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INTERREGNUM: Europa quiere acercarse a Asia. Fernando Delage

El Consejo Europeo aprobará en su reunión del 17-18 de octubre el plan de interconectividad Europa-Asia preparado por la Comisión durante los últimos meses y anunciado hace unas semanas por la Alta Representante para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini. Los líderes de la Unión Europea podrán además compartirlo con sus homólogos asiáticos en la cumbre Europa-Asia (ASEM) que se celebrará en Bruselas un día más tarde. Se trata de la esperada respuesta europea a la iniciativa de la Ruta de la Seda china, aunque ésta no aparece nombrada ni una sola vez en el documento. La UE cuenta así con una estrategia euroasiática, pero con distintas expectativas sobre su sentido y alcance.

La relevancia de la propuesta es innegable. El comercio Europa-Asia ha alcanzado los 1,8 billones de dólares, y ambas regiones suman más del 60 por cien del PIB global. Es lógico por tanto que Bruselas se plantee maximizar las oportunidades que ofrece este continente en crecimiento mediante una iniciativa dirigida a promover la construcción de redes de transporte, energía y telecomunicaciones, así como un reforzamiento de los contactos entre sociedades. A través de su estrategia, la Unión aspira a promover una serie de reglas que faciliten la cooperación pero garanticen al mismo tiempo el respeto de las normas de la libre competencia. La UE quiere asimismo que las inversiones que se acometan resulten sostenibles, tanto desde el punto de vista fiscal como medioambiental y social.

El gobierno chino ha dado la bienvenida al plan europeo, sugiriendo que se integre en su propia Ruta de la Seda. Pekín se beneficiaría de la financiación adicional que puede ofrecerle la Unión, y existen proyectos en su iniciativa que ya están de hecho cofinanciados por el Banco Europeo de Inversiones y el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo.

Existe, no obstante, cierta desconfianza europea hacia China, derivada del creciente desequilibrio comercial entre ambas partes y del rápido aumento de las inversiones de la República Popular en el Viejo Continente desde la crisis financiera global; inversiones centradas en buena parte en sectores estratégicos y de alta tecnología. Agrava la alarma europea el hecho de que, detrás de ese desembarco inversor, está un Estado autoritario e intervencionista, no las fuerzas del mercado. La Ruta de la Seda se interpreta por ello como un instrumento a través del cual Pekín pretende corregir el exceso de capacidad productiva de su economía, ampliar sus mercados y cambiar las reglas del juego del comercio y las inversiones globales. De ahí las exigencias normativas de la estrategia de interconectividad europea.

A Pekín puede disgustarle la pretensión de la UE de condicionar sus movimientos tratando de imponer unas reglas contrarias a la discrecionalidad que ella prefiere. Pero más grave resulta la ausencia de un firme consenso europeo. Es sabido cómo Hungría, Grecia y ocasionalmente otros Estados miembros, bloquean con frecuencia las posiciones comunitarias con respecto a China. Ha sido ahora un país fundador, Italia, quien parece apostar por su propia relación bilateral con la República Popular.

Abandonando la política de la administración anterior, el actual gobierno de coalición se ha acercado a Pekín, en efecto, en el marco de su declarada hostilidad hacia el proyecto europeo. Confía en que las inversiones chinas le ayuden a superar sus desequilibrios macroeconómicos. Y, al firmar un próximo memorándum sobre la extensión de la Ruta de la Seda a Italia, Roma aspira a convertirse—incluso—en el principal socio de China en la UE. Es el mismo papel que David Cameron quiso construir para Reino Unido, con el resultado bien conocido. China busca socios a través de los cuales ampliar su influencia política, pero—al contrario que los populistas romanos—Pekín sí cree en la integración europea. Quizá Salvini y compañía no tarden mucho en descubrirlo.

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¿Por qué se ha puesto la bolsa nerviosa? Miguel Ors Villarejo

A principios de este año, cuando Wall Street se dio una costalada, Paul Krugman relativizó en el New York Times la importancia de estas cosas. La bolsa es un animal asustadizo y tiende a sobrerreaccionar. Un mal dato de inflación o un buen dato de empleo pueden desatar la histeria. En ocasiones ni siquiera hace falta el dato. “No hay que suponer que existe una razón específica para la caída”, escribía Krugman, y recordaba que, tras el crash de octubre de 1987, Robert Shiller realizó un rápido sondeo entre un grupo de inversores y resultó que todos habían vendido después de ver que otros lo hacían. Les puede parecer un disparate, pero no carece de lógica. Piensen en nuestros antepasados. Cuando oían un ruido detrás de las hierbas no iban a ver si era un león. Salían corriendo. La naturaleza ha seleccionado a lo largo de siglos a tipos cobardes y mediocres, que son los que han levantado el capitalismo. Desde un punto de vista científico, es todo una chapuza.

Ahora bien, las chapuzas funcionan mal que bien y, del mismo modo que detrás de las hierbas había a veces un león, también el nerviosismo de los mercados puede evidenciar problemas. Donald Trump se ha apresurado a culpar a la subida de tipos. “La Fed se ha vuelto loca”, dice, y es verdad que un dinero más caro trastoca el equilibrio de incentivos. Por un lado, dificulta la financiación de las empresas y reduce su beneficio y, por otro, potencia el atractivo de los bonos. Mucha gente que estaba metida en renta variable ha empezado a venderla porque prefiere la fija, cuya combinación de riesgo y rentabilidad es ahora más ventajosa.

