Filipinas pone precio a su alianza con EEUU

Filipinas ha decidido mover ficha y, ante las promesas de Biden de retomar y reforzar los lazos con los aliados tradicionales en el Pacífico, el presidente Duterte ha exigido a Washington más ayudas militares y compensaciones económicas para renovar el acuerdo bilateral de seguridad con Estados Unidos, tras unos años de acercamiento a China en medio de una política interna marcada por medidas de lucha contra la delincuencia poco respetuosas con las más elementales normas de derechos humanos.

Filipinas ha sido un aliado tradicional de Estados Unidos desde la independencia de España del país asiático y Washington ha marcado con pocos escrúpulos la política de este país hasta el final de la II Guerra Mundial. Esta alianza se vio notablemente reforzada por la liberación de las islas por soldados estadounidenses tras la ocupación japonesa.

Pero esta alianza  se ha visto deteriorada por la gestión del presidente Duterte, sus malos gestos hacia Estados Unidos y sus guiños a China en medio de la crisis con Corea del Norte y por la expansión marítima de Pekín (que amenaza la soberanía filipina) que han sido vistos como deslealtad en EEUU. Y, por el papel estratégico de Filipinas, la necesidad de reconstruir un cinturón de seguridad con Japón, Corea del Sur, Taiwán e Indonesia fundamentalmente, Estados Unidos no puede permitirse un enfriamiento con Manila. Otro test para Biden cuyo equipo quiere buscar soluciones globales para la zona. Probablemente, la Administración norteamericana cederá a muchas de las exigencias filipinas presionando a la vez para un cambio de gestión y tratará de impulsar mejores relaciones del gobierno de Duterte con sus vecinos, aunque no con China, con algunos de los cuales (y también con China) tiene disputas territoriales sobre mares e islas cercanas.

María Ressa, la perseguida de Dutarte. Nieves C. Pérez Rodríguez

María Ressa es una periodista filipina de 57 años con una larga trayectoria como reportera del sureste asiático. Trabajó casi 20 años para CNN desde esa zona del mundo, así como para radios locales de su país. En el 2011 lanzó una fan page de noticias en Facebook llamada MovePH, que para el 2012 se convirtió en el portal Rappler.com de noticias en Filipinas. En tiempo récord pasó de tener una decena de periodistas a un centenar de periodistas contratados y se convirtió en una referencia de noticias en el país.

Filipinas es una nación que goza de una ubicación estratégica en el Pacifico y una de las naciones más occidentalizadas del Pacifico, en parte debido a las estrechas relaciones que han mantenido con los Estados Unidos en las últimas décadas. Ressa ha sido una luchadora de la libertad de prensa y ha denunciado las prácticas del presidente Rodrigo Duterte.

“El pecado original de Ressa contra el presidente Duterte no fue sólo ponerle nombre a sus posiciones iliberales o tutelares, sino documentar cómo el presidente filipino ha usado las plataformas digitales como Facebook para socavar la realidad misma”, tal y como explica en un artículo Taylor Owen, anfitrión del podcast Big.tech, que analiza como las tecnologías están rediseñando las democracias y las sociedades.

El uso de Facebook en Filipinas es masivo. Es uno de los países en que los ciudadanos más tiempo pasan en las redes sociales del mundo y en donde la mayoría de la sociedad reciben las noticias a través de esta plataforma. Y Ressa logró determinar que Dutarte fue el primer político en hacer uso de las redes sociales para ganar la presidencia, a través de las herramientas que ofrece esta red como anuncios, trolling masivo, desinformación y micro dirigidos. En otras palabras, Dutarte y su equipo armaron una sofisticada estrategia para cambiar la opinión pública en temas controvertidos como por ejemplo la guerra de su gobierno contra los narcos, que ha acabado en una larga lista de asesinatos, y como resultado de esa maniobra consiguió hacerse con la presidencia.

Ressa ha defendido la idea de que las redes sociales como Facebook han permitido el surgimiento de líderes populistas de estilo autoritario que luego son capaces de hacerse con más control a medida que la sociedad se divide más, y una vez llegado allí usan las propias leyes para conseguir mayor control social, haciendo uso de los propios instrumentos estatales.

En un comunicado del 16 de julio publicado por Rappler titulado #courageON: defiendo nuestros derechos, se hacía un llamamiento social a preguntarse sobre lo que está sucediendo y se afirmaba que el silencio es complicidad, así mismo como se aseveraba que “las redes sociales son ahora un sistema modificador del comportamiento humano”.

La persecución de esta periodista ha trascendido porque ha sido llevada a juicio y su libertad depende de unas cortes que están controladas por el mismo Dutarte. Ramppler.com lleva años de ataques del gobierno filipino, que comenzaron en el 2016 cuando Dutarte convirtió el uso de las redes en una especie de arma. Le han abierto 11 expedientes en tribunales. Sólo el año pasado, Ressa fue arrestada dos veces y obligada a pagar fianzas ocho veces para mantener su libertad condicional. Su abogada es Amal Clooney -la conocida abogada de Nueva York por llevar casos de este tipo, que considera que podría pasar 100 años presa por los cargos que le imputan.

