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Pyongyang y el desafío del juego del que nada pierde

Washington.- Corea del Norte ha estado más de medio siglo bajo sanciones de Naciones Unidas y lejos de restringir sus tendencias provocadoras parece que el efecto es, de hecho, contrario, o al menos eso es lo que parece haber pasado desde que le presidente Trump tomó posesión de la Casa Blanca. Con el tercer lanzamiento de un misil, aunque fallido, el pasado miércoles 22, Pyongyang ha respondido de esta manera a la visita del secretario de Estado Tillerson a la región del Pacifico. Este juego del que nada tiene que perder es realmente peligroso, pero ¿hasta dónde están dispuestos a llegar los coreanos del norte?

De acuerdo con el más reciente informe de Naciones Unidas, la mayoría de la población de Corea del Norte carece de asistencia sanitaria básica; el 41% de su población está desnutrida, y más del 70% de sus ciudadanos depende de la distribución de alimentos por organizaciones de ayuda humanitaria. Estas ONGs han sufrido una reducción considerable de sus presupuestos desde el 2012, año en que Pyongyang decidió reactivar su carrera misilistica.

Kim Jong-un no tiene nada que perder; gobierna un país muy atrasado en el que su población solo recibe la información y la propaganda del Estado, donde justifican el gasto nuclear como una necesidad imperiosa de poder reaccionar ante una ofensiva estadounidense. Todo esto mientras llaman títeres del imperio de los Estados Unidos a los coreanos del sur.

Choe Myong Nam, representante diplomático de Corea del Norte ante la sede de Naciones Unidas en Ginebra, afirmó a mediados de la semana pasada que no temen a ninguna maniobra que Estados Unidos esté intentando para imponer más sanciones en el sistema económico global, como el bloqueo de transacciones internacionales. Pyongyang continuará desarrollando su capacidad de ataque preventivo con la aceleración de su programa de misiles balísticos intercontinentales. Lo que hace evidente que los mecanismos diplomáticos, como las sanciones, les molestan pero no les detienen. En la página web de KCNA (agencia oficial de noticias de Corea del Norte) apareció publicado, justo después de la visita de Tillerson, un análisis de un grupo de abogados del régimen en el que solicitan un foro que determine la legalidad y legitimación de las sanciones que les han sido impuestas. Otra prueba de como juegan a una diplomacia paralela.

Kim Jong-un, el tercer líder supremo de la dinastía Kim que comenzó con su abuelo Kim il-Sung, a quien se le otorgó el título de “Presidente Eterno” sucedido por su padre Kim Jong-il , en cuyo caso el título es de “Eterno Secretario General” de la comisión nacional para la defensa, ha continuado con el plan inicial de la dinastía de mantenerse al precio que sea, pero además parece estar radicalizando su posición cada vez más.

Oficiales del Pentágono creen que habrá otro lanzamiento de misiles antes del fin del mes de marzo, razón por la que se mantienen la alerta de cuál será el objetivo, y confían en que el escudo antimisiles sea capaz de neutralizarlos. Imágenes satelitales han captado excavaciones de nuevos túneles en los alrededores de Punggye-ri, área donde se han hecho previamente pruebas nucleares, por lo que la inquietud es alta.

Otra medida que ha tomado el gobierno estadounidense es el patrullaje de la zona con el Air Force WC-135 Constant Phoenix, que ya se encuentra en Japón listo para empezar su misión. Este avión está especializado en capturar partículas en la atmosfera que puedan ayudar a determinar explosiones nucleares. El “sabueso”, por su nombre en el argot militar, ya fue usado en el 2006, cuando Corea del Norte hizo su primer lanzamiento nuclear, en el que se llegó a determinar la presencia de desechos radiactivos.

Estados Unidos está perdiendo la paciencia con los juegos del osado régimen. Míster Trump no es conocido precisamente por su carácter diplomático y conciliador. La clave de este entramado está en Beijing y en su disposición de parar a Kim Jong-un. El encuentro de Tillerson con el presidente chino Xi Jinping abrió una nueva fase de relaciones bilaterales y se sabe que el gobierno chino puso énfasis en las coincidencias entre ambos países y la necesidad de una mayor comunicación, mientras que Tillerson le pidió reforzar las relaciones y manejar apropiadamente los temas delicados, refiriéndose a Pyongyang.

Tal vez sea esta crisis la que acerque a China y Estados Unidos. O tal vez sea China quien aproveche la necesidad que tiene Washington de un mediador con Kim Jong-un, y a cambio reciba el beneplácito de Trump para penetrar en más mercados y enriquecer aún más a su economía. Mientras Estados Unidos se cierra con el proteccionismo, paradójicamente China se abre deliberadamente.

