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China y Corea en Nueva York. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Los discursos de los líderes en la Asamblea General de la Naciones Unidas son esperados para poder hacer las previsiones de lo que será la política exterior de las grandes potencias y se siguen con atención los de los dictadores del mundo, que nos dejan ver con sus ataques cuáles serán sus posibles líneas o aliados. Las alianzas entre las naciones democráticas suelen afianzarse, así como las de los países cuyos sistemas opresivos de gobierno se apoyan entre sí creando bloques contra occidente.

Este gran encuentro anual en la ONU se aprovecha también para llevar a cabo reuniones entre líderes, sus ministros de Exteriores, en afianzar acuerdos, presionar a aliados para avanzar alguna negociación. Así lo hizo Mike Pompeo, el secretario de Estado estadounidense, quién se reunió con su homólogo de Corea del Norte, Ri Jong-ho y con quién acordó que viajará a Pyongyang esta semana para avanzar las negociaciones y hacer una presentación formal del nuevo encargado designado por el Departamento de Estado para Corea del Norte. Según el propio Pompeo, seguirán presionando para la desnuclearización de la Península coreana.

La intervención de Trump era esperada, sobre todo después de que el año pasado llamara hombre cohete al tirano norcoreano y amenazara con acabar con él. Esta vez estuvo un poco más comedido, y con una actitud radicalmente opuesta hacia Kim Jon-un, al que se refirió como líder de Corea del Norte, dejó por sentado que después del gran encuentro en Singapur mantiene una relación con él, y que espera poder alcanzar una solución al viejo conflicto.

El presidente Trump, en ésta su segunda oportunidad frente a representantes del mundo afirmó su compromiso de “America First”, que en su interpretación pasa por proteger la soberanía estadounidense sobre la gobernanza global. Así como insistió en que Estados Unidos no le dirá a ninguna nación cómo deben vivir, trabajar o a cuál culto practicar, pero a cambio espera que respeten su soberanía. Remarcó los avances en las relaciones con Corea de Norte, y cómo los misiles y las pruebas nucleares se han parado, algunas de las instalaciones militares han sido desmanteladas, los rehenes estadounidenses han sido devueltos y los restos de los caídos en batalla ahora descansan en su patria.

Reconoció a Kim Jon-un por todos estos gestos mientras le mandaba un mensaje a sus aliados de la importancia de mantener intactas las sanciones hacia Pyongyang hasta que el proceso de desnuclearización finalice.

Y a pesar de su lista de avances, muchos analistas coinciden que Trump está premiando a Kim antes de tiempo, pues el proceso de desnuclearización -que fue lo que se planteó desde el primer momento- no ha tenido lugar, y no hay indicios de que Corea del Norte haya comenzado realmente tal proceso. Sin embargo, se debe reconocer que los pocos o muchos avances han traído a la mesa a un líder totalmente aislado, del que poco se conoce. Las sanciones han cumplido su cometido, pues tienen al régimen de Pyongyang asfixiado por lo que se han visto obligado a sentarse a hablar. Y a día de hoy por lo menos se han agotado las instancias diplomáticas, antes de llegar a un enfrentamiento bélico.

El otro punto clave del discurso del presidente Trump fue el comercio y los intercambios justos y recíprocos. Aquí hizo un ataque directo a China cuando afirmó que ha manipulado su moneda para ganar ventaja sobre los Estados Unidos. Bart Oosterveld (director de negociaciones globales del Atlantic Council) explicaba que las palabras de Trump en este sentido refuerzan el compromiso de esta Administración de interrumpir el curso que han llevado los intercambios comerciales hasta ahora, y la prueba es que han renegociado con Corea del Sur, los miembros, individualmente, de NAFTA y China. Pero a China también la culpó de estar interfiriendo en las próximas elecciones legislativas del 6 de noviembre, a la vez que sostenía que Xi Jinping es su amigo, como quien trata con poco tino de no ser tan directo.  Entre estas contradicciones a las que nos tiene acostumbrado, amenazaba con imponer más aranceles a las importaciones chinas.

