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Zheng he

El regreso de la Edad Media. Miguel Ors.

A finales del siglo XV, China concentraba el 25% de la riqueza del planeta y entre todo Occidente no llegábamos ni al 10%. España, Austria y las repúblicas italianas resistían a duras penas el empuje del Turco, que en 1529 se plantaría en las puertas de Viena.

Pero tras las expediciones de Zheng He, la dinastía Ming había ido perdiendo el apetito de aventuras. Sus emperadores, escriben Daron Acemoglu y James Robinson, “se oponían al cambio, buscaban la estabilidad y, esencialmente, temían la destrucción creativa”, el proceso que promueve la innovación al permitir que las empresas más dinámicas desplacen a las menos eficientes. En 1436 hasta se declaró ilegal la botadura de buques de más de dos palos. Por su parte, el sultán Bayezid II prohibiría en 1485 las imprentas.

Todas estas medidas se adoptaron, naturalmente, en el nombre del bien común. Los gobernantes otomanos querían evitar que nadie introdujera ideas indeseables en las cabezas de sus súbditos y los chinos habían visto cómo “los comerciantes se enriquecían y envalentonaban” y querían desterrar la codicia de las relaciones internacionales, que debían regirse por el superior criterio moral de los intelectuales de la corte.

Simultáneamente, en Occidente tenía lugar una explosión científica al amparo de las ideas ilustradas sobre el derecho inalienable de la persona a forjar su propio destino. El triunfo del individualismo liberal, difundido por las revoluciones estadounidense y francesa y las campañas napoleónicas, sirvió de fermento ideológico al capitalismo que, en los siguientes dos siglos, impulsaría la prosperidad como nunca antes se había visto en la historia. En 1980, el G7 acumulaba dos tercios del PIB planetario, mientras que China apenas llegaba al 2% y Turquía se había hundido en la irrelevancia.

Esta divergencia solo ha empezado a corregirse recientemente, en parte debido a la propagación de la tecnología. Cuando un país moderniza su aparato productivo, crece inicialmente mucho más deprisa que las economías punteras y va comiéndoles terreno. Por eso la cuota del G7 en la riqueza mundial ha caído a niveles de 1990.

Pero, a diferencia de culturas como la española, encantada desde siempre de que inventen otros, China ha dejado de importar ideas para incubarlas. “Su mercado de pagos digitales es el mayor del planeta”, advierte The Economist. “Sus equipamientos se exportan a todos los rincones. Dispone del ordenador más rápido. Está construyendo el mayor centro de investigación en computación cuántica”.

Detrás de este esfuerzo se halla, por supuesto, el Estado, pero la disposición a innovar es compartida por toda la sociedad. “[China e India] están llenas de mileniales, de emprendedores que tienen 15 años y están deseosos de experimentar”, dice Alex Liu, presidente de A.T. Kearney. Por el contrario, Europa es “un continente de clases medias envejecidas, conservadoras tanto a la hora de producir artículos como de consumirlos”.

Mientras los chinos se defienden de Uber, Facebook, Amazon o Airbnb creando sus propios gigantes del transporte, las redes sociales, el comercio o la hostelería, en España pretendemos pararles los pies con prohibiciones, como los sultanes otomanos o la dinastía Ming. Y mientras Corea del Sur, Singapur y Japón abrazan con entusiasmo la robótica, aquí nos dejamos aterrorizar por las mismas patrañas que contaban los luditas en la Inglaterra previctoriana.

En 1583 el clérigo William Lee fabricó una máquina de tejer medias y solicitó ilusionado una audiencia con Isabel I. La reina se avino a recibirlo, pero su reacción fue devastadora. “Apuntáis alto, maestro Lee”, le dijo. “Considerad qué podría hacer esta invención a mis pobres súbditos. Sin duda, supondría su ruina, al privarles de empleo y convertirlos en mendigos”.

Hoy sabemos que aquella decisión retrasó probablemente un siglo la Revolución industrial. Resulta por ello sorprendente que sigamos aceptando los mismos argumentos supuestamente éticos que los mandarines de todas las épocas han utilizado para reprimir la capacidad de iniciativa individual y confinarnos en la oscuridad medieval.

Submarino

INTERREGNUM: Mercados y submarinos chinos. Fernando Delage

No hay mejor reflejo del poder chino que el hecho de que no haya una semana en la que su presidente no ocupe la primera página de los grandes medios internacionales. Y, en coherencia con las ambiciones de Pekín, las noticias no son sólo de cuestiones empresariales. Es ya imposible hablar del futuro de la economía global, pero también del equilibrio militar de poder, sin tener en cuenta a la República Popular.