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Ni tanto ni tan calvo

En la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich, el ministro iraní de Asuntos Exteriores Mohamad Yavad Zarif planteó abrir un diálogo “entre hermanos” para abordar los conflictos de Oriente Próximo. “La escalada de la violencia que padece [la región] hunde sus raíces en la constante presencia de tropas extranjeras”, proclamó, como si el golfo Pérsico hubiera sido alguna vez un remanso de paz y sus habitantes necesitaran ayuda exterior para liarse a tortas.

Yavad Zarif trazó un paralelismo con la Guerra Fría y sugirió emular el proceso de Helsinki, en el que Occidente y el bloque soviético fueron aproximando posiciones pacientemente hasta converger en la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Un “modesto foro” como aquel, señaló Yavad Zarif, podría “fomentar la confianza” y “promover el entendimiento en un amplio espectro de temas”.

Esta invitación al diálogo suena inevitablemente cínica en boca del representante de un régimen que lleva años atizando el fuego en Irak, Siria, Yemen, Líbano o Israel, y nadie en Múnich lo tomó demasiado en serio. Pero eso no significa que la solución consista en tensar más la cuerda, como parece dar a entender la Administración Trump, con sus amenazas de reconsiderar el acuerdo nuclear o de “dar un aviso” a Irán.

“Adoptar posiciones maximalistas al inicio de una transacción”, escriben Ross Harrison y Alex Vatanka en Foreign Affairs, “puede ser una estrategia efectiva” en el sector inmobiliario. Los empresarios de la construcción ponen sobre la mesa propuestas que saben inasumibles para la otra parte y entran en un toma y daca de ofertas y contraofertas hasta alcanzar un acuerdo. Por desgracia, esta técnica no es “transferible a las complejidades de las relaciones exteriores”, porque “no siempre hay abierto un proceso formal de negociación en el que uno pueda desdecirse” sin aparentar debilidad. Barack Obama se comió con patatas su advertencia de que no toleraría el uso de armas químicas en Siria y el propio Trump ha tenido que rectificar su decisión de abandonar la doctrina de una sola China.

En la Casa Blanca están convencidos de que Teherán es el malo de la película y quizás lleven razón, pero lo que pueden hacer al respecto es limitado. No solo no van a organizar una invasión, sino que necesitan la ayuda de Irán para combatir al ISIS y difícilmente la lograrán lanzando bravatas inverosímiles.

“Trump debe empezar por admitir dos realidades”, dicen Harrison y Vatanka. “La primera es que Oriente Próximo está enredado en un entramado de conflictos que involucran a multitud de actores” y “no puede aislar a Irán del resto de las piezas” sin poner en peligro los intereses estadounidenses.

La segunda es que los ayatolás se las han arreglado hasta ahora para sortear las iniciativas unilaterales de Washington, pero “son más vulnerables a la presión de la comunidad internacional”. Pueden permitirse andar a la greña con Estados Unidos, pero no con todo el planeta. “En otras palabras”, concluyen, “la forja de alianzas es el camino más seguro que Trump puede tomar […] para cumplir su compromiso de erradicar al ISIS” y, simultáneamente, contener a Irán.

Juego atomico

INTERREGNUM: Tillerson, misión imposible

Como resultaba previsible, Corea del Norte se ha convertido en el desafío internacional más inmediato que debe gestionar la administración Trump. Dos ensayos nucleares el pasado año, el rápido incremento de pruebas de misiles—cinco lanzamientos desde principios de año—, y el probable éxito en la miniaturización de cabezas nucleares, agrava la percepción de amenaza en la península coreana y, por tanto, la urgencia de una respuesta.
Desde la perspectiva de Washington es razonable concluir que 20 años de esfuerzos diplomáticos no han conducido a avance alguno. China, Japón y Corea del Sur con seguridad comparten el diagnóstico de que el statu quo solo beneficia a Pyongyang. Pero, ¿cuáles son las alternativas? ¿Es posible un frente diplomático común sobre la base de una nueva aproximación al problema?

Tantear los elementos de un consenso ha sido el principal objetivo de la primera visita a Asia de Rex Tillerson, la semana pasada. “Todas las opciones están encima de la mesa”, dijo el secretario de Estado en su primera comparecencia ante la prensa. Pero si se abandona la “paciencia estratégica” seguida por Estados Unidos desde mediados de los años noventa, ¿hay soluciones intermedias entre las negociaciones directas y el uso de la fuerza? Con respecto a esta última Washington se encontraría solo, además de resultar difícilmente factible dado el daño que Corea del Norte podría causar a una metrópolis como Seúl, a sólo 70 kilómetros de la frontera, así como a las tropas norteamericanas residentes en el país. Una política de negociación sí contaría con el apoyo de las restantes potencias del noreste asiático; no obstante, las prioridades de Tokio, Seúl y Pekín no son necesariamente las mismas de la administración Trump.