Esta valiente periodista se ha convertido en un símbolo de la libertad de prensa, por lo que en el 2018 la revista Time la nombró persona del año en la categoría de periodista que lucha contra las noticias falsas. También la BBC la nombró como una de las 100 mujeres más inspiradoras e influyentes en 2019. La revista Prospect la calificó como una de los 50 principales pensadoras, seguido por una larga lista de otros reconocimientos de distintas instituciones que valoran el aporte de esta periodista a la libertad de prensa en el mundo.

Ressa lo advertía en unas palabras de apertura que dio en la conferencia global de investigación periodística en Alemania en septiembre del año pasado, frente a unos 2000 periodistas: “Este es un momento existencial donde si no damos los pasos correctos, la democracia tal y como la conocemos está muerta (…) cuando los periodistas están siendo atacados, la democracia está siendo atacada”. Las redes sociales son ahora las plataformas más grandes de distribución de noticias quedándose con los beneficios, pero ignorando los controles y custodia que han tenido los grupos de noticias.

Paradójicamente, cuanto más proliferan las redes sociales, más influencia tiene éstas sobre la vida de las personas, hasta el punto de discriminar por el usuario noticas afines a su interés e ideología, segregando aquellas que son opuestas al mismo, convirtiéndose así en una especie de filtro de lo que se ve y por lo tanto de lo que se percibe y se cree.  El caso de Facebook es tan complejo que ha sido discutido en el mismo Congreso estadounidense obligando a testificar a su creador y CEO. En un mundo aparentemente más libre somos cada vez más esclavos de la tecnología y por lo tanto de sus hacedores.

Filipinas en medio de la pandemia. Nieves C. Pérez Rodríguez

Filipinas, un archipiélago que cuenta con más de 7000 islas, goza de una ubicación estratégica en el Pacífico y cuenta con una de las líneas costeras más extensas del mundo.  Es una nación de 110 millones de personas, que ha registrado cerca de 730 decesos, a pesar de la cercanía con China, a poco más de 3000 kilómetros de distancia.

Filipinas fue el tercer país en imponer cierre de las ciudades y ordenar cuarentena, justo después de España.  El 12 de Marzo se restringieron los viajes y la entrada de viajeros, se cancelaron reuniones de negocios, y se paralizaron cualquier forma de eventos, mientras se obligaba a los ciudadanos a confinarse en casa.  Todas estas medidas se tomaban sólo cinco días después de que se detectara  el primer caso de Covid-19.

El gobierno de Rodrigo Duterte no dudó en actuar en las primeras horas para evitar el colapso del sistema hospitalario, que a pesar de que en los últimos años ha mejorado, sigue siendo muy débil e insuficiente para atender la demanda doméstica.

Duterte, conocido por su retórica populista e impulsiva, cuya campaña más emblemática ha sido contra las drogas, ha elevado a miles el número de homicidios a manos de policías y otros grupos políticos. Dutarte también expresó en varias ocasiones que buscaría acercamientos con China.

El pasado fin de semana The Diplomat publicaba un artículo sobre un vídeo que la embajada china en Manila había subido en su página oficial y en sus redes, en el que Beijing deja ver su nueva ofensiva diplomática e intenso esfuerzo por ganar aliados, y asegurar su liderazgo.

Hay una canción escrita por el mismo embajador chino, y en cuyo vídeo participaron diplomáticos chinos y celebridades de ambos países y la letra reza …“como vecinos amistosos al otro lado de mar, China y Filipinas continuarán uniendo sus manos y harán todo lo posible para superar el Covid-19 lo antes posible”…

En la canción se hizo referencia al “mar del sur de China, cuyo nombre para los filipinos es “el mar occidental filipino”. Una alusión a una disputa que viene de lejos, que mantiene heridas abiertas aún en medio de una pandemia, y que lejos de agradar levanta estupor.

La opinión pública filipina ha criticado el vídeo y, en efecto, ha motivado incluso rechazo a las ayudas enviadas por Beijing (suministros y personal médico y sanitario), que ahora se perciben como politizadas y con dobles intenciones.

A pesar de que Filipinas es una de las naciones más occidentalizadas del Pacifico, en parte debido a las estrechas relaciones que han mantenido con los Estados Unidos en las últimas décadas, su sistema de gobierno no respeta las libertades. En efecto, desde que Rodrigo Duterte tomó posesión, las libertades se han visto más restringidas. Pero a pesar de que se pensó que su gobierno podría alinearse con el Partido Comunista Chino, las acciones chinas han encendido tal rechazo que hasta el mismo gobierno de Manila ha tenido que distanciarse.

Si algo no ha podido parar la pandemia es la geopolítica.  Beijing lo sabe bien.

