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Empezar la casa por el tejado de la felicidad. Miguel Ors Villarejo

“La felicidad nacional bruta es más importante que el producto nacional bruto”, proclamó en 1972 el rey de Bután. Tim Harford lo recordaba hace un año en su columna del Financial Times y comentaba con no poca ironía que, si él gobernara un país con el nivel de vida de Bután, también preferiría hablar de felicidad.

“Pero”, añadía a renglón seguido, “no le falta razón”. La capacidad de consumo es un modo muy rudimentario de medir el bienestar. En Occidente, la renta per cápita se ha triplicado desde 1960 y no somos el triple de dichosos. En algunos ámbitos incluso hemos retrocedido: hay más depresiones en Europa y las muertes por alcoholismo han crecido en el Reino Unido, Estados Unidos y varias antiguas repúblicas soviéticas. “Nos encontramos ante una profunda paradoja”, escribe el economista Richard Layard: “una sociedad que busca y proporciona mayores ingresos, pero cuya felicidad en el mejor de los casos apenas ha aumentado”.

¿Qué está pasando?

En primer lugar, los humanos estamos diseñados para adaptarnos a un entorno cambiante. Eso nos ayuda a encajar las desgracias, pero nos obliga asimismo a recurrir a dosis crecientes de estímulos positivos para mantener constante el nivel de satisfacción. La alegría que ocasiona una subida de sueldo dura lo que tardamos en ajustar nuestro presupuesto. Como le explica la reina Roja a Alicia en A través del espejo, “aquí hace falta correr a toda velocidad si quieres permanecer en el mismo sitio”.

En segundo lugar, los ingresos no sirven únicamente para comprar artículos. Son un indicador de estatus, algo que a los humanos nos encanta. Nos da literalmente la vida. Layard afirma que “las personas que ocupan los puestos superiores [del escalafón] viven cuatro años y medio más” que sus subordinados.

Este afán de ser más que el prójimo plantea un dilema imposible. La provisión de bienes materiales puede ampliarse, pero la cantidad de estatus disponible es fija. Hay un primero, hay un segundo, hay un tercero y ya está. Si uno triunfa, otro pierde. Por mucho que suba el salario de una persona, si el de sus grupos de referencia (vecinos, amigos, parientes) lo hace más, se sentirá peor, aunque sea objetivamente más rico. La renta de los alemanes orientales se disparó tras la reunificación, pero su autoestima se hundió porque pasaron de ser los alumnos aventajados del comunismo a engrosar el pelotón de los torpes del capitalismo.

La lucha por el estatus consume mucha energía sin que la sociedad experimente una ganancia neta de felicidad. Layard pone el ejemplo del espectador de un partido que se levanta de su asiento. Obliga al que está detrás a incorporarse y, al final, el estadio entero acaba en pie. Nadie ha mejorado su perspectiva y todos están más incómodos. De igual manera, la obsesión por ingresar un euro más que nuestro cuñado nos ha llevado a jornadas laborales agotadoras, que nos roban tiempo de otras actividades gratificantes, como estar con los hijos, salir con los colegas o ir al cine.

Layard cree que el malestar se agudizará mientras los Gobiernos continúen obsesionados con la generación de riqueza. Hace falta “una nueva economía que colabore con la nueva psicología” para diseñar las políticas de bienestar. De entrada, habría que desterrar la carrera del ratón. Trabajar tanto como se trabaja en el mundo anglosajón es muy ineficiente. El gozo del ganador se ve neutralizado por el disgusto del perdedor. Es una “externalidad negativa” que degrada la calidad de vida general y debería tratarse como una emisión nociva: gravando al que contamina. Es lo que hacen con sus fiscalidades progresivas los países escandinavos. “Todos tienen en común una gran igualdad”, observa Layard, y muchos estudios corroboran que sus ciudadanos son los más dichosos. El último Informe Mundial de la Felicidad (IMF) lo lideran Finlandia, Dinamarca, Noruega e Islandia, y tiene sentido. La concentración de recursos en muy pocas manos resulta sospechosa la mayoría de las veces y desalentadora siempre.

Ahora bien, los islandeses son los socios de la OCDE que más antidepresivos consumen, y los daneses no les van a la zaga (séptimos). Mi hijo Miguel también ha realizado unas regresiones. Ha cogido las puntuaciones del IMF, las ha cruzado con dos coeficientes de Gini: el del Banco Mundial y el de Gallup, y se ha encontrado con que, en el primer caso, la relación es positiva (a mayor igualdad, mayor felicidad), pero en el segundo es negativa (a mayor igualdad, menor felicidad). En función del Gini que se elija, sale un resultado o su contrario. ¿A qué se debe esta variación de signo? ¿Y por qué consumen tantos antidepresivos los islandeses y los daneses? ¿No están encantados con sus fuentes termales y sus fiscalidades progresivas?

La explicación de estas contradicciones es que la felicidad es una magnitud difícil de aprehender. Se determina mediante cuestionario y no siempre somos sinceros. Alejandro Cencerrado, un investigador del Instituto de Investigación de la Felicidad de Dinamarca, cuenta que cuando en alguna conferencia pregunta si alguien se considera desgraciado, nadie alza la mano. ¿Por qué? En una dictadura, las decisiones las toman otros y no nos importa reconocer que nuestra vida es un asco. Pero en una democracia somos dueños de nuestro destino y a veces necesitamos justificarnos ante nosotros mismos. “Yo podría ser ese”, pensamos cuando nos cruzarnos en el lobby del hotel con el triunfador de traje impecable, “pero no quiero. Prefiero ser feliz”.

