rio revuelto

THE ASIAN DOOR: A río revuelto, ganancia entre los países asiáticos. Águeda Parra

Si por algo se ha caracterizado la Cumbre del G20 en Argentina ha sido por la tregua alcanzada entre Estados Unidos y China después de 150 días de guerra comercial. El período de gracia, establecido en 90 días para ahondar en conversaciones que acerquen posturas, supone además que Trump paralice la aplicación del incremento previsto de los aranceles del 25% sobre más de 200.000 millones de dólares de productos chinos a partir del 1 de enero de 2019. Sin embargo, por parte de la delegación china, la comunicación de los acuerdos alcanzados durante la cena que mantuvieron en la Cumbre con Estados Unidos se hará esperar. Está pendiente que Xi Jinping vuelva a China tras aprovechar su viaje de regreso para iniciar relaciones bilaterales con Panamá, después de que el país dejara de reconocer a Taiwán, y para profundizar en las relaciones comerciales con Portugal en el contexto de la nueva Ruta de la Seda.

Tras Argentina, ambas partes se muestran como vencedores. Ante su electorado y la opinión pública, Trump exhibe positivamente el logro de conseguir comprometer a China en la importación de más productos estadounidenses, mientras que Xi Jinping, sin ese tipo de presión, da muestras de una mayor apertura y promoción de reformas. Sin embargo, la cuestión de fondo sigue siendo la dificultad de Trump para fomentar el proteccionismo de la economía norteamericana manteniendo una guerra comercial con China que no le está resultando fácil ganar.

En esta situación de lucha de ambas potencias por el poder global, el encarecimiento que aplica China a la importación de automóviles, o el gravamen a la exportación de ciertos productos agrícolas que establece Estados Unidos, principalmente sobre la soja, podría generar a la larga cambios en los flujos comerciales hacia otros países proveedores más baratos. El vecino México podría sustituiría a China en la importación de componentes de automóvil en el marco del acuerdo entre Estados Unidos-México-Canadá, mientras que Europa podría convertirse en el proveedor de productos agrícolas de China en sustitución de unos productos americanos más caros por efecto de la guerra comercial. Sin embargo, a río revuelto, ganancia entre los países asiáticos, según concluye el estudio realizado por The Economist Intelligence Unit sobre los beneficiarios de la guerra comercial entre Estados Unidos y China aplicado a tres grandes ámbitos.

De los tres grandes campos de la guerra comercial que analiza el estudio, una de las categorías que mayor impacto tiene en la balanza comercial entre ambos países es la de productos electrónicos y componentes, que supuso 150.000 millones de dólares de los 526.000 millones de dólares del total de importaciones de Estados Unidos desde China en 2017. Objetivo prioritario de la guerra comercial, representa además la estrategia de Trump de impedir los avances que China persigue en el ámbito de la innovación a través de la iniciativa Made in China 2025. De modo que, de mantenerse en el tiempo la guerra comercial, muchas empresas podrían tomar la decisión de transferir la producción de ciertos componentes intermedios y de productos de consumo, como los teléfono móviles y portátiles, a las plantas de producción en ubicaciones más económicas, como Vietnam y Malasia, principalmente, que además cuentan con una buena red de infraestructuras que facilita la logística y la distribución.

El sector automotriz es otra parte destacada de las disputas en la guerra comercial. Dejando a un lado la producción de China, especialmente destinada a satisfacer la demanda local, el enfrentamiento con Estados Unidos surge por ser el principal cliente de las exportaciones chinas de componentes de automóvil, de ahí la presión de Estados Unidos para que China elimine estos aranceles. Situación de la que también se beneficiaría Alemania, ya que parte de los coches que destina al mercado chino salen de las fábricas en Estados Unidos, lo que indirectamente implica una penalizando a su producción. Sin embargo, lo más importante en este ámbito es que el sector de componentes de automóvil de China representa el 8% del volumen global en 2017, lo que convierte al gigante asiático en una seria amenaza para el dominio mundial de Alemania (16,1%), Estados Unidos (11,6%) y Japón (8,9%) como los tres grandes de la industria. En este escenario, Malasia, y sobre todo Tailandia, sería la gran beneficiaria, una vez que es uno de los principales centros regionales de fabricación de componentes del automóvil.

Finalmente, el estudio completa una tercera categoría, la de textiles y prendas de vestir, de las que Estados Unidos importa 38.700 millones de dólares de los 257.000 millones de dólares que exportó China durante 2017. En este ámbito, y de mantenerse la guerra comercial, el compromiso de China por priorizar productos de alto valor podría repercutir en que países como Bangladesh, Vietnam e India se beneficien de una deslocalización, una vez que ya forman parte de las cadenas de producción de varias empresas internacionales, aunque no puedan competir con el volumen de fabricación que ofrece China.