El efecto secundario de acorralar a China con tantos aranceles, y peor aún hacer alarde de ello en un foro internacional, podría ser una respuesta no deseada a la situación de Corea del Norte. Hasta ahora Beijing ha mantenido las formas diplomáticas de cara a la galería, y en el último año ha jugado al rol de seudo- apoyo a Estados Unidos con las medidas y sanciones a Corea del Norte. Desde el inicio de las mejoras de las relaciones entre Washington y Pyongyang, Xi ha disminuido la presión y no está cumpliendo con las sanciones, pero desde la discreción. Si esta lucha entre Washington y Beijing se recrudece, la respuesta inmediata de China sería apoyar a Corea del Norte en desacatar las medidas internacionales y mucho de lo que se ha avanzado podría retroceder. Y todo con el florecimiento de China como potencia que ocupará el lugar de Estados Unidos.

Coreas

El presidente surcoreano gana protagonismo. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Analizando los hechos de la tercera cumbre entre los líderes coreanos, hay que subrayar que el presidente Moon Jae-in llegó acompañado con una delegación sustanciosa de 110 miembros, entre los que se encontraron la primera dama, 14 miembros del gobierno de alto nivel -la ministra de Exteriores, el titular de Defensa y el de la Unificación- y representantes empresariales surcoreanos, lo que es una indicación de cómo Moon visualiza las relaciones bilaterales.

Unas relaciones que trascienden lo estrictamente diplomático a una potencial cooperación económica que valga señalar entra en conflicto con las sanciones impuestas al régimen de Pyongyang. Pero todos estos esfuerzos parecen justificados en la imperiosa necesidad de que Kim Jon-un acepte desnuclearizarse.

La visita histórica que ha tenido lugar en Pyongyang es la prueba de que nos encontramos en otro momento de las relaciones coreanas.  El dictador que apenas se dejaba ver ha cambiado radicalmente su estrategia, con una aparente apertura que no deja de ser escrupulosamente medida y valorada, a cambio de conseguir más concesiones.

Moon por su parte sigue intensamente centrado en ser el mediador de la paz en la Península, por lo que entiende que su rol es el de servir de punto de equilibrio entre Pyongyang y Washington. De momento lo ha ido consiguiendo al menos en el plano diplomático. Y Trump ha expresado su confianza en él, lo que lo legitima frente a Kim y el mundo.

En palabras del propio presidente surcoreano, “encontrar un punto de coincidencia entre las exigencias de la Administración Trump sobre la desnuclearización y la exigencia de Kim que demanda una declaración de Paz, que a su vez garantice su seguridad y ponga fin a la hostil relación” es de lo que se trata.

Pero la dificultad está en que Pyongyang quiere la declaración de paz antes de llevar a cabo el proceso de desnuclearización. Y es ahí donde los surcoreanos están haciendo juegos malabares para equilibrar el deseo de Kim contra la necesidad de un avance objetiva, en la que ambas acciones se den simultáneamente.

Desde Washington se valora positivamente el encuentro. El departamento de Estado declaró que todo lo que avance la desnuclearización de Corea del Norte es positivo. Mientras, reconocían el trabajo del presidente Moon. El mismo Trump twitteó al respecto que, “Kim Jon-un acordó permitir inspectores nucleares, así como el desmantelamiento definitivo de un sitio de pruebas y lanzamientos de misiles en presencia de expertos internacionales. Y mientras todo eso sucede no habrá cohetes volando ni ensayos”. Expresó su complacencia con los resultados del tercer encuentro entre líderes coreanos, mientras enfatizaba también (en otro tweet) el hecho de que las Coreas acordaron presentarse juntas para ser sede de las Olimpiadas de 2032.

Moon Jae-in también avanzó la idea de un segundo encuentro entre Trump y Kim. Y a pesar de que no ha habido declaraciones expresas sobre ello desde Washington, sabemos que Trump aceptaría a cambio del protagonismo mediático y la posibilidad de que sea él quién se quede con los méritos de la renuncia al programa nuclear norcoreano y la estabilidad en la región.

No hay duda que la lectura hecha desde Estados Unidos es muy positiva, pues el secretario de Estado, por su parte, publicó una felicitación a ambos líderes coreanos por el exitoso encuentro, mientras que informaba de que había extendido una invitación a su homólogo norcoreano -Ri Jong Ho- para un encuentro en New York esta semana, en el marco de la Asamblea General de Naciones Unidas.

A pesar del escepticismo de algunos expertos, quienes citan las ocasiones en las que el abuelo o el padre de Kim no respetaron los acuerdos, reconocen que está vez al menos, los hechos parecen estar tomando una dirección distinta, lo que responde a un cambio de estrategia del régimen de Kim.

