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China en la crisis venezolana (II). Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La dimensión de la implicación de China en la crisis venezolana parece ser más profunda de lo que inicialmente se intuía. En esta misma columna hemos dado cifras de los créditos que Beijing ha otorgado a Caracas. Sean Miner, en una entrevista que le concedió a 4Asia el año pasado, explicaba que los prestamistas estatales chinos dieron créditos al gobierno de Maduro por más de 60 mil millones de dólares, principalmente en acuerdos de préstamo por petróleo. Y expertos estiman en que Venezuela aún le debe a China al menos 25 mil millones.

La concesión de estos créditos fue una estrategia de Beijing para garantizarse suministro de petróleo, a pesar de las fluctuaciones de precio en el mercado internacional. Y gracias a ese flujo de dinero Maduro ha conseguido alargar su estancia en el poder, a pesar de la crisis en la que ya se encontraba la economía venezolana.

Pero más allá de los créditos está la lista de empresas chinas que consiguieron entrar en los negocios del régimen venezolano. La ZTE, una de las grandes corporaciones en telecomunicaciones chinas que ayudó a Maduro a construir la base de datos que permite el monitoreo y seguimiento de los ciudadanos desde el 2016 a través de la “carnet de la patria”, tal y como aparece en una carta del Senado estadounidense dirigida a los Departamentos de Estado, de Comercio y del Tesoro, a finales de noviembre pasado, en la que se les pide investiguen a ZTE por haber violado la normativa de exportaciones.

En la misiva dice literalmente “previo a las elecciones venezolanas de mayo pasado, el dictador Maduro usaba la tarjeta de la patria para movilizar gente en su apoyo. Prometió premios a quienes escanearan las tarjetas en los centros electorales. Sin embargo, esos premios nunca se materializaron, aunque sí se recibieron mensajes de texto agradeciendo su apoyo a Maduro”.

La trama de esta empresa de telecomunicaciones es larga, pues ya ha sido investigada y sancionada previamente debido a sus prácticas comerciales oscuras, y entre ellas cuentan la violación a los embargos con Irán, Corea del Norte, Sudán, Siria y Cuba. Precisamente el verano del 2018 se declararon culpables de rompimiento de acuerdos previos y haber enviado equipos y/o material tecnológico que contiene piezas elaborados en los Estados Unidos.

Las prácticas de ZTE han sido tan irregulares que en junio pasado el mismo Xi Jinping tuvo que visitar la Casa Blanca en busca de mediación. Pues las sanciones consistían en siete años de embargo que prohibían a la compañía cualquier negocio con empresas estadounidenses. De haber procedido las sanciones que estaban previstas, hubiera sido el fin de ZTE, de acuerdo a expertos financieros, muy a pesar de que es la mayor corporación en telecomunicaciones china.

En esa ocasión Trump salvó a ZTE por la intervención de Xi, lo que no fue bien visto por todos los sectores de la Administración. Sin embargo, fuentes cercanas a Trump insistieron que lo hizo como una demostración de buena voluntad en pleno anuncio de la guerra comercial.

Ahora el Senado estadounidense ha vuelto a solicitar que se reabra esta investigación y se investigue si ZTE ha vuelto a infringir sanciones estadounidenses a través de la venta de materiales y equipos, o ha asistido técnicamente o financieramente a individuos como el presidente de CANTV (empresa de telecomunicaciones de Venezuela) Manuel Ángel Fernández Meléndez. Así como solicita que se investigue si esta corporación china ha participado en actividades que socavan la democracia en Venezuela y serios abusos de derechos humanos.

Con la fuerte presión que la comunidad internacional está ejerciendo para que se retome la democracia y se restauren las garantías de los derechos humanos en Venezuela, y con ello se frene la mayor migración nunca vista en esta región del mundo, a punto de superar la Siria, aumenta también el interés en perseguir irregularidades como las de ZTE, y dejar al descubierto como la mano china omitiendo regulaciones ha favorecido la vigilancia y control de la población venezolana en pro de la perpetuación del régimen de Maduro. (Foto: Karlis Dambrans)

apreton manos

The EU fearing a closed agreement between China and the United States

The European Union fears that China and the United States, who are about to begin to negotiate how to manage the threat of trade war between protectionist systems, will reach an agreement for the distribution of quotas that leaves European companies out. It is not that the EU is less protectionist, but that it fears to be left without its portion of cake.

“We are in favour of fair global trade based on rules, but the rules should be the same for everyone,” added the Vice President of the European Commission and Commissioner for Employment, Growth, Investment and Competitiveness, Jyrki Katainen when asked about the effect that a potential agreement between China and the US could have for the EU. It was a month ago, after the first meeting held between the EU and China since Xi Jinping and Donald Trump greed to a truce of 90 days.

