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INTERREGNUM: Malasia y Tailandia: nueva marcha atrás. Fernando Delage

En una misma semana, los dos países del sureste asiático que parecían haber corregido el pesimista pronóstico sobre la regresión de la democracia en la región, han vuelto sin embargo a confirmarlo. Maniobras partidistas en Malasia y una resolución del Tribunal Constitucional en Tailandia revelan, en efecto, que ni la mayoría malaya en el primer caso ni las fuerzas armadas en el segundo, quieren un verdadero gobierno pluralista.

Las elecciones de mayo de 2018 en Malasia supusieron la derrota, por primera vez desde la independencia en 1957, de Barisan Nasional, la gran coalición que representa los intereses de la comunidad malaya (cerca del 70 por cien de la población). Un nuevo bloque, liderado de manera llamativa por el antiguo líder de la alianza malaya—y primer ministro de 1981 a 2003—, Mahathir Mohamed, ganó los comicios con la defensa de un programa multirracial y la denuncia de la corrupción gubernamental. Esta primera alternancia en el poder fue interpretada como una señal de que, pese a la persecución de la oposición durante años anteriores o la restauración—en 2012—de una draconiana ley de seguridad, la democracia malasia no había muerto del todo.

Tras tomar posesión primer ministro, esta vez con 92 años, Mahathir prometió la cesión del cargo tras un periodo de transición a su antiguo protegido, Anwar Ibrahim. Sin haber cumplido su promesa, el 24 de febrero anunció su dimisión, provocando la ruptura de la coalición ganadora en 2018. Sin entrar en sus motivaciones (sólo se puede especular sobre ellas), la consecuencia de su decisión ha sido un cambio en las mayorías en el Parlamento. Y, aunque no pueda descartarse la convocatoria a corto plazo de elecciones anticipadas, los partidos de afiliación malaya han vuelto a hacerse con el poder. Las comunidades china e india (que suman el 30 por cien restante de la población) han dejado de verse representadas por el gobierno, del que cabe prever asimismo el regreso a una política de islamización que, a su vez, ahuyentará la inversión extranjera, la mayor parte de la cual es de origen chino.

Entretanto, en Tailandia, donde después de dos golpes de Estado—en 2006 y 2014—, también parecía haberse recuperado la senda democrática con la convocatoria de las elecciones de marzo de 2019, el Tribunal Constitucional ha disuelto el Future Forward Party, y ha inhabilitado a sus líderes durante 10 años. Para sorpresa de los militares, que redactaron una nueva Constitución a su medida, este grupo político logró 81 escaños. Como tercera mayor fuerza parlamentaria, ha sido percibido como una amenaza para el poder de las fuerzas armadas. No es la primera vez que el Tribunal interviene de manera directa en la vida política nacional, lo que obliga a dudar de nuevo de la consolidación de la democracia tailandesa.

El escenario continúa abierto, sin embargo, en ambas naciones. Chinos, indios y activistas malayos no renunciarán sin más a su participación en el proceso político. En Tailandia, otro tanto ocurrirá con los jóvenes que apoyaron al partido ahora disuelto por, entre otras razones, su posición contraria a la presencia del ejército en el gobierno. Su reconversión en movimiento social augura una previsible etapa de inestabilidad.

INTERREGNUM: Tras las elecciones en Taiwán. Fernando Delage

En 1996, ante las primeras elecciones presidenciales directas en Taiwán, las presiones belicistas de China condujeron al resultado que Pekín pretendía evitar: la victoria de Lee Teng-hui, candidato del Kuomintang, quien se convirtió en el primer líder de Taiwán nacido en la isla. Casi 25 años más tarde, la historia se repitió: la presión de la República Popular se ha traducido en la reelección el 11 de enero—por una rotunda mayoría—de Tsai Ing-wen, del proindependentista Partido Democrático Progresista, pese a los sostenidos esfuerzos por debilitarla desde 2016. La derrota es esta vez mayor para Pekín, pues no se ha limitado a lanzar advertencias de carácter militar. Los incentivos económicos y las campañas de desinformación en las que se ha volcado tampoco han servido para que los taiwaneses se sitúen a su favor.

