Submarino

INTERREGNUM: Mercados y submarinos chinos. Fernando Delage

No hay mejor reflejo del poder chino que el hecho de que no haya una semana en la que su presidente no ocupe la primera página de los grandes medios internacionales. Y, en coherencia con las ambiciones de Pekín, las noticias no son sólo de cuestiones empresariales. Es ya imposible hablar del futuro de la economía global, pero también del equilibrio militar de poder, sin tener en cuenta a la República Popular.

El martes 10 de abril, en una intervención ante el Boao Forum—reunión que se celebra anualmente en la isla de Hainan, y es conocida como el “Davos asiático”—Xi Jinping asumió una vez más su ya conocido papel de principal defensor del libre comercio y la globalización. Xi recurrió a los mismos mensajes en los que ha hecho hincapié en el Foro Económico Mundial en enero de 2017, o en distintas ocasiones multilaterales, como las cumbres de APEC (la última de ellas en Vietnam el pasado noviembre). Pekín ha sabido ocupar el vacío creado por el nacionalismo económico de Trump, con una retórica que calma a los mercados internacionales sin abandonar al mismo tiempo la defensa de sus intereses nacionales.

Ambos objetivos coinciden en el anuncio realizado por Xi en el mismo discurso: prometió reducir las barreras a la inversión extranjera en la industria del automóvil y el sector financiero, disminuir los aranceles a las importaciones de vehículos de motor, y mejorar la protección de los derechos de propiedad intelectual. Su compromiso sobre estos asuntos centrales en las actuales disputas comerciales con Washington, y el tono conciliador empleado por Xi, han mitigado la preocupación por una inminente guerra comercial. La administración Trump se ha atribuido con celeridad la victoria, al interpretar la declaración del presidente chino como una concesión a sus presiones. Pero China aún tendrá que concretar su retórica en hechos. De momento, se ha garantizado la estabilidad que necesita su crecimiento—objetivo interno prioritario—, mientras—de cara al exterior—es la República Popular quien refuerza su imagen como país respetuoso de las normas multilaterales.

China, por resumir, ha vuelto a dar otro ejemplo de habilidad en su diplomacia económica. A lo que hay que sumar la demostración militar realizada sólo dos días más tarde. El despliegue de más de 10.000 soldados, 48 buques y submarinos de la armada y 76 cazas de la fuerza aérea carece de precedente. A bordo del destructor Changsha, el presidente chino pasó revista a siete grupos de batalla, y por primera vez hicieron aparición pública los submarinos nucleares 094A, dotados cada uno de ellos con 12 misiles intercontinentales (de un alcance estimado de 7.400 kilómetros). Las comparaciones históricas, siempre presentes en el imaginario nacional, llevó a algunos medios a describir la ocasión como la mayor concentración de buques chinos en 600 años, es decir, desde las famosas expediciones del almirante Zheng He. Como mínimo, sí revela la extraordinaria y acelerada modernización de las capacidades navales chinas desde la llegada de Xi Jinping al poder a finales de 2012; un poderío que puede poner fin—así lo reconoce el propio Pentágono—a la supremacía de Estados Unidos en las aguas del Pacífico occidental.

Como no habrá escapado a la atención de los observadores, los ejercicios también se han desarrollado en la isla de Hainan, plataforma central de proyección en el mar de China Meridional—la totalidad de cuyas islas Pekín reclama—, y punto de partida de la Ruta de la Seda Marítima. El mismo día que Xi se dirigió a sus tropas, también se anunció la realización de maniobras navales en el estrecho de Taiwán el 18 de abril. (Foto: Gerry Pink, Flickr)

Coliseum

INTERREGNUM: Xi Imperator. Fernando Delage

La inauguración, el 5 de marzo, de la reunión anual de la Asamblea Popular Nacional china, estuvo precedida por el anuncio—extraordinario aunque no sorprendente—de la eliminación del límite temporal de dos mandatos establecido por la Constitución para el ejercicio de la presidencia de la República Popular. Tales límites no existían de manera oficial ni para la secretaría general del Partido Comunista ni para la presidencia de la Comisión Central Militar, las dos verdaderas fuentes de poder del máximo líder chino. Xi Jinping controla ahora todos los resortes del Partido y del Estado, y potencialmente puede mantenerlos de por vida.

Es el resultado que cabía esperar de las sucesivas maniobras políticas realizadas por Xi desde su nombramiento como secretario general a finales de 2012. Pero es una decisión difícil de entender en el contexto de la historia china del siglo XX, que marca además tanto una regresión en la institucionalización del sistema político como un desafío ideológico a Occidente. ¿Qué puede haber llevado a Xi a esa concentración de poder que, de manera inevitable, obliga a recordar el desastre del maoísmo? Las justificaciones oficiales son muy pobres, y se centran en la necesidad de asegurar la estabilidad nacional. El presidente, marcado por la experiencia de la implosión  de la Unión Soviética, considera necesario fortalecer el papel central del Partido Comunista y, por tanto, la ortodoxia ideológica. Lo que supone, por definición, debilitar las instituciones estatales. Considera, además, que su liderazgo personal del Partido es un imperativo para gestionar la transición hacia un nuevo modelo de crecimiento económico, así como para consolidar el ascenso de la República Popular al centro del sistema internacional.

La contradicción es obvia. La quinta parte de la humanidad vuelve a un régimen dictatorial en abierta divergencia con su modernización social y económica. Xi cree en la superioridad moral y práctica del comunismo chino frente a las que percibe como debilitadas democracias occidentales. El problema es que se trata de una apuesta arriesgada en múltiples frentes. Su control personal del Politburó y del Comité Central desde el pasado XIX Congreso del Partido no significa que haya neutralizado a todos sus enemigos en el seno de la organización. El abandono del sistema de liderazgo colectivo impuesto en su día por Deng Xiaoping para evitar precisamente la irrupción de un nuevo Mao, se suma ahora a los efectos de la campaña anticorrupción como fuente de oposición interna. Mayor alcance puede tener a medio plazo, con todo, la reacción de una sociedad más formada, con nuevas expectativas y con una memoria aún viva de las consecuencias del maoísmo.

Si, por otra parte, Xi considera que es una medida que le facilitará la transformación estructural de la economía, al poder imponer las reformas necesarias frente a las resistencias que encuentra en las propias estructuras del Partido, no resulta fácil entender cómo podrá hacerlo. Un mayor control ideológico y una vigilancia constante de la lealtad a su liderazgo no podrá favorecer la innovación ni la adopción de las normas e instituciones que requiere una economía avanzada.

De cara al exterior se van despejando asimismo las dudas sobre las intenciones de la diplomacia china. El desafío, además de económico y estratégico, pasa a ser también ideológico. Pekín sabe que su discurso sobre la existencia de opciones diferentes de la democracia liberal encaja con las preferencias de líderes políticos de distintas partes del mundo. Para Estados Unidos, Europa y Japón, entre otros, se amplía pues el espacio en que actuar. De verdad comienza, como declaró Xi en el Congreso del Partido Comunista en octubre, una “nueva era”. Lo será tanto para China como para el resto del mundo.

xi mao

THE ASIAN DOOR: Xi Jinping sin límite de mandato, China sin límite en la I+D. Águeda Parra

Con la decisión de la Asamblea Nacional Popular de China, del pasado 11 de marzo, de reformar la Constitución para eliminar la restricción del límite de dos mandatos para los presidentes, la era Xi Jinping no finalizará en 2023, sino que se prolongará, al menos, cinco años más. Esto significa ampliar el tiempo de llevar a cabo las reformas económicas iniciadas, y prometidas, por el presidente chino desde que tomara posesión del cargo en 2013.

El hecho de que exista la posibilidad de prolongar en más de dos mandatos la presidencia de China supone un mayor grado de centralización en la toma de decisiones y una mayor concentración del poder. Pero también significa iniciar, desarrollar e impulsar proyectos en los que Xi Jinping se ha implicado en primera persona como parte de su legado.

De finalizar el mandato de Xi en 2023, la celebración del centenario de la fundación del Partido Comunista Chino en 2021 sería la fecha en la que Xi Jinping mostraría al mundo los avances económicos y sociales alcanzados por China en las últimas dos décadas. Coincidiría con el final de su mandato, y no podría seguir impulsando otras iniciativas contempladas en el XIII Plan Quinquenal (2016-2020) que persiguen apostar por la innovación y la modernización del país como piedra angular para alcanzar la transición hacia una economía avanzada.

Por ello, el punto positivo de la consolidación del poder de Xi Jinping es que favorecerá que se alcance un mayor número de reformas estructurales en el corto plazo, impulsando aún más la transformación en la que está inmersa China, y en la que apenas ha recorrido la mitad del camino. Eliminar la limitación del mandato tendrá efectos positivos en los avances tecnológicos, no sólo en alcanzar el Made in China 2025, sino en establecer nuevos límites tecnológicos gracias a la apuesta en la era de Xi por la I+D.

En la era de Xi Jinping, el gasto en I+D ha sido una prioridad, aumentando en apenas un lustro un 70,9% desde 2012. El resultado ha sido que China destinó en 2016 el 2,1% del PIB a I+D, superando el gasto del conjunto de la Unión Europea (28), que alcanzó el 1,9%, aún lejos del 2,7% de Estados Unidos, el 2,9% de Alemania, y el 3,1% que dedica Japón, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

A pesar de que China disfruta de un menor bienestar social y económico que el resto de potencias, sin embargo, muestra una mayor determinación por situar en primera línea la I+D. Impulsar la creación de numerosos parques industriales de alta tecnología e incubadoras está situando a China como promotor mundial en inteligencia artificial, en robótica y en big data. El esfuerzo de China por liderar la I+D está llevando al país a dominar industrias como la nuclear, las energías renovables, los trenes de alta velocidad y los vehículos eléctricos. Todo ello hará que China consiga alcanzar el objetivo de convertirse en el líder mundial en tecnología en 2035.

Para ello, será importante desarrollar a las empresas nacionales. Hasta un total de 376 empresas chinas figuran en el informe 2017 EU Industrial R&D Investment publicado por la Comisión Europea, que recopila las 2.500 empresas de 43 países con mayor inversión en I+D en 2016. Estas compañías chinas forman el Top 3 mundial y son responsables del 8,3% del gasto en I+D mundial, por detrás de Japón que incorpora 365 empresas que invierten el 14% del total, liderando la clasificación Estados Unidos, con 822 compañías responsables del 39,1% de la investigación y desarrollo mundial.

Los gigantes del e-commerce mundial como Alibaba y Tencent, y muchas otras compañías chinas que ya compiten a nivel global, se están convirtiendo en jugadores globales, reduciendo la distancia existente en innovación y tecnología de China con el resto de potencias occidentales. Durante la era de Xi, la brecha tecnológica se reducirá aún más gracias a que China dispone de una mayor cantera de talento, con 4,7 millones de graduados en ciencias, tecnología, ingenierías y matemáticas en 2016, ocho veces más que los 568.000 de Estados Unidos. Todo ello para posibilitar que China luche en la mejor de las condiciones posibles en la carrera tecnológica mundial que permitirá que los países mejor preparados en innovación lideren la economía digital del mañana.

 

Silicon Valley

THE ASIAN DOOR: La Superbowl del talento tecnológico se juega en China. Águeda Parra

(Foto: Christian Rondeau, Flickr) En la última década, China ha pasado de focalizarse en la producción de manufactura como palanca de crecimiento del país, con los problemas derivados de un importante sobrecalentamiento de varios sectores económicos, a situarse como pieza principal de la revolución digital mundial. En este tiempo, el crecimiento de dos dígitos que registraba la economía a principios del siglo XXI ha pasado a un nivel más moderado, del 6,9% en 2017, pero muy superior al del resto de países industrializados.

En sólo una década, China ha pasado de ser la fábrica del mundo, a liderar la economía digital, gracias al gran momentum tecnológico que vive el país. Este cambio de paradigma procede de la visión de Xi como impulsor de políticas de crecimiento más sostenibles y adecuadas para afrontar el reto de construir una China moderna.

Las nuevas tecnologías se han desarrollado en la sociedad china a un ritmo mayor que en otras economías desarrolladas, generando toda una nueva generación de nativos digitales que son los verdaderos artífices de todo un ecosistema digital que no sólo transforma el país, sino que está definiendo, en función de sus gustos y preferencias, el futuro del e-commerce mundial.

En esta estrategia de transformación digital, China también cuenta con los “sea turtles”, como se denomina a aquellos graduados chinos que regresan de estudiar en las universidades extranjeras, personas que están creando la versión china del Silicon Valley en territorio nacional. El factor de la apuesta por la innovación, importantes oportunidades de carrera y una mayor inversión en capital son los principales motivos que encuentran los 432.500 graduados que regresaron a China en 2016, de un total de 544.500 personas que optaron por estudiar en el extranjero, un 22 por ciento superior a los que regresaban en 2013, según datos del Ministerio de Educación.

Los incentivos económicos son también un punto destacado del regreso de la diáspora digital. Según un estudio del South China Morning Post, los graduados en el extranjero reciben un salario un 17,2 por ciento superior a los graduados en las universidades nacionales. Las grandes tecnológicas chinas están creando un ecosistema digital con oportunidades laborales mejores a las que podrían acceder los ingenieros asiáticos en compañías como Google, Facebook y Apple, donde únicamente ocupan el 30% de las posiciones profesionales y tienen difícil acceso a los puestos directivos. En China las oportunidades vienen de la mano de empresas como Alibaba y Tencent, que se encuentran entre las compañías más valiosas del mundo, compitiendo directamente con sus rivales estadounidenses Amazon y Facebook.

