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CHINA Horizontal

China a debate

4Asia celebra esta semana su segundo debate tras el realizado el pasado diciembre sobre Corea del Norte. En aquella ocasión vivíamos en medio de la posibilidad de un enfrentamiento militar, ahora, con algunas dudas, el escenario previsible es una mesa de debate.

En esta ocasión, 4Asia ha convocado a colaboradores y expertos para analizar el protagonismo de China en la escena internacional, sus orígenes, su evolución, su futuro y cómo va a condicionar este escenario. Sin renunciar al comunismo, antes bien reafirmándolo, sin abandonar sino reforzando su estructura estatal autoritaria y su sistema de toma de decisiones, China ha desregulado su mercado interior, ha desempolvado un discurso de libre comercio y hace décadas está en un proceso de crecimiento económico, con contradicciones, pero sostenido, que está permitiendo un aumento del bienestar interno y una presencia exterior creciente incluida la compra de deuda de los principales países occidentales.

Paralelamente a esto, China está modernizando y reforzando su capacidad militar, remodelando sus alianzas regionales, actuando como padrino-intermediario en el conflicto coreano y asomando su influencia en Oriente Próximo.

No reconocer el creciente protagonismo chino y no incorporarlo a la toma de decisiones a escala internacional sería irresponsable y nosotros tenemos la obligación y la necesidad de analizarlo. Por eso invitamos a nuestros lectores a acompañarnos este viernes en Madrid para hablar de todo esto y analizarlo juntos. Allí nos veremos.

cementerio

…y al tercer siglo resucitó. Miguel Ors

Eran las siete de la mañana y hacía un frío respetable. El encargado de Highgate, bostezando sin parar y frotándose las manos para entrar en calor, se dirigió hacia el este del cementerio. No tardó en divisar junto a uno de los paseos principales la silueta del busto con la famosa frase: “Proletarios del mundo entero, uníos”. Pronto se cumpliría el segundo centenario del nacimiento del filósofo y el aumento de peregrinaciones había obligado a redoblar las labores de limpieza y mantenimiento. Incluso desde la distancia a la que se encontraba se podía apreciar una inusual cantidad de ramos de flores.

Pero no era la única anomalía. A medida que se acercaba no podía dar crédito a sus ojos. ¡Habían forzado el sepulcro!

Su hipótesis inicial fue un acto de vandalismo, pero no había rastro alguno de violencia. Al contrario. La tapa del féretro estaba cuidadosamente colocada a un lado, como si alguien la hubiera levantado con esmero.

El encargado se hincó de rodillas, dudó unos instantes. Después se incorporó y echó a correr como un poseso, a la vez que gritaba con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado!

* * * * *

Cuando al profesor Cowen le anunciaron que en la sala de visitas de la facultad lo esperaba un hombre corpulento, barbudo, con una espesa melena y “de una suciedad intolerable”, no tuvo ninguna duda de quién era. Estaba de un humor excelente. “Francamente”, dijo, “el proletariado ha prosperado bastante. No hay analfabetismo ni hambre, la seguridad es inmejorable, los supermercados y los grandes almacenes están llenos de artículos… ¿Cuándo tuvo lugar la revolución socialista en Inglaterra?”

“Nunca”, le sacó de su error Cowen. “Inglaterra ha sido siempre una democracia liberal”.

La expresión del barbudo se congeló. Rebulló en su silla, un movimiento que Cowen no supo si atribuir a la incomodidad intelectual o a uno de los forúnculos que en los últimos años le habían surgido al filósofo por todo el cuerpo (incluidos los glúteos) y habían convertido en un suplicio la redacción de su obra final. “Voy a dar a la burguesía motivos para acordarse de mis forúnculos”, escribió amenazador en una de sus cartas.

“El primer país donde sus ideas triunfaron”, prosiguió Cohen, “fue Rusia”.

El barbudo sonrió.

“Lo sabía”, dijo. “Ya en su momento comenté que en ningún otro lado he tenido un éxito más encantador. ¿Y qué tal les ha ido?”

“Bueno”, se excusó Cohen, “abandonaron el comunismo hace tres décadas”.

“¿No queda nada de mi legado?”, tronó el barbudo volcando agresivamente su humanidad sobre Cowen. Era otro rasgo en el que todos los biógrafos coincidían: los estallidos de ira.

“Cuba, Vietnam, Laos, Corea del Norte, China”, enumeró rápidamente Cowen mientras se encogía en su asiento.

“Todos grandes potencias, espero”.

“No exactamente”, dijo Cowen cubriéndose la cabeza con los brazos a la espera de un golpe. “¡Bueno”, rectificó, “China sí, China sí!”

