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El nuevo frente iraní

El acuerdo sobre la limitación del programa iraní de desarrollo de tecnología nuclear vuelve al primer plano de la actualidad al recordar el presidente Donald Trump su posición de anularlo para negociar uno nuevo.
Aquel acuerdo, firmado por la Administración Obama, imponía una moratoria en el desarrollo del programa por parte de las autoridades de Teherán, establecía un sistema de inspecciones (limitadas) y anulaba las sanciones impuestas al régimen teocrático y garantizaba la llegada de sus  recursos petrolíferos a los mercados occidentales de los que llevaba años ausente.
Este acuerdo fue siempre duramente criticado por Israel, que entiende que no frena en realidad los planes iraníes sino los encubre, que solo establece una moratoria de diez años sin inspecciones eficaces y que, anulando las sanciones económicas, provee al régimen de nuevos recursos destinados, entre otras cosas, a reforzar su capacidad militar. Y, recuerdan desde Jerusalén, es Israel el principal objetivo, declarado en cada discurso, de la estrategia militar iraní.
El aumento de la influencia militar de Teherán en Siria, en la frontera oriental israelí; su renovada alianza con Hizbullah, organización militar calificada de terrorista por EEUU y la UE, desplegada en Líbano en la frontera norte de Israel, y los lazos crecientes de los ayatollah con Hamás, en la frontera suroccidental de Israel, completan el escenario. En ese contexto, Donald Trump ha asumido parte de las posiciones israelíes y quiere corregir lo que piensa que fue un error estratégico de Obama que debilita la posición de Occidente y de su principal aliado en la zona en beneficio de rusos e iraníes.
Probablemente esta iniciativa estadounidense abrirá un nuevo frente de discrepancia con Europa, donde Francia es el principal valedor del acuerdo con Teherán, y con Rusia, que no quiere que se altere un panorama en el que ha recuperado protagonismo en toda la región.
En todo caso, parece necesario, en el dossier Irán, abrir un debate sereno, no sólo sobre la necesidad de visualizar procesos de distensión sino en asegurarse de que estos procesos garantizan de verdad avances y no gestos que, a medio plazo, demuestren que a veces los remedios son peores que las enfermedades.
Balon Tango

China y el fútbol: confluencia de intereses

Esta semana dedicamos un espacio especial a la llegada de capital chino al futbol español y al europeo en general. El hecho es que, de repente, junto a los millonarios rusos y árabes, ha emergido el capital chino como uno de grandes patrones del fútbol europeo. Y no sólo en España sino también en otros países europeos. ¿Qué está pasando?

En primer lugar, en el lado de la oferta, una cosa obvia: que el Estado chino, que a veces es el inversor indirecto, y muchos miles de empresarios de aquel país tienen mucho dinero. En segundo lugar y en el lado de la demanda, que los equipos europeos necesitan capital para ser más negocio aún y que, de camino, se les abre una ventana de oportunidad ante la gran afición de los chinos por el fútbol, de conquistar aquel mercado vendiendo derechos de imagen a las televisiones para ofrecer en directo los partidos a los espectadores chinos. De ahí que los partidos en España y otros países se juegan cada vez a horas más tempranas para ganar espectadores en las televisiones asiáticas, y no solo chinas.

Este fenómeno está suscitando quejas de corte nacionalista por parte de aficionados a los que no les gusta lo que llaman pérdida de identidad de sus equipos y recelos por parte de empresarios locales que hasta ahora habían convertido el fútbol en su juguete de influencia y poder, y ahora no pueden competir con los grandes capitales foráneos; el fútbol se les va escapando como instrumento de juego en el marco del país. La globalización llega a todos.

Por parte de China, estas inversiones son bienvenidas ya que refuerzan la imagen de su sociedad, consiguen ganancias y gran influencia en el exterior. Es un negocio en el que, momento, casi todos ganan.

La globalización no es un fenómeno abstracto ni necesariamente nocivo. Es un fenómeno imparable producto de un determinado estado de desarrollo de la humanidad y de las relaciones internacionales y una oportunidad para todos de aumentar el bienestar y las libertades. No es un fenómeno lineal y está lleno de contradicciones, de avances y retrocesos. Pero la reacción de envolverse en uno mismo y proteger las fronteras no sólo no es solución sino que, a medio plazo, es una apuesta por aumentar los problemas de la propia sociedad. Y en esa trampa están cayendo no pocas personas y dirigentes.