The EU can play an important role if it considers that China needs it as a counterweight to the United States and plays with its economic power which, although in crisis, is not as unimportant as it is sometimes said.

But Europe has a vulnerability. It still lacks a foreign policy agreed upon among its members, it continues without gaining political prominence, much less military, and continues to put at the same level, (Trump aside) its criticism to the United States and China. Although we must remember that the position of the European Commission and the concrete opinion of the countries that set the course of the Union, France and Germany are different things.

But the fact of an absence of common criteria (because the absence of an agreed strategy stems from a lack of unity of criteria, since, in the end, there is no identification of national interests) makes European protagonism more difficult; and the initiatives of France, Germany and others (Spain among them) to achieve investments and business areas reveal the weakness of the community project.

So, it is probably time to stop regretting the lack of such unitary strategy and to try to locate and assume the lowest common denominator among the national interests of the Member States to take some measures that should be more oriented towards free trade than towards raising protectionist barriers of the European market. It is not easy, but that is the challenge. (Traducción: Isabel Gacho Carmona)

Muro

Erótica del muro. Miguel Ors Villarejo

Aunque Donald Trump ha acaparado todos los focos, la construcción del muro con México no ha sido una ocurrencia suya. De hecho, de los casi 3.000 kilómetros de frontera, unos 1.000 ya están fortificados por un parapeto concebido por George W. Bush y levantado básicamente durante el mandato de Barack Obama.

Y no es solo Estados Unidos. Con todo lo que se nos llena la boca hablando de globalización, desde el final de la Guerra Fría estas barreras internacionales han pasado de 15 a 70. Vivimos en un mundo claramente más pacífico, como refleja el Human Security Report. ¿A qué obedece esta obsesión por encerrarnos?

David Carter y Paul Poast, dos profesores de Princeton y Chicago, analizan en el Journal of Conflict Resolution 62 muros fronterizos y su conclusión es que el móvil fundamental es económico. “Los límites que separan países con distintos niveles de desarrollo”, dicen, “tienden a ser inestables”. Los ciudadanos del lado más acomodado se quejan de que sus negocios y sus salarios se ven afectados por el tráfico de bienes y personas y votan a los políticos para que lo repriman. ¿Y qué mejor modo de lograrlo que un muro de 10 metros coronado por unos rollos de afilada concertina?

El problema es que no se trata de una solución barata. No basta con plantar el entramado de barras de hierro corrugado, colocar el encofrado y verter el hormigón. Una estructura así sería un mero obstáculo de equitación. Hay que instalar cámaras y sensores de calor y movimiento, apostar garitas y centros de control, montar patrullas y soltar drones. “En 2009”, escribe Elisabeth Vallet, directora del Centro de Estudios Geopolíticos de la Universidad de Québec, “la Oficina General de Contabilidad de Estados Unidos calculó que el coste de hacer una simple valla en California oscilaba entre uno y 6,4 millones de dólares por kilómetro. Y en un terreno más hostil geológica y jurisdiccionalmente como Texas, la factura podía elevarse hasta los 21 millones”.

Además, como cualquier otra inversión, los muros están sujetos a rendimientos decrecientes. Un informe de la Universidad de Cornell para el Congreso observaba en 2012 que la impermeabilidad absoluta no era “un objetivo realista”, porque cada nuevo tramo “será más caro de construir y mantener y tendrá un efecto disuasorio menor”. El documento sugería que los recursos para combatir la inmigración ilegal estarían mejor gastados en vigilar los puertos y los aeropuertos del país, por donde se cuelan el doble de ilegales. Por ello, con buen criterio, Obama abandonó el proyecto de blindar toda la frontera con México.

¿Por qué lo ha recuperado Trump? No por su resultado. A la semana de llegar a la Casa Blanca, en una conversación telefónica privada (y posteriormente filtrada), el presidente manifestaba a su homólogo Enrique Peña Nieto que la importancia de la iniciativa era sobre todo “psicológica” y que, “desde un punto de vista económico, es el asunto menos relevante que vamos a abordar”. Tenía toda la razón. Los investigadores Treb Allen, Melanie Morten y Cauê de Castro han evaluado la eficacia del muro que ya hay en pie y estiman en 80.000 la reducción de entradas irregulares. Esta menor presión migratoria moderó la competencia que sufrían los empleados estadounidenses menos cualificados y alivió su situación, pero no significativamente: su renta per cápita apenas aumentó en 36 céntimos.

No parece un éxito resonante, pero es que además Allen, Morten y Castro conjeturan en su artículo el impacto de una política alternativa. Si en lugar de encarecer el coste de cruzar la frontera levantando un muro se hubiera facilitado el transporte de mercancías entre los dos países, muchas más empresas se habrían localizado en el norte de México, para explotar la ventaja estratégica que suponen una mano de obra barata y la cercanía del mercado estadounidense. Esta mayor actividad habría retenido en su suelo a más mexicanos y disminuido en 110.000 personas el flujo de ilegales.