La visita de un líder surcoreano a Pyongyang es un gran cambio a priori, sumado a que desfiló junto al supremo líder de Corea del Norte por las calles de Pyongyang. Así como el encuentro entre las primeras damas -otro hecho llamativo- pues el régimen norcoreano no la deja figurar apenas en público, y casi todos los aspectos de su vida son desconocidos, incluido su edad, o número de hijos.

La firma del acuerdo entre Moon y Kim, que consta de la paralización de ejercicios militares a lo largo de la línea de demarcación de las Coreas, la creación de enlaces ferroviarios entre el norte y el sur, junto con el acuerdo de 17 páginas firmado por los titulares de Defensa de ambas naciones y que busca “el cese de todos los actos hostiles entre sí”, son otra prueba de ese cambio de estrategia.

“El mundo verá como esta nación dividida va a generar un nuevo futuro para sí misma” fueron las palabras de Kim Jon-un durante la cumbre y en las que se deposita esperanza, pues está comprobado que la diplomacia es siempre la mejor fórmula.

eSCALERAS

Corea: paso a paso, susto a susto

Nuevo acto en la escena coreana. La última cumbre entre los dos países nacidos de la violación de las resoluciones de la ONU por los comunistas del norte y la dura guerra posterior parece haber desbloqueado la última crisis entre Corea del Norte y EEUU, con la guerra comercial con China y las sanciones como telón de fondo.

En realidad, se trata de una compleja partida de ajedrez en la que en cada lado del tablero hay varios jugadores con estrategias cercanas, pero no exactamente iguales.

Corea del Norte, que ya obtuvo réditos importantes de sus últimas amenazas consiguiendo un estatus mejorado en el panorama internacional, quiere ahora que su prometida desnuclearización vaya pareja a una reducción de fuerzas en el Sur y a unas concesiones en el terreno económico que han comenzado a aceptarse. Se abrirán conexiones ferroviarias norte-sur y se aliviará ligeramente la presión junto al reencuentro de algunas familias y la posibilidad de competir como un solo equipo coreano en acontecimientos deportivos mundiales.

Desde el Sur, se insiste en que la amenaza proviene del Norte y que ellos son los que deben dar el primer paso para fortalecer la confianza. Es la misma posición de EEUU, pero planteada con más suavidad y menos presión en los plazos, al margen de acuerdos secretos que se intuyen, pero no se conocen.

Mientras tanto, China, que tutela el proceso a distancia y ya se ha asegurado la permanencia del Norte como Estado tapón, va regulando avances y retrocesos como un arma complementaria en su guerra comercial con EEUU. (Foto: Dominik Gradischnik)

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Washington lo sigue intentando con Pyongyang. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El último informe del Organismo Internacional para la Energía Atómica, con fecha del pasado 20 de agosto, sostiene que el continuo desarrollo del programa nuclear norcoreano es muy preocupante. Una vez más, Kim Jong-un ha puesto en práctica la táctica de adulterar la realidad. Las esperanzas crecieron significativamente a raíz de ese emblemático momento en Singapur, en el que Trump lo legitimó como jefe de Estado, dejando a un lado -al menos un por un tiempo- las sanciones, los ejercicios militares en la península e incluso parte del aislamiento, al que el mismo régimen norcoreano se somete. Todo como un acto de fe o quizá de ingenuidad en el que parecía se comenzaba a escribir un nuevo capítulo en la historia de las relaciones entre Pyongyang y occidente.

Lo cierto es que lo que cautivó la atención del mundo rápidamente comenzó a dar señales dudosas, y la Administración Trump lo sabe, aunque nunca lo reconocerá abiertamente.

El secretario de Estado, Mike Pompeo, cerró el mes de agosto con el gran anuncio de que Steve Biegun se convertía en el representante especial para Corea del Norte. Una buena noticia considerando que el anterior en esa posición -Joe Yun- fue nombrado por Obama y se retiró de sus funciones el pasado febrero. Seis meses vacante, en plena crisis interna de cambio de secretario, y sin embajador en Seúl, lo que es una muestra de la prioridad que ocupa Corea del Norte para la Casa Blanca.

Las palabras de Pompeo fueron muy claras: “Biegun liderará los esfuerzos de la Administración Trump para presionar a Corea del Norte hacia la desnuclearización de la península”. Mientras, aseguró que le acompañaría en el viaje que estaba previsto a Pyongyang, seguramente para hacer una presentación y entrega formal de la responsabilidad, siguiendo los protocolos coreanos.