El barbudo pareció serenarse. Se estiró la levita, recuperó la compostura.

“Y en cierto modo, la evolución de China avala sus tesis”, prosiguió Cowen.

El barbudo sonrió. “Adelante”, dijo, “le escucho”.

“Usted siempre sostuvo que las sociedades pasaban por diferentes fases y que el capitalismo debía triunfar para que la sociedad sin clases pudiera instaurarse. Mao creyó, sin embargo, que podía enmendarle la plana. Decidió saltar directamente del feudalismo agrario al comunismo y el atajo no funcionó. Cuando en 1978 murió, China era una de las sociedades más miserables del planeta. Pero sus herederos recuperaron el enfoque ortodoxo e introdujeron una serie de reformas que han convertido el país en una potencia manufacturera. Ahora queda por ver si el régimen se decanta por la democracia liberal o por la dictadura del proletariado. En mi opinión, no está nada claro. China aún no ha refutado a Marx”.

Cowen había soltado la parrafada de un tirón, sin apenas respirar, con la cabeza gacha, encogida entre los hombros. Permaneció unos segundos inmóvil y luego levantó lentamente la mirada. Su interlocutor se mesaba la barba con la vista perdida en una esquina de la habitación.

* * * * * *

Al encargado de Highgate le costó convencer a su supervisor, que solo se avino a acompañarlo después de un rato largo argumentando y jurando (sobre todo jurando).

Al llegar al sepulcro todo estaba, sin embargo, en orden. Un pequeño grupo de hombres de cierta edad formaban un respetuoso semicírculo en torno el busto y, cuando el encargado les increpó por haber devuelto la lápida a su sitio, lo miraron como si fuera un lunático.

Dentro de la tumba, el barbudo acababa de coger la postura para pasar otro siglo y medio más. Una expresión serena iluminaba su rostro. “Todavía no está dicha la última palabra”, fue su último pensamiento.

Y desgraciadamente tenía razón. (Foto: Maya Collins, Flickr)

Zheng he

El regreso de la Edad Media. Miguel Ors.

A finales del siglo XV, China concentraba el 25% de la riqueza del planeta y entre todo Occidente no llegábamos ni al 10%. España, Austria y las repúblicas italianas resistían a duras penas el empuje del Turco, que en 1529 se plantaría en las puertas de Viena.

Pero tras las expediciones de Zheng He, la dinastía Ming había ido perdiendo el apetito de aventuras. Sus emperadores, escriben Daron Acemoglu y James Robinson, “se oponían al cambio, buscaban la estabilidad y, esencialmente, temían la destrucción creativa”, el proceso que promueve la innovación al permitir que las empresas más dinámicas desplacen a las menos eficientes. En 1436 hasta se declaró ilegal la botadura de buques de más de dos palos. Por su parte, el sultán Bayezid II prohibiría en 1485 las imprentas.

Todas estas medidas se adoptaron, naturalmente, en el nombre del bien común. Los gobernantes otomanos querían evitar que nadie introdujera ideas indeseables en las cabezas de sus súbditos y los chinos habían visto cómo “los comerciantes se enriquecían y envalentonaban” y querían desterrar la codicia de las relaciones internacionales, que debían regirse por el superior criterio moral de los intelectuales de la corte.

Simultáneamente, en Occidente tenía lugar una explosión científica al amparo de las ideas ilustradas sobre el derecho inalienable de la persona a forjar su propio destino. El triunfo del individualismo liberal, difundido por las revoluciones estadounidense y francesa y las campañas napoleónicas, sirvió de fermento ideológico al capitalismo que, en los siguientes dos siglos, impulsaría la prosperidad como nunca antes se había visto en la historia. En 1980, el G7 acumulaba dos tercios del PIB planetario, mientras que China apenas llegaba al 2% y Turquía se había hundido en la irrelevancia.

Esta divergencia solo ha empezado a corregirse recientemente, en parte debido a la propagación de la tecnología. Cuando un país moderniza su aparato productivo, crece inicialmente mucho más deprisa que las economías punteras y va comiéndoles terreno. Por eso la cuota del G7 en la riqueza mundial ha caído a niveles de 1990.

Pero, a diferencia de culturas como la española, encantada desde siempre de que inventen otros, China ha dejado de importar ideas para incubarlas. “Su mercado de pagos digitales es el mayor del planeta”, advierte The Economist. “Sus equipamientos se exportan a todos los rincones. Dispone del ordenador más rápido. Está construyendo el mayor centro de investigación en computación cuántica”.