En último término, Estados Unidos parece considerar que lograr una mayor presión de China sobre Pyongyang es la clave. Se trataría entonces de persuadir a Pekín, bien de manera coercitiva—por ejemplo, incluyendo en un nuevo paquete de sanciones a bancos y empresas chinas que negocian con Corea del Norte—, bien diplomáticamente, convenciendo a sus autoridades de lo insostenible de la situación para la estabilidad regional. El problema es que la declarada hostilidad de la administración Trump hacia la política comercial china, y el despliegue de sistemas de defensa antimisiles en Corea del Sur y Japón—hecho considerado por Pekín como una “provocación”—no facilita esas intenciones. Como ya descubrió George W. Bush en 2002, todos los caminos a Pyongyang pasan por Pekín. Los mensajes en Twitter del presidente, como el de retomar la venta a Taiwán de un programa de armamento bloqueado en su día por Obama, lanzado solo horas antes de aterrizar Tillerson en Pekín, tampoco ayudan a la causa del jefe de la diplomacia norteamericana.

El desafío norcoreano es, pese a su urgencia, uno de los muchos asuntos que definen la relación entre China y Estados Unidos. Los líderes de la República Popular, como el resto de sus Estados vecinos, necesitan saber qué política asiática va a seguir Trump. Difícilmente habrá movimientos decididos mientras no haya un contexto predecible, con un conocimiento directo de las intenciones de unos y otros. Tillerson, recién llegado al mundo de la diplomacia, ha asumido una tarea imposible, cuyas posibilidades de desbloqueo quedan sujetas a las conclusiones que interiorice Xi Jinping tras su encuentro con Trump en Florida a principios de abril.

Nudo

Ansiedad sobre Corea del Norte

Washington.- A poco más de dos meses que la Administración Trump tomó el poder, el Secretario de Estado Rex Tillerson, hace su primera visita oficial a la región de Asia Pacifico, en un momento de gran tensión después de que Estados Unidos comenzara a realizar ejercicios militares en la zona, simultáneamente a la intensificación de su presencia para dejar por sentado que seguirán del lado de sus aliados históricos Japón y Corea del Sur. Todo esto como respuesta a los misiles que Corea del Norte lanzó el pasado seis de marzo. Finalmente, parece que la política exterior estadounidense empieza a tomar forma, y, lo más importante, que el mundo puede saber hacia dónde va a apuntar, al menos en relación a esta parte del mundo.

Tillerson no ha viajado con el avión lleno de periodistas, un dato que llama la atención, porque rompe con lo que se estila, por lo que en un primer momento se pensó que sería para mantener un bajo perfil. Sin embargo, sus comentarios han sido claros y directos, “Estados Unidos ratifica la alianza de larga duración que está basada sobre la paz, prosperidad y libertad en la región de Asia Pacifico”. En Japón afirmó que “rechaza cualquier intención que pueda minar la presencia japonesa en la administración de las Islas Senkaku”. Estas son unas pequeñas islas que Japón incorporó a su territorio en 1895, aunque no fue sino hasta 1971 que comienza una disputa sobre las Senkaku, cuando Taiwán las reclamó, seguido por el reclamo chino, coincidiendo con el momento en que la Comisión Económica para Asia (por sus siglas en inglés, ECAFE) sugirió que las islas podrían estar rodeadas de petróleo. Todo esto, unido al hecho de que están ubicadas al este del mar chino, muy cerca de Taiwán, y su posición es estratégica para determinar la supremacía militar en Asia Pacifico.

Esta visita viene a reforzar los lazos entre Estados Unidos y Japón. Y secunda la reunión que tuvo el primer ministro Abe con el presidente Trump el mes pasado en Florida, y que a la vez aleja las dudas sembradas durante la campaña electoral sobre la posible ruptura o distanciamiento de estrechos lazos entre aliados tradicionales.

En cuanto a Corea del Norte, el secretario de Estado fue tajante a su paso por Seúl al afirmar que “la estrategia de paciencia se ha agotado”, aunque no dió por sentada ninguna acción precisa a tomar. Dijo que todas las opciones están sobre la mesa si el riesgo del programa nuclear llega a niveles que merezcan una respuesta militar. Esto se distancia considerablemente de  la política exterior de Obama, en la que la diplomacia de guante de seda dirigió las relaciones junto a la imposición de sanciones por parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.  Tillerson quiso enviar un mensaje claro a Pyongyang de parar el juego de miedo y provocaciones; de no hacerlo, verán las consecuencias.