Los acontecimientos en Hong Kong han sido otro factor decisivo durante la campaña electoral, al poner de relieve lo que significa la fórmula “un país, dos sistemas” propuesta por Pekín. Con todo, la verdadera cuestión de fondo es que tres décadas de democratización han alejado cada vez más a Taipei de la República Popular. Los jóvenes taiwaneses no han conocido otro sistema, y no están dispuestos a renunciar a sus libertades. Las elecciones del sábado pasado, convertidas en un referéndum sobre la identidad política de la isla, confirmaron de este modo la insuperable división entre ambos lados del estrecho.

El problema es que, sin Taiwán, el proyecto nacionalista del Partido Comunista Chino permanece incompleto. Y para el actual secretario general, Xi Jinping, prevenir la independencia—en otras palabras, mantener el statu quo—no es suficiente. Hace ahora un año, Xi advirtió que la separación “no puede mantenerse generación tras generación”. El presidente chino ha exigido pasos concretos hacia la reunificación, vinculando de este modo su propia legitimidad como gobernante a la consecución de avances en dicha dirección. Puesto que la reelección de Tsai confirma tanto lo inviable de una reunificación pacífica como el fracaso de la estrategia seguida hasta ahora por Pekín, las opciones se complican sobremanera para Xi.

Las decisiones de Pekín crearán en cualquier caso un dilema a Washington, que no dudó en apoyar la candidatura de Tsai, haciendo de la política interna taiwanesa otro elemento de tensión en las relaciones China-Estados Unidos.  Una intervención militar de Pekín no parece plausible por sus consecuencias, pero sí cabe prever que las autoridades chinas redoblen la presión, recurriendo a todo tipo de instrumentos contra el gobierno de Tsai. Lo que significa que la Casa Blanca se verá obligada a responder de manera más directa a las acciones chinas si se quiere mantener el statu quo. Taiwán se convertirá así en una prueba de la capacidad norteamericana de desarrollar los recursos económicos, diplomáticos y políticos necesarios para contrarrestar la creciente influencia china en la región del Indo-Pacífico. En un contexto de enfrentamiento entre las dos grandes potencias, la evolución del problema de Taiwán será una clave decisiva.

Taiwán grita Sí a la democracia, No a China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Taiwán, una vez más, da  ejemplo de valores congruentes con la democracia y la libertad. La masiva confluencia a los centros electorales es la prueba de que la mayoría del pueblo taiwanés quiere mantener su estatus democrático, así como el apoyo al Partido Progresista (DPP por sus siglas en inglés) muestra que la mayoría de los taiwaneses poseen una identidad propia y que no quieren formar parte de China.

Tsai Ing-wen fue reelegida presidente de la isla después de haberla liderado por cuatro años. Y pese a los problemas que enfrentó durante su legislatura, cuando su popularidad cayó considerablemente, consiguió hacerse con la presidencia nuevamente. Su contrincante, Han Kou-yu, el candidato del partido conservador Kuomintang (KMT por sus siglas en inglés),  se inclinaba por la reunificación de Taiwán con China.

Tsai se define a sí misma como la defensora de los valores liberales de Taiwán. Y lo cierto es que no lo ha tenido fácil, pues China les ha ido cercando por todos los costados, sobre todo el diplomático, terreno en el que Beijing aprovecha sus favores económicos a otras naciones para pedir el no reconocimiento de Taipéi como ente internacional.

Xi Jinping, hace tan sólo un año, afirmó en un discurso que la reunificación de Taiwán con China es inminente. Pero cuanto más ha amenazado Beijing, más dura y consistente ha sido Tsai con sus promesas. Y su determinación se ha visto compensada con más de 8.1 millones de votos representando así más del 57% del electorado, contra 38,6% de su oponente.

