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La otra cara de la moneda

Washington.- El movimiento Trump despertó a muchos ciudadanos que nunca habían participado en actividad política alguna, despertó a algunos que se sintieron identificados con su discurso de añoranza de los años de abundancia y de una economía que no volverá. Activó a grupos opuestos a las ideas políticamente incorrectas, y, sin duda, de occidente a oriente todos coinciden en que es un fenómeno nuevo en un país donde los cambios políticos en la historia reciente no solían ser dramáticos. Ese discurso incendiario y populista deja muchas brechas abiertas en las que cualquier oportunista encuentra su espacio. Este es el caso del “Supremacismo Blanco”, una ideología que defiende la no contaminación de la etnia blanca, y que ha encontrado en los valores de esta Administración cabida para justificar sus ideas retrógradas.

En las propias palabras del líder de la organización Alt-right, Richard Spencer: ”Queremos revivir el imperio romano, revivir la gran Europa de los blancos”. El presidente Trump, según Spencer, es el primer paso hacia este camino, pues su campaña se basó en rescatar la identidad del país. Y la identidad de Estados Unidos la crearon los europeos que instauraron el Estado y el orden político establecido. Por lo tanto, son los blancos quienes tienen derecho a retomar las riendas de este país, de acuerdo a su visión, muy a pesar de la población multicultural que vive y aporta al crecimiento de la economía nacional.

La población de Estados Unidos se divide fundamente en 4 grupos: una mayoría de blancos que representa un 63% del total, seguido por los hispanos (15%), los afroamericanos 13% y los asiáticos que son el 5% de población estadounidense, pero que, según las proyecciones, para el 2050 podrían superar considerablemente su influencia, pues se espera que su crecimiento sea del 115%, mientras que se estima que la población blanca por el contrario declinará su crecimiento en un 5%, según la Oficina estadounidense de Censo.

Este es un país complejo, con una larga historia de esclavitud, discriminación racial, reñidas luchas políticas entre republicanos y demócratas que han dibujado las leyes de acuerdo al momento histórico, pero que han respetado una misma constitución desde 1787, siendo la constitución más antigua aún vigente en el mundo. Las diferencias entre la costa este y la oeste, o el norte del país con el sur, y el centro son también profundas. Estas diferencias están presentes en la demografía. Por ejemplo, en el centro del país la presencia de afroamericanos es casi inexistente, Nuevo México es el estado donde el 47% de los ciudadanos que allí habitan son hispanos, o California que cuenta con la mayor población asiática de todo el país.

Cuando los radicalismos se apoderan de la población, las respuestas pueden llegar a ser realmente graves. Una de las etapas oscura de la historia de Estados Unidos fue justo después del bombardeo de Pearl Harbor en 1941, cuando el presidente Roosevelt, a través de un decreto ejecutivo, reubicó a unos 120.000 japoneses (muchos de ellos legales, otros nacidos aquí) en campos de retención alegando razones de seguridad. Esta medida extrema, considerada como de las peores violaciones de derechos civiles y libertades, se puso en marcha para dar respuesta al sentimiento de rechazo que empezó a crecer en la población civil hacia los japoneses después del bombardeo.

Fue tan solo en la década de los 50 que se acabó con la segregación en los colegios, o en los años 60 que se promulgó el Acta de Derechos Civiles, con el objetivo de prohibir la discriminación por motivos de raza, origen nacional, religión o sexo, además se quería garantizar la igualdad de voto.

Sin embargo, la existencia de leyes no puede frenar la creación de organizaciones racistas como Alt-right. Este grupo de extrema derecha que se autodefine como nacionalista blanco pero que no aceptan ser neonazis, durante los meses álgidos de la campaña electoral aprovecharon espacios para avivar sentimientos en quienes de alguna forma se sienten desplazados por la diversidad étnica que ha venido experimentando este pais.

Los discursos oportunistas muchas veces devienen en estos productos, en que personajes anónimos se sienten apoderados con el arma de la palabra y el uso de ideologías absurdas que añoran momentos históricos para justificar sus ambiciones. Así pues este grupo se ha instalado en el norte de Virginia, Alexandria, estado sureño, corazón de la rebelión en la época de la guerra civil y parte de las razones que llevaron a Abraham Lincoln hace más 150 años a proclamar la emancipación de los esclavos.