¿Tiene entonces razón Trump? ¿Por qué no se está quieta la Reserva Federal? Porque las expansiones no son eternas. “Tarde o temprano se agotan por tres razones”, me explicaba hace unos meses César Ruiz, el director de Inversiones de Pictet. “(1) Hay un choque externo, como el encarecimiento en los años 70 del petróleo; (2) la inflación se dispara y, al endurecer la política monetaria para atajarla, los bancos centrales fuerzan el cambio de ciclo, y (3) las firmas no pueden trasladar a los precios las subidas salariales y, para preservar sus márgenes, recortan la inversión y el empleo”.

Salvo el choque externo, hay algunos signos de que todo lo demás podría estar sucediendo en Estados Unidos. El coste de la vida rozó hace dos meses el 3% y, aunque desde entonces el alza se ha moderado, está claramente por encima de los niveles de hace un año. En cuanto a los sueldos, mejoraron el 0,3% en setiembre. Por otra parte, la actual expansión es la segunda más larga desde la posguerra y, salvo que se produzca un heroico repunte de la productividad (que nadie prevé), lo más lógico es que desfallezca y muera más temprano que tarde.

Como si fuera un héroe trágico, Trump ha decidido desafiar los designios de la economía y, desde que llegó a la Casa Blanca, ha estado peleándose para estirar el ciclo con rebajas fiscales y programas de infraestructuras. Estas iniciativas tienen efecto en el corto plazo y, de hecho, son probablemente la razón de que la bonanza esté durando tanto. Pero en el largo plazo resultan contraproducentes porque, cuando inevitablemente llega la desaceleración, el arsenal para combatirla se ha agotado y no queda margen ni para bajar los impuestos ni para impulsar el gasto. El sueño de la expansión eterna se da entonces de bruces con la dura realidad.

Nadie habla de que esté incubándose una catástrofe como la de 2008, pero la recesión probablemente sea más larga y profunda que la que habría tenido lugar de haberse gestionado las finanzas públicas con más rigor (y no solo en Estados Unidos).

Por eso se ha puesto la bolsa nerviosa.

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El pequeño gran poder de Hong Kong. Nieves C. Pérez Rodríguez

Con tan sólo 1.104 kilómetros cuadrados de territorio y una población que supera los 7 millones de habitantes, Hong Kong es una de los territorios más poblados del planeta. Con una historia particular y una influencia británica que sigue muy arraigada, este territorio tiene su propia moneda y un sistema de gobierno que funciona paralelamente al de Beijing, aunque siempre reconociéndose como parte de la China continental.

Es, además, uno de los centros financieros y portuarios más grandes del mundo. El gobierno hongkonés entiende que tiene un rol clave en el desarrollo tecnológico y en el posicionamiento económico internacional, explicó el Dr. John Chai, director de Fook Tin Group Holding Limited.

Por eso, el presupuesto para innovación y tecnología de Hong Kong es de 6.500 millones de dólares, que dividen en 3 grandes áreas: 1. robótica y avances médicos 2. modernización de centros de investigación ya existentes y 3. creación de un tercer centro de ciencias en Hong Kong, que ocupará un 1 kilómetro de su territorio. Esta enorme cantidad refleja la importancia que tiene este sector para esta región tan pequeña.

4Asia tuvo acceso a un encuentro que organizó el Atlantic Council sobre las innovaciones económicas del siglo XXI entre Estados Unidos, Hong Kong y China. Con un panel compuesto por el secretario de Comercio y Desarrollo Económico de Hong Kong, Edward Yae, analistas, académicos y el presidente de GoGoVan (el Uber de las mercancías y cargas que opera en China, Corea del Sur, Taiwan, India y cuyo sede principal se encuentra en Hong Kong), se plantearon análisis profundos sobre las posibilidades y los retos de la tecnología y su avance, con especial énfasis en el territorio de administración especial chino, Hong Kong.

Hasta ahora, Estados Unidos ha sido el líder en tecnología del mundo. Después de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno impulsó el desarrollo en innovación y Silicon Valley ha sido un ejemplo para el mundo de los avances punteros. Sin embargo, Samuel Klein, encargado de estudiar e investigar los avances e innovaciones en el mundo para el Atlantic Council, ha afirmado que Silicon Valley ya no es exclusivamente el lugar donde se desarrollan las últimas tecnologías. Explica que dentro del territorio estadounidense se encuentran otros centros de investigación como el de la Universidad de Madison, la Universidad Boulder de Colorado y la Universidad de Austin en Texas que ahora encabezan esa lista, aunque de momento siguen por detrás de Silicon Valley en California, pero con grandes posibilidades de que cambie en cualquier momento.

En cuanto a China, Shangai y Beijing están mostrando indicios de que se convertirán en los futuros centros tecnológicos del mundo, apunta Klein, pues cuentan con el apoyo financiero del gobierno chino para impulsar la investigación y desarrollo de proyectos, juntos con las incubadoras y aceleradoras tecnológicas.  Sin embargo, insiste en que se debe destacar que la investigación demuestra que la educación china no tiene la calidad de otros países desarrollados, y que eso puede ser un freno y que estos potenciales centros de innovación retrasen su gran explosión. Otra desventaja señalada por Klein es que el gigante asiático tiene una concepción distinta de innovación a la que se tiene en occidente, pues su foco sigue estando en copiar lo que ya ha sido creado por otros países, y hacer una versión propia, más que crear algo novedoso.

Por ejemplo, China se considera el país con el sistema de vías férreas y trenes más moderno del mundo, con unos 30.000 kilómetros de vías, pero lo cierto es que esa tecnología viene de Francia y Japón, en vez de haber sido creada allí.

Edward Yae afirmó que “Hong Kong es una realidad única, es un puente entre China y Occidente, somos miembros de la Organización Mundial del Comercio, vivimos para el comercio y, aunque pequeños, somos un jugador significativo en el mundo”.  Con gran acierto explicó que el libre comercio no es exactamente gratis, ni siquiera para Hong Kong, donde su práctica está profundamente extendida, y así lo entienden todas las naciones que lo practican. Cada país o región es más competitiva en un área que en otra; por lo tanto, se entiende que se va a ganar en esas áreas donde se es más competitivo, y a perder en las que no se es tan competitivo. Para ello se pueden usar los impuestos, como lo ha hecho Hong Kong reduciéndolos a la mitad para incentivar el comercio y atraer empresas extranjeras.

A día de hoy Estados Unidos sigue encabezando la lista de nación más tecnológica, pero regiones como Hong Kong están pisándole los talones y ofreciendo facilidades para el desarrollo de estas innovaciones, un buen ejemplo es el Robot Sophia, cuya inteligencia artificial es capaz de reconocer expresiones faciales, tal y como afirmó Steven Lam “Sophia solía vivir en Silicon Valley, ahora es inmigrante legal en Hong Kong y eso es una prueba de este cambio”.

Para las empresas que desarrollan tecnologías, ubicarse en Hong Kong, además de contar con el apoyo e incentivos del gobierno local, significa también bajar sus costes de operaciones.

La hegemonía hoy no sólo se refleja a través del poderío militar, en la nueva realidad donde la tecnología marca la pauta. El liderazgo se lo llevará el que dé facilidades en su territorio para establecerse, incentivos a la investigación y acceso al libre comercio. (Foto: Stefano Ravalli, Flickr.com)

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INTERREGNUM: Pence advierte a Pekín. Fernando Delage

Una semana más, Washington ha seguido alimentando las tensiones con Pekín. Esta vez ha sido el vicepresidente, Mike Pence, quien en un discurso pronunciado en el Hudson Institute el pasado jueves acusó a China de recurrir a sus capacidades militares, sus espías, su poder económico y su aparato de propaganda para debilitar la posición global de Estados Unidos e interferir en su vida política interna. Estados Unidos, dijo Pence, miró durante mucho tiempo hacia otro lado. “Esos días se han acabado”, añadió.

El vicepresidente ha repetido pues las denuncias realizadas por Trump sólo unos días antes en las Naciones Unidas. Su mensaje es una nueva confirmación de un consenso norteamericano a favor de una política de confrontación con la República Popular. Según se ha filtrado a los medios, Washington planea una ofensiva en toda regla contra China, cuyos elementos se irán dando a conocer en los próximos meses. La percepción de Estados Unidos es que China es un rival implacable, decidido a dominar la economía mundial y las industrias tecnológicas. Pekín interpreta en consecuencia los movimientos de Trump como dirigidos a obstaculizar y frenar su ascenso como potencia.

Si hace sólo unos meses los dirigentes chinos podían aún mantener algunas dudas sobre las intenciones del presidente norteamericano, las últimas sanciones comerciales y la escalada retórica de Washington son vistas como anticipación de una relación competitiva en todas las esferas.

Dos asuntos que revelan ese giro son Taiwán y el mar de China Meridional. Pence denunció las maniobras chinas que han conducido a tres repúblicas latinoamericanas—Panamá, República Dominicana y El Salvador—a romper sus relaciones diplomáticas con Taipei para reconocer al gobierno de Pekín. Washington ha llamado incluso a consultas a sus embajadores en estos países, en un gesto sin precedente que revela su inquietud por la creciente influencia china lejos de Asia.

Por otra parte, el 29 de septiembre un destructor norteamericano, el USS Decatur, tuvo que desviar su curso de navegación para evitar el choque con un buque de la armada china que le acosaba en Gaven Reef, en el mar de China Meridional. El incidente es otra preocupante muestra del aumento de las tensiones bilaterales, al añadir la dimensión militar al conflicto comercial.

No es la primera vez que las fuerzas chinas intentan alejar a buques norteamericanos de aguas que considera pertenecientes a su soberanía, pero nunca se había estado tan cerca de una colisión: apenas 40 metros. La administración Trump ha anunciado que no abandonará—sino que por el contrario reforzará—sus operaciones de libertad de navegación en este espacio marítimo.

Pekín ha cancelado por su parte una reunión que debía celebrarse a finales de mes con el secretario de Defensa de Estados Unidos, Jim Mattis, y ha rechazado la petición de un buque de la marina norteamericana de hacer escala en Hong Kong. Cada nuevo incidente muestra la determinación con que actúa China, lo que a su vez afecta a la percepción de debilidad de Estados Unidos entre sus aliados en la región.