Grito

La escalada verbal

Cada semana, la escalada verbal entre Corea del Norte y Occidente, léase Estados Unidos, sube unos grados más. En realidad es difícil que la tensión suba un escalón más en el terreno de las palabras. ¿Se pasará al terreno militar y al enfrentamiento directo? Según los expertos es difícil, pero cada vez menos descartable, entre otras cosas porque puede ocurrir que los provocadores acaben presos de sus provocaciones y tengan necesidad de demostrar que van en serio.

En realidad, a pesar de las buenas voluntades, se van rompiendo los puentes y las vías de intermediación, y China, país especialmente situado en condición de ejercer sus buenos oficios, no quiere acabar dando a Estados Unidos una solución que refuerce su presencia en la zona. Esta es una de las claves. Otra es la dificultad de acabar con los lazos comerciales existente entre China y Corea del Norte.

Y luego está el factor ruso. Rusia también mantiene relaciones comerciales con Corea del Norte y quiere recuperar protagonismo asiático, aliándose con China si no hay más remedio. Putin tiene una política de Estado para cada problema en el planeta y quiere ejercer como la gran potencia que fue y quiere volver a ser. Estos son los elementos de una situación de gran dinamismo que la Unión Europea y Estados Unidos deberían afrontar. Preferiblemente juntos.

Guerra barcos

Presión a Pyongyang… y a Estados Unidos

Fuerzas navales chinas y rusas están realizando maniobras conjuntas en aguas internacionales cercanas a Corea del Norte. Según la agencia oficial china de noticias Xinhua, los ejercicios conjuntos se llevan a cabo entre el golfo de Pedro el Grande, a las afueras del puerto ruso de Vladivostok (en el extremo oriental ruso y cerca de la frontera con Corea del Norte) y la parte sur del mar Ojotsk, al norte de Japón. Se trata de la segunda fase de los ejercicios navales que Rusia y China lanzaron este año. La primera parte tuvo lugar en el mar Báltico en julio.
El Ejército chino informó de que, por su parte, participan un destructor con lanzadera de misiles, una fragata, un buque de suministro y otro de rescate submarino, junto con helicópteros y vehículos de rescate sumergible que zarparon de la costa de la ciudad de Qingdao (este del país asiático) para tomar parte en las maniobras. También serán realizados rescates submarinos complicados y ejercicios anti-submarinos que no han sido incluidos en ejercicios conjuntos previos entre los dos países.
Las maniobras conjuntas tratan de visualizar el acercamiento entre Moscú y Pekín tras décadas de desencuentros y hasta de enfrentamientos armados por los límites fronterizos constituye, pues, una presión a Estados Unidos tanto como a Corea del Norte.
Aunque China no ha vinculado los ejercicios con la última escalada de tensiones en la península coreana y las posteriores medidas militares de EE.UU.  y sus aliados en esta zona asiática, parece evidente que se trata de exhibir músculo militar en un momento en que, sobre todo Rusia, ya que China es un protagonista casi directo de la situación, necesita ser vista como un posible mediador en concordancia con la búsqueda de Putin de devolver a Moscú el papel de segunda potencia mundial, política y militarmente.
Rusia y China han apoyado, por primera vez, en las últimas reuniones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas la imposición de sanciones a Corea del Norte, aunque en general se acepta la idea de que no van a ser muy estrictos en su aplicación a través de sus fronteras terrestres, vitales para los intercambios comerciales norcoreanos.
Pero a la vez, ambos países plantean dudas sobre la eficacia de las sanciones y sugieren que Estados Unidos negocie aunque no queda claro con quién y qué. Tal vez por eso, una exhibición de fuerza militar es pertinente para Moscú y Pekin para recordar a Estados Unidos que no necesariamente es la principal potencia miliar el el área.
La escalada de efectivos militares no lleva la tranquilidad a Corea del Sur y Japón, países  que estarían pidiendo a Estados Unidos más presión y que no acaban de ver a chinos y rusos como aliados fiables. Además, en ambas sociedades, aunque más claramente en Japón, se está produciendo un ascenso, aún leve pero persistente, de nacionalismo y de exigencias de disponer de fuerza militar disuasoria propia que no gusta a nadie. Probablemente es hora de avanzar en una gestión de la situación coordinada entre las potencias antes de que el dragón se convierta en no gobernable.
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Sanciones, ¿por qué no?

Cada vez que se decide aplicar sanciones a países que suponen un riesgo para la seguridad o violadores de las normas internacionales con agresión a sus propios ciudadanos, surgen voces señalando lo inocuo de estas sanciones o lo que suponen de castigo real para sus habitantes más que para sus gobernantes. Pero, ¿son realmente poco efectivas las medidas de castigo económicos a los países que antes se llamaban “canallas”?

