Rock-em Sock-em robots as still life in the studio on black. Lit by a snooted light overhead and a grated light to the right. ©2009, Ariel Waldman

INTERREGNUM: El multipolarismo que viene. Fernando Delage

Desde hace ya unos años, Australia se ha convertido en un revelador sismógrafo de la dinámica asiática. De manera más extrema que otros de sus vecinos, el país se encuentra ante un dilema sin precedente: su principal socio económico y motor de su prosperidad—China—es el gran rival de su principal aliado de seguridad y clave de su defensa, Estados Unidos. Quizá esta circunstancia explica que sea en Australia donde pueden encontrarse algunos de los más agudos análisis sobre la transformación regional en curso. Fue en sus universidades donde surgió el concepto del “Indo-Pacífico”, empleado por el presidente Trump durante su reciente gira por Asia; y son los documentos oficiales de su gobierno los que mejor permiten seguir de cerca la evolución de la percepción local de los acontecimientos. La semana pasada, el primer ministro, Malcolm Turnbull, presentó un nuevo Libro Blanco de política exterior. La edición anterior, en 2003, describía una región en la que la primacía de Estados Unidos permanecería inalterable durante varias décadas, y la política de seguridad de Australia no necesitaría por tanto cambios significativos. Catorce años más tarde, la descripción del entorno no puede ser más diferente: “China, indica el texto, está desafiando la posición de Estados Unidos”. Si Washington era el protagonista absoluto del Libro Blanco de 2003, en la versión actualizada tiene que compartir su influencia con Pekín.

También parece indicarse lo que está por venir. En la actualidad, señala el documento, la economía china representa el 18 por cien del PIB global, y la norteamericana el 15 por cien. Pero según las estimaciones del Tesoro australiano, en 2030—en términos de paridad de poder adquisitivo—el PIB chino será de 42,4 billones de dólares, y el de Estados Unidos de 24 billones de dólares. Es un dato que por sí solo explica la histórica redistribución de poder en marcha, y el desafío que supone para la estructura económica y estratégica de Asia.

Como señala con acierto el Libro Blanco, “[Estados Unidos y China] tienen un interés mutuo en gestionar las tensiones estratégicas, pero ello no es por sí mismo una garantía de estabilidad”. Ahora bien, es a la hora de formular una respuesta cuando se mantiene la resistencia a reconocer las implicaciones de fondo del diagnóstico realizado. Las autoridades australianas insisten en que el multipolarismo hacia el que avanza la región puede consolidarse en un “orden basado en reglas”, término—también utilizado por Washington—con el que se refieren al orden de la segunda posguerra mundial anclado en el liderazgo y el poder militar de Estados Unidos. Es poco realista, sin embargo, pensar que Pekín vaya a aceptar tal sistema. ¿Por qué asumir una posición subordinada en una estructura cuyas reglas han sido definidas por otros?

Ha habido a lo largo de la última década una tendencia a subestimar el ascenso de China y a sobrevalorar las capacidades de Estados Unidos. El debate se acelera, no obstante, coincidiendo con el cambio de administración en Washington. En su último número, publicado también la semana pasada, la revista “Quarterly Essay” incluye un extenso ensayo al respecto de Hugh White, profesor de estrategia en la Universidad Nacional de Australia, y uno de los más perceptivos analistas de nuestro tiempo. Como señala White en su monografía, de lectura obligatoria para los observadores de la región, necesitamos nuevas ideas, ¡y con rapidez!

Valla rota

La ley de inmigración II y los giros políticos de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

En nuestro artículo de la semana pasada explicábamos las marcadas diferencias entre los inmigrantes ilegales y los inmigrantes bajo la amnistía que les concedió DACA. Y apelábamos a la necesidad de una ley migratoria adaptada a los valores fundamentales de la nación estadounidense conforme a su constitución y el respeto a los derechos humanos, y por supuesto a sus propios intereses nacionales. Hoy retomamos el tema para explicar el cambio de dirección que han tomado las cosas, producto de un momento de pragmatismo en el que Trump negocia con el partido demócrata un acuerdo que mantendría el estatus pseudo-legal de estos individuos. Muy a pesar de que los pronósticos apuntaban en la dirección opuesta.