La visita la cerró con su paso por Beijing, con un vocabulario firme pero menos extremo que el que usó en Japón. Afirmó que Estados Unidos y China comparten una visión común sobre los altos niveles de tensión en los que está la península ahora mismo. Y que las cosas han llegado a un nivel peligroso. Sin embargo, se cuidó de no usar ninguna de las afirmaciones, ni el tono usual del Presidente Trump sobre que China no está haciendo suficiente para detener a Pyongyang. Mientras que su homólogo chino, Wang Yi, defendió con un tono muy diplomático la posición de su gobierno, apostando más por  aplicar las sanciones en contra de Corea del Norte pero bajo un clima de diálogo, mientras que expresaba su esperanza de que Estados Unidos pudiera hacer una valoración de la situación con cabeza fría para llegar a una decisión sabia.

China se excusa en que, de llegarse a acciones militares, la situación se tornaría en una ola de millones de desplazados norcoreanos que se refugiarían en su territorio, situación que no podrían manejar. Pero en el fondo, es China la única potencia con capacidad de presionar al líder de Pyongyang, como país aliado y proveedor de mucho de los productos que consumen.

Las dos economías más grandes del planeta necesitan solventar sus diferencias en cuanto a Corea del Norte. La instalación del sistema antimisiles (THAAD) en Corea del Sur ha disgustado mucho al gobierno chino, quien alega que el radar podría debilitar su capacidad de disuasión nuclear. Hasta ahora China no ha jugado del lado de Occidente. Pero si la situación se tornara muy complicada y vieran sus intereses afectados, seguro que comenzaría a  buscar puntos intermedios de negociación que hasta este momento no han sido ni tan siquiera evaluados. Habrá que esperar la visita del presidente chino a Washington el mes que viene y ver las reacciones in situ. Por ejemplo, ver si Trump decide usar la frialdad e ignorar a su homólogo, como ha hecho con Ángela Merkel, o si intentará hacer un acercamiento estratégico que le ayude a solventar la mayor crisis diplomática que tiene esta nación por delante.

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Diplomacia Atómica

Washington.- El lanzamiento de cuatro misiles balísticos por parte de Corea del Norte es sencillamente parte del macabro juego de poder de Kim Jong-un. Esta provocadora acción viene a recordarnos que están ahí, que siguen trabajando en su carrera atómica para demostrarle al mundo que tienen una capacidad defensiva mucho mayor de lo que se cree, y que seguirán invirtiendo recursos, pese a las sanciones de Naciones Unidas y de la mayoría de los países. El hecho de que tres de estos misiles impactaran en aguas de la zona económica exclusiva de Japón es una provocación aún más alarmante. Y de acuerdo a la agencia oficial de noticias norcoreana los misiles fueron disparados desde una unidad militar diseñada específicamente para atacar las bases militares estadounidenses en Japón. Por lo tanto, es hora de que la nueva Administración defina una postura más clara y tajante de lo que será su política exterior hacia Asia Pacifico, pero, específicamente después de estos hechos, hacia Corea del Norte.

Corea del Norte es el último resto de la guerra fría. Este régimen estalinista sigue en pie gracias a los tremendos niveles de represión y de absoluto aislamiento en el que viven. Su irreverente líder, acertadamente definido por la ahora destituida presidenta de Corea del Sur Park Geun-hye, como un “Fanático Temerario”, desde el 2011 en que heredo el poder, ha mantenido en pánico a sus vecinos más cercanos, sobre todo a Corea del Sur y Japón. Sin ningún tipo de disimulo usa aberrantemente el poder, bien sea para mantener a la población completamente oprimida, hambrienta, aislada, ignorante; o asesina a su medio hermano en territorio extranjero, por haber afirmado que Kim Jong-un carecía de liderazgo o que el país necesitaba reformas económicas.

Este asesinato ha provocado una fuerte crisis diplomática entre Kuala Lumpur y Pyongyang. Primero Malasia expulsa al embajador norcoreano, y ahora el gobierno de Pyongyang ha prohibido la salida del país a los ciudadanos de Malasia, lo que ha forzado una respuesta recíproca por parte de Malasia.

En Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad se reunió en una reunión de emergencia para tratar de encontrar salida al grave riesgo que representa el lanzamiento deliberado de misiles. Ya han sido impuestas sanciones en otras cinco oportunidades, pero eso no detiene al líder norcoreano. La embajadora estadounidense ante Naciones Unidas, Nikki Haley, afirmo que “Estados Unidos está orgulloso de estar junto a sus aliados, Japón y Corea del Sur, frente a esta crisis. Pero el mundo debe entender el riesgo que representa Corea del Norte y cada nación debería responder a ello. Estados Unidos está reevaluando cómo manejar las pretensiones militares y nucleares de los norcoreanos y actuaremos en consecuencia”. Así mismo afirmo que ”Kim Jong-un no es una persona racional”, marcando una posición más crítica en su contra.

