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China y las elecciones estadounidenses de noviembre. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La guerra comercial contra China ha sido una de los pilares de la política exterior de la Administración Trump. Y después de muchas amenazas, en septiembre impuso nuevas tarifas a productos chinos por más de 200 mil millones de dólares. A lo que China recíprocamente respondió con impuestos a productos estadounidenses por 100 mil millones.

Entre muchos dimes y diretes han transcurrido estas discusiones, en las que los chinos han intentado bajar el tono y conciliar posturas, aunque sin mucho éxito. La semana pasada, Trump advertía en una entrevista concedida a Fox News que tiene otra ronda de sanciones preparada por 267 mil millones de dólares más si las autoridades chinas no se doblegan a las demandas de Washington y cambian sus políticas económicas.

Así lo había dicho con anterioridad en la Asamblea Nacional de Naciones Unidas a finales de septiembre, cuando aseguró que “desde que China se unió a la Organización Mundial del Comercio, USA ha acumulado 13 mil millones de dólares de déficit comercial en las últimas dos décadas”. Mientras afirmaba su respeto y afecto por su amigo, el presidente Xi, ha dejado claro que “el desequilibrio comercial no es aceptable; las distorsiones del mercado de China y la forma en que se manejan no pueden ser toleradas”.

En esa misma línea, en su alocución ante al Consejo de Seguridad del pasado 26 de septiembre, Trump hizo una llamada de atención a China acusándole directamente de estar interfiriendo en las elecciones del 6 de noviembre y asegurando que Beijing no quiere que Trump gane las elecciones, pues ha sido la única Administración que han retado a China a acabar con el comercio internacional injusto.

Esta acusación llamó la atención, pues hasta ese momento sólo se había hablado de interferencia rusa en las elecciones estadounidenses. La interferencia o espionaje chino ha estado siempre reservado a la búsqueda del beneficio económico, al plagio de tecnologías de innovación. Justo la semana pasada, el Departamento de Justicia, acusó a un grupo de individuos y empresas chinas de haber penetrado sistemas informáticos de compañías estadounidenses y haber hurtado información tecnológica. Lo que, además de estar en consonancia con las políticas de la Casa Blanca, no es ni nuevo, ni tampoco sorprendente.

Sin embargo, la Administración Trump está intentando poner el acento en el peligro chino a gran escala. Al señalar a Beijing parece restar importancia a Rusia, quién ha sido y es, según las propias autoridades y el Congreso estadounidense, el peligro para el sistema.

La clave está en que el Departamento creó el Centro de Participación Global (Global Engagement Center “GEC”), justo después de las elecciones presidenciales que adjudicaron a Trump la presidencia, una vez que se comprobó la interferencia rusa durante la campaña. Este centro o GEC tiene como misión dirigir, sincronizar y coordinar los esfuerzos para reconocer y contrarrestar la propaganda y desinformación destinados a socavar los intereses de seguridad nacional de los Estados Unidos. Su sustancioso presupuesto, que a día de hoy supera los 60 millones de dólares no ha sido tocado durante este año, a sabiendas de que éste era un año electoral importante, y muy a pesar de las supuestas sospechas de la Casa Blanca de interferencia china.

Esta teoría conspirativa puede tener su base en la necesidad de convertir a China en el gran enemigo del sistema estadounidense. Como las razones esgrimidas por Trump sobre el déficit que existe entre ambos países, o el desplazamiento de las industrias manufactureras a territorio chino en busca de mano de obra más económica, o la pérdida de empleos del sector industrial. Si, además, se infunde la idea de que los chinos prefieren que los republicanos pierdan estas elecciones de medio término, se cambia el foco de atención del principal sospechoso Rusia por China.

Lo que parece ser conveniente para esta Administración que se ha negado a pronunciarse en cuanto a la interferencia rusa en las elecciones o incluso en contra de la propaganda del Kremlin. Desviar la atención parece ser la gran arma de Trump. Cuando la prensa lo critica, él inventa algo que se convierte en la noticia de última hora y así mantiene el juego en el terreno que él prefiere. Todo parece indicar que esta posible intervención china es más de lo mismo. Mientras tanto, es muy probable que los rusos estén aprovechando ese espacio para influir en la opinión de los ciudadanos estadounidenses a través de su sofisticada propaganda. (Foto: Eric Grunwald, flickr.com)

Emperadorrr

有一次。。。 卷胡赫拉 (Juan Jose Heras)

有一次,有一位伟大的中国领导人决定将自己的国家变成世界强国。为此,他要求他的同胞们对他的决定充满信心。这涉及牺牲,如更好地控制互联网,旅行,购买,业务, 以及一般来说,他们自己的生活。但只是他知道什么对他们有好处。

他的臣民服从了。对他们来说,改善他们的生活条件比享受不熟悉的自由更为重要,这些自由可能会陷入一个习惯于统治者统治的国家的混乱之中。

然后,这位伟大的领导人与邻国的小领导人进行了交谈,解释他们应该如何处理一些问题。此外,他还承诺道路,桥梁和发电厂为了发展自己的国家和购买中国产品。最后他向他们展示了这位遥远的朋友(美国)不再值得信赖。