Parece obvio que en algunos casos las sanciones económicas han contribuido a desbloquear algunas situaciones o han servido de incentivos para acabar con situaciones de abierto desafío a las reglas de la convivencia internacional, o de las leyes básicas de respeto a los derechos humanos. Por ejemplo, ocurrió así en Sudáfrica al final del régimen del apartheid y ha ocurrido así con el régimen de Teherán, que ha tenido que rebajar sus aspiraciones a construir un arsenal nuclear militar para lograr unas relaciones con Occidente que le permitan hacer frente a los problemas que para su economía y sus relaciones regionales están planteando las sanciones económicas, y las dificultades para poner en el mercado el petróleo iraní.

Pero también es cierto que hay casos emblemáticos, como el de Cuba, en el que décadas de restricciones económicas, que no boicot, por parte de Estados Unidos no han servido para ablandar el régimen tiránico. Aunque hay que decir que nunca se aplicaron a Cuba sanciones coordinadas internacionalmente y con compromiso general de cumplirlas.

Así las cosas, ¿Qué van a suponer las sanciones para Corea del Norte? En primer lugar, un mensaje renovado. La gran arma económica de la dictadura es, desde hace décadas, el chantaje con el miedo a desestabilizar la situación en Extremo Oriente. Y Occidente, má allá de mensajes altisonantes, había reaccionado hasta ahora cediendo con más o menos discreción y aceptando nuevas ayudas a la dictadura. Pero ahora algo ha cambiado, Estado Unidos ha enseñado algo más los dientes, China y Rusia apoyan sanciones al margen de que luego las apliquen o no, y el dictador, aunque aún sin grandes temores, ve que se le estrecha el margen de maniobra. Tal vez la reacción de Trump no se encuentre en el marco de un plan estratégico nuevo, pero parece que al menos ha sentado las bases para un nuevo escenario en el que Corea del Sur y Japón tienen que ir más allá de protegerse bajo el paraguas norteamericano; China, que no está dispuesta a deshacerse de la dictadura, tiene que jugar otra partida en la que tal vez  obtenga ventajas y Rusia ve una vuelta a su escenario oriental. La nueva situación coreana, y las sanciones son parte de ella, plantea más incertidumbre, pero ha salido del bucle de fondos a cambio de menores amenazas en que Occidente estaba instalado frente a Corea del Norte.

One team, one climb.  An Afghan commando steadies a fellow team member as he negotiates the rocky trail, Chak District, Wardak Province, Afghanistan, Oct. 14, 2009.

El giro afgano

El anuncio por parte del presidente Donald Trump de una rectificación de la política de EE.UU. respecto a Afganistán indica un cambio de rumbo que no deja de ser significativo. El presidente ha anunciado una vuelta a suelo afgano de tropas norteamericanas y el condicionamiento de la ayuda militar a Pakistán a una mayor presión sobre las fuerzas del movimiento talibán que están situadas a lo largo de la frontera con Afganistán. Trump parece haber dejado en el cajón su estrategia de abandono de las “guerras lejanas” que inspiró los primeros tiempos de su gestión y los discursos de sus primeros asesores por una visión más realista de los conflictos sobre el terreno.

Esta decisión se enmarca en una estrategia general de aumentar la presión sobre Irán, subir el precio de la negociación, imprescindible, con Rusia sobre una solución negociada al conflicto sirio y buscar soluciones de transición a la empantanada situación afgana.

En Afganistán han cambiado muchas cosas. Por una parte, los talibán mantienen sus posiciones básicas, las han consolidado y han comenzado a recuperar terreno. Estados Unidos, que había alentado y promovido contactos entre un sector supuestamente moderado de este movimiento con el gobierno de Kabul, ha comprendido que esas conversaciones, en medio de una estabilidad estructura del gobierno afgano y de la retirada norteamericana, era un incentivo para los talibán.

Pero, además, ha aparecido en el último año un elemento nuevo que altera el escenario: el Daesh. La aparición en Afganistán de grupos ligados al Estado Islámico, nacida no sólo de una decisión estratégica de este grupo sino también de la desconfianza de sectores talibanes acerca de las negociaciones, supone para este movimiento un desafío al monopolio del radicalismo que hasta ahora representaba, frente a la alianza de señores de la guerra con un cada vez más prudente apoyo occidental. Este elemento obliga a los talibán a luchar en este frente y, a la vez, a presentar a los suyos avances concretos. En este marco, es clave que Pakistán agite las bases terroristas en su propio territorio y aporte inteligencia y operaciones contra el Daesh. Ese es el pan de Trump que puede cambiar muchas cosas y, paradójicamente, acercarle un punto a Irán, preocupado por la nueva situación en su frontera oriental.

El grito

El griterío que ahoga los hechos

La gran novedad de la situación política en Asia-Pacífico es que China se ha sumado en el Consejo de Seguridad de la ONU al nuevo plan de sanciones contra Corea del Norte, un paquete que, esta vez, sí que va a tocar sensiblemente la línea de flotación económica del régimen de Corea del Norte. De ahí la sobreactuación provocadora y chulesca del gobierno norcoreano con su presidente ejerciendo de gran altavoz de las amenazas contra el mundo. Y, también excepcionalmente, el líder norcoreano se ha encontrado enfrente a un presidente de EEUU que, contra lo que hacían Clinton y Obama no corre a ofrecer compensaciones económicas o negociaciones paralelas y secretas, sino que envía barcos y recuerda que EEUU tiene cien misiles por cada uno de los que tenga Corea del Norte. Y, encima, Pekín ha votado junto a EEUU y Rusia y ha elevado unos puntos su presión sobre la autocracia norcoreana.

Esa es la base de la escalada verbal de Pyongyang anunciando el apocalípsis. El régimen norcoreano está en una de las posiciones más débiles de su historia reciente y ha decidido hacer lo que ha hecho siempre: gritar que o ellos o el diluvio universal en forma de misiles.

Es indudable que Corea del Norte ha mejorado mucho sus capacidades militares a costa del bienestar de su sociedad y que dispone de misiles de largo alcance y tecnología para lanzarlos. Pero afirmar con rotundidad que podrían llegar a territorio continental de Estados Unidos cargados da cabezas nucleares parece algo prematuro. En todo caso, cuando un país tiene medios y amenaza con usarlos hay que tomar medidas como si fuera a hacerlo.

Pero, ¿existe en realidad una posibilidad de conflicto nuclear entre Corea del Norte y Estados Unidos? No lo parece. Salvo que sea producto de un error, un ataque contra Guam, Japón o Corea del Sur conduciría en cuestión de horas a la destrucción del régimen norcoreano y la desaparición de los provocadores, y ellos lo saben. Pero en la medida en que Pyongyang consiga crear la sensación de que hay riesgo de un gran conflicto mayores serán las presiones de los “bienpensantes” no exentos de ingenuidad sobre Estados Unidos y Europa para que eviten el peligro negociando y cediendo al chantaje. Ese es el juego, lo demás son gritos.

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China, en el centro


China sigue, y no se puede decir que sus dirigentes no estén encantados, en el centro del escenario político mundial y asumiendo cada vez más papeles. La terrible persistencia de elementos propios de la dictadura comunista no logran hacer palidecer la sonrisa amable, las maniobras calculadas y los pasos medidos, pero decididos, de sus dirigentes.
La brutalidad interna de los gobernantes chinos es una constante histórica y el comunismo consagró, justificó moralmente, aunque de otra manera, y protocolizó la gestión de ésta. Pero eso está al margen, como en el resto de los países, de la diplomacia, las relaciones exteriores y lo planes a largo plazo. En ningún sitio como en China, está tan asumido que  los grandes proyectos colectivos no pueden verse obstaculizados moral, jurídica o políticamente por los avatares o los derechos individuales de los integrantes de la sociedad.
Por eso, la terrible historia del Premio Nobel Liu Xiabo, no va a ir mas allá de protestas occidentales que nada van a obstaculizar la marcha imparable de China en sus esfuerzos diplomáticos, comerciales y militares por situarse en el primer plano del protagonismo mundial. A pesar de los obstáculos y los vaivenes, China no ha hecho, en la última década, más que ocupar casillas que otros abandonaban voluntariamente o eran incapaces de mantener.
En este marco, la relación de China con Estados Unidos y Europa respecto a Corea del Norte gana valor cada día; y en ella pesan más, por supuesto, los inteses de China que los de Corea del Norte. Que China va a seguir sin aplicar las sanciones es evidente; y también lo es que la mayor o menor presión y los acuerdos a que llegue con EEUU van a estar determinados por sus movimientos en el gran juego internacional y de las ventajas que en ese escenario pueda conseguir. Si no se analiza al escenario del Pacífico desde esta perspectiva, faltaran datos para llegar a conclusiones operativas para Europa y para Estados Unidos.
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Corea: la arriesgada apuesta del deporte como diplomacia