Por su parte, el portavoz del Departamento de Estado Mark Toner condenó la acción recordando las sanciones impuestas por Naciones Unidas, que prohíben expresamente a Corea del Norte este tipo de maniobras. Y a la vez insistió que Estados Unidos se mantiene preparado, y seguirá tomando las medidas necesarias, para aumentar su disposición de defenderse y defender a sus aliados de ataques provenientes de Corea del Norte. Mientras, el portavoz del Pentágono, Jeff Davis, dijo que “estos ejercicios (los de Estados Unidos y Corea del Sur) tienen una naturaleza defensiva y se han se venido haciendo de forma abierta durante los últimos 40 años”. El Pentágono estima que el ejército norcoreano tiene más de un millón de soldados, convirtiéndolos en el cuarto ejército más grande del mundo, más lo que están en la reserva que se calculan que son de 25 al 30% de los 25 millones de ciudadanos. Lo que es una muestra de la prioridad de este régimen en ruinas.

Sobre el terreno la reacción ha sido más frontal. Estados Unidos ha activado el escudo antimisiles THAAD (The Terminal High Altitude Area Defense) en Corea del Sur, diseñado para interceptar misiles de corto y mediano alcance.  Y otro escudo fue instalado en la isla de Guam, para interceptar los de largo alcance, pensado para proteger el territorio estadounidense. Aunque, de momento, el Pentágono desestima la capacidad de Pyongyang de perpetrar un ataque que pueda llegar a las costas de Hawái. Sin embargo, los expertos coinciden en que no se sabe la capacidad de efectividad de estos escudos, pues no han sido realmente probados en los años más recientes.

A pesar de las múltiples reacciones de condenas, parece dar la impresión que las respuestas de los altos cargos políticos estadounidenses no han sido tan significativas, quizás por la dinámica situación local, la imperiosa necesidad de legislar y los controvertidos vínculos de los altos cargos de la administración Trump con Rusia. El Presidente Trump tiene mucho de que ocuparse para mantener las aguas en su rumbo por estos lados, y probablemente, por ahora, esté dejando en manos de los diplomáticos y militares esta importante responsabilidad. Que, valga decir, quizá es la mejor manera de evitar confrontaciones con una líder egocentrista que es  capaz de entrar en cualquier provocación para demostrar de lo que es capaz.

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Europa, ausente del reto asiático

Nunca antes se había esforzado tanto China en visualizar su desacuerdo con Corea del Norte como con ocasión del lanzamiento de misiles norcoreanos al Mar del Japón de hace unos días. ¿Qué está pasando?

Pues pasa que la situación internacional es muy dinámica; el escenario de la órbita geostratégica China está cambiando y la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump y sus anuncios atrabiliarios está llenando de incertidumbre los ámbitos de toma de decisiones por desconocerse a dónde va la política exterior de Estados Unidos. Y en esta situación, el pragmatismo ha entendido que seguir con las pautas de provocación y exigencia de concesiones de Pyongyang, ya no sólo tiene menos garantías de éxito, sino que puede desencadenar una situación incontrolable en la que Pekín no tiene garantías de obtener ventajas. Y hay datos que parecen indicar que el régimen norcoreano está metido en una dinámica de huida hacia adelante que tal vez esté determinada por luchas internas por el poder. El asesinato del hermano mayor del “querido líder” por parte de sus servicios secretos apuntaría en esta dirección.

En este contexto, consciente o inconscientemente, China está ofreciendo una ventana de oportunidad para, al menos, definir un nuevo marco de estabilidad. Si Pyongyang sigue exhibiéndose como “Estado gamberro”, si Pekín ve riegos y requiere un marco estable para defender mejor sus intereses y si Rusia, en creciente protagonismo en todos los frentes, está redefiniendo su política el Pacífico, es difícil explicar la ausencia de Asia-Pacífico de la agenda europea.

Esto hace, y comienza a ser ya un triste tópico, más peligrosa la sensación de que el presidente Trump se mueve por impulso o quién sabe si a empujones de lobbies con intereses corporativos cortoplacistas.

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Cambio de tono sí, ¿pero de fondo?

Washington.- Dejando a un lado la agresiva retórica a la que nos tiene acostumbrados, usando un tono mucho más moderado y sin duda conciliador se presentó Donald Trump ante el Congreso estadounidense, a sus ciudadanos y al mundo, quien mira con esperanza esta fase del presidente, que está más a tono con los discursos de los líderes occidentales y sobre todo de presidentes anteriores de esta nación. ¿Se entiende este discurso como un cambio de fondo? ¿O es tan solo un cambio de tono? ¿Hay un cambio real de la política exterior estadounidense?

El cambio de tono es muy importante, pero el fondo del discurso es en realidad la clave. Y el fondo del discurso desvela que no hay cambios sustanciales. Hubo más expresiones que no habíamos oído, como …”mi trabajo no es representar al mundo, es representar esta nación”; asumió que está gobernando un país dividido, o que el muro que separará la frontera del sur (evitando sutilmente mencionar a México) se comenzará a construir muy pronto. No mencionó a Corea del Norte, Rusia o China. Mientras, enfatizó la alianza inquebrantable con Israel a la vez que les recordaba amablemente a sus socios militares de la OTAN que deben pagar más cuotas, afirmando que ya algunos países lo están haciendo.

Este último punto, muy en consonancia con la línea de Steve Bannon, de exacerbación del patriotismo, nos recordó que los intereses de Estados Unidos estarán siempre primero en su agenda, que mantendrá su compromiso con la OTAN pero exigirá más a sus aliados. Lo cierto es que cada país miembro tiene una responsabilidad adquirida y debe responder por ella. Europa debe, incluso por sus propios intereses nacionales, ser capaz de pagar por su seguridad y financiar su defensa como parte fundamental de su política exterior.

El aumento histórico del gasto en defensa que ha propuesto, la reducción sustancial del presupuesto de ayuda internacional, y/o del Departamento de Estado, demuestran un cambio muy importante en lo que será la política exterior estadounidense. Con 58 billones de dólares para la defensa, que representa un aumento del 10%, el presidente Trump deja claro que fortalecerse internamente es una de sus prioridades y cumple con su promesa electoral de mantener a los Estados Unidos seguro. Ha puntualizado que habrá una partida para los veteranos de guerra, otra para la modernización de equipos y armamentos, y podríamos asumir que la mención que hizo al terrorismo islámico radical, en la que de acuerdo a sus propias palabras “los perseguirá hasta acabar con ellos”, indica que este plan estará contemplado dentro de este presupuesto. Confiamos en que otra partida será destinada a las zonas en conflictos en las que los estadounidenses siguen presentes y en donde cabe destacar que la gestión post-guerra ha sido nefasta. Aunque esa culpa sea de Obama, la ha heredado el actual presidente y está en obligación de asumirla.

La reducción de los presupuestos del Departamento de Estado y de las ayudas internacionales puede causar un efecto muy negativo para la diplomacia. Menos dinero significa menos presencia, menos diplomáticos, menos funcionarios estadounidenses por el mundo, que hacen un trabajo de apertura de diálogos y de influencia regional, y permiten a Washington mantenerse conectado y presente en el mundo. Son los diplomáticos los que previenen conflictos, enfrentamientos, y guerras. Paralelamente los programas de ayuda humanitaria, críticos en países muy pobres, en países devastados, son también los que ayudan a estas naciones a una transición a la esperanza, como fue el Plan Marshall en Europa en su momento. Incluso pueden servir para frenar la penetración de radicalismos en época de desolación y angustia social. Claramente su rol es diametralmente opuesto al que harían los soldados sobre el terrero.

Si el tono “presidencial” se debió al uso del teleprónter, y la ausencia de improvisación, que normalmente lo lleva a terrenos pantanosos de los que no puede salir ileso, por el bien de todos esperemos que siga haciendo uso de este sistema. Míster Trump aprovechó sus 60 minutos para alimentar su ego con cada ovación, con cada una de las veces que los presentes se levantaron para aprobar efusivamente sus planteamientos y con cada aplauso su satisfacción era visible. Todo esto, sumado a los comentarios positivos hechos por la prensa, que él mismo ha convertido en su más acérrimo enemigo, podría ayudar a un cambio de postura permanente de este nuevo líder, quien quizás prefiera ser criticado con guantes de seda y alabado por su comportamiento más apropiado. No olvidemos que así fue como vivió su vida antes de entrar al mundo político.

Guerra

La doctrina Ledeen

“¿Cuándo fue la última vez que ganamos una guerra?”, se preguntaba Donald Trump el pasado 26 de febrero ante una enfervorizada masa de republicanos. El hombre lleva razón. Desde Vietnam, Estados Unidos no levanta cabeza. Lo han corrido por los rastrojos en Somalia, en Irak, en Afganistán. Y la razón es obvia. La desveló él mismo hace años en Playboy: “El mundo entero se ríe de nosotros porque derrochamos cada año 150.000 millones de dólares en proteger a países ricos a cambio de nada”. Pero esto se ha acabado. Ya está bien de sacrificarse por el prójimo. A partir de ahora va a pensar más en sí mismo y, como esos cincuentones en crisis que salen disparados de la consulta del terapeuta al concesionario de Harley y se regalan una Fat Boy, Trump se ha dado el caprichito de aumentar el gasto militar.