Un río revuelto producido por una guerra comercial que, de prolongarse en el tiempo, supondría trasladar las ganancias hacia Vietnam, Malasia, Tailandia e India, principalmente, aunque para ello todavía sería necesario que pasaran entre dos y tres años para que las cadenas de producción se pudieran adaptar a esta nueva situación. Todo dependerá de cuánto y cómo quiera alargar Estados Unidos la escenificación de la trampa de Tucídides, donde ante la amenaza de la potencia emergente, China, la potencia dominante decide prolongar e incrementar los efectos de la guerra comercial. (Foto: Cameron Baxter, flickr.com)

gallina ciega

China y Rusia en el escenario latinoamericano. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- América Latina es una región que, por sus enormes riquezas naturales, ubicación y cercanía con los Estados Unidos, representa especial interés para China y Rusia. A pesar de una compleja realidad de democracias débiles, narcotráfico, corrupción, guerrilla y tráfico humano, entre otros, que han facilitado la penetración de los intereses de Moscú y Beijing. ¿Pero hasta dónde llega la interferencia de estos gobiernos extranjeros y cuáles son las implicaciones?

4Asia asistió a un foro organizado por la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad de John Hopkins en colaboración con el Centro de Estudios de la Defensa Willian J. Perry sobre los retos de seguridad en América Latina, en el que se discutió en profundidad por parte de expertos en la región la situación actual. Un punto coincidente entre todos fue que el mayor y más complejo problema que enfrenta la región es Venezuela, que, debido a la magnitud del conflicto, se ha convertido en un problema que trasciende las fronteras y afecta a la región entera.

Moises Naím definió a Venezuela como un Estado fallido, criminal, ocupado por Cuba -que define como una invasión del siglo XXI- además de ser narco-Estado. Mientras que el embajador estadounidense William Brownfield,  con una larga experiencia en narcóticos y en la región, remarcó la idea que Venezuela es un “Estado Mafia”, connotación aún más grave que la de narco-estado, según él, debido a que el gobierno venezolano y sus instituciones está involucradas con todo tipo de crímenes internacionales.

David Smolansky, miembro del grupo de trabajo de la inmigración venezolana de la OEA, explicó la gravedad de la situación de los inmigrantes con números: 208 venezolanos salen del país cada hora, 5 mil todos los días y más de 30 mil se movilizan en las fronteras para adquirir alimentos y medicinas. Y el embajador Juan Carlos Pinzón (exministro de la defensa de Colombia y ex-embajador de Colombia en Washington) explicó que Colombia está atendiendo a los inmigrantes de la mejor manera que puede porque los consideran hermanos. Sin embargo, apuntó que cada individuo que sale de Venezuela favorece al régimen de Maduro, pues es un opositor menos en su territorio.

En cuanto a la influencia de Rusia en Latinoamérica, Julie Gurganus -miembro del Consejo de Inteligencia de los Estados Unidos- precisó los tres objetivos que persigue Rusia en el mundo: 1. Ser percibidos como un gigante y/o poderoso, 2. mantener la bipolaridad mundial y 3. disputarle la influencia a Washington. La Rusia de Putin ha jugado astutamente con esta influencia en la región latinoamericana. Suelen hacer visitas de Estado justo antes de que necesiten apoyo internacional. Un ejemplo, agrega, fueron las visitas de altos funcionarios rusos a países de esta región antes de la invasión de Crimea, que acabó con la resolución de la Asamblea General de la ONU condenando a Rusia con los votos en contra de Bolivia, Cuba, Nicaragua y Venezuela (entre otros) y con la abstención de Brasil y el Salvador (entre otros).

Así mismo, sostiene que Moscú utiliza la venta de armas para asegurarse de que sus clientes se conviertan en aliados en la zona, y conseguir influencia y dependencia de quien las compre.

En cuanto a China, Margaret Myers -directora del programa de Asia y América Latina en el Inter-American Dialogue- sostiene que la influencia de China en la región es indudable y cada día hay más programas de intercambios, que han aumentado considerablemente en los últimos 5 años. Sin embargo, insiste en que sólo la mitad de los proyectos que Beijing ha anunciado han sido ejecutados.

La motivación que mueve a China, dice, es promover oportunidades para sus empresas. Mientras que Stephen Kaplan -profesor de la Universidad George Washington-, precisa que China es el quinto país en dar créditos en el planeta, aunque lleve poco tiempo en el mundo crediticio. Intentan además diferenciarse de las instituciones tradicionales de crédito. En vez de exigir pagos en dinero, se asegura que el país acreedor comprará materia prima china y usará proveedores chinos y maquinaria china. Con lo que se aseguran parte del retorno. Puso el ejemplo de Venezuela, a quien los chinos han dado muchos créditos y como parte del pago le exigen pagar con petróleo.

Mientras que por un lado gestionan bien una dependencia de sus clientes, por otro no impone condiciones o normas de cómo usar el dinero: sólo le preocupa su retorno, no el uso que dan al dinero.