Detrás de este esfuerzo se halla, por supuesto, el Estado, pero la disposición a innovar es compartida por toda la sociedad. “[China e India] están llenas de mileniales, de emprendedores que tienen 15 años y están deseosos de experimentar”, dice Alex Liu, presidente de A.T. Kearney. Por el contrario, Europa es “un continente de clases medias envejecidas, conservadoras tanto a la hora de producir artículos como de consumirlos”.

Mientras los chinos se defienden de Uber, Facebook, Amazon o Airbnb creando sus propios gigantes del transporte, las redes sociales, el comercio o la hostelería, en España pretendemos pararles los pies con prohibiciones, como los sultanes otomanos o la dinastía Ming. Y mientras Corea del Sur, Singapur y Japón abrazan con entusiasmo la robótica, aquí nos dejamos aterrorizar por las mismas patrañas que contaban los luditas en la Inglaterra previctoriana.

En 1583 el clérigo William Lee fabricó una máquina de tejer medias y solicitó ilusionado una audiencia con Isabel I. La reina se avino a recibirlo, pero su reacción fue devastadora. “Apuntáis alto, maestro Lee”, le dijo. “Considerad qué podría hacer esta invención a mis pobres súbditos. Sin duda, supondría su ruina, al privarles de empleo y convertirlos en mendigos”.

Hoy sabemos que aquella decisión retrasó probablemente un siglo la Revolución industrial. Resulta por ello sorprendente que sigamos aceptando los mismos argumentos supuestamente éticos que los mandarines de todas las épocas han utilizado para reprimir la capacidad de iniciativa individual y confinarnos en la oscuridad medieval.

por alli

INTERREGNUM: Macron marca el camino. Fernando Delage

En enero fue Pekín, en marzo Delhi y, la semana pasada, Canberra. Los franceses no votaron a Emmanuel Macron para hacerle viajar. Pero el presidente tiene claro que, además de revitalizar las instituciones y la economía desde lo que denomina el “centro radical”, la política exterior es una variable central de su agenda. Lo es de forma natural por el concepto que Francia tiene de sí misma. Lo es también—y es lo que importa a nuestros efectos—porque los condicionantes alemanes y el suicidio británico hacen de Macron el único líder posible hoy de Europa. Y pocas cuestiones serán tan determinantes del futuro del Viejo Continente como su respuesta al ascenso de Asia y, en particular, a la irrupción del gigante chino.

El desafío es, a un mismo tiempo, económico, geopolítico e ideológico. Sólo con respecto a la primera dimensión es innegable el papel de la Unión Europea. Mayor bloque económico del mundo, la UE cuenta en este terreno con los instrumentos para articular y ejecutar una posición común. La suma de acuerdos de libre comercio que se han firmado con socios asiáticos—Corea del Sur (2011), Singapur (2012), Vietnam (2015) y, el más importante de todos, Japón (2017)—revela una decidida estrategia hacia una región a la que destina el 35 por cien de sus exportaciones y en la que es uno de los mayores inversores.

China plantea, no obstante, problemas singulares. Las dificultades de acceso a su mercado y las implicaciones de la Nueva Ruta de la Seda explican el gesto sin precedente de que todos los embajadores europeos en Pekín—salvo uno—hayan firmado un escrito denunciado la falta de reciprocidad y la opacidad de las iniciativas de la República Popular. Si lo han hecho es porque no se trata de un simple problema económico: las inversiones chinas en Europa y las implicaciones de la Ruta de la Seda también plantean un dilema estratégico. Y no puede hablarse aquí de una práctica de posiciones compartidas: ante la elección entre oportunidades de negocio y riesgos de seguridad, hay gobiernos que no han dudado en pronunciarse por lo primero, obstaculizando el desarrollo de un mecanismo comunitario de supervisión de las inversiones chinas. De manera parecida, cuando se trata de denunciar acciones chinas contrarias al Derecho internacional, como su comportamiento con respecto a las islas Spratly, o su política de derechos humanos, siempre habrá quien haga inviable una decisión. En un área de acción comunitaria que sigue siendo intergubernamental, Estados miembros como Hungría y Grecia dificultan la formulación de una estrategia de la UE hacia el que es hoy—junto a Rusia—uno de sus mayores retos.

Ante este déficit de la UE, en un contexto global en el que se agrava la pérdida de peso de Europa, Macron ha asumido las riendas. En el terreno geopolítico no ha ocultado sus reservas sobre las ambiciones chinas dirigidas a reconfigurar el espacio euroasiático y, en Australia, acaba de sumarse a la idea de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto”; concepto diseñado por las grandes democracias asiáticas—y Estados Unidos—para equilibrar la creciente influencia china. Macron manda así la señal europea que Federica Mogherini, la Alta Representante de la Unión Europea, no puede transmitir, aunque la comparta.

