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China y la cerveza, un matrimonio sólido. Nieves C. Pérez Rodríguez

China es el país que consume más cerveza del mundo. De las 10 marcas de cervezas más vendidas en el mundo, cuatro son chinas: Tsingtao, Yanjing, Harbin y el líder mundial, Snow, que vendió 105,6 millones de hectolitros en 2016, de acuerdo con thebeertimes. Estas cifras son superiores que las de Budweiser (46,7 millones), Heineken (31,9 millones) y Corona (24 millones) todas juntos. Según el informe de Euromonitor International, en 2015 los chinos bebieron casi el doble de cantidad de la cerveza que se consumió en los Estados Unidos.

El aumento del consumo de cerveza es otro ejemplo del crecimiento del mercado chino. Su importación arroja cifras espectaculares. El volumen más o menos varía cada año, pero siempre hacia arriba. Tan sólo el año pasado el mercado de cerveza creció un 37%. China consume el doble de cerveza que USA y cinco veces más que Alemania, de acuerdo con Carlos Miranda, experto en importación de vinos y bebidas alcohólicas ubicado en el sur de China, al que 4Asia entrevistó al respecto.

Miranda señala que el consumo de las famosas marcas de cerveza china, como Tsingtao, se produce a edad bien temprana, comenzando entre los 16 y los 17 años. Luego con el aumento de la edad, el consumidor se declina por cervezas de mayor calidad, como las importadas, que son mucho más caras; por ejemplo, una cerveza belga cuesta unos 26 RMB frente a 5 u 8 RMB que valen las cervezas producidas en China. El consumidor chino es mas exigente cada día, tiene más liquidez y un paladar más sofisticado.

España es uno de los países que exporta cerveza a China, y en una cantidad bastante considerable. Las exportaciones de cervezas españolas se han triplicado en los últimos cinco años y Portugal, China, Reino Unido e Irlanda son los principales destinos, de acuerdo con el informe socioeconómico del Sector de la Cerveza en España del 2017.  En este sentido, resulta especialmente significativo el crecimiento de las exportaciones de cerveza a China en los últimos años.

De acuerdo a este informe “se trata de un país en el que hay una gran demanda de productos tradicionales españoles, como la cerveza, el aceite de oliva, el jamón o el vino, que se han posicionado como Marca España”.

Por ahora, las siguientes cinco marcas de cerveza son las que ocupan el 80% del mercado chino: China Resource Snow Breweries, Beijing Yangjing beer, Tsingtao Brewery, Carlsberg China y Anheuser-Busch InBev.

Tal vez no sea sorprendente entonces que, si bien el volumen total de cerveza vendido está disminuyendo a nivel mundial, la cerveza importada ha subido un 15,8% en China en el último año, con la cerveza artesanal como una categoría en rápido crecimiento. Valga apuntar que el crecimiento de la producción artesanal es global; por ejemplo, en Estados Unidos ha tenido un gran repunte en los últimos años.

El patrón de consumo de cerveza en China es muy distinto comparado a otros países. Los chinos suelen reunirse en pequeñas salas de música o los famosos karaokes, y piden por cajas de 12 o 24 unidades a la vez. Esta curiosidad también se repite en los clubs nocturnos o los restaurantes, de acuerdo con Carlos Miranda, qué también explica que el consumo de cerveza importada se da sobre todo en las principales provincias chinas: Fujian, Shanghái, Cantón y Pekín, en donde los consumidores más jóvenes cuentan con un mayor poder adquisitivo.

China lidera el consumo de cerveza en el mundo, como ya se ha afirmado. Snow -cerveza china- es la marca más vendida en el mundo y prácticamente sólo se vende en China, y cuyo costo ronda 1 dólar por litro de acuerdo a thebeertimes.com. Lo que nos da una clara idea de lo masivo que es el mercado chino por si solo.

Otra indicación de lo atractivo que es el gigante asiático y al que occidente debería seguir muy de cerca, como lo ha hecho España, que ha conseguido consolidar una posición de exportador de sus productos más típicos. Sin embargo, debería seguir invirtiendo esfuerzo en asegurarse con una mayor cuota de beneficio del mercado que da muestras de convertirse el más grande del mundo.

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Qué hacemos con la inmigración (3). Administrando el capital social. Miguel Ors Villarejo

En los años 90 el politólogo Robert Putnam denunció en el artículo “Bowling Alone” (“Solo en la bolera”) que los americanos habían ido reduciendo su participación en redes civiles (partidos, juntas vecinales, sindicatos, asociaciones de padres, incluso clubes de bolos) y que ello había socavado la confianza mutua (el “capital social”) y ponía en peligro la democracia.

Basaba su conjetura en dos décadas de estudio de la política italiana. Putnam había descubierto que no había grandes diferencias institucionales entre el norte y el sur, entre Milán y Sicilia. “Aunque todos esos Gobiernos regionales eran idénticos sobre el papel, sus niveles de eficiencia variaban drásticamente”, escribía. “La calidad […] venía determinada por las tradiciones de compromiso cívico (o su ausencia). La participación electoral, la lectura de prensa, la afiliación a coros y clubes de fútbol eran las señas de identidad de las comunidades ricas. De hecho […] lejos de ser un epifenómeno de la modernización socioeconómica, eran su condición previa”.

