100315-N-4774B-200 STRAIT OF MAGELLAN (March 15, 2010) Chilean navy Sa’ar 4-class fast-attack craft Angamos and Casma perform tactical maneuvering exercises with the guided-missile cruiser USS Bunker Hill (CG 52) and the aircraft carrier USS Carl Vinson (CVN 70). Bunker Hill and Carl Vinson are supporting Southern Seas 2010, a U.S. Southern Command-directed operation that provides U.S. and international forces the opportunity to operate in a multi-national environment. (U.S. Navy photo by Mass Communication Specialist 2nd Class Daniel Barker/Released)

Próxima estación: Corea

Uno de los peores vicios de un analista de la realidad consiste en hacerse un esquema, a menudo ideológico, de ella y, cuando aparecen datos que desmienten el esquema, en lugar de cambiar este, modifican la descripción de la realidad para salvar el esquema.

Algo de esto está pasando con el presidente Trump, como ya pasó con Ronald Reagan. El botarate presidente de los Estados Unidos que hizo una campaña electoral a lomos del impulso y de un aliento de los sentimientos más primitivos y viscerales del sector de la sociedad al que pedía el voto, ha comenzado a girar el rumbo, no sin contradicciones y errores, nada más entrar en la Casa Blanca. Pero los analistas, que ya habían decidido que Trump no tenía estrategia sino improvisación brutal, no cambian esta opinión sino los hechos mismos. A este se suma una vieja manía de muchos intelectuales europeos empeñados en ver que los peligros para la humanidad llegan desde Estados Unidos, incluso cuando reaccionan, con sus lógicos intereses nacionales, frente a crímenes horribles.

En estas estamos. El presidente Trump aprovechó la ventana de oportunidad que le brindaron desde Siria y comenzó a reocupar un espacio que Obama había abandonado en manos de la Rusia de Vladimir Putin. Tras la intervención en Siria, que ha obligado a Moscú a reconsiderar la necesidad de contar más con Estados Unidos a la hora de buscar soluciones para Siria, Trump descargó sobre Afganistán una bomba de gran potencia, de la que disponen muchos países europeos que, cumpliendo un objetivo militar en la frontera con Pakistán, hizo sentir sus consecuencias en Corea del Norte. Entretanto, el Pentágono había movido hacia las costas coreanas un poderoso grupo de combate aeronaval con el portaaviones Carl Vinson.

Estados Unidos está volviendo a una política exterior clásica, en términos de defensa, y tratando de ganar el protagonismo perdido los últimos ocho años, y con una serie de gestos y acciones puntuales está imponiendo su presencia en los escenarios más potencialmente desestabilizadores. Y la apariencia de nueva guerra fría es parte del discurso ruso que ha visto alterada su estrategia.

Pero en Corea hay que estar atentos. El presidente norcoreano es inestable, lleva años tratando de conseguir concesiones a base amenazas y ha puesto en marcha una ola que tal vez no pueda dominar. Ahí está uno de los peligros y en eso se basa la estrategia de Trump: por una parte, le recuerda que Estados Unidos no va a retroceder ni negociar como lo hacía Clinton y envía sus barcos; y, por otra, aprovecha la situación para tratar de comprometer a China en una labor de contención que le asocie a cierta estrategia de seguridad en el Pacífico. Podrá gustar o no, pero afirmar que no hay estrategia es una majadería.

La posibilidad de que la crisis genere un problema grave está en manos de Corea del Sur y de China más que de Estados Unidos. Y, por cierto, tampoco en este escenario olvidemos a Rusia, con frontera, barcos y doctrina presentes en la región.

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Trump pide paso

El bombardeo por la Armada de Estados Unidos de  la base siria de la que partieron los aviones que realizaron el ataque con armas químicas contra una posición de los rebeles al Gobierno de Bachar el Assad, supone una carta de presentación de EEUU en el nuevo panorama internacional tras los titubeos de Obama y las bravatas, mezcladas con anuncios del repliegue sobre sí mismo, del propio Donald Trump. Como dice Miguel Ors en esta publicación, el presidente se ha tropezado con la realidad.

No se trata tanto de analizar los detalles que han precedido a la intervención de Estados Unidos ni qué elementos han rodeado a la inmensa estupidez del crimen del Gobierno sirio y cómo ha situado a la propia Rusia en un terreno incómodo. Lo realmente significativo es el giro que supone que Estados Unidos se haya hecho presente directamente en un escenario del que se había alejado, que anuncia que está dispuesto a llevar a cabo nuevas acciones similares y, lo que es más importante, que la Casa Blanca ha comenzado a deslizar un mensaje que rompe el consenso europeo de resignación que significaba aceptar que una solución del conflicto pasa por pactar con el dictador, postura que ha venido convirtiendo a Rusia en el líder de la supuesta pacificación. Trump irrumpe en la partida con cartas nuevas.