A este grupo de talentos tecnológicos hay que sumarle la apuesta del gobierno chino por atraer los mejores científicos y personas de negocios relacionados con el ámbito de las nuevas tecnologías a través de la concesión de visas gratuitas por 10 años, según publicaban fuentes oficiales a principios de 2018. Sin duda, el grupo de extranjeros de alto nivel y los “sea turtles” chinos son el perfil de empleados que demandan los gigantes tecnológicos estadounidenses que operan en territorio chino. Entre ellos, el gran gigante de Internet Google, que ha abierto su cuarta oficina en China con 600 empleados en la nueva capital tecnológica mundial, Shenzhen, donde también están presentes otros grandes de la industria como Huawei y Tencent. Recientemente era Apple quien anunciaba la apertura de un centro de servicios de almacenamiento de iCloud en la provincia de Gizhou.

La revolución digital es ya una realidad en China, y es la clase media china la que está actuando como prescriptor digital. Mientras los países occidentales todavía no son plenamente conscientes de la velocidad vertiginosa a la que se producen los avances tecnológicos en China, Shenzhen ha pasado de ser una aldea de pescadores en 1980 a convertirse en el denominado Sillicon Valley del hardware a principios de siglo. Todo un alarde de intenciones de que China, en cuestión digital, es capaz de liderar la transformación global en las próximas décadas.

CIUDAD PROHIBIDA

INTERREGNUM: China en el centro. Fernando Delage

El lunes 15 de enero el Diario del Pueblo de Pekín publicó en primera página un llamativo manifiesto sobre el papel de China en el mundo. Apenas dos meses después del XIX Congreso del Partido Comunista, en el que Xi Jinping insistió en el comienzo de una “Nueva Era”, y coincidiendo con el primer aniversario de la toma de posesión de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, el texto es revelador de las ambiciones de Pekín.

Retomando la idea de que China se encuentra ante un período de oportunidad estratégica para hacer avanzar sus intereses y consolidar su poder—un mensaje ya sugerido por Jiang Zemin en el año 2000—, se recogen tres ideas esclarecedoras sobre lo que piensan los dirigentes chinos y cómo están construyendo la narrativa de su ascenso.

El documento enumera, en primer lugar, los que considera como principales problemas que afronta hoy el mundo: el “déficit democrático”, el “déficit de gobernanza”, la desigualdad, el terrorismo o el cambio climático. Y todos ellos son consecuencia, según se indica del “sistema político y económico capitalista”. Estos factores, se señala en segundo lugar, están provocando profundos cambios, de los que está surgiendo como resultado un nuevo orden internacional. Esta es la ocasión, por último, para que China restaure su grandeza y regrese a la posición que le corresponde en el mundo.

Las reiteradas referencias del texto al “determinismo histórico” permiten concluir que China ve la presidencia de Trump como el contexto perfecto para dar ese salto cualitativo hacia la cúspide del poder mundial. Hace ahora también un año, en la primera ocasión en que un presidente chino asistía al foro de Davos, Xi defendió el libre comercio frente a las inclinaciones proteccionistas del nuevo presidente norteamericano, y ofreció su país para liderar la globalización. Su ofrecimiento fue recibido con alivio por los medios internacionales.

Celebrado el XIX Congreso, el Diario del Pueblo, principal órgano de comunicación del Partido Comunista, transmite la misma idea de manera directa a su opinión pública. Una China en el centro del mundo es, junto a la sostenibilidad del crecimiento económico, un pilar central de la legitimidad del régimen en el siglo XXI. Xi eleva la apuesta, en un juego en el que de momento continúa ganando puntos. La Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, hecha pública en diciembre, y la del Pentágono, anunciada hace unos días por el secretario Mattis, hacen hincapié en el desafío revisionista que representa China. Para Pekín son una prueba añadida de cómo se acelera la reconfiguración del poder global a su favor.

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THE ASIAN DOOR. La apuesta por las renovables en China, una cuestión de prioridad nacional. Águeda Parra

Desde que China adelantara en 2007 a Estados Unidos como mayor emisor de gases de efecto invernadero, los caminos de ambas potencias hacia las renovables no han resultado previsibles. Una década después, la primera potencia mundial y segunda más contaminante ha renunciado a los compromisos de la Cumbre del Clima de París tras retirar Donald Trump a Estados Unidos tan sólo un mes después de tomar posesión como presidente, mientras China lidera hoy la apuesta por la energía verde.

Xi Jinping ha hecho de la revolución de las renovables una cuestión de legado personal y una prioridad nacional. Tras haber argumentado que el gigante asiático tenía derecho a industrializarse de la misma forma que otras potencias en el pasado, el país más contaminante del mundo se encuentra ahora inmerso en la transición hacia una economía verde debido a los efectos devastadores que este tipo de crecimiento ha producido.

El modelo de alta dependencia del carbón y de uso intensivo de recursos naturales utilizado durante décadas ha evolucionado en la era de Xi Jinping a uno donde prima la inversión en renovables y donde se apuesta por un modelo de crecimiento con estrategias de desarrollo más sostenibles y eficientes. Según el informe Global Trends in Renewable Energy Investment de BNEF, en 2016 el gigante asiático invirtió en renovables 103.000 millones de dólares, lejos de los 44.100 millones de dólares destinados por Estados Unidos, los 22.200 millones de dólares de Reino Unidos y los 8.500 millones de dólares invertidos por Alemania.

La prioridad este invierno ha sido lanzar en las regiones del norte la iniciativa de prohibir vender, transportar y quemar carbón tanto a la población como a las empresas, excluidas varias plantas de acero y electricidad propiedad del gobierno. En el caso de Taiyuan, capital de la producción de carbón de China, supone la prohibición del 90% del consumo total de carbón para calefacción, utilizando como alternativa fuentes renovables. El plan se extiende a las veintiocho ciudades con más polución del norte, entre ellas Beijing y Tianjin, que deberán sustituir gradualmente hasta 2021 el carbón por gas natural o electricidad. La falta de coordinación y planificación ha provocado que, en muchos casos, se hayan producido cortes de abastecimiento de calefacción durante días con temperaturas bajo cero.

Estos planes muestran que la revolución de las renovables es un hecho en China, y desde 2013 se aprecia un descenso paulatino en el nivel de producción y consumo del carbón, tendencia que se consolidará en el próximo lustro. Entre otras medidas, en 2017 se cumplía el plazo para cerrar en Beijing las cuatro mayores fábricas de carbón, cierre que se produjo en marzo, disminuyendo el consumo de carbón en la capital hasta los 9,5 millones de toneladas en 2016, lejos de los 30 millones de toneladas de 2005.

China avanza hoy con medidas ambiciosas en su propósito de liderar las renovables, y así en diciembre pasado lanzaba la mayor iniciativa hasta el momento con la creación del mayor mercado de carbono del mundo. Xi Jinping se comprometía en 2015, en un encuentro con Barack Obama durante las rondas del Acuerdo del Clima de París, a lanzar en 2017 un mercado que limitara la emisión total de carbón a las empresas contaminantes, permitiéndoles comprar “créditos de carbono” de otras más sostenibles, imponiendo así penalizaciones a unos y gratificaciones a las compañías más limpias. Desde 2011, han estado en marcha siete programas piloto regionales de comercio de emisiones que ahora se aplicarán a 1.700 empresas, de un total de 6.000, que generan energía mediante el uso de carbón y el gas natural, y que producen 3 billones de toneladas de emisiones de dióxido de carbono al año, un tercio del total del país. El programa comenzará con el sector de la energía, causante del 46% de las emisiones de carbono, al que le seguirán posteriormente otras industrias.

Durante este invierno, Beijing y Shanghai han disfrutado de cielos más claros, aunque las condiciones meteorológicas han influido, pero en los próximos años el mundo verá cómo China se mueve con paso firme para liderar la revolución de las renovables. (Foto: Serena, Flickr)

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INTERREGNUM: El amigo Xi, el rival China. Fernando Delage

El 18 de diciembre, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, presentó la esperada “Estrategia de Seguridad Nacional” de su administración. En sus 68 páginas, sus redactores—bajo la dirección del asesor de seguridad nacional, el general H. R. McMaster—han intentado una tarea imposible: combinar unas líneas de continuidad con la política exterior de administraciones anteriores, con los mensajes disruptivos del actual inquilino de la Casa Blanca. El resultado obliga a preguntarse por la utilidad del esfuerzo.

La estrategia describe de manera acertada el entorno exterior: “la competencia entre las grandes potencias ha regresado”. “China y Rusia, señala, han comenzado a reafirmar su influencia regional y global (…); están disputando nuestras ventajas geopolíticas y están tratando de cambiar a su favor el orden internacional”. El texto declara a China como un “desafío al poder, la influencia y los intereses de Estados Unidos”. Este hincapié en la naturaleza de su competencia con Pekín sí marca una significativa novedad con respecto a los documentos de otros presidentes. El escepticismo es inevitable, sin embargo, al contrastar lo que se dice con las palabras y las acciones de Trump.