El presidente Trump y su equipo deberían prestar atención al efecto combustible que tiene las palabras o los hechos, como el decreto de inmigración, que de momento el poder judicial ha neutralizado. Deberían evaluar las consecuencias de una nación dividida y sus nefastos efectos tanto para el desarrollo como el bienestar y la paz de la nación.

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INTERREGNUM: REGRESO A LA REALIDAD

A medida que sus equipos toman forma y comienzan a tomar decisiones, la administración Trump empieza también a abandonar su inconsistente retórica. Mientras los desajustes en los asuntos de política nacional han obligado a prestar atención en la Casa Blanca a los procedimientos y a dejarse guiar por manos experimentadas, en política exterior han bastado pocos días para que se imponga el pragmatismo que demandan las complejidades de nuestro tiempo.

Israel y Rusia son dos ejemplos de cómo el nuevo gobierno norteamericano ha entendido lo inviable de su discurso. Trasladar la embajada de Estados Unidos a Jerusalén o levantar sin más las sanciones a Moscú no sólo no resolvería ningún problema sino que crearía otros nuevos, además de complicar de manera extraordinaria el margen de maniobra de Washington en Europa y en Oriente Próximo.

Pero, por su relevancia, nada ilustra mejor este giro que China. Una semana después del viaje del secretario de Defensa, Jim Mattis, a Tokio y Seúl—donde reafirmó de la manera más explícita el compromiso de Estados Unidos con sus aliados—, y 24 horas antes de la llegada a Washington del primer ministro japonés, Shinzo Abe, Trump manifestó al presidente chino, Xi Jinping, su compromiso—mantenido por todos sus antecesores desde 1972—con la política de “una sola China”. No sólo ha evitado así un grave conflicto con Pekín, para el que Taiwán no puede ser en ningún caso un elemento de negociación, sino también la definitiva pérdida de credibilidad entre sus aliados asiáticos.

Quizá antes de lo que podía esperarse, Trump ha percibido—o sus asesores le han hecho ver—que “America First” iba a convertirse muy pronto en “America Alone”. Y es muy poco lo que Washington puede conseguir por sí solo. De hecho, la posición internacional de Estados Unidos se debe en no escasa medida al considerable número de socios y aliados con los que cuenta. El abandono de sus amigos tradicionales obligaría a éstos a reconsiderar las bases de su política de seguridad, al tiempo que envalentonaría a sus rivales. Renunciar a esa red de aliados construida durante décadas podría, por lo demás, crear nuevos conflictos, que Estados Unidos se vería obligado a atender pese a sus tentaciones de repliegue. Así lo anticipó Nicholas Spykman a finales de los años cuarenta, al explicar el imperativo para Estados Unidos de evitar el control de Eurasia por una potencia rival.

La conversación telefónica con Xi y el trato dispensado a Abe, solo días después de la gira de Mattis por el noreste asiático, minimizan la alarma creada en la región por la victoria de Trump y sus primeras declaraciones. El carácter impredecible del presidente norteamericano no ha eliminado las incertidumbres—especialmente en el terreno económico y comercial tras la renuncia al TPP—, pero aumentan los indicios a favor de la estabilidad. Los próximos e inevitables pronunciamientos sobre Corea del Norte y el mar de China Meridional confirmarán si la anunciada revolución estratégica de Trump no es en realidad sino un reajuste de la política asiática de la anterior administración.

