larga marcha

La nueva larga marcha de China

La diplomacia china y la del Vaticano tienen cosas en común: la discreción, la paciencia, la asunción de que lo que se negocia oficialmente no tiene necesariamente que ver con lo que realmente interesa y la existencia, siempre, de una estrategia de largo alcance compuesta de una infinidad de pasos cortos.

El pasado diciembre, los ministros de exteriores de China, Afganistán y Pakistán mantuvieron reuniones en Pekín presentadas bajo una etiqueta tan general como orientada a alcanzar consensos en cooperación económica, seguridad regional y conexión estable entre los tres países. Hay que recordar que, entre ellos, estos países tienen problemas de delimitación territorial en sus fronteras comunes, pero muchos menos que los que cada uno de ellos tienen con adversarios más estratégicamente importantes como India y, al fondo, el asentamiento de Estados Unidos en la zona. Además, China necesita solidificar sus relaciones con Pakistán, asegurar el corredor económico hasta los puertos del sus de este país y, a la vez, impulsar la máxima estabilidad posible en Afganistán, con el menor protagonismo de EEUU que pueda conseguir, para ampliar su influencia en la zona.

¿Y cuál es el arma principal de China para engrasar los avances? Pues, obviamente, inversiones y más inversiones. Básicamente en infraestructuras, lo que conviene a todos, pero estratégicamente sobre todo, a las empresas y al gobierno chino.

La larga mano de China atiende a varios frentes y dispone de varios instrumentos, además de mucho dinero. Por una parte intenta ser mediador en las conversaciones que Kabul mantiene con los talibán (sin olvidar que Pekín buscará aquietar a sus propios musulmanes del oeste), por otra facilitar su estrategia de ruta de la seda fortaleciendo y asegurando su presencia en Asia central y, en tercer lugar, además de su presencia en Pakistán, presentarse en toda la región como un socio de paz a las puertas de Oriente próximo que protagonizará sus siguientes pasos. Nada menos.

paradoja irani

La paradoja iraní

La crisis en Irán, en la que las manifestaciones populares contra el régimen teocrático convergen contra el presidente Rohani con el sector más duro del régimen que acusa al Gobierno de blando y conciliador, está creando una curiosa paradoja. Mientras se deterioran las relaciones del régimen con amplias capas de la sociedad se fortalece la relación exterior del Gobierno con Europa, Rusia y otros países ante la presión de Donald Trump para modificar el tratado nuclear con Teherán y el temor a que una desestabilización aumente la inestabilidad regional. Y todo eso se desarrolla cuando la pugna entre Teherán y Ryad, paladines respectivamente de chiitas y sunnies, está atravesando el mundo árabe y marcando la política exterior y los intereses nacionales de cada país.

Una vez más, EE.UU. y la Unión Europea, en este caso con Francia a la cabeza, aparecen con posiciones divergentes frente al inestable espacio geoestratégico de Oriente Medio. Emmanuel Macron está aprovechando la ventana de oportunidad que la errática política de EEUU abre e, indirectamente, coincide (como en otros tiempos) con la estrategia rusa de fortalecer sus lazos y su presencia en la zona, cosa que Putín parece estar consiguiendo.

Sin embargo, el pragmatismo basado en el mal menor tampoco lleva directamente al éxito. Irán tiene una estrategia a largo plazo de constituirse en potencia nuclear con dos objetivos en el punto de mira: Arabia Saudí y sus aliados sunníes, e Israel, país al que constantemente amenaza con destruir en sus discursos oficiales. El actual convenio con Irán no frena esta estrategia, sólo la aplaza, y no da ninguna garantía a la única democracia existente en la zona: Israel. Así, Arabia saudí está desarrollando sus propios planes de dotarse de armamento nuclear con apoyo técnico de Pakistán y fortaleciendo sus alianzas contra Teherán. E Irán, por su parte, trata de convertir la previsible victoria total de Bashar al-Ássad en Siria en el establecimiento de una potente cabeza de puente directamente frente a Israel. Y Macron debería meditar sobre el conjunto y no exclusivamente en el interés nacional de Francia, que no es necesariamente en de todos los países europeos.