El presupuesto estadounidense en defensa ya es descomunal. Supera los 600.000 millones de dólares, lo que equivale al PIB de Argentina, la vigésimo primera economía del planeta. Este poderío le da una superioridad abrumadora en el campo de batalla. Aunque no hay datos precisos, se estima que por cada baja que los talibanes infligen a las tropas aliadas, estas les ocasionan 10.

El problema es que las campañas no se ganan solo matando. Hay que ocupar el terreno y eso exige una mentalidad que no abunda en nuestras acomodadas sociedades. Pocos occidentales están dispuestos a instalarse permanentemente en Asia, como hacían los oficiales de la Inglaterra victoriana. Los afganos lo saben y, aunque muchos de ellos odian a los talibanes, no se atreven a indisponerse con quienes consideran que tarde o temprano acabarán mandando.

¿Está condenado entonces Washington a ir de derrota en derrota? En absoluto. Acuérdense del arquero zen al que preguntaron cuál era el secreto de su gran puntería. “Primero lanzo la flecha”, respondió, “y luego pinto la diana”.

Lo mismo pasa con las guerras. La regla fundamental de cualquier estratega es elegir bien a quien se ataca. “Si la victoria es segura, es apropiado entablar combate”, enseña Sun Tzu. Es lo que hizo Ronald Reagan con Granada. Uno de los congresistas que investigaron la operación cuestionó su procedencia. “No corrían peligro ni un niño ni un civil americano”, señaló, como si eso fuera relevante. Cuando lo que se busca es el triunfo, no puede uno enredarse en consideraciones de seguridad o humanitarias. Ese fue el error de Lyndon B. Johnson, Bill Clinton y George W. Bush, y por eso acabaron embarrancados en Vietnam, Somalia e Irak.

Trump ha aprendido la lección. Es un firme seguidor de Michael Ledeen, un historiador famoso por la doctrina del mismo nombre que el columnista Jonah Goldberg resume así: “Cada 10 años, Estados Unidos necesita agarrar un pequeño país de mierda y arrojarlo contra la pared, únicamente para demostrar al planeta cómo se las gasta”.

Muchos de ustedes quizás objeten que difícilmente mejorarán así las relaciones internacionales, pero una vez más plantean la cuestión equivocada. La pregunta no es: “¿Cómo vamos a hacer del mundo un lugar seguro?”, sino “¿Cuándo fue la última vez que ganamos una guerra?”

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Tener superávit comercial mola, pero mola más tener el dólar

Igual que tantos empresarios metidos a políticos, Donald Trump no puede evitar establecer una analogía entre la balanza comercial de un país y la cuenta de resultados de una compañía, y el déficit le pone lógicamente de los nervios. “Estamos perdiendo una enorme cantidad de dinero, de acuerdo con muchas estadísticas, 800.000 millones de dólares”, declaraba en 2016 al New York Times. “No me parece inteligente”.

Se trata de un temor injustificado. La posición de la balanza comercial no es un indicador fiable de la marcha de una economía. El superávit puede deberse a que sus ciudadanos ahorran y sus artículos son competitivos, lo que a su vez promueve las exportaciones y el bienestar a largo plazo, como pasa con Alemania. Pero puede ser asimismo fruto de una caída de las importaciones causada por el desplome del consumo interno. Los griegos llevan reduciendo su desequilibrio exterior desde 2008 y a nadie se le ocurre decir que van como un tiro. “Si los superávits comerciales fuesen tan buenos”, escribe Don Boudreaux, un catedrático de la Universidad George Mason, “los años 30 habrían sido una era dorada en Estados Unidos”. El único ejercicio de esa década en que su balanza comercial presentó números rojos fue 1936. “En cada uno de los nueve restantes arrojó superávit”.

Por su parte, el déficit puede indicar una expansión insostenible del gasto, como la que los españoles y los irlandeses protagonizaron a raíz de su ingreso en el euro, y eso tarde o temprano se paga. Pero también es una secuela inevitable de las compras de maquinaria necesarias para impulsar el desarrollo. El milagro de los tigres asiáticos fue acompañado de aparatosos déficits por cuenta corriente. El propio Estados Unidos los ha registrado la mayor parte de su existencia, “desde 1790 hasta nuestros días”, subraya Walter E. Williams, otro profesor de la George Mason. “Y durante ese periodo pasamos de ser una nación pobre y relativamente débil a la más próspera y poderosa”.

