Camera 360

Trump tropieza (otra vez) con la realidad

Cuando en marzo de 2001 los talibanes demolieron los Budas de Bamiyán, miles de miradas se giraron hacia George W. Bush, pero este no movió un dedo. Durante la campaña, en uno de los debates que mantuvo con Al Gore, ya había advertido que no compartía “el uso de las tropas” que la Casa Blanca estaba haciendo y que él sería más “cuidadoso”. No mencionó Afganistán ni Al Qaeda, pero en diplomacia no es necesario ser explícito. La opinión pública interpretó correctamente que el nuevo presidente se replegaba de la escena internacional.

Hasta que Bin Laden le tiró las Torres Gemelas. En ese momento Bush se dio cuenta de que nada humano le era ajeno y de que si Estados Unidos no iba a Afganistán, Afganistán acababa yendo a Estados Unidos.

Quince años después, Donald Trump ha vuelto a rehacer el mismo camino. Tras señalar que Siria “no es asunto nuestro” y desaconsejar a Barack Obama que la atacara, acaba de destruir la base desde la que partieron los aviones que gasearon el pasado 4 de abril la localidad de Khan Sheikhoun.

La psicología de dictadorzuelos como Bachar el Asad es bastante elemental. Son como un niño pequeño: prueban los límites de los padres hasta que les cae un coscorrón; entonces se paran. Por desgracia, Obama no era mucho de dar coscorrones (o de que se le viera dándolos) y en Damasco se habían ido envalentonando, especialmente después de comprobar cómo la amenaza de que no toleraría el uso de armas químicas se quedaba en papel mojado.

Henry Kissinger ya advirtió en su día que esta retractación era muy inquietante, sobre todo porque no la consideraba un hecho puntual, sino la manifestación de un malestar más hondo. “La diplomacia y el recurso a la fuerza no son acciones aisladas”, razonaba en The Atlantic hace unos meses. “Están vinculadas”, lo que significa que “la otra parte de una negociación debe saber que hay un punto de inflexión más allá del cual pasarás a imponer tu voluntad. De lo contrario, estás condenado al bloqueo o la derrota”.

El problema es que, para ir más allá de ese punto, deben darse tres condiciones. Estados Unidos reúne dos: “una capacidad militar adecuada” y “la voluntad táctica de desplegarla”, pero ha perdido la tercera: “una doctrina que alinee los valores del poder y la sociedad”.

Durante la Guerra Fría hubo plena sintonía entre políticos y ciudadanos: por eso se derrotó a la Unión Soviética. Pero en Vietnam e Irak “fuimos demasiado lejos”, dice Kissinger, “porque nuestra acción armada no se había adecuado ni a lo que los votantes podían soportar ni a una estrategia para la región”. Como Obama, muchos americanos piensan que la democracia no se puede defender vulnerando los valores que la inspiran. Cada vez que Washington apoya a un dictador o derroca a un líder legítimo, se enajena la simpatía de la opinión pública y socava su propia base de autoridad. De acuerdo con esta doctrina, sigue Kissinger, “el mejor modo en que Estados Unidos puede contribuir a la difusión de sus principios es retirándose de aquellas regiones donde únicamente podemos empeorar la situación”. Eso es lo que se hizo en Siria.

Esta actuación exterior tiene una justificación ética endeble, por no decir que hipócrita. “Obama ha efectuado bombardeos similares [a los de Camboya en 1969] con drones en Paquistán, Somalia y Yemen”, observa Kissinger. Pero sobre todo supone una transformación radical. Desde Harry Truman, todos los presidentes han coincidido en la necesidad de involucrarse en los acontecimientos internacionales. Existía una “visión clara” de lo que era el “orden pacífico” y “nadie cuestionaba que nos sacrificaríamos para preservarlo”. Se estacionó un gran ejército en Europa y se enviaron portaaviones al golfo Pérsico y al estrecho de Formosa.

Con Obama esa determinación se tambaleó. Por primera vez desde los años 40 la implicación de Washington en el resto del planeta dejó de estar garantizada.

Trump ha vuelto a poner las cosas en su sitio. A ver lo que dura.

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INTERREGNUM: Putin se cuela en Palm Beach

No parece probable que Xi pensara en Siria mientras su avión aterrizaba en Palm Beach. Alguna pequeña cesión tendría que conceder a Trump en materia comercial, y la discusión sobre Corea del Norte resultaría inevitable, especialmente tras su penúltimo lanzamiento de un misil solo horas antes. Seguramente el presidente norteamericano también querría hablar del mar de China Meridional. Pero, ¿Siria?

