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INTERREGNUM: A vueltas con Eurasia. Fernando Delage

La restauración de Eurasia como concepto geopolítico, acompañada de la integración económica de este mismo espacio a través de la Nueva Ruta de la Seda que impulsa Pekín, ha sido una referencia constante en esta columna a lo largo de su primer año de vida. En un contexto de redistribución de poder, las acciones chinas durante los últimos años revelan que sus estrategas, buenos estudiosos de los padres fundadores de la geopolítica, intentan aplicar a un mismo tiempo las lecciones de Sir Halford Mackinder sobre el poder continental y las del almirante Alfred Thayer Mahan sobre el poder marítimo.

Una consecuencia de la transformación global en curso es la superación de la división que ha existido entre Europa y Asia a lo largo de la Historia. Pero si esa división—que no era geográfica—desaparece como resultado de la propia modernización de Asia, la pregunta inevitable es: ¿qué reglas del juego definirán en el siglo XXI las interacciones entre las grandes potencias en la mayor extensión terrestre del planeta? China quiere recuperar su posición central fomentando la integración de los Estados vecinos en su órbita económica. Rusia, consciente de su debilidad comercial y financiera, recurre a la disrupción para restaurar su estatus internacional. ¿Y Europa? ¿Sabe lo que quiere? ¿Cuenta con la estrategia necesaria para defender sus intereses y sus valores en este nuevo escenario? Son estos tres actores principales—a los que a no tardar mucho se sumará India—los que definirán la dinámica euroasiática. Y las posibilidades de un consenso no son muy elevadas.

De estos asuntos se ocupa el portugués Bruno Maçães en un fascinante libro de reciente publicación: The Dawn of Eurasia: On the Trail of the New World Order (Allen Lane, 2018). Pocos trabajos describen el espíritu y los grandes dilemas políticos de nuestra época como éste. El autor, exsecretario de Estado de Asuntos Europeos del anterior gobierno de Portugal, y doctorado en Harvard, combina una excepcional capacidad analítica con una brillante pluma. Si algunos capítulos responden a lo que cabe esperar de un riguroso estudio académico, otros describen los viajes del autor por oscuros lugares del Cáucaso o de Asia central, donde investiga de primera mano la irrupción de un único escenario euroasiático. Es un libro luminoso, que atrapa al lector y le obliga a considerar nuevas perspectivas sobre viejas variables.

Es demasiado obvio concluir que el mundo no será el mismo que hemos conocido durante los dos últimos siglos. Pero Europa debe dejar de engañarse a sí misma pensando que el desarrollo y la prosperidad llevará a los demás a parecerse a ella. Diferentes concepciones del orden político tendrán que coexistir en un mismo espacio. “Hemos entrado, escribe Maçães, en la segunda era de la globalización, en la que las fronteras son cada vez más difusas, pero las diferencias culturales y de civilización no, dando paso a un complejo inestable de elementos heterogéneos”. El orden mundial europeo es historia. Bienvenida sea la era de Eurasia.

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INTERREGNUM: China en Afganistán. Fernando Delage

(Foto: Johannes Zielcke, Flickr) La reciente llegada a Kabul de un nuevo embajador chino, Liu Jinsong, es una indicación de la creciente importancia de Afganistán para Pekín. Liu, diplomático de carrera, nació en Xinjiang y fue director del Fondo de la Ruta de la Seda, una de las instituciones creadas por la República Popular para financiar la gran red de interconexiones a través de las cuales quiere integrar Eurasia. Su conocimiento de las complejidades de la zona y su experiencia sobre el proyecto estrella de la diplomacia china revelan las prioridades de su agenda.

Según diversos medios, China habría comenzado a construir una base militar en Badakhshan, en el corredor de Wakhan, la estrecha franja de territorio en el noreste del país que define la frontera de Afganistán con China, y que separa a Tajikistán de Pakistán. La ausencia de una conexión directa obliga a los chinos a acceder, precisamente, desde Tajikistán. Situado en uno de los lugares más remotos de Asia central, es un pasillo que Pekín cree utilizan los uigures en el exilio del Movimiento Islámico de Turkestán Oriental (ETIM), y que también podrían utilizar para entrar en China los militantes que regresen de Siria e Irak. Hace unos días, el gobierno chino ha negado que esté construyendo dicha base, aunque funcionarios afganos lo han confirmado con posterioridad. Los imperativos de seguridad de Pekín dan credibilidad a la noticia, fuente de inquietud al mismo tiempo para otras potencias, como Rusia, sorprendida por lo que revela sobre los vínculos militares entre China y Tajikistán.

El ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, anunció por otra parte en diciembre que Afganistán formará parte del Corredor Económico China-Pakistán, uno de los proyectos centrales de la Ruta de la Seda, y el primero en fase de ejecución. Pekín quiere hacer del país uno de los nodos de interconexión de sus planes, y se habla de hasta seis proyectos distintos, incluyendo una carretera entre Peshawar y Kabul, y una autovía que uniría Pakistán con Afganistán y Asia central. La seguridad a lo largo del corredor, en el que trabajan miles de nacionales chinos, y la protección de las inversiones chinas en Afganistán, de especial relevancia en el sector minero, conducirán inevitablemente a una mayor intervención de Pekín.