Trump no acudirá este año a las cumbres de APEC y de ASEAN+3, por lo que no podrá verse con su homólogo chino, Xi Jinping, hasta la cumbre del G20 en Buenos Aires el 30 de noviembre. Sólo un encuentro al máximo nivel permitiría un esfuerzo conjunto por reducir la tensión. Pero quizá ésta resulta inevitable ante el cambio que se ha producido en la distribución de poder entre ambos gigantes. (Foto: Brian Crawford, Flickr.com)

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Por qué Alibaba se llama Alibaba. Miguel Ors Villarejo

Hubo un tiempo en que los negocios carecían de apellido y heredaban el de sus progenitores: Ford, Morgan, Thyssen, Rothschild. Vino luego la época de los acrónimos: IBM, BMW, SEAT, Campsa, Banesto, Mapfre. La propia Telefónica se llamó originalmente CTNE. Las siglas se asociaban entonces con la tecnología punta y la vanguardia más rabiosa, como el HAL de Una odisea en el espacio o el sistema operativo DOS. El colmo de la modernidad era, de todos modos, combinar letras y números, como hacen George Lucas con el androide C3PO en La guerra de las galaxias o Texas Instruments con su ordenador TI-99/4. ¿Se imagina la cara que le pondrían ahora en el departamento de marketing si les dijera que el nombre del producto que quiere comercializar es TI-99/4?

El objeto de estos códigos alfabéticos o alfanuméricos era comprimir en el menor espacio posible el máximo de información. En teoría, a partir de las iniciales uno podía reconstruir el área de actividad de la compañía: International Business Machines, Bayerische Motoren Werke, Banco Español de Crédito. Esto era imposible de deducir de un apellido y por eso muchos pioneros del capitalismo añadían a menudo a su marca un determinante: Ford Motor, Banca Rotshchild. Esta fue también la norma cuando a finales de los 80 remitió la fiebre de las siglas y las empresas comenzaron a emplear términos de frutas o de ríos. Steve Jobs debió añadir Computer a Apple y Jeff Bezos el inevitable “.com” a Amazon.

Ya no más. Cuantas menos pistas se den al público, mejor. Dunkin Donuts ha anunciado que a partir de enero se rebautizará Dunkin a secas. “Es más sencillo, más corto y más actual”, sostiene la compañía. Sigue los pasos de Starbucks, que ha retirado de su logo el término Coffee, y por supuesto de Apple y Amazon, que no especifican nada desde hace años: ni Computer ni puntocom.

El Financial Times ha aplaudido la decisión de Dunkin, porque considera que un nombre demasiado concreto “constriñe” tu libertad de movimientos, y tiene razón. La globalización ha difuminado la separación entre sectores. “Amazon”, dice el presidente de la CNMC, José María Marín Quemada, “vende muchas cosas: alimentos, almacenamiento en la nube, series… Pero Telefónica también. Hace tiempo que no se limita a suministrar llamadas de fijo o móvil. La mitad de su facturación procede de otras actuaciones y de los contenidos audiovisuales. Y otras telecos comercializan energía”.

La filosofía ya no es: tengo este producto y voy a ver cómo se lo vendo a mis clientes. Hay compañías que ni siquiera tienen lo que venden, como Uber o Airbnb. La filosofía es: tengo estos clientes y voy a ver qué producto les vendo.

En esta batalla de todos contra todos, la precisión se ha vuelto un incordio. Las publicidades tradicionales estaban llenas de detalles técnicos. “Telefunken 40, con sintonía calibrada en kilociclos y válvulas de grilla blindada y metalizada por fuera”, se lee en el anuncio de una radio de los años 30. Eso ya no vale. Ahora hay que comunicar emociones. La cerveza no quita la sed: da alegría. El coche no te transporta: evoca tu compromiso con el planeta. La colonia no perfuma: te convierte en un depredador.

Una marca eficaz debe integrarse en esta estrategia de encanto y ambigüedad. El nombre inicial que Bezos barajó para su proyecto fue Cadabra, por las connotaciones mágicas que entrañaba el comercio online, pero por teléfono la gente entendía a menudo cadáver y, mientras repasaba una mañana la enciclopedia, tropezó con la palabra Amazon. El río más caudaloso, la librería más grande. Era una analogía perfecta.

Jack Ma dio una justificación similar cuando la CCN le preguntó cómo se le había ocurrido lo de Alibaba: el personaje de Las 1.001 noches, explicó, trae rápidamente a la mente una cueva llena de tesoros. Difícilmente se podía ser menos específico.

Hay un elemento adicional que Jobs mencionaba cuando le planteaban esta cuestión. “La gente me sugería cosas como Matrix Electronics y así”, contaba, pero a él le gustaban mucho las manzanas y, además, “Apple aparecería en la guía telefónica por delante de Atari, que era donde yo solía trabajar”. Como Amazon. Como Alibaba. Como Alphabet. Todas empiezan con la primera letra del abecedario, lo que las coloca automáticamente a la cabeza en muchas listas. (Foto: Ryan Van Stralen, Flickr.com)

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¿Destronará el renminbi al dólar? Miguel Ors Villarejo

En 1965 Valéry Giscard d’Estaing se refirió a las ventajas que reportaba al dólar su condición de principal moneda de reserva mundial como un “privilegio exorbitante”. Al entonces ministro francés de Finanzas no le faltaban razones. “El turista americano que paga con dólares al taxista de Nueva Delhi se ahorra la molestia de cambiar su dinero”, escribe el catedrático de la Universidad de California Barry Eichengreen. Lo mismo pasa con los empresarios. Un fabricante alemán que paga a sus empleados y a sus proveedores en euros se encuentra con que en China únicamente le aceptan dólares, lo que lo obliga a convertirlos y pagar las comisiones correspondientes. El exportador estadounidense no tiene ese gasto. Finalmente, el banquero suizo que recibe depósitos en francos, pero realiza préstamos en dólares porque es la divisa que sus clientes desean, debe cubrirse ante una eventual oscilación de cotizaciones, lo que entraña comisiones.

Y esto no es todo. La demanda constante de dólares por parte de particulares, empresarios y financieros constituye un fabuloso negocio. “Cuesta unos pocos centavos […] imprimir un billete de 100 dólares, pero para comprarlo hay que aportar el equivalente a 100 dólares de verdad en bienes y servicios”, observa Eichengreen. Esa diferencia se llama señoreaje, un término cuya etimología evoca el derecho medieval del señor feudal a quedarse con una parte del metal empleado para acuñar cada pieza. El catedrático calcula que en el extranjero circulan unos 500.000 millones de dólares en billetes, a los que hay que sumar los seis billones de dólares en títulos del Tesoro que guardan en sus reservas los bancos centrales de todo el mundo. Gracias a este aluvión de liquidez, Estados Unidos ha podido mantener unos abultados déficits exteriores que en otros países habrían ocasionado una crisis de balanza de pagos y la salida desordenada de capitales.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos suponía casi el 50% de la economía planetaria. Era también el primer exportador y tenía, por tanto, todo el sentido operar con su divisa. Pero hoy el peso de Estados Unidos en el PIB mundial ronda el 22% y la UE y China ostentan una cuota mayor de las exportaciones. “Las ventajas [del dólar] se han ido reduciendo con el auge del euro y el renminbi”, observa el economista Jeffrey Sachs. Si a esta convergencia se suman las políticas populistas de Donald Trump, podríamos asistir a los últimos días del exorbitante privilegio. “¿Cuánto tiempo”, se pregunta, “pasará antes de que compañías y Gobiernos acudan a Shanghái en vez de a Wall Street a emitir sus bonos?”

“Es verdad que no hay monedas inexpugnables”, le responde el analista Colby Smith, “y los funcionarios chinos han echado el resto para internacionalizar el renminbi. En marzo, Pekín lanzó un contrato para futuros de petróleo que es un claro movimiento contra el petrodólar […] y ha adoptado medidas para abrir su mercado de deuda a los inversores foráneos”.

Pero para asaltar el trono de primera divisa internacional no basta con tener una economía grande y una firme voluntad política. Gary Richardson y Cathy Zang señalan que, antes de 1914, el dólar carecía de presencia internacional “a pesar del tamaño y el vigor” del aparato productivo estadounidense. No desbancó a la libra hasta los años 20, después de que la creación de la Reserva Federal estabilizara su cotización y redujera la volatilidad financiera. “La hegemonía monetaria depende de la fortaleza económica, la calidad institucional y la aplicación de las políticas adecuadas”.

Eichengreen señala que en la primera métrica (la fortaleza económica) Estados Unidos ha cedido terreno a sus dos seguidores inmediatos, China y la UE. Pero en las otras dos (calidad institucional y políticas) conserva un confortable margen. “El euro”, escribe, “es una moneda sin Estado”. Como puso de relieve la Gran Recesión, cada vez que ha saltado una alarma (Grecia, Irlanda, España, Italia), se ha producido una reacción escasamente coordinada, dominada por los intereses nacionales y el sálvese quien pueda. ¿Quién va a meter sus ahorros en una divisa que vive en el filo permanente de la histeria y la desintegración?

Con el renminbi pasa todo lo contrario: “Es una moneda con demasiado Estado”, dice Eichengreen.

“China tiene una economía pujante”, coincide Colby Smith, “pero su divisa no flota libremente, sus mercados financieros no están totalmente abiertos y su política monetaria dista mucho de ser predecible. El Partido Comunista puede imponer controles de capitales en cualquier momento”.

“El dólar tiene sus problemas, pero también sus rivales”, concluye Eichengreen. En su opinión, lo más probable es que evolucionemos hacia una hegemonía compartida. China desea, como es natural, que su divisa desempeñe un papel más relevante, pero “no tiene interés en destronar al dólar. Al revés, ha invertido mucho en el billete verde”: es el primer tenedor extranjero de bonos del Tesoro.

El peor enemigo de Estados Unidos es Estados Unidos. Si al final se queda sin el exorbitante privilegio será, como apunta Sachs, más por la mala cabeza de Donald Trump que por la buena de Xi Jinping. “El colapso del dólar no es imposible”, advierte Eichengreen, “pero solo si nos lo trabajamos. Los chinos no lo van a hacer por nosotros”. (Foto: Shai Barzilay, Flickr.com)

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INTERREGNUM: Cinco años de Ruta de la Seda. Fernando Delage

Se han cumplido estos días cinco años del anuncio por parte del presidente chino, Xi Jinping, de la Nueva Ruta de la Seda. Nadie pudo entonces imaginar que aquella propuesta, realizada en un discurso pronunciado en la capital de Kazajstán durante una gira por Asia central, iba a convertirse en la iniciativa más importante de su mandato, y en el elemento central de su política exterior. Que fuera incluso recogida en los estatutos del Partido Comunista, con ocasión del XIX Congreso en octubre del pasado año, da idea del espacio que ocupa en la agenda de los dirigentes chinos.