El bombardeo de Estados Unidos ha transformado sobre la marcha el contexto de la cumbre Trump-Xi. Aun sin esperarse grandes decisiones—Trump carece aún de una política elaborada sobre China y del equipo correspondiente; Xi tiene que evitar sorpresas antes del Congreso del Partido Comunista en otoño—este primer encuentro entre los dos principales líderes mundiales podía ser determinante de la percepción de los países asiáticos sobre el cambio de equilibrio de poder entre ambas potencias. El lanzamiento de misiles sobre Siria ha alterado, sin embargo, la agenda.

La decisión de Washington no se ha tomado sin pensar en su invitado chino—y en Corea del Norte. De un plumazo, la idea sostenida por algunos estrategas chinos de que Estados Unidos es un “tigre de papel”—expresión utilizada en su día por Mao Tse-tung—ha desaparecido del mapa. Opciones con respecto a Corea del Norte que parecían descartadas pueden cobrar nueva vida. Al mismo tiempo, Washington puede necesitar a Pekín para nuevos fines.

La evolución de los acontecimientos en Siria puede conducir, finalmente, a un consenso sobre el desafío geopolítico que representa Vladimir Putin. Más allá de su guerra híbrida contra Occidente, manipulando la información e interfiriendo en procesos políticos internos, su estrategia de ocupar los vacíos dejados por Estados Unidos quizá haya superado el punto de no retorno. El curso de la guerra siria, ha confesado Trump, le ha hecho cambiar de opinión sobre Assad, sobre Oriente Próximo y también—se entiende—sobre Putin.

Antes de nacer, ya puede darse por muerta la posibilidad de un entendimiento con el presidente ruso. Trump va a necesitar a la OTAN—que deja de ser “obsoleta”—y a la Unión Europea, pues también es una batalla por valores y principios políticos. Pero no puede encontrar mejor “aliado” que Xi, para quien la estabilidad del orden internacional es una absoluta prioridad.

Algunos analistas comparaban la cumbre Trump-Xi con el primer viaje de Nixon a Pekín, que, en 1972, supuso el principio del fin de la guerra fría. Quizá no sea casualidad que Henry Kissinger esté asesorando a la administración Trump, ni tampoco que Steve Bannon haya dejado el Consejo de Seguridad Nacional la víspera de la llegada de Xi. Mucho dependerá de la respuesta de Rusia a los misiles norteamericanos, pero, como cabía prever, los hechos empiezan a cambiar a Trump, más que Trump al mundo.

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Trump pide paso

El bombardeo por la Armada de Estados Unidos de  la base siria de la que partieron los aviones que realizaron el ataque con armas químicas contra una posición de los rebeles al Gobierno de Bachar el Assad, supone una carta de presentación de EEUU en el nuevo panorama internacional tras los titubeos de Obama y las bravatas, mezcladas con anuncios del repliegue sobre sí mismo, del propio Donald Trump. Como dice Miguel Ors en esta publicación, el presidente se ha tropezado con la realidad.

No se trata tanto de analizar los detalles que han precedido a la intervención de Estados Unidos ni qué elementos han rodeado a la inmensa estupidez del crimen del Gobierno sirio y cómo ha situado a la propia Rusia en un terreno incómodo. Lo realmente significativo es el giro que supone que Estados Unidos se haya hecho presente directamente en un escenario del que se había alejado, que anuncia que está dispuesto a llevar a cabo nuevas acciones similares y, lo que es más importante, que la Casa Blanca ha comenzado a deslizar un mensaje que rompe el consenso europeo de resignación que significaba aceptar que una solución del conflicto pasa por pactar con el dictador, postura que ha venido convirtiendo a Rusia en el líder de la supuesta pacificación. Trump irrumpe en la partida con cartas nuevas.

Sin embargo, aunque no ha mostrado su juego, que sean cartas nuevas no significa que sean buenas. Frente al dictador y sus crímenes hay una multitud de bandas y bandos que compiten en criminalidad con el Gobierno de Damasco y que, además, suponen una mayor desestabilización y amenaza para la región y para el equilibrio internacional. Ahora bien, la situación de placet a El Assad que significaba la situación anterior y que aún sigue vigente, supone por su parte, la consolidación de un eje Teherán-Moscú con apoyo en Hizbullah que sitúa en un mismo lado, aunque pueda parecen sorprendente, a Israel, Arabia Saudí, Egipto, Jordania, Estados Unidos y, si reflexiona un poco, a la Unión Europea.

Cambiando de metáfora lúdica, Trump ha dado una patada al tablero y quiere uno nuevo para el que no tiene piezas suficientes, pero que va a necesitar que Europa, es decir, básicamente Alemania y Francia, se sienten un definir un papel claro y lo defienda con determinación. El conflicto sirio no se circunscribe a Siria sino que se extiende a Irak, llega en sus alianzas hasta Yemen y repercute en una Palestina que en la práctica funciona como dos países; Gaza y la llamada Cisjordania. Si no se analiza el escenario en su conjunto las medidas pueden ser parciales, y no hay pruebas de que Trump lo haya analizado en toda su complejidad.