Siendo Venezuela el mayor reto que enfrenta la región, es un problema que le salpica, y muy de cerca, a Washington. A pesar de que la Administración Trump reconoce el régimen de Maduro como ilegítimo, y se ha observado un incremento de sanciones y presión, parece no ser suficiente.

China tiene una presencia muy activa en este país, así como lo tiene Rusia, que ha otorgado muchos créditos a Maduro, mientras simultáneamente han fortalecido sus relaciones con La Habana, lo que no es de sorprender pues los cubanos tienen fuerte presencia en Venezuela, sobre todo a través de los servicios de inteligencia, que, según expertos, ha sido la razón de la supervivencia del régimen a pesar del profundo descontento social.

La Administración Trump conoce la situación. Sin embargo, parece no entender la dimensión de las consecuencias más allá de la región latinoamericana. A mayor número de inmigrantes saliendo de las fronteras venezolanas mayor el riesgo que esos inmigrantes busquen como destino el norte del continente. Y ya Trump lo tiene complicado con los miles de personas que llegan de Centroamérica.

Tanto Xi jinping como Vladimir Putin saben que controlar Latinoamericana hace vulnerable a Estados Unidos mientras que ambos se hacen con los recursos naturales, con los compromisos de los gobiernos y compran apoyos estratégicos.

Cena

INTERREGNUM: Cena en Buenos Aires. Fernando Delage

Los mercados y el mundo entero han recibido con alivio el acuerdo al que llegaron los presidentes Trump y Xi durante la cena mantenida por ambos al concluir la cumbre del G20 en Buenos Aires el pasado sábado. La amenaza norteamericana de elevar los aranceles a las importaciones de productos chinos del 10 por cien al 25 por cien a partir del próximo 1 de enero ha quedado en suspenso. China, inquieta por los efectos de tal medida sobre el empleo—y, por tanto, sobre la estabilidad social y política—ha prometido aumentar sus compras a Estados Unidos, aunque por un importe que no se ha dado a conocer. ¿Se ha evitado una guerra comercial que parecía inevitable?

En realidad, la administración Trump ha dado un plazo de 90 días a Pekín para evitar esas nuevas sanciones. Washington ha declarado que los dos países comenzarán negociaciones para resolver algunos de los principales problemas en su relación económica, como el robo de propiedad intelectual o las transferencias forzosas de tecnología. La falta de avances conducirá a una nueva escalada de las tarifas arancelarias.

Ambos líderes necesitan una tregua. Trump ha perdido—para el Partido Republicano—la mayoría en la Cámara de Representantes, mientras el fiscal especial sobre sus relaciones con Rusia, Robert Mueller, continúa avanzando en su investigación. En China tampoco faltan las—discretas—críticas a Xi, cuya política de excesivo triunfalismo ha conducido a un contraproducente enfrentamiento con la todavía primera economía mundial. Las dos economías necesitan por otra parte equilibrar su dinámica comercial, y China abrir en mayor grado sus mercados a la inversión extranjera.

Cabe prever que el déficit norteamericano con la República Popular se reduzca en cualquier caso. Esta lleva años fomentando el aumento del consumo interno, lo que parece estar dando resultados: la tasa de ahorro ha caído del 52 por cien de 2010 al 46 por cien en 2017, a la vez que se multiplican las cifras de créditos para las familias. A medida que la clase media china mantenga al alza su consumo, el turismo o la educación en el extranjero para sus hijos, el superávit con Estados Unidos disminuirá. China también corregirá su dependencia de las exportaciones a este último país a través de la Ruta de la Seda—que reorientará buena parte de sus ventas a los mercados de Asia, África y Oriente Próximo—y de su propia estrategia de internacionalización, que llevará a sus grandes firmas a producir desde otras naciones.

Es un error por parte norteamericana por tanto seguir enfocando su déficit con la República Popular como una cuestión bilateral. Trump sólo tendrá una política china eficaz cuando tenga un concepto coherente de la dinámica asiática en su conjunto. Y es este tablero más extenso el que explica que—pese a la tregua de Buenos Aires—la posibilidad de un choque entre los dos gigantes no ha desaparecido del escenario. En último término, los modelos de orden regional que uno y otro país quieren construir en Asia son simplemente incompatibles. (Foto: Haigang Li, flickr.com)

modern china

THE ASIAN DOOR: El legado de Xi Jinping. Águeda Parra

En la era de Xi Jinping, China está adquiriendo un mayor protagonismo con la vista puesta en consolidar su influencia como poder global en 2049, con capacidad de influir en cuestiones mundiales, al estilo de otras grandes economías occidentales. Para entonces, se conmemorarán los 100 años de la República Popular de China, una fecha en la que se espera esté completado gran parte del legado del presidente Xi diseñado sobre cuatro grandes baluartes.