INTERREGNUM: Alianza en peligro. Fernando Delage

La semana pasada el gobierno de Rodrigo Duterte notificó a Washington su intención de dar por concluido el acuerdo de 1998 sobre cooperación militar (“Visiting Forces Agreement”, VFA) que ha permitido desde entonces la presencia de tropas norteamericanas en Filipinas, con el fin de adiestrar a las fuerzas locales en la lucha antiterrorista y contra el tráfico de drogas. El acuerdo, negociado después de que la Constitución filipina prohibiera el establecimiento de bases militares extranjeras—Estados Unidos tuvo que abandonar las dos que poseía en el archipiélago—, ha sido uno de los elementos básicos de la alianza entre ambos países junto al tratado de defensa mutua de 1951, y el instrumento que actualizó y amplió este último en 2014.

La denuncia del pacto se debe, según Manila, a “la falta de respeto a la soberanía filipina”. Pero el detonante parece haber sido la negativa de Washington a conceder un visado a uno de los más estrechos aliados de Duterte, el senador Ronald “Bato” de la Rosa, antiguo responsable de la policía nacional, a quien se acusa de violación de derechos humanos. Debe recordarse, no obstante, que—desde su elección en 2016—el presidente filipino ya puso en duda la continuidad de la alianza bilateral. Duterte imprimió un nuevo giro diplomático hacia China, abandonando de este modo la posición de su antecesor, Benigno “Noy” Aquino III, quien llegó a demandar a Pekín ante el Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya por las acciones de la República Popular en el mar de China Meridional.

Sin el VFA, las capacidades militares filipinas se verán gravemente limitadas. Se ponen en riesgo los ejercicios conjuntos anuales, así como el elemento disuasorio frente a posibles acciones hostiles que representa la presencia naval norteamericana en el mar de China Meridional. Por no mencionar la aportación financiera de Estados Unidos: entre 2016 y 2019, Washington ha proporcionado a Manila más de 550 millones de dólares en ayuda a su defensa.

Duterte ha prohibido a los miembros de su gabinete viajar a Estados Unidos, y ha rechazado la invitación del presidente Trump a participar en la próxima cumbre Estados Unidos-ASEAN que se celebrará en marzo en Las Vegas. El Departamento de Estado norteamericano ya ha indicado que la decisión tendrá graves consecuencias para la relación bilateral, aunque Trump se ha limitado a manifestar su alegría por el “ahorro” que supondrá para las arcas norteamericanas.

La terminación de este acuerdo no implica por sí misma el fin de la alianza: el tratado de defensa mutua siga en pie. Pero las implicaciones de la decisión de Duterte van mucho más allá de sus relaciones con Washington. Si bien este último no ha señalado a China como una de las variables detrás de la renuncia, hay que presumir que lo es. Debilitar las alianzas bilaterales de Estados Unidos es uno de los objetivos estratégicos fundamentales de la República Popular, cuya influencia parece así cada vez mayor en la región. La incertidumbre sobre el futuro de la alianza con Filipinas supone por tanto un duro golpe para la credibilidad de la arquitectura de seguridad construida por Estados Unidos en Asia hace setenta años.

Alerta en Filipinas

El atentado yihadista en Sulu, Filipinas, contra un templo católico parece algo más que una matanza islamista de las que con frecuencia, lamentablemente, se producen en Siria e Irak. El suceso tiene lugar días después del plebiscito para la creación de una región autónoma musulmana en el sur del país, bautizada Bangsamoro y planteada como solución pacífica a cinco décadas de conflicto separatista en la zona musulmana de la isla de Mindanao, que se ha cobrado la vida de unas 150.000 personas.

Esa opción, ratificada en las urnas por un 87% de los votos, es parte del acuerdo de paz firmado en 2014 con el Frente Moro de Liberación Islámica (FMLI), el mayor grupo rebelde musulmán de Filipinas que renunció a sus aspiraciones independentistas y a la lucha armada a cambio de gobernar esa nueva región. Sulu votó precisamente en contra, pero como forma parte de la región consultada, sus votos computan en bloque y pasarán a pertenecer a esa nueva entidad.

Sulu forma parte de una zona en la que los musulmanes son mayoría y en la que han proliferado los grupos terroristas que se reclaman del islamismo, varios de ellos financiados inicialmente y asociados más tarde con ellos, por Al Qaeda y el ISIS. Se trata de varios grupos yihadistas vinculados al Estado Islámico, como Maute o los Luchadores por la Liberación Islámica del Bangsamoro, responsables de sangrientos atentados en la región y que son la principal amenaza del recién ratificado acuerdo de paz de 2014.

Pero el más mortífero, asociado al ISIS, es el grupo de Abu Sayyaf. Es probable que este grupo esté detrás del atentado. Abu Sayyaf, ahora en la esfera del Estado Islámico nació en los años noventa gracias a la financiación de la red Al Qaeda y Osama Bin Laden. El sur de Filipinas es precisamente el principal foco de sus atentados.