为了“帮助”帝国最遥远的野蛮人民,中国启动了“新丝绸之路”的倡议。它旨在将欧洲和亚洲商业化联系起来。他向这些国家借了很多钱,用来雇用皇帝的公司建造高速公路,桥梁,铁路和发电厂。 但他们中的大多数无法应付贷款,帝国不得不承担其政治和经济监督,以促进亚洲大陆的发展。

欧洲人发现了非常强大的战争魔法,使他们能够羞辱中国100年。 新皇帝知道他仍然需要这个魔法才能成为天下唯一的对话者。 这就是为什么他制定了一个吸引中国加入欧洲巫师的计划。 首先,他向他们提供了利用帝国丰富廉价劳动力使他们的法术更便宜的可能性。 后来,当中国人有钱买它们时,皇帝让外国魔术师进入他们的内部市场。 但是欧洲人仍然为他们保留了最前卫和最强大的魔力。

几十年来,这位狡猾的皇帝等待着蹲伏,给人的印象是他的帝国将像西方模式一样发展。直到有一天,由于独立,腐败和富裕社会中出现的乌托邦自由主张,民主国家才开始破裂。 然后,皇帝利用旧大陆连续的经济危机,设法抓住了那个前沿魔术,直到那一刻标志着他们之间的差异。

随着时间的推移,由于经济能力,中国正在积累政治影响力。 它还改善了欧洲的魔力并增加了其战争潜力。

这就是中国如何在21世纪恢复其合法地位:世界的中心。然而,在所有帝国,以及所有公司,最坏的敌人都在里面。也许不再需要改善生活条件的新一代人将开始要求自由和权利,这些自由和权利可以使独立运动,腐败和对政治阶层的不满感到的鬼魂复苏。 当然,在这种情况,一切都将具有“中国特色”。(Traducción: Isabel Gacho Carmona)

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INTERREGNUM: China: ¿influencia o interferencia? Fernando Delage

El lunes 24 de septiembre, como había anticipado, el presidente de Estados Unidos impuso nuevas tarifas a las exportaciones chinas por un valor de 200.000 millones de dólares. Dos días más tarde, Trump sorprendió a propios y extraños cuando, en una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas dedicada a la proliferación nuclear, acusó a China de interferencia en las elecciones al Congreso de Estados Unidos que se celebrarán el próximo mes de noviembre. “Es posible, añadiría el mismo día en una rueda de prensa, que [el presidente] Xi Jinping haya dejado de ser mi amigo”. Trump presume de ser el primer líder de su país en responder de manera directa al desafío económico e ideológico que representa China para sus intereses. Pero ¿podrá conseguir lo que se propone?

Acusar a China en público, y delante de su ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, también presente en la sesión del Consejo de Seguridad, revela la falta de tacto diplomático de la que el presidente norteamericano se siente tan orgulloso, así como su completa ignorancia sobre los patrones culturales y políticos chinos. La opinión pública china nunca permitirá a sus dirigentes una cesión a presiones formuladas de esta manera. Al elevar el nivel de la tensión bilateral, Trump está mostrando en realidad su propia vulnerabilidad.

El presidente ha acusado a China sin haber revelado ningún indicio, e intenta equipararla a una Rusia que evita denunciar, aunque sobre su interferencia de esta última en las elecciones de 2016 no hay ninguna duda. ¿Puede estar cerrándose el cerco de la investigación judicial sobre su relación con Moscú, y busca por ello una nueva maniobra de distracción? Descubrir que China tiene una estrategia dirigida a crear opinión a su favor en sociedades y sistemas políticos extranjeros no es ninguna novedad por otra parte. Australia es quizá el mejor ejemplo reciente en este sentido, y su gobierno se ha visto obligado a adoptar medidas legislativas al respecto. Pero las tácticas de Pekín se apoyan en instrumentos diferentes de la guerra híbrida mantenida por Putin y sus asesores. Influir en políticos, académicos y medios de comunicación, sí; interferir de manera directa en redes informáticas de organizaciones políticas y administraciones públicas para condicionar resultados electorales resulta más difícil de creer por parte china.

La acusación no sólo ayuda a desviar la atención con respecto a Rusia. Es, sobre todo, un mecanismo preventivo frente a la respuesta que cabe esperar de Pekín a las sanciones comerciales de Washington. China conoce a la perfección el mapa electoral norteamericano, y en qué Estados y en qué circunscripciones se concentran los votantes de Trump. Muchos de ellos, productores agrícolas, viven de sus exportaciones a la República Popular. Pekín adoptará sus medidas de represalia tras haber medido milimétricamente su impacto político en Estados Unidos. Se trata de la primera prueba electoral que afronta Trump desde su llegada a la Casa Blanca, y los resultados que obtengan los republicanos en noviembre servirán para valorar sus posibilidades de reelección en 2020.