Las actuaciones chinas son coherentes con el discurso de sus dirigentes sobre la estrecha relación que existe entre desarrollo y seguridad. Sin esta última no puede haber crecimiento, mientras que propiciar las bases para la prosperidad económica contribuirá a mitigar el radicalismo y el extremismo, y, por tanto, las amenazas a la integridad territorial de la República Popular. Pero los riesgos también existen: participar en el proceso interno de conversaciones con los talibán, como está haciendo, es un arma de doble filo, a la vez que las grandes potencias buscarán la manera de diluir el protagonismo diplomático de Pekín.

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La nueva larga marcha de China

La diplomacia china y la del Vaticano tienen cosas en común: la discreción, la paciencia, la asunción de que lo que se negocia oficialmente no tiene necesariamente que ver con lo que realmente interesa y la existencia, siempre, de una estrategia de largo alcance compuesta de una infinidad de pasos cortos.

El pasado diciembre, los ministros de exteriores de China, Afganistán y Pakistán mantuvieron reuniones en Pekín presentadas bajo una etiqueta tan general como orientada a alcanzar consensos en cooperación económica, seguridad regional y conexión estable entre los tres países. Hay que recordar que, entre ellos, estos países tienen problemas de delimitación territorial en sus fronteras comunes, pero muchos menos que los que cada uno de ellos tienen con adversarios más estratégicamente importantes como India y, al fondo, el asentamiento de Estados Unidos en la zona. Además, China necesita solidificar sus relaciones con Pakistán, asegurar el corredor económico hasta los puertos del sus de este país y, a la vez, impulsar la máxima estabilidad posible en Afganistán, con el menor protagonismo de EEUU que pueda conseguir, para ampliar su influencia en la zona.

¿Y cuál es el arma principal de China para engrasar los avances? Pues, obviamente, inversiones y más inversiones. Básicamente en infraestructuras, lo que conviene a todos, pero estratégicamente sobre todo, a las empresas y al gobierno chino.

La larga mano de China atiende a varios frentes y dispone de varios instrumentos, además de mucho dinero. Por una parte intenta ser mediador en las conversaciones que Kabul mantiene con los talibán (sin olvidar que Pekín buscará aquietar a sus propios musulmanes del oeste), por otra facilitar su estrategia de ruta de la seda fortaleciendo y asegurando su presencia en Asia central y, en tercer lugar, además de su presencia en Pakistán, presentarse en toda la región como un socio de paz a las puertas de Oriente próximo que protagonizará sus siguientes pasos. Nada menos.

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INTERREGNUM: Tensión en el Himalaya. Fernando Delage

Cincuenta y cinco años después de la guerra de 1962, China e India viven un nuevo episodio de tensión en su frontera. Desde mediados de junio, tropas de ambos países se han movilizado en Doklam, por razones aún confusas. En un contexto de creciente rivalidad entre los dos gigantes asiáticos por sus respectivas ambiciones como potencias en ascenso, importan, más que las causas de este último incidente, sus consecuencias para el entorno regional.

Al contrario que los habituales choques en la frontera—una de las más extensas del mundo con más de 3.000 kilómetros de longitud—, esta vez no están en juego las reclamaciones de una y otra parte: ni el territorio occidental de Aksai Chin (que, ocupado por China, reclama Delhi) ni el oriental de Arunachal Pradesh (estado indio reclamado por Pekín). La actual disputa se produce donde coincide la frontera de ambos países con la de Bután y está vinculada a los límites territoriales de este último país con la República Popular China, más que a las diferencias fronterizas indo-chinas en sentido estricto. Bután es, junto con India, el único Estado con el que Pekín no ha delimitado de manera definitiva su frontera, razón de la ausencia de relaciones diplomáticas formales entre los dos Estados. Este pequeño reino del Himalaya es, por otra parte, un virtual protectorado indio; quizá el único país de Asia meridional con respecto al cual Delhi no tenía que preocuparse en exceso por la creciente proyección económica y diplomática china. Ésta puede ser pues una clave de los recientes acontecimientos.

Al mismo tiempo, la disputa se produce en una zona muy cercana al corredor de Siliguri, el estrecho espacio que conecta los aislados Estados del noreste indio con el resto del país. Las fronteras de estas provincias con China, Bangladesh y Birmania son una potencial fuente de vulnerabilidad para India, que afronta en estos Estados algunos de los movimientos insurgentes más prolongados—y menos conocidos—de Asia. La evolución histórica de estos pueblos del noreste, de enorme complejidad étnica, ha diferido del resto de la Unión y, pese a los esfuerzos de Delhi por su integración, grupos militantes de distinto signo reclaman desde hace décadas su autonomía.

Resulta arriesgado, como hacen algunos analistas, especular con la posible intención china de facilitar la independencia de estas provincias indias. Pero este mosaico de etnias y movimientos armados en Nagaland, Mizoram, Manipur o Assam, es otra variable a considerar en la crisis reciente. Estos y otros grupos han sido fuente de inestabilidad desde la partición de la Unión India en 1947, y han afectado a las relaciones de Delhi con Dacca y Rangún durante años. Tampoco pueden separarse de su rivalidad con China. No hay mejor aproximación a estas insurgencias que el fascinante libro de Bertil Lintner, “Great Game East: India, China, and the Struggle for Asia’s Most Volatile Frontier” (Yale University Press, 2015). Lintner, excorresponsal en Birmania de la mítica Far Eastern Economic Review, desgraciadamente desaparecida hace unos años, ofrece una detallada historia de estas insurgencias, sus apoyos externos y sus implicaciones para la dinámica geopolítica regional. Como anticipan los movimientos en Doklam, el “Gran Juego” del siglo XXI se desarrollará tanto en estas remotas montañas del subcontinente indio como en Asia central.