El atentado en pleno desarrollo de un plan de paz se produce en un momento en que toda la zona está en un grado alto de incertidumbre geoestratégica por las operaciones marítimas de China, la guerra comercial con Estados Unidos y la situación en Corea del Norte. Si el desafío a la estabilidad interna en Filipinas sube en intensidad, EEUU se vería obligado a replantarse sus opciones en la zona. Precisamente ante algunas dudas provocadas por los últimos movimientos de Donald Trump en relación con sus aliados históricos en la zona, el presidente filipino Rodrigo Dutarte ha iniciado un acercamiento a China que está siendo observado por los analistas estadounidenses.

Conscientemente o no, el terrorismo islamista filipino puede haber puesto en marcha un proceso que puede llegar a ser un punto de inflexión en las opciones estratégicas que se están barajando para Asia Pacífico. (Foto: MAxim Mogilevskiy, flickr)

Las bodas de oro de la ASEAN contaron con la presencia de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La década de los 60 vio el comienzo de los acuerdos comerciales en la región asiática. La Asociación de Naciones del Sudoeste Asiático (ASEAN por sus siglas en ingles), inició la tendencia de agrupaciones que bajo la búsqueda de un bien común consiguieron unirse, y con el paso del tiempo crecieron en número de miembros. A partir de entonces, muchas otras organizaciones, sobre todo de tipo económico, se han creado en el Pacífico.

Donald Trump acudió a la cumbre que celebró los 50 años de la ASEAN, donde remarcó la visión económica de su Administración, basada fundamentalmente en el unilateralismo y en segundo lugar, pero no menos importante, en el hecho de que nadie es dueño del mar y de que la libertad de navegación y sobrevuelo de los mares son críticos para la seguridad y prosperidad de las naciones del mundo.

Fue éste crucial punto el que llevó a los líderes de Australia, India y Japón a reunirse para discutir este compromiso y presentarse unidos para defender este derecho fundamental de la Convención de Ginebra.

Cuatro miembros de ASEAN, Filipinas, Vietnam, Brunei y Malasia, se disputan varias islas con China en esta zona marítima, en un contencioso en el que China apela a sus derechos históricos y que en el pasado ha puesto al descubierto las diferencias internas entre sus diez socios. Y en que la voz firme de Estados Unidos vino a marcar un gran momento, donde se dejó por sentado su liderazgo en la región, así como también el respeto por la libertad de tránsito marítimo y las decisiones del tribunal de arbitraje de la Haya y los fallos en los que ha desestimado las pretensiones chinas. En este punto la administración Trump ha sido consecuente con la política exterior estadounidense de los últimos 60 años.

La ASEAN reúne 622 millones de habitantes y aspira a elevar su PIB conjunto hasta los 4,7 millones de dólares en 2020 para así convertirse en la cuarta potencia económica del mundo en 15 años. En 2015, la economía global de los diez países alcanzó los 2,43 billones de dólares, mientras que las previsiones de crecimiento son del 4,8% para este año, según cifras oficiales de la organización.

De acuerdo con el experto Alberto Solares Gaite, los procesos de integración en Asia han sido radicalmente opuestos a los que ha experimentado Occidente. Las agrupaciones asiáticas se han caracterizado por el desarrollo de pocas instituciones y de mecanismos de bajo compromiso. No existen acuerdos oficiales, los vínculos comerciales y financieros se han llevado a cabo de modo fáctico entre los países de la región. Lo que se conoce como integración “silenciosa”, en las que se fomenta sobre todo los agentes microeconómicos, pese al bajo perfil de los gobiernos.

Mireya Solís, experta en Asia del Instituto Brookings sintetizó el viaje asiático de Trump en estas palabras: “Su Administración está fundamentalmente redefiniendo la estrategia y el rol de Estados Unidos en el comercio internacional y cambiando la diplomacia de intercambios.  Si hay que reconocerle algo es que fue consistente en cada uno de sus paradas en su gira por Asia, rechazando explícitamente el multilateralismo, sin dobleces en sus palabras, y explicando que Estados Unidos apuesta por tratados bilaterales, y que todos los países interesados en negociar con Washington son bienvenidos a sentarse en una mesa a dos partes”. Mientras que Xi Jinping, en su intervención en la APEC, dejó claro que China está a favor del multilateralismo, convirtiéndose en el nuevo y gran líder que apoya los acuerdos multilaterales de libre comercio sin exclusión.

Tal y como afirmó Trump al regresar a casa la semana pasada, el viaje a Asia tuvo tres objetivos: unificar el  mundo en contra de la amenaza nuclear del régimen norcoreano, afianzar las alianzas políticas y económicas estadounidenses en el Indo-pacífico, nuevo término que demuestra una nueva visión de la región, y, por último, intercambios comerciales justos y recíprocos, que, en otras palabras, viene a decir acuerdos donde la Administración Trump pueda imponer sus reglas y no ceder frente a la presiones de bloques económicos ya establecidos. Sin lugar a dudas, estamos frente a una nueva diplomacia de intercambios.