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El mundo está de cabeza

Washington.- Cuando en el 2015 Obama firmo el acuerdo de París, para los ecologistas y para los que creemos que tenemos una responsabilidad con el planeta que habitamos, nos dió la impresión de estar entrando a una nueva etapa de mayor conciencia, pues finalmente Estados Unidos se sumaba a la lista de las naciones que regularían la emisión de gases para intentar prevenir el calentamiento global.

Pero la era verde duró poco. El martes pasado, el presidente Trump, en su afán por acabar cualquier legado de su predecesor ha desmantelado la política ambiental de la Administración anterior con la Orden Ejecutiva de Independencia Energética. Rodeado de un grupo de mineros del carbón, Trump ha dejado claro una vez más que su prioridad es hacer que la economía florezca y recuperar puestos de trabajo, al precio que sea. Mientras tanto, China parece estar aprovechando este vacío que está dejando el primer país del mundo para hacerse con el protagonismo verde del planeta.

El histórico acuerdo de París compromete a los gobiernos a diversificar sus combustibles más allá de los fósiles, para intentar contener el aumento de la temperatura global. Razón por la que la comunidad científica está preocupada, porque esta nueva orden de Trump es una negación del cambio climático y claramente una nueva línea directiva de esta administración. Y Estados Unidos, junto con China, son los mayores contaminantes del planeta, con el 40% de la responsabilidad de la emisión del mundo. En otoño pasado la ratificación del acuerdo de París por ambos países fue un hito histórico en la lucha climática, que para entonces lideraba Estados Unidos, al que China se había sumado.

Para China asumir el compromiso del acuerdo de París representa un esfuerzo significativo, pues su economía está desarrollada en base al carbón, por lo que cambiar esa dependencia les costará mucho tiempo y dinero. De momento, están trabajando para reducir el 20% del uso de combustibles fósiles para llegar a las emisiones permitidas en 2030. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, la polución es el mayor riesgo ambiental mundial para la salud y “sigue aumentando a un ritmo alarmante”. La polución en China es tan grave que constituye la principal causa de muertes prematuras por enfermedades cardiovasculares y respiratorias.

El gobierno chino aparentemente no solo está tomando muy en serio sus compromisos con el calentamiento global, sino también un nuevo rol de protagonismo mundial que le permite figurar más en el escenario internacional.

Parece que la irreverencia y particularidad del gobierno de Trump, muy a pesar de sus múltiples afirmaciones contra China, están favoreciendo el crecimiento del protagonismo internacional del dragón rojo, que empezó en la esfera estrictamente económica con la negación de Washington a formar parte del TPP, lo que otorga sutilmente a Pekín su participación; y sigue en el panorama, en el que el Estado socialista parece también estar oportunamente aprovechando el cambio de dirección de Trump para acercarse a Europa.

El comisario europeo para el Clima y la Energía, Miguel Arias Cañete, lamentó a finales de la semana pasada en Beijing la postura de la nueva Administración estadounidense, pero a la vez afirmó que China y la Unión Europea deben mostrar un liderazgo conjunto en materia climática e impulsarán la batalla global contra el cambio climático. Para Europa es clave contar con China, por un lado, por ser el mayor contaminante del planeta, pero, por otro lado, contar con el apoyo de otra economía grande, y que mejor que la segunda del planeta, para que la agenda de París llegue a materializarse. Sin perder de vista que Europa ve en China un mercado con un potencial inagotable.

Si algo caracteriza a China es estar atenta a las oportunidades para convertirse en el proveedor bien sea de productos, de mano de obra muy económica, o de ceder espacios a negocios que quieran instalarse en su tierra, con una flexibilidad sin competencia, pues el gobierno, con un solo partido, puede ajustar su legislación para favorecer la entrada de empresas. Todo a cambio de dinero, lo que los ha convertido en el capitalismo más salvaje del planeta.

El mundo parece estar de cabeza. El presidente de Estados Unidos decide seguir un camino no ecológico para favorecer el empleo en la industria del carbón, pero el Washington Post afirmó que los dueños de las plantas de carbón están cambiando al uso del gas natural y otras plantas están cerrando. Según el Departamento de Energía estadounidense, desde el 2006 el uso del carbón ha caído en un 53% y el uso de gas natural ha aumentado un 33%. Sin embargo, el presidente Trump prefiere retroceder en los acuerdos verde y liberar a las industrias de sus obligaciones con el medio ambiente, si con ello podría generar nuevos empleos.