El martes 10 de abril, en una intervención ante el Boao Forum—reunión que se celebra anualmente en la isla de Hainan, y es conocida como el “Davos asiático”—Xi Jinping asumió una vez más su ya conocido papel de principal defensor del libre comercio y la globalización. Xi recurrió a los mismos mensajes en los que ha hecho hincapié en el Foro Económico Mundial en enero de 2017, o en distintas ocasiones multilaterales, como las cumbres de APEC (la última de ellas en Vietnam el pasado noviembre). Pekín ha sabido ocupar el vacío creado por el nacionalismo económico de Trump, con una retórica que calma a los mercados internacionales sin abandonar al mismo tiempo la defensa de sus intereses nacionales.

Ambos objetivos coinciden en el anuncio realizado por Xi en el mismo discurso: prometió reducir las barreras a la inversión extranjera en la industria del automóvil y el sector financiero, disminuir los aranceles a las importaciones de vehículos de motor, y mejorar la protección de los derechos de propiedad intelectual. Su compromiso sobre estos asuntos centrales en las actuales disputas comerciales con Washington, y el tono conciliador empleado por Xi, han mitigado la preocupación por una inminente guerra comercial. La administración Trump se ha atribuido con celeridad la victoria, al interpretar la declaración del presidente chino como una concesión a sus presiones. Pero China aún tendrá que concretar su retórica en hechos. De momento, se ha garantizado la estabilidad que necesita su crecimiento—objetivo interno prioritario—, mientras—de cara al exterior—es la República Popular quien refuerza su imagen como país respetuoso de las normas multilaterales.

China, por resumir, ha vuelto a dar otro ejemplo de habilidad en su diplomacia económica. A lo que hay que sumar la demostración militar realizada sólo dos días más tarde. El despliegue de más de 10.000 soldados, 48 buques y submarinos de la armada y 76 cazas de la fuerza aérea carece de precedente. A bordo del destructor Changsha, el presidente chino pasó revista a siete grupos de batalla, y por primera vez hicieron aparición pública los submarinos nucleares 094A, dotados cada uno de ellos con 12 misiles intercontinentales (de un alcance estimado de 7.400 kilómetros). Las comparaciones históricas, siempre presentes en el imaginario nacional, llevó a algunos medios a describir la ocasión como la mayor concentración de buques chinos en 600 años, es decir, desde las famosas expediciones del almirante Zheng He. Como mínimo, sí revela la extraordinaria y acelerada modernización de las capacidades navales chinas desde la llegada de Xi Jinping al poder a finales de 2012; un poderío que puede poner fin—así lo reconoce el propio Pentágono—a la supremacía de Estados Unidos en las aguas del Pacífico occidental.

Como no habrá escapado a la atención de los observadores, los ejercicios también se han desarrollado en la isla de Hainan, plataforma central de proyección en el mar de China Meridional—la totalidad de cuyas islas Pekín reclama—, y punto de partida de la Ruta de la Seda Marítima. El mismo día que Xi se dirigió a sus tropas, también se anunció la realización de maniobras navales en el estrecho de Taiwán el 18 de abril. (Foto: Gerry Pink, Flickr)

Measured

Los efectos de sus medidas que Trump ignora. Nieves C. Pérez Rodríguez

La vida cotidiana de los ciudadanos transcurre bastante parecida en casi cualquier país del mundo. Salvo diferencias culturales y determinadas prácticas, las preocupaciones que ocupan los pensamientos son parecidas: trabajo, dinero, familia, vivienda, educación, etc. La calidad de vida de los ciudadanos está determinada por factores más complejos, como el nivel de desarrollo del país, el acceso a tecnología punta, un sistema sanitario que funcione, y la libertad es sin duda un factor que ocupa un lugar importante. La globalización ha sido el elemento acelerador del deseo de desarrollo, mientras que ha permitido que se agilicen las transacciones de intercambios y el acceso a productos de casi cualquier punto, por distante que sea del planeta.

Esto es lo que ha ocurrido entre China y Estados Unidos, a pesar de ser países con sistemas económicos y políticos opuestos. El deseo de acceder a un mayor mercado, o producir a menor costo o a mayor escala ha unido a ambas economías, las ha hecho crecer e incluso las está llevando ahora a un enfrentamiento por mantener el liderazgo. Pero ¿es posible que la guerra comercial de la que tanto se está hablando quede ajena al ciudadano de a pie?