“Hay que tener cuidado con lo que se desea”, observa Neil Irwin. Una de las razones por las que a Washington le resulta más complicado cuadrar su balanza exterior es porque su banco central emite la principal divisa de reserva del planeta. “Cuando una empresa malaya hace negocios con otra alemana”, escribe Irwin, “emplea a menudo dólares, y cuando los magnates de Dubai o el fondo soberano de Singapur quieren colocar sus ahorros, eligen en buena medida activos denominados en dólares”.

Esta demanda revalúa el billete verde y hace menos competitivos los productos de Estados Unidos, pero también le permite disfrutar de tipos de interés bajos, anima su renta variable e impide que los capitales salgan pitando al extranjero al menor atisbo de recesión. “En 2008, cuando el sistema bancario estuvo al borde del colapso, pasó todo lo contrario”.

Y las ventajas no son solo económicas. “La centralidad del dólar en las finanzas mundiales”, sigue Irwin, “le proporciona [a la Casa Blanca] un poder del que nadie más disfruta”. Para implementar las sanciones a Irán, Rusia o Corea del Norte, le bastó con advertir que cortaría el suministro de dólares a cualquier entidad que no cooperase.

Si Trump quiere que América siga siendo influyente, le conviene preservar este resorte, aunque uno de sus efectos secundarios sea el déficit comercial. Al fin y al cabo, tampoco parece haberle impedido progresar espectacularmente.

Barco Spratly

INTERREGNUM: Vuelven las Spratly

El pasado 22 de febrero, Reuters desveló que China ha concluido la construcción de dos docenas de estructuras en las siete islas artificiales que controla en el mar de China Meridional; estructuras aparentemente diseñadas para albergar misiles tierra-aire de largo alcance.

Pese a sus promesas de no militarizar las islas, el gobierno chino ha continuado consolidando su dominio de un espacio clave para la navegación marítima, por el que circula la mitad del comercio internacional, el sesenta por cien del gas y el petróleo, y un porcentaje aún mayor de las exportaciones e importaciones de la República Popular. La expansión de sus capacidades de defensa aérea representa una clase señal de sus intenciones para los países de la región, pero también para Estados Unidos, cuya nueva administración afronta así un desafío añadido en Asia tras el reciente lanzamiento de un misil por parte de Corea del Norte en el mar de Japón.

Pekín, que ha reconocido la existencia de dichas estructuras, afirma su naturaleza meramente defensiva. No obstante, en su intento por modificar el status quo mediante una política de hechos consumados, sus acciones sitúan a Washington ante la obligación de pronunciarse. Las potencias en ascenso suelen poner a prueba a las establecidas para averiguar el alcance de su voluntad de intervención, y sembrar la duda sobre la credibilidad de sus compromisos de seguridad.

Los movimientos chinos tienen, por tanto, un impacto directo sobre sus vecinos. El día anterior a la publicación de la noticia, concluyó en Boracay una reunión de los ministros de Asuntos Exteriores de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), en la que—de manera unánime—manifestaron su preocupación por la militarización de las Spratly, aunque sin mencionar de manera explícita a China. El ministro filipino, Perfecto Yasay, actual presidente rotatorio de la organización, declaró además su optimismo sobre la adopción en unos meses, tras más de 10 años de negociación, de un código de conducta vinculante entre Pekín y la ASEAN sobre el mar de China Meridional.

En el año que celebra su L aniversario, la ASEAN se esfuerza por transmitir una imagen de unidad y cohesión, sin la cual corre un grave riesgo de irrelevancia como actor estratégico. Pero China tiene sus medios—económicos y financieros en particular—para dividir al grupo y contar con el apoyo de sus Estados más débiles. Quizá también observa la nula atención prestada al sureste asiático por la administración Trump, cuya política asiática se ha limitado hasta la fecha a reafirmar sus alianzas con Tokio y Seúl, y a confirmar—tras unas primeras declaraciones contradictorias—la política de una sola China con respecto a Taiwán.

Antes de su primer viaje a Asia, previsto para el próximo otoño, Trump deberá dar forma a una estrategia regional más elaborada, que quizá no sea tan diferente de la formulada por su competidora de campaña, Hillary Clinton, bajo el presidente Obama. El cambio en la distribución de poder en Asia y las fuerzas estructurales que conducen a la competencia entre Washington y Pekín son independientes de los líderes de turno. Pero mientras se rechaza el criterio de los antecesores para buscar una nueva fórmula que—por la naturaleza de los intereses en juego—, será parecida pero con otro nombre, pasarán varios meses durante los cuales Pekín seguirá avanzando—de manera cada vez más irreversible—en la transformación del orden regional.