Posteriormente, en “E Pluribus Unum” Putnam alertó de que había detectado un fenómeno similar en las comunidades multiétnicas de Estados Unidos. La falta de trato directo, decía, impedía el desarrollo de capital social y comprometía, por tanto, su viabilidad. Es lo que ahora sostiene Paul Collier. Y lo que llevó el Imperio romano al colapso, según Niall Ferguson.

La socióloga Berta Álvarez-Miranda ha intentado evaluar hasta qué grado se ha reproducido este problema en las ciudades españolas que experimentaron una entrada explosiva de extranjeros. Sus conclusiones confirman que efectivamente “la diversidad étnica, a corto plazo, refuerza los procesos ya en marcha de pérdida de sociabilidad […] y contribuye a la desconfianza en los desconocidos”. En una investigación que dirigió entre 2000 y 2004, lo denunciaban tanto la población autóctona como la extranjera.

“Yo creo que la convivencia en general es nula”, se lamentaba un nativo. “Antes el barrio era un pueblo. Ahora vas del trabajo a casa y de casa al trabajo. No hablo ni con los vecinos ni con nadie, no hay relación”.

“Hay mucha prisa”, coincidía otro, “lo sé por la tienda. Antes la gente se paraba a hablar aunque no compraran, pero ahora va todo muy deprisa. Y no te digo ya si vas al Carrefour, ahí somos como robots”.

Un ecuatoriano era todavía más tajante: “Aquí nosotros no tenemos vida social, está aparcada hasta cuando regresemos a nuestro país”.

“Estas pinceladas de evidencia cualitativa”, escribe Álvarez-Miranda, “parecen dar la razón a la tesis de Putnam de que en las zonas étnicamente diversas […] los residentes […] pueden tender a aislarse”.

Ahora bien, ¿pone en peligro la convivencia esta ausencia de trato personal? En realidad, en las economías avanzadas el capital social emana sobre todo del correcto funcionamiento de las instituciones y del respeto de la legalidad. La gente participa en los juegos de cooperación no solo porque se fíe del vecino, sino porque su violación se castiga, y los primeros en reclamar que así suceda son los extranjeros, porque lo que vienen persiguiendo es ese orden. Álvarez-Miranda cuenta que, cuando le preguntas a un marroquí por qué emigra a Europa, la primera respuesta es “para buscarme la vida” y la segunda, “por los derechos”. Dos jóvenes que intentaron (sin éxito) cruzar el estrecho, la primera vez a nado y la segunda colgados de los bajos de un camión, justificaban los apuros padecidos alegando que “ahí tienen leyes”. Y añadían: “Te juro que si nuestro país reconociera nuestros derechos no nos iríamos jamás”.

A pesar de tensiones puntuales, la inmensa mayoría de la población (autóctona y foránea) no tiene ningún interés en que la cohabitación fracase y es improbable que asistamos a un nuevo derrumbe del Imperio de Occidente, como vaticina Ferguson. La diversidad tampoco ha socavado los pilares de la civilización, como afirma Collier. “Las encuestas no recogen una caída en los niveles de confianza en los países escandinavos, que son los que más inmigración han recibido”, confirma Juan Carlos Rodríguez.

Sin embargo, la radicalización de algunos musulmanes refleja una inquietante disfunción. El sociólogo Héctor Cebolla insiste en que “Europa nunca fue una Arcadia ideal”, “que ya generaba injusticias antes” y que simplemente “estamos reproduciendo los errores de siempre en personas con un trasfondo diferente”. Pero ni los terroristas de las Torres Gemelas ni los de Londres eran víctimas especiales de la exclusión. “No hay una vinculación obvia entre el estatus socioeconómico y ese tipo de violencia”, señala Juan Carlos Rodríguez.

¿Cuál es entonces la clave? ¿La religión? (Foto: Giulietta Riva, Flickr)

Cata vino Chinos

El negocio del vino en China supera los 2000 millones de dólares. Nieves C. Pérez Rodríguez

Con el crecimiento de la economía china se han puesto de moda los usos y tendencias occidentales. La sociedad china parece sentir la necesidad de convertirse en intercultural, sobre todo la creciente clase media. La cultura del vino ha llegado a China para quedarse y con ello los cursillos de catas y de familiarización con la cultura vinícola. Para profundizar en este tema 4Asia contactó con Carlos Miranda, catalán de nacimiento, pero residente en China desde el 2009, y con más de 7 años de experiencia en el sector. Gerente de Interwine, una feria de vinos que se celebra dos veces al año en Guangzhou, ciudad del sur de China que aloja más de 3 millones de ciudadanos y conocida por su extensa gastronomía.

El sector del vino en China es muy dinámico y está rompiendo récords. Cada año las importaciones aumentan y desde el año pasado se rompió la barrera de los 2000 millones de dólares en valor de vino importado a China (sin incluir Hong Kong). “Si echamos la vista atrás, vemos cómo se han ido produciendo grandes cambios en el consumo del vino, debido a la apertura de China a nuevos países, o bien por la firma de tratados de libre comercio (Chile, Australia, Georgia, entre otros) o porque los chinos tienen más conocimiento de lo que están comprando y bebiendo”, dice Miranda.

La feria de Interwine se estableció hace 13 años en Guangzhou, capital de Cantón, y es la mayor feria de vinos y bebidas espirituosas en China. Se celebra en mayo y en noviembre cada año. Cubre un área de 40.000 m2 y dura tres días, en los que se organizan más de 60 actividades relacionadas con el vino (catas, seminarios, etc.), explica nuestro entrevistado.  Se lleva a cabo en el sur de China porque es la zona más dinámica para las importaciones de vino en todo el país.