No menos articulado ha sido el presidente francés en la batalla a más largo plazo por las ideas y valores políticos. Entre sus viajes a India y Australia, también visitó Washington y el Parlamento Europeo. Sus palabras en Estrasburgo recogen como pocos documentos recientes los imperativos del proyecto europeo, en unas circunstancias en que éste afronta la doble amenaza interna de populistas y neonacionalistas, y externa de grandes potencias enemigas de la democracia. En la semana que celebramos el Día de Europa, reconozcamos que el Derecho y la retórica multilateralista no son suficientes para sostener una influencia global. La rivalidad geopolítica y la competencia entre distintos modelos de orden político definirán el sistema internacional del siglo XXI. Un político francés de 40 años está marcando el camino. Confiemos en que haya un número suficiente de gobiernos europeos dispuestos a seguirle. (Ilustración: Shinichi Imanaka, Flickr)

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La madre de todas las batallas comerciales. Miguel Ors Villarejo

Una de las razones por las que el mundo es hoy un lugar mucho más pacífico que hace un siglo es que el sufragio universal es poco compatible con las contiendas. La explicación es la estructura de incentivos. Las dictaduras contemporizan poco porque los que mandan y los que mueren son distintos. Por el contrario, en las democracias los soldados y los votantes suelen ser los mismos, lo que hace que el ardor guerrero se diluya rápidamente. Lo hemos visto en las últimas aventuras de Washington. Cuando en marzo de 2003 George Bush lanzó los primeros misiles sobre Irak, el 72% de los estadounidenses consideraban que era la “decisión correcta”, pero dos años y 24.000 cadáveres después esa proporción había caído por debajo del 47% y, en 2104, cuando Barack Obama ordenó la retirada, apenas llegaba al 38%.

Los conflictos comerciales no son exactamente iguales que los militares, pero el declarado por Donald Trump presenta inquietantes similitudes con las campañas de sus predecesores. Como los neocons que alentaron la deposición de Sadam Hussein, Trump está convencido de que la superioridad americana es tan brutal que no necesita aliados e incluso ha amenazado a los fabricantes europeos de coches con una subida de aranceles. Es una retórica que recuerda a la de Charles Krauthammer, el columnista que en 2001 instaba a adoptar “un nuevo unilateralismo” que permitiera a la Casa Blanca perseguir “sin vergüenza” sus intereses nacionales. O a la de Robert Kagan, que se preguntaba dos años después en Poder y debilidad: “¿Puede Estados Unidos prepararse y responder a los retos estratégicos que plantea el mundo [terrorismo, proliferación] sin demasiada ayuda de Europa?”, para responder a renglón seguido: “Ya lo está haciendo”.

Hoy sabemos cómo acabó todo aquello. ¿Corre también Trump el riesgo de salir escaldado?

Como Bush en Irak, su estrategia consiste en un ataque frontal “abrumador”: la imposición de aranceles del 25%. Dada la dependencia china del mercado americano, las consecuencias serán considerables. Y el daño que Pekín puede infligir adoptando restricciones similares será siempre inferior, porque los estadounidenses no venden tanto en el país asiático. Por eso Xi Jinping no va a ir a un mero intercambio de golpes. Su respuesta será “más sofisticada”, escribe The Economist. Pretende “forzar un cambio en el comportamiento” de su antagonista.

“En el terreno político”, coincide Steven Lee Myers en el New York Times, “[China] dispone de bazas que contrarrestan su inferioridad comercial bastante mejor de lo que Trump sospecha”. Mientras este deberá capear las protestas de los lobbies y los votantes en vísperas de unas elecciones legislativas, la férrea censura comunista deja escaso margen a los críticos de Xi. Su Gobierno también ejerce mayor control sobre el aparato productivo y puede impedir los despidos y las quiebras obligando a los bancos a sostener a las compañías damnificadas. ¿Cuánto tardarán, sin embargo, los agricultores del Medio Oeste en movilizar a sus congresistas para apretarle las tuercas a Trump?