La felicidad es el último refugio. Por eso nadie alza la mano en las conferencias de Cencerrado y por eso es improbable que nadie puntúe su satisfacción con un dos en una escala de cero a 10. Estaría reconociendo su fracaso. “Ponga un siete”, le dice al encuestador.

Por mucho que Layard insista en que los métodos para evaluar la felicidad han progresado enormemente, su estimación sigue siendo problemática y sería un disparate diseñar a partir de ella políticas de ningún tipo. Con todas sus limitaciones y diga lo que diga el rey de Bután, el producto nacional bruto parece un terreno más firme para construir una sociedad. (Foto: Héctor García)

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¿Mata la desigualdad? Miguel Ors Villarejo

La aparición en 2009 de Un análisis de la (in)felicidad colectiva levantó una enorme polvareda. Los epidemiólogos Richard Wilkinson y Kate Pickett trazan en este libro regresiones entre la desigualdad y una serie de variables (esperanza de vida, obesidad, criminalidad, mortalidad infantil, embarazos de adolescentes, salud mental…) y su conclusión es demoledora: a mayor brecha de ingresos, peores indicadores. Wilkinson y Pickett admiten que Occidente ha alcanzado un nivel de desarrollo material sin precedentes, pero a costa de la cohesión. La competitividad extrema nos aísla y nos genera una ansiedad que no solo nos hace desgraciados, sino que nos pone literalmente enfermos.

En los años siguientes, potenciada por la Gran Recesión, la desigualdad se ha colocado en lo más alto de la agenda política. El sociólogo Göran Therborn escribiría en 2013 un desalentador ensayo cuyo título, The Killing Fields of Inequality, compara los campos de exterminio de Pol Pot con las diferencias sociales y que en España se tradujo directamente por La desigualdad mata.

¿De verdad la desigualdad mata?

Cuando Un análisis de la (in)felicidad colectiva se publicó, el periodista Christopher Snowdon ya señaló importantes objeciones. En particular, Wilkinson y Pickett habían excluido a algunos países sin ninguna explicación y, cuando Snowdon los incluía, las correlaciones se desvanecían. Los epidemiólogos sacaron una secuela de su bestseller el año pasado, The Inner Level y podían haber aprovechado para salir al paso de estas críticas, pero las han ignorado soberanamente y se han dedicado a argumentar cómo la desigualdad nos amarga la existencia. No hay gráficos nuevos y Snowdon ha decidido rellenar la laguna. Si la teoría es sólida, razona, el deterioro de la cohesión experimentado durante la Gran Recesión tendría que corroborarla. “Así que, aprovechando el décimo aniversario [de Un análisis…]”, escribe en su blog, “pensé que sería interesante someter a prueba sus afirmaciones más controvertidas” y calcular algunas regresiones con datos actualizados del Informe sobre Desarrollo Humano, la misma fuente que utilizaron Wilkinson y Pickett.

Como cabía esperar, el resultado es nulo por lo que respecta a la obesidad, los trastornos mentales, los embarazos adolescentes, los homicidios o la mortalidad infantil. Ninguno de estos problemas se exacerba con la desigualdad. En lo que sí parece influir es en la esperanza de vida, pero en sentido inverso: cuanto mayores son las diferencias en una sociedad, más longevos son sus habitantes.

Naturalmente, sería disparatado sacar ninguna conclusión de este divertimento estadístico. El mundo está lleno de correlaciones espurias. Tyler Vigen enumera algunos ejemplos en su web. Los hay muy curiosos: gasto en investigación de Estados Unidos y muertes por estrangulamiento, ahogados en piscinas y películas en las que aparece Nicolas Cage, consumo de queso per cápita y personas que fallecen enredadas en sus sábanas, consumo de margarina y tasa de divorcio en Maine, exportaciones petrolíferas de Noruega y víctimas por colisión de un coche contra un tren…

Por supuesto, no es lo mismo. Nicolas Cage no tiene la culpa de que la gente se ahogue en su piscina, mientras que sí puede haber conexión entre la desigualdad y cierto malestar, aunque únicamente sea la envidia que a todos nos inspira el éxito ajeno. Pero responsabilizarla de las plagas de Egipto suena excesivo. “Es ciertamente verosímil que la desigualdad influya (para bien o para mal) en muchos ámbitos”, apunta Alex Tabarrok, “pero se trata de efectos pequeños y sutiles, que difícilmente sacará a la luz una mera comparación entre países”. (Foto: Winsion Ng)

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THE ASIAN DOOR: Ser mujer en China. Águeda Parra

La condición de la mujer en la sociedad china actual requiere de una retrospectiva hacia el pasado que aporte una visión histórica necesaria para comprender cómo ha evolucionado el rol de la mujer en el tiempo y cuál ha sido el papel que ha desempeñado. En una sociedad milenaria que durante siglos ha estado estructurada bajo un sistema imperial, bañado por una filosofía confuciana, son muchos los cambios que hoy debe abordar China para acomodar el papel que ansía desempeñar la mujer china actual.

Un recorrido por algunas de las etapas más destacadas de la historia de China aporta una visión de conjunto de los diferentes hitos que han marcado el papel de la mujer en la sociedad china. En primer lugar, y sin que existan referencias de una tradición similar en ninguna otra sociedad, la mujer china sufrió durante más de diez siglos el vendado de pies. Considerado como un símbolo de estatus social que les hacía parecer más atractivas para el género masculino y asociado incluso a un misticismo erótico, las mujeres chinas comenzaron su calvario del vendado de pies desde la dinastía Song del Norte (960-1127), en una tradición que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. Todavía es posible encontrar mujeres en las zonas rurales con 80 y 90 años que pueden ofrecer testimonio de la tortura a la que fueron sometidas desde temprana edad, se comenzaba entre los 5 y 7 años, produciendo la rotura de los huesos de las extremidades inferiores que generaban problemas de salud y la imposibilidad de llevar una vida autónoma normal.