Conversamos con Eric Johnson, periodista especializado en intercambios comerciales, tecnologías y logística, que acumula una gran experiencia práctica en intercambios comerciales, y sostiene que Trump tiene razones reales en culpar a China de no estar jugando de manera justa, pues subsidian industrias a través de entidades estatales e inundan mercados con exceso de capacidad de productos para reducir los precios mundiales.  Y, apunta, la discusión debería estar centrada en cómo la entrada en vigor de estas tarifas impactará las economías en dos aspectos, para los consumidores y para el empleo.

Lo más importante, apunta Johnson, son los impactos de la gestión de la cadena de suministro. Un fabricante estadounidense que importa del extranjero partes o componentes para poder producir una maquinaria, por ejemplo, al encontrarse que estos aranceles aumentan el precio de esa parte, acabará aumentando considerablemente su producto final. Puede hacer tres cosas: una, ir a un país diferente donde las tarifas no se aplican, dos, ir a un proveedor nacional (si lo hubiera), o tres, dejar de producir esa maquinaria por completo. Ninguna de estas opciones es ideal, especialmente porque la mayoría de las empresas se encuentran en mercados globales altamente competitivos. Las compras en el exterior les dan a los fabricantes estadounidenses una ventaja competitiva y libertad de buscar sus suministros donde le sean económicamente más atractivos, lo que se traduce en un producto terminado a un mejor precio.

Para los exportadores de EE. UU., Los impactos podrían ser más directos: aranceles en bienes completamente ajenos a los sectores a los que se dirige la Administración Trump. En otras palabras, los productores de soja de Iowa y los productores de vino de California (dos sectores extraordinariamente fuertes en la exportación estadounidense a China) podrían ser penalizados porque la industria del acero ha ejercido presión sobre la Administración Trump, sostiene Johnson. Los sectores económicos por diferentes que sean forman parte de una gran rueda que mueve el sistema en su totalidad, y si una parte de ese sistema es alterado -favorable o perjudicialmente-, habrá un efecto dominó sobre la cadena, bien sea de elaboración, distribución, almacenaje y/o en el consumidor final, que pagará más por el mismo producto.

Una vez que entren en vigor las tarifas, los mercados de productos básicos de exportación se descontrolarán, el costo de algunos bienes de consumo de importación se verá afectado y la gente comenzará a perder empleos en industrias que dependen de la importación y la exportación. Johnson enfatiza que a él le preocupa especialmente los trabajadores menos cualificados (los obreros de almacenes de distribución, embalaje o los mismos conductores de camiones) puesto que no reciben tanta atención, por parte de la Administración Trump, como los que trabajan en las minas de carbón o las siderúrgicas. Pero ambos son trabajos manuales o del mismo nivel. Luego están todos los empleos asociados con el comercio, como los directores de logística, gerentes de cadena de suministro, responsables de venta a minorista y construcción que dependen de las importaciones. Todos ellos se verían afectados de imponer dichas tarifas, y esto pasaría tanto en Estados Unidos como en China.  Tal y como hemos afirmado repetidamente en esta columna, las formas de Trump son muchas veces el mayor problema. Johnson asevera que avergonzar a China en la arena pública solo obligará a Beijing a tomar represalias, lo que ya han anunciado (con las contramedidas).

Pudiendo negociar ferozmente, pero a puertas cerradas, con China y ser cordiales en público, con una mayor dosis de diplomacia y menos confrontación, Washington podría seguir luchando por mantener sus intereses económicos e incluso penalizar a China, neutralizando sus maniobras oportunistas, más que haciendo un show mediático que al final no beneficia a ninguna de las partes.

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¿Por qué no son más felices los chinos? Miguel Ors Villarejo

Lo primero que te advierte cualquier economista es que el PIB es una forma muy rudimentaria de medir el bienestar de un país, y la investigación de Richard Easterlin revela que el “crecimiento […] no tiene un impacto significativo” en los niveles de satisfacción de una sociedad. Y pone como ejemplo a China, cuya felicidad no solo no ha remontado desde 1990, sino que “ha caído levemente”, a pesar de que la renta per cápita se ha multiplicado por 25 desde entonces.

¿El dinero no da la felicidad, como asegura mi madre? No se precipiten. El tema parece algo más complejo, porque si echan un vistazo al último Informe Mundial de la Felicidad comprobarán que los países que encabezan la clasificación de 2018 son todos ricos (Finlandia, Noruega, Dinamarca, Islandia, Suiza) y los que la cierran, todos miserables (Yemen, Tanzania, Sudán del Sur, República Centroafricana, Burundi). Y el seguimiento que realizó durante tres años Thomas C. Corley de una muestra de 233 millonarios y 128 pobres corroboró que el 82% de los primeros se sentían dichosos y el 98% de los segundos, desgraciados.

¿Y los chinos, entonces? ¿Están hechos de otra pasta? En absoluto. Lo que pasa es que la prosperidad requiere, como todo, un periodo de adaptación. Una vez que se alcanza ya no se quiere cambiar, pero su adquisición, es decir, el crecimiento en sí es un proceso tumultuoso que inspira sentimientos encontrados, especialmente si llega de la mano de gigantescos movimientos migratorios. “Entre 1990 y 2015”, explica el Informe Mundial de la Felicidad, “la población urbana china se incrementó en 463 millones de personas, de las cuales aproximadamente el 50% [230 millones] procedían del campo”. Para hacernos una idea, en ese periodo los desplazados de todo el planeta sumaron 90 millones: menos de la mitad del éxodo rural chino.

En principio, uno se va del pueblo porque espera mejorar y, en el terreno material, el progreso ha sido indudable: los inmigrantes chinos ganan en la ciudad más del doble. Pero en la escala de satisfacción del Informe Mundial… arrojan un promedio de 2,4 puntos, tres décimas menos que los paisanos que dejaron atrás.

La explicación que dan a esta paradoja los investigadores John Knigth y Romani Gunatilaka es que, aunque sus ingresos han crecido, sus aspiraciones lo han hecho aún más. Lo que los inmigrantes han logrado es seguramente más de lo que nunca soñaron, pero les sabe a poco porque su grupo de referencia ya no son los antiguos aldeanos. Ahora se comparan con los pudientes pekineses, y se sienten pobres.

Somos animales jerárquicos y los ingresos no son solo un medio para comprar objetos. Son un indicador de estatus, algo que a los humanos nos encanta. Nos da la vida, literalmente: John Layard explica que “los individuos que ocupan los escaños superiores [de una organización] viven cuatro años y medio más” que sus subordinados.

Es esa posición relativa en la escala social la que determina nuestra alegría y la inmigración supone generalmente una degradación, porque pasas de moverte entre iguales a ser el último mono. Por ello, mientras no se estabilice el trasvase del campo a la capital, millones de chinos seguirán considerándose insatisfechos, por más que su renta per cápita se haya multiplicado por 25. (Foto: Laurin Schneider, Flickr)

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América primero, al precio que cueste. Nieves C. Pérez Rodríguez.

Washington.- Trump anunció a finales de la semana pasada fuertes sanciones comerciales contra China, que podrían estar alrededor de unos 60 billones de dólares, y que entrarán en vigor en los próximos 45 días. La razón fundamental de estas sanciones, que esgrime el gobierno estadounidense, es que China ha estado jugando injustamente en contra de las normas comerciales internacionales y con ello afectando a la economía de los Estados Unidos. Además, acusa a China de bloquear el acceso a los productos estadounidenses en su mercado. En pocas palabras, el objetivo de estas sanciones es reducir el déficit con China en unos 50 billones de dólares.

Se esperaban algún tipo de sanciones contra China, como parte del proteccionismo económico de la Administración Trump. Por lo tanto, no ha sorprendido el hecho de que se hayan impuesto, sino la envergadura de las mismas.

Muchas personas entran y salen del círculo del presidente, pero el tridente económico de Míster Trump ha permanecido intacto desde antes de convertirse en presidente. Su consejero de políticas comerciales e industriales, Peter Navarro, ha catalogado la acción como “un evento histórico”. Mientras que Robert Lighthizer, el representante comercial de Trump, se mostró a favor de las sanciones exponiendo su preocupación “por perder la propiedad intelectual de las tecnologías, puesto que es la mayor ventaja de la economía estadounidense”. Y Wilbur Ross, el secretario de Comercio, afirmó que “una manera de aliviar el déficit sería que China comprara más gas natural a los Estados Unidos”, así como manifestó que la Administración estaba esperando contramedidas desde Beijing.

Washington quiere cambiar el comportamiento comercial chino, o lo que es lo mismo, la manera en la que China comercia sus productos y hacerles respetar normas de intercambio internacional de acuerdo con Esward Prasad, experto económico del think tank Brookings institute. Prasad, además, sostiene que la Administración Trump cree que imponiendo tarifas a los productos que entran a los Estados Unidos, estarían protegiendo la economía doméstica, bajando el déficit. Pero eso no necesariamente será así, de acuerdo a su criterio.

Consultamos con Christopher Smart, quién se desempeñó como consejero económico de Obama, además de que sirvió como asistente del secretario del Tesoro liderando la respuesta a la crisis financiera europea y fue responsable sobre asuntos de política financiera de Europa, Rusia y Asia Central. Actualmente forma parte de la Fundación Carnegie para la paz internacional, con sede en Washington. Le preguntamos cómo de grave es el déficit entre Estados Unidos y China, y si ese déficit está realmente perjudicando tanto la economía estadounidense como Trump insiste en mantener.