Igual que Al Qaeda y los talibanes, Pekín únicamente tiene que resistir y dejar que las inercias propias de la democracia americana le hagan el trabajo. Como sostiene el editorialista del tabloide nacionalista Global Times, “doblegar a China podría exigir una batalla inimaginablemente cruel para Estados Unidos”. (Foto: Flickr, Kevin Dooley)

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¿Cuánto crece de verdad China? Miguel Ors Villarejo

Para justificar la buena marcha de la economía, los Gobiernos aducen a menudo un aumento del PIB de, por ejemplo, el 3,7%. ¿De dónde sacan el número? ¿Sabemos en serio con tanta precisión lo que hace el aparato productivo? ¿Por qué el 3,7% y no el 3,6% o el 3,8%? Paul Krugman tiene escrito que la contabilidad nacional es un subgénero de la ciencia ficción y el inefable Fabián Estapé solía decir que las décimas no cuentan en macroeconomía, pero lo cierto es que los ciudadanos de a pie aceptamos el crecimiento o la inflación que nos dan las autoridades con la misma fe con que los seguidores del oráculo de Delfos atendían los pronunciamientos de la pitonisa.

Otra cosa son los gestores de fondos, sobre todo cuando sopesan invertir en un país cuyos servicios estadísticos no son del todo independientes, como sucede en China. La prensa ha sido tradicionalmente muy crítica con sus cifras, especialmente después de que en 2007 Wikileaks desvelara una charla entre Clark Randt, el embajador de Estados Unidos, y Li Keqiang, a la sazón secretario general del Partido Comunista de Liaoning, en la que este último admitía que él no se fiaba de la información estatal, porque estaba muy cocinada, y prefería evaluar la marcha de su provincia a partir de magnitudes como la generación eléctrica, el transporte ferroviario y el crédito bancario.

Desde entonces los analistas de Wall Street se han servido de distintas versiones de este “índice de Li Keqiang” para estimar la actividad de China y hay que decir que, inicialmente, evolucionó más o menos a la par que las estadísticas gubernamentales. En 2013, sin embargo, comenzó a abrirse una brecha que alcanzó su máxima diferencia dos años después, cuando Pekín anunció una previsión de PIB del 6,8% y el Li Keqiang la redujo al entorno del 2%. Aquella disparidad hasta ocasionó un brote de pánico bursátil aquel verano, que se superó felizmente, pero la suspicacia hacia la contabilidad nacional no se ha rehecho. ¿Cuánto crece de verdad China?

Para dilucidar quién se aparta más de la realidad, tres investigadores de Nueva York (Hunter Clark, Maxim Pinkovskiy y Xavier Sala-i-Martin) han diseñado una métrica alternativa a partir del resplandor del alumbrado recogido en las fotografías de satélite. “El núcleo de nuestro análisis”, explican en un trabajo disponible en la web del National Bureau of Economic Research, “es una regresión entre el incremento de la intensidad de la iluminación nocturna” y el de “varias series empleadas para calcular el Li Keqiang”. No les voy a aburrir con los detalles técnicos, pero su conclusión es que este índice asigna una ponderación excesiva al transporte ferroviario, que ha iniciado un persistente declive no como consecuencia del debilitamiento de la economía, sino de su terciarización (los servicios están tomando el relevo a las manufacturas).

Es más, según los cómputos de Clark y sus colegas, el crecimiento habría sido muchos de los últimos ejercicios “superior al reportado por las estadísticas oficiales”, lo que no deja de ser una agradable sorpresa. (Foto: Marten Kuilman, Flickr)

Submarino

INTERREGNUM: Mercados y submarinos chinos. Fernando Delage

No hay mejor reflejo del poder chino que el hecho de que no haya una semana en la que su presidente no ocupe la primera página de los grandes medios internacionales. Y, en coherencia con las ambiciones de Pekín, las noticias no son sólo de cuestiones empresariales. Es ya imposible hablar del futuro de la economía global, pero también del equilibrio militar de poder, sin tener en cuenta a la República Popular.

El martes 10 de abril, en una intervención ante el Boao Forum—reunión que se celebra anualmente en la isla de Hainan, y es conocida como el “Davos asiático”—Xi Jinping asumió una vez más su ya conocido papel de principal defensor del libre comercio y la globalización. Xi recurrió a los mismos mensajes en los que ha hecho hincapié en el Foro Económico Mundial en enero de 2017, o en distintas ocasiones multilaterales, como las cumbres de APEC (la última de ellas en Vietnam el pasado noviembre). Pekín ha sabido ocupar el vacío creado por el nacionalismo económico de Trump, con una retórica que calma a los mercados internacionales sin abandonar al mismo tiempo la defensa de sus intereses nacionales.