Se trata, como ven, de una opción no solo más efectiva, sino infinitamente más barata. ¿Cuál es su pega? La invisibilidad. Un muro es enorme. Para construirlo hay que movilizar ejércitos de obreros, hormigoneras, grúas. Y en vísperas de las elecciones, los políticos pueden fotografiarse delante mientras cortan una cinta o descubren una placa.

No hay color, no me digan.

venezuela

Venezuela: un test para las inversiones asiáticas

América, desde el Río Bravo hasta la Antártida se ha venido configurando como una región estratégica, política, pero sobre todo económica, para las inversiones de China y Japón, atentos a unas economías tan frágiles como necesitadas y tan dependientes como desconfiadas del gigante del norte: Estados Unidos. Del éxito de esa estrategia económica dependen no sólo los beneficios sino la propia y deseada influencia política.

Pero el escenario político latinoamericano ha cambiado. El estrepitoso fracaso de las políticas populista de gasto público desmesurado y de intervencionismo estatal no sólo han situado la corrupción y el narcopoder en situación de crear estados fallidos, sino que, a la vez, han vaciado de contenido las democracias, que en aquella región han sido históricamente frágiles.

En este nuevo escenario, la solución de la crisis venezolana y si de ella se deriva una recuperación de la democracia y una economía abierta o una salida autoritaria va a tener una importancia enorme. Por eso, China, pragmática y nacionalista, es menos entusiasta en apoyar a Maduro y se abre a explorar relaciones con el presidente constitucional Guaidó.

Para Japón la situación es más fácil. Sus inversiones están menos orientadas a Venezuela y más a la costa del Pacífico y los países de aquella zona se han alineado contra el proyecto totalitario de Maduro. Pero eso no quiere decir que no deba estar atento a la evolución de la situación general.

FITUR

Evento. FITUR: Turismo Chino 2019 ¿Estamos en el buen camino? Isabel Gacho Carmona

¿Qué clase de turistas chinos vienen a España? ¿Estamos entre sus destinos favoritos? ¿Estamos haciendo todo lo posible para atraerlos? ¿Cuál es la mejor estrategia que puede seguir España para ser un destino atractivo? Estas son algunas de las cuestiones que se trataron en el taller “Fitur: Turismo Chino 2019 ¿Estamos en el buen camino?” organizado por ATEC y celebrado en el marco de Fitur el pasado 24 de enero.

Rafael Cascales, presidente de la Asociación de Turismo España China (ATEC) moderó la jornada en la que participaron diferentes representantes de la industria del turismo. Cascales presentó un estudio cualitativo sobre el turista chino en España en el que expuso el estado de la cuestión. En España seguimos a la cola europea respecto a la recepción de estos turistas “seguimos captando poco porcentaje del total, aunque se ha avanzado en la percepción de China como mercado imprescindible para la industria turística de nuestro país”. Señaló también la importancia de entender el perfil del turista “Es un turista que presenta cambios de preferencias tendiendo a una mayor sofisticación en su viaje” y que está homogeneizando su comportamiento cada vez más con el turista occidental. El presidente de ATEC también dio importancia a la necesidad de incrementar los recursos para la promoción de España en China, así como una mayor colaboración público-privada para canalizar y optimizar la estrategia de atracción del turista chino. Para Cascales, el sector público español aún no tiene como prioridad a china. Hemos tenido buena relación en los últimos 50 años, pero no se traduce en buena relación económica y turística.

Un problema básico para la atracción de los turistas en el que incidieron la mayoría de los ponentes es el tema de los visados, una cuestión que lleva en la mesa unos años. “La tramitación de un visado para un ciudadano de Pekín tarda 4 días, pero en Chengdú o Xian hasta 14” apuntaba Andrés Pereda, Director de Desarrollo Corporativo en la Cámara de Comercio de España. “Esto sin duda es un desincentivo, un cuello de botella”. Otros países, como Francia, los tramita mucho más rápido, aunque a veces de manera alegal. España actualmente cuenta con cuatro consulados en el país asiático y la gestoría BLS que agiliza los trámites, pero de momento es insuficiente.

La importancia del impulso del turismo de calidad y el shopping de lujo como punta de lanza para la atracción del turista chino fue un tema tratado durante la jornada. “Se estima que para 2025 el 50% del gasto del lujo va a ser por parte de los chinos”, señalaba Álvaro Macarro, Director Asia Pacífico Marketing Internacional & Lujo El Corte Inglés, quien considera que España ni ha puesto el foco en China ni tiene una estrategia clara de atracción como si tienen Francia o Italia. Por su parte, Jorge Esteban, Country Manager de Planet, señalaba que debemos contar con el compromiso de todos los agentes del sector para colaborar y esforzarnos de forma conjunta para captar a un perfil de visitante, cada vez más independiente, exigente y con una mayor capacidad de gasto, lo cual revierte de forma directa en el crecimiento y prosperidad de nuestra economía.

