20180430 Summit Korea

La prudencia sigue siendo un activo

Una de las características de la opinión pública occidental es que puede pasar de un sentimiento catastrofista, casi apocalíptico, a una euforia ingenua y crédula sin apenas transición y con pocos argumentos. Así pasó, fuera de toda lógica, con las apresuradamente denominadas primaveras árabes y así puede estar pasando con la rápida evolución de la situación en la disputada península coreana.

Es evidente que el encuentro entre los dos líderes coreanos es impactante, novedoso, sorprendente por su rápida organización y lleno de expectativas, pero convendría mantener la calma y el escepticismo ante las verdades proclamadas sobre el que se fundó las modernas sociedades occidentales.

En Asia se estila otro sentido del tiempo, basado en la paciencia, el cálculo a medio y largo plazo y las grandes maniobras con efectos en diversos frentes.

Y hay que ser cautos también al analizar los antecedentes y los beneficiarios de los acontecimientos, es decir, a la hora de repartir medallas y puestos en el pódium.

Hay bastante consenso en que China es el país que está en mejores condiciones para beneficiarse una bajada de la tensión que, además, aparte de una consolidación del estatus norcoreano, una mayor estabilidad en ese Estado tapón frente a Estados Unidos y una neutralización de sus provocaciones, visualiza a Pekín como un aliado de la paz como si ese proceso no tuviera nada que ver con sus intereses nacionales no precisamente estabilizadores a medio plazo.

Pero no hay que olvidar que la mano firme de la Administración Trump, al margen de las improvisaciones del atolondrado y maleducado presidente, ha enseñado al dictador norcoreano una cara nueva y un camino claro: o negociar la distensión o guerra. Y Corea de Norte nunca iba a ganar la guerra. Con la amenaza clara y las ofertas de conversaciones planteadas, Corea del Norte, China y los aliados entendieron el mensaje: o ganar algo o perderlo todo.

No importa que el centro nuclear que Corea del Norte quiere clausurar en público sea ya inservible por el último ensayo (lo sugiere China), lo que importa es el gesto, y sin plantear, al menos de momento, la retirada de Estados Unidos de sus bases surcoreanas. Pero también es verdad que Corea del Norte consigue una plaza en el escenario internacional sin el estigma de Estado pirata e ilegal que realmente es. (Foto: Flickr, RoK)

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En vísperas

Las piezas van encajando. Mientras el primer ministro japonés ultimaba sus preparativos para un nuevo encuentro con Donald Trump en Florida, Corea del Norte anunciaba la suspensión formal de su programa de desarrollo de armamento nuclear y el cierre de su principal instalación de investigación en este campo.

En pocos días, el dictador norcoreano se entrevistará con el primer ministro de Corea del Sur y, unas semanas más tarde, si no hay cambios de última hora, se encontrará con Trump para iniciar una nueva etapa en las relaciones de Estados Unidos, China y las dos Coreas.

Kim Jong-un, el líder norcoreano, está demostrando tener un plan, unos objetivos y un camino para conseguirlos y lo está siguiendo metódicamente con el inestimable aliento, y aparentemente el control, del gobierno chino. Y sus vecinos, coreanos del sur y japoneses en primer plano, pero también las otras naciones asiáticas con intereses en el Pacífico y en el Índico siguen pendientes de como gestiona Estados Unidos la situación, con qué propuestas acude a su cita con Corea del Norte y dónde pone las líneas rojas y de fuerza.

Este escenario, con Europa de convidado de piedra, será nuevo, abrirá nuevas perspectivas, cambiará de perfil los conflictos ya existentes y emergerán otros nuevos con nuevos actores o los viejos actuando en otros campos. Y, lo más importante, China verá reforzada y consolidada su presencia en todos los frentes.

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INTERREGNUM. Abe vuelve a Florida. Fernando Delage

Catorce meses después de su primer encuentro en Mar-a-Lago, el club de golf de Trump en Florida, el presidente norteamericano volvió a recibir la semana pasada, en el mismo lugar, al primer ministro de Japón, Shinzo Abe. La supuesta sintonía personal entre ambos líderes, que también se vieron en Tokio en noviembre, no se ha traducido sin embargo en resultados positivos para Abe. Quizá Trump no ha abandonado su hostilidad antijaponesa de los años ochenta; quizá no entienda la importancia de Tokio como aliado.