En épocas más recientes, encontramos otros momentos en donde la mujer ha desempeñado un papel destacado en la sociedad china. Por una parte, durante la Revolución china, la célebre frase de Mao Tse-Tung indicaba que “Las mujeres sostienen la mitad del cielo, porque con la otra mano sostienen la mitad del mundo”. Con posterioridad, y formando parte de la historia más reciente del país, la mujer china tuvo que afrontar uno de los desafíos sociales más importantes que ha vivido China convirtiéndose en pieza esencial de la sociedad. A partir de 1979, y con el objetivo de generar las condiciones económicas necesarias que permitieran el desarrollo del país, la mujer china asumió servir de instrumento del modelo de planificación familiar que impuso el gobierno chino con la implantación de la política del hijo único. De esta forma, China comenzaba el mayor experimento social de la historia que ha concluido 39 años después con la eliminación de esa política y con el establecimiento de una nueva directiva que permite a las parejas chinas tener un segundo hijo.

Pero la sociedad china avanza, y aunque se pretende dejar atrás antiguas tradiciones, la problemática ahora es cómo hacer frente a una población que disminuye drásticamente y que pone en peligro la recuperación económica de China. La población disminuyó en 2018 por primera vez en 70 años reflejando un cambio de tendencia en el rol que aspira a desempeñar la mujer china en una sociedad moderna. El número de nuevos nacimientos descendió en 2,5 millones, cuando las previsiones del gobierno contemplaban un incremento de la población de 790.000 personas. Una situación que se puede considerar como la actitud de cambio que están impulsando las nuevas generaciones de romper con una etapa en la que la sociedad y el gobierno marcaban el rol que debían asumir las mujeres para pasar a otra en la que son ellas las que reivindican el papel que desean desempeñar.

Teniendo en cuenta apenas unos ejemplos de la situación de la mujer en China, no es extraño que en el Informe de Brecha de Género 2018 que elabora anualmente el World Economic Forum, China se sitúe en el puesto 103 de 149 países que forman la clasificación en esta edición, descendiendo desde la posición 100 de 144 países que ostentaba en 2017. Casi cuatro décadas de política del hijo único han llevado a la sociedad China a situarse última en la clasificación de brecha de género por selección de sexo al nacer, asociado a la realización de esterilizaciones, abortos e hijas abandonadas por la preferencia del hombre frente a la mujer. Esta situación ha llevado a que en China se produzca el mayor desequilibrio mundial de género que asciende a 33 millones de hombres más que mujeres, producto del nacimiento de 87 mujeres frente a 100 hombres, siendo mayor el impacto en las zonas rurales.

No obstante, existen algunos datos positivos que anticipan el cambio que sufrirá la sociedad china en las próximas décadas. Según este informe, las mujeres constituían el 52,5% de los estudiantes universitarios en 2016, eligiendo en un mayor número que los hombres estudiar en el extranjero. Asimismo, la mujer constituye un 43,1% de la fuerza laboral de China en 2017, por encima del objetivo del 40% establecido en el Programa del Desarrollo de la Mujer China (2011-2020). Una proporción que seguramente ascenderá tras la nueva directiva que ha implantado el gobierno chino que persigue prohibir preguntar a las mujeres si desean tener hijos, con multas que podrían ascender hasta los 7.400 dólares para aquellos empleadores y reclutadores que obvien la nueva directiva gubernamental.

Todo parece apuntar a que una ola de empoderamiento femenino está surgiendo en la sociedad china, con una nueva generación de mujeres que se unieron al clamor global de reivindicar el movimiento feminista #MeToo en 2018. Sin embargo, un año después apenas se ha producido seguimiento en el Día Internacional de la Mujer por la rápida acción del gobierno de sofocar este tipo de manifestaciones, lo que no impide que la mujer china esté dando grandes pasos en el rol que aspira a desempeñar en la sociedad actual. (Foto: Film To Live!)

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THE ASIAN DOOR: ¿Cuál es el talón de Aquiles de China? Águeda Parra

Cabría pensar que 1.380 millones de personas es una cantidad más que suficiente, e incluso se podría hablar de superpoblación. Sin embargo, dependiendo del tipo de objetivo que queramos cumplir y atendiendo al tipo de composición de esa población, puede que resulte una cantidad insuficiente. Éste es el caso de China, el país más poblado del mundo donde vive el 18% de la población mundial y que, sin embargo, no dispone de una masa de personas suficiente como para poder abordar con garantías el reto de seguir manteniendo los ritmos de crecimiento económicos que permitan a la segunda potencia mundial convertirse en una economía avanzada.

La superpoblación de China en 1978 era el principal obstáculo que Deng Xiaoping tenía que superar para impulsar con éxito una etapa de reformas económicas y de apertura al exterior, de ahí que implantara a partir de 1979 la política del hijo único con el propósito de reducir los elevados niveles de población. Sin embargo, esta medida, que en su momento fue clave para iniciar una etapa de crecimiento económico del país, puede resultar ser la pieza que acabe con el crecimiento económico que ha alcanzado el país en las últimas décadas. Ante esta perspectiva, el principal reto en la era de Xi Jinping se ha convertido en el “rejuvenecimiento de la nación”, como así lo ha establecido el presidente chino en el ideario de su legado.