El proyecto nació sin una definición de sus límites geográficos y sin ninguna forma institucional. Carece asimismo de indicadores cuantificables que permitan medir su grado de realización. Si en un primer momento Xi se refirió a Asia central  y a la periferia marítima china como objeto del programa, posteriormente éste se ha ampliado a África, América Latina, el Pacífico Sur y hasta el Ártico. La ausencia de unas reglas comunes para todos los participantes significa que Pekín negocia de manera bilateral con cada uno de ellos. Es por tanto un proceso abierto y flexible, en el que catalizan las prioridades chinas con respecto a su economía—encontrar nuevos motores de crecimiento—y a su seguridad: reducir los riesgos de vulnerabilidad y minimizar la capacidad de Estados Unidos y de sus aliados de obstaculizar su ascenso como gran potencia.

Si hay que resumir los fines de la Ruta, quizá éstos dos sean los esenciales: es un medio, primero, para que China pueda convertirse en un igual de Estados Unidos en la definición de las reglas y las instituciones globales; y, segundo, para hacer de una Eurasia integrada el nuevo centro de la economía mundial, sustituyendo al eje euroatlántico. El alcance de las ambiciones chinas afecta de manera directa a los equilibrios geoeconómicos y geopolíticos de las últimas décadas, y la Ruta de la Seda se ha convertido en consecuencia en una de las causas fundamentales de los reajustes estratégicos de las principales potencias.

De sus profundas reservas hacia la iniciativa en un primer momento, Japón ha pasado a apoyar la participación de sus empresas privadas, aunque también ha construido alternativas, como la propuesta de financiación de Infraestructuras de Calidad en Asia, o el Área de Crecimiento Asia-África, formulada de manera conjunta con India. Esta última, el vecino de China en mayor grado opuesto a la Ruta de la Seda, tiene que compaginar el deseo de evitar sus implicaciones geopolíticas—una mayor proyección política de Pekín en el subcontinente—con la necesidades de atraer inversión extranjera y desarrollar las infraestructuras que resuelvan sus problemas de interconectividad. Rusia no puede por su parte mantenerse al margen de una iniciativa que incrementará, a su costa, la dependencia de China de las repúblicas centroasiáticas.

Estados Unidos ha tardado en reaccionar. La alternativa al proyecto chino es la “estrategia Indo-Pacífico”, a la que se aportan reducidos recursos financieros para hacer mayor hincapié en la formación de un bloque de contraequilibrio, el denominado “Cuarteto” constituido por Estados Unidos, India, Japón y Australia. Su cohesión plantea sin embargo numerosas dudas al no ser siempre coincidentes los intereses de sus gobiernos con respecto a Pekín.

La Ruta de la Seda supone asimismo un relevante desafío para Europa. La reconfiguración de Eurasia que se persigue puede condicionar en gran medida el papel internacional de la Unión Europea en el futuro, aunque al mismo tiempo le ofrece nuevas oportunidades económicas. Cinco años después del discurso de Xi, Bruselas ha dado por fin forma a una respuesta, según anunció la semana pasada la Alta Representante, Federica Mogherini. Funcionarios de la UE han estado trabajando durante meses en una estrategia de interconectividad en Eurasia que identifica los intereses europeos y sus objetivos fundamentales. Hay que esperar que, además de esa descripción, existan los medios e instrumentos para pasar a la acción. Pero para conocerlos habrá que esperar al Consejo Europeo que, en octubre, aprobará oficialmente el documento.

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Los apuros de la lira turca o la crisis asiática revisitada. Miguel Ors Villarejo

Ninguna crisis es igual que las anteriores, aunque todas tienen un aire de familia. Lo primero permite que nos riamos de lo tontos que eran los holandeses del siglo XVII, que pagaban cifras disparatadas por bulbos de tulipán, mientras nosotros compramos sellos a Fórum Filatélico o preferentes a Caja Madrid. Lo segundo hace que nunca falte alguien que, en medio de la euforia, comente rascándose la cabeza: “¿A qué me suena esto?”

Lo ideal es que ese alguien fuera el presidente o el ministro de Hacienda, pero generalmente es el líder de la oposición, que se pasa la vida anunciando desastres que rara vez se consuman, como los testigos de Jehová, y al que nadie hace nunca mucho caso. Todo el mundo sabe que forma parte del juego democrático decir que las mismas cosas que iban de cine cuando tú mandabas se vuelven un asco en cuanto te descabalgan del poder, y viceversa.