Smart dice que el superávit de China con todos sus socios comerciales ha disminuido drásticamente. Añade que “sigue siendo grande con los Estados Unidos, pero eso producto de la baja tasa de ahorro de los estadounidenses y la combinación de bienes y servicios que comerciamos con China”.

El presidente Trump ha sido muy crítico de China, así como muchos de sus asesores. Estas sanciones habían sido anunciadas. Pero ¿por qué Trump las hace públicas ahora?; y ¿cuál será el efecto de estas sanciones en la población estadounidense en su vida diaria?

Smart: “Eso puede explicarse en parte porque la Administración ahora necesita menos a China por su compromiso actual con Corea del Norte y siente la presión de cumplir con algunas de las promesas electorales del presidente Trump, de endurecer su postura contra China antes de llegar a la mitad del periodo presidencial. El impacto para la mayoría de los estadounidenses en esta etapa será un pequeño costo adicional para algunas importaciones y la pérdida de algunas de las exportaciones de bienes a los que China ahora planea imponer una tarifa”.

¿Podría la respuesta china tener un impacto en la economía estadounidense?

Smart: “Las represalias chinas hasta ahora parecen modestas, con mucho margen para ser incrementadas si Estados Unidos continúa ampliando los aranceles. De momento, el impacto económico real en ambos países debería ser bastante pequeño en esta etapa, aunque la incertidumbre sobre la escalada futura puede afectar a los mercados financieros”.

Una guerra comercial no es un buen negocio para China, pero tampoco lo sería para Estados Unidos. Lo que está haciendo Trump es intentar poner freno a unas prácticas económicas que han permitido a China crecer de una manera tan importante. Sin embargo, los aranceles a largo plazo pasan factura al ciudadano de a pie en sus compras diarias, tal y como han advertido muchos economistas. El juego diplomático ahora está en acentuar más o menos esos aranceles, en los próximos meses. Es posible que en este juego Washington pueda presionar a Beijing y conseguir ciertas concesiones en las negociaciones que tendrá lugar a corto plazo con Pyongyang. (Foto: Wayne Hsieh, Flickr)

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¡No es la economía, estúpido! Miguel Ors

Con su demagógico anuncio de imponer aranceles al acero y el aluminio, Donald Trump pretende aplacar la indignación de sus votantes. Estos habrían sido víctimas de la dolosa capitulación comercial de sus predecesores, que entregaron la economía a los importadores mexicanos y asiáticos, sumiendo miles de empresas en la desesperación y la ruina y llevando el país al borde del estallido.

La idea tan querida por la izquierda de que el auge del populismo es el correlato político de la pobreza tiene una amplia tradición histórica y una reducida base empírica. Marx enseñaba que, cuando la revolución está madura, produce sus propios líderes, pero ni los bolcheviques se lo creían. “Ninguna ciudad se ha rebelado nunca solo porque estuviera hambrienta”, proclamaba uno de sus diarios durante la guerra civil rusa. Para que los parias de la tierra se agrupen en la lucha final tienen que pensar que les va a ser de alguna utilidad. De lo contrario, se quedan en casa agonizando de inanición, como aún sucede en Corea del Norte.

Dos sociólogos de la Universidad de Michigan, Charles Tilly y David Snyder, contrastaron esta hipótesis en un artículo de 1972. Analizaron los disturbios ocurridos en Francia entre 1830 y 1960 y no descubrieron ninguna relación con el malestar de la población. Tampoco los economistas Denise DiPasquale (Chicago) y Edward Glaeser (Harvard) hallaron evidencia de que la miseria desempeñara un papel relevante en los episodios de violencia social registrados en Estados Unidos entre 1960 y 1980. Estos brotes parecen más bien fruto de un cálculo racional de coste-beneficio: cuando la oportunidad de ganancia es alta y el riesgo de sanción bajo, la gente se va animando, se va animando… Y como esto es algo que se decide sobre la marcha, las revueltas no son fáciles de predecir y, una vez que han echado a andar, toman cursos insospechados. Alexis de Tocqueville cuenta en El antiguo régimen y la revolución que, en vísperas de la toma de la Bastilla, Luis XVI no tenía ni la menor idea de que fuera a perder el trono, y no digamos ya la cabeza. Y dos días antes de que los Romanov fueran depuestos, la zarina hizo este infeliz comentario: “Son solo unos gamberros. Jovencitos que corren y chillan que no hay pan para pasar el rato, y unos piquetes que impiden a los obreros trabajar. Si hiciera más frío, se habrían quedado probablemente en casa”.

Tampoco en el caso de Estados Unidos se aprecia hoy una relación entre el voto radical y el perjuicio material. “Sería osado, e incluso temerario”, escribe Javier García-Arenas en el Informe Mensual de Caixabank, “aseverar que la desigualdad es el factor principal del que se nutre el populismo”. Y razona que en los distritos electorales “más expuestos a la competencia comercial con China el apoyo al Partido Republicano en 2016 ha sido 2,2 puntos porcentuales mayor [que en aquellos que lo están menos]”, lo que no es una magnitud “especialmente elevada”.

Mucho más relevantes parecen otros aspectos, como el deseo de “preservar la homogeneidad cultural y ciertas actitudes sociales”, dice García-Arenas. En el Reino Unido, un estudio del think tank Nesta revela que ser partidario de la pena de muerte predice sensiblemente mejor que la renta o la extracción social la probabilidad de estar a favor del brexit.

Como tantos populistas, Trump justifica sus políticas con argumentos de justicia y económicos, pero su discurso apela a instintos más oscuros e inquietantes.

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INTERREGNUM: China en Afganistán. Fernando Delage

(Foto: Johannes Zielcke, Flickr) La reciente llegada a Kabul de un nuevo embajador chino, Liu Jinsong, es una indicación de la creciente importancia de Afganistán para Pekín. Liu, diplomático de carrera, nació en Xinjiang y fue director del Fondo de la Ruta de la Seda, una de las instituciones creadas por la República Popular para financiar la gran red de interconexiones a través de las cuales quiere integrar Eurasia. Su conocimiento de las complejidades de la zona y su experiencia sobre el proyecto estrella de la diplomacia china revelan las prioridades de su agenda.

Según diversos medios, China habría comenzado a construir una base militar en Badakhshan, en el corredor de Wakhan, la estrecha franja de territorio en el noreste del país que define la frontera de Afganistán con China, y que separa a Tajikistán de Pakistán. La ausencia de una conexión directa obliga a los chinos a acceder, precisamente, desde Tajikistán. Situado en uno de los lugares más remotos de Asia central, es un pasillo que Pekín cree utilizan los uigures en el exilio del Movimiento Islámico de Turkestán Oriental (ETIM), y que también podrían utilizar para entrar en China los militantes que regresen de Siria e Irak. Hace unos días, el gobierno chino ha negado que esté construyendo dicha base, aunque funcionarios afganos lo han confirmado con posterioridad. Los imperativos de seguridad de Pekín dan credibilidad a la noticia, fuente de inquietud al mismo tiempo para otras potencias, como Rusia, sorprendida por lo que revela sobre los vínculos militares entre China y Tajikistán.

El ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, anunció por otra parte en diciembre que Afganistán formará parte del Corredor Económico China-Pakistán, uno de los proyectos centrales de la Ruta de la Seda, y el primero en fase de ejecución. Pekín quiere hacer del país uno de los nodos de interconexión de sus planes, y se habla de hasta seis proyectos distintos, incluyendo una carretera entre Peshawar y Kabul, y una autovía que uniría Pakistán con Afganistán y Asia central. La seguridad a lo largo del corredor, en el que trabajan miles de nacionales chinos, y la protección de las inversiones chinas en Afganistán, de especial relevancia en el sector minero, conducirán inevitablemente a una mayor intervención de Pekín.

Las actuaciones chinas son coherentes con el discurso de sus dirigentes sobre la estrecha relación que existe entre desarrollo y seguridad. Sin esta última no puede haber crecimiento, mientras que propiciar las bases para la prosperidad económica contribuirá a mitigar el radicalismo y el extremismo, y, por tanto, las amenazas a la integridad territorial de la República Popular. Pero los riesgos también existen: participar en el proceso interno de conversaciones con los talibán, como está haciendo, es un arma de doble filo, a la vez que las grandes potencias buscarán la manera de diluir el protagonismo diplomático de Pekín.

CIUDAD PROHIBIDA

INTERREGNUM: China en el centro. Fernando Delage

El lunes 15 de enero el Diario del Pueblo de Pekín publicó en primera página un llamativo manifiesto sobre el papel de China en el mundo. Apenas dos meses después del XIX Congreso del Partido Comunista, en el que Xi Jinping insistió en el comienzo de una “Nueva Era”, y coincidiendo con el primer aniversario de la toma de posesión de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, el texto es revelador de las ambiciones de Pekín.

Retomando la idea de que China se encuentra ante un período de oportunidad estratégica para hacer avanzar sus intereses y consolidar su poder—un mensaje ya sugerido por Jiang Zemin en el año 2000—, se recogen tres ideas esclarecedoras sobre lo que piensan los dirigentes chinos y cómo están construyendo la narrativa de su ascenso.