Ambos objetivos coinciden en el anuncio realizado por Xi en el mismo discurso: prometió reducir las barreras a la inversión extranjera en la industria del automóvil y el sector financiero, disminuir los aranceles a las importaciones de vehículos de motor, y mejorar la protección de los derechos de propiedad intelectual. Su compromiso sobre estos asuntos centrales en las actuales disputas comerciales con Washington, y el tono conciliador empleado por Xi, han mitigado la preocupación por una inminente guerra comercial. La administración Trump se ha atribuido con celeridad la victoria, al interpretar la declaración del presidente chino como una concesión a sus presiones. Pero China aún tendrá que concretar su retórica en hechos. De momento, se ha garantizado la estabilidad que necesita su crecimiento—objetivo interno prioritario—, mientras—de cara al exterior—es la República Popular quien refuerza su imagen como país respetuoso de las normas multilaterales.

China, por resumir, ha vuelto a dar otro ejemplo de habilidad en su diplomacia económica. A lo que hay que sumar la demostración militar realizada sólo dos días más tarde. El despliegue de más de 10.000 soldados, 48 buques y submarinos de la armada y 76 cazas de la fuerza aérea carece de precedente. A bordo del destructor Changsha, el presidente chino pasó revista a siete grupos de batalla, y por primera vez hicieron aparición pública los submarinos nucleares 094A, dotados cada uno de ellos con 12 misiles intercontinentales (de un alcance estimado de 7.400 kilómetros). Las comparaciones históricas, siempre presentes en el imaginario nacional, llevó a algunos medios a describir la ocasión como la mayor concentración de buques chinos en 600 años, es decir, desde las famosas expediciones del almirante Zheng He. Como mínimo, sí revela la extraordinaria y acelerada modernización de las capacidades navales chinas desde la llegada de Xi Jinping al poder a finales de 2012; un poderío que puede poner fin—así lo reconoce el propio Pentágono—a la supremacía de Estados Unidos en las aguas del Pacífico occidental.

Como no habrá escapado a la atención de los observadores, los ejercicios también se han desarrollado en la isla de Hainan, plataforma central de proyección en el mar de China Meridional—la totalidad de cuyas islas Pekín reclama—, y punto de partida de la Ruta de la Seda Marítima. El mismo día que Xi se dirigió a sus tropas, también se anunció la realización de maniobras navales en el estrecho de Taiwán el 18 de abril. (Foto: Gerry Pink, Flickr)

Measured

Los efectos de sus medidas que Trump ignora. Nieves C. Pérez Rodríguez

La vida cotidiana de los ciudadanos transcurre bastante parecida en casi cualquier país del mundo. Salvo diferencias culturales y determinadas prácticas, las preocupaciones que ocupan los pensamientos son parecidas: trabajo, dinero, familia, vivienda, educación, etc. La calidad de vida de los ciudadanos está determinada por factores más complejos, como el nivel de desarrollo del país, el acceso a tecnología punta, un sistema sanitario que funcione, y la libertad es sin duda un factor que ocupa un lugar importante. La globalización ha sido el elemento acelerador del deseo de desarrollo, mientras que ha permitido que se agilicen las transacciones de intercambios y el acceso a productos de casi cualquier punto, por distante que sea del planeta.

Esto es lo que ha ocurrido entre China y Estados Unidos, a pesar de ser países con sistemas económicos y políticos opuestos. El deseo de acceder a un mayor mercado, o producir a menor costo o a mayor escala ha unido a ambas economías, las ha hecho crecer e incluso las está llevando ahora a un enfrentamiento por mantener el liderazgo. Pero ¿es posible que la guerra comercial de la que tanto se está hablando quede ajena al ciudadano de a pie?

Conversamos con Eric Johnson, periodista especializado en intercambios comerciales, tecnologías y logística, que acumula una gran experiencia práctica en intercambios comerciales, y sostiene que Trump tiene razones reales en culpar a China de no estar jugando de manera justa, pues subsidian industrias a través de entidades estatales e inundan mercados con exceso de capacidad de productos para reducir los precios mundiales.  Y, apunta, la discusión debería estar centrada en cómo la entrada en vigor de estas tarifas impactará las economías en dos aspectos, para los consumidores y para el empleo.

Lo más importante, apunta Johnson, son los impactos de la gestión de la cadena de suministro. Un fabricante estadounidense que importa del extranjero partes o componentes para poder producir una maquinaria, por ejemplo, al encontrarse que estos aranceles aumentan el precio de esa parte, acabará aumentando considerablemente su producto final. Puede hacer tres cosas: una, ir a un país diferente donde las tarifas no se aplican, dos, ir a un proveedor nacional (si lo hubiera), o tres, dejar de producir esa maquinaria por completo. Ninguna de estas opciones es ideal, especialmente porque la mayoría de las empresas se encuentran en mercados globales altamente competitivos. Las compras en el exterior les dan a los fabricantes estadounidenses una ventaja competitiva y libertad de buscar sus suministros donde le sean económicamente más atractivos, lo que se traduce en un producto terminado a un mejor precio.

