evitar contagio por cercanía en centros hospitalarios.

Los centros de autoservicio, en una fase inicial, daban los resultados en 20 minutos de tomada la muestra, y a día hoy tarda unas cuantas horas, probablemente debido al número de pruebas que se están realizando al día, que están entre 10.000 a 15.000 diarias. A diferencia de la mayoría de los otros países, En Corea del Sur todas las personas pueden ir a hacerse la prueba.

Este sistema es muy diferente al que ha la mayoría de los países en occidente han puesto en ejecución, que ha sido mayoritariamente imponer cuarentenas a ciudades enteras, o hasta países enteros. Los surcoreanos usan la cuarentena sobre las personas que deben hacerlas, sin paralizar el país entero. Seguramente debido a la disciplina que les caracteriza, esa medida ha sido efectiva. Y obviamente también debido a la capacidad que la Administración ha demostrado que tiene de realizar los test y dar los resultados.

No existe una situación similar en la historia de la humanidad, ni siquiera parecida en la que casi todos los países se cierran al resto, o se ponen en cuarentena debido a una pandemia como la COVID-19. Debemos aprender de las naciones que han hecho un buen manejo de la crisis y con ello tratar de minimizar el natural pánico social que un desafortunado escenario como este genera.

Conviene sacar nuestro lado más humano ante esta crisis. Debemos ser solidarios con la población en mayor riesgo y cumplir con lo que nos piden las autoridades que, desde una difícil posición, intentan contener el contagio, aunque algunas veces lo hagan con pocos aciertos. La solidaridad es un acto puro de desprendimiento, de apoyo. Debería ser una disposición natural de ayuda, de bondad, de humanidad. La solidaridad es un valor presente en cada ser humano, que debemos, hoy más que nunca despertar y poner en práctica por los más vulnerables al COVID-19. Seamos solidarios en tiempo de crisis.

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