INTERREGNUM: Ambiciones globales, realidades locales. Fernando Delage

Cuando se cumplen siete años del anuncio por el presidente chino, Xi Jinping, de la iniciativa de la nueva Ruta de la Seda (BRI), continúan predominando los análisis sobre las intenciones de Pekín más que los estudios sobre su grado de ejecución. Frente al discurso chino que define la iniciativa como un plan de cooperación destinado a promover el crecimiento de los países en desarrollo, y la percepción norteamericana de que se trata de un instrumento geopolítico para poner fin a la primacía de Estados Unidos, se echa en falta, en efecto, un examen de las realidades sobre el terreno.

No es raro que los observadores crean ver una estrategia cuidadosamente elaborada donde en realidad hay poco más que un concepto utilizado por actores muy diversos, cada uno de ellos persiguiendo sus respectivos intereses sin una clara coordinación. Este parece ser el caso de BRI, como confirma el investigador del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington (CSIS), Jonathan Hillman. Responsable del programa “Reconnecting Asia”, dedicado al seguimiento de los planes de interconectividad promovidos por China en Eurasia y el Indo-Pacífico, Hillman ha visitado durante los últimos tres años los principales nodos de la Ruta de la Seda para hacerse una idea de los avances y de los obstáculos que afronta la iniciativa. El resultado de sus viajes es The Emperor’s New Road: China and the Project of the Century (Yale University Press, 2020), un excelente libro que combina el conocimiento del historiador con las interpretaciones del analista geopolítico y las impresiones del reportero. 

Como señala el autor, BRI es una iniciativa global, pero su realización depende del contexto y circunstancias locales. Desde esta perspectiva, China—escribe—estaría repitiendo los pasos y errores (y por tanto aprendiendo las lecciones) de las potencias coloniales europeas del siglo XIX. Su relato no es en consecuencia una historia sobre cómo China está aumentando su influencia en el exterior, sino sobre su experiencia de aprendizaje como potencia en ascenso. El examen de la interacción de China con las variables de cada lugar ofrece al. Ismo tiempo una brillante descripción del espacio euroasiático contemporáneo. Como observa Hillman en Kazajstán, Rusia, Laos, Sri Lanka, Pakistán o Yibuti—entre otros destinos que ha visitado—los proyectos chinos distan aún mucho de lo anunciado, sin que tampoco pueda Pekín abandonarlos: cada vez se encuentra más atrapado por las dinámicas locales.

La Ruta de la Seda china viene a ser, ha escrito el periodista Robert Kaplan, el reverso de la Compañía de las Indias Orientales de los británicos, al avanzar desde Asia hacia Occidente y no al revés. Y, ciertamente, la red de infraestructuras que China quiere construir en Eurasia responde a una lógica que puede calificarse como “imperial”, idea que parece compartir Hillman al utilizar como referencia algunos proyectos del pasado—como el canal de Suez—para entender las dificultades de la iniciativa china. Pero es Pekín quien quizá no haya reconocido aún que la realización de sus ambiciones dependerá de cómo respondan otras naciones y sociedades, más que de las decisiones de su gobierno. Más aún le costará asumir la gran contradicción de fondo que existe entre la conectividad que aspira a crear a través de BRI y el control que no está dispuesto a ceder.

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