No hay duda que este nombramiento es muy positivo, pues Steve Biegun acumula una larga experiencia laboral. Ha pasado los últimos 14 años en el sector privado como vicepresidente de las relaciones internacionales de Ford Motor. Pero, previamente a esto, sirvió en el sector público mucho tiempo. Fue el asesor internacional de Sarah Palin durante la campaña presidencial de John McCain, formó parte del Consejo de Seguridad Nacional durante la presidencia de George W. Bush, e informaba directamente a Condoleezza Rice. Previamente, además, fue asesor de política exterior en el Congreso. Sin duda una trayectoria que tiene mucho valor, considerando a muchos de los otros personajes nombrados por la Administración Trump.

Pero a tan solo horas de haberse hecho público este nombramiento, Trump twitteó que el viaje del secretario de Estado a Corea del Norte quedaba suspendido, en su muy habitual manera de informar a través de su cuenta de Twitter. Un hecho que desautoriza públicamente a Pompeo, por lo que no es de extrañar que en el viaje previo que hizo en julio el secretario de Estado a Pyongyang, no fuera recibido por Kim Jong-un, muy a pesar de que era parte del plan. Sin embargo, se reunió con Kim Yong-chol, exespía e importante figura en el partido norcoreano.

A día de hoy, la Administración Trump no descarta otro encuentro entre Kim y Trump a finales del año, mientras Pyongyang sigue avanzando en sus negociaciones con Seúl; se sabe que habrá un tercer encuentro entre los líderes coreanos cuyo objetivo será discutir las medidas prácticas para la desnuclearización.

Junto a la suspensión del viaje de Pompeo y Biegun, la Casa Blanca informa que Trump tampoco asistirá a la cumbre de la ASEAN que tendrá lugar en Singapur en noviembre, ni a la de la APEP, pero que en su lugar enviará al vicepresidente, Mike Pence. Este es otro ejemplo de lo mal que la Administración gestiona su influencia internacional. Pero es sabido que a Trump no le gusta viajar fuera de los Estados Unidos.

Dejar tantos espacios vacíos le abre el camino a China para ganar más dominio y posicionarse mejor en la región, y a Xi Jinping para asumir el liderazgo que el presidente estadounidense no tiene ningún interés en ejercer, ni tan siquiera entender su importancia.

Por otra parte, los aliados se quedan en una situación de mayor vulnerabilidad ante la agresiva expansión china en Asia, la incertidumbre que plantea Corea del Norte, y la gran desconexión que parece existir entre la Casa Blanca de Trump y la importancia estratégica para Estados Unidos de mantener la hegemonía en el Pacífico.

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Pasos adelante

La nueva cita entre responsables políticos y militares de las dos Coreas en la zona fronteriza de Panmunjom está lejos de ser anecdótico. En medio del renacido griterío y de las acciones de propaganda, que los dos países mantengan su agenda y avancen en asuntos bilaterales, si bien tutelados de cerca por China y Estados Unidos, es una buena noticia. Y no hay que olvidar que esta tutela no es nunca absoluta y que cada país tiene un margen de autonomía que, a su vez, condiciona las estrategias de sus padrinos.

La relación bilateral actual, impensable hace unos meses, probablemente ha abierto unos procesos irreversibles, aunque no exentos de riesgos y sobresaltos. En este caso es Corea del Sur quien asume una mayor responsabilidad. Tiene que dar respuestas y explicaciones a sus ciudadanos como en todo país democrático, tiene que mantener serenidad y firmeza con un presidente de Estados Unidos errático del que se pueden ni deben distanciarse mucho y, a la vez, construir mejores alianzas regionales.

 No se conoce con exactitud el orden del día pero, sin duda, estarán sobre la mesa la desnuclearización, la apertura de nuevos procesos de intercambio comercial, el estudio del problema de las familias separadas y nuevos gestos para visualizar que hay un proyecto creíble en marcha. Estos avances bilaterales no van a resolver el problema. pero sí pueden hacer de ancla para que el gran proceso se consolide. (Foto: Dominique Weis, Flickr.com)

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Detrás del escenario

La mayoría de las grandes decisiones políticas se cocinan, se preparan, se organizan y se comienzan a poner en ejecución detrás de los escenarios mientras en esto se presentan, se embellecen, se encubren y se justifican. Y así está pasando en todo el escenario del Pacífico para desplegar todo lo que implicó la cumbre de Singapur.