Mientras Estados Unidos se cierra a los tratados económicos multilaterales, los países del Pacífico miran con esperanza a China como una especie de salvavidas al TPP. En cuanto a los acuerdos ambientales, la Unión Europea apuesta por convertir a China en su aliado para sacar adelante el acuerdo de París. Y mientras tanto Xi Jinping aprovecha cada aparición internacional para jugar su carta de salvador de las locuras de Trump y catapultar a China como la nueva primera nación del planeta. ¡A rey muerto, rey puesto!

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Pyongyang y el desafío del juego del que nada pierde

Washington.- Corea del Norte ha estado más de medio siglo bajo sanciones de Naciones Unidas y lejos de restringir sus tendencias provocadoras parece que el efecto es, de hecho, contrario, o al menos eso es lo que parece haber pasado desde que le presidente Trump tomó posesión de la Casa Blanca. Con el tercer lanzamiento de un misil, aunque fallido, el pasado miércoles 22, Pyongyang ha respondido de esta manera a la visita del secretario de Estado Tillerson a la región del Pacifico. Este juego del que nada tiene que perder es realmente peligroso, pero ¿hasta dónde están dispuestos a llegar los coreanos del norte?

De acuerdo con el más reciente informe de Naciones Unidas, la mayoría de la población de Corea del Norte carece de asistencia sanitaria básica; el 41% de su población está desnutrida, y más del 70% de sus ciudadanos depende de la distribución de alimentos por organizaciones de ayuda humanitaria. Estas ONGs han sufrido una reducción considerable de sus presupuestos desde el 2012, año en que Pyongyang decidió reactivar su carrera misilistica.

Kim Jong-un no tiene nada que perder; gobierna un país muy atrasado en el que su población solo recibe la información y la propaganda del Estado, donde justifican el gasto nuclear como una necesidad imperiosa de poder reaccionar ante una ofensiva estadounidense. Todo esto mientras llaman títeres del imperio de los Estados Unidos a los coreanos del sur.

Choe Myong Nam, representante diplomático de Corea del Norte ante la sede de Naciones Unidas en Ginebra, afirmó a mediados de la semana pasada que no temen a ninguna maniobra que Estados Unidos esté intentando para imponer más sanciones en el sistema económico global, como el bloqueo de transacciones internacionales. Pyongyang continuará desarrollando su capacidad de ataque preventivo con la aceleración de su programa de misiles balísticos intercontinentales. Lo que hace evidente que los mecanismos diplomáticos, como las sanciones, les molestan pero no les detienen. En la página web de KCNA (agencia oficial de noticias de Corea del Norte) apareció publicado, justo después de la visita de Tillerson, un análisis de un grupo de abogados del régimen en el que solicitan un foro que determine la legalidad y legitimación de las sanciones que les han sido impuestas. Otra prueba de como juegan a una diplomacia paralela.

Kim Jong-un, el tercer líder supremo de la dinastía Kim que comenzó con su abuelo Kim il-Sung, a quien se le otorgó el título de “Presidente Eterno” sucedido por su padre Kim Jong-il , en cuyo caso el título es de “Eterno Secretario General” de la comisión nacional para la defensa, ha continuado con el plan inicial de la dinastía de mantenerse al precio que sea, pero además parece estar radicalizando su posición cada vez más.

Oficiales del Pentágono creen que habrá otro lanzamiento de misiles antes del fin del mes de marzo, razón por la que se mantienen la alerta de cuál será el objetivo, y confían en que el escudo antimisiles sea capaz de neutralizarlos. Imágenes satelitales han captado excavaciones de nuevos túneles en los alrededores de Punggye-ri, área donde se han hecho previamente pruebas nucleares, por lo que la inquietud es alta.

Otra medida que ha tomado el gobierno estadounidense es el patrullaje de la zona con el Air Force WC-135 Constant Phoenix, que ya se encuentra en Japón listo para empezar su misión. Este avión está especializado en capturar partículas en la atmosfera que puedan ayudar a determinar explosiones nucleares. El “sabueso”, por su nombre en el argot militar, ya fue usado en el 2006, cuando Corea del Norte hizo su primer lanzamiento nuclear, en el que se llegó a determinar la presencia de desechos radiactivos.

Estados Unidos está perdiendo la paciencia con los juegos del osado régimen. Míster Trump no es conocido precisamente por su carácter diplomático y conciliador. La clave de este entramado está en Beijing y en su disposición de parar a Kim Jong-un. El encuentro de Tillerson con el presidente chino Xi Jinping abrió una nueva fase de relaciones bilaterales y se sabe que el gobierno chino puso énfasis en las coincidencias entre ambos países y la necesidad de una mayor comunicación, mientras que Tillerson le pidió reforzar las relaciones y manejar apropiadamente los temas delicados, refiriéndose a Pyongyang.