La próxima reunión de Trump con Kim Jong-un y su política comercial han complicado en gran manera la agenda bilateral. En ambos temas, Abe parece volver con las manos vacías. El anuncio de un encuentro con Kim sorprendió al gobierno japonés: no sólo no se le consultó con carácter previo, sino que la naturaleza impredecible del presidente norteamericano crea la lógica inquietud sobre los términos de la negociación. A petición de Abe, Trump se comprometió a tratar con Kim la cuestión de los nacionales japoneses secuestrados por los servicios de inteligencia norcoreanos. Pero las dudas permanecen sobre las cuestiones de fondo: a Washington le preocupan los misiles intercontinentales de Pyongyang; no los de corto y medio alcance, es decir, los que amenazan de manera directa a Japón. Aceptar con condiciones el estatus nuclear de Corea del Norte—la suspensión de pruebas no es sinónimo de desnuclearización—, podrá empujar a Tokio a considerar su propia opción nuclear. Cualquiera de estos escenarios causará un importante daño a la alianza, obligando a Japón a seguir un camino de mayor independencia estratégica.

Abe esperaba conseguir, por otro lado, una exención a las tarifas al aluminio impuestas por Trump, al igual que otros aliados de Estados Unidos (Canadá, México y Corea del Sur). No lo ha logrado. Según algunas interpretaciones, Washington querría así presionar a Tokio para avanzar en un acuerdo comercial bilateral. Pero no parece que Japón vaya a ceder: su preferencia es un régimen multilateral, como el que ha reconfigurado bajo su liderazgo en forma del Acuerdo Trans-Pacífico a 11. Sólo días antes de su encuentro con Abe, Trump declaró estar dispuesto a considerar su regreso al TPP, pero, minutos después de su primera conversación con el primer ministro japonés en Florida, rechazó por tuit tal posibilidad. Sus formas no ayudarán a obtener la complicidad de su aliado japonés.

Ambas cuestiones, Corea del Norte y comercio, conducen por lo demás a China. La República Popular es el verdadero objetivo de la política comercial de Trump, como es también la clave del equilibrio estratégico del noreste asiático. Que, delante de Abe, el presidente de Estados Unidos elogiara a su homólogo chino, Xi Jinping, fue otro gesto probablemente innecesario. Se desconoce si Trump ha medido las consecuencias de sus actos, pero el abandono de lo que han sido líneas maestras de la política exterior norteamericana durante décadas abre un terreno desconocido: si pierde la confianza de un socio tan estrecho como Japón, los intereses norteamericanos—y no sólo la estabilidad asiática—se verán gravemente perjudicados. (Foto: Stéphane Neckebrock, Flickr)

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Los impulsos de Trump, guía de la política exterior estadounidense. Nieves C. Pérez Rodríguez

Se pueden tener muchas incertidumbres acerca de la política exterior del presidente Trump, pero su posición sobre Corea del Norte ha sido clara y consistente desde el principio y enfáticamente ha dejado claro que hará lo que esté en sus manos por acabar con esa amenaza. A pesar de que no se conocen todas las claves sobre cómo se está abordando internamente el tema, dado a los constantes cambios de rumbo, más bien parece que la improvisación es la línea que se sigue.

Como sucedió con el envío del futuro secretario de Estado Mike Pompeo a una reunión secreta con el líder norcoreano, antes de su formal ratificación, hecho que deja muy clara la prioridad que este asunto ocupa en la agenda de esta Administración, pero también lo impulsivo de las decisiones del presidente que, en un acto precipitado, decide enviar a su hombre de confianza justo después de que los surcoreanos le abrieran el canal de comunicaciones con el régimen de Pyongyang.

Oportunamente, Pyongyang ha dejado de pedir que las tropas americanas salgan de Corea del Sur como condicionante para dejar su programa nuclear. Durante mucho tiempo ha sido precisamente la presencia de 28.500 soldados estadounidense en el sur de la península el argumento usado por el Norte para justificar su necesidad de desarrollar armas nucleares. De hecho, en el encuentro que tuvo lugar en Corea del Norte, entre un enviado especial del gobierno de Moon Jae-in con Kim Jon-Un el mes pasado, Kim expresó que su país no necesitará de armas nucleares si no se sienten amenazados militarmente y se les dan garantías de seguridad. Seguramente esta fue una de las razones que motivó a Trump a decidir que hay que actuar rápidamente.  Ahora la pregunta que se plantea es: ¿era realmente necesario enviar al futuro secretario de Estado con esa premura? ¿Estará Trump más bien enviando señales de desesperación a Kim?

Jung H. Pak, experta del instituto Brookings, publicó un artículo a finales de la semana pasada en el que concluye básicamente que Corea del Norte necesita un ambiente hostil para poder legitimarse. Afirma que todos los avances hechos en los últimos meses están enfocados en encontrar esa legitimidad que necesitan, mientras juegan a presentarse como los que desean paz. Explica que es todo parte de una estrategia destinada a mantener y avanzar su programa de armas nucleares, eliminar Estados Unidos de la península coreana, mantener la relevancia estratégica en la región y potencialmente tratar de crear condiciones para la unificación en sus términos. Mientras Kim Jon-Un ha ganado en todo este juego de tira y afloja, su reputación ha cambiado ligeramente de ser el personaje desalmado que oprime y mata de hambre a su población, a convertirse en un dictador abierto a dialogar y encontrar una solución pacífica que beneficie a todas las partes.