Estos incentivos explican por qué los políticos son tan poco fiables a la hora de realizar pronósticos. ¿Y los economistas? ¿No disponen de modelos, sondeos e índices que anticipan los cambios de ciclo? Sin duda, pero se expresan en términos estadísticos y a los humanos los números no nos dicen demasiado. Si preguntamos a un experto: “¿Viene otra recesión?” y nos dice que “las probabilidades son del 35%”, nos quedamos fríos. Ahora, si nos cuenta que la precarización de amplias capas de la sociedad afectará tarde o temprano a la demanda, nos inquietamos. Nos cuesta asimilar datos, pero los relatos nos llegan al corazón. Entendemos la realidad gracias a historias, llámense mito, religión, ideología o teoría científica. El problema es que, una vez instaladas en nuestra cabeza, se hacen con el control del puente levadizo y ya no dejan pasar más hechos que los que las ratifican. “La gente”, decía el psicólogo Amos Tversky, “se esfuerza mucho para obtener información que ya tiene o para evitar conocimientos nuevos”.

Y no es el único inconveniente. “Un reproche habitual a la economía es que su respuesta a cualquier cuestión es: ‘Depende”, escriben los investigadores Atish Ghosh y Uma Ramakrishnan, del Fondo Monetario Internacional, en un artículo sobre déficits exteriores. Estos pueden revelar una debilidad productiva… o no. “Para los países que carecen de capitales y presentan más oportunidades de inversión de las que pueden aprovechar, un desequilibrio en la cuenta corriente es natural”. Durante sus décadas de despegue, los tigres asiáticos registraron balanzas negativas ejercicio tras ejercicio, pero los recursos que tomaban prestados fuera los invertían productivamente y se devolvían sin dificultad.

Llega un momento, sin embargo, en que la persistencia de déficits exteriores se torna peligrosa. ¿Cuándo? No se sabe. Hay invariablemente una gota que colma el vaso y una brizna de paja que quiebra el espinazo del camello, pero ningún experto te dirá: “La número 784.362”. Esa imprecisión induce a muchos gobernantes a pensar que ellos son diferentes y podrán sortear el abismo. Pero un día el dinero se da a la fuga, la moneda se desploma, las deudas contraídas en divisas fuertes se tornan impagables, la banca quiebra, el crédito se volatiliza y la actividad se sume en una profunda depresión.

Es lo que está ocurriendo en Turquía. “Desde que Recep Tayyip Erdogan asumió el control del Gobierno, [el país] ha registrado enormes y crecientes déficits por cuenta corriente”, se lee en la Wikipedia. El artículo describe cómo el presidente desoyó todos los avisos que se le hicieron. El paralelo con la tormenta que en 1997 se desató contra el baht tailandés era notorio, pero Erdogan se negó a corregir el rumbo porque los ajustes que le recomendaban habrían ido contra la patria, la religión o ambas.

“Es una crisis clásica”, dice Paul Krugman, “de las que hemos visto ya muchas”. Y seguiremos viendo… (Foto: Charles Roffey, Flickr.com)

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“¿Dónde está mi Peter? ¿Qué opina Peter?”. Miguel Ors Villarejo

Trump no es ningún intelectual. Parece más bien persona de corazonadas. El conocimiento no es para él una actividad meramente racional. Las verdades que importan no se alcanzan solo con la cabeza, tras una fría contrastación de argumentos. Se sienten también con todo el cuerpo, a menudo a pesar de los argumentos, como él siente la amenaza de China. Desde que llegó a la Casa Blanca, los expertos han procurado tranquilizarlo. Le han asegurado que no era para tanto y le han aportado datos, tablas y gráficos que revelan lo bien que le ha ido a Estados Unidos: sí, se ha perdido tejido industrial, pero las familias disponen de bienes más baratos y a las empresas se les ha abierto un mercado inmenso. Todos los presidentes pasan por un proceso educativo similar, en el que los expertos van purgando su visión. Pero esta vez ha sido la visión la que ha purgado a los expertos hasta que ha quedado uno. Se llama Peter Navarro.

“Hace 20 años”, cuenta la periodista Molly Ball en Time, “Navarro era un liberal que admiraba a Hillary Clinton, abogaba por subir los impuestos a los ricos y se había presentado como cabeza del Partido Demócrata a cuatro elecciones”. Su concepto de los republicanos no podía ser más lamentable: eran un hatajo de “bufones, sociópatas y radicales”, cuya credo consistía en “reformar los impuestos para enriquecer aún más a los ricos” y “destrozar el ambiente bajo la falsa bandera del progreso”.

Ahora Navarro es el principal asesor de un presidente republicano. “Trump quiere adoptar medidas proteccionistas”, dice en la revista un prominente conservador, “y cuando prácticamente todo el mundo en la habitación le dice: ‘No podemos hacerlo, nos vamos a cargar la economía’, él replica: ‘¿Dónde está mi Peter? ¿Qué opina Peter?”

“Si hiciera una lista con los 100 primeros economistas del mundo, Peter Navarro no figuraría en ella”, añade el catedrático de Harvard Greg Mankiw. No deduzcan de este comentario malévolo que Navarro es un indocumentado. John Major decía que él había querido ser asesor, pero que no sabía lo suficiente y tuvo que hacerse primer ministro. A Navarro le pasó al revés: sabía un montón y, como recuerda un consultor que trabajó para él, “tenía razón la mayoría de las veces. Pero”, sentencia a continuación, “era un gilipollas”.