Tal vez sea esta crisis la que acerque a China y Estados Unidos. O tal vez sea China quien aproveche la necesidad que tiene Washington de un mediador con Kim Jong-un, y a cambio reciba el beneplácito de Trump para penetrar en más mercados y enriquecer aún más a su economía. Mientras Estados Unidos se cierra con el proteccionismo, paradójicamente China se abre deliberadamente.

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Ni tanto ni tan calvo

En la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, el ministro iraní de Asuntos Exteriores Mohamad Yavad Zarif planteó abrir un diálogo “entre hermanos” para abordar los conflictos de Oriente Próximo. “La escalada de la violencia que padece [la región] hunde sus raíces en la constante presencia de tropas extranjeras”, proclamó, como si el golfo Pérsico hubiera sido alguna vez un remanso de paz y sus habitantes necesitaran ayuda exterior para liarse a tortas.

Yavad Zarif trazó un paralelismo con la Guerra Fría y sugirió emular el proceso de Helsinki, en el que Occidente y el bloque soviético fueron aproximando posiciones pacientemente hasta converger en la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Un “modesto foro” como aquel, señaló Yavad Zarif, podría “fomentar la confianza” y “promover el entendimiento en un amplio espectro de temas”.

Esta invitación al diálogo suena inevitablemente cínica en boca del representante de un régimen que lleva años atizando el fuego en Irak, Siria, Yemen, Líbano o Israel, y nadie en Múnich lo tomó demasiado en serio. Pero eso no significa que la solución consista en tensar más la cuerda, como parece dar a entender la Administración Trump, con sus amenazas de reconsiderar el acuerdo nuclear o de “dar un aviso” a Irán.

“Adoptar posiciones maximalistas al inicio de una transacción”, escriben Ross Harrison y Alex Vatanka en Foreign Affairs, “puede ser una estrategia efectiva” en el sector inmobiliario. Los empresarios de la construcción ponen sobre la mesa propuestas que saben inasumibles para la otra parte y entran en un toma y daca de ofertas y contraofertas hasta alcanzar un acuerdo. Por desgracia, esta técnica no es “transferible a las complejidades de las relaciones exteriores”, porque “no siempre hay abierto un proceso formal de negociación en el que uno pueda desdecirse” sin aparentar debilidad. Barack Obama se comió con patatas su advertencia de que no toleraría el uso de armas químicas en Siria y el propio Trump ha tenido que rectificar su decisión de abandonar la doctrina de una sola China.

En la Casa Blanca están convencidos de que Teherán es el malo de la película y quizás lleven razón, pero lo que pueden hacer al respecto es limitado. No solo no van a organizar una invasión, sino que necesitan la ayuda de Irán para combatir al ISIS y difícilmente la lograrán lanzando bravatas inverosímiles.

“Trump debe empezar por admitir dos realidades”, dicen Harrison y Vatanka. “La primera es que Oriente Próximo está enredado en un entramado de conflictos que involucran a multitud de actores” y “no puede aislar a Irán del resto de las piezas” sin poner en peligro los intereses estadounidenses.

La segunda es que los ayatolás se las han arreglado hasta ahora para sortear las iniciativas unilaterales de Washington, pero “son más vulnerables a la presión de la comunidad internacional”. Pueden permitirse andar a la greña con Estados Unidos, pero no con todo el planeta. “En otras palabras”, concluyen, “la forja de alianzas es el camino más seguro que Trump puede tomar […] para cumplir su compromiso de erradicar al ISIS” y, simultáneamente, contener a Irán.

Juego atomico

INTERREGNUM: Tillerson, misión imposible

Como resultaba previsible, Corea del Norte se ha convertido en el desafío internacional más inmediato que debe gestionar la administración Trump. Dos ensayos nucleares el pasado año, el rápido incremento de pruebas de misiles—cinco lanzamientos desde principios de año—, y el probable éxito en la miniaturización de cabezas nucleares, agrava la percepción de amenaza en la península coreana y, por tanto, la urgencia de una respuesta.
Desde la perspectiva de Washington es razonable concluir que 20 años de esfuerzos diplomáticos no han conducido a avance alguno. China, Japón y Corea del Sur con seguridad comparten el diagnóstico de que el statu quo solo beneficia a Pyongyang. Pero, ¿cuáles son las alternativas? ¿Es posible un frente diplomático común sobre la base de una nueva aproximación al problema?