¿Y qué ha ganado Trump? A pesar de que los portavoces de su Administración han sido extremadamente prudentes acerca de la conversación entre Pompeo y Kim, pues objetivamente lo único que se sabe es que tuvo lugar en Corea del Norte el fin de semana de Semana Santa, y, de acuerdo con el New York Times, Pompeo abogó por tres presos estadounidenses detenidos en Corea del Norte, y que se está trabajando para liberarlos, a la vez que intentaba acordar detalles sobre el futuro encuentro entre Trump y el líder norcoreano.

Mientras tanto Seúl apuesta por confiar que la disposición de Pyongyang en desnuclearizarse se llevará a cabo a cambio de que se reestablezcan los lazos entre Estados Unidos y Corea del Norte, envío de ayuda para reconstruir su economía y un tratado de paz que formalice el fin de la guerra coreana. Mientras que el presidente Moon afirma que todo eso es posible, admite que el reto está en desarrollar un mapa de ruta adecuado que permita llegar a esos acuerdos.

El primer ministro japonés, Shinzo Abe, en visita oficial a Estados Unidos la semana pasada, sostuvo el sexto encuentro oficial y la tercera cumbre con Trump en la que ambos afirmaron su fuerte compromiso y determinación de aumentar la alianza entre ambas naciones para enfrentar las amenazas emergentes en contra de la paz y el mantenimiento del orden en la región de Indo-Pacífico. Ambos líderes expresaron la necesidad de que Corea del Norte se desnuclearice y abandone todas las armas de destrucción masiva y programas de misiles balísticos.

Tal y como afirmó Jung H. Pak, “si bien debemos apoyar el estado de ánimo actual de la diplomacia y el compromiso, no debemos dejarnos seducir fácilmente por los dulces susurros de paz de Kim, sin acciones creíbles que acompañan”. Junto con los impulsos intempestivos de Trump por resolver violentamente el conflicto que lleva 68 años incrustado, la Historia ha demostrado que no tiene una salida fácil… (Foto: Gage Skidmore, Flickr)

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INTERREGNUM: Kim en la Ciudad Prohibida. Fernando Delage

La visita sorpresa del líder norcoreano, Kim Jong-un, a Pekín la semana pasada ha revelado con toda claridad las reglas del juego geopolítico en el noreste asiático y, en consecuencia, las limitaciones que encontrará el presidente norteamericano, Donald Trump, en su intención de llegar a un acuerdo directo con Pyongyang.

Pocos detalles se conocen de este primer viaje al exterior de Kim desde su llegada al poder en 2011. Se ha producido, no obstante, en un contexto de notable deterioro de las relaciones entre Corea del Norte y China. Las tensiones acumuladas desde la muerte de su padre, Kim Jong-il—en buena medida como consecuencia de los ensayos nucleares y pruebas de misiles—, agravaron la desconfianza mutua entre ambos aliados. Pyongyang nunca perdonó a Pekín el reconocimiento diplomático de Corea del Sur en 1992, que calificó como una “traición”, ni que, más recientemente, se sumara a Estados Unidos en la adopción de las sanciones acordadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La espiral de tensión creada por la crisis nuclear, la retórica norteamericana sobre una intervención preventiva, y la propuesta norcoreana de un encuentro con Trump, aceptada de manera inmediata por este último, han precipitado sin embargo los acontecimientos.

Numerosos analistas indican como motivo de la presencia de Kim en Pekín el hecho de que China no podía permitirse quedar al margen de este proceso diplomático. Pero ese es un riesgo que en realidad nunca existió. Si algo confirma la visita de Kim es el extraordinario grado de influencia que posee China sobre cualquier factor que pueda alterar el equilibrio regional. El líder norcoreano no podía verse con Trump en mayo, ni con el presidente surcoreano, Moon Jae-in, a finales de abril, sin hacerlo primero con Xi Jinping y obtener el apoyo de este último. Kim ha optado por una arriesgada apertura a Washington que podría agravar aún más su aislamiento—estratégico y económico—de no cubrirse antes las espaldas mediante una “reconciliación” con los líderes chinos.

Los imperativos que condicionan el margen de maniobra de Kim se convierten de este modo en un nuevo triunfo para Pekín. Por una parte, China recupera el liderazgo de todo proceso relacionado con el futuro de la península coreana, cuestión inseparable del problema nuclear, y que ya mantuvo entre 2003 y 2007. De manera más inmediata, Pekín respira con alivio al desaparecer de momento la posibilidad de un ataque militar de Estados Unidos. También verá reducirse la presión de Washington a favor de nuevas sanciones a Corea del Norte. China gana incluso la capacidad de presionar a Trump para que abandone las medidas de política comercial dirigidas contra ella. Y, para rematar sus logros, el escenario creado hace inviable cualquier propuesta radical que pudiera tener en la cabeza el recién nombrado asesor de seguridad nacional, John Bolton. El presidente que lo nombró no puede ahora seguirle por ese camino.