Una vez alcanzado el compromiso, ambiguo pero importante, de avanzar hacia la desnuclearización de la península coreana hay que dar pasos, y esto es mucho más difícil. Por una parte, Corea del Norte, que ha alcanzado su estatus actual sobre la base de sus amenazas y su despliegue de misiles no puede ir tan rápido como quiere EEUU por problemas técnicos y por la necesidad política de no parecer la parte derrotada en la negociación y endurece las condiciones de medidas recíprocas. Y, por otra, Estados Unidos no puede ceder en esas medidas para no dejar a Corea del Sur con una sensación de inseguridad y a Japón con mayores incertidumbres. De ahí los viajes de Pompeu y las polémicas y el rumor de que los norcoreanos estarían modernizando una instalación de misiles.

Pero mientras tanto, los otros actores de este drama también se mueven tras el escenario. China, el gran padrino, mueve piezas en Latinoamérica y no sólo económicas, una vez relajado algo el panorama frente a sus costas. Ha anunciado la apertura de una gran base de observación espacial y del radio espacio, es decir, con capacidad de intercepción y conocimiento de comunicaciones, en Argentina; y se ha filtrado información sobre una avanzada negociación con El Salvador para establecer una base de operaciones navales, sin excluir la presencia de barcos de la Armada china, en el Golfo de Fonseca.

Ambas noticias, que indican la profundidad de los cambios que están ocurriendo y, a la vez, la escasa atención que, aparentemente, dedica a Administración Trump al sur de sus fronteras, no deja de aumentar la incertidumbre. EEUU y Europa enredados en una disputa comercial repleta de hipocresía; Rusia fortaleciendo su posición y su influencia en Oriente Medio y el mundo navegado en claves populista sin ingredientes que pueden estropear cualquier digestión. (Foto: Georgi Gavrilenko, Flicker.com)

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Japón necesita garantías

Una vez sentadas las bases, en Singapur, de un acuerdo entre Corea del Norte y Estados Unidos, la potencia occidental está obligada a dar certidumbre y seguridad a sus aliados desde el fin de la II Guerra Mundial en un escenario en el que sus tradicionales enemigos, China y Corea del Norte, han robustecido su posición política.

El más expuesto de estos aliados de Occidente es Corea del Sur, que se ha apresurado a desarrollar su propia agenda con China y sus vecinos del norte, pero que, a la vez, está protegido por la dinámica misma pactada en Singapur, aunque obviamente, en medio de riesgos extraordinarios.

Otro caso es Japón, por razones históricas, estratégicas y culturales. Japón es una potencia económica, tiene una razonable fuerza militar de defensa, mantiene disputas marítimas y territoriales con China, alberga bases estratégicas de Estados Unidos y mantiene tanto compromiso como reservas respecto al nuevo escenario en el Pacífico.

Tras el acuerdo con Singapur, Tokio ha multiplicado sus guiños diplomáticos, no sólo con Estados Unidos y Corea del Sur, sino también con China y Rusia. A pesar de esto, Corea del Norte ha aumentado su presión sobre Japón advirtiendo a este país que si siguen sus dudas quedará al margen del gran acuerdo en desarrollo y Estados Unidos ha tenido que señalar que ningún acuerdo con Corea del Norte debilitará la amistad con Japón.

Son gestos para visualizar la continuidad y la estabilidad a pesar de los cambios y los riesgos, pero dan cuenta de la profundidad de los primeros y de los esfuerzos para no agrandar  los segundos.

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Paso a paso

Estados Unidos ha paralizado por tiempo indefinido su agenda de maniobras y despliegues militares en Corea del Sur. Paso a paso se van cumpliendo las condiciones pactadas en Singapur para que el incipiente y poco detallado proceso no se pare.

Ni se puede ni se deben esperar resultados rápidos ni avances espectaculares que mostrar a los medios. Que no pase nada, que no aparezcan obstáculos sobrevenidos y que haya silencio serán ya buenas noticias. Se trata de conseguir un marco de confianza y la mayor lealtad a lo pactado posible para ir tomando medidas que consoliden las condiciones necesarias para los avances posteriores.