Para los exportadores de EE. UU., Los impactos podrían ser más directos: aranceles en bienes completamente ajenos a los sectores a los que se dirige la Administración Trump. En otras palabras, los productores de soja de Iowa y los productores de vino de California (dos sectores extraordinariamente fuertes en la exportación estadounidense a China) podrían ser penalizados porque la industria del acero ha ejercido presión sobre la Administración Trump, sostiene Johnson. Los sectores económicos por diferentes que sean forman parte de una gran rueda que mueve el sistema en su totalidad, y si una parte de ese sistema es alterado -favorable o perjudicialmente-, habrá un efecto dominó sobre la cadena, bien sea de elaboración, distribución, almacenaje y/o en el consumidor final, que pagará más por el mismo producto.

Una vez que entren en vigor las tarifas, los mercados de productos básicos de exportación se descontrolarán, el costo de algunos bienes de consumo de importación se verá afectado y la gente comenzará a perder empleos en industrias que dependen de la importación y la exportación. Johnson enfatiza que a él le preocupa especialmente los trabajadores menos cualificados (los obreros de almacenes de distribución, embalaje o los mismos conductores de camiones) puesto que no reciben tanta atención, por parte de la Administración Trump, como los que trabajan en las minas de carbón o las siderúrgicas. Pero ambos son trabajos manuales o del mismo nivel. Luego están todos los empleos asociados con el comercio, como los directores de logística, gerentes de cadena de suministro, responsables de venta a minorista y construcción que dependen de las importaciones. Todos ellos se verían afectados de imponer dichas tarifas, y esto pasaría tanto en Estados Unidos como en China.  Tal y como hemos afirmado repetidamente en esta columna, las formas de Trump son muchas veces el mayor problema. Johnson asevera que avergonzar a China en la arena pública solo obligará a Beijing a tomar represalias, lo que ya han anunciado (con las contramedidas).

Pudiendo negociar ferozmente, pero a puertas cerradas, con China y ser cordiales en público, con una mayor dosis de diplomacia y menos confrontación, Washington podría seguir luchando por mantener sus intereses económicos e incluso penalizar a China, neutralizando sus maniobras oportunistas, más que haciendo un show mediático que al final no beneficia a ninguna de las partes.

tambores

INTERREGNUM: Tambores de guerra (comercial). Fernando Delage

El pasado 3 de abril, Washington anunció la imposición de tarifas a las importaciones de distintos productos chinos por un total de 50.000 millones de dólares. Un día más tarde, China desveló su propia lista de importaciones procedentes de Estados Unidos a las que impondrá aranceles por una misma cuantía. Al día siguiente, el presidente Trump dio instrucciones a su administración para preparar un plan adicional de sanciones por otros 100.000 millones de dólares. Tras condenar las amenazas norteamericanas, Pekín declaró que no dudará en darles una rápida respuesta: “China no quiere una guerra comercial—indicó el viceministro de Comercio—, pero no la tememos si hay que declararla”.

Aunque las medidas acordadas hasta la fecha ascienden a una misma cifra, su impacto es muy diferente. Las compras norteamericanas a China sumaron 505.000 millones de dólares en 2017, lo que significa que las tarifas impuestas por Washington sólo afectarán al 10 por cien de las mismas. Las importaciones chinas de Estados Unidos fueron de 130.000 millones de dólares, por lo que los aranceles de Pekín alcanzarán a más de un tercio de las ventas norteamericanas. Pero la asimetría no es sólo económica: también lo son las consecuencias políticas.

Trump dice actuar contra un supuesto “robo” chino de la propiedad intelectual de su país, y—sin decirlo—pretende obstaculizar la estrategia de innovación tecnológica de Pekín, formulada bajo la etiqueta de “Made in China 2025”. El gobierno chino se ha concentrado, por su parte en las exportaciones agrícolas de Estados Unidos—soja, maíz y tabaco, en particular—que representan casi el 20 por cien del total de las exportaciones norteamericanas a China. El mensaje político es claro: Pekín se ha dirigido al corazón de las áreas de influencia republicana; a los votantes de Trump en las zonas rurales. El presidente se encontrará así con la oposición de sus propios electores a las medidas que ha adoptado contra China, al resultarles perjudiciales para sus intereses económicos. La República Popular depende en mayor medida del comercio exterior que Estados Unidos; sin embargo, dado el control por el Estado de la economía, su margen de maniobra para adaptarse al impacto de las sanciones es mucho mayor que el de Washington. Los líderes chinos no tienen que preocuparse, como Trump, por las elecciones al Congreso de noviembre, o por su reelección en 2020.