Tsai ha capitalizado cada amenaza china en su beneficio, como el uso de la fuerza militar de ser necesario, para la “imperativa necesidad” de la reunificación de Taiwán a la península. Esta líder ha solidificado los valores identitarios de los ciudadanos como taiwaneses, y no chinos. Ha enfatizado el carácter democrático de Taiwán. Ha despertado un sentir en los jóvenes taiwaneses, quienes no se sienten chinos, y quienes no están dispuestos a sacrificar su modo de vida y su libertad.

4Asia fue invitada por la representación diplomática de Taipéi en Washington al recuento de los resultados electorales y a la discusión de un panel de expertos que analizaron las elecciones presidenciales legislativas de la isla. El Dr. Richard Bush -un respetado experto en China, con una larga lista de trabajos y libros publicados, y miembro del Brookings Institute, afirmó que “La reelecta presidente tiene un gran reto por delante. Un panorama muy complicado. Lo que viene no es fácil. No es casual que en su discurso de victoria dijera lo importante que es reunificar a la sociedad taiwanesa para poder seguir adelante”.

Mientras que Bonnie Glasser -otra experta en China, directora para del Proyecto sobre el poder de China en CSIS, uno de los think tank más influyentes en Washington- se centró en Beijing y lo poco exitoso que han sido en intimidar a Taiwán. “Es muy interesante ver la falta de influencia que Beijing ha tenido. Los esfuerzos de Beijing han fracasado en acabar con Taiwán”.

Así mismo Glasser insistía en lo importante del KMT -partido de oposición- para los Estados Unidos, la oposición es necesaria en democracia, a pesar de ser aliados de Beijing. Y así China no puede alegar que no tiene con quien hablar en Taiwán.

Hong Kong: la sociedad avala en las urnas la revuelta

Los candidatos partidarios de la democracia han logrado 387 escaños de los 452 en juego en las elecciones recientes en la ex colonia británica con una participación del 71,2%, lo que supone un aval abrumador a los grupos que movilizaron las masivas protestas que se desarrollan en Hong Kong desde junio.

China se encuentra ante uno de los desafíos más importantes a su régimen autoritario de las últimas décadas. La sociedad hongkonesa ha exhibido en las urnas, en unas elecciones celebradas en un sistema de garantías heredado de la época de la dominación británica que no conoce ningún otro ciudadano chino del resto del país, su apoyo a las movilizaciones cuyo lei motiv es, precisamente, mantener las condiciones pactadas entre Londres y Pekín en el acuerdo de retrocesión de la colonia a la soberanía de China.

Pekín ha optado hasta ahora por mantener las formas, situar fuerzas militares en los límites de la excolonia e intervenir con ellas en tareas auxiliares, introducir policías experimentados en la novata policía de Hong Kong e ir graduando la fuerza con dureza, pero sin dar lugar a grandes protestas internacionales. El discurso público de respeto y de intentar situar a EEUU como instigador de la revuelta estallaría revelando toda su hipocresía si China actuara con la brutalidad que define a su régimen respecto al resto de sus ciudadanos y minorías como uigures y tibetanos.

La cara amable del gobierno chino tiene en Hong Kong un test que China debe resolver ante una escena internacional que espera la distensión comercial con Estados Unidos, y que China demuestre que quiere jugar al comercio con garantías jurídicas y sin las cartas marcadas.

INTERREGNUM: India: la fiesta de la democracia. Fernando Delage

La pasada semana comenzaron las mayores elecciones de la Historia. Por su alcance y diversidad, ninguna democracia es comparable a India: 1.400 millones de habitantes—tres veces la población de Europa, más de cuatro veces la de Estados Unidos—; 15 lenguas oficiales, ninguna de las cuales es hablada por más del 15 por cien de la población; y múltiples culturas, religiones y subdivisiones sociales. La logística es abrumadora: 900 millones de votantes (84 millones de los cuales lo hacen por primera vez), 800.000 colegios electorales, 1,72 millones de máquinas electrónicas para el voto y 11 millones de funcionarios encargados de supervisar el proceso. Las elecciones se realizarán en siete días distintos en un período de seis semanas, y los resultados no se conocerán hasta el 23 de mayo.