Es previsible que un escenario de competencia entre ambos gigantes se haya consolidado para entonces. También podrá responderse de manera más clara a la pregunta de si la estrategia comercial de Trump ha funcionado, o ha sido China, más bien, quien ha continuado ampliando su margen de maniobra en una economía global más dependiente de ella. (Foto: Jon Colt, Flickr.com)

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China y Corea en Nueva York. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Los discursos de los líderes en la Asamblea General de la Naciones Unidas son esperados para poder hacer las previsiones de lo que será la política exterior de las grandes potencias y se siguen con atención los de los dictadores del mundo, que nos dejan ver con sus ataques cuáles serán sus posibles líneas o aliados. Las alianzas entre las naciones democráticas suelen afianzarse, así como las de los países cuyos sistemas opresivos de gobierno se apoyan entre sí creando bloques contra occidente.

Este gran encuentro anual en la ONU se aprovecha también para llevar a cabo reuniones entre líderes, sus ministros de Exteriores, en afianzar acuerdos, presionar a aliados para avanzar alguna negociación. Así lo hizo Mike Pompeo, el secretario de Estado estadounidense, quién se reunió con su homólogo de Corea del Norte, Ri Jong-ho y con quién acordó que viajará a Pyongyang esta semana para avanzar las negociaciones y hacer una presentación formal del nuevo encargado designado por el Departamento de Estado para Corea del Norte. Según el propio Pompeo, seguirán presionando para la desnuclearización de la Península coreana.

La intervención de Trump era esperada, sobre todo después de que el año pasado llamara hombre cohete al tirano norcoreano y amenazara con acabar con él. Esta vez estuvo un poco más comedido, y con una actitud radicalmente opuesta hacia Kim Jon-un, al que se refirió como líder de Corea del Norte, dejó por sentado que después del gran encuentro en Singapur mantiene una relación con él, y que espera poder alcanzar una solución al viejo conflicto.

El presidente Trump, en ésta su segunda oportunidad frente a representantes del mundo afirmó su compromiso de “America First”, que en su interpretación pasa por proteger la soberanía estadounidense sobre la gobernanza global. Así como insistió en que Estados Unidos no le dirá a ninguna nación cómo deben vivir, trabajar o a cuál culto practicar, pero a cambio espera que respeten su soberanía. Remarcó los avances en las relaciones con Corea de Norte, y cómo los misiles y las pruebas nucleares se han parado, algunas de las instalaciones militares han sido desmanteladas, los rehenes estadounidenses han sido devueltos y los restos de los caídos en batalla ahora descansan en su patria.

Reconoció a Kim Jon-un por todos estos gestos mientras le mandaba un mensaje a sus aliados de la importancia de mantener intactas las sanciones hacia Pyongyang hasta que el proceso de desnuclearización finalice.

Y a pesar de su lista de avances, muchos analistas coinciden que Trump está premiando a Kim antes de tiempo, pues el proceso de desnuclearización -que fue lo que se planteó desde el primer momento- no ha tenido lugar, y no hay indicios de que Corea del Norte haya comenzado realmente tal proceso. Sin embargo, se debe reconocer que los pocos o muchos avances han traído a la mesa a un líder totalmente aislado, del que poco se conoce. Las sanciones han cumplido su cometido, pues tienen al régimen de Pyongyang asfixiado por lo que se han visto obligado a sentarse a hablar. Y a día de hoy por lo menos se han agotado las instancias diplomáticas, antes de llegar a un enfrentamiento bélico.

El otro punto clave del discurso del presidente Trump fue el comercio y los intercambios justos y recíprocos. Aquí hizo un ataque directo a China cuando afirmó que ha manipulado su moneda para ganar ventaja sobre los Estados Unidos. Bart Oosterveld (director de negociaciones globales del Atlantic Council) explicaba que las palabras de Trump en este sentido refuerzan el compromiso de esta Administración de interrumpir el curso que han llevado los intercambios comerciales hasta ahora, y la prueba es que han renegociado con Corea del Sur, los miembros, individualmente, de NAFTA y China. Pero a China también la culpó de estar interfiriendo en las próximas elecciones legislativas del 6 de noviembre, a la vez que sostenía que Xi Jinping es su amigo, como quien trata con poco tino de no ser tan directo.  Entre estas contradicciones a las que nos tiene acostumbrado, amenazaba con imponer más aranceles a las importaciones chinas.

El efecto secundario de acorralar a China con tantos aranceles, y peor aún hacer alarde de ello en un foro internacional, podría ser una respuesta no deseada a la situación de Corea del Norte. Hasta ahora Beijing ha mantenido las formas diplomáticas de cara a la galería, y en el último año ha jugado al rol de seudo- apoyo a Estados Unidos con las medidas y sanciones a Corea del Norte. Desde el inicio de las mejoras de las relaciones entre Washington y Pyongyang, Xi ha disminuido la presión y no está cumpliendo con las sanciones, pero desde la discreción. Si esta lucha entre Washington y Beijing se recrudece, la respuesta inmediata de China sería apoyar a Corea del Norte en desacatar las medidas internacionales y mucho de lo que se ha avanzado podría retroceder. Y todo con el florecimiento de China como potencia que ocupará el lugar de Estados Unidos.