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Sigue el juego

El presidente Trump se ha distanciado de las alianzas económicas en Asia Pacífico para replegarse sobre sí mismo en la inauguración de un periodo de proteccionismo de impredecibles consecuencias en este momento. Sin embargo, Estados Unidos ha hecho esfuerzos desde el primer momento por emitir mensajes de compromiso con la defensa, en el terreno militar, del estatus quo de la región reafirmando los lazos con Corea del Sur y Japón.
No era para menos, ya que ambas naciones se enfrentan a un país que ha hecho de la amenaza y la agresividad sus principales instrumentos de negociación de ventajas en la escena internacional, Corea del Norte, y un amigo de este país, China, que, aún optando por el pragmatismo, necesita tener al perro ladrador de Pyongyang con el que jugar, y que desarrolla una política de dominio del Mar de la China y en la disputa territorial que mantiene con Japón por un lado y con otros países  por otro, sobre algunas islas de la región.
En ese delicado panorama, mientras Trump llenaba de incertidumbre e inseguridad económica a sus aliados rompiendo el acuerdo de libre comercio, enviaba a la zona al Secretario de Estado, James Mattis, para asegurar a Japón que el paraguas defensivo que une a ambos países implica también a las disputadas islas Senkaku, y para reafirmar su compromiso con la defensa de la integridad territorial de Corea del Sur. En ese escenario se ha producido, mientras el presidente de Japón visitaba Estados Unidos, el lanzamiento por Corea del Norte sobre el Mar del Japón de un misil susceptible de portar una cabeza nuclear.
El desafío norcoreano ha dado a Trump la oportunidad de reafirmar sus compromisos y sus advertencias a uno de los últimos regímenes estalinistas del mundo y, a Japón, la ocasión para reclamar a China un papel más activo para desautorizar a sus aliados norcoreanos y comprometerse en una política de estabilidad en la región.
Sigue pues el juego en el Pacífico occidental con los mismos protagonistas pero con gestores diferentes. No parece que la tensión vaya a descender a corto plazo porque China exige un precio: Taiwan y los islotes en disputa, que ni Estados Unidos ni Japón pueden aceptar aunque sobre esa base se está negociando. Y en ese contexto es en el que, la principal amenaza inmediata, Corea del Norte, puede conseguirconcesiones materiales nada desdeñables.

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¿Crees que Donald Trump inicará una guerra comercial con China?

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Interregnum: Autoritarismo y populismo

Uno de los factores de la creciente inestabilidad mundial es el ascenso de grandes potencias con valores y principios políticos distintos de los occidentales. Rusia pretende recuperar su estatura internacional sembrando el desorden, mientras que China—que requiere de un entorno estable para su crecimiento económico—aspira, a un mismo tiempo, a reformar el sistema existente y a crear estructuras paralelas dirigidas por ella. Ambas comparten, sin embargo, una misma prioridad: la supervivencia de sus regímenes políticos. La denuncia de los principios liberales, del concepto de universalidad de los derechos humanos, y de las presiones a favor de la democracia ha acercado a Moscú y Pekín—y a otros como Teherán o Ankara—, y creado la percepción de que el principal desafío al sistema internacional de posguerra proviene de estos elementos externos.

El referéndum del Brexit y la victoria de Trump revelan, no obstante, que las amenazas al orden liberal están también dentro de casa. Que los conservadores británicos defiendan la democracia participativa, o que Estados Unidos haya elegido un presidente de métodos autoritarios, inclinado a una tarea genérica de destrucción más que a conseguir objetivos políticos concretos desde un marco coherente, son motivo de alarma. Rusia y China constituyen un tipo de desafío que Fukuyama no pudo prever al escribir sobre el fin de la Historia cuando concluyó la guerra fría: sistemas (pseudo-) capitalistas, pero al mismo tiempo autoritarios y profundamente nacionalistas. Desde Occidente resulta incomprensible que quien asume el libre mercado como método de creación de riqueza y prosperidad rechace a su hermano gemelo, la democracia liberal. Más difícil es por tanto interpretar el espectáculo de un presidente norteamericano convertido en amenaza al orden constitucional.

La regresión de la democracia no es un fenómeno nuevo. El sureste asiático ha sido en los últimos años, por ejemplo, una clara ilustración de esos “autócratas electos” que persiguen a sus opositores, fomentan la corrupción, intentan imponerse sobre jueces y legisladores, y desatienden las exigencias de los ciudadanos, motivando el escepticismo de estos últimos sobre el valor de la democracia. Tailandia, Malasia, Filipinas o Birmania son reflejo de una una transición política inacabada, en la que no siempre se avanza hacia delante. ¿Por qué se está produciendo, aunque a otra escala, ese mismo fenómeno regresivo en Occidente? El populismo no es—o no es solo—un movimiento contra las elites, sino contra el pluralismo. Sólo ellos, dicen sus líderes, representan al pueblo. La naturaleza excluyente de sus tesis choca con los principios más fundamentales del liberalismo, pero también con las demandas de progreso del siglo XXI.