La política del hijo único se considera el mayor experimento social de la historia donde las mujeres se convirtieron en el instrumento del partido para implantar el modelo de planificación familiar que mejor sirviera a los objetivos de desarrollo del país. Durante los últimos 20 años anteriores a 1979, fecha en la que se implantó la política del hijo único, la población china había crecido un 45%, la superpoblación suponía una de las mayores limitaciones hacia el progreso. Sin embargo, tras 39 años de aplicación del modelo de planificación familiar, los resultados fueron evidentes, y la población crecía a menor ritmo, solamente un 13% durante las dos últimas décadas antes de que su eliminación.

El efecto positivo se cumplía, pero a costa de un lastre social cuyos efectos se pueden prolongar en el tiempo más de lo que la sociedad china puede permitirse para seguir creciendo. El primero de ellos ha sido la tasa de fertilidad, que ha pasado de 6,38 hijos por mujer en 1993 a situarse en la actualidad en 1,6 hijos por mujer, por debajo de la tasa mínima de reemplazo. Si esto no fuera suficiente, la preferencia del hombre frente a la mujer, por una cuestión social de quién se queda en casa para cuidar de la familia, ha provocado un desequilibrio de 33 millones de hombres más que de mujeres. De esta forma, la política del hijo único se ha convertido en uno de los mayores lastres para el desarrollo del país, ya que no sólo se reduce la pirámide poblacional al no haber tantos nacimientos, sino que los hombres se encuentran ante la problemática de no encontrar suficientes mujeres con las que casarse.

Ante la perspectiva de una sociedad envejecida, y que envejece rápidamente, Xi Jinping eliminó la política del hijo único dos años después de convertirse en presidente de China. Pero el modelo de familia de “uno es suficiente” implantado durante casi cuatro décadas ha generado personas individualistas, consideradas como “pequeños emperadores” por haber recibido toda la atención de su entorno. Una generación que en los próximos años debe asumir no pocos retos, entre ellos el de adaptar el modelo generacional 4-2-1, de cuatro abuelos, dos padres y un hijo, al esquema de gasto 1-2-4, donde una única persona tiene que cubrir las necesidades de salud y vejez de dos padres y cuatro abuelos. Una situación que se complica si las parejas deciden aumentar la familia, ya que supondría duplicar el gasto de 2.500 € que implica criar a un hijo, y que en las grandes ciudades puede alcanzar los 4.000 €.

Sin un importante incremento de nuevos nacimientos, se pone en peligro la transición de China hacia una economía avanzada. De ahí que el gobierno haya tomado medidas urgentes para revertir esta situación eliminando cualquier tipo de referencia a la “planificación familiar” en el borrador del nuevo código civil que está previsto entre en vigor en 2020. Con ello se pretende evitar las previsiones que indican que en 2030 la población mayor de 65 años será más numerosa que los jóvenes menores de 14 años, lo que conllevaría a que la tasa de dependencia actual de 7 trabajadores por jubilado podría situarse en 2050 en un ratio de 2 a 1, haciendo insostenible el crecimiento del país.

En la era de Xi Jinping, China está asumiendo numerosos retos para conseguir situar al país como potencia global a la altura del resto de economías desarrolladas. La apuesta por la innovación y la modernización a través del uso de las nuevas tecnologías y el impulso de la iniciativa Made in China 2025 están centrando los esfuerzos del gobierno en cuestión de política interna, mientras que la nueva Ruta de la Seda es el proyecto estrella de la política exterior orientado a asegurar que China alcanza un rol destacado en la geopolítica global a la altura del resto de economías mundiales. Medidas que podrían encontrar en la imposibilidad del “gran rejuvenecimiento de la nación china” el talón de Aquiles para que China finalmente se convierta en una economía avanzada en las próximas dos décadas. Una situación mucho más perjudicial para el futuro de China que las actuales consecuencias de la ralentización del crecimiento de la economía motivadas por la guerra comercial entre Estados Unidos y China que se prolonga ya casi medio año. (Foto: Ercan Cetin, flickr.com)

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Entrevista a Carlos Sentís, Director General de HenKuai “Los chinos ni siquiera saben que Zara es española” (I) Miguel Ors Villarejo

Cuando en 2008 llegó a Pekín en un viaje de placer, Carlos Sentís estaba lleno de prejuicios. “Dedicaba toda mi atención a buscar las diferencias”, cuenta en su blog. Iba a la caza de detalles exóticos y, si veía una casita con letreros en mandarín, gritaba emocionado: “¡Mira, mira, esto es chino que te cagas!”.

Como fundador y presidente de HenKuai, una consultora especializada en impulsar las relaciones con China, a Sentís igual le interesaría alimentar la creencia de que es una cultura milenaria y enigmática y que sin su experto asesoramiento jamás lograremos comprenderla. Y es verdad que la lengua es una barrera formidable, pero, una vez franqueada, te encuentras con buenas gentes que viven, laboran y sueñan y, en un día como tantos, descansan bajo la tierra. O sea, como usted y como yo.

Esa es una excelente noticia para quien se plantee hacer negocios con los chinos. El único inconveniente es que ellos no tienen mucha idea de quiénes somos los españoles. “No nos conocen bien”, dice Sentís. “No nos asocian con ninguna imagen específica, más allá de los toros, la paella y el Real Madrid”. Él lo atribuye a que, hasta ahora, “lo que se ha hecho ha sido fomentar la venta de productos a granel. Esto puede ayudar a equilibrar la balanza comercial en el corto plazo, pero no te posiciona como marca en el largo”. Para eso hacen falta otras iniciativas, y cita el caso de Austria, que los usuarios de Weibo y YouKu (equivalentes a nuestros Facebook y YouTube) acaban de nombrar “destino más popular de Europa”. Ha pasado de no existir para los chinos a recibir a 694.000 en 2017, casi los mismos que nosotros (718.000), a pesar de ser una potencia turística mucho más modesta.