El presidente ha declarado su admiración y amistad con su homólogo chino, Xi Jinping. A veces ha dado a entender que su relación personal con Xi convencerá a este último de la conveniencia de cooperar con Washington, especialmente en relación con Corea del Norte. Pero a los amigos no se les describe como hace la estrategia. Pekín no ha tardado de hecho en reaccionar negativamente a su anuncio. Más discutible es, con todo, que los medios propuestos vayan a facilitar la defensa de los intereses norteamericanos.

Uno de los pilares de la estrategia es el de perseguir la “paz a través de la fortaleza”. Pensar que mediante un aumento del presupuesto de defensa se va a frenar el ascenso de China representa un notable desconocimiento de cómo la República Popular está reforzando su influencia regional, y dotándose de unas capacidades asimétricas que minimizan el margen de maniobra norteamericano en Asia oriental. Igualmente incoherente resulta la política comercial sugerida. El documento no se equivoca al identificar algunos de los problemas que plantea la política económica de un sistema intervencionista como el chino; sin embargo, de poco van a servir las soluciones unilaterales propuestas. Washington podrá imponer sanciones a China, pero Pekín reaccionará con las suyas, perjudicando a los intereses de las grandes compañías norteamericanas. ¿Qué hará entonces Trump? Ya fue un grave error abandonar el TPP. El presidente se arriesga a ahondar aún más el aislamiento de Estados Unidos con su amenazas contra el acuerdo de libre comercio con Corea, contra NAFTA, o contra la OMC, sin que ello deriven en ningún caso ventajas para los exportadores de su país.

El problema de fondo es de credibilidad. El documento habla de una estrategia que se apoya en un “realismo basado en principios”. Pero “realista” no es un adjetivo que pueda atribuirse precisamente a Trump. El texto habla asimismo de “la indispensabilidad de la diplomacia para identificar y ejecutar soluciones”, y de la necesidad de “reforzar nuestra capacidad diplomática”. Y lo afirma el único Estado del planeta que no ha firmado el acuerdo de París sobre cambio climático (sus anteriores “compañeros” en esta categoría, Siria y Nicaragua, ya lo han hecho), y la administración que está desarbolando el departamento de Estado.

Ni hay una estrategia detrás de este documento, ni lo que declara refleja la realidad de este gobierno. La conclusión es que la política exterior de Estados Unidos está en crisis, y continuará estándolo mientras Trump permanezca en la Casa Blanca. Entretanto, lejos de favorecer su objetivo de restaurar una posición de dominio, el presidente está erosionando a gran velocidad la influencia norteamericana; una “oportunidad estratégica” para Pekín, que éste utiliza con notable habilidad.

Big Brother

El experimento de ingeniería social que ni Mao se atrevió a soñar. Miguel Ors Villarejo

(Foto: Jean-François Altero, Flickr) En octubre de 1949, Aldous Huxley escribió una carta a George Orwell en la que le exponía sus dudas de que “la revolución definitiva” pudiera ser algo tan burdo como la distopía que describía en 1984. En su opinión, “la política de la-bota-en-la-cara” era insostenible. “En la siguiente generación”, teorizaba, “los gobernantes descubrirán que los condicionamientos […] son más eficaces […] que las porras y las cárceles” y que, enseñando a la gente a “amar su propia servidumbre”, puede conseguirse más que “pateándola y flagelándola”.

Cuánta razón. Salvo en algún desprestigiado régimen (Corea del Norte, Cuba), la tosca coerción de los soviets ya no se lleva. China renunció a ella hace décadas. “En los años posteriores a la revolución de 1949”, explica en Wired Mara Hvistendahl, “[Pekín] acomodó a cada ciudadano en una unidad local de trabajo, que se convirtió en el lugar de vigilancia y control. Había que espiar al vecino y hacer lo posible para evitar cualquier borrón en un expediente oficial. Era un sistema, sin embargo, que requería un esfuerzo masivo. Además, cuando las reformas [de Deng Xiaoping] obligaron a millones de personas a emigrar a la ciudad en los 80, la unidad local de trabajo saltó en pedazos”. Y aunque hubo varios intentos de recomponer el tipo de control orwelliano al que aspira todo buen revolucionario, el resultado fue siempre insatisfactorio.

Hasta que apareció el smartphone.

Al principio, el Partido Comunista Chino consideró el ciberespacio un territorio hostil, un ámbito en el que la gente podía expresarse a su antojo, reunirse, disentir. Su reacción fue la censura, pero ha ido descubriendo que, en lugar de reprimir el flujo de información, resulta más práctico embalsarlo, encauzarlo y usarlo para impulsar en la dirección deseada a los ciudadanos. Basta con que se descarguen Zhima Credit.