El último informe anual de Freedom House, publicado la semana pasada, describe bien este doble fenómeno que amenaza nuestras libertades: el autoritarismo en distintas regiones del mundo, y el auge de fuerzas populistas y nacionalistas en los Estados democráticos. También hace unos días el nada sospechoso Economist Intelligence Unit ha modificado la definición de Estados Unidos en su último Democracy Index: de ser una “full democracy” pasa a ser una “flawed democracy”. Es posible, no obstante, que Trump se equivoque al minusvalorar la fortaleza de las instituciones de su país.

Quizá haya que dar la razón a Michael Ignatieff, cuando escribía el pasado año que la Ilustración, el racionalismo y el humanismo no sirven para entender el mundo de nuestro tiempo. Pensemos, sin embargo, que puede tratarse de un sarampión; una enfermedad contagiosa pero pasajera, si bien puede crear muchos estragos en el camino. Como en otros momentos de su historia, el liberalismo tendrá que reinventarse, adaptarse al mundo de la biotecnología y la inteligencia artificial, y ser capaz de responder a demandas y expectativas diferentes de las de otras épocas. Al mismo tiempo, sociedades envejecidas, unas; tecnológicamente avanzadas, otras; hiperconectas digitalmente, todas ellas; y con graves problemas de cohesión social y territorial, algunas; concluirán que, lejos de ser un obstáculo a la estabilidad, la democracia es el único instrumento para asegurarla.

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¿Puede prosperar la democracia fuera de Occidente?

Dos tercios del éxito de Trump se deben a una sencilla idea: no al Islam”, dice un amigo. “Y esa es también la clave de Marine Le Pen y Viktor Orbán”. Cuanto más vociferan contra los musulmanes, más votantes los siguen, y no solo los más incultos. El economista Paul Collier aboga en Exodus (Oxford, 2013) por políticas migratorias preventivas porque la constitución de bloques culturales separados mina la confianza en los desconocidos, que es vital para que el capitalismo y la democracia funcionen. Una sociedad avanzada, dice, depende de “juegos de cooperación frágiles”. Guardamos cola en el ambulatorio porque los demás también la guardan, y entregamos a Hacienda una proporción estimable de nuestros ingresos a cambio de que haga un uso justo de ellos. Pero si nadie respeta los turnos y percibimos que ciertos grupos abusan de los servicios públicos, dejamos de cooperar. “A medida que la diversidad aumenta”, escribe Collier, “la cohesión disminuye y los ciudadanos se muestran menos proclives a sufragar los generosos programas de bienestar”.

¿Se han vuelto nuestros países demasiado diversos para resultar manejables? Las investigaciones realizadas en ciudades españolas que recibieron una entrada masiva de extranjeros confirman que la diversidad étnica nutre la desconfianza en los demás, pero el capital social emana también del funcionamiento de las instituciones y del respeto de la legalidad. La gente no participa en los juegos de cooperación únicamente porque se fíe del vecino, sino porque su vulneración se castiga, y los primeros en exigir que así sea son los expatriados, porque anhelan ese orden. La socióloga Berta Álvarez-Miranda cuenta que, cuando preguntas a un marroquí por qué emigra a Europa, la primera respuesta es “para buscarme la vida” y la segunda “por los derechos”. Dos jóvenes que intentaron (sin éxito) cruzar el estrecho, una vez a nado y otra colgados de los bajos de un camión, justificaban los apuros sufridos alegando que “ahí tienen leyes”. Y añadían: “Te juro que si nuestro país reconociera nuestros derechos no nos iríamos jamás”.

El historiador Niall Ferguson reconoce que esta es la norma. La mayoría de los musulmanes “vienen con la esperanza de labrarse una existencia mejor”, pero no dejan de ser “monoteístas convencidos” y han desatado “unos procesos similares” a los que causaron la caída de Roma. Europa, concluye, “ha abierto sus puertas a los extranjeros que codician su riqueza sin [obligarles a] renunciar a su fe ancestral”, y esta es difícil de “conciliar con los principios” de un “imperio laico”.