Pero Estados Unidos no debe olvidar que desactivar el riesgo de guerra, con ser muy importante, no puede ser suficiente. Corea del Norte es un régimen brutal, con ausencia de derechos para sus habitantes, sin independencia judicial, sin garantías y sin las condiciones necesarias para ir aumentando el bienestar económico y social de sus habitantes que cada vez serán más conscientes de la enorme distancia que les separa de sus paisanos del sur.

China, paradójicamente, es el país que está en mejores condiciones para ayudar en ese proceso de avance hacia un mayor bienestar y, a la vez, y Estados Unidos no debe olvidarlo, quien puede sabotear o ralentizar el avance. Las relaciones chino-americanas y la resolución de sus diferencias de manera ordenada y a favor de la libertad de comercio se vuelven en este contexto esenciales.

Trump, debe subrayarse, no es el líder adecuado para esto, dado su nacionalismo económico y sus gestos populistas que le emparentan con la extrema derecha y la extrema izquierda europea (que por cierto gobiernan aliadas en Italia). Pero Estados Unidos ha sido el garante del bienestar y la supervivencia de Europa, y el fortalecimiento de la relación trasatlántica debe seguir siendo el eje estratégico. En muchas decisiones Europa no es menos proteccionista que Estados Unidos así que la demagogia no es un buen instrumento para avanzar. Y lo peor es que, mientras dos sistemas armados arancelariamente se disputan los mercados, sistemas emergentes son penalizados al ritmo de la restricción de la libertad comercial y la globalización. (Foto: AM Camargo, Flickr)

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Una duda razonable

Ahora que se remansan las aguas de la aceleración mediática en torno al encuentro entre Kim y Trump y sus resultados (los medios siempre más atentos a los detalles llamativos que a los trascendentes) es tal vez el momento de llegar a algunas conclusiones, tal vez apresuradas, aunque esta semana encontrarán un buen análisis de nuestra colaboradora en Washington, Nieves C. Pérez.

En primer lugar, la cumbre y sus anuncios de acuerdo han creado una dinámica irreversible hacia otro escenario en el que Corea del Norte será ya un actor imprescindible. Incluso si Kim, en uno de sus giros chantajistas, quisiera volver a elevar la tensión por razones coyunturales, tendría menos apoyos que antes.

En segundo lugar, el proceso de desnuclearización en la península coreana solo tiene un ganador a medio y largo plazo, y es China. Pekín no quería el derrumbamiento de Corea del Norte que habría situado tropas de EEUU en su frontera. Con el acuerdo en desarrollo, China ha neutralizado ese riesgo y si el proceso de desnuclearización avanza alegará que ya no hay razones para que haya tropas de EEUU tampoco en Corea del Sur, que ya no correría riesgos. Mientras, China sigue avanzando sus fronteras marítimas manu militari.

Tercero, los aliados de EEUU en la zona, cuya seguridad depende de esta alianza desde la II Guerra Mundial, están en un escenario de incertidumbre en el que ven el fortalecimiento de la presencia china y un debilitamiento de la de EEUU.

Todo va a cambiar y habrá que acostumbrarse a un escenario geopolítico nuevo. Estados Unidos ha sido el baluarte de la libertad en la zona y debe seguir siéndolo. La duda está en si, a pesar de algunos de sus éxitos, es Donald Trump el líder que esta nación necesita. (Foto: Tzvetan Chaliavski, Flickr)

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¿Cuál es la situación post-Cumbre de Singapur? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Uno de los momentos más surrealistas de la historia contemporánea se vivió en Singapur. Esa imagen en la que el tirano de Corea del Norte se convertía en un líder legitimado internacionalmente de manos de su más temido enemigo. Podría asumirse que se está redefiniendo la diplomacia y reevaluando los protocolos tradicionales que han envuelto la dinámica internacional. O que quizá la irreverencia de Trump ha abierto un camino que se daba por inexistente. Lo cierto es que, producto de ese gran encuentro, surgió la opción de desnuclearización de Corea del Norte junto con la petición de la desnuclearización del resto de la península, que involucra a Corea del Sur, por lo que se plantea la gran pregunta: ¿Qué papel jugará Estados Unidos en la región?