En primer lugar, y desde el punto de vista del desarrollo social, Xi Jinping impulsó la eliminación de la política del hijo único en 2015, dos años después de comenzar a liderar la segunda economía mundial, ante el inevitable desafío de tener que abordar la modernización de la industria y la innovación tecnológica con una población envejecida. Para ello, China necesita una población activa numerosa, pero la realidad es que el número de personas mayores de 60 años ha aumentado en 110 millones desde 1999 que, en magnitud, representa la población de España y Reino Unido juntas. Entre los efectos positivos derivados de la aplicación de esa política en 1979 destaca haber conseguido sacar de la pobreza a más de 800 millones de personas, con la previsión de que quede completamente erradicada para 2020. Entre los retos de Xi Jinping destaca el “rejuvenecimiento de la nación china”, porque solamente con una amplia población joven puede mantenerse la revolución tecnológica que actualmente está liderando el país a nivel mundial en algunos aspectos como el e-commerce, las FinTech y la inteligencia artificial, tres campos en los que China se posiciona como líder mundial.

En segundo lugar, en la transición de China de potencia orientada a la manufactura y a la exportación, a una economía basada en el consumo interno, el sector servicios y la innovación, las nuevas tecnologías se están convirtiendo en el principal facilitador del cambio. No podemos decir que China con una población de más de 1.300 millones de personas tenga una clase media fuerte, ya que apenas alcanza los 132 millones de personas, el 10% de la población, con incrementos de la renta per cápita en las últimas cuatro décadas de media del 10% cada año. De ahí que entre el legado de Xi figure potenciar el crecimiento de la clase media, que podría situarse en los 480 millones de personas en 2030, un 35% de la población. Esto supone, cuadruplicar en poco más de una década el número de personas que pasan a formar parte de una creciente clase media que se está convirtiendo en uno de los motores económicos del país.

En tercer lugar, la innovación a través del “gran salto adelante” en tecnología, representado por una de las grandes iniciativas de Xi Jinping, la conocida como Made in China 2025. Con gran involucración gubernamental, la iniciativa se enfoca en todo el proceso de manufactura y se extiende a todo tipo de empresas. El objetivo es mantener las actuales tasas de crecimiento anual basándose en la innovación y en las nuevas tecnologías para modernizar la industria. Con esta iniciativa, China pretende conseguir una producción de contenido nacional de componentes y materiales básicos del 40% en 2020, y llegar al 70% en 2025.

Finalmente, en cuarto lugar, la nueva Ruta de la Seda. Una iniciativa orientada a potenciar la gobernanza internacional de China y el poder regional en Asia-Pacífico. La iniciativa está considerada como parte del legado de Xi, de ahí que se haya involucrado en primera persona, y tras cinco años desde el anuncio de la iniciativa en 2013, el presidente chino ha logrado incrementar su influencia geopolítica y geoestratégica en los países por donde se extienden las rutas terrestres y la Ruta Marítima al establecer lazos bilaterales más estrechos con los países de la región. Considerada como la mayor iniciativa de desarrollo de infraestructuras mundial, supone una apertura a nuevos mercados para los productos chinos con alto impacto en los flujos comerciales entre China y Europa.

En definitiva, cuatro grandes directrices con las que se relaciona la era de Xi y que reflejan el modelo de una China moderna que el presidente chino espera dejar como legado. Para entonces, será la confirmación de que bajo el lema de una nueva era de “socialismo con características chinas” se habrá alcanzado el “sueño chino” de construir una “sociedad modestamente acomodada”, un “país rico y poderoso” y un pueblo “dinámico y feliz”. (Foto: Mario Vecchi, flickr.com)

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先锋的困境. 米格尔偶斯。 Miguel Ors Villarejo。

几年前,Xavier Sala i Martín告诉我,如果中国人在1978年告诉他 “他们想要启动资本主义制度,但产权有限,我会把他们赶出我的办公室”。当时开始了约翰·威廉姆森(John Williamson)所谓的“华盛顿共识”(Washington Consensus),并寻求“稳定,私有化和自由化成为一代技术官僚的口头禅”

如果看一看自那以后世界上发生的事情,进展似乎是不可否认的:在过去四十年中,贫困人口减少了80%。 然而,这一进展的原因尚不清楚,因为当按国家研究这个问题,他警告说,在增长的地方,没有那么多的华盛顿共识,而在有华盛顿共识的地方已经没有那么多增长。

最明显的例子是中国。 它的成功“引发了许多问题”。 自由主义的正统观点规定贫困患者要消除进口壁垒,货币的完全可兑换性和法治,但根据这一方案,中国人无法做得更糟:他们维持关税和货币控制 它的法治显然是可以改进的。 他们是如何做到这么多成长的呢?

原则上,资本总是寻求廉价劳动力来开采,但是那种廉价劳动力在1978年以前存在,并且仍然存在于非洲和拉丁美洲的许多地方,然而,没有人投资。 “永远不要成为先锋”“第一个基督徒得到最胖的狮子”

同样,第一个投资者也会失去一切。 先驱者的困境起到了强大的抑制作用,没有人会过火。

北京怎么走? 可能是在不知不觉中。 几十年来,西方投资者一直在香港经营。 许多农民非法穿越寻找机会,并且厌倦了逮捕他们,官员们想:为什么我们不在边境这边设厂,避免泄漏? 他们在深圳建立了一个经济特区(SEZ).

接下来是即兴和好运的结合。 正如鲍里斯·叶利钦在俄罗斯和国际货币基金组织的技术官僚所做的那样,邓小平可能更倾向于将改革推广到全国,但共产党的抵抗迫使他采取渐进战略。他必须对促进更多的专属经济区感到满意,并为此赋予了巨大的自主权。

只有坚定的马克思主义者的决心才能把资本主义推向极端。

尽管Joshua Cooper Ramo谈到北京共识,但很少有人相信这是一个真正的模式。 “没有建筑师,”历史学家张立凡说。 从学术角度来看,中国的经济剧本充满了奇异的旋转,我不会惊讶Sala会把任何试图告诉他的人扔出办公室。 “没门儿!” (Tradución: Isabel Gacho Carmona)

acelerar

INTERREGNUM: Xi en España. Fernando Delage

En vísperas de la conmemoración de los 40 años de la puesta en marcha de la política de reformas chinas, y de la adopción de la Constitución española, el presidente de la República Popular, Xi Jinping, visita Madrid. En estas cuatro décadas la posición internacional de ambos países ha cambiado de manera notable; también el alcance de sus relaciones, tanto económicas como políticas. Aunque la asimetría entre las dos naciones condiciona el margen de maniobra español, China no es sólo un asunto bilateral, sino quizá uno de los mejores ejemplos de los desafíos del mundo de la globalización.

Cuando, en diciembre de 1978, la tercera sesión plenaria del XI Comité Central del Partido Comunista decidió abandonar el modelo de planificación de décadas anteriores e integrarse en la economía mundial, Deng Xiaoping sólo quería corregir el retraso que arrastraba China y asegurar la supervivencia del régimen político. Nadie podía imaginar cuáles iban a ser los resultados de ese proceso. Desde 2001 —año en que se adhirió a la Organización Mundial de Comercio (OMC)—, su PIB se ha multiplicado por nueve, el porcentaje que representa de la economía mundial se ha quintuplicado (hasta el 20 por cien), y su renta per cápita ha aumentado ocho veces. En 2009 superó a Alemania como mayor potencia exportadora y, en 2013, a Estados Unidos como mayor potencia comercial. Su producción industrial, equivalente en el año 2000 a la cuarta parte de la de Estados Unidos, superó en 2017 la de Estados Unidos y Japón juntos. En el último lustro, China supuso por sí sola más del 30 por cien del crecimiento global. El gobierno australiano estima que, hacia 2030, la economía china será dos veces mayor que la de Estados Unidos (42 billones de dólares frente a 24 billones de dólares).

La España que visita Xi esta semana es un pequeño país por comparación. Pero eso no significa que no resulte atractivo para los dirigentes chinos. La transición española —de los Pactos de la Moncloa al sistema autonómico— y la internacionalización de nuestras empresas ha atraído desde hace años el interés de los expertos del gigante asiático. La influencia económica y política de España en la Unión Europea y, sobre todo, en América Latina, nos proporciona una influencia superior a la que correspondería a una simple potencia media. Por parte española, nuestras multinacionales aspiran a estar en los proyectos de la Ruta de la Seda, pero el gobierno no puede ignorar las implicaciones políticas de la iniciativa ni las dificultades de acceso al mercado chino. Desconocemos al escribir estas líneas si se firmará un memorando de entendimiento sobre el gran proyecto de Xi, como ya han hecho una docena de Estados miembros de la UE pero han rechazado Francia, Reino Unido o Alemania. El presidente chino nos visita sólo días después de que la Unión haya dado el visto bueno a un mecanismo de supervisión de las inversiones extranjeras en el Viejo Continente, diseñado con China como principal objeto de atención.

Más allá de iniciativas concretas, la visita de Xi debería servir de estímulo para reconocer el déficit de conocimiento y atención sobre China y, en general, sobre la región que se ha convertido en el nuevo centro de gravedad de la economía y política mundial. También resultaría conveniente adaptar las estructuras de la administración española, aún marcadas por un excesivo eurocentrismo y atlantismo. No puede entenderse que Asia, un continente que representa el 60 por cien de la población y más del 40 por cien del PIB global, siga sin contar con una dirección general propia en el ministerio de Asuntos Exteriores, por ejemplo.

Prosperar en el mundo del siglo XXI no depende tan sólo de encontrar nuevas oportunidades exteriores de negocio para nuestras empresas o de un mayor proactivismo diplomático. La tarea es más bien interna: se requiere ante todo contar con una estructura económica que prime la productividad—lo que resulta inseparable de la innovación—, así como un sistema educativo diseñado para una era de competencia internacional. En último término se requiere un Estado estratégico, con capacidad para identificar los intereses nacionales a largo plazo y formular la estrategia que haga posible su consecución. Los líderes chinos saben dónde quieren estar a mediados de siglo. ¿Lo saben los políticos españoles? ¿Los de Occidente en su conjunto? (Foto: Marco Bertazzoni, Flickr.com)

Xi revolution

THE ASIAN DOOR: La revolución de Xi Jinping. Águeda Parra

El próximo 27 de noviembre, y durante tres días, comienza la visita de Estado del presidente chino, Xi Jinping, a España, la primera que realiza a nuestro país. Un año muy especial para las relaciones diplomáticas entre ambos países ya que el pasado 9 de marzo se celebraron los 45 años del establecimiento de relaciones bilaterales entre España y China. Desde que en 2005 visitara nuestro país el anterior presidente chino, Hu Jintao, China ha seguido consolidando un gran desarrollo económico hasta convertirse en uno de los grandes protagonistas de la geopolítica y la geoestrategia mundial.

Con esta visita a España, Xi Jinping pone de manifiesto la buena relación existente entre ambos países con el objetivo de seguir reforzando la colaboración impulsando proyectos de cooperación conjunta. El fomento de la nueva Ruta de la Seda será una de las iniciativas que presente mayor interés entre ambas partes, con el objetivo de que España tenga una mayor participación de la mayor iniciativa de desarrollo de infraestructuras mundial. De esta manera, China busca que los proyectos de la Franja y la Ruta, como también se denomina a la iniciativa en España, se extiendan por toda la geografía europea.

La visita de Xi Jinping se produce además cuando se conmemoran los 40 años de las reformas promovidas por Deng Xiaoping en 1978, con las que China consiguió iniciar una época de reformas económicas y de apertura que supuso la mayor progresión económica y social de la historia para una población de la dimensión de la china, y en tan poco tiempo. A diferencia de Deng Xiaoping, que abordó esta etapa apostando por mantener un perfil bajo, la era de Xi se caracteriza por tomar una actitud de mayor protagonismo en las cuestiones de política exterior, apostando por una China moderna que persigue el liderazgo en temas geopolíticos y geoestratégicos tomando decisiones que marcarán el futuro del mundo.

En la llamada cuarta revolución de China, ésta que ha comenzado con la era de Xi Jinping, el gigante asiático aborda otro tipo de retos a aquellos que tuvo que enfrentar Deng Xiaoping durante la conocida como tercera revolución. En aquel momento, el gran reto era conseguir recuperar la economía de China tras el fracaso del proyecto de industrialización masiva que supuso el “Gran Salto Adelante” ideado por Mao Zedong, y que condujo a la población china a la mayor hambruna conocida en la historia mundial. Bajo la máxima de su famosa frase “No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”, Deng Xiaoping inició una etapa de reformas promoviendo un cambio de una economía basada en la agricultura a una orientada a la manufactura. Como resultado, se promovió el traslado de las áreas rurales a las ciudades, que comenzaron a albergar las denominadas zonas económicas especiales (ZEE). La primera de ellas en la ciudad de Shenzhen, que pasó de ser una aldea de pescadores en 1980 a convertirse en uno de los más importantes hubs de innovación del mundo. La reducción de la pobreza, el aumento de la renta per cápita, la política del hijo único, son también parte de este gran legado de Deng Xiaoping en su tercera revolución.

En la era de Xi Jinping, en la cuarta revolución, China ya ha consolidado el proceso de transición de una economía socialista planificada a una economía de mercado, para abordar una nueva etapa, si cabe igual o más desafiante que la anterior, con el objetivo de avanzar hacia la transición de una economía avanzada. Eso significará que China habrá alcanzado el estatus de economía de ingresos de nivel medio-alto, un objetivo que, sin embargo, debe conseguir antes de que la población envejezca. Y existe un alto riesgo de que no lo consiga ya que, teniendo una quinta parte de la población mundial, se estima que para 2030 la población mayor de 65 años superará a los menores de 14 años, de ahí que China disponga apenas de dos décadas para conseguir uno de los grandes desafíos que caracterizan esta cuarta revolución de Xi Jinping.

Por ello, a pesar de que China es actualmente el primer exportador del mundo y el segundo importador, el país necesita todavía de ciertas reformas que permitan que el gigante asiático aborde una cuarta etapa de revolución económica tan importante como aquella tercera liderada por Deng Xiaoping. Durante los primeros cinco años de Xi Jinping, la economía ha crecido a una tasa media anual del 7%, y aunque la economía china comienza a mostrar síntomas de desaceleración, registrando un crecimiento del 6,7% interanual en el tercer trimestre del año, el reto para el presidente chino es seguir manteniendo tasas de crecimiento similares que le permitan consolidar la transformación económica y social que pretende China en las próximas décadas.

buenos aires

Cita en Buenos Aires

Dentro de unos días, en el marco de la cumbre del G-20 en Buenos Aires, Donald Trump y Xi Jinping se encontrarán cara a cara y, por detrás de la casi segura amabilidad formal, escenificarán el momento actual de sus relaciones, probablemente un paso más hacia la guerra comercial, aunque con gestos hacia un posible acuerdo, es decir, una fase más en la complicada disputa para ver quién arranca mas ventajas de la actual situación.

En el G-20 habrá más simpatía espontánea hacia China que hacia Estados Unidos. Décadas de propaganda antinorteamericana, la pervivencia de las falsas verdades marxistas sobre el capitalismo y el liberalismo y el hábil pragmatismo chino han logrado un ecosistema favorable. Aunque no hay que olvidar que el proteccionismo defendido por Trump, bien poco liberal y contrario al libre mercado capitalista, ha puesto su parte en el escenario.

Pero el proteccionismo no es exclusivo de Trump. Aunque siempre ha existido en proporciones importantes a pesar de la hipocresía oficial, y la Unión Europea es maestra en esto, es un fenómeno que está creciendo peligrosamente. Las crisis, y sobre todo la explicación que se da de éstas, provocan la vuelta a la ensoñación del nacionalismo más delirante como solución a todos los problemas, como si volver a la tribu, sus costumbres y sus viejos prejuicios fueran a mejorar la humanidad. Pocos parecen estar curados de esto.

Pero, además de recordar los infiernos que el nacionalismo y el delirante proteccionismo han provocado, hay que insistir en la batalla ideológica, incluso aunque produzca réditos electorales; halagarlo, aunque sea moderadamente, es abonar la emocionalidad primitiva frente a una racionalidad en retroceso. (Foto: Oski Rodríguez, flickr.com)

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INTERREGNUM: Asia entre Washington y Pekín. Fernando Delage

Las reuniones multilaterales mantenidas en Asia la semana pasada entre Singapur y Papua Nueva Guinea—ASEAN, ASEAN+3, la Cumbre de Asia Oriental y el foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico—han escenificado una vez más las crecientes tensiones entre Estados Unidos y China. Lejos de contribuir a minimizar sus diferencias, los encuentros han contribuido más bien a extenderlas al conjunto de la región.

La ausencia de Trump no lanza quizá el mensaje más conveniente para los intereses norteamericanos. Tampoco ayuda el mantenimiento de la retórica de confrontación: ha sido el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, quien ha defendido una política comercial unilateralista y el rechazo de todo intento revisionista del orden regional. Pence acusó a China de intentar crear una dependencia económica y financiera de las naciones participantes en sus proyectos de infraestructuras, y de alterar la estabilidad asiática a través de sus acciones en el mar de China Meridional, que calificó como “ilegales y peligrosas”, además de “amenazar la soberanía de muchas naciones y poner en riesgo la prosperidad del mundo”. Utilizando palabras similares a las empleadas en su discurso en el Hudson Institute a principios de octubre, añadió: “China se ha aprovechado de Estados Unidos durante muchos, muchos años y esos días se han acabado”. Washington, concluyó, “no abandonará su política hasta que China cambie su comportamiento”.

Como cabía esperar, los líderes chinos acusaron por su parte a Estados Unidos de promover el proteccionismo comercial y asumir una estrategia unilateralista y de enfrentamiento en defensa de sus intereses más estrechos. En una nada velada descripción realizada durante su intervención en la cumbre de APEC, el presidente Xi Jinping calificó a Estados Unidos como una amenaza a la paz y seguridad regional, mientras presentó a China como un socio indispensable para el desarrollo y la estabilidad de Asia. El primer ministro Li Keqiang insistió entretanto en Singapur en la conveniencia de acelerar la negociación del acuerdo de Asociación Económica Regional Integral (RCEP en sus siglas en inglés), en el que participan numerosos socios y aliados de Estados Unidos, en defensa del libre comercio y de una estructura multilateral basada en reglas.

Estados Unidos y China no sólo ofrecen por tanto esquemas opuestos sobre el futuro del Indo-Pacífico, sino que compiten de manera directa por atraerse a los Estados de la región. China necesita a sus vecinos para evitar una nueva guerra fría, pero sus incentivos económicos no bastan para ganarse la complicidad de unas naciones preocupadas por su expansión marítima y por la deuda que les puede suponer el proyecto de la Ruta de la Seda. Pero justamente cuando China ha pasado a una fase de mayor asertividad, Estados Unidos ha optado por desmantelar los pilares de su primacía en Asia de las últimas décadas: su hostilidad al libre comercio y la desconfianza en las alianzas extienden las dudas sobre el compromiso norteamericano con la región, una impresión que se ha visto acentuada por la decisión del presidente Trump de no acudir a las reuniones multilaterales de este año.