La transformación digital como una oportunidad única para atraer al turista chino y mejorar su experiencia en nuestro país fue también objeto de debate. Lorenzo Palomares, CEO de ChineSpain, una empresa que pone en contacto turistas chinos con proveedores locales a través de una aplicación, considera que no hay que hacer grandes adaptaciones para atraer al turista chino, las únicas dos barrearas que hay que solventar son la comunicación y el idioma. Para ello su empresa está integrada 100% en las plataformas digitales chinas como Baidu o Wechat, además de ofrecer sus servicios completamente traducidos. Para Palomares el problema en España con el entendimiento de la tecnología china es que no concebimos a la velocidad a la que cambian las cosas “Las empresas españolas están abriendo cuentas oficiales de wechat ahora… Cuando lo que se está usando ya son los microprograms”.

Pese a la exposición de puntos débiles y áreas de posible mejora en la atracción del turista chino, se cerraba la jornada en tono optimista y resaltando los puntos fuertes que nuestro país ofrece como destino turístico “el turista chino aprecia nuestro estilo de vida, cultura, gastronomía (…) no debemos dejar pasar esta gran oportunidad de poner en valor todo lo que España puede ofrecerles como destino preferente en Europa” apuntaba el Presidente de ATEC. Antes quienes señalan la falta de grandes monumentos en nuestro país frente a otros destinos europeos, el CEO de ChineSpain respondía “España sí que tiene su Torre Eiffel: son el Madrid y el Barça”.

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Tomar un taxi ya no es lo que era. Miguel Ors Villarejo

Estoy de acuerdo con los taxistas. No puede haber competencia leal cuando las reglas de juego son diferentes. Las condiciones deben ser las mismas para todos. Ahora bien, eso no significa tengan que ser eternas e inmutables. Deben estar a la altura de los tiempos. No podemos vivir con soluciones concebidas para una tecnología obsoleta.

Como escribía hace un tiempo Gerard Llobet en Nada Es Gratis, “tomar un taxi ya no es lo que era”. Durante décadas, la profesión estuvo profusamente reglamentada, y con razón. El mundo estaba lleno de peatones que buscaban transporte, pero ¿cómo localizar a un conductor dispuesto a llevarte? ¿Y qué garantías había de que conociese su oficio y no se aprovechara de que estabas en una estación, cargado de bultos y niños, para cobrarte lo que le viniera en gana?

Para sortear estas dificultades se creó un sistema de habilitación administrativa y tarifas oficiales que ha funcionado razonablemente, pero que no carece de pegas. A los requisitos iniciales se fueron sumando otros cuya justificación era ofrecer la máxima calidad, pero que en la práctica encarecían el servicio y dificultaban la entrada de competidores. La principal barrera es la propia licencia. En Madrid no se concede ninguna nueva desde 1980, a pesar de que la población y, sobre todo, el turismo han aumentado.

Pero incluso cuando su concesión se flexibiliza, plantea inconvenientes. En Irlanda desregularon el sector del taxi en 2000 e inicialmente les fue muy bien, porque miles de conductores se lanzaron al mercado para atender una demanda que crecía a ritmo de burbuja. Pero cuando el ciclo se dio la vuelta, la oferta no se redujo, porque ¿adónde iba a irse la gente ahora que no había trabajo en ningún lado?

Todas estas molestias las ha resuelto internet. Las móviles permiten localizar instantáneamente el coche disponible más próximo, sin que haya que pintarlo de blanco ni ponerle una bombillita verde. Los comentarios de los usuarios proporcionan una información mucho más abundante y práctica (es limpio, conduce con suavidad) que un frío número administrativo. En cuanto al ajuste entre oferta y demanda, un algoritmo sube los precios cuando detecta escasez (a la salida del cine, los días de lluvia), lo que incentiva la entrada de vehículos y reduce las esperas.

Lo lógico sería que la Administración tomara nota de esta realidad y aligerara de exigencias la prestación del servicio, lo que permitiría abaratarlo. Pero, en lugar de ello, discurre requisitos adicionales, como la precontratación, para nivelar la competencia. ¿Se imaginan que las autoridades hubieran obligado a los automóviles a acompasar su velocidad a la de los coches de caballos? ¿O que las bombillas eléctricas no pudieran superar la luminosidad de las velas o las bujías de gas?

El bienestar de una nación no depende de preservar los empleos improductivos, sino de sustituirlos por otros más eficientes, que facilitan bienes y servicios superiores y más asequibles. Mansa Musa, el rey maliense del siglo XIV que los expertos consideran el hombre más rico de la historia (su fortuna convertida a dólares actuales cuadruplicaba la de Bill Gates), era un desgraciado comparado con el más humilde de los europeos. No podía tomar una aspirina si le dolía la cabeza ni pulsar el interruptor para encender la luz y, para comunicarse con sus aliados, debía despachar camellos que tardaban meses en llevar y traer un pergamino.

El enorme avance experimentado desde entonces ha sido posible gracias a la asimilación de nuevas tecnologías, no a su marginación. Es verdad que es un proceso que genera perdedores, pero nuestras sociedades son lo suficientemente prósperas como para permitirse aliviar el perjuicio.

Impedirlo por completo es, sin embargo, un disparate. Tomar un taxi ya no es lo que era, como tampoco lo es escuchar música, informarse de la actualidad, hacer fotos o consultar la enciclopedia. Y si Occidente ha sobrevivido a la reestructuración de tantos sectores, podrá soportar la del transporte de viajeros. (Foto: Chris Schmid, flickr)

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Sí, es verdad, Uber se ha llevado tu queso. Espabila. Miguel Ors Villarejo

“Todo el mundo empieza a tener miedo de que lo ubericen”. La expresión es de Maurice Lévy, el presidente de la multinacional francesa Publicis. La acuñó en 2015, en unas declaraciones al Financial Times, y Fundéu no tardó mucho en darle su bendición. Lévy definía la uberización como “la idea de levantarte una mañana y descubrir que tu actividad tradicional se ha volatilizado”. Es lo que está ocurriendo en muchos ámbitos, desde el transporte de viajeros a la concesión de créditos, pasando por el alquiler de pisos, la venta de flores o la contratación de anuncios. Unos recién llegados desarrollan con cuatro euros una aplicación que pone en contacto a los demandantes de un servicio con sus oferentes y prescinden del intermediario. ¿Para qué necesita nadie que Publicis le negocie espacios en la radio o la televisión cuando a través de Facebook o Google puede alcanzar directamente a su público?

Esta desintermediación salvaje ha dado lugar a algunas profecías alarmantes. Uberización = ¿economía desgarrada?, se preguntan Bruno Teboul y Thierry Picard en Francia. Aquí la CNT no tiene ninguna duda: las gestoras de flotas de VTC “imponen condiciones precarias, competitivas y explotadoras a los conductores” y los enfrentan con los “trabajadores del taxi. Este ha sido siempre el juego sucio del capitalismo”. Por su parte, varios expertos dibujaban en la jornada Reinventa’t una distopía inquietante de “nómadas digitales” y jefes que “son algoritmos. Uno de ellos incluso alertaba: “Podría acabarse el estado de bienestar”. ¿Tan mal andamos?

La coincidencia de la revolución del móvil con la Gran Recesión (el iPhone se presentó en enero de 2007, meses antes de que Bear Stearns anunciara la quiebra de dos fondos especializados en hipotecas subprime) enturbia la perspectiva e induce a muchos a atribuir al primero lo que es culpa de la segunda. Solo ahora empezamos a disponer de datos que permitan desenmarañar la madeja. ¿Y qué es lo que nos revelan?

Stéphane Auray, David Fuller y Guillaume Vandenbroucke han destripado las últimas series de la Encuesta Continua de Hogares para averiguar cuántas personas hay pluriempleadas en Estados Unidos. “Tener varios trabajos”, plantean, “se interpreta a menudo como un indicador de que a la gente le cuesta más llegar a fin de mes”, pero su investigación arroja dos “resultados clave”.

Para empezar, la tasa de pluriempleo es menor que hace dos décadas. El pico se alcanzó en 1997, en torno al 6,5%. Hoy está estabilizada por debajo del 5%.

Pero es que, además, quienes más están recurriendo al pluriempleo no son las masas proletarizadas y sin formación, sino licenciados y posgraduados (en torno al 7%). Entre quienes carecen del graduado escolar, apenas el 2% simultanea ocupaciones.

La explicación no está clara, pero en cualquier caso es “inconsistente”, dicen los investigadores, con la tesis de que se pluriemplean quienes pasan dificultades. “Si fuera así”, razonan, “esperaríamos una mayor prevalencia de trabajos múltiples entre los asalariados que probablemente gana menos, esto es, los que poseen peor formación”.

Igual que otras tecnologías disruptivas, el smartpohne no respeta jerarquías ni grados. Ha puesto patas arriba infinidad de negocios y es una pena, pero la sociedad en su conjunto no parece peor y millones de consumidores han abrazado sus posibilidades con entusiasmo. La historia revela que esa es una fuerza imparable. En las sociedades libres, oponerse a los dictados del mercado es una receta para el desastre.

En lugar de ello, lo que hay que hacer es remar a favor de la corriente. El propio Lévy no perdió mucho tiempo lamentándose y preguntándose quién se había llevado su queso, y se puso a buscar matemáticos y expertos en datos para ofrecer a su clientela los algoritmos que pedía. “Estamos”, decía, “fichando a genios, computines, jugadores”.

Uberizándose, en suma, tan rápido como le daban las piernas.

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El mito del milagro asiático, revisitado. Miguel Ors Villarejo

Érase una vez una opinión pública que contemplaba con inquietud el progreso extraordinario experimentado por un puñado de economías orientales. Aunque todavía eran sustancialmente más pobres y pequeñas que las occidentales, la rapidez con que habían realizado la transición de sociedad agraria a potencia industrial, su capacidad para encadenar tasas de crecimiento muy superiores a las de las naciones avanzadas y la naturalidad con que desafiaban e incluso superaban la tecnología estadounidense y europea cuestionaban la permanencia de la hegemonía no ya política, sino ideológica de Occidente. Los líderes de aquellos países emergentes no compartían la fe en el mercado libre y los derechos civiles. Afirmaban con aplomo que su sistema era mejor y que los pueblos dispuestos a aceptar gobiernos autoritarios, a limitar sus libertades en aras del bien común y a sacrificar los deseos de consumo cortoplacistas en aras del desarrollo a largo plazo acabarían superando a las cada vez más caóticas sociedades de Occidente. Y una creciente minoría de intelectuales estaba de acuerdo.

En Estados Unidos, la menguante brecha entre Oriente y Occidente terminó convirtiéndose en una prioridad política y los republicanos recuperaron la Casa Blanca bajo la égida de un enérgico presidente que prometió hacer América grande otra vez…

Con apenas unos leves retoques, los dos párrafos anteriores están literalmente fusilados de un clásico del periodismo económico: “El mito del milagro asiático”, el artículo publicado por Paul Krugman en Foreign Affairs en 1994. En aquel momento, el mundo asistía expectante a la irrupción de los llamados dragones (Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán y Singapur), pero Krugman no se refería a ellos. “Hablo, por supuesto, de comienzos de los 60”, seguía el tercer párrafo. “El enérgico presidente era el demócrata John Kennedy [yo he puesto republicano, para actualizar la trampa, y he alterado el lema de su campaña, aunque no mucho]. Las proezas tecnológicas que tanto alarmaban a Occidente eran el lanzamiento del Sputnik y la carrera espacial. Y las economías de rápida expansión eran las de la Unión Soviética y sus satélites”.

Aquello acabó en 1989 como todos sabemos, pero Occidente no puede dejar de mirar con aprensión al Este. De allí vinieron los hunos en el siglo V, los magiares en el IX, los selyúcidas en el XI, los otomanos en el XIII… Desde la caída del Muro de Berlín, la naturaleza del recelo ha cambiado: ya no tememos una invasión física, sino un desbancamiento económico. En 1993 Lester Thurow anunció que el individualismo de Estados Unidos sucumbiría a manos de Japón; incluso Ridley Scott rodó Black Rain, una película que se hacía eco de esta paranoia, del mismo modo que La noche de los muertos vivientes había sido una metáfora de la Guerra Fría. Cuando el país del sol naciente se vino abajo como consecuencia de una gran burbuja inmobiliaria, se empezó a hablar del capitalismo confuciano de los dragones. Ahora estamos con China.

“El punto de vista general”, escribe Martin Wolf en el Financial Times, “es que hacia, digamos, 2040 la economía de China será mucho mayor que la de Estados Unidos”. Hay dos poderosos argumentos que avalan esta tesis. Primero, China aún está por detrás de los países más avanzados en términos de productividad y ese proceso de convergencia debería continuar. Segundo, Pekín ha acreditado una gran capacidad para mantener elevados ritmos de crecimiento a lo largo de décadas.

El problema de esta extrapolación es que no está claro cuál va a ser el impulsor de esa expansión. No puede ser la inversión, que alcanzó el año pasado el 44% del PIB, una proporción insosteniblemente alta. En infraestructuras, “su stock per cápita es ya muy superior al de Japón cuando tenía su misma renta”, dice Wolfe. Y las exportaciones también han tocado techo. Lo lógico es que el consumo doméstico tomara el relevo, pero el elevado endeudamiento lo hace improbable.

La única fuente de crecimiento es una mejora de la productividad, es decir, hacer más con los mismos recursos. En “El mito del milagro asiático”, Krugman explica que esa fue la variable que acabó doblegando a la URSS. Los sistemas de planificación central son mucho menos eficientes que los capitalistas por una razón sencilla: en estos últimos, los emprendedores se juegan su dinero y tienen poderosos motivos para ganar competitividad. A los burócratas soviéticos, por el contrario, les traía sin cuidado la calidad: todo lo que fabricaban acababa colocándose, con independencia de lo bien o mal que funcionara. El resultado fue una brecha creciente de productividad y, por ende, de riqueza y bienestar entre las dos potencias.