Fuego y furia

Trump: cerrando la trampa

Un libro, Fuego y Furia. Dentro de la Casa Blanca de Trump, está sacudiendo la escena política de Estados Unidos, por sus descripciones de la personalidad y el entorno íntimo y político del presidente.

Su autor, Michael Wolff, es un periodista sensacionalista, desacreditado en su profesión y productor de escándalos donde el rigor se ha sacrificado al amarillismo y los detalles escabrosos. Sin embargo, el hecho de que en este caso sus fuentes evidentes hayan sido asesores de Trump despedidos por éste da un valor mayor a la obra.

No es que revele nada que no se supiera. A estas alturas, afirmar que el presidente es inculto, caprichoso, impulsivo, egocéntrico y convencido de su superioridad no es nuevo; algún ejemplo ha habido en España. Aunque si se trata del presidente de los Estados Unidos el asunto es más inquietante.

Lo relevante es, como hemos sugerido en 4Asia, que el origen del libro, del autor y las fuentes parecen indicar que ha comenzado la gran batalla del viejo y tradicional aparato republicano contra un presidente incontrolable que no proviene de las viejas familias conservadoras.

Trump, no siempre con razón, se ha convertido en una caricatura por parte de la intelectualidad autodenominada progresista de la costa este y las universidades del oeste y, además, en un incómodo outsider para un sector del Partido Republicano que busca desplazarlo y abrir camino a otro candidato. Un fenómeno de esta magnitud es nuevo en EEUU, donde el electorado y las élites están cambiando profundamente. Si se cierra la trampa sobre Trump y triunfa el golpe de mano interno, habrá que estar  muy atento a los ganadores y a las consecuencias internacionales. (Foto: Neelabalan, Flickr)

20180102 lenin editorial

Un año contra el pesimismo

2018 ha nacido con grandes preocupaciones, pero sin especiales dolores de parto si dejamos de lado el ruido anexo a todo nacimiento. El catastrofismo que parece empapar a sectores importantes de intelectuales, medios de comunicación y no pocas organizaciones e instituciones que viven de ese clima, no debe ocultarnos la realidad: no vivimos la peor época de la humanidad ni estamos ante una etapa más del declive inevitable hacia el apocalipsis. Al contrario, la humanidad progresa en medio de un proceso de nuevo desarrollo tecnológico cuyos objetivos y límites no están definidos, los derechos humanos se extienden y, a pesar del ruido mediático que no tiene precedentes, la tensión internacional y los conflictos bélicos y prebélicos son menores que en la mayoría de las décadas del último siglo.

Este planteamiento, avalado por las cifras de crecimiento y la comparación de datos, como señala Miguel Ors en esta página, no es solamente una llamada al optimismo sino una propuesta sobre la forma de encarar los conflictos. Si no estamos ante la necesidad de decisiones desesperadas, si no estamos al borde del abismo a pesar de los agoreros, hay espacio para la gestión racional de los problemas y para la fe en las instituciones y las leyes por encima de sus gestores concretos.

Hay pues pocas cosas inevitables, aunque los intereses humanos choquen contra las soluciones, pero precisamente para eso la democracia, sin adjetivos ideológicos ni demagogias apolilladas, es un sistema que permite y propicia los acuerdos. Lenin, que de demócrata no tenía absolutamente nada, dijo que si los axiomas matemáticos chocaban contra los intereses de los hombres habría quien los refutase. Lástima que los adoradores del viejo, y mitificado y edulcorado, monstruo soviético, no crearan mecanismos para resolver con acuerdos esos choques de intereses.