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INTERREGNUM. El verano caliente de Xi Jinping. Fernando Delage

De manera un tanto inesperada, la guerra comercial entre Estados Unidos y China parece haber desencadenado una sucesión de críticas internas en Pekín, tanto a las ambiciones internacionales del presidente Xi Jinping como al excesivo poder concentrado en sus manos. Fue en marzo, con ocasión de la reunión anual de la Asamblea Popular Nacional, cuando Xi presumió de haber acercado a China al centro del liderazgo internacional y se abolieron los límites a la duración de su mandato. Pese al inevitable recuerdo del maoísmo como régimen personalista, apenas se oyeron voces críticas entonces. Ha sido la imposición de tarifas por parte de Trump en un entorno de menor crecimiento de la economía china, y el temor a las implicaciones políticas a que pueda conducir esta espiral de enfrentamiento, lo que ha propiciado que salgan a la superficie opiniones contrarias a las posiciones de Xi.

Unos primeros comentarios se preguntan si se podía haber hecho más por evitar el choque con Washington, que el gobierno chino nunca creyó fuera finalmente a ocurrir. Los rumores apuntan a crecientes diferencias entre Xi y sus dos principales asesores: Wang Huning, miembro del Comité Permanente del Politburó y responsable de propaganda, y Liu He, viceprimer ministro y consejero económico de referencia. También han trascendido los enfrentamientos entre el ministerio de Finanzas y el Banco Central sobre cómo gestionar la política económica en un momento de desaceleración.

La conclusión de que Estados Unidos ha decidido intentar frenar de manera proactiva las ambiciones chinas, ha conducido asimismo a minimizar lo que algunos expertos consideran como un exceso de arrogancia y triunfalismo. Pekín ha dado instrucciones a los medios de comunicación para eliminar toda referencia a “Made in China 2025”, su plan estratégico de innovación tecnológica que Washington considera como una amenaza existencial a su preeminencia económica. También cabe esperar que disminuya el protagonismo de la Nueva Ruta de la Seda en los discursos oficiales, a medida que proliferan las dudas sobre las dimensiones del gasto que implica la iniciativa. Expertos académicos recuerdan con nostalgia la recomendación de Deng Xiaoping de mantener un bajo perfil como medio de asegurar el ascenso de la República Popular.

Más sorprendente ha sido con todo el eco de un ensayo escrito por un respetado profesor de Derecho en la universidad de Tsinghua—uno de los principales centros de formación de las elites dirigentes chinas—, sobre la “nueva era” de Xi Jinping. En un erudito y extenso trabajo publicado en la web, Xu Zhangrun indica que “toda la sociedad china, incluida la élite de la administración, siente una creciente incertidumbre sobre la dirección del país y una profunda sensación de inseguridad personal”. Sin nombrarlo, Xu acusa a Xi de desmantelar las reformas de Deng y restaurar una dictadura de estilo maoísta, al obligar a la nación a rendir un culto a la personalidad del líder supremo como el que condujo a la Revolución Cultural.

Resulta difícil evitar la conclusión de que dirigentes y expertos perciben que se ha producido un cambio irreversible en la manera en que Estados Unidos interpreta el ascenso de China. Para muchos, la guerra comercial no es sino anticipo de un conflicto estratégico a largo plazo entre Washington y Pekín. Se extiende así el temor de que si las tensiones continúan empeorando, el “sueño chino” de Xi Jinping puede convertirse en una pesadilla que puede poner en riesgo la sostenibilidad del crecimiento económico y, por tanto, de la estabilidad política. Al optar por convertirse en un adversario de Estados Unidos, China podría estar arriesgando su futuro.

El poder de Xi no está en peligro. Ningún líder chino ha acumulado más influencia desde la década de los cincuenta del pasado siglo. Pero, como cabía esperar, la regresión institucional es causa de diferencias internas que presagian crecientes desafíos a su liderazgo. (Foto: Camilla Garin, Flickr)

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THE ASIAN DOOR: Globalización, fútbol y China, una liga de campeones. Águeda Parra

Desde que Xi Jinping llegara al poder en 2013, se han ido sucediendo los planes e iniciativas para situar el país al máximo nivel en lo que a innovación y modernización se refiere. Pero en la agenda del máximo dirigente de la segunda potencia mundial también aparecen otros retos de carácter social, que pueden pasar algo más desapercibidos por no contar con el eco del que gozan aquéllos en los ámbitos económicos y empresariales.

La gran afición de Xi por el fútbol ha traspasado fronteras, en un país donde la práctica de este deporte no está considerada deporte nacional, a pesar de que consigue movilizar a un buen número de fans y seguidores. Sin embargo, el interés que despierta en el presidente está íntimamente ligado con el deseo que ambiciona Xi por situar a China en la élite de la economía mundial y, por qué no, también entre las grandes potencias del fútbol como parte del proceso de globalización en el que está inmerso el gigante asiático.