Sin embargo, aunque no ha mostrado su juego, que sean cartas nuevas no significa que sean buenas. Frente al dictador y sus crímenes hay una multitud de bandas y bandos que compiten en criminalidad con el Gobierno de Damasco y que, además, suponen una mayor desestabilización y amenaza para la región y para el equilibrio internacional. Ahora bien, la situación de placet a El Assad que significaba la situación anterior y que aún sigue vigente, supone por su parte, la consolidación de un eje Teherán-Moscú con apoyo en Hizbullah que sitúa en un mismo lado, aunque pueda parecen sorprendente, a Israel, Arabia Saudí, Egipto, Jordania, Estados Unidos y, si reflexiona un poco, a la Unión Europea.

Cambiando de metáfora lúdica, Trump ha dado una patada al tablero y quiere uno nuevo para el que no tiene piezas suficientes, pero que va a necesitar que Europa, es decir, básicamente Alemania y Francia, se sienten un definir un papel claro y lo defienda con determinación. El conflicto sirio no se circunscribe a Siria sino que se extiende a Irak, llega en sus alianzas hasta Yemen y repercute en una Palestina que en la práctica funciona como dos países; Gaza y la llamada Cisjordania. Si no se analiza el escenario en su conjunto las medidas pueden ser parciales, y no hay pruebas de que Trump lo haya analizado en toda su complejidad.

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España juega en Japón

 

La visita de los reyes de España, esta semana, a Japón se produce en un momento importante para la región Asia Pacífico y en un contexto en el que Europa necesita estar presente en la medida en que EEUU da un paso atrás en el liderazgo económico pero ratifica sus compromisos de mantener su presencia militar ante la ofensiva diplomática y naval China en el Mar de la China.

Las relaciones entre España y Japón son tan intensas como discretas desde hace décadas. El bajo perfil como potencia de España, los intereses turísticos por atraer visitantes de aquel país y la creciente colaboración económica contribuyen a envolver juntas relaciones que deberían ir a más en la medida en que España sí está aumentando su protagonismo en la zona con los acuerdos en materia de defensa con Australia, Indonesia y, en menor medida, con Malasia.

Los reyes han recuperado su agenda internacional tras el largo parón ocasionado por la parálisis política, y esto se produce en un momento en que España está siendo impulsada a desempeñar un papel más importante en Europa por la retirada de Gran Bretaña de la UE y por la incertidumbre que suponen las próximas elecciones en Francia y en Alemania donde el populismo de la extrema derecha parece en claro ascenso y con posibilidades de obtener un triunfo en Francia.

En este escenario, la diplomacia desarrollada por la monarquía sigue siendo tan importante como en tiempos pasados, cuando Don Juan Carlos de Borbón garantizaba presencia en donde parecía que la política gubernamental parecía desdibujarse. No pocos éxitos comerciales, proyectos empresariales e influencia política se deben a estas actividades reales.

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El test de Hong Kong

La elección de Carrie Lam al frente del Gobierno de Hong Kong, en una elección indirecta criticada por los demandantes de una democracia a la europea pero más participativa que en China, ha sido un nuevo éxito del Gobierno de Pekín, que quería en ese puesto a una persona con buenas relaciones con la República Popular, dispuesta a entenderse con sus dirigentes y alejada de planteamientos independentistas o de enfrentamiento con la política china.

China necesitaba este triunfo para que no se le abra otro frente en la delicada situación regional. Para los dirigentes chinos no se trata tanto de tener en el Gobierno de la ex colonia británica a una partidaria suya, cuanto de tener a alguien que dé estabilidad a las relaciones y garantice una paz social que ha pasado por momentos complicados en los últimos años. Hong Kong, por su historia, por su política, por su posición geoestratégica y por su potencia comercial es una pieza clave en el tablero del Pacífico y tiene una sociedad que ha vivido durante muchas décadas con un nivel de libertades económicas y políticas inexistentes en China.

La señora Lam, una política experimentada, tendrá que negociar ahora la política económica de Hong Kong, con autonomía para definir acciones propias en este terreno, y una reforma política demandada por los habitantes de la ex colonia que contente a todos y que sea asumible por China. No es una tarea fácil, pero eso es lo que se espera de ella, porque no sólo China, sino prácticamente todos, apuestan por una estabilidad que no añada problemas a los ya existentes en la zona.