Trump es un hombre que necesita resultados, no hay más que ver sus negocios y la fortuna que ha conseguido amasar. La lealtad no es precisamente el valor más arraigado en su proceder, y la mejor prueba es que hoy estamos hablando de pactos entre él y el partido demócrata para sacar adelante una ley migratoria que proteja a estos “dreamers”, después de haber sido él mismo el que activó el debate y expresó sin tapujos su tendencia anti-inmigración, en la que los DACA estaban incluidos. Es bien sabido que en política los pactos entre distintos partidos son la clave de la supervivencia del sistema, pero en el caso de este inesperado cambio de postura de Trump se refleja su falta de afiliación y lealtad al partido republicano, y su desvinculación a la tradición más conservadora de las bases del partido.

En su estilo más puro, negocia durante una cena con los líderes demócratas el miércoles por la noche y amanece el jueves a las 6:35 a.m. twitteando a sus fieles seguidores, intentando justificar las razones de su cambio de postura (que valga acotar fueron las mismas razones que expusimos en esta columna la semana pasada): “Ellos fueron traídos a nuestro país hace muchos años atrás por sus padres, cuando eran niños. No es su culpa…” etc., etc. La clave de la rapidez de estas negociaciones están en poder presionar para presentar la ley antes del 13 de Diciembre, fecha en que vence la deuda pública, y en la que se verán obligados a negociar una vez más con los demócratas para evitar el cierre del gobierno estadounidense. Sumado a esto, son pocos los días legislativos que quedan dentro de la normativa y funcionamiento del congreso. Ambos escenarios benefician a los demócratas dándoles mayor control del juego.

Lo que seguramente Trump no midió fueron las consecuencias internas en las bases del partido republicano, en el núcleo más conservador, pues ésta es la segunda estacada en que deja a su partido en dos semanas. La primera fue el acuerdo con los demócratas para autorizar más gasto, más deuda pública y evitar el cierre del gobierno.

Los analistas ahora están planteando que Trump está buscando espacios de entendimiento con la oposición para poder sacar leyes adelante en vez de dejar que la lenta burocracia vaya a su ritmo. Sin embargo, en las filas de su partido se percibe como traición. A pesar de que muchos puedan estar a favor de los acuerdos, no están a gusto con las formas y el secretismo a sus espaldas.

Da la impresión de que las promesas electorales que lo hicieron presidente empiezan a desvanecerse frente a las ganas de empezar a dar resultados y avanzar. Hay que ver si favoreciendo a los “dreamers”, con la contrapartida pública de tener el apoyo demócrata para fortalecer la seguridad fronteriza, es un precio político razonable. Los demócratas están aprovechando su momento para sacar la mejor tajada: negocian la deuda sólo hasta diciembre, y mientras tanto consiguen avances políticos, como mantener DACA. Mientras que en las filas del partido republicano Trump está generando una división aún mayor que puede comprometer futuras negociaciones y apoyos que seguramente necesitará en el futuro cercano.

Charlotte

¿Qué revelan los hechos de Charlottesville sobre Estados Unidos? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La concentración de los blancos supremacistas hace unos días en Charlottesville, es un hecho desconcertante y aterrador, que demuestra la complejidad de la historia de esta nación. Estos grupos neonazis, afiliados al Ku Kux Klán, y blancos nacionalistas han existido siempre, contando con un mayor o menor impacto social según el momento histórico. Estos colectivos se agrupan entre sí con el fin de conseguir más fuerza, más atención y un mayor impacto mediático. Actualmente hacen uso de “Social Media” para que su mensaje tenga mayor repercusión, al más puro estilo del ISIS. De hecho, el éxito de su concentración en Charlottesville se debió fundamentalmente a Facebook y la escrupulosa agenda que organizaron y que los asistentes venidos de muchos otros estados del país, siguieron a rajatabla. Ahora bien, la sorpresa que ha despertado en la comunidad internacional e, incluso, la cobertura mediática domestica incansable, que desde el día de los nefastos sucesos ha dejado a un lado casi cualquier otra noticia por significante que fuera, para dedicarles horas infinitas a las torpezas de Trump y su falta de tacto político, han levantado una polémica racial que ahora centra el discurso en la imperiosa necesidad de eliminar las estatuas en torno a las cuales se han organizado las ultimas concentraciones de estos grupos.