En la tercera mayor economía del planeta, la democracia se reafirma como elemento unificador de la extraordinaria heterogeneidad india, en contraste con su vecino chino, caracterizado por su cohesión étnica y cultural—y por un sistema político de partido único.

Las elecciones son en parte un referéndum sobre Narendra Modi, quien, en 2014, como líder del Bharatiya Janata Party (BJP), logró 282 de los 545 escaños de la Cámara Baja; la primera mayoría parlamentaria obtenida por un partido desde 1984. Al frente del principal grupo de oposición, el Partido del Congreso, se encuentra Rahul Gandhi, heredero de la dinastía que ya dio tres primeros ministros a India, y quien intenta movilizar a los descontentos con la corrupción y con unas reformas económicas que, pese a un crecimiento sostenido, no han creado empleo—las cifras de paro son las más altas en 45 años—ni beneficiado a los agricultores (más del 66 por cien de la población). En las elecciones celebradas en diciembre en tres Estados de población mayoritariamente rural, fue el Congreso quien consiguió la victoria.

El ataque terrorista perpetrado en Cachemira el pasado 26 febrero, por militantes apoyados por Pakistán, han permitido no obstante a Modi restaurar su popularidad y hacer de las cuestiones de seguridad un tema central en la campaña. La mayoría de los analistas pronostican la reelección del primer ministro, aunque es probable que tenga que formar una coalición para gobernar, con lo que se volvería así a lo que ha sido la norma en la política india desde 1984, tras la creciente irrupción de partidos regionales y locales. Ese menor apoyo complicará asimismo las intenciones del BJP de dar al país una identidad hinduista, en contra de las bases laicas de la Constitución de 1949. Mientras India sea una democracia, la agenda nacionalista de un partido será insuficiente—por grande que sea su representación parlamentaria—para imponer sus esquemas en una sociedad tan diversa.

Y ésta es una poderosa lección no sólo para sus vecinos. Cuando Rusia y China se declaran enemigos de la democracia y de los valores políticos liberales, hostilidad a la que se suman distintos movimientos dentro de Occidente, India—con todas las imperfecciones propias de su subdesarrollo—es una de las principales razones que nos permiten ser optimistas con respecto al futuro de la libertad en el mundo. (Foto: Gulan Husain)

La fábula de las fake news. Miguel Ors Villarejo

Tras la sorpresa que supuso el triunfo de Donald Trump, los estadounidenses no han tardado en encontrar un culpable: las noticias falsas. Su difusión masiva a través de Facebook ha alterado el voto de millones de ciudadanos e inclinado la balanza en favor del candidato republicano. Algunos expertos incluso creen que la pérdida de ascendiente de la prensa tradicional pone en peligro la democracia. “La nación”, advierte la revista Editor & Publisher, “se enfrenta a la amenaza de una información incompleta y mal asimilada que distribuye un medio que todavía tiene que demostrar su capacidad para desempeñar semejante tarea”.

La queja de Editor & Publisher no es nueva. De hecho, es bastante anterior a Trump. Procede de un editorial de noviembre de 1937 y el medio al que se refiere no es Facebook, sino la radio. Orson Welles acababa de emitir su dramatización de La guerra de los mundos. Todos hemos leído cómo aquella noche las comisarías y las redacciones se bloquearon con “las llamadas de oyentes aterrorizados y desesperados que intentaban protegerse de los ficticios ataques con gas de los marcianos”. En algunos barrios incluso se habló de infartos y suicidios inducidos por el miedo, y el New York Times alertó de la irresponsabilidad de aquellos locutores aficionados. Había que atajar la distribución de informaciones diseñadas para confundir a la audiencia, o sea, de fake news.

El problema es que la única fake new fue aquel pánico. El impacto de Welles fue muy limitado. Su programa no alcanzó ni el 2% de cuota, porque coincidió con el show del ventrílocuo Edgar Bergen, que era la sensación del momento. Tampoco hubo muertos ni heridos. El análisis de los formularios de ingreso de seis hospitales de Nueva York, que había sido teóricamente el epicentro de la histeria alienígena, revela que “ninguno registró caso alguno relacionado con la emisión”. ¿Cómo se forjó y alimentó el mito de La guerra de los mundos?