¿Asistiremos una vez más a este mismo desenlace? Wolf cree que sí. “Hoy en día el crédito sigue asignándose [en China] preferentemente a las empresas públicas y la influencia del Estado en las grandes compañías no deja de incrementarse. Todo esto distorsionará la asignación de recursos y ralentizará la innovación y el progreso”.

La misma predicción sobre los dragones realizó Krugman en 1994. Pocos lo creyeron, pero menos de tres años después el colapso del baht tailandés ponía fin al efímero imperio del capitalismo confuciano.

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La deliberada ignorancia. Miguel Ors

En diciembre de 2015 la empresa demoscópica YouGov preguntó a 18.235 adultos de América, Asia, Europa y Oceanía si pensaban que el mundo iba “mejor, peor o igual” y, salvo en China, en el resto de los países la mayoría respondió que peor. Los más negativos fueron los franceses: apenas un escuálido 3% creía que las cosas fuesen bien, pero incluso en China los optimistas se quedaron por debajo del 50% (en el 41%).

Se trata de un clima de opinión llamativo, porque los datos revelan lo contrario. A lo largo de su carrera, Hans Rosling reunió en su web Gapminder decenas de gráficos interactivos que corroboran un progreso incontestable en casi todos los ámbitos: seguridad, salud, riqueza, víctimas por desastres naturales…

¿Es ignorancia? Así lo creía Rosling al principio y se enfadaba con los periodistas que no estaban al corriente de las últimas estadísticas. Los abroncaba, les decía: “Tienen ustedes que documentarse mejor”. Hay un vídeo que recoge uno de esos encontronazos con el presentador de un programa de la televisión pública danesa. “Hoy en día uno no se puede enterar de lo que pasa a través de los medios”, le recrimina.

Pero una noche comprendió que la clave no radica en la desinformación o la negligencia de la prensa. Para controlar el nivel de conocimiento, Rosling sometía a sus encuestados a preguntas cerradas. Había que elegir una de tres opciones y, si nadie hubiera tenido ni idea, las respuestas se habrían repartido aleatoriamente y el 33% hubiera acertado, como de hecho sucedía con los chimpancés. Pero los humanos arrojan resultados mucho peores. Solo el 3% de los españoles sabe que la pobreza severa se ha reducido en el mundo a la mitad en los últimos 20 años. Eso no es ignorancia espontánea, sino deliberada. La gente falla adrede. Algo en sus cerebros los impele a rechazar los hechos. Rosling llama a esas fuerzas misteriosas “instintos” y en Factfulness, el libro al que consagró sus últimos meses de existencia, intenta identificarlos y neutralizarlos.

El primero del que se ocupa es el “instinto de separación”, esa propensión a funcionar en términos binarios (rico y pobre, blanco y negro, bueno y malo) e ignorar la rica gama de grados, grises y matices. Bill Gates ha comentado en su blog que es la principal aportación de la obra, porque permite apreciar mejor el éxito alcanzado en la lucha contra la miseria. El propio Banco Mundial ha sustituido sus viejas etiquetas de “desarrollados” y “en vías de desarrollo” con cuatro niveles: con menos de dos dólares diarios, estás en el primero; con menos de ocho, en el segundo; con menos de 16, en el tercero, y con más de 64, en el cuarto.

Cuando se organiza a la población en estas cuatro categorías, se ve que la más concurrida ya no es la primera. “Hace 200 años”, escribe Rosling, “el 85% […] se encontraba en el nivel 1. […] Hoy, la inmensa mayoría se reparte en la zona intermedia, entre los niveles 2 y 3, con las mismas condiciones de vida que disfrutaban los europeos y los estadounidenses en los años 50”.

El resto de Factfulness aborda otros sesgos bien conocidos. El miedo graba a fuego en nuestro cerebro los acontecimientos catastróficos y les otorga una relevancia desproporcionada. “En 2016, 40 millones de vuelos aterrizaron sin novedad en su destino, pero 10 sufrieron un accidente. Por supuesto, esos fueron los únicos sobre los cuales escribió la prensa: el 0,000025% del total”.

Tenemos también, en fin, una marcada propensión a embellecer el pasado y despojarlo de sus aristas más dolorosas. Rosling cuenta que el periodista Lasse Berg elaboró un informe sobre la India rural de los 70 y, cuando 25 años después regresó y mostró las fotos que había tomado entonces, los lugareños no podían creer que fueran de su barrio. “Debe de tratarse de un error”, le decían. “Nunca hemos sido así de pobres”.