El documento enumera, en primer lugar, los que considera como principales problemas que afronta hoy el mundo: el “déficit democrático”, el “déficit de gobernanza”, la desigualdad, el terrorismo o el cambio climático. Y todos ellos son consecuencia, según se indica del “sistema político y económico capitalista”. Estos factores, se señala en segundo lugar, están provocando profundos cambios, de los que está surgiendo como resultado un nuevo orden internacional. Esta es la ocasión, por último, para que China restaure su grandeza y regrese a la posición que le corresponde en el mundo.

Las reiteradas referencias del texto al “determinismo histórico” permiten concluir que China ve la presidencia de Trump como el contexto perfecto para dar ese salto cualitativo hacia la cúspide del poder mundial. Hace ahora también un año, en la primera ocasión en que un presidente chino asistía al foro de Davos, Xi defendió el libre comercio frente a las inclinaciones proteccionistas del nuevo presidente norteamericano, y ofreció su país para liderar la globalización. Su ofrecimiento fue recibido con alivio por los medios internacionales.

Celebrado el XIX Congreso, el Diario del Pueblo, principal órgano de comunicación del Partido Comunista, transmite la misma idea de manera directa a su opinión pública. Una China en el centro del mundo es, junto a la sostenibilidad del crecimiento económico, un pilar central de la legitimidad del régimen en el siglo XXI. Xi eleva la apuesta, en un juego en el que de momento continúa ganando puntos. La Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, hecha pública en diciembre, y la del Pentágono, anunciada hace unos días por el secretario Mattis, hacen hincapié en el desafío revisionista que representa China. Para Pekín son una prueba añadida de cómo se acelera la reconfiguración del poder global a su favor.

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Cualquier tiempo pasado fue peor. Pero bastante peor. Miguel Ors Villarejo

Cada día los telediarios nos bombardean con desgracias: el paro, el hambre, los accidentes, las epidemias… La impresión es que va todo fatal, cuando lo cierto es que la humanidad ha progresado en los últimos 200 años más que en los 100.000 anteriores.

En materia de violencia, aunque muchos están convencidos de que la Tierra es más peligrosa que nunca, los conflictos de alta intensidad, como los llama el Human Security Report Project, se han reducido a menos de la mitad desde el final de la Guerra Fría. Y lo mismo ocurre con los atentados, los genocidios y los homicidios. Vivimos lo que el psicólogo Steve Pinker califica como “la era más pacífica de la historia”.

También en materia de bienestar se ha verificado un avance espectacular. Como reflejan las estadísticas de Our World In Data, en las últimas décadas hemos sido testigos de la mayor reducción de la pobreza conocida por el hombre. En 1981, un 54% de la población vivía con menos de dos dólares al día, que es donde el Banco Mundial sitúa el umbral de la pobreza extrema. Ya aquello suponía un gran éxito respecto de la tasa de 1820, que era del 94%. Pero es que entre 1981 y 2015 el porcentaje cayó al 12%.

Sigue siendo, por supuesto, intolerable y no debemos bajar la guardia, pero una cosa es fustigarnos de vez en cuando y otra caer directamente en la abominación y renegar del progreso. La reciente publicación de un par de libros (Against the grain, de James Scott, y Affluence without abundance, de James Suzman) ha avivado en muchos medios (The Guardian, The New York Times, London Review of Books, Financial Times, The New Yorker) el peregrino debate de si no estábamos mejor como cazadores-recolectores. “Tenemos que repensar lo que queremos decir cuando hablamos de las antiguas eras oscuras”, escribe John Lanchester en “The Case Against Civilization” (más o menos, “Juicio a la civilización”). La evidencia recogida por los antropólogos entre algunas de las tribus nómadas desmiente la creencia de que antes del Neolítico la existencia fuera “solitaria, miserable, brutal y breve”, como sentenció Thomas Hobbes. La gente no solo gozaba de una longevidad y una salud similares a las actuales, sino que trabajaba menos y en un entorno más justo. “El impulso igualitario”, apunta Lanchester, “es central al estilo de vida del cazador-recolector, que es acomodado (affluent), pero sin abundancia ni excesos”.

En realidad, como explica William Buckner en Quillette, cuando Scott, Suzman y Lanchester apelan a la evidencia recogida por los antropólogos hablan básicamente de Richard B. Lee y la investigación que realizó en los 60 entre los !Kung del Kalahari. De acuerdo con sus conclusiones, en esta comunidad cada individuo dedicaba entre 12 y 19 horas cada semana a reunir los alimentos que necesitaba y había una proporción de mayores de 60 años similar a la de cualquier sociedad industrializada.

