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¿Puede causar bitcóin otra Gran Recesión? (y III) Los enemigos del comercio. Miguel Ors.

“Lo que hemos visto estos años”, escribe en Quora el operador de divisas Federico Sellitti, “es cómo un increíblemente elevado número de fondos de cobertura se constituían con el exclusivo propósito de operar en criptodivisas. Crean carteras […] que permiten a gente de todo el planeta meter dinero en estos nuevos productos” y lo hacen “apalancándose”, es decir, no con fondos propios, sino prestados.

No resulta difícil reconocer en este patrón muchos elementos de la euforia de las subprime. Basta sustituir “criptodivisas” por “CDO”. Ahora como entonces, el objeto de especulación es un activo misterioso que la generalidad de los compradores no sabe en qué consiste. Ahora como entonces, el mundo sale de un largo periodo de tipos bajos, lo que incita a asumir más riesgos de los aconsejables para obtener una rentabilidad decente. Ahora como entonces, el mercado está poco o nada regulado. Y ahora como entonces, se juega a crédito, lo que significa que parte del sistema financiero se halla comprometido y no estamos ante una mera transacción libremente consentida entre dos adultos: si las cosas salen mal, las consecuencias podrían salpicarnos a todos.

Este último es, de lejos, el aspecto más inquietante. Los incrementos abruptos de precios no son en sí dañinos. De hecho, son relativamente habituales. A lo largo del último siglo, el investigador de Yale William Goetzmann ha contabilizado 72 casos en los que las principales bolsas del mundo se revalorizaron el 100% en un año y 460 casos en los que lo hicieron en tres años. Pocas de estas “aceleraciones extremas de precios” terminaron, sin embargo, con una caída igualmente abrupta, y menos aún se tradujeron en una recesión. ¿Por qué? Porque su estallido no inutilizó el mecanismo crediticio, como excepcionalmente sucedió en 1929 y 2008.

Las posibilidades de que una catástrofe similar se repita hoy son exiguas. “Los principales economistas europeos no creen que las criptodivisas representen una amenaza para la estabilidad del sistema financiero”, sentencia un informe del Center for Macroeconomics. Sus autores argumentan que se trata de una inversión “aislada” del resto de los mercados y, sobre todo, “muy pequeña”. Y añaden citando al Wall Street Journal: “Las 1.000 mayores criptodivisas valen 350.000 millones de dólares, menos que Facebook, y si mañana quedaran reducidas a cero los bancos apenas lo notarían”.

Si por burbuja entendemos una euforia que acaba desastrosamente, concluye Goetzmann, su “frecuencia es bastante pequeña”. Ni siquiera la tulipomanía lo fue, a pesar de lo que relata el artículo de la Wikipedia. “No se vio afectada mucha gente y las repercusiones para la economía general fueron modestas”, le dice la historiadora Anne Goldgar a Lorraine Boissoneault en Smithsonian.com. “No he sido capaz de documentar la quiebra de una sola persona”.

Pero si la tulipomanía no fue ninguna calamidad, ¿por qué ha pasado como tal a la posteridad? “La culpa es de los irascibles moralistas cristianos”, escribe Boissoneault. “Todas las extravagantes noticias de bancarrotas o la del marinero encarcelado por comerse un bulbo […] proceden de los panfletos de los calvinistas, a quienes inquietaba que el consumismo impulsado por el auge de los tulipanes condujera a la decadencia moral”.

Es una inquietud que no pierde vigor con los siglos. Pocas veces se ha revelado justificada, pero los enemigos del comercio, como los llama Antonio Escohotado, no descansan.

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¿Puede causar bitcóin otra Gran Recesión? (II) El gran crac del crédito. Miguel Ors

(Foto: Michael Galpert, Flickr) La economía mundial navegaba apaciblemente en junio de 2007. El dinero fluía, las familias gastaban, las bolsas subían. El Nobel Robert Lucas consideraba “resuelto a efectos prácticos” el problema de la depresión y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, hablaba de que se había inaugurado la Gran Moderación, una nueva era en la que los ciclos serían mucho menos pronunciados.

En aquel panorama idílico, la quiebra de dos fondos de Bear Sterns, un banco de inversión estadounidense, supuso un inoportuno nubarrón. Por primera vez muchos escuchábamos la palabra subprime, pero los expertos nos aclararon que se trataba de un nicho hipotecario muy reducido y la alarma se disipó.