“Muchos estadounidenses”, coincide el filósofo Jim Denison, “asumen que la democracia y el Islam son irreconciliables porque lo asocian con el mundo árabe”, donde todo son satrapías. “Pero los árabes suponen un 18% de la comunidad de creyentes”. La nación musulmana más populosa, Indonesia, es una democracia, igual que Senegal. A lo mejor no son regímenes modélicos, pero en el Democracy Index de The Economist Indonesia figura a la altura de Argentina y Brasil, y Senegal queda muy por encima de Ecuador y Bolivia. ¿Son los latinoamericanos incompatibles con el estado de derecho? Nadie se lo plantea. Atribuimos sus problemas a un mal diseño institucional o a la corrupción, pero no a un antagonismo esencial, como a menudo damos a entender de los mahometanos. Y no son tan distintos, como comprobó Gallup tras los ataques contra las Torres Gemelas.

La empresa demoscópica realizó entre 2001 y 2007 una macroencuesta en 35 sociedades de mayoría islámica. Quería averiguar cuáles eran las inquietudes de sus habitantes y no halló grandes diferencias con las de la Europa cristiana. Cuando se les consulta por sus aspiraciones, no citan la yihad, sino encontrar un trabajo mejor. Odian los atentados contra los civiles, consideran que la tecnología y el estado de derecho son los principales logros de Occidente y, en su mayoría, se oponen a que los imanes intervengan en la redacción de sus leyes fundamentales. “El problema no es el Islam”, asegura el sociólogo de la UNED Héctor Cebolla, “sino una interpretación ultraortodoxa que se ha propagado gracias al dinero saudí y que resulta tan extraña en Marruecos como en España”.

O en Estados Unidos. Allí los yihadistas han matado a 94 personas entre 2005 y 2015. Para que pongan el dato en contexto, durante ese mismo periodo otras 301.797 murieron por armas de fuego. Sin embargo, cuando la Universidad Chapman pregunta a sus compatriotas cuál es su peor pesadilla, la más citada es la corrupción, la segunda el terrorismo y la quinta no son las armas de fuego, sino la posibilidad de que se controlen.

El cerebro humano es un artilugio muy extraño, y Trump por lo visto lo conoce muy bien.

 

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Lo siento, pero Trump también puede cargarse el Nafta

Hemos tardado varias generaciones en convencer a los latinoamericanos de que abandonen sus absurdas teorías sobre la sustitución de importaciones y sería una pena echar ahora a perder todo el esfuerzo.

Tiene razón el columnista del Financial Times Philip Stevens: lo malo de Trump es que no podemos hacer como si no existiera. ¿Cómo convivir con un gobernante que desprecia el sistema de alianzas que ha vertebrado la comunidad internacional desde 1945? Algunos líderes, como Vladimir Putin o Xi Jinping, se disponen a ocupar al vacío de poder creado por la retirada americana. Otros, como Theresa May, reservan el primer vuelo libre a Washington para rendirle pleitesía: Londres nunca ha mostrado el menor inconveniente en sacrificar un poco de dignidad a cambio de seguir siendo relevante.

El presentador de la televisión holandesa Arjen Lubach coincide en que lo más prudente es tener a la Casa Blanca de tu parte. Ha elaborado un vídeo que arranca con las imágenes de Trump vociferando delante del Capitolio: “¡A partir de ahora, América será lo primero!” A continuación, Lubach explica que los holandeses le van a encantar al presidente: construyen diques de separación, organizan fiestas racistas y tienen una legislación ideal para evadir impuestos. “No nos importa que América sea lo primero”, concluye, “pero ¿no podría ser Holanda lo segundo?”

Les diré: no me parece una mala solución, aunque los españoles lo tenemos algo más difícil. Estoy suscrito a Quora, una red social cuyos miembros se consultan dudas, como quién ha sido el mejor general de la historia, qué guerra causó más muertes o por qué no disparan al capitán América por debajo del escudo. Una de las últimas preguntas es reveladora a la par que inquietante: “¿Son blancos los españoles de España?” Está claro que el Alto Comisionado para la Marca España tiene ante sí una ímproba tarea.

Pero merece la pena. Estoy convencido como Stevens de que Europa debe ser la Grecia de la Roma estadounidense y contribuir a moderar los desmanes del inexperto e intemperante nuevo emperador, aunque de momento no ofrezca el menor signo de contención. Ya ha arrojado al basurero de la historia el Acuerdo Transpacífico, ha dado instrucciones para que levanten el muro con México y ahora amenaza con acabar con el Tratado de Libre Comercio con América del Norte (Nafta). ¿Será capaz?