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Maniobras en la sombra

Tras meses de paralización, ha vuelto a reunirse la comisión técnica indo-pakistaní encargada revisar el acuerdo sobre la gestión de las aguas del Indo entre estos dos países enemigos tradicionales, ambos dotados de armas nucleares y cada uno encuadrado en bloques distintos, aunque la dinámica cambiante de la situación internacional confunda y mezcle, a veces, esas alianzas. Se trata de una comisión encargada de revisar el tratado de reparto y control de la gestión de las aguas de rio Indo (firmado en 1960) y suspendido hace unos meses por incidentes provocados por la acción de terroristas, teóricamente procedentes de Pakistán en territorio fronterizos con India.

Aunque tienen el aspecto de unas conversaciones técnicas, el acercamiento entre India y Pakistán puede tener un significado que va más allá en el complejo panorama regional. India, aliado tradicional de Rusia en la región, lleva años haciendo esfuerzos para reconstruir alianzas con Estados Unidos y Europa, y en ese marco no hay que perder de vista sus crecientes relaciones con Israel, país, por otra parte, muy atento a las relaciones de Pakistán con Arabia Saudí y a sus recelos con Irán. Pakistán, por su parte, mantiene también crecientes relaciones con China, es aliado como se ha dicho de los saudíes frente al empuje chiita que representa Irán en Oriente Próximo y es un país situado de lleno en el escenario afgano, por la porosidad de sus fronteras, por compartir población de etnia pastun y por la complicidad de sectores de sus aparatos de Estado con los talibán. Además, existe un cierto nivel de colaboración, no exento de recelos y trampas, con Estados Unidos por razones obvias. Es en este contexto donde la aproximación entre India y Pakistán, estimulada tanto por Rusia como por Estados Unidos, gana importancia.

No es que el viejo conflicto indo-pakistaní, países que se disputan la región de Cachemira y otras zonas fronterizas y cuyo enfrentamiento nació del proceso de independencia de India y desgajamiento de Pakistán como un país destinado a construir una república islámica del Indostán vaya a desaparecer, ni mucho menos. Pero una distensión en la frontera permitiría a Pakistán trasladar parte de sus fuerzas militar de la frontera oriental a la occidental y controlar los flujos hacia Afganistán, que es lo que Occidente desea. Y una mayor estabilidad en Afganistán es una de las pocas cosas en las que Estados Unidos, Europa, Rusia y China están de acuerdo, por lo que puede tener de freno a iniciativas islamistas que afectan a todos estos países.

Es importante prestar atención, más allá del ruido de las provocaciones de Corea del Norte y el movimiento de piezas de China, Estados Unidos y Rusia, a estos segundos frentes dónde, además de cambiar elementos del preocupante escenario de Asia Central, pueden tener repercusiones en el área del Pacífico por el este y en Oriente Próximo por el oeste.

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Europa, ausente del reto asiático

Nunca antes se había esforzado tanto China en visualizar su desacuerdo con Corea del Norte como con ocasión del lanzamiento de misiles norcoreanos al Mar del Japón de hace unos días. ¿Qué está pasando?

Pues pasa que la situación internacional es muy dinámica; el escenario de la órbita geostratégica China está cambiando y la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump y sus anuncios atrabiliarios está llenando de incertidumbre los ámbitos de toma de decisiones por desconocerse a dónde va la política exterior de Estados Unidos. Y en esta situación, el pragmatismo ha entendido que seguir con las pautas de provocación y exigencia de concesiones de Pyongyang, ya no sólo tiene menos garantías de éxito, sino que puede desencadenar una situación incontrolable en la que Pekín no tiene garantías de obtener ventajas. Y hay datos que parecen indicar que el régimen norcoreano está metido en una dinámica de huida hacia adelante que tal vez esté determinada por luchas internas por el poder. El asesinato del hermano mayor del “querido líder” por parte de sus servicios secretos apuntaría en esta dirección.

En este contexto, consciente o inconscientemente, China está ofreciendo una ventana de oportunidad para, al menos, definir un nuevo marco de estabilidad. Si Pyongyang sigue exhibiéndose como “Estado gamberro”, si Pekín ve riegos y requiere un marco estable para defender mejor sus intereses y si Rusia, en creciente protagonismo en todos los frentes, está redefiniendo su política el Pacífico, es difícil explicar la ausencia de Asia-Pacífico de la agenda europea.