Entonces los contratiempos se multiplicaron. En Londres se liquidó otro fondo. Bancos suizos, alemanes e incluso chinos reconocieron fuertes pérdidas. Largas colas de depositantes reclamaban airadamente sus ahorros a las puertas de Northern Rock, algo inédito en Occidente desde los años 30.

Los mercados se pusieron nerviosos y, a mediados de agosto, la Fed tuvo que bajar los tipos. El asunto desbordaba ya los estrechos límites del universo subprime. Se supo que muchas entidades tenían comprometidos miles de millones en abstrusos productos denominados CDO, pero ni ellos mismos sabían cuantificar el alcance de la avería. Citigroup efectuó una estimación inicial de 6.000 millones de dólares, luego la elevó a 11.000 millones y, finalmente, admitió que no sabía cuánto había perdido.

¿Cómo no se había dado cuenta nadie de que nos dirigíamos al abismo?

En The Trillion Dollar Meltdown (en España, El gran crac del crédito), Charles R. Morris explica que, como es habitual, el camino a la recesión estaba empedrado de buenas intenciones. Los CDO surgieron a instancias de Freddie Mac y Fannie Mae, dos agencias creadas tras la Gran Depresión para facilitar el acceso a la vivienda de las familias humildes. Igual que hacen las cajas con las cédulas, se financiaban mediante bonos respaldados por las hipotecas que concedían, pero se trataba de unos productos que ni eran tan seguros como la deuda pública (los prestatarios eran poco fiables) ni rentaban como la bolsa, de modo que casi nadie prestaba excesivo interés por ellos.

En 1983 Freddie Mac encargó a First Boston que mejorara el atractivo de estos títulos y el banco diseñó un ingenioso método. Estructuró las emisiones en tres tramos. El primero, que suponía el 70%, tenía preferencia a la hora de cobrar. Dado que jamás se habían registrado morosidades del 30%, obtuvo sin dificultad la triple A. Con los otros dos se formaron sendos paquetes que, en caso de impago, se encargarían de absorber las pérdidas. En consonancia con su mayor riesgo, la rentabilidad era también superior.

Estos bonos estructurados o CDO (collateralized debt obligation u obligaciones de deuda con un colateral o garantía) se adecuaban mejor a las exigencias de Wall Street y los inversores se abalanzaron sobre ellos, especialmente después de que el colapso de las puntocom y el 11S convirtieran la vivienda en la única apuesta sólida. Para atender la explosión de la demanda, el negocio hipotecario se industrializó. En un extremo de la cadena el broker localizaba al prestatario y lo conducía, a cambio de una comisión, a la entidad. Allí se formalizaban las operaciones y, cuando había acumulada una cantidad suficiente, se empaquetaban, se loncheaban en tres tramos y se revendían. En el extremo final de la cadena, ávidos ahorradores aguardaban un activo al que las agencias de rating habían asignado la máxima calificación.

La división del trabajo abarató las hipotecas. Un estudio de los años 90 calculaba que los compradores de vivienda se estaban ahorrando 17.000 millones al año. Pero, en un esquema en el que uno capta al cliente y otro soporta las pérdidas, es fácil que los criterios de concesión se relajen, sobre todo después de que, hacia 2003, los candidatos solventes empezaran a escasear y hubiera que echar mano de los ninja, personas que no tenían ni ingresos ni empleo ni patrimonio (No Income, No Job or Assets). Los modelos matemáticos sostenían que el riesgo era pequeño. Si uno de aquellos miserables dejaba de pagar, razonaban, el quebranto sería modesto, porque su crédito se había repartido convenientemente entre decenas de clientes de la banca de inversión, es decir, entre millonarios que podían encajar perfectamente el golpe.

Sin embargo, cuando la morosidad repuntó, estos millonarios huyeron de todo lo que oliera a hipoteca. Les daba lo mismo que fuera prime o subprime. Igual que tres siglos antes había ocurrido con los tulipanes, de repente nadie quería CDO y los fondos que los habían atesorado durante décadas debieron anotarse severas pérdidas, que en seguida se trasladaron al resto del sistema financiero.

La apoteosis llegaría en setiembre de 2008, cuando la Fed dejó caer a Lehman Brothers. Ante la imposibilidad de saber quién tenía CDO y quién no en su balance, los bancos dejaron de prestar. El crédito se desplomó y, con él, miles de empresas de todo el planeta, sumiendo el capitalismo en la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial.