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THE ASIAN DOOR: Globalización, fútbol y China, una liga de campeones. Águeda Parra

Desde que Xi Jinping llegara al poder en 2013, se han ido sucediendo los planes e iniciativas para situar el país al máximo nivel en lo que a innovación y modernización se refiere. Pero en la agenda del máximo dirigente de la segunda potencia mundial también aparecen otros retos de carácter social, que pueden pasar algo más desapercibidos por no contar con el eco del que gozan aquéllos en los ámbitos económicos y empresariales.

La gran afición de Xi por el fútbol ha traspasado fronteras, en un país donde la práctica de este deporte no está considerada deporte nacional, a pesar de que consigue movilizar a un buen número de fans y seguidores. Sin embargo, el interés que despierta en el presidente está íntimamente ligado con el deseo que ambiciona Xi por situar a China en la élite de la economía mundial y, por qué no, también entre las grandes potencias del fútbol como parte del proceso de globalización en el que está inmerso el gigante asiático.

En un país donde la práctica del balompié es reciente, el reto se antoja complejo y realizable a largo plazo. En otros ámbitos deportivos, China ha alcanzado el reto de convertirse en una importante potencia de los medalleros en acontecimientos mundiales, casi siempre compitiendo en modalidad individual, donde los éxitos se atribuyen a logros personales con gran dosis de sacrificio. Ante la situación de que la práctica de la educación física en los colegios tiene un marcado corte militar, el fomento de valores como el espíritu de equipo y el compañerismo son los grandes ausentes entre las fortalezas de los deportistas chinos y el lastre que impide que la práctica del fútbol no termine de despegar entre la población.

Sin embargo, el fútbol en China está asociado a otro aspecto más dentro del proceso de globalización del país, con el reto de abrir hasta 50.000 academias hasta 2025 y construir 70.000 campos de fútbol por todo el país. Medidas que son los primeros pasos para potenciar la práctica del fútbol en China, y que permitirán alcanzar los tres grandes sueños de Xi en esta materia, empezando por una clasificación de China para otra Copa del Mundo, la única vez fue durante el Mundial de Japón y Corea en 2002, albergar una Copa del Mundo y, en tercer lugar, conseguir ganarla. Como retos intermedios, China aspira a convertirse en uno de los mejores equipos de fútbol de Asia en 2030, alcanzable gracias a fomentar la práctica de este deporte entre más de 50 millones de jugadores en 2020. Objetivo a priori alcanzable, una vez que China ocupa el quinto puesto en Asia, según expertos deportivos locales, resultando más complicado conseguir un equipo de élite para 2050.

Los eventos deportivos son los mejores instrumentos para ejercer influencia política, soft power utilizado para proyectar los valores nacionales del país anfitrión, un mecanismo de alto valor que permite canalizar inversiones empresariales. El gran escaparate del Mundial de Fútbol supone para las empresas chinas fuertes dosis de visibilidad durante un mes en el punto de mira mundial, de ahí que marcas como Hisense, Vivo, Yadea y Wanda figuren entre los promotores chinos del Mundial de la FIFA Rusia 2018 con anuncios en paneles a pie de campo durante el evento. Otro signo más de los beneficios de la globalización.

Los grandes clubes de fútbol del mundo son embajadores de una marca, de un estilo, de una identidad, a la que se han sumado los ciudadanos chinos sin ni siquiera tener una selección a la que apoyar en este Mundial de Rusia, pero que ha conseguido desplazar hasta 100.000 seguidores, de los que solamente 40.000 tienen entrada, 8.000 más que las adquiridas por los fans ingleses, según los organizadores de la FIFA. El resto de los 60.000 chinos que acudirán al evento lo harán en calidad de turistas para experimentar el ambiente cerca de la acción. Con ello, China se sitúa en el puesto 8 en el Top 10 de número de entradas vendidas, clasificación que la lidera Estados Unidos, país que tampoco compite en el Mundial de Rusia, al que le siguen Brasil (2), Colombia (3), Alemania (4), México (5), Argentina (6), Perú (7), Australia (9) y Reino Unido (10), dando muestra de cómo la globalización se aplica a los movimientos económicos y sociales en el mundo actual.

El ámbito de los negocios también está representado en la compra de jugadores entre las grandes ligas. Paradójicamente, la Superliga de China figura en el primer puesto de las ligas que más gastaron en traspasos en el mercado de invierno de 2016, alcanzando los 336,55 millones de dólares, a cierta distancia de la consolidada Premier League, que alcanzó los 271,42 millones de dólares, según datos de Transfermarkt.de. La Liga española, que acoge a un buen número de internacionales y de grandes figuras, queda eclipsada por las magnitudes que se mueven en China, ocupando la sexta posición entre las grandes ligas mundiales con 40,56 millones de dólares en traspasos. Esta situación ha provocado que China comience a codearse con los grandes del fútbol, situándose en el quinto puesto como importador de futbolistas en 2016 tras superar a Francia, clasificación que lidera Inglaterra, Alemania, España e Italia, las potencias tradicionales del fútbol.

La globalización ha demostrado ser un método efectivo para mejorar los estándares económicos y sociales. El proceso en el que está inmerso China desde que en 2001 entrara a formar parte de la Organización Mundial de Comercio (OMC) ha permitido que el país asiático haya alcanzado éxitos muy remarcables para reducir el número de personas que viven en pobreza extrema y aumentar los estándares de calidad de vida. Otros proyectos en marcha como el Made in China 2025, Healthy China 2030 y la iniciativa de la nueva Ruta de la Seda forman parte del compromiso de Xi por impulsar la transición de China hacia una economía avanzada. Además, es posible que China esté compitiendo por albergar la Copa del Mundo de 2030 o 2034, para el agrado del creciente número de aficionados chinos y del propio presidente Xi que verán cómo se consolida la Superliga de China en los próximos años. ¿Acaso iba China a desaprovechar el gran escaparate del fútbol para hacerse más global? (Foto: Ai Kagou, Flickr)

Grupo

Ponencia: La sombra de China, geoestrategia y geopolítica. Fernando Delage

Fernando Delage, profesor de Relaciones Internacionales y Analista Político, ofreció una charla sobre el papel que juega y quiere jugar China a nivel regional y global, su ascenso como potencia, su relación con Estados Unidos…

La China de Xi Jinping es una China que ha redefinido su comunismo como un “socialismo con características chinas”. Es una China que no tiene nada en contra de la integración europea, como puede tener Rusia. Es una China asertiva, pero con iniciativas de carácter multilateral en el plano internacional. Ejemplo de esto último puede ser el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, que se puede considerar, además, un fracaso diplomático para Estados Unidos.

Respecto a su relación con EEUU, mucho se ha hablado últimamente sobre si el ascenso de China puede ser pacífico, sobre la famosa trampa de Tucídides. De momento, la iniciativa “Made in China 2025”, el plan mediante el cual China se ha propuesto seguir para impulsar y reestructurar su industria para pasar de una era de cantidad a una nueva era de calidad y eficiencia en la producción, se ha convertido en una obsesión para Trump. Por otro lado, “el sueño chino” de Xi Jinping planea que, para cuando el Partido Comunista celebre su centenario en 2021, China será una sociedad modestamente acomodada y, cuando la República tenga cien años, en 2049, será un país próspero y fuerte y sus fuerzas armadas estarán entre las mejores de mundo. De sus fuerzas armadas hace gala el gigante asiático en el Mar del Sur de China, zona clave y conflictiva, donde China quiere minimizar la influencia de los norteamericanos, a quienes considera culpables de la inestabilidad de la región.

Respecto a la pregunta “¿Qué le falta a China para gobernar el mundo?” El profesor Delage contesta “No va a ser”, “la naturaleza del poder global ha cambiado, no veremos otro hegemón como el Imperio Romano o Estados Unidos”. Considera que la prioridad estratégica de China es Asia, donde sí tiene interés en ser potencia regional. En un plano global Delage argumenta que el país del centro no tiene interés en acabar con los acuerdos de Bretton Woods, sino ganar peso en las instituciones existentes y complementarlas con otras que sí lidera, como el BAII.

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Érase una vez… Juan José Heras

Érase una vez un gran líder chino que decidió cargar sobre sus espaldas la titánica tarea de convertir a su país en una potencia mundial. Para ello, les pidió a sus conciudadanos confianza plena en sus decisiones, que implicaban sacrificios como la aceptación de un mayor control sobre internet, sus viajes, sus compras, sus empresas y en general, sus propias vidas. Pero es que él, y solo el, sabía lo que realmente era bueno para ellos.

Sus súbditos, unos más convencidos que otros, obedecieron, ya que para ellos era más importante mejorar su condiciones de vida que estrenar unas libertades desconocidas y que, según decían algunos, podrían sumir en el caos a un país habituado a la tutela de sus gobernantes.

Entonces, el gran líder habló con los pequeños líderes de los países vecinos para explicarles cómo debían gestionar algunos asuntos que en el pasado habían enfrentado a sus pueblos. Les “convenció” de que lo mejor era que China se encargase de controlar los mares adyacentes y las cadenas de islas cercanas, ya que todo eso había pertenecido desde siempre a su país. Además, les prometió carreteras, puentes y centrales energéticas para desarrollar sus países y poder así comprar los productos chinos. Por último les mostró que ese amigo lejano (EE.UU.), que en otro tiempo les había prometido protección, ya no era de fiar, y que no vendría en su auxilio si, por cualquier motivo incomprensible para la razón humana, desafiaban la autoridad del emperador.

Para “ayudar” a los pueblos bárbaros más alejados del imperio, China puso en marcha la iniciativa de la “nueva ruta de la seda” con la que pretendía conectar Europa y Asia comercialmente. Prestó mucho dinero a estos países a cambio de que lo utilizasen en contratar a las empresas del emperador para construir autopistas, puentes, líneas ferroviarias, centrales energéticas y polos industriales. Pero la mayoría de ellos no pudieron hacer frente a sus préstamos y el imperio tuvo que asumir su tutela política y económica para impulsar el desarrollo en el continente.

Mucho más lejos de la civilización se encontraban los europeos, que en un pasado reciente habían tenido la fortuna de descubrir magias de guerra muy poderosas que les permitieron humillar al Imperio del Medio durante 100 años. El nuevo emperador sabía que todavía  necesitaba hacerse con esa magia para volver a ser el único interlocutor reconocido bajo el cielo. Por eso elaboró un plan para atraer a China a los hechiceros europeos. Primero les ofreció la posibilidad de utilizar la abundante mano de obra barata del imperio para fabricar sus hechizos más baratos. Posteriormente, cuando los súbditos chinos tuvieron dinero para comprarlos, el emperador ofreció a los magos extranjeros acceso a su mercado interno a cambio de la fórmula secreta de algunos de ellos. Pero los europeos todavía guardaron para ellos la magia más vanguardista y poderosa.

Durante décadas, el astuto emperador aguardó agazapado bajo eternas promesas de liberalización del mercado y avances en el respeto de los derechos humanos, dando la impresión de que su imperio se desarrollaría de acuerdo al modelo occidental. Hasta que un día, los frágiles sistemas de gobierno democrático de estos pueblos bárbaros comenzaron a resquebrajarse con independentismos, corrupción no planificada y la reivindicación de libertades utópicas envenenadas por la ignorancia que florece en las sociedades acomodadas. Entonces el emperador, aprovechando las sucesivas crisis económicas que asolaron el viejo continente, consiguió hacerse con esa magia puntera que hasta ese momento marcaba la diferencia entre ellos.

Con el paso del tiempo China fue acumulando influencia política gracias a su capacidad económica, consiguió mejorar la mejor de las magias europeas y multiplicó su potencial bélico, que, construido durante varias décadas, se convirtió en su mejor garantía ante el incumplimiento de las viejas promesas, que ya solo respetaría para aquellos países que demostrasen su condición de buenos vasallos.

Hasta aquí la historia de cómo China recuperó en el siglo XXI el lugar que le correspondía, esto es, el centro del mundo. Y al igual que en su momento parecía imposible que EE.UU. perdiera su hegemonía mundial, ahora es impensable que se derrumbe el imperio asiático.

Sin embargo, en todos los imperios (y en todas las empresas), los peores enemigos están dentro. Y quien sabe si las nuevas generaciones, que ya no tengan necesidad de mejorar sus condiciones de vida, comenzarán a exigir libertades y derechos que, llevados al extremo resucitarán los fantasmas del independentismo, la corrupción no planificada, y la desafección hacia las clases políticas que, en otro tiempo provocaron la caída de la vieja Europa. Eso sí, en este caso, todo será con “características chinas”.

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Estrategia económica de Trump: el más fuerte gana. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El Trump candidato prometió prosperidad económica, y el Trump presidente ha mantenido esa promesa. Desde el principio manifestó que China era parte del problema y que se impondría para hacerles seguir las reglas económicas internacionales. Y aunque ha sido la promesa más repetida, en el fondo no es más que “hacer América grande de nuevo”. A pesar de tanto alarde, no fue hasta la semana pasada que se ha desvelado la estrategia económica de la Administración Trump, y su receta para ejecutarla.

Si se recapitula un poco, uno de sus primeros movimientos fue resucitar el sector minero del carbón, con la justificación de que con ello se crearían muchos empleos. Muy a pesar del coste ecológico, y de que el carbón es una industria en caída en el resto del planeta. Luego fue castigar a las empresas que estaban saliendo de territorio estadounidense a países como México en busca de bajar los costes de mano de obra y por tanto de producción. Seguido por los aranceles al aluminio y acero, que decantó las discusiones a todos los niveles sobre una posible guerra económica. Y mientras todo esto sucedía, Washington no ha parado de enviar recordatorios a Beijing de que deben respetar las reglas del juego, y para obligarlos a ello están amenazándoles con tasarles con la módica suma de 150 billones de dólares.

A principios de la semana pasada, Trump dijo explícitamente que se mantendría la presión para que China entre por el carril; de lo contrario, Estados Unidos seguirá imponiendo tarifas masivas como medida coercitiva. La estrategia consiste en una mezcla entre la amenaza y la acción. Una fuente que pidió no ser identificada citaba a una de las oficiales más altas en el Departamento de Comercio, quién admitió en una conversación privada, que están ejecutando una política de fuerte presión hacia China con el propósito de que Beijing permita la entrada de productos estadounidense a territorio chino, sin tantas restricciones.