Más relevante quizá que la dinámica interna de ambos países, es lo que el enfrentamiento revela sobre el cambio en su respectiva posición internacional. Las medidas de Trump no deben sorprender a nadie, dadas sus preferencias proteccionistas. Pero la convicción de que sus amenazas obligarán a China a ceder y a ofrecer concesiones significativas puede resultar errónea. El problema de la estrategia de Trump—si se le puede denominar como tal—es que su objetivo no es en último término China (o Corea del Sur, o México, entre otros países a los que también ha leído la cartilla) sino el sistema multilateral, cuyas reglas está violando con sus medidas. Sin duda China juega con cartas marcadas, como revelan las crecientes dificultades de  las empresas extranjeras para acceder a su mercado. Sin embargo, cuando es un Estado comunista quien demanda a Estados Unidos ante la Organización Mundial de Comercio—uno de los pilares del orden internacional creado por Washington tras la segunda posguerra mundial y que ahora Trump quiere deshacer—, los términos del envite van mucho más lejos.

envidia

¿Por qué no son más felices los chinos? Miguel Ors Villarejo

Lo primero que te advierte cualquier economista es que el PIB es una forma muy rudimentaria de medir el bienestar de un país, y la investigación de Richard Easterlin revela que el “crecimiento […] no tiene un impacto significativo” en los niveles de satisfacción de una sociedad. Y pone como ejemplo a China, cuya felicidad no solo no ha remontado desde 1990, sino que “ha caído levemente”, a pesar de que la renta per cápita se ha multiplicado por 25 desde entonces.

¿El dinero no da la felicidad, como asegura mi madre? No se precipiten. El tema parece algo más complejo, porque si echan un vistazo al último Informe Mundial de la Felicidad comprobarán que los países que encabezan la clasificación de 2018 son todos ricos (Finlandia, Noruega, Dinamarca, Islandia, Suiza) y los que la cierran, todos miserables (Yemen, Tanzania, Sudán del Sur, República Centroafricana, Burundi). Y el seguimiento que realizó durante tres años Thomas C. Corley de una muestra de 233 millonarios y 128 pobres corroboró que el 82% de los primeros se sentían dichosos y el 98% de los segundos, desgraciados.

¿Y los chinos, entonces? ¿Están hechos de otra pasta? En absoluto. Lo que pasa es que la prosperidad requiere, como todo, un periodo de adaptación. Una vez que se alcanza ya no se quiere cambiar, pero su adquisición, es decir, el crecimiento en sí es un proceso tumultuoso que inspira sentimientos encontrados, especialmente si llega de la mano de gigantescos movimientos migratorios. “Entre 1990 y 2015”, explica el Informe Mundial de la Felicidad, “la población urbana china se incrementó en 463 millones de personas, de las cuales aproximadamente el 50% [230 millones] procedían del campo”. Para hacernos una idea, en ese periodo los desplazados de todo el planeta sumaron 90 millones: menos de la mitad del éxodo rural chino.

En principio, uno se va del pueblo porque espera mejorar y, en el terreno material, el progreso ha sido indudable: los inmigrantes chinos ganan en la ciudad más del doble. Pero en la escala de satisfacción del Informe Mundial… arrojan un promedio de 2,4 puntos, tres décimas menos que los paisanos que dejaron atrás.

La explicación que dan a esta paradoja los investigadores John Knigth y Romani Gunatilaka es que, aunque sus ingresos han crecido, sus aspiraciones lo han hecho aún más. Lo que los inmigrantes han logrado es seguramente más de lo que nunca soñaron, pero les sabe a poco porque su grupo de referencia ya no son los antiguos aldeanos. Ahora se comparan con los pudientes pekineses, y se sienten pobres.

Somos animales jerárquicos y los ingresos no son solo un medio para comprar objetos. Son un indicador de estatus, algo que a los humanos nos encanta. Nos da la vida, literalmente: John Layard explica que “los individuos que ocupan los escaños superiores [de una organización] viven cuatro años y medio más” que sus subordinados.

Es esa posición relativa en la escala social la que determina nuestra alegría y la inmigración supone generalmente una degradación, porque pasas de moverte entre iguales a ser el último mono. Por ello, mientras no se estabilice el trasvase del campo a la capital, millones de chinos seguirán considerándose insatisfechos, por más que su renta per cápita se haya multiplicado por 25. (Foto: Laurin Schneider, Flickr)