Pregunta. ¿Cómo lo ha conseguido?

Haciendo bien las cosas. Un ejemplo: la serie más vista en China es Running Man. Sus protagonistas son las máximas celebridades del país. Cuentan con más de 100 millones de seguidores en las redes sociales, lo que les otorga una capacidad de prescripción enorme. Nosotros [HenKuai] invitamos a un representante del programa para que valorara la posibilidad de localizar algún capítulo en España. Vino, le pareció bien y lo único que pidió fueron 100.000 euros para costear el desplazamiento del equipo. Eso sí, debía tratarse de una invitación oficial, sin ánimo de lucro, porque en cuanto interviene alguna firma particular estamos ante una acción comercial y, en ese caso, ellos aplican lógicamente su caché, que es elevadísimo. Era una gran oportunidad. Les explicamos a las autoridades: “Por 100.000 euros podemos multiplicar el turismo”, pero ninguna accedió a prestar su apoyo. Los políticos austriacos son, por el contrario, más receptivos. Dieron toda clase de facilidades para que Running Man grabara un par de episodios en Viena y la han puesto de moda en China. En cuanto mencionas Europa en una conversación, te dicen: “¡Ah, sí, Austria!”

Pregunta. Pues no hay ningún político ni ningún empresario con el que yo hable que no me diga: “China es el futuro, hay que lanzarse a por sus consumidores”.

Respuesta. Corporaciones como LaLiga, Iberia, Telefónica o el Instituto de Empresa sí están tirando del carro, pero las instituciones dicen mucho y hacen poco.

Pregunta. ¿Por qué?

Respuesta. Porque su prioridad no es tanto hacer cosas como aparentar que las hacen. En el 98% de las ocasiones, todo se queda en un apretón de manos delante de las cámaras. Luego, si alguien les recrimina algo, sacan la foto y dicen: “¿Que no hago nada con China? Mire, mire, aquí estoy con el secretario de las Juventudes Comunistas o con quien sea”. China está lejísimos de ser una prioridad de nuestros políticos. Ocupará el lugar 100, detrás de ganar las elecciones, conservar el cargo, colocar a parientes y amigos y un largo etcétera. Aparte de que los españoles seguimos también un poco presos de nuestros prejuicios. Asociamos China con fábricas malsanas y trabajo barato: “Está muy atrasada”, sostienen muchos despectivamente. “¿Que está muy atrasada?”, les digo. “¿Tú has estado allí?”. Porque en cuanto estás, ves que sus ciudades son como de ciencia ficción.

Pregunta. Y entonces pasas de despreciarla a temerla…

Respuesta. No tenemos término medio. Lo lógico sería abordar la relación desde el respeto, reconocer que tienen margen de mejora en algunos aspectos, pero mucho que enseñar en otros y cómo podemos entablar un intercambio mutuamente beneficioso.

Pregunta. Para algunos españoles, la imagen de los chinos estará eternamente asociada a los restaurantes baratos y las tiendas de todo a 100.

Respuesta. Sin duda y, hasta hace muy poco, China era muy pobre. Todavía oyes a muchos empresarios decir: “Estamos valorando expandirnos a mercados emergentes como China”. ¡Es que China está lejos de ser emergente! Es la segunda potencia mundial.

(Continúa la próxima semana)

Indignaos

Contra la indignación. Miguel Ors Villarejo

La Gran Recesión elevó la indignación a la categoría de valor político. Stéphane Hessel vendió millón y medio de ejemplares de un panfleto en el que invitaba a los jóvenes a tener su propio “motivo de indignación. Es algo precioso”.

El problema de la indignación es que es un sentimiento muy personal. A la mayoría de los europeos no nos importa que las mujeres vayan con la melena al aire, pero para muchos musulmanes es una obscenidad. Y dentro del mismo Occidente hay quien cree que el aborto es un crimen abominable y quien lo considera un derecho. ¿Cómo distinguimos la indignación buena de la mala?

Podríamos plantearnos no incomodar a nadie, pero entonces apenas podríamos movernos, como esos monjes jainistas que barren la senda por la que caminan para no pisar ningún insecto. En Canadá, la obsesión por no molestar llevó recientemente a una editorial a retirar de su catálogo un poemario en el que se describía el asesinato de una estudiante algonquina porque no había seguido “el protocolo indígena” y carecía del consentimiento de los familiares. La autora realizó en Facebook una estremecedora autocrítica en la que atribuía su imperdonable desliz, a pesar de ser ella misma de ascendencia algonquina, al “colonialismo y la onda expansiva del trauma intergeneracional”.

“¿En qué mundo”, se pregunta el periodista Jonathan Kay, “deben los poetas solicitar permiso para crear versos sobre otros? ¿Tuvo Homero que enseñar la escena de la muerte de Patroclo a Menecio y Esténele?”

Lo políticamente correcto se ha convertido en una amenaza para la libertad de expresión y aún tendría un pase si aplicara un único rasero, pero mientras resulta inconcebible menospreciar el protocolo indígena, los cristianos deben presenciar impertérritos cómo Javier Krahe cocina un crucifijo. Tampoco hay que excitarse cuando Dani Mateo se suena la nariz con la bandera española. Ahora bien, como le reprocha Carlos Herrera, ¿a que no lo hace con la del ISIS?

En realidad, reflexiona Juan Meseguer, “pronto se vio que no todos los indignados eran bienvenidos: se aplaudió a Ocupa Wall Street por plantar cara a los banqueros de la Gran Manzana, pero no gustó que el Tea Party protestara contra los impuestos de Obama”.