En un país donde la práctica del balompié es reciente, el reto se antoja complejo y realizable a largo plazo. En otros ámbitos deportivos, China ha alcanzado el reto de convertirse en una importante potencia de los medalleros en acontecimientos mundiales, casi siempre compitiendo en modalidad individual, donde los éxitos se atribuyen a logros personales con gran dosis de sacrificio. Ante la situación de que la práctica de la educación física en los colegios tiene un marcado corte militar, el fomento de valores como el espíritu de equipo y el compañerismo son los grandes ausentes entre las fortalezas de los deportistas chinos y el lastre que impide que la práctica del fútbol no termine de despegar entre la población.

Sin embargo, el fútbol en China está asociado a otro aspecto más dentro del proceso de globalización del país, con el reto de abrir hasta 50.000 academias hasta 2025 y construir 70.000 campos de fútbol por todo el país. Medidas que son los primeros pasos para potenciar la práctica del fútbol en China, y que permitirán alcanzar los tres grandes sueños de Xi en esta materia, empezando por una clasificación de China para otra Copa del Mundo, la única vez fue durante el Mundial de Japón y Corea en 2002, albergar una Copa del Mundo y, en tercer lugar, conseguir ganarla. Como retos intermedios, China aspira a convertirse en uno de los mejores equipos de fútbol de Asia en 2030, alcanzable gracias a fomentar la práctica de este deporte entre más de 50 millones de jugadores en 2020. Objetivo a priori alcanzable, una vez que China ocupa el quinto puesto en Asia, según expertos deportivos locales, resultando más complicado conseguir un equipo de élite para 2050.

Los eventos deportivos son los mejores instrumentos para ejercer influencia política, soft power utilizado para proyectar los valores nacionales del país anfitrión, un mecanismo de alto valor que permite canalizar inversiones empresariales. El gran escaparate del Mundial de Fútbol supone para las empresas chinas fuertes dosis de visibilidad durante un mes en el punto de mira mundial, de ahí que marcas como Hisense, Vivo, Yadea y Wanda figuren entre los promotores chinos del Mundial de la FIFA Rusia 2018 con anuncios en paneles a pie de campo durante el evento. Otro signo más de los beneficios de la globalización.

Los grandes clubes de fútbol del mundo son embajadores de una marca, de un estilo, de una identidad, a la que se han sumado los ciudadanos chinos sin ni siquiera tener una selección a la que apoyar en este Mundial de Rusia, pero que ha conseguido desplazar hasta 100.000 seguidores, de los que solamente 40.000 tienen entrada, 8.000 más que las adquiridas por los fans ingleses, según los organizadores de la FIFA. El resto de los 60.000 chinos que acudirán al evento lo harán en calidad de turistas para experimentar el ambiente cerca de la acción. Con ello, China se sitúa en el puesto 8 en el Top 10 de número de entradas vendidas, clasificación que la lidera Estados Unidos, país que tampoco compite en el Mundial de Rusia, al que le siguen Brasil (2), Colombia (3), Alemania (4), México (5), Argentina (6), Perú (7), Australia (9) y Reino Unido (10), dando muestra de cómo la globalización se aplica a los movimientos económicos y sociales en el mundo actual.

El ámbito de los negocios también está representado en la compra de jugadores entre las grandes ligas. Paradójicamente, la Superliga de China figura en el primer puesto de las ligas que más gastaron en traspasos en el mercado de invierno de 2016, alcanzando los 336,55 millones de dólares, a cierta distancia de la consolidada Premier League, que alcanzó los 271,42 millones de dólares, según datos de Transfermarkt.de. La Liga española, que acoge a un buen número de internacionales y de grandes figuras, queda eclipsada por las magnitudes que se mueven en China, ocupando la sexta posición entre las grandes ligas mundiales con 40,56 millones de dólares en traspasos. Esta situación ha provocado que China comience a codearse con los grandes del fútbol, situándose en el quinto puesto como importador de futbolistas en 2016 tras superar a Francia, clasificación que lidera Inglaterra, Alemania, España e Italia, las potencias tradicionales del fútbol.

La globalización ha demostrado ser un método efectivo para mejorar los estándares económicos y sociales. El proceso en el que está inmerso China desde que en 2001 entrara a formar parte de la Organización Mundial de Comercio (OMC) ha permitido que el país asiático haya alcanzado éxitos muy remarcables para reducir el número de personas que viven en pobreza extrema y aumentar los estándares de calidad de vida. Otros proyectos en marcha como el Made in China 2025, Healthy China 2030 y la iniciativa de la nueva Ruta de la Seda forman parte del compromiso de Xi por impulsar la transición de China hacia una economía avanzada. Además, es posible que China esté compitiendo por albergar la Copa del Mundo de 2030 o 2034, para el agrado del creciente número de aficionados chinos y del propio presidente Xi que verán cómo se consolida la Superliga de China en los próximos años. ¿Acaso iba China a desaprovechar el gran escaparate del fútbol para hacerse más global? (Foto: Ai Kagou, Flickr)