China y su peculiar sistema comunista, cuya ambigüedad emite señales de un capitalismo mucho más feroz que el de las economías occidentales, y a pesar del dantesco crecimiento que han experimentado en los últimos 20 años y de la aparente apertura que se percibe desde el exterior, siguen manteniendo estrictas restricciones en la penetración de su mercado interno (es el caso de los productos importados). Y esto incluye a productos estadounidenses, por lo que la Administración Trump está enfocada a cambiar esta realidad. Y con ello reducir o idealmente acabar con el déficit de intercambios entre ambas naciones, cosa que ha repetido el presidente en múltiples ocasiones.

Un caso curioso es el de ZTE, la compañía de teléfonos móviles china, a la que la Administración Trump le impuso sanciones muy severas en abril de este año, por haber vendido equipos a Irán. Dichas sanciones hubieran podido acabar con la compañía china, por lo que Xi Jinping personalmente le pidió a Trump que se levantaran. Lo que llevó al presidente estadounidense a abrir una investigación en la que se concluyó que ZTE adquiría, de compañías estadounidenses, materiales para la fabricación de sus equipos. Finalmente, Trump decidió levantar las sanciones para evitar que se hundira. Otro ejemplo que prueba la estrategia de fuerte presión para obligarles a cambiar su comportamiento.

Otro caso es el NAFTA, un acuerdo agonizante muy a pesar de que la mayoría de los expertos lo consideran positivo para la economía estadunidense y la estabilidad regional. Sin embargo, la Casa Blanca considera que no deben seguir adelante las conversaciones para revitalizarlo. Políticamente hablando, no creen que este sea el momento para avanzar, debido a que habrá elecciones en los tres países miembros, en los meses siguientes. Por su parte, tanto México como Canadá están intentando diversificar sus socios comerciales, de acuerdo al Council on Foreign Relations.

La supervivencia del más fuerte sigue dando sus frutos. El presidente Trump tiene una amplia experiencia en el uso de esta estrategia en el sector privado, y la está poniéndola en práctica desde el estado en el competitivo juego del comercial internacional. Economías más pequeñas, como la mexicana, se quejan, hacen un poco de ruido, pero su margen de maniobra es muy limitado. Mientras que una economía como la china, siendo la segunda del mundo, no sólo puede sacarle pecho a Estados Unidos, sino que puede conseguir cambios de postura, como el levantamiento de sanciones. En pocas palabras la estrategia económica de Trump es un juego de fuerte presión cargada de muchas amenazas, y acciones que básicamente consisten en sanciones económicas individuales o estatales. (Foto: Lauren Mitchell, Flickr)

Submarino

INTERREGNUM: Mercados y submarinos chinos. Fernando Delage

No hay mejor reflejo del poder chino que el hecho de que no haya una semana en la que su presidente no ocupe la primera página de los grandes medios internacionales. Y, en coherencia con las ambiciones de Pekín, las noticias no son sólo de cuestiones empresariales. Es ya imposible hablar del futuro de la economía global, pero también del equilibrio militar de poder, sin tener en cuenta a la República Popular.

El martes 10 de abril, en una intervención ante el Boao Forum—reunión que se celebra anualmente en la isla de Hainan, y es conocida como el “Davos asiático”—Xi Jinping asumió una vez más su ya conocido papel de principal defensor del libre comercio y la globalización. Xi recurrió a los mismos mensajes en los que ha hecho hincapié en el Foro Económico Mundial en enero de 2017, o en distintas ocasiones multilaterales, como las cumbres de APEC (la última de ellas en Vietnam el pasado noviembre). Pekín ha sabido ocupar el vacío creado por el nacionalismo económico de Trump, con una retórica que calma a los mercados internacionales sin abandonar al mismo tiempo la defensa de sus intereses nacionales.

Ambos objetivos coinciden en el anuncio realizado por Xi en el mismo discurso: prometió reducir las barreras a la inversión extranjera en la industria del automóvil y el sector financiero, disminuir los aranceles a las importaciones de vehículos de motor, y mejorar la protección de los derechos de propiedad intelectual. Su compromiso sobre estos asuntos centrales en las actuales disputas comerciales con Washington, y el tono conciliador empleado por Xi, han mitigado la preocupación por una inminente guerra comercial. La administración Trump se ha atribuido con celeridad la victoria, al interpretar la declaración del presidente chino como una concesión a sus presiones. Pero China aún tendrá que concretar su retórica en hechos. De momento, se ha garantizado la estabilidad que necesita su crecimiento—objetivo interno prioritario—, mientras—de cara al exterior—es la República Popular quien refuerza su imagen como país respetuoso de las normas multilaterales.

China, por resumir, ha vuelto a dar otro ejemplo de habilidad en su diplomacia económica. A lo que hay que sumar la demostración militar realizada sólo dos días más tarde. El despliegue de más de 10.000 soldados, 48 buques y submarinos de la armada y 76 cazas de la fuerza aérea carece de precedente. A bordo del destructor Changsha, el presidente chino pasó revista a siete grupos de batalla, y por primera vez hicieron aparición pública los submarinos nucleares 094A, dotados cada uno de ellos con 12 misiles intercontinentales (de un alcance estimado de 7.400 kilómetros). Las comparaciones históricas, siempre presentes en el imaginario nacional, llevó a algunos medios a describir la ocasión como la mayor concentración de buques chinos en 600 años, es decir, desde las famosas expediciones del almirante Zheng He. Como mínimo, sí revela la extraordinaria y acelerada modernización de las capacidades navales chinas desde la llegada de Xi Jinping al poder a finales de 2012; un poderío que puede poner fin—así lo reconoce el propio Pentágono—a la supremacía de Estados Unidos en las aguas del Pacífico occidental.

Como no habrá escapado a la atención de los observadores, los ejercicios también se han desarrollado en la isla de Hainan, plataforma central de proyección en el mar de China Meridional—la totalidad de cuyas islas Pekín reclama—, y punto de partida de la Ruta de la Seda Marítima. El mismo día que Xi se dirigió a sus tropas, también se anunció la realización de maniobras navales en el estrecho de Taiwán el 18 de abril. (Foto: Gerry Pink, Flickr)

Coliseum

INTERREGNUM: Xi Imperator. Fernando Delage

La inauguración, el 5 de marzo, de la reunión anual de la Asamblea Popular Nacional china, estuvo precedida por el anuncio—extraordinario aunque no sorprendente—de la eliminación del límite temporal de dos mandatos establecido por la Constitución para el ejercicio de la presidencia de la República Popular. Tales límites no existían de manera oficial ni para la secretaría general del Partido Comunista ni para la presidencia de la Comisión Central Militar, las dos verdaderas fuentes de poder del máximo líder chino. Xi Jinping controla ahora todos los resortes del Partido y del Estado, y potencialmente puede mantenerlos de por vida.

Es el resultado que cabía esperar de las sucesivas maniobras políticas realizadas por Xi desde su nombramiento como secretario general a finales de 2012. Pero es una decisión difícil de entender en el contexto de la historia china del siglo XX, que marca además tanto una regresión en la institucionalización del sistema político como un desafío ideológico a Occidente. ¿Qué puede haber llevado a Xi a esa concentración de poder que, de manera inevitable, obliga a recordar el desastre del maoísmo? Las justificaciones oficiales son muy pobres, y se centran en la necesidad de asegurar la estabilidad nacional. El presidente, marcado por la experiencia de la implosión  de la Unión Soviética, considera necesario fortalecer el papel central del Partido Comunista y, por tanto, la ortodoxia ideológica. Lo que supone, por definición, debilitar las instituciones estatales. Considera, además, que su liderazgo personal del Partido es un imperativo para gestionar la transición hacia un nuevo modelo de crecimiento económico, así como para consolidar el ascenso de la República Popular al centro del sistema internacional.

La contradicción es obvia. La quinta parte de la humanidad vuelve a un régimen dictatorial en abierta divergencia con su modernización social y económica. Xi cree en la superioridad moral y práctica del comunismo chino frente a las que percibe como debilitadas democracias occidentales. El problema es que se trata de una apuesta arriesgada en múltiples frentes. Su control personal del Politburó y del Comité Central desde el pasado XIX Congreso del Partido no significa que haya neutralizado a todos sus enemigos en el seno de la organización. El abandono del sistema de liderazgo colectivo impuesto en su día por Deng Xiaoping para evitar precisamente la irrupción de un nuevo Mao, se suma ahora a los efectos de la campaña anticorrupción como fuente de oposición interna. Mayor alcance puede tener a medio plazo, con todo, la reacción de una sociedad más formada, con nuevas expectativas y con una memoria aún viva de las consecuencias del maoísmo.

Si, por otra parte, Xi considera que es una medida que le facilitará la transformación estructural de la economía, al poder imponer las reformas necesarias frente a las resistencias que encuentra en las propias estructuras del Partido, no resulta fácil entender cómo podrá hacerlo. Un mayor control ideológico y una vigilancia constante de la lealtad a su liderazgo no podrá favorecer la innovación ni la adopción de las normas e instituciones que requiere una economía avanzada.

De cara al exterior se van despejando asimismo las dudas sobre las intenciones de la diplomacia china. El desafío, además de económico y estratégico, pasa a ser también ideológico. Pekín sabe que su discurso sobre la existencia de opciones diferentes de la democracia liberal encaja con las preferencias de líderes políticos de distintas partes del mundo. Para Estados Unidos, Europa y Japón, entre otros, se amplía pues el espacio en que actuar. De verdad comienza, como declaró Xi en el Congreso del Partido Comunista en octubre, una “nueva era”. Lo será tanto para China como para el resto del mundo.

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THE ASIAN DOOR: Xi Jinping sin límite de mandato, China sin límite en la I+D. Águeda Parra

Con la decisión de la Asamblea Nacional Popular de China, del pasado 11 de marzo, de reformar la Constitución para eliminar la restricción del límite de dos mandatos para los presidentes, la era Xi Jinping no finalizará en 2023, sino que se prolongará, al menos, cinco años más. Esto significa ampliar el tiempo de llevar a cabo las reformas económicas iniciadas, y prometidas, por el presidente chino desde que tomara posesión del cargo en 2013.

El hecho de que exista la posibilidad de prolongar en más de dos mandatos la presidencia de China supone un mayor grado de centralización en la toma de decisiones y una mayor concentración del poder. Pero también significa iniciar, desarrollar e impulsar proyectos en los que Xi Jinping se ha implicado en primera persona como parte de su legado.

De finalizar el mandato de Xi en 2023, la celebración del centenario de la fundación del Partido Comunista Chino en 2021 sería la fecha en la que Xi Jinping mostraría al mundo los avances económicos y sociales alcanzados por China en las últimas dos décadas. Coincidiría con el final de su mandato, y no podría seguir impulsando otras iniciativas contempladas en el XIII Plan Quinquenal (2016-2020) que persiguen apostar por la innovación y la modernización del país como piedra angular para alcanzar la transición hacia una economía avanzada.

Por ello, el punto positivo de la consolidación del poder de Xi Jinping es que favorecerá que se alcance un mayor número de reformas estructurales en el corto plazo, impulsando aún más la transformación en la que está inmersa China, y en la que apenas ha recorrido la mitad del camino. Eliminar la limitación del mandato tendrá efectos positivos en los avances tecnológicos, no sólo en alcanzar el Made in China 2025, sino en establecer nuevos límites tecnológicos gracias a la apuesta en la era de Xi por la I+D.

En la era de Xi Jinping, el gasto en I+D ha sido una prioridad, aumentando en apenas un lustro un 70,9% desde 2012. El resultado ha sido que China destinó en 2016 el 2,1% del PIB a I+D, superando el gasto del conjunto de la Unión Europea (28), que alcanzó el 1,9%, aún lejos del 2,7% de Estados Unidos, el 2,9% de Alemania, y el 3,1% que dedica Japón, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

A pesar de que China disfruta de un menor bienestar social y económico que el resto de potencias, sin embargo, muestra una mayor determinación por situar en primera línea la I+D. Impulsar la creación de numerosos parques industriales de alta tecnología e incubadoras está situando a China como promotor mundial en inteligencia artificial, en robótica y en big data. El esfuerzo de China por liderar la I+D está llevando al país a dominar industrias como la nuclear, las energías renovables, los trenes de alta velocidad y los vehículos eléctricos. Todo ello hará que China consiga alcanzar el objetivo de convertirse en el líder mundial en tecnología en 2035.

Para ello, será importante desarrollar a las empresas nacionales. Hasta un total de 376 empresas chinas figuran en el informe 2017 EU Industrial R&D Investment publicado por la Comisión Europea, que recopila las 2.500 empresas de 43 países con mayor inversión en I+D en 2016. Estas compañías chinas forman el Top 3 mundial y son responsables del 8,3% del gasto en I+D mundial, por detrás de Japón que incorpora 365 empresas que invierten el 14% del total, liderando la clasificación Estados Unidos, con 822 compañías responsables del 39,1% de la investigación y desarrollo mundial.

Los gigantes del e-commerce mundial como Alibaba y Tencent, y muchas otras compañías chinas que ya compiten a nivel global, se están convirtiendo en jugadores globales, reduciendo la distancia existente en innovación y tecnología de China con el resto de potencias occidentales. Durante la era de Xi, la brecha tecnológica se reducirá aún más gracias a que China dispone de una mayor cantera de talento, con 4,7 millones de graduados en ciencias, tecnología, ingenierías y matemáticas en 2016, ocho veces más que los 568.000 de Estados Unidos. Todo ello para posibilitar que China luche en la mejor de las condiciones posibles en la carrera tecnológica mundial que permitirá que los países mejor preparados en innovación lideren la economía digital del mañana.

 

Silicon Valley

THE ASIAN DOOR: La Superbowl del talento tecnológico se juega en China. Águeda Parra

(Foto: Christian Rondeau, Flickr) En la última década, China ha pasado de focalizarse en la producción de manufactura como palanca de crecimiento del país, con los problemas derivados de un importante sobrecalentamiento de varios sectores económicos, a situarse como pieza principal de la revolución digital mundial. En este tiempo, el crecimiento de dos dígitos que registraba la economía a principios del siglo XXI ha pasado a un nivel más moderado, del 6,9% en 2017, pero muy superior al del resto de países industrializados.