Sobre esta asimetría difícilmente puede levantarse “una sociedad de la que podamos sentirnos orgullosos”, como pretende Hessel. Debo decir que comparto su prevención por la serenidad. Alterarse es a veces un signo de salud mental. El neurólogo Antonio Damasio relata en El error de Descartes el extraño comportamiento de un paciente al que se había extirpado un tumor en el lóbulo frontal. Su cociente intelectual seguía en el rango superior y había incluso mejorado su autocontrol, pero no podía conservar un empleo ni una pareja. ¿Por qué? Con el tejido cerebral extirpado había perdido su capacidad emocional y, sin el auxilio de la ira, el miedo o la tristeza, todo se le antojaba chato y sin relieve. Vivía sumido en la indiferencia y la apatía.

Queremos un mundo de ciudadanos que vibren y se entusiasmen, se enfaden y lloren, pero conscientes también del lugar subsidiario que corresponde a esas pasiones. Como escribe José Luis Sampedro en el prólogo, ¡Indignaos! es “un grito, un toque de clarín que interrumpe el tráfico callejero y obliga a levantar la cabeza a los reunidos en la plaza”. Una vez cumplido su objetivo, debe, sin embargo, ceder el paso a un debate sereno y sin exclusiones. Ningún principio ha impulsado tanto la civilización como la tolerancia. Proscribir lo que nos fastidia es una pésima estrategia. Ideas que en su día nos escandalizaron (el movimiento de la Tierra, la circulación sanguínea, la teoría de la evolución) son hoy pilares de nuestro conocimiento. (Foto: Diego García, Flickr.com)

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Qué hacemos con la inmigración (3). Administrando el capital social. Miguel Ors Villarejo

En los años 90 el politólogo Robert Putnam denunció en el artículo “Bowling Alone” (“Solo en la bolera”) que los americanos habían ido reduciendo su participación en redes civiles (partidos, juntas vecinales, sindicatos, asociaciones de padres, incluso clubes de bolos) y que ello había socavado la confianza mutua (el “capital social”) y ponía en peligro la democracia.

Basaba su conjetura en dos décadas de estudio de la política italiana. Putnam había descubierto que no había grandes diferencias institucionales entre el norte y el sur, entre Milán y Sicilia. “Aunque todos esos Gobiernos regionales eran idénticos sobre el papel, sus niveles de eficiencia variaban drásticamente”, escribía. “La calidad […] venía determinada por las tradiciones de compromiso cívico (o su ausencia). La participación electoral, la lectura de prensa, la afiliación a coros y clubes de fútbol eran las señas de identidad de las comunidades ricas. De hecho […] lejos de ser un epifenómeno de la modernización socioeconómica, eran su condición previa”.

Posteriormente, en “E Pluribus Unum” Putnam alertó de que había detectado un fenómeno similar en las comunidades multiétnicas de Estados Unidos. La falta de trato directo, decía, impedía el desarrollo de capital social y comprometía, por tanto, su viabilidad. Es lo que ahora sostiene Paul Collier. Y lo que llevó el Imperio romano al colapso, según Niall Ferguson.

La socióloga Berta Álvarez-Miranda ha intentado evaluar hasta qué grado se ha reproducido este problema en las ciudades españolas que experimentaron una entrada explosiva de extranjeros. Sus conclusiones confirman que efectivamente “la diversidad étnica, a corto plazo, refuerza los procesos ya en marcha de pérdida de sociabilidad […] y contribuye a la desconfianza en los desconocidos”. En una investigación que dirigió entre 2000 y 2004, lo denunciaban tanto la población autóctona como la extranjera.

“Yo creo que la convivencia en general es nula”, se lamentaba un nativo. “Antes el barrio era un pueblo. Ahora vas del trabajo a casa y de casa al trabajo. No hablo ni con los vecinos ni con nadie, no hay relación”.

“Hay mucha prisa”, coincidía otro, “lo sé por la tienda. Antes la gente se paraba a hablar aunque no compraran, pero ahora va todo muy deprisa. Y no te digo ya si vas al Carrefour, ahí somos como robots”.

Un ecuatoriano era todavía más tajante: “Aquí nosotros no tenemos vida social, está aparcada hasta cuando regresemos a nuestro país”.

“Estas pinceladas de evidencia cualitativa”, escribe Álvarez-Miranda, “parecen dar la razón a la tesis de Putnam de que en las zonas étnicamente diversas […] los residentes […] pueden tender a aislarse”.

Ahora bien, ¿pone en peligro la convivencia esta ausencia de trato personal? En realidad, en las economías avanzadas el capital social emana sobre todo del correcto funcionamiento de las instituciones y del respeto de la legalidad. La gente participa en los juegos de cooperación no solo porque se fíe del vecino, sino porque su violación se castiga, y los primeros en reclamar que así suceda son los extranjeros, porque lo que vienen persiguiendo es ese orden. Álvarez-Miranda cuenta que, cuando le preguntas a un marroquí por qué emigra a Europa, la primera respuesta es “para buscarme la vida” y la segunda, “por los derechos”. Dos jóvenes que intentaron (sin éxito) cruzar el estrecho, la primera vez a nado y la segunda colgados de los bajos de un camión, justificaban los apuros padecidos alegando que “ahí tienen leyes”. Y añadían: “Te juro que si nuestro país reconociera nuestros derechos no nos iríamos jamás”.

A pesar de tensiones puntuales, la inmensa mayoría de la población (autóctona y foránea) no tiene ningún interés en que la cohabitación fracase y es improbable que asistamos a un nuevo derrumbe del Imperio de Occidente, como vaticina Ferguson. La diversidad tampoco ha socavado los pilares de la civilización, como afirma Collier. “Las encuestas no recogen una caída en los niveles de confianza en los países escandinavos, que son los que más inmigración han recibido”, confirma Juan Carlos Rodríguez.