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Ponencia: La sombra de China, geoestrategia y geopolítica. Fernando Delage

Fernando Delage, profesor de Relaciones Internacionales y Analista Político, ofreció una charla sobre el papel que juega y quiere jugar China a nivel regional y global, su ascenso como potencia, su relación con Estados Unidos…

La China de Xi Jinping es una China que ha redefinido su comunismo como un “socialismo con características chinas”. Es una China que no tiene nada en contra de la integración europea, como puede tener Rusia. Es una China asertiva, pero con iniciativas de carácter multilateral en el plano internacional. Ejemplo de esto último puede ser el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, que se puede considerar, además, un fracaso diplomático para Estados Unidos.

Respecto a su relación con EEUU, mucho se ha hablado últimamente sobre si el ascenso de China puede ser pacífico, sobre la famosa trampa de Tucídides. De momento, la iniciativa “Made in China 2025”, el plan mediante el cual China se ha propuesto seguir para impulsar y reestructurar su industria para pasar de una era de cantidad a una nueva era de calidad y eficiencia en la producción, se ha convertido en una obsesión para Trump. Por otro lado, “el sueño chino” de Xi Jinping planea que, para cuando el Partido Comunista celebre su centenario en 2021, China será una sociedad modestamente acomodada y, cuando la República tenga cien años, en 2049, será un país próspero y fuerte y sus fuerzas armadas estarán entre las mejores de mundo. De sus fuerzas armadas hace gala el gigante asiático en el Mar del Sur de China, zona clave y conflictiva, donde China quiere minimizar la influencia de los norteamericanos, a quienes considera culpables de la inestabilidad de la región.

Respecto a la pregunta “¿Qué le falta a China para gobernar el mundo?” El profesor Delage contesta “No va a ser”, “la naturaleza del poder global ha cambiado, no veremos otro hegemón como el Imperio Romano o Estados Unidos”. Considera que la prioridad estratégica de China es Asia, donde sí tiene interés en ser potencia regional. En un plano global Delage argumenta que el país del centro no tiene interés en acabar con los acuerdos de Bretton Woods, sino ganar peso en las instituciones existentes y complementarlas con otras que sí lidera, como el BAII.

Emperadorrr

Érase una vez… Juan José Heras

Érase una vez un gran líder chino que decidió cargar sobre sus espaldas la titánica tarea de convertir a su país en una potencia mundial. Para ello, les pidió a sus conciudadanos confianza plena en sus decisiones, que implicaban sacrificios como la aceptación de un mayor control sobre internet, sus viajes, sus compras, sus empresas y en general, sus propias vidas. Pero es que él, y solo el, sabía lo que realmente era bueno para ellos.

Sus súbditos, unos más convencidos que otros, obedecieron, ya que para ellos era más importante mejorar su condiciones de vida que estrenar unas libertades desconocidas y que, según decían algunos, podrían sumir en el caos a un país habituado a la tutela de sus gobernantes.

Entonces, el gran líder habló con los pequeños líderes de los países vecinos para explicarles cómo debían gestionar algunos asuntos que en el pasado habían enfrentado a sus pueblos. Les “convenció” de que lo mejor era que China se encargase de controlar los mares adyacentes y las cadenas de islas cercanas, ya que todo eso había pertenecido desde siempre a su país. Además, les prometió carreteras, puentes y centrales energéticas para desarrollar sus países y poder así comprar los productos chinos. Por último les mostró que ese amigo lejano (EE.UU.), que en otro tiempo les había prometido protección, ya no era de fiar, y que no vendría en su auxilio si, por cualquier motivo incomprensible para la razón humana, desafiaban la autoridad del emperador.

Para “ayudar” a los pueblos bárbaros más alejados del imperio, China puso en marcha la iniciativa de la “nueva ruta de la seda” con la que pretendía conectar Europa y Asia comercialmente. Prestó mucho dinero a estos países a cambio de que lo utilizasen en contratar a las empresas del emperador para construir autopistas, puentes, líneas ferroviarias, centrales energéticas y polos industriales. Pero la mayoría de ellos no pudieron hacer frente a sus préstamos y el imperio tuvo que asumir su tutela política y económica para impulsar el desarrollo en el continente.

Mucho más lejos de la civilización se encontraban los europeos, que en un pasado reciente habían tenido la fortuna de descubrir magias de guerra muy poderosas que les permitieron humillar al Imperio del Medio durante 100 años. El nuevo emperador sabía que todavía  necesitaba hacerse con esa magia para volver a ser el único interlocutor reconocido bajo el cielo. Por eso elaboró un plan para atraer a China a los hechiceros europeos. Primero les ofreció la posibilidad de utilizar la abundante mano de obra barata del imperio para fabricar sus hechizos más baratos. Posteriormente, cuando los súbditos chinos tuvieron dinero para comprarlos, el emperador ofreció a los magos extranjeros acceso a su mercado interno a cambio de la fórmula secreta de algunos de ellos. Pero los europeos todavía guardaron para ellos la magia más vanguardista y poderosa.