Detrás de esta aplicación está Alibaba, el mayor marketplace del planeta. (En un día, el 11 de noviembre, facturó 21.721 millones de euros, algo menos de lo que Inditex vende en un año). Zhima significa “sésamo” y, como la palabra que abría la cueva en la que los 40 ladrones guardaban sus tesoros, franquea el acceso al paraíso del consumo. La mecánica es sencilla: a partir de los pagos que el usuario efectúa con el móvil, la app elabora una clasificación crediticia. El modo en que se calcula no está claro, pero el algoritmo no tiene únicamente en cuenta si se está al corriente en el recibo de la luz o la hipoteca. También considera qué estudios se han cursado o con quién se junta uno, una información que los usuarios hemos ido volcando voluntariamente en las redes sociales. Según su director general, Zhima Credit no pretende simplemente agilizar la concesión de préstamos, sino “asegurarse de que las malas personas no tengan un sitio en nuestra sociedad y las buenas vayan a donde les plazca”.

Literalmente. Cada vez que la abres, la aplicación te dice cuál es tu puntuación y, si esta cae por debajo de un determinado nivel, te encuentras con que no puedes viajar a determinados lugares, ni comprar ciertos artículos, ni alojarte en los mejores hoteles, ni por supuesto obtener crédito en ningún banco. Hvistendahl cuenta que eso fue lo que le pasó a Liu Hu, un periodista que acabó en la Lista de Gente Deshonesta después de publicar un artículo supuestamente difamatorio.

Por supuesto, si uno paga sus facturas, rehúye las malas compañías y no difunde “rumores falsos”, la clasificación mejora. Y cuando eso sucede, el cerebro libera las correspondientes endorfinas y se experimenta una grata sensación, parecida a la que debía de obrar el soma en los personajes de Un Mundo Feliz.

El único modo de mantenerse fuera del alcance de Zhima es usar dinero físico, pero se trata de un hábito en vías de extinción, propio de salvajes. A base de correr hacia el futuro más deprisa que nadie, los chinos se han metido ellos solos en la vieja pesadilla totalitaria, sin necesidad de porras ni cárceles, como anticipó Huxley.

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La enigmática imperturbabilidad del índice del miedo. Miguel Ors Villarejo

(Foto: Dryhead, Flickr) Tras la caída del Muro de Berlín, los inversores dejaron de prestar atención a los debates electorales en los países ricos. Ese análisis se reservaba para el Tercer Mundo, donde sí te podía llegar al poder un partido que no reconocía los compromisos con el Fondo Monetario Internacional y sus lacayos imperialistas, y que te decretaba una moratoria unilateral o te nacionalizaba la banca de un día para otro.

En Occidente ese estadio parecía superado. Gobernara quien gobernara, se daba por supuesto que la gestión económica sería ortodoxa. Ahora no está claro. La Gran Recesión ha hecho verosímiles escenarios impensables. Si alguien le hubiera dicho hace solo un año que el Reino Unido iba a salirse de la Unión Europea o que el Parlamento catalán declararía la independencia, lo más probable es que se hubiera sonreído.

Pues ya ve.

Algunos bancos como Citigroup han incorporado a sus servicios de estudios a expertos en ciencias sociales para que les ayuden a prever estos cambios, pero no es fácil. Una de las herramientas de que disponen son los indicadores de riesgo geopolítico (GPR, por sus siglas en inglés), que rastrean los medios de comunicación en busca de informaciones sobre guerras, atentados, ensayos nucleares, etcétera. En principio, la abundancia de malas noticias encarece el coste del capital (los ahorradores exigen una rentabilidad superior cuando el peligro aumenta) y, por tanto, anticipa una ralentización del crecimiento. Por ello, la evolución de los GPR y la volatilidad suelen ir de la mano.

Esta correlación se ha roto, sin embargo, desde principios de 2017, lo que ha sumido “en la perplejidad a los observadores”, escriben en Vox los investigadores Lubos Pastor y Pietro Veronesi. Por una parte, el índice de Baker, Bloom y Davis “se halla muy por encima de su media de largo plazo. Esto no supone ninguna sorpresa, dada la incertidumbre que se cierne sobre las medidas de la Administración estadounidense. Pero, por otra parte, el […] índice VIX de volatilidad está en mínimos”.

Al VIX también se le conoce como “índice del miedo”, porque suele dispararse cuando la bolsa cae a plomo. Por ejemplo, el día siguiente al brexit el Ibex registró una pérdida del 12,5% y el VIX ganó un 49%. ¿No debería estar subiendo ahora, con media Europa en alerta terrorista, Kim Jong-un lanzando cohetes y Washington retirándose de tratados diplomáticos y comerciales? ¿Por qué no están nerviosos los inversores?