El viaje de Kim a Pekín da a entender, por concluir, que la cumbre con Trump casi con toda seguridad se celebrará, pero no en los términos que esperaba el presidente norteamericano. Si éste albergaba la intención de negociar una solución sin contar con China, Pekín ha abortado su jugada. Mientras Corea del Norte y Estados Unidos tratarán de imponer su respectivo punto de vista, el principal ganador será la República Popular. De los tres, China es la mejor situada para orientar los hechos a su favor: mientras  garantiza que no habrá una guerra en sus fronteras—la estabilidad es su absoluta prioridad—, mantendrá a Washington “atrapado” en un problema que le facilita la consolidación de su ascenso como potencia central en Asia.

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¿Xi Jinping Vuelve a ganarle a Trump? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El encuentro que tuvo lugar en Beijing entre Xi Jinping y Kim Jong-un ha dejado muchas fotografías para la historia, pero también la prueba de que ambos líderes no están distanciados, como se había especulado. Y llama la atención aún más la discreción con la que China manejó la reunión, mientras que desplegó todos los honores que le rinden a un Jefe de Estado de primer mundo, con primeras damas incluidas y toda la comitiva presidencial.

La primera salida del dirigente norcoreano desde que tomó posesión en el 2011 tiene un gran simbolismo y viene a romper con años de aislacionismo y hermetismo. Sin embargo, cabría otra lectura que podría ser que la visita sea la demostración de que Corea del Norte necesita ayuda y/o apoyo de occidente, como parte del efecto de las múltiples sanciones impuestas al régimen. Kim Jong-un es un estratega, sus movimientos están bien calculados y un cambio de dirección de esta naturaleza tiene una razón de ser, que trasciende sus fuertes lazos con China.

El primer movimiento de apertura de Corea del Norte fue su participación en los juegos olímpicos de invierno, que propició Moon Jae-in, presidente de Corea del Sur, quién no ha escatimado esfuerzos diplomáticos en intentar calmar el ambiente, con el propósito de retornar a una relativa calma. Y que además ha servido de catalizador a los enfrentamientos verbales entre Trump y Kim. Moon también manifestó su disposición de visitar Corea del Norte y su propuesta fue acogida con agrado por el régimen de Pyongyang y, al mismo tiempo, consiguió que Trump aceptara reunirse con Kim Jong-un.

Si miramos atrás, tan sólo a principios del año se temía que misiles norcoreanos impactaran la costa oeste de los Estados Unidos, y hoy estamos hablando de encuentros diplomáticos, lo que es muy positivo, aunque no necesariamente una prueba de que se neutralizará este conflicto, de larga data.

Los análisis que se hacen están basados en la información proporcionada por los medios oficiales; tanto de China, Xinhua, como de Corea del Norte, KCNA, por lo que siempre van a estar con la línea de ambos regímenes y en el hipotético caso de algún desacuerdo entre los líderes, la posibilidad de que esa información se filtre es nula. Partiendo de esta realidad, se debe decir que el mero hecho de que Kim Jong-un saliera de su madriguera, y que lo hiciera de la misma manera como lo hizo su abuelo y su padre, en un tren blindado, con los colores militares que representan al régimen, y que además se hospedaran en el mismo lugar que sus antecesores no es casual. Por un lado, da una imagen de continuismo y de relativa austeridad, aunque al ver a su mujer, que asistió con indumentaria perfectamente en línea con las tendencias actuales de las grandes firmas, la austeridad se difumina para dar paso a la opuesta realidad en que viven los favorecidos del régimen versus la población civil norcoreana.

El despliegue de medios puesto en escena por China son la clara muestra que a Xi Jinping le interesa mantener a Corea del Norte como la oveja negra de Asia que tiene en vilo al mundo. Eso fortalece a Xi y le da más protagonismo en la escena internacional, sin mencionar que se adelantó a los líderes democráticos en encontrarse con Kim (Moon y Trump) y no sólo reunirse, sino hacerlo ir a su territorio, lo que es otra muestra de que Xi es quién marca el son al que baila esta relación bilateral. Como si todo esto fuera poco, durante el banquete formal ofrecido en honor a la pareja de Pyongyang, que valga decir parecía una boda real europea en cuanto al lujo y el número de asistentes, China proyectó videos con imágenes de las relaciones entre ambas naciones desde la división de Corea, dejando una vez más por sentado, que estos vínculos son antiguos y de mutuo interés.