INTERREGNUM: ¿La hora de India? Fernando Delage

(Foto: Fermín Ezcurdia, Flickr) Las reuniones anuales del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC) y de la Cumbre de Asia Oriental, celebradas en Vietnam y Filipinas, respectivamente, concentraron la atención de los medios en la evolución de la competencia entre Estados Unidos y China. Había expectación por conocer cómo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, piensa sustituir la política asiática de su antecesor; y por cómo el presidente chino, Xi Jinping, reforzado tras el reciente XIX Congreso del Partido Comunista, aprovecharía estos nuevos encuentros multilaterales para seguir ampliando su influencia regional y global.

Ha pasado relativamente inadvertido, sin embargo, el espacio abierto a un tercero, India. Camino de convertirse en la nación más poblada del mundo, hacia 2024, India será también la tercera mayor economía en 2029. Aunque su presupuesto de defensa es el quinto del planeta, sus fuerzas armadas son las terceras por número de tropas (1,4 millones). El FMI estima que India representará el ocho por cien del PIB mundial en 2020, mientras que un informe de KPMG identifica el país como destino preferido para la inversión extranjera, por sus oportunidades de crecimiento, los próximos tres años. La percepción interna también ha dado un notable giro: un reciente sondeo de Pew indica que un 70 por cien de los indios están satisfechos con la dirección del país; en 2013, sólo un 29 por cien lo estaban.

No deben sorprender pues los altos índices de popularidad mantenidos por el primer ministro, Narendra Modi, quien con casi toda seguridad será reelegido en 2019. La transformación que persigue Modi, quien desea que India juegue en la liga de las grandes potencias, requiere más de una legislatura (incluso de dos). ¿Ha llegado la hora de India?

Dos claves para su ascenso salieron a la luz en Vietnam y Filipinas. La primera: su adhesión a APEC. Es toda una anomalía que la tercera economía asiática no forme aún parte del grupo. Delhi presentó su candidatura hace ya unos años, pero esta vez contó con el apoyo explícito del presidente Trump. Aunque no deja de ser una ironía que un enemigo de los procesos multilaterales desee que India se sume a uno de ellos, es revelador de las preferencia de Washington por Delhi como socio, aunque en otro terreno: el de seguridad. Esta es la segunda clave: la recuperación del Diálogo Cuadrilateral entre Estados Unidos, Japón, India y Australia, sobre el que discutieron sus ministros de Asuntos Exteriores en Manila. Si Delhi vaciló frente a la propuesta original de Japón hace 10 años, esta vez—asumida la iniciativa por Washington—la ha defendido con mayor interés. Las implicaciones de las iniciativas geoeconómicas chinas se han hecho evidentes durante los últimos años, y también India está más decidida a hacer realidad sus ambiciones de proyección más allá del subcontinente.

En último término, sin embargo, las posibilidades indias dependen en gran medida de su dinámica interna. Sus capacidades estratégicas y diplomáticas crecerán con el tiempo. Pero la extraordinaria fragmentación económica y social del país representa un considerable obstáculo para su ascenso. Buena parte de las reformas legislativas de Modi van orientadas precisamente a crear una unidad de mercado. Y el nacionalismo hindú de su partido, el Janata Party, no parece provocar, por ahora, la oposición de la mayoría de la población (quizá porque su prioridad es el crecimiento económico). La construcción de una identidad unificada como Estado es una exigencia no menor para que India pueda convertirse en la gran potencia mundial que aspira a ser.

La travesía asiática de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

En una larga travesía de 12 días, el presidente Trump visita Asia. Muchos días de viaje y una agenda bien copada en la que visita Japón, Corea del Sur, China, Vietnam y Filipinas. Un viaje tan largo como importante en el que el secretario de Estado Tillerson le acompañará para dar aún más solemnidad a esta visita oficial. Mientras Trump sostendrá encuentros con los jefes de Estado correspondientes, Tillerson se reunirá con altos dirigentes, homólogos y personalidades económicas, con las que buscará afianzar lazos de cooperación a nivel político y de inversiones e intercambio. Según Daniel Blumenthal (escritor de Foreing Policy) la clave de este viaje está fundamentalmente en el elemento geopolítico, que consiste en intensificar la competencia de los Estados Unidos con China por el sureste asiático. Insiste en que nada es tan importante como ese punto y el presidente Trump debería dejar muy claro que su gabinete toma con mucha seriedad la rivalidad geopolítica en la región asiática.

Japón es el aliado más fuerte de Estados Unidos en Asia. En Tokio, Trump afianzará la alianza con Shinzo Abe y proyectará una sólida amistad mientras negocian más intercambios comerciales y analizan la amenaza de Corea del Norte. La Administración Trump finalmente entendió la importancia de un aliado como Japón y ha comenzado a darle el lugar que merece. Tokio, por su parte, da señales de estar más cómodo con Washington y ha bajado sus niveles de ansiedad ante la amenaza nuclear de Pyongyang por el apoyo de Trump. De hecho, Japón es el país que más está invirtiendo en Estados Unidos a día de hoy, instalando industrias en su territorio y generando un gran número de empleos (exactamente lo que Trump ha definido como su vuelta a la Gran América).