Fotografía: Anatoly Tanko

Kalashnikov

Putin saca el pabellón

Rusia ha anunciado oficialmente, hace unos días, el despliegue de su más moderno sistema antimisiles y de intercepción de aviones y drones, el S-400, en Vladivostok, en el extremo oriental del país y a sólo 130 kilómetros de la frontera con Corea del Norte. El regimiento de defensa aérea 1533, que opera en la ciudad sobre la costa del Mar del Japón, estaba previamente armado con los S-300, pero este año su equipo fue actualizado.

El paso dado por Moscú no es casual ni inocente. Rusia está actuando en muchos frentes a la vez en su estrategia de posicionarse otra vez como segunda potencia mundial y tiene en Oriente Próximo y Europa sus principales escenarios estratégicos. En el primer caso, Putin está triunfando consolidando a sus aliados, aumentado su presencia política y militar y apareciendo como “pacificador” de referencia, sobre todo ante la cadena de errores y ausencias de Estados Unidos.

El segundo escenario es más complicado para Moscú. A pesar de su victoria en Crimea y su permanencia militar en el este de Ucrania, no ha alcanzado sus objetivos de conseguir que la OTAN de pasos atrás en sus propósitos de integrar a ex aliados de la Unión Soviética. Y la presión rusa, de momento indirecta, sobre las repúblicas bálticas ha sido respondida con un despliegue militar disuasorio de los aliados occidentales.

¿Y en el Pacífico? El gran protagonista del escenario es China, que lleva años desarrollando una estrategia de reforzar su presencia en todos los terrenos. No es una presencia eludible ni desplazable y Estados Unidos parece haber renunciado a intentarlo. Rusia, de perfil, ha venido reforzando sus lazos con China, pero no puede quedar definitivamente fuera de juego en la zona. Eso explica el doble juego de Putin de proponer conversaciones y desplegar un sistema antimisiles mientras critica las provocaciones de Trump por hacer exactamente lo mismo.

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Corea del Norte como catalizador

Donald Trump no parece un buen gestor de recursos humanos. Desde que llegó a la presidencia sus asesores, sus colaboradores, los altos cargos nombrados por él y el entramado de gestión ha sufrido bajas y altas fulminantes, no todas suficientemente explicadas que han provocado seísmo en la Administración por la incertidumbre que provocan esos cambios constantes y aparentemente sin sentido. Y a la vez, como han venido subrayando en esta página nuestros colaboradores, demostrando una parálisis en nombramientos en el Departamento de Estado y, lo que es más grave, en la definición de líneas estratégicas estables en la política exterior respecto a áreas tan sensibles como Siria y todo Oriente Medio y la zona de Asia-Pacífico.

Como informamos en esta edición, Rex Tillerson, próximo a un relevo por su falta de entendimiento con Trump como adelantó 4Asia, ha hecho declaraciones los últimos días señalando la importancia de abrir conversaciones, que no negociaciones, con Corea del Norte para serenar la tensa situación. Ya discutir la forma de la mesa en la que sentarse, o definir dónde reunirse, sería un avance, ha señalado con razón el secretario de Estado, y añadido que unas conversaciones probablemente entrañarían una tregua tácita de ensayos de misiles o de nuevos despliegues, al menos mientras se habla, y esto ya  sería un avance, ha dicho.

Es seguro que Corea del Norte quiere hablar porque busca un reconocimiento como potencia nuclear, aunque es más dudoso que vea este proceso de la misma manera que Tillerson. Y, al mismo tiempo, existe una duda razonable sobre si las palabras de Tillerson son exactamente un encargo de Trump o un intento autónomo de despedirse de su cargo como hombre que ha tenido iniciativas destacadas. En cualquier caso, sigue una lucha por el poder en la Administración estadounidense en la que los continuos cambios del presidente sirven de acicate y Corea del Norte y la tensión es un buen instrumento para situarse en un escenario en el que todo es posible.

Si no fuera porque un eventual conflicto tendría graves consecuencias, el panorama sería divertido. Mientras, el presidente sigue sin definir claramente el papel que quiere para EEUU en los grandes conflictos y juega al ajedrez con su entorno.