En la inauguración del Campeonato Mundial de Taekwondo del pasado junio en Muju, Corea del Sur, el presidente Moon Jae-in dijo que quería que las dos Coreas compitieran como un solo equipo el próximo año en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018 que se celebrarán en Pyonyang y destacó el Campeonato Mundial de Tenis de Mesa de 1991 como el mejor ejemplo. Sin embargo, el miembro del Comité Olímpico Internacional (COI) de Corea del Norte, Chang Ung, descartó la idea de un equipo Norte-Sur, explicando al diario Dong-a Ilbo que se trataba de un objetivo poco realista en el actual clima político.
El presidente Moon defiende como propuesta política cambiar el ritmo de las relaciones con Corea del Norte y propiciar una distinción a través del acercamiento indirecto y de un discurso de apaciguamiento muy del gusto del buenismo europeo y de la política basada en las buenas intenciones. Una política que, lamentablemente, choca no solo con los planteamientos de la Administración Trump (aunque coincide con los de China) sino también con las experiencias de la historia. En opinión de Moon, ese compromiso debe ser utilizado como herramienta de presión para aliviar las tensiones existentes entre los dos Estados y convencer al Norte a abandonar sus desafios constantes, más concretamente los referidos a los programas nucleares y a los misiles balísticos.
La propuesta deportiva llega con ecos de Mandela, Sudáfrica, el fútbol y el rugby, pero no parece haber tenido, de momento, el mismo eco. “Necesitamos más de 22 rondas de conversaciones para establecer un equipo conjunto de tenis de mesa para los mundiales de 1991. Nos llevó cinco meses de arduo trabajo”, recordó Chang.
Las políticas de apaciguamiento debe ser muy meditadas. No sólo por los resultados que obtuvieron estrategias semejantes en los años treinta contra Hitler, que desembocaron en lo que desembocaron; con la URSS respeto a Hungría y con Rusia en Georgia y Ucrania (todas ellas antesalas de avances de los agresores) sino porque en el caso concreto de Corea del Norte son vistas ya como rendiciones parciales.
No hay que caer sin embargo en una actitud de dureza frontal inamovible. Las ofertas de acercamiento, si no van unidas a una demostración de llegar a donde haya que llegar si se produce una agresión no sirven para nada más que para consolidar las provocaciones. Ese es el riesgo y ese es el horizonte.
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La hora de Francia

Superadas las celebraciones y apurados los primeros tragos amargos por sombras de corruptelas que han obligado a Enmanuel Macron a realizar ya varios ajustes de Gobierno, llega la hora de la verdad, la hora de tomar decisiones importantes y reveladoras de intenciones más allá de los discursos electorales.

Es verdad que el presidente Macron no lo tiene tan fácil como parece. Llegado en una ola de popularidad y apoyo, está sustentado por un partido organizado apresuradamente sobre los resentimientos, los fracasos y las derrotas de las otras formaciones. Esto obliga al presidente y a su Gobierno a decisiones cuidadosamente equilibradas y alejadas de posiciones ideológicas fácilmente etiquetables.

Así, y en la mejor traición francesa, Macron ha tomado decisiones urgentes que estaban pendientes y que apuntan al mantenimiento de criterios proteccionistas respecto a empresas francesas en crisis; por ejemplo, varios astilleros, y ninguna señal de querer la liberalización de un sistema que está fuertemente intervenido en muchos sectores. Una cosa son los discursos críticos con el presidente Trump y otra es poner en marcha medidas que demuestren que está dispuesto a diferenciarse en la práctica.

Sin embargo, hay un vector que empuja a Macron a no ser demasiado proteccionista y nacionalista, y es que la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea le obliga a volver a estrechar los lazos de Francia con Alemania y este país, que no es un campeón del liberalismo pero si temeroso de la excesiva intervención del Estado, va a poner límites a la política francesa.

En todo caso, es Francia y no Alemania el país con más actividad en la política exterior europea, y aspira a ocupar los espacios que pueda en Asia Pacífico. La concepción francesa de su propio papel, el aroma de grandeur, sus propósitos de fortalecer su industria y su presencia militar, la necesidad de proteger a sectores económicos que temen competir con productos asiáticos y sus deseos de volver a los escenarios de Oriente Medio van a marcar cierta política en nombre de Europa que no debemos perder de vista.