“Échenle la culpa a los grandes rotativos”, escriben Jefferson Pooley y Michael Socolow en Slate. “La radio había arrebatado a la prensa muchos recursos publicitarios durante la Gran Depresión, ocasionándole un serio perjuicio. Los diarios aprovecharon la oportunidad que Welles les brindó para desacreditarla como fuente de información”.

Y volviendo a Trump, ¿no podría estar pasando ahora lo mismo con Facebook? Los investigadores Andrew Guess, Brendan Nyhan y Jason Reifler han estudiado una muestra representativa de ordenadores para determinar cuántos estuvieron expuestos a fake news en octubre y noviembre de 2016 y han obtenido una proporción alta (27%), pero sus contenidos nunca superaron el 2% de la dieta informativa total.

En cuanto al papel de Facebook como propagador, pudo ser relevante en 2016. Entonces, el sitio aparecía en los historiales de navegación justo antes de las webs de noticias falsas, lo que sugería que facilitaba el acceso a ellas. “Pero este patrón ya no se da con los datos de 2018”, observa Guess.

Finalmente, no hay evidencia de que las noticias falsas influyeran en el resultado de las presidenciales. Guess y sus colegas no han encontrado “ninguna asociación” entre la lectura de artículos favorables a Trump y cambios en el apoyo electoral.

“El temor al efecto nocivo de las fake news no debe desdeñarse”, concluye Guess, pero su alcance es “más matizado” de lo que sugiere la alarma actual. Como en los años 30, parece que los medios establecidos están aprovechando la conmoción política para ajustar cuentas con los intrusos que se han quedado con sus anuncios. Cuentan para ello con la buena disposición de la gente, que desconfía de la influencia de Facebook y Google tanto como nuestros abuelos y bisabuelos recelaban de la radio.

“No son los marcianos que invaden la Tierra los que más nos asustan”, escriben Pooley y Socolow. “Son la ABC, la CBS y la NBC ocupando y colonizando nuestras mentes las que de verdad nos aterran”. Por eso, periódicamente, recurrimos a alguna fábula que nos recuerda el poder de los medios. (Goretti Cortina)

INTERREGNUM: ¿Recuperación democrática? Fernando Delage

El año que termina no ha sido especialmente brillante para la democracia en el mundo. La regresión del liberalismo siguió su marcha, acompañada del auge de los “líderes fuertes”, de Hungría a Brasil, de Turquía a Caracas. Algo similar ya había ocurrido en el sureste asiático: el regreso de los militares al poder en Tailandia, el cambio interruptus en Myanmar, o la elección de Duterte en Filipinas, revelaron una preocupante marcha atrás del pluralismo político. Las elecciones de Malasia en primavera apuntaron sin embargo a una corrección: el hastío de los votantes con la corrupción y los recortes de libertades dieron el gobierno a la oposición. Aunque es prematuro hablar de un cambio de tendencia, Asia será un interesante laboratorio en 2019 cuando vote la quinta parte de la humanidad (en solo dos países).

Indonesia celebrará elecciones en abril, y por primera vez coincidirán legislativas y presidenciales. Pese al probable juego sucio de las fuerzas vinculadas a la antigua dictadura—representadas por Prawobo Subianto, exyerno del general Suharto—, se espera que impere el pragmatismo y sea reelegido como presidente Jiko Widodo (más conocido como Jokowi). Como cada cinco años, también en abril, o mayo, India organizará sus elecciones generales. No hay espectáculo igual en el mundo: más de 800 millones de electores en las urnas. Y pocas convocatorias habrán sido tan relevantes como la próxima, en siete décadas de independencia. Es la propia identidad nacional la que está en juego.