Por lo que he averiguado en internet, ninguna traba legal lo impide. Únicamente debe activar el artículo 2205 (¿se imaginan el mamotreto?), que especifica que las partes podrán “abandonar este acuerdo seis meses después de comunicarlo por escrito”. “Es sencillísimo matarlo”, dice Barry Appleton, un abogado canadiense.

¿Y no tendrá nada que opinar el Congreso? Al parecer, no. La dirección de la política exterior corresponde al presidente. Lo establece la Constitución y lo ratifica la jurisprudencia: Jimmy Carter revocó un pacto de defensa con Taiwan en 1979 y George W. Bush otro antimisiles en 2001, y las correspondientes demandas que los legisladores interpusieron ante el Supremo fueron rechazadas.

Ahora bien, hasta el propio Trump es consciente de que no se puede desmantelar así como así un tratado que lleva dos décadas en vigor y que ha inducido a muchas empresas a descomponer su cadena de valor: compran la materia prima en un sitio, la ensamblan en otro y distribuyen el producto por todo el planeta. “Hemos desplegado una inmensa red […] y estaríamos interfiriendo en ella”, explica el profesor de Harvard Robert Lawrence. “Sería un suicidio”.

“Tras los atentados del 11-S sellamos las fronteras con Canadá y México y, al cabo de una semana, las plantas de automóviles de Michigan empezaron a parar por falta de componentes”, dice Rob Scott, del Economic Policy Institute.

Y el think tank Journalist’s Resource añade que “en 2009 Estados Unidos quiso defender el empleo de sus conductores impidiendo la circulación de camiones hispanos y México subió los aranceles de docenas de artículos elaborados en estados cuyos representantes habían apoyado la prohibición, desde champú a árboles de Navidad. Washington rectificó en 2011”. Los autores de este informe reconocen que el Nafta ha beneficiado sobre todo a México, cuya renta ha mejorado el 1,31% frente al magro 0,08% de Estados Unidos, pero ¿no impulsa eso a su vez la demanda de mercancías estadounidenses?

Hemos tardado varias generaciones en convencer a los latinoamericanos de que abandonen sus absurdas teorías sobre la autarquía y la sustitución de importaciones y sería una pena que Trump echara ahora a perder todo el esfuerzo. ¿Podremos pararle los pies? No lo sé, pero si América va a ser lo primero y Holanda lo segundo, deberíamos ir pensando en pedirnos los terceros o los cuartos.

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¿Una gran oportunidad para China?

Washington.- El aislacionismo que Estados Unidos está experimentando, a tan solo una semana de la instalación del nuevo gobierno, una cesión de espacios que rápidamente buscan ser llenados. En su primer lunes en el Despacho Oval, la firma de decretos presidenciales no se ha hecho esperar. Entre ellos, uno de los más temidos, y anunciados, el bloqueo del Tratado de Asociación del Transpacífico (TPP). Paradójicamente, China puede ser el mayor beneficiado de esta nueva política exterior estadounidense.

En este turbio panorama internacional, los miembros del TPP intentan salvarlo al precio que sea y China juega su mejor carta. En el marco del Foro Económico Mundial en Suiza, el presidente chino Xi Jinping evoca la urgencia que tiene el mundo de decirle no al proteccionismo, y la importancia de defender el libre comercio, como quien quiere darle esperanzas al mundo frente a las decisiones de Trump. Da la sensación que los líderes de estos dos imperios económicos han intercambiado sus roles.

Japón fue el primer país de la decena demiembros del TPP en ratificar el tratado. Y no ha ocultado su preocupación por que no siga adelante. Desde su primer encuentro informal con el presidente Trump, en noviembre pasado, especialistas han expresado lo ambicioso de este acuerdo, pues suponía el 40% de la economía mundial. Y han apostado en hacerle ver a la nueva Administración lo estratégico de que Estados Unidos no pierda influencia en la zona, basados en la incertidumbre que han dejado los últimos reportes de que Kim Jong Un está preparando una prueba más de un misil balístico intercontinental. A lo que el presidente Trump en su tono personal contestó en twitter “No pasará”.

A menos que Míster Trump cambie su particular manera de gobernar a través de las aplicaciones de su móvil, el efecto en el líder norcoreano podría ser de estímulo de su osadía y de querer demostrar de lo que son capaces. A pesar del hermetismo de este país, se sabe que tienen poco o nada que perder, mientras que sí tienen un ego exacerbado, que utilizan como arma de control político y sumisión social.

Mientras el presidente Trump define al TPP como potencial desastre, el primer ministro australiano, Malcolm Turnbull, ha estado reuniéndose con los primeros ministros de Nueva Zelanda, (con el que ha hecho un comunicado conjunto la semana pasada en el que fomentan la entrada de China), Singapur y Japón, para no dejar morir la idea. Tal como dijo el asesor más cercano de Abe, Joshihide Suga, aún tenemos tiempo, pues la fecha para ratificación del TPP es 2018.

En respuesta a las acusaciones del gobierno americano a China y Japón, de mantener prácticas comerciales injustas para compañías estadounidenses, el aumento del nacionalismo japonés parece ser la mejor respuesta. Algunos medios japoneses empiezan a decir que el país nipón debería prepararse para tomar la seguridad de la nación por sus propias manos, por lo que se debería empezar a fabricar armas y equipos militares. A día de hoy, Japón paga más de la mitad del costo de mantener 50.000 soldados americanos en bases japonesas, según Suga.

China, por su parte, ha prohibido la exportación de equipamiento militar, componentes para desarrollar misiles nucleares, softwares y submarinos a Pyongyang. Esta medida deja claro que China entiende que para hacerse con más poder debe jugar bajo las reglas de la ONU. Bloquear a Corea del Norte le deja mostrarse como un posible líder comprometido con la paz y la solidaridad con sus vecinos, quienes ahora necesitan de China para poder hacer efectivo el TPP.

La hipotética idea de que China firme el TPP sería una gran ironía, pues la razón que llevó a Estados Unidos a apoyar esta iniciativa fue precisamente frenar el crecimiento tan abrupto de esta economía. O, en palabras del veterano republicano John McCain, “La decisión de Trump de salir del TPP ofrece a China la oportunidad de reescribir las reglas económicas en detrimento de nuestros trabajadores”. ¡La diplomacia de Trump no hace más que sorprendernos y esto sólo acaba de comenzar!

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Nuevo escenario: China se lo piensa

Desde detrás de las bambalinas, China está observando, con no menor perplejidad que Occidente, el impacto del factor Trump y sus iniciativas en todo el planeta. ¿Qué ve? En primer lugar, que al acuerdo de libre comercio para su zona estratégica, que excluía a China porque aunque Pekín defiende el libre comercio hacia el exterior no permite el libre mercado en su interior, está a punto de fallecer. En segundo lugar, que la política de proteccionismo de Estados Unidos le deja un campo más amplio de acción en África y en Iberoamérica, y, en tercer lugar, que las relaciones entre Estados Unidos y Europa se resquebrajan creando oportunidades para las maniobras de Rusia y otros países.
En ese escenario, el gobierno de Pekín está maniobrando para definir una estrategia que le haga aumentar su protagonismo y fortalecer sus intereses nacionales. Así, va a tantear la posibilidad de establecer acuerdos con los países que integraban el tratado que Estados Unidos quiere abandonar, va a presionar para que le reconozcan sus derechos en el Mar de China mientras acelera  el fortalecimiento de su flota armada, y va a cuidar mucho de que no se dañe su recobrada relación con Rusia.
¿Y Europa? De momento está en shock. Es decir, sigue. El factor Trump ha encontrado a la Unión Europea en una parálisis de definición de décadas y en medio de un aumento del populismo en un año de elecciones. En este marco, Rusia aparece como el vecino fuerte que sabe lo que quiere, que está dispuesto a lograrlo y que, además, buenas o malas, tiene una estrategia para las zonas donde el conflicto puede repercutir en la estabilidad europea y mundial.
Las acciones de Putin suben, Trump espera un acuerdo con él para pactar intereses mutuos, Europa sigue reflexionando y China gana protagonismo. En este escenario, por inestable, ganan protagonismo indirectamente los países que en un tiempo Estados Unidos calificó de canallas. Ni Donald Trump, o tal vez especialmente él, sabe qué hay detrás de la puerta que está abriendo.