Sus orígenes fueron muy modestos. Se crio con su madre, secretaria, después de que esta se divorciara de su padre, músico. Estudió becado en Tufts y, tras doctorarse en Harvard, publicó un primer libro en el que criticaba vehementemente el proteccionismo porque perjudicaba a los consumidores, ponía en peligro la estabilidad mundial y podía sumir al planeta en “una espiral imparable”. Aunque su identidad ideológica tardó en decantarse (fue sucesivamente republicano, independiente y demócrata), a principios de los 90 ya estaba decididamente comprometido con la formación del burro y, dentro de sus filas, optó a varios cargos, sin fortuna. Su último intento fue un escaño en la Casa de Representantes. En aquella ocasión recibió el apoyo personal de Al Gore y los Clinton, pero no fue suficiente y la derrota lo dejó arruinado, amargado y solo. Sin dinero, sin amigos, sin mujer, se refugió en la academia y fue entonces cuando su vigorosa fe en la libertad de intercambio comenzó a enfriarse. “Vio cómo sus alumnos”, escribe Ball, “se quedaban sin empleo a pesar de su excelente preparación y concluyó que las prácticas mercantiles de Pekín ponían a los estadounidenses en una situación de desventaja”.

Entre 2006 y 2011 publicó tres libros: The Coming China Wars (Las guerras que vienen con China), Death by China (Muerte por China) y Crouching Tiger (El tigre agazapado). La reportera de Time observa malévola que únicamente cuando se hizo un documental a partir de ellos reparó Trump en su existencia y lo fichó.

Al principio, Navarro se encontró con un presidente secuestrado tras una colosal barrera de defensores del libre comercio y su influencia fue limitada. “Durante mucho tiempo”, cuenta un antiguo funcionario de la Secretaría del Tesoro, “lo tuvieron metido en un armario donde no podía hacer mucho daño. Pero cuando Gary [Cohn] dimitió, dejó un boquete por el que se coló”.

Navarro sabe que su posición carece de amplios apoyos en el mundo académico, pero no se desanima. Tiene el de sus compatriotas. En un sondeo de 2016, el 68% de los estadounidenses confesaron que preferían que en su comunidad hubiera una fábrica nacional que creara 1.000 puestos de trabajo a otra china que creara 2.000.

Para ellos, como para Trump, las verdades que importan no se alcanzan solo con la cabeza, tras una fría contrastación de argumentos.

Guerra Fria

INTERREGNUM: Hacia una nueva Guerra Fría. Fernando Delage

El pasado 29 de agosto, el Diario del Pueblo de Pekín publicó un artículo de un alto cargo del Consejo de Estado chino, Long Guoqiang, en el que vaticinaba “profundos cambios estructurales” en la relación entre las dos mayores economías del planeta. “La guerra comercial—escribió—no es sólo un instrumento de Estados Unidos para lograr mayores beneficios económicos; es también una estrategia para contener a China”.

Su columna no es sino una nueva señal de cómo los líderes chinos perciben el actual enfrentamiento económico entre Washington y Pekín como anticipo de una previsible escalada a la esfera política y de seguridad, que pueda conducir a asu vez a una Guerra Fría—si no a algo peor—entre ambos gigantes. A ninguno le conviene un escenario conflictivo, que escaparía pronto a la capacidad de control de ambos. Pero es probable que ni siquiera pueda conseguir Trump los objetivos que pretende al decidir denunciar a China como rival.

Es evidente que no contará con la disposición de Pekín a ayudarle en distintas cuestiones en las que Estados Unidos tiene un reducido margen de maniobra, como el problema nuclear norcoreano. Más grave resulta que quizá no se haya medido bien desde la Casa Blanca la práctica imposibilidad de que China pueda darle las concesiones que busca. La República Popular, en primer lugar,  no va a renunciar a su estrategia de innovación tecnológica—causante de la respuesta de Trump—, al considerarla como decisiva para la sostenibilidad de su crecimiento económico y su estatus internacional futuro. En segundo lugar, porque el presidente Xi Jinping no puede permitirse una imagen de debilidad ante una opinión pública cada vez más nacionalista. Ceder a las presiones de un país occidental es políticamente inviable en la China del siglo XXI. Por lo demás, el menor porcentaje que representan las exportaciones en el PIB chino con respecto al pasado, y sus gigantescas reservas de divisas le proporcionan notables defensas frente a las sanciones norteamericanas.

Responder al desafío que representa China como lo hace Trump es actuar como si ambas potencias se movieran aún en el tablero del siglo pasado. Ni la presión militar ni la imposición de tarifas a sus exportaciones pueden doblegar la determinación china de situarse en el centro del sistema internacional a mediados de siglo. Si no lo logra, se deberá a obstáculos internos—demográficos, financieros, sociales o medioambientales—más que a la estrategia de Trump.

Sirva como ejemplo la presencia de la práctica totalidad de los jefes de Estado africanos en Pekín la semana pasada para la séptima cumbre del Foro China-África. La oferta de 60.000 millones de dolares a los países africanos para el desarrollo de infraestructuras debe acogerse con cierto escepticismo: es un riesgo añadido para la deuda china, y aún más para los países receptores. Pero compárense las acciones—y las cifras comerciales—de Pekín en África con las de Washington. O en América Latina. O en Oriente Próximo. La creciente dependencia de estas regiones de China se está convirtiendo en un hecho consumado, mientras la administración Trump concentra su atención en culpabilizar a Pekín de sus problemas económicos nacionales. (Foto: John Atte Kiln, Flickr.com)