Tantear los elementos de un consenso ha sido el principal objetivo de la primera visita a Asia de Rex Tillerson, la semana pasada. “Todas las opciones están encima de la mesa”, dijo el secretario de Estado en su primera comparecencia ante la prensa. Pero si se abandona la “paciencia estratégica” seguida por Estados Unidos desde mediados de los años noventa, ¿hay soluciones intermedias entre las negociaciones directas y el uso de la fuerza? Con respecto a esta última Washington se encontraría solo, además de resultar difícilmente factible dado el daño que Corea del Norte podría causar a una metrópolis como Seúl, a sólo 70 kilómetros de la frontera, así como a las tropas norteamericanas residentes en el país. Una política de negociación sí contaría con el apoyo de las restantes potencias del noreste asiático; no obstante, las prioridades de Tokio, Seúl y Pekín no son necesariamente las mismas de la administración Trump.

En último término, Estados Unidos parece considerar que lograr una mayor presión de China sobre Pyongyang es la clave. Se trataría entonces de persuadir a Pekín, bien de manera coercitiva—por ejemplo, incluyendo en un nuevo paquete de sanciones a bancos y empresas chinas que negocian con Corea del Norte—, bien diplomáticamente, convenciendo a sus autoridades de lo insostenible de la situación para la estabilidad regional. El problema es que la declarada hostilidad de la administración Trump hacia la política comercial china, y el despliegue de sistemas de defensa antimisiles en Corea del Sur y Japón—hecho considerado por Pekín como una “provocación”—no facilita esas intenciones. Como ya descubrió George W. Bush en 2002, todos los caminos a Pyongyang pasan por Pekín. Los mensajes en Twitter del presidente, como el de retomar la venta a Taiwán de un programa de armamento bloqueado en su día por Obama, lanzado solo horas antes de aterrizar Tillerson en Pekín, tampoco ayudan a la causa del jefe de la diplomacia norteamericana.

El desafío norcoreano es, pese a su urgencia, uno de los muchos asuntos que definen la relación entre China y Estados Unidos. Los líderes de la República Popular, como el resto de sus Estados vecinos, necesitan saber qué política asiática va a seguir Trump. Difícilmente habrá movimientos decididos mientras no haya un contexto predecible, con un conocimiento directo de las intenciones de unos y otros. Tillerson, recién llegado al mundo de la diplomacia, ha asumido una tarea imposible, cuyas posibilidades de desbloqueo quedan sujetas a las conclusiones que interiorice Xi Jinping tras su encuentro con Trump en Florida a principios de abril.

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Ansiedad sobre Corea del Norte

Washington.- A poco más de dos meses que la Administración Trump tomó el poder, el Secretario de Estado Rex Tillerson, hace su primera visita oficial a la región de Asia Pacifico, en un momento de gran tensión después de que Estados Unidos comenzara a realizar ejercicios militares en la zona, simultáneamente a la intensificación de su presencia para dejar por sentado que seguirán del lado de sus aliados históricos Japón y Corea del Sur. Todo esto como respuesta a los misiles que Corea del Norte lanzó el pasado seis de marzo. Finalmente, parece que la política exterior estadounidense empieza a tomar forma, y, lo más importante, que el mundo puede saber hacia dónde va a apuntar, al menos en relación a esta parte del mundo.

Tillerson no ha viajado con el avión lleno de periodistas, un dato que llama la atención, porque rompe con lo que se estila, por lo que en un primer momento se pensó que sería para mantener un bajo perfil. Sin embargo, sus comentarios han sido claros y directos, “Estados Unidos ratifica la alianza de larga duración que está basada sobre la paz, prosperidad y libertad en la región de Asia Pacifico”. En Japón afirmó que “rechaza cualquier intención que pueda minar la presencia japonesa en la administración de las Islas Senkaku”. Estas son unas pequeñas islas que Japón incorporó a su territorio en 1895, aunque no fue sino hasta 1971 que comienza una disputa sobre las Senkaku, cuando Taiwán las reclamó, seguido por el reclamo chino, coincidiendo con el momento en que la Comisión Económica para Asia (por sus siglas en inglés, ECAFE) sugirió que las islas podrían estar rodeadas de petróleo. Todo esto, unido al hecho de que están ubicadas al este del mar chino, muy cerca de Taiwán, y su posición es estratégica para determinar la supremacía militar en Asia Pacifico.

Esta visita viene a reforzar los lazos entre Estados Unidos y Japón. Y secunda la reunión que tuvo el primer ministro Abe con el presidente Trump el mes pasado en Florida, y que a la vez aleja las dudas sembradas durante la campaña electoral sobre la posible ruptura o distanciamiento de estrechos lazos entre aliados tradicionales.