El problema de esta investigación es que no ha podido ser ratificada por estudios posteriores, ni siquiera los del propio Lee, que en 1984 amplió a entre 40 y 44 horas la semana laboral de los !Kung. En cuanto a la calidad de su alimentación, Nancy Howell señaló en 1986 que “estaban muy delgados y se quejaban a menudo de pasar hambre”. Howell también calculó que la mortalidad entre los menores de un año era del 20% (0,3% en España) y que apenas un 57% de los niños superaba los 15 años.

Y esto no es todo. Las noticias de otros cazadores-recolectores revelan que el infanticidio femenino es una práctica habitual y la tasa de homicidios, muy superior a la de las naciones más violentas del planeta.

¿Y la igualdad? La ausencia de bienes atenúa el afán de consumo, pero llevamos la envidia tan inscrita en el ADN que, cuando no tenemos a mano diferencias de renta o de propiedades, nos inventamos cualquier otra. Lo cuenta Christopher von Rueden en un artículo de la revista Evolution, Medicine, and Public Health sobre los tsimane. En esta tribu de la Amazonia boliviana todas las decisiones se consensuan, sin que se ejerza la menor coerción sobre nadie. Constituye un modelo de sociedad “pequeña, preindustrial y políticamente igualitaria”. El perfecto paraíso anticapitalista.

“Esto no significa, sin embargo, que no haya jerarquías”, advierte Von Rueden en The New York Times. En las reuniones, la opinión de unos prevalece sobre la de otros y, cuando hay que mediar en alguna disputa, se recurre al arbitraje de unos pocos sabios.

A partir de estas observaciones, Von Rueden dibujó un organigrama de cuatro poblados tsimane y sometió luego a sus habitantes a distintas pruebas médicas, además de pedirles muestras de orina. “Descubrimos que los varones con menor influencia política presentaban peores registros de cortisol, la hormona del estrés”. Aquellos cuyo prestigio había decaído también tenían el cortisol por las nubes, aparte de mostrarse más proclives a las afecciones respiratorias, “la principal causa de enfermedad y muerte”.

Las comparaciones odiosas no son, por lo visto, exclusivas del capitalismo.

“Es estupendo”, reflexiona Buckner, “pensar que en algún momento del pasado, o incluso hoy mismo en algún rincón del planeta, hubo una comunidad que sorteó todas las dificultades; donde todos llevaban una existencia saludable y dichosa, ajenos a las tensiones de la vida moderna”. Pero esa Arcadia idílica es un mito y pretender que “los retos sociales son exclusivamente contemporáneos o exclusivamente occidentales” no solo no es de mucha ayuda, sino que “nos deja más confundidos sobre sus causas y, por tanto, peor equipados para resolverlos”.

Fotografía: Dan

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Un año contra el pesimismo

2018 ha nacido con grandes preocupaciones, pero sin especiales dolores de parto si dejamos de lado el ruido anexo a todo nacimiento. El catastrofismo que parece empapar a sectores importantes de intelectuales, medios de comunicación y no pocas organizaciones e instituciones que viven de ese clima, no debe ocultarnos la realidad: no vivimos la peor época de la humanidad ni estamos ante una etapa más del declive inevitable hacia el apocalipsis. Al contrario, la humanidad progresa en medio de un proceso de nuevo desarrollo tecnológico cuyos objetivos y límites no están definidos, los derechos humanos se extienden y, a pesar del ruido mediático que no tiene precedentes, la tensión internacional y los conflictos bélicos y prebélicos son menores que en la mayoría de las décadas del último siglo.

Este planteamiento, avalado por las cifras de crecimiento y la comparación de datos, como señala Miguel Ors en esta página, no es solamente una llamada al optimismo sino una propuesta sobre la forma de encarar los conflictos. Si no estamos ante la necesidad de decisiones desesperadas, si no estamos al borde del abismo a pesar de los agoreros, hay espacio para la gestión racional de los problemas y para la fe en las instituciones y las leyes por encima de sus gestores concretos.

Hay pues pocas cosas inevitables, aunque los intereses humanos choquen contra las soluciones, pero precisamente para eso la democracia, sin adjetivos ideológicos ni demagogias apolilladas, es un sistema que permite y propicia los acuerdos. Lenin, que de demócrata no tenía absolutamente nada, dijo que si los axiomas matemáticos chocaban contra los intereses de los hombres habría quien los refutase. Lástima que los adoradores del viejo, y mitificado y edulcorado, monstruo soviético, no crearan mecanismos para resolver con acuerdos esos choques de intereses.

Fotografía: Anatoly Tanko