Nadie cree a los dirigentes chinos cuando éstos dicen carecer de ambiciones geopolíticas. Pero a nadie se le oculta tampoco la contradicción entre la retórica norteamericana y la rápida reconfiguración del orden regional sobre el terreno. Cuando Trump y Xi se encuentren en Buenos Aires a finales de mes en la cumbre del G20, su agenda no podrá centrarse tan sólo en cómo evitar una abierta guerra comercial. La orientación estratégica futura de la región está igualmente en juego.

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China y las elecciones estadounidenses de noviembre. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La guerra comercial contra China ha sido una de los pilares de la política exterior de la Administración Trump. Y después de muchas amenazas, en septiembre impuso nuevas tarifas a productos chinos por más de 200 mil millones de dólares. A lo que China recíprocamente respondió con impuestos a productos estadounidenses por 100 mil millones.

Entre muchos dimes y diretes han transcurrido estas discusiones, en las que los chinos han intentado bajar el tono y conciliar posturas, aunque sin mucho éxito. La semana pasada, Trump advertía en una entrevista concedida a Fox News que tiene otra ronda de sanciones preparada por 267 mil millones de dólares más si las autoridades chinas no se doblegan a las demandas de Washington y cambian sus políticas económicas.

Así lo había dicho con anterioridad en la Asamblea Nacional de Naciones Unidas a finales de septiembre, cuando aseguró que “desde que China se unió a la Organización Mundial del Comercio, USA ha acumulado 13 mil millones de dólares de déficit comercial en las últimas dos décadas”. Mientras afirmaba su respeto y afecto por su amigo, el presidente Xi, ha dejado claro que “el desequilibrio comercial no es aceptable; las distorsiones del mercado de China y la forma en que se manejan no pueden ser toleradas”.

En esa misma línea, en su alocución ante al Consejo de Seguridad del pasado 26 de septiembre, Trump hizo una llamada de atención a China acusándole directamente de estar interfiriendo en las elecciones del 6 de noviembre y asegurando que Beijing no quiere que Trump gane las elecciones, pues ha sido la única Administración que han retado a China a acabar con el comercio internacional injusto.

Esta acusación llamó la atención, pues hasta ese momento sólo se había hablado de interferencia rusa en las elecciones estadounidenses. La interferencia o espionaje chino ha estado siempre reservado a la búsqueda del beneficio económico, al plagio de tecnologías de innovación. Justo la semana pasada, el Departamento de Justicia, acusó a un grupo de individuos y empresas chinas de haber penetrado sistemas informáticos de compañías estadounidenses y haber hurtado información tecnológica. Lo que, además de estar en consonancia con las políticas de la Casa Blanca, no es ni nuevo, ni tampoco sorprendente.

Sin embargo, la Administración Trump está intentando poner el acento en el peligro chino a gran escala. Al señalar a Beijing parece restar importancia a Rusia, quién ha sido y es, según las propias autoridades y el Congreso estadounidense, el peligro para el sistema.

La clave está en que el Departamento creó el Centro de Participación Global (Global Engagement Center “GEC”), justo después de las elecciones presidenciales que adjudicaron a Trump la presidencia, una vez que se comprobó la interferencia rusa durante la campaña. Este centro o GEC tiene como misión dirigir, sincronizar y coordinar los esfuerzos para reconocer y contrarrestar la propaganda y desinformación destinados a socavar los intereses de seguridad nacional de los Estados Unidos. Su sustancioso presupuesto, que a día de hoy supera los 60 millones de dólares no ha sido tocado durante este año, a sabiendas de que éste era un año electoral importante, y muy a pesar de las supuestas sospechas de la Casa Blanca de interferencia china.

Esta teoría conspirativa puede tener su base en la necesidad de convertir a China en el gran enemigo del sistema estadounidense. Como las razones esgrimidas por Trump sobre el déficit que existe entre ambos países, o el desplazamiento de las industrias manufactureras a territorio chino en busca de mano de obra más económica, o la pérdida de empleos del sector industrial. Si, además, se infunde la idea de que los chinos prefieren que los republicanos pierdan estas elecciones de medio término, se cambia el foco de atención del principal sospechoso Rusia por China.

Lo que parece ser conveniente para esta Administración que se ha negado a pronunciarse en cuanto a la interferencia rusa en las elecciones o incluso en contra de la propaganda del Kremlin. Desviar la atención parece ser la gran arma de Trump. Cuando la prensa lo critica, él inventa algo que se convierte en la noticia de última hora y así mantiene el juego en el terreno que él prefiere. Todo parece indicar que esta posible intervención china es más de lo mismo. Mientras tanto, es muy probable que los rusos estén aprovechando ese espacio para influir en la opinión de los ciudadanos estadounidenses a través de su sofisticada propaganda. (Foto: Eric Grunwald, flickr.com)