¿Cómo podemos defendernos de estos poderosos instintos? Hay una técnica milenaria que ha ido cayendo en desuso en nuestras sociedades cada vez más laicas: el agradecimiento. Reservar unos instantes a reparar en las cosas buenas que nos rodean no solo resta relevancia a nuestros temores, sino que nos ayuda a valorar mejor el prodigio de estar vivos y, sinceramente, lo bien que la humanidad lo ha hecho en las últimas décadas. Feliz año. (Foto: Abhisek Sarda, flickr.com)

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Desconfíen de quienes prometen primero riqueza y luego libertad. Miguel Ors Villarejo

En 1958 Ludwig von Mises proclamó ante la Mont Pelerin Society que la libertad era “indivisible” y que la capacidad de “escoger entre varias marcas de comida enlatada” iba indisolublemente asociada a la de “elegir entre varios partidos y programas políticos”. No podía tenerse la una sin la otra, no había un atajo socialista, como los promotores del modelo soviético defendían.

La caída del Muro de Berlín pareció corroborar las tesis de Mises, pero han ido perdiendo lustre en los últimos años, especialmente a raíz del vigoroso despegue de China. Aunque allí no hay democracia, “el crecimiento se ha mantenido durante años”, observa la revista de la ONU, “y muchos países occidentales se preguntan por qué”. Y no solo occidentales.

“No es ninguna sorpresa”, dice Dambisa Moyo en TED, “que por todas partes la gente señale a China y diga: ‘Me gusta eso. Quiero eso. Quiero hacer lo que ha hecho China. Ese es el sistema que parece funcionar”. Sus logros de las últimas décadas han sido espectaculares. Ha reducido la pobreza severa del 90% al 0,7%, ha levantado las más modernas infraestructuras y se ha convertido en un coloso de la tecnología. “En los mercados emergentes”, sostiene Moyo, “muchos creen que la obsesión occidental con los derechos humanos carece de sentido. Lo fundamental es suministrar alimentos, refugio, educación y sanidad”. Y añade: “¿Qué harían ustedes si les dieran a elegir entre un tejado bajo el que cobijarse y la libertad de voto?”

Se trata de un dilema engañoso. También el Interventor de Un Mundo Feliz le pregunta al Salvaje: “¿De qué sirven la verdad, la belleza o el conocimiento cuando las bombas de ántrax llueven del cielo?”

Naturalmente que, puestos ante semejantes disyuntivas, renunciaremos a todo antes que a la vida. Pero la cuestión no es esa. La cuestión es si la verdad, la belleza y el conocimiento se pueden conciliar con la paz; la cuestión es si la democracia y la prosperidad son compatibles; la cuestión es si podemos tener el tejado y el voto. Y la respuesta es obvia: por supuesto que sí.

Es innegable que se puede escapar de la miseria sin liberalizar la política. Hay innumerables ejemplos: China, por supuesto, pero también Taiwán, Corea del Sur, Chile o la propia España. Ahora bien, el arreglo en el que una élite acapara el poder es ineficiente e inestable.

Es ineficiente por la falta de seguridad jurídica. “Supongamos”, explica el historiador John Joseph Wallis, “que vive usted en un régimen [no democrático] y que es socio de una compañía de la que también lo es el rey. ¿Cuánto valen sus acciones? La teoría dice que el precio al que cotizan, pero todos sabemos que, si la compañía atraviesa dificultades, el primero en cobrar será el rey. Esta perspectiva desanima a muchos inversores y hace que las acciones valgan menos”.

Y es un arreglo inestable porque los relevos en la cúpula no se llevan a cabo a plena luz del día y mediante elecciones pacíficas, sino entre bambalinas y violentamente. La experiencia de Argentina es ilustrativa. Cada vez que las tribus peronistas se pelean, el país se detiene, y estas contracciones periódicas han sido las responsables de que haya ido rezagándose a pesar de sus enormes recursos y sus prometedores inicios. “Las naciones pobres no son pobres porque crezcan menos o más despacio, sino porque sufren más recesiones”, dice Wallis, que compara el crecimiento saludable con la ladera de una colina.

Esa pendiente suave y sostenida es la que han dibujado las grandes economías occidentales desde mediados del siglo XIX. Han demostrado con los hechos que no hay que elegir entre las bombas de ántrax y la belleza, entre la libertad y la prosperidad.

Quienes, por el contrario, aseguran: “Hablaremos de democracia cuando seamos ricos”, rara vez cumplen lo prometido. Si se van, es con los pies por delante. Acuérdense de la URSS. Cuando en noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, la dictadura del proletariado, una fase teóricamente transitoria, duraba ya 72 años y el paraíso comunista no parecía más cercano que en octubre de 1917. (Foto: Leslie Robinson, flickr.com)