En Seúl, se espera que se aborde fundamentalmente la peligrosa situación de Corea del Norte. Trump se reunirá con Moon Jae-in, lo que revalida el apoyo de Washington y mando un claro mensaje a Kim Jong-un. Corea del Sur es el segundo gran aliado de Estados Unidos en la región, y para el presidente Moon es realmente importante contar con este espaldarazo público.

En el caso de China, Trump prometió a Xi jinping visitarle en casa, y eso es exactamente lo que está haciendo. Cumpliendo con su compromiso, quedando bien con el ahora consagrado líder, después de que el congreso del Partido Comunista Chino convirtiera a Xi en el personaje más poderoso desde Mao Zedong, y que comparativamente con Trump, está en una posición más fuerte, en términos de liderazgo y popularidad. Sin lugar a dudas, en la región Xi es el líder más poderoso y Washington le necesita para seguir presionando a Pyongyang. Beijín es el único actor internacional capaz de presionar y neutralizar a Pyongyang sin necesidad de un ataque bélico, siendo el principal proveedor de un régimen completamente aislado.

Aquí la pregunta que se presenta es ¿hasta dónde quiere jugar China genuinamente ese rol?, Xi se siente claramente cómodo en su papel de líder internacional, pero también sabe cuándo debe bajar su perfil para mantener el juego a su favor. Esperemos que Trump entienda esa estrategia y pueda dejarle claro que Estados Unidos está dispuesto a acabar con el riesgo y mantendrá el liderazgo regional. A pesar de que hasta ahora Trump ha sido blando con Beijín, el Departamento de Estado maneja una línea anti china muy fuerte, que espera empezar a implementar.

Vietnam es un país clave. Tanto Trump como Tillerson participarán en la Cumbre de APEC el 10 de noviembre, que es obviamente importante pues 21 economías en el Pacífico estarán en este foro que promueve el libre comercio. Sin embargo, la clave podría estar en que Washington quiere asegurarle a Hanói su apoyo, siguiendo la línea anti china que amnas están manejando. Vietnam históricamente ha sufrido el acoso chino, y entre el expansionismo chino actual y su posición geográfica, es uno de los países más vulnerables ante el gigante asiático, por lo que Washington está aprovechando para extender su apoyo a cambio de mantener su presencia en la región.

En Filipinas se reunirá con Rodrigo Duterte, un líder tan controvertido como popular, quien, con una política tan agresiva como inapropiada, abusa del poder para acabar con el narcotráfico y los consumidores de estupefacientes, por lo que se espera que Trump aproveche la oportunidad para pedirle moderación y respeto por los derechos humanos. Asimismo, Washington intentará recuperar los espacios ganados por China en la región del sureste asiático.

Otro aspecto no menos importante es el aumento del radicalismo islámico y la presencia de ISIS, en el que Trump debería afianzar su compromiso en mantener cooperación en materia de seguridad.  Seguramente otra de las razones que llevan al inquilino de la Casa Blanca hasta Manila es parte de su ego, pues Duterte ha expresado públicamente su admiración por Trump, lo que no sorprende pues, en el fondo, ambos líderes tienen un carácter impulsivo y políticamente incorrecto.

Tal y como se ha expuesto, cada país en esta gira por Asia tiene una razón estratégica. La Administración Trump está yendo a poner orden y afianzar su posición en el Pacífico, y a dejarle claro a China quién tiene el control,  solidificar alianzas y mandar un mensaje claro a Pyongyang de unión con sus aliados. Ojalá que la imprudencia de Trump se quedara en casa, y que su Twitter no funcione en Asia, o que lo agotador de su agenda lo mantenga aislado de su móvil. Seguramente así nos aseguraremos una visita diplomática en toda su expresión. Sobre todo, en la cultura asiática donde la prudencia y las formas marcan el día a día de la sociedad.

Veinte años de la crisis asiática (y 3). El efecto mariposa. Miguel Ors Villarejo

El Museo Siam de Bangkok ha dedicado este año una exposición al aniversario de la crisis asiática. Aparte de fotografías y gráficos con la cotización del baht, el visitante podía contemplar “objetos que condensan el sufrimiento de los ciudadanos corrientes”, cuenta la agencia AP: “la estatua del Buda a la que un hombre de negocios confesó lo que no se atrevía a decir a su familia: que se había arruinado. O el teléfono por el que una mujer se enteró de que su jefe se había quitado la vida”. Algunos estudios cifran en 10.400 los suicidios adicionales que se produjeron en 1998 solo en Japón, Corea del Sur y Hong Kong.

La muestra se subtituló “Lecciones (no) aprendidas” y a The Economist le parece con razón “injusto”, porque las víctimas de la catástrofe se saben hoy muchas cosas “de memoria”. “Con la excepción de Hong Kong”, dice la revista, “no confían en una paridad fija con el dólar para controlar la inflación”. También son mucho más sensibles a los desequilibrios exteriores. “Tailandia arroja hoy un superávit del 11% en su balanza por cuenta corriente”.