Pastor y Veronesi creen que no se fían de lo que leen. “Las señales que llegan de la nueva Administración [estadounidense] son difíciles de valorar. […] Un día la OTAN es obsoleta y al otro no. Un día Pekín se dedica a manipular las divisas y al otro no. Un día Donald Trump se lleva bien con Vladimir Putin y al otro no”.

El desconcierto ante estas idas y venidas se ha visto potenciado por los burdos intentos de manipulación, el más famoso de los cuales fue el empeño del presidente en que su toma de posesión había sido más multitudinaria que la de Barack Obama, cuando las fotografías de los dos actos mostraban claramente lo contrario. Como dice en Sopa de ganso Groucho Marx: “¿A quién va usted a creer? ¿A mí o a sus propios ojos?” Solo en los primeros 100 días, el Washington Post cogió a Trump en 492 tergiversaciones o mentiras. Ahora ya supera las 1.600.

La autoridad de un presidente de Estados Unidos no radica únicamente en las presiones que ejerce como general del mayor ejército del planeta o responsable de una gigantesca economía. Una declaración suya, incluso un gesto bastan a veces para mover voluntades en un sentido u otro. Este poder blando debe, sin embargo, emplearse con cautela, porque, como una moneda, se devalúa rápidamente si la emisión es excesiva.

Trump ha provocado una inflación de promesas y bravatas que se han revelado falsas o irrealizables y, ante la imposibilidad de interpretar sus señales, los inversores han dejado de tenerlas en cuenta. Por eso el VIX está plano. No es que todo vaya bien y no se vea ninguna amenaza por delante. Es que no se sabe lo que puede haber.

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INTERREGNUM: Moon en Pekín. Fernando Delage

Tras varios meses de tensiones bilaterales, el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, realizó una visita oficial a China la semana pasada. La razón principal de las tiranteces entre ambos países ha sido el despliegue de un sistema de defensa antimisiles por Seúl (realizado bajo la administración de la presidenta Park Geun-hye, destituida en marzo), y las duras sanciones económicas impuestas por Pekín como respuesta.

Aunque fue una medida que tenía como objeto reforzar las defensas surcoreanas con respecto a la amenaza que representa Pyongyang, Pekín la interpreta como parte de la estrategia de Estados Unidos dirigida a debilitar sus capacidades estratégicas. Ambas partes parecían haber llegado en octubre a un acuerdo para dejar de lado sus discrepancias. Seúl se comprometió a no ampliar el número de plataformas desplegadas, y declaró que ni participará con Washington en una red regional de defensa antimisiles, ni se sumaría a ningún tipo de alianza trilateral con Japón y Estados Unidos en la región. A cambio, Pekín reduciría las sanciones a las empresas surcoreanas. No obstante, durante la visita de Moon, el presidente Xi Jinping reiteró la posición de su país sobre dicho sistema defensivo, que—según indicó—espera Corea del Sur “continúe respetando y considerando desde la perspectiva adecuada”.

No debe sorprender que tanto la prensa como la oposición política surcoreana hayan calificado la visita como un fiasco. Si a ello se suman la gestión del protocolo—a Moon lo recibió a su llegada un mero viceministro y no se le ofreció el almuerzo de rigor con el primer ministro chino—, y el acoso de la seguridad china a periodistas surcoreanos que acompañaban a su presidente, su viaje puso de relieve cómo actúa una República Popular más poderosa con quien no sigue sus preferencias políticas.

Sin embargo, como corresponde a un presidente surcoreano de centroizquierda, su perspectiva sobre Corea del Norte sigue más próxima de la de Pekín que la de Washington. Tema central en su agenda bilateral, Moon y Xi acordaron cuatro principios con respecto a la cuestión: no aceptarán una guerra en la península; están firmemente comprometidos con la desnuclearización; ésta debe perseguirse mediante negociación; y la mejora de las relaciones intercoreanas es decisiva para la resolución de la crisis. Pese a la obviedad de dichos principios, resulta llamativo que no hubo ni comunicado final ni comparecencia de prensa conjunta. Adversarios en la guerra de Corea (1950-53), China y Corea del Sur celebran este año el 25 aniversario del restablecimiento de relaciones diplomáticas. En este periodo, la República Popular se ha convertido en el primer destino de las exportaciones y de las inversiones directas surcoreanas. Al igual que otras naciones asiáticas, Seúl afronta ese complicado dilema de cómo equilibrar las relaciones entre su principal socio económico—China—y su aliado estratégico, Estados Unidos. Con la complicación añadida, compartida con Pekín, de una animosidad con Tokio derivada de la historia.