Estos aliados históricos se necesitan mutuamente. China necesita que Corea del Norte sea un enemigo de Estados Unidos para mantener el balance en la región de Asia Pacífico, pero tampoco hay que olvidar que Beijing y Pyongyang son aliados económicos, y la razón de la supervivencia del régimen de Corea del Norte con el envío de mercancías, incluido petróleo, que le ha permitido seguir desarrollando su capacidad nuclear. Por su parte Kim Jong-un está suavizando su imagen de dictador intransigente a mediador. Mientras todo esto tuvo lugar, Trump ignorante del encuentro, fue puesto al tanto por Xi una vez que los visitantes partieron a casa, pero con la buena nueva que Kim está dispuesto a negociar sus avances nucleares.

De lo dicho a lo hecho hay un gran trecho… y nunca una frase es tan oportuna. Pyongyang jamás negociará o retrocederá en su capacidad nuclear, pues esa es precisamente la razón por el régimen sigue vivo y se encuentre a día de hoy negociando. (Foto: Even Lundefaret, Flickr)

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Trump, Corea, Tillerson, y un estilo de gobernar Nieves C. Pérez

Washington.- Muchos análisis se han hecho sobre lo controvertido del presidente Trump y sus formas; pero haber despedido al secretario de Estado a través de un tweet parece ser excesivo, incluso para él.  Se conocían un par de incidentes entre los dos personajes. Se sabía que no eran cercanos, y que desde finales del año pasado esas diferencias llevaron a Rex Tillerson a firmar su renuncia, que, por otra parte, valga acotar, adelantamos en esta columna y 4Asia dio en exclusiva a pocas horas de haber sucedido. Sin embargo, Trump decidió desmentirlo y continuar con Tillerson por unos meses. Seguramente en su afán de demostrar que la información que se filtró a la prensa formaba parte de “Fake news” (o noticias falsas) como ha repetido hasta el cansancio, y que en cada oportunidad intenta demostrar.

Pero todo tiene un fin, incluso enmascarar las verdades.

Hace unos días, mientras representantes de Corea del Sur sostenían reuniones con homólogos en la Casa Blanca – en las que de acuerdo a fuentes consultadas, debió estar el consejero de Seguridad Nacional, por ser él el mayor responsable en ésta materia-, Trump supo que estaban allí.  Para quienes conocen el ala oeste de la Casa Blanca, saben que es realmente pequeña y que la oficina de dicho consejero queda a muy pocos pasos del despacho oval, por lo que pudo ser que el presidente pasara enfrente o simplemente escuchó que estaban allí, y los mandó a llamar. Los surcoreanos le transmitieron a Trump la disposición de Kim Jon-un a reunirse con él. Valga apuntar, que el encuentro entre los surcoreanos y Trump estaba agendado para el viernes. Lo que, en su atropellado e impulsivo proceder, le llevó a la sala de prensa de la Casa Blanca y transmitió casi en tiempo real a la prensa su intención de aceptar la invitación del líder norcoreano.

No sólo el mundo se quedó atónito, sino también quienes trabajan día a día a su lado. Su ego o tal vez su forma natural de vivir, y/o, en este caso, gobernar, como un reality show, le pudo en ese momento y decidió que esa exclusiva debía darla él mismo, y, de camino, quedarse con todos los méritos.

Mientras este temporal tenía lugar en la Casa Blanca, Rex Tillerson estaba de visita oficial en Etiopia, y fue preguntado por un periodista sobre el anuncio que su jefe acababa de hacer desde Washington al que el secretario de Estado, no informado (por la prontitud del anuncio) respondió diciendo “estamos lejos de negociaciones con el régimen de Corea del Norte y no sabemos cuándo se podrá acordar un encuentro”, manteniendo la línea oficial vigente hasta hacía minutos.

El día después Tillerson cambió su tónica y afirmó que la decisión del encuentro no fue una sorpresa, en un fallido intento de remediar lo ocurrido.

Otro elemento particularmente curioso de esta semana ha sido que una vez que Trump despide con un tweet a Tillerson, el viceministro del Departamento de Estado, Steve Goldstein, fue también sacado de su posición, una vez que hizo público un comunicado de prensa y haber twiteado, palabras que, explicaba, venían de Tillerson, “El secretario de Estado no habló con el presidente esta mañana y no estaba al tanto de las razones. Pero está agradecido de la oportunidad de haber servido, y sigue creyendo que el servicio público es noble”. Esta afirmación dejó al descubierto a la Casa Blanca, que aseguraba que Tillerson había sido informado anticipadamente.

De acuerdo con fuentes cercanas al Departamento de Estado, los diplomáticos estadounidenses en el exterior recibieron instrucciones precisas de no publicar ese comunicado en las páginas oficiales de las embajadas. Algo que sorprendió mucho, pues lo natural es precisamente lo contrario, que se le dé difusión a los comunicados.

