INTERREGNUM: Elecciones en Singapur. Fernando Delage

Aunque la regresión democrática es un fenómeno global desde hace algo más de una década, el sureste asiático es una de las regiones donde se concentra en mayor medida. Las expectativas de cambio político abiertas por la caída del dictador Ferdinand Marcos en Filipinas en 1986, y de Suharto en Indonesia una década después, se vieron defraudadas desde principios del siglo XXI. Dos golpes de Estado en Tailandia, la incompleta transición birmana, las prácticas antipluralistas de Malasia o la elección de Duterte en Filipinas han revelado, entre otros ejemplos, la resistencia del autoritarismo en las naciones de la ASEAN. La creciente influencia de la vecina China, y el abandono por Estados Unidos de la promoción de la democracia como objetivo de su política exterior, suponen obstáculos añadidos a que la región pueda avanzar hacia sistemas políticos competitivos.

Tendencia opuesta es la que, muy tímidamente, reflejan las elecciones celebradas en Singapur el pasado 10 de julio. Este pequeño Estado, uno de los más ricos y estables del mundo, desafía todos los paradigmas de las transiciones democráticas al seguir gobernado por el Partido de Acción Popular (PAP) desde 1959. Aunque hegemonía no está en riesgo, su voto se redujo al 61 por cien, frente al 70% obtenido en 2015, y cercano al más bajo de su historia (el 60 por cien de 2011). Ese resultado le permite controlar 83 de los 93 escaños del Parlamento (es decir, el 89 por cien), gracias a un sistema electoral diseñado para reforzar su mayoría.

 Los diez diputados de la oposición—compuesta, además, por grupos divididos—no pueden ambicionar grandes cambios. Pero si no para cambiar el gobierno, las elecciones sirven al menos para medir cómo respira la sociedad con respecto al PAP. La decisión de convocarlas de manera anticipada—la anterior legislatura no concluía hasta abril de 2021—y en medio de la pandemia, fue probablemente un error. El primer ministro, Lee Hsien Loong, se limitó a señalar en público que los resultados “no fueron los esperados”, pero pueden obligarle a retrasar sus planes de retirarse el próximo año para dejar la jefatura del gobierno en manos de su segundo, Heng Swee Keat, como sucesor. Para muchos, las elecciones fueron en realidad un referéndum sobre Heng, y éste no sólo ha perdido apoyo electoral en su circunscripción, sino que, como director de la campaña, no deja de ser corresponsable de esta pérdida de confianza popular.

Los resultados dan a entender que la nueva generación de líderes del PAP—a la que pertenece Heng—no han sabido atender las quejas ciudadanas por la gestión del coronavirus, el coste de la vivienda, la sanidad y los transportes, o las nuevas limitaciones para acceder a las pensiones por parte de los jubilados. Esa tradicional seña de identidad de Singapur que ha sido la eficiente gestión de los servicios públicos parece haberse deteriorado.

Dependiente del mundo exterior para su crecimiento, y del equilibrio entre las grandes potencias para su seguridad, Singapur es especialmente vulnerable a los cambios en el sistema internacional. Con una economía basada en los servicios, afronta en la actualidad el desafío de cómo salvaguardar su futuro económico en un entorno de desglobalización, mientras los ciudadanos experimentan una creciente desigualdad. En el centro de la competición geopolítica entre Estados Unidos y China, Singapur se ve atrapado asimismo por la dificultad de mantener con ambos la relación privilegiada que ha tenido durante décadas. Si el entorno exterior ha cambiado, también parece estar haciéndolo el interno al votar cuatro de cada diez singapureños a un partido distinto del PAP.

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