Los tigres no son los únicos que han extraído enseñanzas. El FMI también se vio obligado a revisar su manual de primeros auxilios. Sus remedios nunca han sido muy populares, pero en 1997 imponía unas condiciones tan draconianas para acceder a sus préstamos contingentes, que Malasia rompió las negociaciones y decidió salir por libre del atolladero. En abierto desafío con el catecismo liberal vigente, impuso controles de capitales, aumentó el gasto público y rescató empresas y bancos. “El establishment académico auguró el colapso inevitable de la economía malaya”, recuerda Martin Khor, director del think tank South Centre. “Pero sorprendentemente se repuso incluso más deprisa y con menos pérdidas que otros países. Hoy las medidas [de Kuala Lumpur] se consideran una eficaz estrategia anticrisis”. Tuvimos ocasión de apreciarlo en 2007 y 2008, cuando Estados Unidos no dudó en nacionalizar su industria del motor y el G20 auspició un plan de estímulo para relanzar la actividad mundial.

Al final y a pesar de los anuncios apocalípticos de la izquierda, el capitalismo sobreviviría a aquel verano de 1997. “Los tigres se recuperaron antes de lo previsto”, reconoce el presidente del Banco de Desarrollo Asiático, Takehiko Nakao, y una vez saneados han retomado un vigoroso crecimiento.

Pero sería una ingenuidad incurrir en un optimismo de signo opuesto. En el azul firmamento capitalista los horizontes nunca están del todo despejados. Primero, porque la flotación de la moneda no es un remedio infalible. Todos (en Asia, en Europa o en América) estamos supeditados a las decisiones de la Reserva Federal. Cada vez que sube o baja tipos, altera la rentabilidad relativa de los activos y ocasiona movimientos de capitales que pueden hacer mucho daño.

Y segundo, porque se engaña quien crea que las crisis son consecuencia de la ineptitud (o la venalidad) de los responsables políticos y económicos, y que otros más perspicaces (u honestos) podrán evitarlas en el futuro. La seguridad absoluta no existe. El matemático John Allen Paulos relata el experimento de tres investigadores que emularon un negocio de elaboración y venta de cerveza, “con fábricas, mayoristas y minoristas, todo de pega. Introdujeron regulaciones verosímiles sobre pedidos, plazos y existencias, y pidieron a directivos, empleados y otras personas que […] jugaran como si todo fuera serio”. No tardaron en detectar “variaciones imprevistas”, “graves retrasos en el cumplimiento de los pedidos” y “una sensibilidad extrema a cualquier pequeño cambio”.

Es lo que predice la teoría del caos. En todo sistema dinámico (como la bolsa o la atmósfera) una alteración minúscula en las condiciones de partida puede dar lugar a escenarios diametralmente opuestos. “El lector de prensa”, aconseja Paulos, “debería ser muy cauto ante […] las crónicas que señalan causas únicas” para situaciones complejas, como las recesiones, porque están sujetas a fuerzas que las hacen “poco predecibles”. El aleteo de una mariposa en China puede determinar que, meses después, en Florida reine la calma o ruja un huracán. Y el hasta entonces irrelevante déficit exterior de un país del Lejano Oriente puede desatar el pánico en las finanzas planetarias.

Veinte años de la crisis asiática (1): La victoria de la izquierda. Miguel Ors Villarejo

 Cuando el 2 de julio de 1997 el Gobierno tailandés anunció que renunciaba a la paridad fija con el dólar porque se había quedado sin reservas para defenderla, la izquierda mundial no pudo ahogar un bufido de satisfacción. Desde que casi una década atrás el muro de Berlín se viniera estrepitosamente abajo y dejara a la vista la siniestra verdad del paraíso comunista, la progresía había permanecido discretamente callada. La superioridad del capitalismo era patente y, en combinación con la democracia liberal, parecía efectivamente la estación final de la historia.

En la primera mitad de los años 90 aún se registraron turbulencias en México, Brasil o Argentina, pero los expertos las atribuían a la ineptitud y/o corrupción de sus élites. Ni Tailandia ni sus vecinos (Singapur, Corea del Sur, Filipinas, Malasia, Indonesia, Taiwán, Hong Kong) tenían nada que temer, porque su comportamiento era (en términos macroeconómicos) impecable. “A diferencia de los manirrotos latinoamericanos”, escribe The Economist, “presentaban elevadas tasas de ahorro y superávits en sus cuentas públicas”. Tailandia había cerrado 1996 con una deuda que no alcanzaba ni el 5% del PIB. ¿Por qué los mercados se ensañaron unos meses después con estos alumnos aventajados del Fondo Monetario Internacional?

