INTERREGNUM: La tragedia birmana. Fernando Delage

Cuando se cumplen dos meses del golpe de Estado en Birmania, la represión del ejército ha matado a más de 530 personas y arrestado a varios miles. Las fuerzas armadas se enfrentan a una sociedad que demanda la restitución del gobierno elegido en las urnas el pasado mes de noviembre, pero también a las minorías étnicas que han retomado su actividad insurgente. Ante el recrudecimiento del conflicto, el país no sólo va camino de convertirse en un desastre humanitario, sino también en objeto de competición geopolítica.

Al compartir frontera con China, India, Bangladesh, Laos y Tailandia, un enfrentamiento civil en Birmania puede desestabilizar la región en su conjunto. Sin embargo, en vez de articular la respuesta multilateral necesaria para prevenir un aluvión de refugiados entre sus miembros, la ASEAN aparece dividida. Por diferentes motivos, las divergencias entre las naciones del sureste asiático complican igualmente las posibles acciones de las grandes potencias, cuyos intereses obligan a descartar asimismo la posibilidad de una acción concertada por parte de las Naciones Unidas. Washington y Pekín afrontan el conflicto desde la perspectiva de su rivalidad, mientras que en India se impone como prioridad la seguridad de sus provincias del noreste, y Japón se ha limitado a suspender su ayuda financiera. Quien ha irrumpido de manera llamativa en este vacío diplomático ha sido Rusia, tradicional vendedor de armamento a Birmania.

En los actos convocados el 27 de marzo con motivo del Día de las Fuerzas Armadas, el invitado extranjero de mayor nivel con que contaron los militares birmanos fue el viceministro ruso de Defensa, Alexander Fomin. Moscú, declaró el general Fomin, “mantiene como objetivo estratégico el reforzamiento de las relaciones entre los dos países” y considera a Birmania como “un aliado de confianza y socio estratégico en el sureste asiático y en Asia-Pacífico”.  Aunque no han faltado los análisis que encuentran paralelismos con la decisión rusa de prestar apoyo militar al presidente sirio, Bashar al-Assad, para orientar la evolución de la guerra civil a su favor, cuando menos cabe observar la habilidad de Moscú para intervenir allí donde pueda para debilitar todo proceso democrático y, de esa manera, restringir el margen de maniobra de Occidente.

Como ha resumido Michael Vatikiotis en Asia Times, “el golpe de Myanmar ha resultado ser un cisne negro geopolítico. Ha puesto a Rusia en juego en un intento por hacerse un hueco en Asia; ha subrayado la debilidad de India como aliado de Occidente en la región; y ha situado a China como la variable central mientras Estados Unidos observa impotente desde la barrera mientras se prepara para contener a Pekín”.

Pero la verdadera tragedia birmana es que mientras la nación reclama un sistema democrático, la junta militar, en vez de ceder, aumentará la represión. Y con ella no sólo se aleja la posibilidad de salvar el proceso de liberalización política, sino que, por el contrario, aumenta el riesgo de quiebra económica y de mayor violencia, creando las condiciones de anarquía e inestabilidad estructural bien conocidas en otros lugares del planeta.

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