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China en Medio Oriente y Jerusalén, siempre en el centro

No es un secreto pero sí un dato que no se suele incorporar a los análisis sobre la evolución del mapa geoestratégico de Oriente Medio: China lleva más de una década posicionándose en esa zona con una extraordinaria habilidad: ha instalado y potencia bases navales en el sur de Pakistán (suní); mantiene relaciones comerciales y energéticas, por sus necesidades de un petróleo del que carece, con Irán (chíi), y ha mejorado notable y discretamente sus relaciones con Israel en los últimos cinco años. Esto está permitiendo a Pekín influencia y capacidad de mediación que ejerce con mucha moderación para impedir tensiones que dificulten su acceso a las materias energéticas que necesita o que desestabilicen las rutas comerciales que necesita abiertas y estables.

Y también ha desaconsejado a Estados Unidos el reconocimiento de Jerusalén como capital del Estado de Israel. Pero detrás de esta decisión de EEUU hay muchos elementos que no siempre se tienen en cuenta.

Señalemos algunos errores que se cometen al plantear la cuestión. Jerusalén fue la capital política de Israel hace 3000 años y lo ha sido emocionalmente de los judíos desde entonces. Y es la capital del moderno Estado desde 1947, no una capital judía como se dice, sino de Israel, país del que son ciudadanos casi 3 millones de árabes musulmanes y cristianos, además de judíos. La capitalidad de un país no depende de quién la reconozca sino de cuál es la decisión de ese país.

El islamismo, 600 años después de la aparición del cristianismo, construyó su teología situando a Jerusalén como primera o tercera ciudad santa, según los tiempos, y desea ese reconocimiento.

Así se ha conformado una ciudad como lugar sagrado de las tres grandes religiones monoteístas y sólo desde la creación del moderno Israel disfruta de libertad de culto, aunque no sin tensiones.

Ahora bien, la decisión de Trump, ejerciendo una opción ya aprobada por administraciones anteriores, puede ser un error táctico. Aunque hay que señalar que Ryad y El Cairo fueron informados y los saudíes recordaron a los palestinos que había un posible acuerdo respecto a una capitalidad palestina en Abu Dis, un barrio al este de Jerusalén, que sería aceptada por Israel. De hecho, los israelíes han hecho esa oferta hace años. Pero públicamente los palestinos no pueden aceptar esto y egipcios y saudíes tienen que protestar y así lo han hecho con gran moderación. Nada parecido a una intifada se ha producido. Ni Hamas ni la ANP están interesadas realmente.

Así pues, el reconocimiento de Donald Trump, que ha incomodado al Gobierno israel, en contra de lo que dice, no es causa de que no haya conversaciones de paz sino su consecuencia. A partir de aquí los análisis. Y no perdamos de vista el papel de China.

Sismografo

Terremoto Trump.

Como adelantó 4Asia en una información de Nieves C. Pérez, la Casa Blanca ha confirmado el relevo de Rex Tillerson en una nueva demostración del presidente Donald Trump para hacer equipo, suscitar consensos y corregir errores. La alarma entre los veteranos de la Administración estadounidense, republicanos y demócratas, el reconocimiento del desmantelamiento del servicio exterior, la política de relaciones a golpe de twitter y los caprichos presidenciales, parecen estar a punto de ebullición y desde las filas políticas comienza a dibujarse la necesidad de algún acuerdo que permita controlar la situación. El gran problema está en que el presidente Trump conservaría intactos sus apoyos electorales, excitados por su discurso populista, simplista y falsamente auténtico.

En ese escenario hay que estar atentos a las noticias. Los círculos políticos norteamericanos son más sofisticados de lo que parece y están comenzando a mover fichas frente a la incontinencia, la precipitación y las improvisaciones presidenciales. Las declaraciones desde el FBI sobre la trama rusa, con las, al menos, poco claras maniobras de la familia del presidente, y la aparición de nuevos datos pueden llevar a problemas judiciales al propio Trump y eso es un acelerante del fuego graneado que puede esperarle durante lo que queda de legislatura.