El debate es complejo. Por un lado están quienes a día de hoy son mayoría y que opinan que estos monumentos de la época de la Confederación son parte de la historia y que no deben ser tocados: y, por otro, la otra parte del país que siente que hay que eliminar cualquier elemento que pueda ser utilizado para exacerbar esos sentimientos raciales. 4Asia visitó Charlottesville unos días después de los sucesos y conversamos durante horas con diversas personas oriundas de allí o que llevan residiendo en la localidad más de 15 años. Y el elemento común que encontramos fue tristeza y contradicción. Todos, a pesar de sus profundas diferencias ideológicas, coinciden en que se ha alterado la esencia del lugar, que dichas estatuas han estado siempre allí y que nunca fueron centro de polémica, pues fueron puestas porque representan la lucha de los estados del sur.

La esclavitud ha sido otra de las grandes invitadas al debate. Hay quienes sostienen que estos monumentos representan una especie de traición a las leyes que derogaron la esclavitud y unificaron los territorios en un solo país. Como suele suceder en estas situaciones, la ambigüedad es usada por ambos bandos para justificar sus razones. Y más aún después de la desgraciada muerte de una persona, y el numeroso grupo de heridos que buscaba expresar su rechazo a los supremacistas.

Pero todas estas críticas se diluyen cuando se consulta la Constitución estadounidense, en la que la libertad es el derecho fundamental que rige el orden social del país. Por lo que concentraciones del tipo que sean pueden llevarse a cabo, basadas en este principio. Así como de insólito es en este momento que siga habiendo milicias por citar otro ejemplo, contemplado en la enmienda II: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, no se violará el derecho del pueblo a poseer y portar armas.” Así lo vimos en el Rally de Charlottesville, las milicias de los supremacistas, hombres en trajes de camuflajes portando armas largas, sin ningún pudor. Un como un neonazi tiene el derecho de llamar a asambleas, concentrarse y organizar eventos como existe el derecho a foemar milicias.

La libertad en Estados Unidos tiene un precio y algunas veces ese precio es alto. El tener libertad de expresión, de clero o de ideología, lleva consigo el riesgo de que sea permisible casi todo. El cambio que experimentó Estados Unidos durante la administración Obama puede ser visto positivamente por Europa y otras e incluso un porcentaje de nacionales muy considerable. Sin embargo, esos cambios despertaron sentimientos de rechazo en diversos grupos conservadores, unos más ultras que otros. Pero algo que pudimos comprobar en nuestras conversaciones con los ciudadanos de Charlottesville es que hay mucha gente que prefiere vivir bajo valores más tradiciones, y que a pesar de los milenios se sienten más identificados con la inclusión y la diversidad y hay quienes sienten que lo que se suele llamar avance y progresismo en realidad constituye un retroceso en el orden moral y social de la nación.

Para poder entender esto a fondo se debe reflexionar sobre cómo vive un estadounidense medio. Sus preocupaciones se centran en trabajar y sacar adelante a su familia. Con pocas aspiraciones sociales, porque no es valor arraigado de este pueblo, se puede vivir una vida en la que, de lunes a viernes o sábado según los casos, se trabaja, y el domingo se va a la iglesia. Así transcurre la vida de la mayor parte de los ciudadanos, donde además muchos de ellos no tienen ningún interés por viajar fuera de sus fronteras. Estados Unidos es más que las ciudades iconos de la costa este y oeste. Y parte de ese conglomerado social que puso en la presidencia a Donald Trump, es el que hoy se opone a que esas estatuas sean quitadas, o quienes añoran que se retome un poco del conservadurismo al que estaban acostumbrados.

Paradójicamente Trump es un presidente republicano, que nunca fue conservador, pero que obtuvo la silla presidencial por un cúmulo de circunstancias que lo favorecieron. Hoy la lucha sigue más encarnizada que nunca dentro de las filas de su propio partido por parte de quienes temen que él pueda quebrantar ese orden establecido y dar cabida a grupos extremistas, como estos supremacistas. Mientras que la oposición intenta retomar espacios con críticas incansables a cada falta de Trump. Por extraño que parezca, esta sociedad se está debatiendo entre estas dos opuestas ideologías tan diferentes. En lo que sí coinciden ambas es en estar convencidas de ser la correcta, por lo que la lucha se mantendrá, muy a pesar de las torpezas e ignorancias de Trump.