Sin embargo, la radicalización de algunos musulmanes refleja una inquietante disfunción. El sociólogo Héctor Cebolla insiste en que “Europa nunca fue una Arcadia ideal”, “que ya generaba injusticias antes” y que simplemente “estamos reproduciendo los errores de siempre en personas con un trasfondo diferente”. Pero ni los terroristas de las Torres Gemelas ni los de Londres eran víctimas especiales de la exclusión. “No hay una vinculación obvia entre el estatus socioeconómico y ese tipo de violencia”, señala Juan Carlos Rodríguez.

¿Cuál es entonces la clave? ¿La religión? (Foto: Giulietta Riva, Flickr)

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Por qué los chinos se nos van a comer con puerros. Miguel Ors Villarejo

Hace poco se coló una serpiente en una residencia de estudiantes de ingeniería industrial de Chongqing. La noticia no menciona de qué especie se trataba ni si era o no venenosa, pero el animalito superaba el metro de largo. No me puedo ni imaginar mi reacción si, durante mi efímera estancia en la Maison de l’Asie du Sud-Est de París, se hubiera metido una inofensiva culebra en la habitación que compartía con mis amigos Jesús y Fernando. Es verdad que habría sido difícil advertir su presencia. Éramos lo que Peter O’Rourke llama “auténticos solteros”, o sea, “un grupo selecto, sin obligaciones personales ni ataduras sociales ni dos calcetines iguales”. Como O’Rourke, creíamos firmemente que una casa se limpiaba “como regla general una vez por novia”, de modo que nos movíamos sobre un grueso sedimento de camisetas arrugadas, restos de comida, cholas desparejadas, folletos turísticos y perchas de alambre. Debajo de aquel caos no es descartable que hubiera animales vivos (o muertos), pero la mayor parte del tiempo estábamos demasiado ocupados discutiendo y bebiendo para prestar atención.

Ahora bien, si hubiéramos reparado en que algo sospechoso se arrastraba por el suelo, dudo que ninguno se hubiera quedado lo suficiente como para averiguar si era un reptil, un mamífero o un marsupial. Los españoles tenemos otras virtudes, pero no nos caracterizamos por una intensa curiosidad científica, como pone de manifiesto nuestro escueto palmarés de premios Nobel.

Los chinos son diferentes. Cuando Ipsos les preguntó el año pasado si se sentían muy presionados para triunfar en la vida, casi siete de cada 10 reconocieron que sí. A esa misma cuestión respondieron afirmativamente apenas cuatro de cada 10 españoles y tres de cada 10 italianos. La principal causa de muerte entre los jóvenes europeos son los accidentes de tráfico, generalmente como consecuencia de una noche de juerga. En China es el suicidio, generalmente como consecuencia de la alta exigencia académica. Tras analizar 79 casos de escolares que se habían quitado la vida, un informe concluyó hace unos años que el desencadenante de casi todos los episodios (el 92%) había sido el estrés asociado con los estudios. “En Mongolia Interior”, escribe el Wall Street Journal, “un alumno se tiró por la ventana tras enterarse de que sus notas habían empeorado; otro chico de 13 años de la provincia de Nankín se colgó porque no pudo acabar las tareas, y una niña de Sichuan se cortó las venas e ingirió veneno después de que le comunicaran el resultado de las pruebas de acceso a la universidad”.

El ambiente en las residencias chinas de estudiantes tiene, por todo ello, poco que ver con el de nuestra habitación de la Maison de l’Asie du Sud-Est, pero, claro, la serpiente de Chongqing no podía saberlo. Los cachorros de ingeniero se abalanzaron sobre ella, la despellejaron, la trocearon y la cocinaron en un wok con puerros, dátiles rojos, ginseng y peladura de naranja. (Foto: Jo Heirman, Flickr)

CCTV

¿Son suficientes 60 centímetros de papel higiénico para una visita al baño? Miguel Ors Villarejo

Una tira de papel higiénico de 60 centímetros parece más que suficiente para una visita al cuarto de baño. Así lo consideran las máquinas dispensadoras que han instalado las autoridades de Pekín en los servicios públicos del Templo del Cielo. Un escáner identifica el rostro del usuario y, si vuelve a por más antes de nueve minutos, se lo niega: “Inténtelo más adelante, por favor”.

Asia es la región del planeta donde la tecnología de reconocimiento facial está más extendida. “Ni se le ocurra cruzar una calle fuera de un paso de cebra en Jinan”, advierte Rene Chun en The Atlantic. Decenas de cámaras escrutan a los peatones y, en cuanto detectan a un infractor, proyectan su imagen en una gran pantalla para escarnio público. Además, cotejan sus rasgos con los archivos biométricos oficiales y, al cabo de un rato, contactan con él para brindarle tres opciones: una multa de unos cuatro euros, un breve curso de refresco sobre seguridad vial o 20 minutos con un agente municipal, ayudándole a dirigir la circulación.

“El sistema parece que funciona”, escribe Chun. “Desde mayo [de 2017] las violaciones en una de las principales intersecciones de Jinan han pasado de 200 a 20 al día”. La policía está tan satisfecha, que el Ministerio de Seguridad Pública ha propuesto la creación de una red de videovigilancia “omnipresente, completamente interconectada, permanentemente encendida y totalmente controlable”. La consultora IHS Markit calcula que hacia 2020 China tendrá instaladas 626 millones de cámaras. “En algunas ciudades ya se puede lograr una cobertura del 100%”.