Esto hace, y comienza a ser ya un triste tópico, más peligrosa la sensación de que el presidente Trump se mueve por impulso o quién sabe si a empujones de lobbies con intereses corporativos cortoplacistas.

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Signos ambiguos


Medios oficiales chinos acaban de desmentir que se reducirán los presupuestos de Defensa tras circular un rumor, no menos oficial, en sentido contrario. La no reducción, incluso el previsible aumento de los gastos en defensa, es coherente con los planes oficiales de dotar a las fuerzas navales de más portaviones con mayores capacidades, submarinos más sofisticados y medios necesarios para proyectar tropas de combate por vía naval a territorios en disputa y eventualmente a Taiwán si llegara el momento de una intervención en la isla, un proyecto muy complicado pero nunca abandonado por China.
En todo caso, parece evidente que China tiene problemas de ajuste presupuestario y  habría que buscar la explicación en algo que los analistas vienen diciendo desde hace tiempo y es que el capitalismo salvaje de la economía china, dirigido, como no, con criterios autoritarios y centralizados propios del comunismo, estaría siendo incapaz de hacer frente a las demandas internas derivada de la creciente brecha, económica y social, entre las área rurales y las urbanas y entre unas regiones y otras, hasta el punto de configurarse la economía china en estos momentos como una gran burbuja en la que su extraordinaria liquidez sería el síntoma de un previsible derrumbe a corto plazo. De ahí que necesiten más fondos para resolver problemas internos urgente.
Pero esto no quiere decir que China quiera bajar la tensión ni atenuar su exhibición de músculo militar como apoyo a sus reivindicaciones territoriales y al reforzamiento de su presencia diplomática y comercial, sino más bien al contrario. Hace unas semanas, la agencia china de noticias Xinhua, anunciaba el envío de cazas, bombarderos y aviones de alerta temprana, así como barcos de guerra al estrecho de Miyako, entre las islas del sur de Japón y Okinawa, al noreste de Taiwán y hacia el Pacífico, “con el fin de mejorar la interoperabilidad de las Fuerzas Armadas”. Es para este escenario para el que China está destinando un importante porcentaje de su presupuesto militar.
No es fácil conocer todos los datos necesarios para tratar de adivinar el futuro inmediato de China, su posición y su economía, entre otras cosas porque hay un gran número de elementos aleatorios circulando por el planeta; pero a pesar de la ambigüedad de los gestos, algo se está moviendo en la zona geoestratégica del Pacífico.
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Dinámica expansiva

El conflicto de Oriente Medio, no únicamente del cercano oriente, está adquiriendo una dinámica cada vez más expansiva. La intervención de Irán en Siria, que puede situar fuerzas de Teherán en la frontera con Israel, país al que ha jurado destruir, y su protagonismo histórico y sociológico en Afganistán otorgan al régimen chií un papel de actor principal en el escenario regional. Y algo parecido está pasando con Pakistán, cuya situación actual no puede ser desligada de la de Afganistán. Si a eso unimos que Irán tiene estrechos lazos con Rusia y Pakistán con China y que ambos ven como, poco a poco, aumentan su presencia en los conflictos de la zona las repúblicas centroasiáticas, en algunas de las cuales hay una importante influencia turca y en todas, y en mayor grado, de Rusia, tenemos el bosquejo de un escenario de pesadilla.

Puede ser una exageración afirmar que únicamente Rusia, entre las grandes potencias, ve ese escenario en su globalidad y tiene una estrategia adecuada a sus intereses nacionales. Probablemente en Estados Unidos se vea perfectamente lo que está ocurriendo, pero la inercia de la parálisis de Obama y la indecisión e improvisación de Trump no permiten adivinar si va a dibujarse una estrategia global en la que, por cierto, La Unión Europa ni ninguno de sus Estados miembros parece querer asumir papel alguno. Pero la realidad es que Putin va ampliando su esfera de influencia mientras Estados Unidos se repliega y China va colocando peones en la histórica Ruta de la Seda con paciencia y determinación.

La globalización afecta también a la política y debería afectar a la forma de ver los escenarios y adoptar las decisiones oportunas. Pero, al menos en las manifestaciones externas y en los análisis que se presentan esto parece estar ausente. Y no, esta no es una buena noticia.

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Un test para medio mundo

El asesinato de Kim Jong-nam, hermano del líder norcoreano Kim Jong-un, nos trae la imagen cinematográfica de la técnica mas acrisolada de los servicios secretos adiestrados en la escuela moscovita que nació de la Revolución de Octubre y que han producido muchos ejemplos, como  el asesinato en Londres, por agentes de Bulgaria, con un paraguas envenenado, del disidente búlgaro Gueorgui Ivanov Markov, el 11 de septiembre de 1978; o el del espía ruso que desertó a Occidente Aleksandr Válterovich Litvinenko, irradiado con polonio, tras acusar a la dirección de los servicios secretos rusos de la eliminación de disidentes.
Pero esta muerte, que parece apuntar a los servicios secretos de Corea del Norte, además de estas evocaciones pone sobre la mesa la inmensa tensión y las luchas por el poder que están ocurriendo tras las bambalinas del hermético régimen norcoreano. Poco se sabe de estas luchas, aunque sí que han hecho desaparecer a parientes y colaboradores del presidente acusados de conspirar para acceder al poder.
 Kim Jong-nam, hermano mayor del actual líder era el heredero natural,  pero unas costumbres fuera de las normas oficiales, sus viajes al exterior y una vida menos reglada de lo que suele llevarse por aquellos lugares, sirvieron de coartada para apartarle del poder hasta el punto de que ya había sufrido otros intentos de asesinato e, incluso, en una ocasión, tuvo que mediar China para pedirle a su hermano clemencia. Que el asesinato, si ha sido obra del Gobierno norcoreano, haya tenido lugar en estos momentos podría significar que la situación interna es más delicada que nunca, que los equilibrios de poder son más frágiles y que el régimen está necesitado de demostraciones de fuerza, hacia adentro, como este asesinato, y hacia afuera, aumentando la tensión con Corea del Sur, Japón y Estados Unidos.
En este contexto adquieren una mayor importancia los gestos y las palabras desde Occidente, junto con la vigilancia y la disposisición a no ceder, y se ensancha aún más el campo para que la diplomacia China juegue a intermediar a cambio de concesiones en la zona de sus interés estratégico. Ahí hay un test para Trump y su equipo y un motivo de preocupación para Rusia que ve como se tensa más una situación en sus fronteras orientales sin que Moscú, al menos de momento, esté jugando un papel tan decisivo como en otros escenarios.
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Sigue el juego

El presidente Trump se ha distanciado de las alianzas económicas en Asia Pacífico para replegarse sobre sí mismo en la inauguración de un periodo de proteccionismo de impredecibles consecuencias en este momento. Sin embargo, Estados Unidos ha hecho esfuerzos desde el primer momento por emitir mensajes de compromiso con la defensa, en el terreno militar, del estatus quo de la región reafirmando los lazos con Corea del Sur y Japón.
No era para menos, ya que ambas naciones se enfrentan a un país que ha hecho de la amenaza y la agresividad sus principales instrumentos de negociación de ventajas en la escena internacional, Corea del Norte, y un amigo de este país, China, que, aún optando por el pragmatismo, necesita tener al perro ladrador de Pyongyang con el que jugar, y que desarrolla una política de dominio del Mar de la China y en la disputa territorial que mantiene con Japón por un lado y con otros países  por otro, sobre algunas islas de la región.
En ese delicado panorama, mientras Trump llenaba de incertidumbre e inseguridad económica a sus aliados rompiendo el acuerdo de libre comercio, enviaba a la zona al Secretario de Estado, James Mattis, para asegurar a Japón que el paraguas defensivo que une a ambos países implica también a las disputadas islas Senkaku, y para reafirmar su compromiso con la defensa de la integridad territorial de Corea del Sur. En ese escenario se ha producido, mientras el presidente de Japón visitaba Estados Unidos, el lanzamiento por Corea del Norte sobre el Mar del Japón de un misil susceptible de portar una cabeza nuclear.
El desafío norcoreano ha dado a Trump la oportunidad de reafirmar sus compromisos y sus advertencias a uno de los últimos regímenes estalinistas del mundo y, a Japón, la ocasión para reclamar a China un papel más activo para desautorizar a sus aliados norcoreanos y comprometerse en una política de estabilidad en la región.
Sigue pues el juego en el Pacífico occidental con los mismos protagonistas pero con gestores diferentes. No parece que la tensión vaya a descender a corto plazo porque China exige un precio: Taiwan y los islotes en disputa, que ni Estados Unidos ni Japón pueden aceptar aunque sobre esa base se está negociando. Y en ese contexto es en el que, la principal amenaza inmediata, Corea del Norte, puede conseguirconcesiones materiales nada desdeñables.