El ambiente alrededor de Trump es gris. Los cambios de rumbos son constantes. No se visualiza una claridad de gestión, y esto transciende la política exterior y salpica al Departamento de Estado. Mike Pompeo, el elegido para sustituir a Tillerson cuenta con más que experiencia política y credenciales y cuenta con la atención y el respeto de Trump, al menos de momento. Y eso podría ser clave en la gestión de la política exterior y de la imagen que proyecta Washington en el exterior.

Se esperan más sustituciones en el círculo cercano de Trump. Ahora hay rumores de que HR McMaster, un alto asesor en materia de seguridad nacional, también será reemplazado, por no haber estado en total sintonía con la cabeza de la Casa Blanca.

Trabajar en cualquier administración es un reto que lleva consigo mucho sacrificio personal y compromiso. Pero formar parte de la Administración Trump debe ser mucho más complejo, porque al gran esfuerzo, las largas horas y a la responsabilidad, hay que añadir los prontos del Presidente, que marcan una parte importante de la agenda. Y cualquier opinión que no esté del todo alineado con la de Trump se convierte en una razón para ser sustituido. O sea, que Estados Unidos se esta manejando a día de hoy más como un negocio personal que lleva su apellido al más puro estilo de los hoteles y pisos de lujos de Trump, que como una nación con una larga tradición institucional. (Foto: David Brossard, Flickr)

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INTERREGNUM: Trump-Kim: ¿Cumbre Trampa? Fernando Delage

La aceptación por parte del presidente Trump de la propuesta del líder norcoreano, Kim Jong-un, transmitida por un emisario de Seúl, de un encuentro personal entre ambos ha sido recibida con gran expectación, pero también con considerable escepticismo. Sin descartar que la cumbre no llegue a celebrarse, las dudas tienen que ver con el formato y con los términos de la negociación, sin olvidar las consecuencias que tendrá para uno y otro líder no llegar a ningún acuerdo.

Una primera reserva tiene que ver, en efecto, con el visto bueno a una reunión al más alto nivel, cuando la práctica diplomática dicta la conveniencia de un encuentro de este tipo cuando se trata de formalizar un pacto negociado entre sus respectivas administraciones con carácter previo. La manera impulsiva en que Trump aceptó la propuesta puede volverse contra él si—de celebrarse la cumbre—vuelve de ella con las manos vacías, enquistando el conflicto. A quien beneficia el efecto propagandístico es de momento a Kim, como promotor de la iniciativa.

Lo relevante, con todo, es el contenido de la discusión. ¿Realmente está Corea del Norte dispuesta a renunciar a su armamento nuclear? Si lo está, ¿qué quiere a cambio? ¿Puede Washington dárselo? Una declaración de no agresión parece factible, pero ¿lo considerará Pyongyang suficiente como precio de la desnuclearización? Si Corea del Norte exigiera a cambio la retirada militar norteamericana de Corea del Sur, ¿podría Estados Unidos ceder? Plantear preguntas como éstas en la actual Casa Blanca tiene un coste, como bien prueba la destitución de Rex Tillerson como secretario de Estado.

No debe olvidarse, por lo demás, el contexto regional. Todo apunta a que el gobierno surcoreano ha desempeñado un importante papel en la gestión del encuentro, que parece confirmar a priori la apuesta del primer ministro Moon Jae-in por reanudar el acercamiento diplomático a Pyongyang interrumpido por la administración anterior. Los movimientos chinos son, por otra parte, la variable quizá más interesante—y desconocida hasta la fecha—de este desenlace. La sorpresa de Japón por la aceptación de Trump puede acrecentarse aún más en las próximas semanas. El presidente norteamericano, que se define ante todo como un “deal-maker”, quiere resolver un problema. Pero quizá no sea del todo consciente de que no todas las claves de la solución se encuentran en Pyongyang. Tampoco de que Corea del Norte no constituye el centro de los intereses de Estados Unidos en una Asia que, casi a espaldas de Washington, está construyendo un nuevo orden. (Foto: Travis Vadon, Flickr)

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¿La mano dura, a pesar de las torpezas de Trump, estará dando resultados? Nieves C. Pérez Rodriguez

Washington.- Desde que Moon Jae-in se convirtió en presidente de Corea del Sur el pasado mayo, se abrigaba la esperanza de que, con su llegada, llegarían tiempos de cambios y más negociación con Corea del Norte. Moon tiene una larga experiencia en la negociación de éste incrustado conflicto y una reputación conciliadora. Por eso se contemplaba la posibilidad de alcanzar algún camino de salida a la crisis.