Naturalmente, semejante despliegue no busca únicamente mejorar el tráfico. “El Gobierno cree que un mayor grado de control no solo es deseable, sino posible”, escribe Adam Greenfield. En junio de 2014, el Consejo de Estado de la República Popular hizo público un documento titulado “Esquema de planificación para la construcción de un sistema de crédito social” cuyo objetivo es generalizar “una cultura de la sinceridad” que “permita a la gente honesta moverse por donde quiera y dificulte a la deshonesta dar un paso”.

El mecanismo está inspirado en el scoring de la banca, una puntuación elaborada a partir del historial laboral y de pagos de cada cliente que determina si se le concede o no una hipoteca y en qué condiciones. La idea de los chinos es aprovechar la avalancha de información que hemos volcado ingenuamente en el ciberespacio para extender el scoring a todos los órdenes. Cada persona dispondrá de un “crédito cívico” que subirá o bajará en función de su comportamiento. Si coge “el transporte público para ir al trabajo en vez del vehículo particular, si recicla regularmente o incluso si denuncia la actuación indebida de algún vecino, su crédito se ampliará y disfrutará de privilegios como el alquiler de apartamentos sin fianza o el acceso a plazas en colegios exclusivos”, escriben Anna Mitchell y Larry Diamond. Pero quienes asistan a “un mitin subversivo o a un servicio religioso, o frecuenten antros de perdición”, algo que hoy no es difícil de establecer gracias a los móviles geolocalizados y a la videovigilancia, pueden ver muy limitados sus movimientos. La ONG Human Rights Watch denunció en diciembre que al abogado Li Xiaolin se le prohibió abordar un vuelo nacional porque un tribunal juzgó “insincera” su autocrítica tras una falta no divulgada. Y el disidente Liu Hu no puede ni contratar préstamos ni viajar en la red de alta velocidad a pesar de que teóricamente ya ha saldado todas sus cuentas con la justicia.

“Si no combatimos y derrotamos esta tendencia”, alerta Greenfield, “lo que está emergiendo en China podría convertirse en el anticipo de cómo se mantendrá el orden en las ciudades del siglo XXI”.

Y en ese caso, igual los 60 centímetros de papel higiénico no son ya suficientes. (Foto: Billy Curtis, Flickr)

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El hilo rojo invisible. Gema Sánchez.

Wang tiene 25 años, es un joven urbanita y moderno que está a la última en aplicaciones para el móvil y en música actual. Tiene un empleo estable, aunque con una remuneración algo baja para el gusto de su familia. Aun así, ha llegado muy lejos si se compara con su padre, un campesino que emigró a la ciudad, donde ahora regenta una pequeña tienda. Su madre le dice que todavía no es un buen partido, que debe conseguir un trabajo con mayor salario para poder tener una vivienda en propiedad, sólo así tendrá posibilidades de encontrar una novia y casarse. Como él, miles de jóvenes chinos sufren la presión familiar.

Cuando Wang nació, en China estaba en vigor la política del hijo único y las parejas en edad fértil preferían ser padres de un varón puesto que, según la tradición, a los ancianos les cuidan el hijo y la nuera. Ambas circunstancias produjeron un brusco descenso en el número de niñas, de forma que, a día de hoy, son millones los jóvenes que no encuentran pareja. Se calcula que en unos tres o cuatro años habrá millones de hombres, especialmente en el ámbito rural, que no encuentren esposa, con las dramáticas consecuencias que esto conllevará desde el punto de vista demográfico y sociológico.

A día de hoy, las chicas tienen muchas opciones para elegir marido, así que ponen el listón muy alto: un buen sueldo, una vivienda, un coche… símbolos de estatus e indicadores de la “valía” del candidato. Sin embargo, todo esto debe conciliarse con otra costumbre que dice que las bodas deben unir a “familias con puertas del mismo tamaño”, es decir, de una condición social parecida. Sobre esta base, se asientan muchos de los matrimonios concertados que todavía siguen celebrándose en China.

Con este panorama, a Wang y a otros muchos chinos de su generación, no les queda otro remedio que presentar su “currículo” para competir en la búsqueda de esposa. Los avances tecnológicos también han llegado al terreno de las relaciones amorosas, de forma que son miles los que buscan pareja para casarse a través de páginas de contactos. Una forma aséptica de postularse como novio ideal o, en el caso de las chicas, de poner condiciones y exigencias durísimas (desde la altura o la forma de la cara, hasta la manera de hablar o reírse, sin olvidar el tipo de trabajo, por supuesto). Los formularios que deben rellenar los aspirantes para ser clasificados en estas Web son extensísimos y sumamente detallados, tanto que algunos no saben bien cómo responder para obtener mejor nota. Vistos estos nuevos métodos, los cartelitos que los padres colocan en el famoso Parque del Pueblo de Shanghái, describiendo las innumerables bondades de sus hijos, resultan cuanto menos enternecedores.

Uno podría preguntarse, ¿entonces dónde queda el romanticismo que destilan todas esas películas tan de moda en China? Tal vez la respuesta sea que, en muchos casos, debe quedar para después, cuando los interesados y sus familias puedan respirar tranquilos, una vez que el matrimonio esté más o menos asegurado y pueda ser beneficioso para todos. Sin embargo, este pragmatismo no garantiza la felicidad en la pareja, no en vano la cifra de divorcios en China aumenta con los años. Todo esto parece que pone en entredicho aquel viejo proverbio chino que decía: “Un hilo rojo invisible conecta a aquellos destinados a encontrarse a pesar del tiempo, el lugar y las circunstancias. El hilo se puede apretar o enredarse, pero nunca se romperá”. Habría que añadir: si es que hay hilos rojos para todos.