Durante décadas, el astuto emperador aguardó agazapado bajo eternas promesas de liberalización del mercado y avances en el respeto de los derechos humanos, dando la impresión de que su imperio se desarrollaría de acuerdo al modelo occidental. Hasta que un día, los frágiles sistemas de gobierno democrático de estos pueblos bárbaros comenzaron a resquebrajarse con independentismos, corrupción no planificada y la reivindicación de libertades utópicas envenenadas por la ignorancia que florece en las sociedades acomodadas. Entonces el emperador, aprovechando las sucesivas crisis económicas que asolaron el viejo continente, consiguió hacerse con esa magia puntera que hasta ese momento marcaba la diferencia entre ellos.

Con el paso del tiempo China fue acumulando influencia política gracias a su capacidad económica, consiguió mejorar la mejor de las magias europeas y multiplicó su potencial bélico, que, construido durante varias décadas, se convirtió en su mejor garantía ante el incumplimiento de las viejas promesas, que ya solo respetaría para aquellos países que demostrasen su condición de buenos vasallos.

Hasta aquí la historia de cómo China recuperó en el siglo XXI el lugar que le correspondía, esto es, el centro del mundo. Y al igual que en su momento parecía imposible que EE.UU. perdiera su hegemonía mundial, ahora es impensable que se derrumbe el imperio asiático.

Sin embargo, en todos los imperios (y en todas las empresas), los peores enemigos están dentro. Y quien sabe si las nuevas generaciones, que ya no tengan necesidad de mejorar sus condiciones de vida, comenzarán a exigir libertades y derechos que, llevados al extremo resucitarán los fantasmas del independentismo, la corrupción no planificada, y la desafección hacia las clases políticas que, en otro tiempo provocaron la caída de la vieja Europa. Eso sí, en este caso, todo será con “características chinas”.

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Estrategia económica de Trump: el más fuerte gana. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El Trump candidato prometió prosperidad económica, y el Trump presidente ha mantenido esa promesa. Desde el principio manifestó que China era parte del problema y que se impondría para hacerles seguir las reglas económicas internacionales. Y aunque ha sido la promesa más repetida, en el fondo no es más que “hacer América grande de nuevo”. A pesar de tanto alarde, no fue hasta la semana pasada que se ha desvelado la estrategia económica de la Administración Trump, y su receta para ejecutarla.

Si se recapitula un poco, uno de sus primeros movimientos fue resucitar el sector minero del carbón, con la justificación de que con ello se crearían muchos empleos. Muy a pesar del coste ecológico, y de que el carbón es una industria en caída en el resto del planeta. Luego fue castigar a las empresas que estaban saliendo de territorio estadounidense a países como México en busca de bajar los costes de mano de obra y por tanto de producción. Seguido por los aranceles al aluminio y acero, que decantó las discusiones a todos los niveles sobre una posible guerra económica. Y mientras todo esto sucedía, Washington no ha parado de enviar recordatorios a Beijing de que deben respetar las reglas del juego, y para obligarlos a ello están amenazándoles con tasarles con la módica suma de 150 billones de dólares.

A principios de la semana pasada, Trump dijo explícitamente que se mantendría la presión para que China entre por el carril; de lo contrario, Estados Unidos seguirá imponiendo tarifas masivas como medida coercitiva. La estrategia consiste en una mezcla entre la amenaza y la acción. Una fuente que pidió no ser identificada citaba a una de las oficiales más altas en el Departamento de Comercio, quién admitió en una conversación privada, que están ejecutando una política de fuerte presión hacia China con el propósito de que Beijing permita la entrada de productos estadounidense a territorio chino, sin tantas restricciones.

China y su peculiar sistema comunista, cuya ambigüedad emite señales de un capitalismo mucho más feroz que el de las economías occidentales, y a pesar del dantesco crecimiento que han experimentado en los últimos 20 años y de la aparente apertura que se percibe desde el exterior, siguen manteniendo estrictas restricciones en la penetración de su mercado interno (es el caso de los productos importados). Y esto incluye a productos estadounidenses, por lo que la Administración Trump está enfocada a cambiar esta realidad. Y con ello reducir o idealmente acabar con el déficit de intercambios entre ambas naciones, cosa que ha repetido el presidente en múltiples ocasiones.

Un caso curioso es el de ZTE, la compañía de teléfonos móviles china, a la que la Administración Trump le impuso sanciones muy severas en abril de este año, por haber vendido equipos a Irán. Dichas sanciones hubieran podido acabar con la compañía china, por lo que Xi Jinping personalmente le pidió a Trump que se levantaran. Lo que llevó al presidente estadounidense a abrir una investigación en la que se concluyó que ZTE adquiría, de compañías estadounidenses, materiales para la fabricación de sus equipos. Finalmente, Trump decidió levantar las sanciones para evitar que se hundira. Otro ejemplo que prueba la estrategia de fuerte presión para obligarles a cambiar su comportamiento.