En sólo una década, China ha pasado de ser la fábrica del mundo, a liderar la economía digital, gracias al gran momentum tecnológico que vive el país. Este cambio de paradigma procede de la visión de Xi como impulsor de políticas de crecimiento más sostenibles y adecuadas para afrontar el reto de construir una China moderna.

Las nuevas tecnologías se han desarrollado en la sociedad china a un ritmo mayor que en otras economías desarrolladas, generando toda una nueva generación de nativos digitales que son los verdaderos artífices de todo un ecosistema digital que no sólo transforma el país, sino que está definiendo, en función de sus gustos y preferencias, el futuro del e-commerce mundial.

En esta estrategia de transformación digital, China también cuenta con los “sea turtles”, como se denomina a aquellos graduados chinos que regresan de estudiar en las universidades extranjeras, personas que están creando la versión china del Silicon Valley en territorio nacional. El factor de la apuesta por la innovación, importantes oportunidades de carrera y una mayor inversión en capital son los principales motivos que encuentran los 432.500 graduados que regresaron a China en 2016, de un total de 544.500 personas que optaron por estudiar en el extranjero, un 22 por ciento superior a los que regresaban en 2013, según datos del Ministerio de Educación.

Los incentivos económicos son también un punto destacado del regreso de la diáspora digital. Según un estudio del South China Morning Post, los graduados en el extranjero reciben un salario un 17,2 por ciento superior a los graduados en las universidades nacionales. Las grandes tecnológicas chinas están creando un ecosistema digital con oportunidades laborales mejores a las que podrían acceder los ingenieros asiáticos en compañías como Google, Facebook y Apple, donde únicamente ocupan el 30% de las posiciones profesionales y tienen difícil acceso a los puestos directivos. En China las oportunidades vienen de la mano de empresas como Alibaba y Tencent, que se encuentran entre las compañías más valiosas del mundo, compitiendo directamente con sus rivales estadounidenses Amazon y Facebook.

A este grupo de talentos tecnológicos hay que sumarle la apuesta del gobierno chino por atraer los mejores científicos y personas de negocios relacionados con el ámbito de las nuevas tecnologías a través de la concesión de visas gratuitas por 10 años, según publicaban fuentes oficiales a principios de 2018. Sin duda, el grupo de extranjeros de alto nivel y los “sea turtles” chinos son el perfil de empleados que demandan los gigantes tecnológicos estadounidenses que operan en territorio chino. Entre ellos, el gran gigante de Internet Google, que ha abierto su cuarta oficina en China con 600 empleados en la nueva capital tecnológica mundial, Shenzhen, donde también están presentes otros grandes de la industria como Huawei y Tencent. Recientemente era Apple quien anunciaba la apertura de un centro de servicios de almacenamiento de iCloud en la provincia de Gizhou.

La revolución digital es ya una realidad en China, y es la clase media china la que está actuando como prescriptor digital. Mientras los países occidentales todavía no son plenamente conscientes de la velocidad vertiginosa a la que se producen los avances tecnológicos en China, Shenzhen ha pasado de ser una aldea de pescadores en 1980 a convertirse en el denominado Sillicon Valley del hardware a principios de siglo. Todo un alarde de intenciones de que China, en cuestión digital, es capaz de liderar la transformación global en las próximas décadas.

CIUDAD PROHIBIDA

INTERREGNUM: China en el centro. Fernando Delage

El lunes 15 de enero el Diario del Pueblo de Pekín publicó en primera página un llamativo manifiesto sobre el papel de China en el mundo. Apenas dos meses después del XIX Congreso del Partido Comunista, en el que Xi Jinping insistió en el comienzo de una “Nueva Era”, y coincidiendo con el primer aniversario de la toma de posesión de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, el texto es revelador de las ambiciones de Pekín.

Retomando la idea de que China se encuentra ante un período de oportunidad estratégica para hacer avanzar sus intereses y consolidar su poder—un mensaje ya sugerido por Jiang Zemin en el año 2000—, se recogen tres ideas esclarecedoras sobre lo que piensan los dirigentes chinos y cómo están construyendo la narrativa de su ascenso.

El documento enumera, en primer lugar, los que considera como principales problemas que afronta hoy el mundo: el “déficit democrático”, el “déficit de gobernanza”, la desigualdad, el terrorismo o el cambio climático. Y todos ellos son consecuencia, según se indica del “sistema político y económico capitalista”. Estos factores, se señala en segundo lugar, están provocando profundos cambios, de los que está surgiendo como resultado un nuevo orden internacional. Esta es la ocasión, por último, para que China restaure su grandeza y regrese a la posición que le corresponde en el mundo.

Las reiteradas referencias del texto al “determinismo histórico” permiten concluir que China ve la presidencia de Trump como el contexto perfecto para dar ese salto cualitativo hacia la cúspide del poder mundial. Hace ahora también un año, en la primera ocasión en que un presidente chino asistía al foro de Davos, Xi defendió el libre comercio frente a las inclinaciones proteccionistas del nuevo presidente norteamericano, y ofreció su país para liderar la globalización. Su ofrecimiento fue recibido con alivio por los medios internacionales.