Tan sólo el año pasado, la provincia de Cantón volvió a superar a Shanghái en volumen total de vino importado. Además, la provincia de Cantón cuenta con Shenzhen, una ciudad que actualmente tiene la media más alta de vino importado con 7.6 dólares por botella. “No hay ninguna bodega que venda a China que no tenga a un importador o distribuidor en Guangzhou o Shenzhen”, afirma Miranda.

Señala que Francia es el líder indiscutible en vino importado en China, pero está bajando mucho. En el año 2015 vendía un 44% del valor de vino importado y hoy por hoy no llega ni a un 39%. Suráfrica es otro ejemplo de cambio. En los últimos 3 años ha disminuido su presencia en un 25% así como lo ha hecho también Argentina en un 7% debido a la falta de promoción en China. Por lo tanto, Francia ocupa el primer lugar, seguido por Australia, que ha fortalecido su presencia exponencialmente debido a los bajos impuestos que pagan, que valga señalar para el 2019 serán del 0%. Seguido por Chile, España e Italia. Muy por detrás están los vinos procedentes de Estados Unidos, Portugal, Alemania, Georgia y Argentina.

El valor de una botella Crianza Rioja se encuentra en unos 35 euros / 41 $ dejando a un lado pocas excepciones. Hay que tener en cuenta que el 47% son tasas y aranceles, junto con el beneficio del importador, distribuidor y/o tienda física final. Miranda explica que desde hace unos años el vino es muy accesible, sobre todo por la gran labor que hacen desde La Rioja para promocionar sus vinos en China. Desde 2012 no han parado de aumentar y en los últimos 5 años las importaciones de vino de La Rioja han crecido un 60% en China. Además, “es un vino que por sus características -poco ácido, fácil de beber- pega bien al paladar chino y su forma de beber -sorbos cortos”, afirma el experto.

A pesar de que el consumo de vinos en China ha aumentado exponencialmente, no se bebe de la misma manera que en España. Está más bien reservado para ocasiones especiales como cumpleaños, bodas, fiestas, eventos, y/o reuniones de amigos.  Se consume sobre todo en fechas especiales en el calendario chino en donde se bebe más bien en exceso, nos explica, como el Año Nuevo chino, la Semana Dorada en octubre y el Festival del Bote del Dragón. Otra manera casi institucionalizada es el uso del vino a la hora de hacer regalos. Es muy habitual regalar un par de botellas en una fina caja de madera.

Así como China nos ha invadido con sus productos, cada día los chinos consumen más los productos que hasta hace muy poco estaban reservados para los occidentales. Con su espectacular crecimiento económico, con jóvenes cada día más solventes y ejecutivos en los 40 y 50 años queriendo mostrar su poder adquisitivo, en China el vino se ha convertido en un signo de status del que muchos quieren presumir y muchos saben disfrutar.

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Qué hacemos con la inmigración (2). El asedio al estado de bienestar. Miguel Ors Villarejo

“Grandes cantidades de recién llegados están sometiendo a presión los servicios públicos”, asegura el economista Paul Collier. Se trata de una creencia avalada por la casuística sobre las legiones de extranjeros que atascan los hospitales y las oficinas del paro, pero “la mayoría de los estudios revelan que la inmigración tiene un impacto leve en las finanzas nacionales”, sostiene la OCDE. Por ejemplo, en el caso de la salud “los inmigrantes no solo manifiestan encontrarse en mejores condiciones que los nativos, sino que van menos al médico”, algo lógico, dado que en promedio son más jóvenes. Es verdad que recurren más a las urgencias y que en países como Alemania sufren más accidentes laborales, pero incluso allí donde generan algún sobrecoste, este queda nivelado por el hecho de que “los sistemas sanitarios se benefician con la llegada de profesionales de la medicina”. En 2008, el 35% de los doctores de Reino Unido habían nacido en el extranjero, y en Nueva Zelanda, Australia, Israel y Suiza el porcentaje era aún mayor.

Otro equívoco igualmente arraigado es que los forasteros nos roban los puestos de trabajo. Este es un asunto en el que la experiencia española resulta especialmente iluminadora, porque la marea de inmigrantes no se repartió uniformemente por toda la geografía. Mientras en algunas regiones la población foránea llegó a representar una cuarta parta de la total, en otras casi no hubo. Libertad González Luna (Pompeu Fabra) y Francesc Ortega (Queens College) aprovecharon este experimento natural para determinar el comportamiento en unas y otras de los salarios y el empleo, y no hallaron ninguna diferencia relevante. “La inmigración no afectó ni a las remuneraciones ni a la tasa de paro de los nativos”, dice González Luna.

“Es la misma conclusión que alcanzan los estudios realizados en Estados Unidos y el resto de Europa”, coincide la profesora de Economía Política de la Universidad de Barcelona Lidia Farré. “Los extranjeros no le arrebatan nada a los autóctonos porque no son sustitutos perfectos”.

“Al principio, se ocupaban de las tareas que nadie quería, como la recogida de fruta de temporada o el servicio doméstico”, coincide la catedrática del País Vasco Sara de la Rica. Pero ni siquiera cuando más adelante empezaron a introducirse en sectores donde sí había trabajadores locales se produjo un perjuicio. ¿Por qué?

El profesor de la Universidad de California Giovanni Peri explica que en un modelo estático, en el que la inmigración impulsa la oferta de empleo mientras todo lo demás permanece igual, el resultado es un aumento del paro, una caída de los salarios o una mezcla de ambas cosas. Pero los recién llegados necesitan vivienda, comida, ropa… Esa demanda abre oportunidades de negocio para todos. Además, los empresarios aprovechan la abundancia de mano de obra para acometer nuevos proyectos. Y hay un desplazamiento de los nacionales a puestos de mayor cualificación. “Muchas mujeres que antes eran empleadas del hogar se hicieron cajeras”, dice De la Rica. “Y los albañiles pasaron a dirigir cuadrillas”.

Esta reasignación de tareas facilita una especialización que nos hace a todos más productivos. “El rumano que cuida el césped del físico nuclear está contribuyendo indirectamente a desvelar los secretos del universo”, observa Alex Tabarrok.

¿Y por qué tanta gente comparte la tesis de que la inmigración está sometiendo a nuestras sociedades a una presión insoportable?

En primer lugar, las medias son siempre engañosas. El que el impacto a escala nacional sea “leve”, como apunta la OCDE, es compatible con que en lugares concretos sea alto o incluso muy alto.

Segundo, muchos países ya presentaban carencias en algunas áreas (vivienda, escuelas) y un incremento abrupto de la población las ha exacerbado, aunque no sea su causa principal.

Finalmente, hay un aspecto cultural. Collier señala que las sociedades avanzadas dependen de “juegos de cooperación frágiles”. Guardamos cola en el consultorio porque los demás también lo hacen. Y entregamos a Hacienda una porción considerable de nuestros ingresos a cambio de que haga un uso justo de ellos. Pero si nadie respeta los turnos y percibimos que ciertos grupos abusan de los servicios públicos, dejamos de cooperar. “A medida que la diversidad crece”, argumenta Collier, “disminuye la cohesión y los ciudadanos se muestran menos proclives a sufragar los programas de bienestar”.

El historiador Niall Ferguson es todavía más pesimista. En un artículo titulado “París, víctima de la complacencia” aseguraba que la Unión Europea asiste hoy a “unos procesos extraordinariamente similares” a los que provocaron la caída de Roma. “Ha abierto sus puertas a los extranjeros que codician su riqueza sin [obligarlos a] renunciar a su fe ancestral”. Por supuesto, “la mayoría viene con la esperanza de tener una vida mejor”, pero “los monoteístas convencidos son una grave amenaza para un imperio laico”, porque “tienen convicciones difíciles de conciliar con los principios de nuestras democracias liberales”.

¿Se han vuelto nuestras sociedades demasiado diversas para resultar manejables? (Foto: Valter, Flickr.com)

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¿Qué hacemos con la inmigración? (1). Barcelona o muerte. Miguel Ors Villarejo

Más de 12.000 inmigrantes ilegales han arribado este año a nuestras costas. Por el camino se han quedado al menos otros 300. “¿Qué impulsa a alguien a arriesgar su vida para trabajar en la economía sumergida?”, se preguntaba la investigadora del Banco Africano de Desarrollo Linguère Mously Mbaye a raíz de la tragedia de la playa ceutí del Tarajal. Y tras contar que el lema con que los senegaleses se embarcan en esta odisea es Barcelona o muerte, añadía: “Prefieren ahogarse que quedarse en Senegal”.

La lógica económica que alimenta los flujos migratorios es tan arrolladora como esta desesperación. “En 2000”, escribe el catedrático de Harvard Richard Freeman, “un mexicano con entre cinco y ocho años de escolarización ganaba 11,2 dólares por hora en Estados Unidos y 1,82 en México”. Esa diferencia succiona literalmente a los hispanos al otro lado del río Grande.

¿Y por qué ganan tanto más? Porque su productividad se dispara. “Las naciones ricas son ricas porque están bien organizadas y las pobres son pobres porque no lo están”, explica The Economist. El obrero de una fábrica de Nigeria es menos eficiente de lo que podría serlo en Australia porque la sociedad que lo rodea es disfuncional: la luz se corta, las piezas de recambio no llegan a tiempo y los gerentes están ocupados peleándose con burócratas corruptos. Cuando el emigrante accede a un país rico, se beneficia de las ventajas del buen gobierno y el estado de derecho.

El derroche de talento que supone dejar a millones de individuos atrapados en economías improductivas no es una tragedia únicamente para ellos, sino para todo el planeta. “Las escasas estimaciones rigurosas que se han realizado de las pérdidas que ocasionan las barreras al movimiento de personas dejan boquiabiertos a los expertos”, escribe el investigador Michael Clemens.

“Si el mundo desarrollado permitiera que la llegada de extranjeros expandiera su fuerza laboral en apenas un 1%”, calcula el economista Alex Tabarrok, “la creación adicional de valor para esos emigrantes superaría toda la ayuda oficial”.

Es mucho dinero (unos 135.000 millones de dólares en 2014), pero Tabarrok especifica claramente que sus beneficiarios serían “esos emigrantes”. ¿Qué pasa con los que quedan atrás? ¿No descapitalizan las regiones que abandonan? Esa fuga de cerebros provocó en 1995 una dramática llamada de auxilio del Banco Mundial. “¿Puede alguien hacer algo para detener el éxodo de mano de obra cualificada de los países pobres?”, clamó. El catedrático de Columbia Jagdish Bhagwati incluso propuso que se gravara a los emigrantes con un impuesto especial, cuya recaudación se destinaría a reparar el daño infligido a sus compatriotas.

Pero si ese daño existe es tan insignificante que nadie lo ha detectado. Lo que por el contrario si está probado es que la perspectiva de emigrar altera la estructura de incentivos. Millones de indios se hacen ingenieros con la esperanza de emplearse algún día en Estados Unidos, pero no todos lo logran. El resultado es que India acaba con un nivel de educación superior al que tendría si se detuviera el éxodo. “La emigración es un estímulo para la formación de capital humano, no la culpable de una fuga de cerebros”, sentencian los economistas Oded Stark y Yong Wan.

“Cualquier pérdida que pudiera generar el emigrante la compensaría además con sus remesas”, añade Lidia Farré, profesora de Economía Política de la Universidad de Barcelona. El volumen de estos envíos ascendió el año pasado a 573.000 millones de dólares, según el Banco Mundial. En algunos lugares, este capítulo de ingresos supone hasta el 20% del PIB.

Queda claro, por tanto, que la emigración beneficia a los países emisores, pero ¿qué sucede con los receptores? Aquí circulan varios equívocos que conviene deshacer. De ellos nos ocuparemos en la próxima entrega. (Foto: Flickr, Paco Trujillo)

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El déficit comercial ya no es lo que era. Miguel Ors Villarejo

El nacionalista piensa que el amor a la bandera es la base de la prosperidad y que la patria unida jamás será vencida, pero es más bien al revés: la prosperidad es la base del amor a la bandera y la patria vencida jamás estará unida. Donde no hay harina todo es mohína y pocos imperios han sobrevivido a la derrota militar o el declive económico.

“No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí”, escribe Ortega y Gasset. “Esa cohesión a priori solo existe en la familia. Los grupos que integran un estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo. Cuando los pueblos que rodean a Roma son sometidos, más que por las legiones, se sienten injertados en el árbol latino por una ilusión. […] Roma era un proyecto de organización universal; era una tradición jurídica superior, una admirable administración”.

Lo mismo ocurre hoy con Estados Unidos. Sus ciudadanos vibran con el himno y se envuelven en las barras y estrellas porque les va muy bien, porque la unión les reporta grandes utilidades. Pero, ¿qué pasaría si las cosas se torcieran? En España lo sabemos bien. El primer gran envite separatista no coincidió por azar con el desastre del 98. Catalanes y vascos empezaron a considerar la secesión cuando la asociación con el resto de la península dejó de traerles cuenta. Es una ingenuidad pensar que el cemento que cohesiona a un país es un arcano amor a la tierra y no el más descarnado interés. El patriotismo es, ante todo, un negocio y, cuando los números no salen, se desbarata como un chamizo.

Sucede, sin embargo, que todo el aparato socializador está concebido para persuadirnos de lo contrario y crecemos con la idea de que no hay nada más grande que el lugar que nos vio nacer. Esa convicción permitió a Napoleón plantar un ejército en el corazón de Rusia, pero se puede usar también para vender plátanos o motos. Harley-Davidson sometió a la competencia japonesa y alemana identificando su marca con el macizo de la raza. Tanto su tecnología como su atención al cliente fueron durante años manifiestamente mejorables. Simon Sinek explica que debías aguardar seis meses para que te customizaran una Sportster. Cualquier concesionario de Kawasaki prestaba ese servicio en un día, pero Kawasaki solo te daba una moto. Harley-Davidson te daba una declaración de principios. “Simboliza lo que soy”, proclama uno de sus directivos, “básicamente dice que soy americano”. Miles de estadounidenses se tatúan el logotipo, y algunos de ellos ni siquiera tienen una Harley. No les interesa el artículo. Les interesa su filosofía, su historia.

No es de extrañar que Donald Trump eligiera al fabricante como modelo de su política de “América primero”, un afecto correspondido por sus moteros, que “figuran”, según The Economist, “entre sus partidarios más ruidosos”.

Esta pasión se ha entibiado, por desgracia, últimamente. La semana pasada Harley-Davidson anunció que trasladará parte de sus fábricas al extranjero para sortear la subida arancelaria que Bruselas va a aplicar a las motos (y a los yates y al bourbon) en respuesta a las tarifas que Washington había a su vez impuesto al aluminio y el acero europeos. “Aumentar la producción internacional […] no es nuestro deseo”, asegura la compañía en una nota, “pero es la única opción de que nuestros vehículos sigan siendo accesibles a los clientes de la UE”. De acuerdo con sus cálculos, la medida comunitaria encarecerá unos 1.900 euros cada una de sus unidades.

A pesar de que es hombre de números, Trump no ha ocultado su asombro por la rapidez con que la firma ha agitado la bandera blanca. No es nada que no le advirtieran cuando lanzó su cruzada comercial. Las compañías han diversificado sus mercados y entretejido sus cadenas de valor de tal modo que ya no son ni americanas ni europeas ni de ningún lado y, cuando le propinas un sartenazo a alguna pensando que es extranjera, no es inusual que el chichón más gordo te salga a ti. Los exportadores estadounidenses de porcino están preocupados porque México estudia clavarles un arancel del 20%. Pero es que, al otro lado del río Grande, Granjas Carroll, una marca local de toda la vida, teme que la decisión de su Gobierno dispare el 15% el precio de la carne y hunda sus ventas, lo que supondría un duro golpe para su principal accionista, que es chino…

El mundo se ha vuelto muy complicado, el déficit comercial ya no es lo que era y pretender corregirlo apelando al patriotismo pone de relieve una profunda ignorancia no ya de cómo funciona la economía, sino la condición humana. (Foto: Michael Gram, Flickr)

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INTERREGNUM: China y Estados Unidos: ¿nueva escalada? Fernando Delage

La guerra comercial entre Estados Unidos y China parece estar cada día más cerca. Pero altos funcionarios chinos han hecho saber que están preparados asimismo para un enfrentamiento financiero, diplomático e, incluso, militar—la escalada retórica parece inevitable—en respuesta a lo que interpretan como la voluntad norteamericana de actuar contra el corazón de su estrategia económica.

El alcance de la disputa entre las dos mayores economías del mundo, en efecto, va mucho más allá de un mero desequilibrio en la balanza comercial bilateral (pese a la enormidad de las cifras). Washington parece haber llegado a la conclusión de que el verdadero desafío a su estatus como principal superpotencia no es el tamaño de la economía china o la competencia de su industria. Tampoco sus capacidades militares. Es el salto cualitativo en alta tecnología dado por Pekín, en áreas como inteligencia artificial en particular, lo que ha desatado todas las alarmas. Aun cuando el diagnóstico sea correcto, la manera de afrontarlo puede no ser, sin embargo, la más eficaz.

En un informe hecho público el 19 de junio, Peter Navarro, el polémico asesor de la Casa Blanca, describe los avances chinos en este campo como una amenaza existencial para el liderazgo tecnológico y la propiedad intelectual de Estados Unidos. El lenguaje y los argumentos utilizados por la administración norteamericana llevan a Pekín a concluir que Washington no busca en realidad concesiones comerciales para corregir su déficit, sino obstaculizar la política de innovación de China; una política de la que ha hecho depender la sostenibilidad de su crecimiento, a su vez determinante de la legitimidad política del régimen.

En este contexto de aumento de las tensiones entre ambos, el 22 y 23 de junio los líderes chinos celebraron una conferencia interna del Partido Comunista sobre política exterior, la segunda desde que Xi Jinping llegara al poder a finales de 2012. (Su antecesor, Hu Jintao, sólo celebró una en diez años). Con la presencia de todos los miembros del Politburo, altos cargos de los ministerios y de las fuerzas armadas, así como la práctica totalidad de los embajadores chinos, Xi reiteró el completo control de la diplomacia nacional por el Comité Central, y confirmó el grado de ambición de su gobierno. China, indicó, debe “asegurar la protección de la soberanía, la seguridad y los intereses de desarrollo del país, participar de manera proactiva en la reforma del sistema de gobernanza global, y crear una más completa red de asociaciones globales”. El bajo perfil recomendado en su día por Deng Xiaoping es definitivamente historia: la China de Xi Jinping no oculta su determinación de dictar las reglas del juego de la economía mundial.

Pocos días más tarde, mientras recibía en Pekín al secretario de Defensa de Estados Unidos, Jim Mattis—la primera de un jefe del Pentágono en cuatro años—, Xi declaró por otra parte que China “no cederá ni una pulgada de sus territorios históricos”. Estos incluyen oficialmente, como se sabe, todas las islas del mar de China Meridional. Hace menos de un mes, Mattis acusó públicamente a la República Popular de “intimidación y coacción” al desplegar misiles tierra-aire y otras capacidades militares en varias de dichas islas. Mattis visitó China apenas dos semanas después de que lo hiciera el secretario de Estado, Mike Pompeo. Pese a la innegable relevancia de las relaciones diplomáticas y militares, parece que es en la Casa Blanca, y por parte de nada moderados asesores, donde se está articulando una política china desprovista de matices y de contextualización estratégica. El tiempo dirá si éste es el camino para conseguir mejores resultados, pero es una táctica de presión que, a priori, lejos de modificar las prioridades chinas, puede conducir a una confrontación mayor.

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La risa de la izquierda. Miguel Ors Villarejo

Hace unos meses, sorprendí a un diseñador de Unidad Editorial con un enorme póster de Kim Jong-un a cuestas. “¿Adónde vas?”, le dije, y me explicó que estaba usando el reverso del cartel para la portada de Actualidad Económica. Había escrito con un aerosol negro “¡Viva el (neo)liberalismo!” y, con ayuda de Photoshop, pensaba colocar luego detrás una pared de ladrillo, para que pareciera una pintada callejera. El resultado puede apreciarse en esta imagen.

Aunque nunca se lo he llegado a preguntar, me ha intrigado desde entonces que escogiera pasearse mostrando el lado del dictador norcoreano y no el del grafiti. Me imagino que es de izquierdas (aunque, una vez más, nunca se lo he llegado a preguntar) y no querría que lo asociaran con el ideario al que la progresía acusa de todo tipo de abominaciones. Bueno, la progresía y el común de los mortales: si ponen en Google “neoliberalismo” y clican a continuación en “imágenes”, ante sus ojos se desplegará un mosaico de viñetas en las que famélicos ciudadanos son estrujados, atormentados y desvalijados por obesos banqueros.

También verán una foto de Milton Friedman acariciándose el mentón, pensativo. El premio Nobel no acuñó el término (su primer uso documentado es de 1884), pero le dio nueva notoriedad en “El neoliberalismo y sus perspectivas”, un artículo de 1951 en el que paradójicamente criticaba los excesos del laissez faire en el siglo XIX y abogaba por una vía intermedia, que asumiera las “importantes funciones positivas que el Estado debía asumir” al tiempo que reservaba la iniciativa empresarial al sector privado. El significante ha acabado, sin embargo, tan cargado de connotaciones negativas, que ni el propio Friedman lo empleaba y se definía a sí mismo como monetarista o, simplemente, liberal. Y, claro, si ni el propio Friedman se atrevía a pasar por neoliberal, no podemos pretender que lo haga un diseñador de Unidad Editorial.

Lo sorprendente es que este odiado sistema ha hecho posible la mayor y más duradera explosión de riqueza de la historia de la humanidad. “A lo largo de los últimos dos siglos”, escribe la historiadora Deirdre Mccloskey en el Wall Street Journal, “la renta per cápita real de Japón, Suecia y Estados Unidos se ha multiplicado por 30”. Y esta mejora ignora la irrupción de artículos inimaginables en 1800. “Contemple la magnífica abundancia que exhiben las estanterías de los centros comerciales. Considere todos los dispositivos casi mágicos de comunicación y entretenimiento que están hoy al alcance incluso de las personas más humildes. ¿Conoce a alguien que sufra una depresión clínica? Puede encontrar ayuda en una amplia variedad de medicamentos de los que ni siquiera el multimillonario Howard Hughes pudo disponer para aliviar su desesperación. ¿Necesita un trasplante de cadera? En 1980 era una intervención que se encontraba en fase experimental”.

“Muchos norteamericanos piensan que sus hijos vivirán peor que ellos”, observa Warren Buffett en su carta de 2015 a los accionistas de Berkshire Hathaway. “Es una opinión totalmente errónea. […] Los políticos no deberían derramar lágrimas por los niños de mañana. De hecho, a muchos […] ya les va muy bien. Todas las familias de mi vecindario de clase media alta disfrutan de un tren de vida superior al que llevaba John D. Rockefeller cuando yo vine al mundo”.

Frente a esta ejecutoria, ¿cuáles son los méritos de la dinastía Kim? Opresión, atraso, hambre, proliferación nuclear… La izquierda se las ha arreglado, sin embargo, para neutralizar la toxicidad del déspota norcoreano. “Es como un malo de cómic”, me comentó un colega cuando le manifesté mi sorpresa porque alguien prefiriera pasear su efigie a una pintada en favor del neoliberalismo. Y se rio de buena gana.

Esta risa de la izquierda es un misterio. En su biografía de José Stalin Koba el temible, Martin Amis indaga por qué nadie cuestiona que el Tercer Reich fue un horror y, en cambio, tantos juzgan con indisimulada indulgencia a la URSS (aunque algo se ha progresado: ahora discutimos si la Rusia bolchevique fue mejor que la Alemania nazi; antes discutíamos si la Rusia bolchevique era mejor que Estados Unidos). Y relata cómo en 1999 acudió a un mitin en el que intervenía Christopher Hitchens, un exmilitante trotskista. “En cierto momento, recordando el pretérito, Christopher dijo que conocía bien el edificio en el que estábamos, porque había pasado allí incontables noches con muchos antiguos camaradas. El público respondió […] con una carcajada afectuosa”.

“¿Por qué la risa?”, se pregunta Amis. Si Christopher se hubiera referido a sus “incontables noches con muchos antiguos camisas negras”, el silencio hubiera podido cortarse con un bate de béisbol. ¿A qué obedece este doble rasero? ¿No mató Stalin a 10 millones de personas? “¿Por qué la risa no hace lo que es debido? ¿Por qué no se excusa y abandona la sala?”

futbol capitalista

Por qué las democracias liberales juegan mejor al fútbol. Miguel Ors Villarejo

Me he acostumbrado a tomar un zumito de frutas a media mañana en el trabajo. Me ayuda a reponer fuerzas y, sobre todo, evita que llegue famélico a la hora de comer y me abalance sobre el pan y otros hidratos que estaban arruinando mi proverbial figura. Por desgracia, muchos compañeros se han aprendido también el truco y, últimamente, los zumos de la máquina se acaban en seguida. Esto es un fastidio, aunque hay varios modos de resolverlo.

En una economía de planificación central se pondría sobre aviso a la Comisaría de Zumos, que ordenaría un aumento de la producción. Pero, ¿y si el Directorio del Gosplán le negaba la autorización porque (como era habitual) andaba corto de fondos? Habría que reducir la manufactura de otros artículos, pero ¿cuáles?

En “El uso del conocimiento en la sociedad”, un artículo de 1945 por el que recibiría el Premio Nobel unos años después, Friedrich Hayek aborda este asunto y su conclusión es que, a la hora de determinar las necesidades de los agentes, el Estado es muy malo. La información precisa para decidir qué debe fabricarse en cada momento está desperdigada por la sociedad y ningún burócrata puede recopilarla y cuantificarla. Primero, porque la mayoría de los ciudadanos no verbalizamos nuestras preferencias y, segundo, porque no hace falta. Las oscilaciones de los precios indican los bienes que escasean y los que abundan, y el ánimo de lucro se encarga del resto. Al advertir cómo la cotización de la plata sube, miles de empresarios se lanzarán a extraerla sin detenerse a pensar demasiado en los motivos que impulsan su demanda.