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Primer aniversario de un proyecto en marcha

Hace poco más de un año, un grupo de amigos interesados en ver y analizar lo que ocurre en la región de Asia Pacífico nos pusimos en marcha con 4Asia. Con más entusiasmo que recursos logramos poner en pie esta pagina y traer a ella a unos colaboradores que se encuentran entre los principales expertos en esta región del mundo que ha ido ganando importancia económica, política y geoestratégica y de la que España no puede ni debe estar ausente en la medida de sus posibilidades. Unos colaboradores que, cada semana, desde Madrid, desde Washington, desde Sevilla y desde los diversos puntos a los que les llevara su actividad profesional de analistas y expertos han acudido puntualmente a su cita con 4Asia.
Un año después podemos decir con orgullo que hemos consolidado el proyecto y queremos comenzar una nueva fase. Además de ofrecer cada semana una serie de artículos sobre los acontecimientos de aquella región, queremos presentar 4Asia en público y hacerlo con un debate sobre el principal punto de tensión de la zona y, en este momento, del mundo, dadas las fuerzas y las circunstancias que concurren. Hablamos de Corea del Norte y queremos organizar estos debates varias veces al año.
El viernes 1 de diciembre os convocamos en Madrid (Hotel NH Paseo de la Habana) a un debate que hemos titulado Corea del Norte: ¿La guerra que viene? en el que hablarán dos colaboradores de 4Asia y dos expertos más sobre la situación geostratégica, el papel de China y el análisis de la política exterior de Estados Unidos y el liderazgo de Donald Trump.
El acto tendrá dos partes: una de ponencias de los expertos y otra de coloquio entre ellos en el que queremos que participe al público asistente con sus dudas, interrogantes o ideas sobre un problema que puede arrastrar al mundo a un conflicto de gran envergadura en un escenario cambiante. Ahí estaremos.
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El laberinto Trump

Trabajar para el Gobierno y la Administración que dirige Donald Trump se ha convertido en un laberinto. Si sumamos las dimisiones, los ceses y nuevos nombramientos y la falta de nominación para numerosos puestos estratégicos, es fácil llegar a la conclusión de que la política estadounidense pasa por una de sus etapas de mayor inestabilidad e incertidumbre.
¿Qué está pasando? En primer lugar que en la Casa Blanca hay un presidente outsider, que llegó a la presidencia con apoyo del Partido Republicano pero sin ser parte del Partido Republicano, que parece improvisar, que se guía de una intuición cultivada no en medios políticos sino en sectores empresariales propios de una economía volátil, donde el juego de capitales y la especulación sustituyen criterios más tradicionales como estrategia a plazo medio y largo, productividad y respeto a los mercados.Eso lleva a Donald Trump a cambiar de caballo y de ruta, aliarse con líderes coyunturales, medir su propio éxito por el estado de ánimo de sus electores y así, llegar a impulsos populistas que están desestabilizando la tradición política estadounidense. Aunque, al parecer, no está produciendo merma en sus apoyos electorales y sociales.
Este fenómeno no deja de tener importancia mundial, fundamentalmente por el papel de liderazgo objetivo, y estabilizador, que desempeña Estados Unidos desde la II posguerra mundial. Una Administración errabunda, que trata de combinar posiciones de fuerza con giros tácticos poco explicados, su intento de combatir la globalización desde un proteccionismo nacionalista que está creando incertidumbres mundiales junto a estrategias para fortalecer alianzas viejas, está llevando a sus aliados a la perplejidad y a sus adversarios a nuevas oportunidades de ocupar espacios e influencias.
En ese panorama, la moral está baja en la Administración USA, crecen las rebeldías de los críticos de Trump y los intentos de reconducción desde el Partido republicano y, mientras tanto, la dinámica en conflictos potencialmente muy peligrosos (Corea del Norte, Siria e Irak, el centro de África), sigue su propio ritmo sin esperar a que Trump ponga algo de coherencia en sus decisiones. (Foto, Kalamarrak, Flickr)