La prueba de esto la vimos previa a los Juegos Olímpicos. Fue Moon quién medió para que Corea del Norte participara, y quien haciendo uso de tácticas diplomáticas sentó en el palco presidencial al vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, a tan sólo 3 sillas de la hermana de Kim Jon-un. Y ahora también es gracias a él y la vía diplomática que ha abierto con Pyongyang que se ha conseguido que el líder norcoreano acepte un encuentro con Trump para negociar la situación, al que su impulsividad natural le apresuró a hacer público, incluso antes de consultar y/o informar al Departamento de Estado.

Bill Clinton fue el anterior presidente que consideró seriamente viajar a Pyongyang y sentarse a negociar con Corea del Norte a finales del 2000. Visita que no se materializó debido a que, en la avanzada presidencial, la entonces secretaria de Estado, Madeleine Albright, discutió con Kim Jong-il sobre la posibilidad de que se deshicieran de los misiles que poseía hasta ese momento, concesión que los norcoreanos no aceptaron. Aun cuando estaban dispuestos a dejar de vender misiles y parar el avance de su carrera misilística.

Posteriormente, en la Administración George Bush los esfuerzos se centraron básicamente en continuar con la política Clinton, y Colin Powell, el secretario de Estado de ese momento, consiguió unificar “the six party talk”, o el grupo de los seis, conformado por Estados Unidos, las dos Coreas, Japón, China y Rusia, grupo de negociación multilateral creado en 2003 con el objetivo de desmantelar el programa nuclear de norcoreano. Pero que pereció en 2009, en cuanto que Pyongyang se retiró, según Kelsey Davenport, director de política de no proliferación.

La Administración Obama, a pesar de su explícita apertura a dialogar e intentar conciliar posiciones con los enemigos se mantuvo en una posición similar a sus antecesores ante la crisis coreana. Aunque Hillary Clinton, como secretaria de Estado, visitó Corea del Norte para conseguir la liberación de unos presos estadounidenses a cambio de ayudas y concesiones al régimen. Lo que marca una vez más una diferencia con la Administración Trump, qué desde el principio ha sido directa y ha jugado a la confrontación con Pyongyang más que a la negociación. Trump es un presidente cuya espontaneidad e imprudencias parece haberle puesto en una situación favorable, al menos en este momento. Así, mientras, las maniobras militares estadounidenses y surcoreanas siguen llevándose a cabo y las sanciones seguirán vigentes.

Kim Jon-un no es irracional, por el contrario tienen una estrategia perfectamente definida que consistiría en afianzar su capacidad nuclear para conseguir precisamente esto, que los tomaran en serio y poder negociar en el momento que a ellos les ha venido bien, según Suzanne DiMaggio (directora del dialogo entre USA y Corea del Norte) y la que hizo posible el primer encuentro en mayo del 2017 en Oslo entre representantes de la Administración Trump y del Régimen norcoreano).

DiMaggio afirma también el hecho de que Trump aceptara la invitación a reunirse, pone en ventaja al régimen de Pyongyang. Es lo que han querido durante años, un encuentro con líderes democráticos del primer mundo. Estados Unidos ha aceptado sin haber conseguido nada a cambio.

Washington sigue con una política exterior difusa. Por un lado, sigue sin tener embajador en Seúl. El mejor candidato, Victor Cha, el americano con más conocimiento y experiencia en la península coreana según muchas fuentes, ex asesor de Bush además de profesor de Georgetown, fue descartado por la Casa Blanca, porque se opuso en una reunión a un ataque militar a Corea del Norte. Cha contaba con el plácet de Seúl para ser embajador, incluso antes de haber sido solicitado por Washington. Mientras que el secretario de Estado, Rex Tillerson, admitía desde África que no sabía de los avances con Pyongyang. Todos estos cambios son una muestra de la manera de ejecución de esta Administración, la desconexión entre la Casa Blanca y el Departamento de Estado.

Sin embargo, sentarse a hablar en diplomacia es siempre positivo, es la vía deseada que podría alejar las confrontaciones o, al menos de momento, una salida militar que traería tragedia y dolor. Pero no podemos dar por hecho el encuentro; con el carácter volátil de cada uno de los personajes en ambos lados del Pacífico hay que esperar a ver cómo evolucionan los preparativos a tan esperado momento, y sobre todo si desde éste lado, Trump no dice alguna imprudencia que acabe dándole la coartada al adversario para cancelar el encuentro. (Foto: Mark Scott Johnson)

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Seis preguntas y respuestas sobre la cumbre entre Trump y Kim. Miguel Ors Villarejo

¿No ha habido antes otras negociaciones? Desde el armisticio de 1953, la relación entre Corea del Norte y Estados Unidos se ha ajustado a un patrón familiar: tras un largo periodo de estancamiento, una de las dos partes (generalmente Pyongyang) propone un diálogo que fracasa cuando una de las dos partes (generalmente Pyongyang) incumple sus compromisos. Así sucedió con el Acuerdo Marco (Agreed Framework) que impulsó en 1994 Bill Clinton y que Kim Jong-il liquidó con un lanzamiento de misiles en 1998, o con la negociación a seis bandas (además de las dos Coreas y Estados Unidos, Japón, China y Rusia), que arruinó un ensayo nuclear en 2006. “Las sucesivas administraciones americanas”, escribe The Economist, “han invertido años en una cauta y concienzuda diplomacia […], respaldada por una juiciosa mezcla de palo y zanahoria. Después de cada firma, los norcoreanos se embolsaban las ayudas, rompían su palabra y reanudaban su programa atómico. En el mejor de los casos, todo el esfuerzo servía para retrasarlo unos años”.