En cuanto a Corea del Norte, el secretario de Estado fue tajante a su paso por Seúl al afirmar que “la estrategia de paciencia se ha agotado”, aunque no dió por sentada ninguna acción precisa a tomar. Dijo que todas las opciones están sobre la mesa si el riesgo del programa nuclear llega a niveles que merezcan una respuesta militar. Esto se distancia considerablemente de  la política exterior de Obama, en la que la diplomacia de guante de seda dirigió las relaciones junto a la imposición de sanciones por parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.  Tillerson quiso enviar un mensaje claro a Pyongyang de parar el juego de miedo y provocaciones; de no hacerlo, verán las consecuencias.

La visita la cerró con su paso por Beijing, con un vocabulario firme pero menos extremo que el que usó en Japón. Afirmó que Estados Unidos y China comparten una visión común sobre los altos niveles de tensión en los que está la península ahora mismo. Y que las cosas han llegado a un nivel peligroso. Sin embargo, se cuidó de no usar ninguna de las afirmaciones, ni el tono usual del Presidente Trump sobre que China no está haciendo suficiente para detener a Pyongyang. Mientras que su homólogo chino, Wang Yi, defendió con un tono muy diplomático la posición de su gobierno, apostando más por  aplicar las sanciones en contra de Corea del Norte pero bajo un clima de diálogo, mientras que expresaba su esperanza de que Estados Unidos pudiera hacer una valoración de la situación con cabeza fría para llegar a una decisión sabia.

China se excusa en que, de llegarse a acciones militares, la situación se tornaría en una ola de millones de desplazados norcoreanos que se refugiarían en su territorio, situación que no podrían manejar. Pero en el fondo, es China la única potencia con capacidad de presionar al líder de Pyongyang, como país aliado y proveedor de mucho de los productos que consumen.

Las dos economías más grandes del planeta necesitan solventar sus diferencias en cuanto a Corea del Norte. La instalación del sistema antimisiles (THAAD) en Corea del Sur ha disgustado mucho al gobierno chino, quien alega que el radar podría debilitar su capacidad de disuasión nuclear. Hasta ahora China no ha jugado del lado de Occidente. Pero si la situación se tornara muy complicada y vieran sus intereses afectados, seguro que comenzaría a  buscar puntos intermedios de negociación que hasta este momento no han sido ni tan siquiera evaluados. Habrá que esperar la visita del presidente chino a Washington el mes que viene y ver las reacciones in situ. Por ejemplo, ver si Trump decide usar la frialdad e ignorar a su homólogo, como ha hecho con Ángela Merkel, o si intentará hacer un acercamiento estratégico que le ayude a solventar la mayor crisis diplomática que tiene esta nación por delante.

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Diplomacia Atómica

Washington.- El lanzamiento de cuatro misiles balísticos por parte de Corea del Norte es sencillamente parte del macabro juego de poder de Kim Jong-un. Esta provocadora acción viene a recordarnos que están ahí, que siguen trabajando en su carrera atómica para demostrarle al mundo que tienen una capacidad defensiva mucho mayor de lo que se cree, y que seguirán invirtiendo recursos, pese a las sanciones de Naciones Unidas y de la mayoría de los países. El hecho de que tres de estos misiles impactaran en aguas de la zona económica exclusiva de Japón es una provocación aún más alarmante. Y de acuerdo a la agencia oficial de noticias norcoreana los misiles fueron disparados desde una unidad militar diseñada específicamente para atacar las bases militares estadounidenses en Japón. Por lo tanto, es hora de que la nueva Administración defina una postura más clara y tajante de lo que será su política exterior hacia Asia Pacifico, pero, específicamente después de estos hechos, hacia Corea del Norte.

Corea del Norte es el último resto de la guerra fría. Este régimen estalinista sigue en pie gracias a los tremendos niveles de represión y de absoluto aislamiento en el que viven. Su irreverente líder, acertadamente definido por la ahora destituida presidenta de Corea del Sur Park Geun-hye, como un “Fanático Temerario”, desde el 2011 en que heredo el poder, ha mantenido en pánico a sus vecinos más cercanos, sobre todo a Corea del Sur y Japón. Sin ningún tipo de disimulo usa aberrantemente el poder, bien sea para mantener a la población completamente oprimida, hambrienta, aislada, ignorante; o asesina a su medio hermano en territorio extranjero, por haber afirmado que Kim Jong-un carecía de liderazgo o que el país necesitaba reformas económicas.

Este asesinato ha provocado una fuerte crisis diplomática entre Kuala Lumpur y Pyongyang. Primero Malasia expulsa al embajador norcoreano, y ahora el gobierno de Pyongyang ha prohibido la salida del país a los ciudadanos de Malasia, lo que ha forzado una respuesta recíproca por parte de Malasia.

En Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad se reunió en una reunión de emergencia para tratar de encontrar salida al grave riesgo que representa el lanzamiento deliberado de misiles. Ya han sido impuestas sanciones en otras cinco oportunidades, pero eso no detiene al líder norcoreano. La embajadora estadounidense ante Naciones Unidas, Nikki Haley, afirmo que “Estados Unidos está orgulloso de estar junto a sus aliados, Japón y Corea del Sur, frente a esta crisis. Pero el mundo debe entender el riesgo que representa Corea del Norte y cada nación debería responder a ello. Estados Unidos está reevaluando cómo manejar las pretensiones militares y nucleares de los norcoreanos y actuaremos en consecuencia”. Así mismo afirmo que ”Kim Jong-un no es una persona racional”, marcando una posición más crítica en su contra.

Por su parte, el portavoz del Departamento de Estado Mark Toner condenó la acción recordando las sanciones impuestas por Naciones Unidas, que prohíben expresamente a Corea del Norte este tipo de maniobras. Y a la vez insistió que Estados Unidos se mantiene preparado, y seguirá tomando las medidas necesarias, para aumentar su disposición de defenderse y defender a sus aliados de ataques provenientes de Corea del Norte. Mientras, el portavoz del Pentágono, Jeff Davis, dijo que “estos ejercicios (los de Estados Unidos y Corea del Sur) tienen una naturaleza defensiva y se han se venido haciendo de forma abierta durante los últimos 40 años”. El Pentágono estima que el ejército norcoreano tiene más de un millón de soldados, convirtiéndolos en el cuarto ejército más grande del mundo, más lo que están en la reserva que se calculan que son de 25 al 30% de los 25 millones de ciudadanos. Lo que es una muestra de la prioridad de este régimen en ruinas.

Sobre el terreno la reacción ha sido más frontal. Estados Unidos ha activado el escudo antimisiles THAAD (The Terminal High Altitude Area Defense) en Corea del Sur, diseñado para interceptar misiles de corto y mediano alcance.  Y otro escudo fue instalado en la isla de Guam, para interceptar los de largo alcance, pensado para proteger el territorio estadounidense. Aunque, de momento, el Pentágono desestima la capacidad de Pyongyang de perpetrar un ataque que pueda llegar a las costas de Hawái. Sin embargo, los expertos coinciden en que no se sabe la capacidad de efectividad de estos escudos, pues no han sido realmente probados en los años más recientes.

A pesar de las múltiples reacciones de condenas, parece dar la impresión que las respuestas de los altos cargos políticos estadounidenses no han sido tan significativas, quizás por la dinámica situación local, la imperiosa necesidad de legislar y los controvertidos vínculos de los altos cargos de la administración Trump con Rusia. El Presidente Trump tiene mucho de que ocuparse para mantener las aguas en su rumbo por estos lados, y probablemente, por ahora, esté dejando en manos de los diplomáticos y militares esta importante responsabilidad. Que, valga decir, quizá es la mejor manera de evitar confrontaciones con una líder egocentrista que es  capaz de entrar en cualquier provocación para demostrar de lo que es capaz.

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Europa, ausente del reto asiático

Nunca antes se había esforzado tanto China en visualizar su desacuerdo con Corea del Norte como con ocasión del lanzamiento de misiles norcoreanos al Mar del Japón de hace unos días. ¿Qué está pasando?

Pues pasa que la situación internacional es muy dinámica; el escenario de la órbita geostratégica China está cambiando y la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump y sus anuncios atrabiliarios está llenando de incertidumbre los ámbitos de toma de decisiones por desconocerse a dónde va la política exterior de Estados Unidos. Y en esta situación, el pragmatismo ha entendido que seguir con las pautas de provocación y exigencia de concesiones de Pyongyang, ya no sólo tiene menos garantías de éxito, sino que puede desencadenar una situación incontrolable en la que Pekín no tiene garantías de obtener ventajas. Y hay datos que parecen indicar que el régimen norcoreano está metido en una dinámica de huida hacia adelante que tal vez esté determinada por luchas internas por el poder. El asesinato del hermano mayor del “querido líder” por parte de sus servicios secretos apuntaría en esta dirección.

En este contexto, consciente o inconscientemente, China está ofreciendo una ventana de oportunidad para, al menos, definir un nuevo marco de estabilidad. Si Pyongyang sigue exhibiéndose como “Estado gamberro”, si Pekín ve riegos y requiere un marco estable para defender mejor sus intereses y si Rusia, en creciente protagonismo en todos los frentes, está redefiniendo su política el Pacífico, es difícil explicar la ausencia de Asia-Pacífico de la agenda europea.

Esto hace, y comienza a ser ya un triste tópico, más peligrosa la sensación de que el presidente Trump se mueve por impulso o quién sabe si a empujones de lobbies con intereses corporativos cortoplacistas.