Otro caso es el NAFTA, un acuerdo agonizante muy a pesar de que la mayoría de los expertos lo consideran positivo para la economía estadunidense y la estabilidad regional. Sin embargo, la Casa Blanca considera que no deben seguir adelante las conversaciones para revitalizarlo. Políticamente hablando, no creen que este sea el momento para avanzar, debido a que habrá elecciones en los tres países miembros, en los meses siguientes. Por su parte, tanto México como Canadá están intentando diversificar sus socios comerciales, de acuerdo al Council on Foreign Relations.

La supervivencia del más fuerte sigue dando sus frutos. El presidente Trump tiene una amplia experiencia en el uso de esta estrategia en el sector privado, y la está poniéndola en práctica desde el estado en el competitivo juego del comercial internacional. Economías más pequeñas, como la mexicana, se quejan, hacen un poco de ruido, pero su margen de maniobra es muy limitado. Mientras que una economía como la china, siendo la segunda del mundo, no sólo puede sacarle pecho a Estados Unidos, sino que puede conseguir cambios de postura, como el levantamiento de sanciones. En pocas palabras la estrategia económica de Trump es un juego de fuerte presión cargada de muchas amenazas, y acciones que básicamente consisten en sanciones económicas individuales o estatales. (Foto: Lauren Mitchell, Flickr)

Submarino

INTERREGNUM: Mercados y submarinos chinos. Fernando Delage

No hay mejor reflejo del poder chino que el hecho de que no haya una semana en la que su presidente no ocupe la primera página de los grandes medios internacionales. Y, en coherencia con las ambiciones de Pekín, las noticias no son sólo de cuestiones empresariales. Es ya imposible hablar del futuro de la economía global, pero también del equilibrio militar de poder, sin tener en cuenta a la República Popular.

El martes 10 de abril, en una intervención ante el Boao Forum—reunión que se celebra anualmente en la isla de Hainan, y es conocida como el “Davos asiático”—Xi Jinping asumió una vez más su ya conocido papel de principal defensor del libre comercio y la globalización. Xi recurrió a los mismos mensajes en los que ha hecho hincapié en el Foro Económico Mundial en enero de 2017, o en distintas ocasiones multilaterales, como las cumbres de APEC (la última de ellas en Vietnam el pasado noviembre). Pekín ha sabido ocupar el vacío creado por el nacionalismo económico de Trump, con una retórica que calma a los mercados internacionales sin abandonar al mismo tiempo la defensa de sus intereses nacionales.

Ambos objetivos coinciden en el anuncio realizado por Xi en el mismo discurso: prometió reducir las barreras a la inversión extranjera en la industria del automóvil y el sector financiero, disminuir los aranceles a las importaciones de vehículos de motor, y mejorar la protección de los derechos de propiedad intelectual. Su compromiso sobre estos asuntos centrales en las actuales disputas comerciales con Washington, y el tono conciliador empleado por Xi, han mitigado la preocupación por una inminente guerra comercial. La administración Trump se ha atribuido con celeridad la victoria, al interpretar la declaración del presidente chino como una concesión a sus presiones. Pero China aún tendrá que concretar su retórica en hechos. De momento, se ha garantizado la estabilidad que necesita su crecimiento—objetivo interno prioritario—, mientras—de cara al exterior—es la República Popular quien refuerza su imagen como país respetuoso de las normas multilaterales.

China, por resumir, ha vuelto a dar otro ejemplo de habilidad en su diplomacia económica. A lo que hay que sumar la demostración militar realizada sólo dos días más tarde. El despliegue de más de 10.000 soldados, 48 buques y submarinos de la armada y 76 cazas de la fuerza aérea carece de precedente. A bordo del destructor Changsha, el presidente chino pasó revista a siete grupos de batalla, y por primera vez hicieron aparición pública los submarinos nucleares 094A, dotados cada uno de ellos con 12 misiles intercontinentales (de un alcance estimado de 7.400 kilómetros). Las comparaciones históricas, siempre presentes en el imaginario nacional, llevó a algunos medios a describir la ocasión como la mayor concentración de buques chinos en 600 años, es decir, desde las famosas expediciones del almirante Zheng He. Como mínimo, sí revela la extraordinaria y acelerada modernización de las capacidades navales chinas desde la llegada de Xi Jinping al poder a finales de 2012; un poderío que puede poner fin—así lo reconoce el propio Pentágono—a la supremacía de Estados Unidos en las aguas del Pacífico occidental.

Como no habrá escapado a la atención de los observadores, los ejercicios también se han desarrollado en la isla de Hainan, plataforma central de proyección en el mar de China Meridional—la totalidad de cuyas islas Pekín reclama—, y punto de partida de la Ruta de la Seda Marítima. El mismo día que Xi se dirigió a sus tropas, también se anunció la realización de maniobras navales en el estrecho de Taiwán el 18 de abril. (Foto: Gerry Pink, Flickr)