Este elegante mecanismo es también el responsable de que los aficionados liberales disfrutemos por partida doble del Mundial. “Los regímenes autocráticos como China y Rusia”, escribe The Economist, “pueden adiestrar a grandes atletas de pista, pero en fútbol son una auténtica basura”. El comunismo moldeó prodigios físicos como las nadadoras alemanas o las gimnastas rumanas. Pero, ¿cómo se fabrica un Iniesta o un Messi? No salen de los estrechos límites de un laboratorio o un regimiento. Hacen falta millones de ensayos que solo la naturaleza puede realizar y no hay modo de saber dónde surgirá el próximo genio. Lo único que podemos hacer es desplegar una tupida red de ojeadores que rastree cada colegio, cada torneo, cada parque.

Una estructura semejante está fuera del alcance del Estado, por totalitario que sea. Ni siquiera la Unión Soviética podía movilizar a los funcionarios suficientes. El mercado, por el contrario, responde a este desafío con ayuda de incentivos. Las enormes cantidades que La Liga paga por sus jugadores animan a miles de personas a recorrer cada domingo los campos de tierra más inmundos en busca de talento.

¿Y China? ¿No era la apoteosis del capitalismo? Sin duda, pero además de incentivos necesitas una masa crítica de aficionados, y esta tampoco se crea por decreto. “Mi gran sueño es que el fútbol chino se convierta en uno de los mejores del mundo”, proclamó en 2015 el presidente Xi Jinping. Pero de momento parece que es su sueño, no el de sus compatriotas, que siguen prefiriendo otros deportes.

“Apenas cuatro países considerados no libres por el ranking de Freedom House se han clasificado para la fase final de este campeonato”, observa The Economist, “y ninguno es presumible que llegue lejos. El último Gobierno autocrático que levantó el trofeo fue Argentina en 1978”.

El mercado y su sistema de precios son el modo más eficiente de aprovechar los recursos de una nación, futbolísticos o no. Por eso sospecho que la empresa de vending no tardará en subirnos el zumo.

burro

Brevísima digresión sobre los indicadores económicos alternativos. Miguel Ors Villarejo

Se estima que en el planeta habrá unos 44 millones de burros y que una cuarta parte están en China. Me imagino que esto no les dirá mucho, pero lo llamativo es que la población de pollinos siguió creciendo en las últimas décadas del siglo XX, pese al espectacular despegue que experimentó en ese mismo periodo el parque de vehículos de tracción mecánica. ¿Qué nos revela esta contradicción?

Tyler Cowen, catedrático de la Universidad George Mason y exitoso bloguero, enunció hace algún tiempo tres leyes económicas. La primera es que todas las teorías tienen algún fallo. La segunda, que se hacen estudios sobre cualquier cosa. Y la tercera, que todas las proposiciones sobre los tipos de interés reales están equivocadas.

Dejando a un lado la tercera ley, que es demasiado específica para los propósitos de este artículo, queda claro que el asunto de los burros cumple la segunda: hay estudios sobre cualquier cosa, aunque debo decirles que censar burros no es lo más excéntrico que he leído. “Cuando se trata de averiguar qué va a pasar con la economía”, dice Brad Hoppman, “no faltan métricas […] no tradicionales”. El motivo es que las tradicionales son lentas. El prestigioso National Bureau of Economic Research, que es el organismo encargado de certificar los cambios de ciclo en Estados Unidos, comunica el comienzo y el final de las recesiones con “varios meses” de retraso, lo que le resta utilidad. Igual sucede aquí con el Instituto Nacional de Estadística: para cuando anunció que España estaba en crisis no quedaba nadie que no se hubiera enterado.

Los inversores buscan, por ello, indicadores alternativos. Algunos son técnicos, como las licencias de obras, las horas trabajadas o los pedidos de los gestores de compra de las empresas. Pero hay otros más imaginativos. Trevor Davis observó que los zapatos de suela plana de los 90 dieron paso a los stilettos imposibles de Sexo en Nueva York a raíz del estallido de las puntocom, y teorizó que la longitud del tacón es inversamente proporcional a la actividad. Algo similar ocurre con las faldas: se acortan cuando las cosas van mal y se alargan cuando se recuperan. Tiene toda la lógica: la gente intenta compensar en el vestuario la alegría que falta en la economía.

El problema es que no son indicadores adelantados, igual que otras actividades que se generalizan con las vacas flacas, como ir al cine, un pasatiempo muy asequible; comprar la cerveza en el supermercado y beberla en casa en lugar de ir al bar, o no reclamar a la morgue los familiares muertos, para ahorrarse el entierro.

Mucho más práctico resulta fijarse en la altura de los edificios. La crónica de los pánicos financieros está jalonada de rascacielos: el Empire State Building (Crac del 29), las Petronas (Crisis Asiática), las torres de Florentino (Gran Recesión)… La razón es que el precio del suelo se dispara durante las burbujas y obliga a construir en altura. Es un indicador adelantado y fiable, pero tampoco funciona del todo porque las burbujas son muy divertidas, nadie quiere que acaben y, a los pocos que piden moderación, les tapan la boca y los llaman aguafiestas.

¿Y qué nos enseña la población de burros? Malcolm y Paul Starkey creen que en Europa la mejora del bienestar ha permitido a los agricultores comprarse coches, lo que ha sido letal para los medios de tracción animal. Pero en China los campesinos los siguen usando para desplazarse porque los beneficios del crecimiento todavía no les han alcanzado. La evolución de los pollinos revela un problema de desigualdad.

Dicho lo cual, no olvidemos la primera ley de Cowen: todas las teorías tienen algún fallo.