¿Por qué ahora? Los enviados de Corea del Sur que transmitieron a la Casa Blanca el deseo de Kim Jong-un de reunirse lo antes posible atribuyen la iniciativa al “contundente planteamiento” de Donald Trump, cuya “máxima presión” ha forzado a Pyongyang a considerar una “desnuclearización completa” de la península. Pero la oferta no es ninguna novedad. “Corea del Norte lleva 20 años deseando celebrar una cumbre con un presidente estadounidense”, explicaba en Twitter Jeffrey Lewis, del Instituto de Estudios Internacionales de Middlesbury. “Ha sido una prioridad de Pyongyang desde que Kim Jong-il invitó a Bill Clinton [sin éxito]”.

¿Tienen algo que ver las sanciones? No está nada claro. Aparte de los diplomáticos surcoreanos, que son ardorosos partidarios de que la cumbre tenga lugar y se cuidaron de envolver la propuesta en todo tipo de elogiosas consideraciones hacia la persona de Trump y “su maravilloso equipo de seguridad”, el único que ha calificado de severo el daño que el bloqueo está infligiendo es el secretario de Estado Rex Tillerson, cuyo nivel de información tampoco debe de ser alto, porque se enteró de la invitación de Kim (y de su aceptación por Trump) mientras estaba de gira por África. The Economist dice que “China sigue suministrando energía y alimentos” a su vecino. Por su parte, Bryan Harris afirmaba hace unos meses en el Financial Times que Corea del Norte no está tan mal. “Ha pasado de un socialismo férreamente controlado a un modelo básicamente de mercado” y, aunque las estadísticas disponibles son poco fiables, los expertos que viajan con frecuencia al país coinciden en que “el cambio salta a la vista”. Ha surgido una clase adinerada llamada donju que exhibe su poderío en los cada vez más numerosos restaurantes y comercios. “Según una encuesta entre más de 1.000 desertores”, dice Harris, “el 85% de la población se abastece ahora de alimentos en los mercados y únicamente un 6% depende ya de las cartillas de racionamiento”.

¿Estamos ante otra añagaza de los Kim? Es posible, pero si Corea del Norte busca un crecimiento sostenible como el que han experimentado otros tigres asiáticos, necesita captar masivamente capitales y exportar aún más masivamente, y difícilmente lo logrará tirando bombas. No le viene mal rebajar la tensión. Además, debe de pensar que el desarrollo de un cohete continental, capaz de alcanzar territorio americano, le permite afrontar un diálogo con la Casa Blanca desde una posición más firme. Finalmente, un antiguo asesor de George Bush hijo, Christopher Hill, observa que Pyongyang nunca había planteado una desnuclearización total y “hay que explorar esa vía”, con las debidas cautelas. Como advierten otros dos asesores presidenciales, Michael Green (Bush hijo) y Evan Medeiros (Barack Obama), Pyongyang “únicamente pretende detener las sanciones” y “jamás renunciará a su arsenal atómico”.

¿Por qué se ha echado Trump al ruedo tan deprisa? Es un desafío a la altura de lo que considera que es su principal talento: la capacidad negociadora. Como deja claro en Nunca tires la toalla, ha llegado a acuerdos donde otros habían fracasado. La mayor dificultad de sus edificios emblemáticos (el hotel del Soho, la torre que lleva su nombre) nunca fue técnica, sino política: resistencia vecinal, barreras burocráticas, etc. Y una vez entablado el diálogo, sabe ser desconcertantemente creativo. “Cuando la otra parte espere un duelo, ofrécele una alianza”, dice a propósito del campo de golf escocés de Menie Estate. Allí debió hacer frente a una gran oposición medioambiental y se metamorfoseó en Donald, el Amigo de los Animales: estabilizó dunas, construyó madrigueras artificiales para las nutrias y cajas nido para los murciélagos, financió iniciativas para preservar el tejón, el tritón palmeado y la gaviota cabecinegra… “La gente esperaba un duelo y, en lugar de eso, ofrecimos una alianza”.

¿Será esa su estrategia con Kim Jong-un? No hay que descartar nada, aunque ahora se juega algo más que el dinero de un puñado de socios.