Para Peter F. Bell, un profesor de la Universidad Estatal de Nueva York, la razón estaba clara. “El milagro asiático fue el fruto de una peculiar y necesariamente efímera coyuntura de las fuerzas de clase planetarias, en la que los capitales de Occidente y Japón pudieron dominar políticamente y explotar económicamente los relativamente bajos salarios asiáticos”. Mientras estos se mantuvieron en niveles compatibles con unos beneficios empresariales abundantes, los inversores se dedicaron a “la extracción de plusvalías en la industria exportadora”. Pero la concienciación del proletariado local hizo cada vez más complicado este expolio. Los sindicatos presionaron para mejorar las remuneraciones y, al caer la rentabilidad de las manufacturas, el dinero se refugió en el sector inmobiliario. Ahí infló una espectacular burbuja y, cuando esta reventó, huyó dejando tras de sí un reguero de quiebras, desempleo y miseria. “El PIB [de la región]”, escribe Barry Sterland, “pasó de crecer el 7% en los ejercicios anteriores a contraerse el 7% en 1998. En el caso de Indonesia, el declive fue del 13%”.

Bell publicó su análisis en 2001, cuando todavía humeaban los escombros de aquel pavoroso espectáculo. Si disfrutara como nosotros de una perspectiva más amplia, difícilmente podría afirmar (aunque con los marxistas nunca se sabe) que unos salarios elevados son incompatibles con “la extracción de plusvalías”. Porque, una vez encajado el brutal golpe, los tigres hincaron una rodilla en el suelo, tomaron aire, se irguieron y, en las dos últimas décadas, han experimentado un intenso ritmo de actividad. El capital mundial continúa explotando a los tailandeses a pesar de que su renta per cápita, que rondaba los 3.800 dólares en 1997, alcanzó los 5.900 el año pasado, un 55% más. En Corea del Sur el progreso ha sido aún más llamativo: de los 13.000 dólares de 1997 han pasado a los 25.500, un 96% más. ¿Por qué los aviesos inversores no dan la espalda a unos trabajadores que en algún caso están mejor pagados que los europeos?

Es verdad que, en igualdad de condiciones, el empresario preferirá producir allí donde menos cueste la mano de obra, pero la igualdad de condiciones nunca se da. “Las naciones ricas son ricas porque están bien organizadas y las pobres son pobres porque no lo están”, explica The Economist. “El obrero de una planta de Nigeria es menos eficiente de lo que podría serlo en Nueva Zelanda porque la sociedad que lo rodea es disfuncional: la luz se corta, las piezas de recambio no llegan a tiempo y los gerentes están ocupados peleándose con burócratas corruptos”.

“A mediados de los años 70”, abunda el Nobel Paul Krugman, “el trabajo barato no era argumento suficiente para permitir que un país en vías de desarrollo compitiera en el negocio de las manufacturas internacionales. Las sólidas ventajas del Primer Mundo (sus infraestructuras y capacidades técnicas, el superior tamaño de sus mercados y la proximidad a proveedores clave, su estabilidad política y las sutiles pero cruciales adaptaciones sociales que permiten el correcto desempeño de una economía) más que compensaban diferencias en los sueldos de 10 y hasta 20 veces”.

“Entonces”, continúa Krugman, “algo cambió. Una combinación de factores que aún no entendemos del todo (rebajas arancelarias, desarrollo de las telecomunicaciones, abaratamiento del transporte aéreo) redujo los inconvenientes de fabricar [en Asia]” y países “que se habían dedicado previamente al cultivo de café y yute empezaron a coser camisetas y zapatillas deportivas”.

A diferencia de las autoridades latinoamericanas, las del Lejano Oriente se dieron cuenta en seguida de que a aquellos patronos extranjeros (en su mayoría grandes multinacionales) no podía dejárseles campar a sus anchas, pero en lugar de ponerles encima un burócrata que inevitablemente acababa siendo capturado, lo organizaron de modo que se vigilaran entre sí mediante una saludable competencia. Esta fue la primera clave del milagro asiático. Al obligar a las diferentes marcas a pelear para quedarse con los empleados más productivos, los salarios empezaron a subir y, al cabo de una década, se habían acercado “a lo que un adolescente americano gana en un McDonald’s”, dice Krugman.

La otra explicación del milagro asiático fue la estabilidad. Para granjearse la confianza del capital foráneo, se adoptó una política de gasto muy conservadora: todos los presupuestos se saldaban con superávit y la deuda era prácticamente inexistente. Además, para minimizar el riesgo cambiario y de inflación, se estableció una paridad fija con el dólar. El Gobierno se ataba al mástil de la política monetaria de la Reserva Federal, con lo que cualquier hombre de negocios tenía la tranquilidad de que sus beneficios no se verían diluidos por la depreciación de la divisa local o una devaluación súbita, como era habitual en las repúblicas bananeras.

Esta combinación de bajos costes laborales, libertad de mercado y ortodoxia macroeconómica puso en marcha un círculo virtuoso de inversión, empleo, producción, exportación e inversión de nuevo que permitió a los tigres completar en unas décadas un proceso de enriquecimiento que en Occidente había llevado siglos.

Este éxito cuestionó la tesis entonces dominante sobre la indisolubilidad del matrimonio entre economía de mercado y democracia liberal e incluso se teorizó que Oriente había alumbrado una modalidad distinta y más poderosa de capitalismo, que algunos bautizaron pomposamente como confuciano.