Si desmenuzamos la declaración conjunta de la cumbre, que cabe decir es realmente corta, fundamentalmente se abordan 4 puntos, de los cuales los dos primeros rezan prácticamente lo mismo: un compromiso mutuo de reestablecer relaciones entre ambas naciones en un marco de paz y prosperidad y la sostenibilidad de esa paz en la península de Corea. El tercer punto es un compromiso para la completa desnuclearización de la península coreana. Y en el último se aboga por recuperar los prisioneros de guerra y desaparecidos en combate junto con la repatriación de los mismo. Por lo tanto, el punto crítico de este documento oficial se centra en la total desnuclearización de las dos Coreas que encierra un significado mucho más amplio y complejo, puesto que con ello desaparecería Estados Unidos del Sur y su presencia estratégica mermaría en la zona.

Ahora bien, la idea de desnuclearización de la península de Corea, fue planteado en la Declaración de Panmunjom, el pasado 27 de abril, producto del encuentro entre Kim Jong-un y Moon Jae-in, presidente de Corea del Sur. Esta declaración, mucho más amplia y detallada, comienza exponiendo que se ha emprendido una nueva era de paz para las dos naciones y sus relaciones bilaterales, dejando atrás la guerra y, con miras en la búsqueda de la reconciliación, el acercamiento y prosperidad de las dos Coreas. Para conseguirlo precisan que harán un esfuerzo común por aliviar la aguda tensión militar. Así, tienen previsto que la zona desmilitarizada se transforme en una zona de paz, y ese proceso se supone comenzó el pasado 2 de mayo. Asimismo, expone con muchos detalles los pasos a través de los cuales se conseguirán estos objetivos. Y el más importante de todos, “la desnuclearización total de la península”.

Consecuentemente, si los principales actores del conflicto coreano parten de un acuerdo que, a priori, ambos han firmado y expresado su voluntad de cumplir, es muy probable que el presidente Moon haya transmitido y coordinado con Trump parte de estas maniobras. Se sabe que los ejercicios militares, que se llevan a cabo cada primavera y otoño, entre Estados Unidos y Corea del Sur, fueran pospuestos por acuerdo mutuo. Es conocido que el líder surcoreano ha sido un interlocutor entre Trump y Kim. Así como que el importante avance que han experimentado las negociaciones se debe a la apertura y disposición al diálogo propiciado desde Seúl.

El mejor ejemplo de ello es la invitación que extendió el mismo Moon a Pyongyang a participar en los juegos olímpicos de invierno.

Ante este cambio de escenario, oportunamente el Secretario de Estado, Mike Pompeo, salió de Singapur directo al “Gran salón del pueblo” en Beijing donde fue recibido por Xi Jinping y por su Ministro de Exteriores Wang Yi, a quienes seguramente le dio el parte de lo que había sucedido en la inédita Cumbre tan sólo unas horas antes. Respetando escrupulosamente el orden de importancia, su primera parada la hizo a China. De allí fue a Seúl, donde se llevó a cabo un encuentro trilateral de ministros entre Japón, Corea del Sur y Estados Unidos.  Y cerró la visita con un encuentro privado con Moon.

Mientras que la Administración Trump se cubre las espaldas con su emisario estrella llevando el mensaje personalmente, el Japan times publicaba un artículo al final de la semana pasada en el que decía que Tokio está listo para organizar un encuentro entre Kim Jong-un y el primer ministro japonés Abe, que tendrá lugar en Rusia en septiembre de éste mismo año. Otro ejemplo de la rápido que se han acelerado las cosas en estos últimos días y de la aceptación internacional de Kim Jong-un como un Jefe de Estado más.

No es cuestionable que se han producido cambios estructurales. Los aliados de Washington están asumiendo una actitud mucho más proactiva frente a Pyongyang. Puede deberse a la singular manera que tiene Trump de entender el juego de poder. Sea como sea, el líder estadounidense parece estar muy satisfecho con los resultados (al menos hasta ahora), pues en su propia manera de entender las relaciones internaciones, más como un negocio que estratégicamente, la fuerte presencia estadounidense en Asia Pacífico está costándole mucho dinero a los Estados Unidos, por lo que económicamente es más rentable salirse y dejarle el problema a los afectados directos de la zona. Sin valorar el coste diplomático que esto llevaría consigo, esta ausencia coronaría a China como el gran rey al que todos los países medianos y pequeños en la región se verían obligados a plegarse. Incluso en el peor escenario, hasta el mismo Japón.

Pero podría ser también que Japón, en una necesidad imperante de supervivencia, se alíe con Australia y, a partir de ahí, comiencen un nuevo bloque que trate de hacer cara a China en el Pacífico. (Foto: Jeremy Sneller, Flickr)