Celebrado el XIX Congreso, el Diario del Pueblo, principal órgano de comunicación del Partido Comunista, transmite la misma idea de manera directa a su opinión pública. Una China en el centro del mundo es, junto a la sostenibilidad del crecimiento económico, un pilar central de la legitimidad del régimen en el siglo XXI. Xi eleva la apuesta, en un juego en el que de momento continúa ganando puntos. La Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, hecha pública en diciembre, y la del Pentágono, anunciada hace unos días por el secretario Mattis, hacen hincapié en el desafío revisionista que representa China. Para Pekín son una prueba añadida de cómo se acelera la reconfiguración del poder global a su favor.

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THE ASIAN DOOR. La apuesta por las renovables en China, una cuestión de prioridad nacional. Águeda Parra

Desde que China adelantara en 2007 a Estados Unidos como mayor emisor de gases de efecto invernadero, los caminos de ambas potencias hacia las renovables no han resultado previsibles. Una década después, la primera potencia mundial y segunda más contaminante ha renunciado a los compromisos de la Cumbre del Clima de París tras retirar Donald Trump a Estados Unidos tan sólo un mes después de tomar posesión como presidente, mientras China lidera hoy la apuesta por la energía verde.

Xi Jinping ha hecho de la revolución de las renovables una cuestión de legado personal y una prioridad nacional. Tras haber argumentado que el gigante asiático tenía derecho a industrializarse de la misma forma que otras potencias en el pasado, el país más contaminante del mundo se encuentra ahora inmerso en la transición hacia una economía verde debido a los efectos devastadores que este tipo de crecimiento ha producido.

El modelo de alta dependencia del carbón y de uso intensivo de recursos naturales utilizado durante décadas ha evolucionado en la era de Xi Jinping a uno donde prima la inversión en renovables y donde se apuesta por un modelo de crecimiento con estrategias de desarrollo más sostenibles y eficientes. Según el informe Global Trends in Renewable Energy Investment de BNEF, en 2016 el gigante asiático invirtió en renovables 103.000 millones de dólares, lejos de los 44.100 millones de dólares destinados por Estados Unidos, los 22.200 millones de dólares de Reino Unidos y los 8.500 millones de dólares invertidos por Alemania.

La prioridad este invierno ha sido lanzar en las regiones del norte la iniciativa de prohibir vender, transportar y quemar carbón tanto a la población como a las empresas, excluidas varias plantas de acero y electricidad propiedad del gobierno. En el caso de Taiyuan, capital de la producción de carbón de China, supone la prohibición del 90% del consumo total de carbón para calefacción, utilizando como alternativa fuentes renovables. El plan se extiende a las veintiocho ciudades con más polución del norte, entre ellas Beijing y Tianjin, que deberán sustituir gradualmente hasta 2021 el carbón por gas natural o electricidad. La falta de coordinación y planificación ha provocado que, en muchos casos, se hayan producido cortes de abastecimiento de calefacción durante días con temperaturas bajo cero.

Estos planes muestran que la revolución de las renovables es un hecho en China, y desde 2013 se aprecia un descenso paulatino en el nivel de producción y consumo del carbón, tendencia que se consolidará en el próximo lustro. Entre otras medidas, en 2017 se cumplía el plazo para cerrar en Beijing las cuatro mayores fábricas de carbón, cierre que se produjo en marzo, disminuyendo el consumo de carbón en la capital hasta los 9,5 millones de toneladas en 2016, lejos de los 30 millones de toneladas de 2005.

China avanza hoy con medidas ambiciosas en su propósito de liderar las renovables, y así en diciembre pasado lanzaba la mayor iniciativa hasta el momento con la creación del mayor mercado de carbono del mundo. Xi Jinping se comprometía en 2015, en un encuentro con Barack Obama durante las rondas del Acuerdo del Clima de París, a lanzar en 2017 un mercado que limitara la emisión total de carbón a las empresas contaminantes, permitiéndoles comprar “créditos de carbono” de otras más sostenibles, imponiendo así penalizaciones a unos y gratificaciones a las compañías más limpias. Desde 2011, han estado en marcha siete programas piloto regionales de comercio de emisiones que ahora se aplicarán a 1.700 empresas, de un total de 6.000, que generan energía mediante el uso de carbón y el gas natural, y que producen 3 billones de toneladas de emisiones de dióxido de carbono al año, un tercio del total del país. El programa comenzará con el sector de la energía, causante del 46% de las emisiones de carbono, al que le seguirán posteriormente otras industrias.

Durante este invierno, Beijing y Shanghai han disfrutado de cielos más claros, aunque las condiciones meteorológicas han influido, pero en los próximos años el mundo verá cómo China se mueve con paso firme para liderar la revolución de las renovables. (Foto: Serena, Flickr)