En 2014, Narendra Modi proporcionó al Bharatiya Janata Party (BJP) la primera mayoría de una fuerza política en el Parlamento indio en treinta años. Su victoria fue interpretada como un mandato para acometer las reformas que hicieran posible un alto ritmo de crecimiento económico, pero también como apoyo a su agenda nacionalista hindú. Cinco años más tarde, Modi parece haber perdido parte de su carisma, y su partido creado nuevas divisiones sociales, como han confirmado las elecciones regionales de diciembre, anticipando lo que podrá ocurrir en las generales. En tres de ellos, hasta ahora clave del liderazgo del BJP, ganó el Partido del Congreso, responsable del gobierno indio durante la mayor parte de la historia de la república. Los resultados marcan por tanto la recuperación del Congreso, tras su sonora derrota de 2014, y refuerza la posición de Rahul Gandhi—bisnieto de Nehru y nieto de Indira Gandhi—al frente del mismo.

El gobierno de Modi no ha creado el empleo por el que se le votó, como tampoco ha luchado de manera satisfactoria contra la corrupción. Su campaña “Make in India”, diseñada para atraer la inversión extranjera que permitiera el desarrollo del sector industrial, no ha dado los frutos esperados, mientras que el abandono de los agricultores ha dañado la imagen del BJP como defensor de los menos favorecidos. La interferencias de las autoridades en las decisiones del Banco central ha perjudicado por otra parte la confianza exterior. Quienes votaron al BJP convencidos de que se centraría en la economía en vez de su ideología hinduista se han visto igualmente decepcionados. Pero aunque Modi pierda apoyo popular, su partido continúa siendo la principal fuerza política del país. La dificultad estará en la obtención de una mayoría parlamentaria que le permita gobernar por sí solo: si el Congreso obtiene buenos resultados, el BJP tendrá que aliarse con grupos regionales y locales. Es una estrategia que ya persigue también Gandhi: su partido no tiene más alternativa que crear un amplio frente de oposición a los nacionalistas.

El eje de esas alianzas volverán a ser las cuestiones de identidad. Si Modi es reelegido, querrá avanzar en la imposición de su agenda hinduista, chocando así con el laicismo definido por la Constitución. El Congreso intenta promover por su parte un hinduismo “suave” para ganar votos, pero su vuelta al gobierno puede también suponer el regreso de la ineficacia y corrupción de otros tiempos. Lo previsible es que la extraordinaria diversidad india impida que el debate se incline con claridad a favor de uno de los dos bloques.

INTERREGNUM: La sorpresa malasia. Fernando Delage

El pasado 9 de mayo, la coalición gobernante en Malasia desde la independencia en 1957, Barisan Nasional (BN), sufrió una contundente derrota. Se trata de un giro histórico, que además de revelar el rechazo de una manera de gobernar, puede tener significativas implicaciones para el sureste asiático en su conjunto y complicar la influencia de China en la subregión.

La discriminación de la oposición, unos distritos electorales diseñados para favorecerla, y el control de los medios de comunicación no han servido a BN para mantener el poder. Lo que da idea de la frustración de los votantes con los escándalos de corrupción que rodean al hasta ahora primer ministro, Najib Razak, quien se habría apropiado de hasta 700 millones de dólares del fondo soberano del país (1MDB). No ha sido el único motivo, sin embargo. Las promesas de mejora del nivel de vida y de reducción de impuestos hechas por Najib en las elecciones anteriores no se han cumplido. Pero si algo reflejan los resultados es, sobre todo, la existencia de una joven y dinámica sociedad civil—hasta ahora mayoría silenciosa—que ha decidido enfrentarse a la manipulación electoral, la censura y la supresión de las libertades civiles que han caracterizado al gobierno malasio de manera creciente.

Más revelador aún es que se haya dado la victoria a una candidatura multirracial, Pakatan Harapan (Alianza de la Esperanza), apoyada por las minorías china e india, que defiende un nuevo nacionalismo inclusivo, frente a un BN que ha articulado la política nacional sobre la base de una discriminación positiva a favor de la población malaya. ¿Dejarán de ser la raza y la religión los factores decisivos de la dinámica partidista?

Hay razones para el escepticismo. La segunda sorpresa es que el líder de la coalición ganadora es nada menos que Mahathir Mohamed, durante 22 años (1981-2003) primer ministro al frente de BN. ¿Es creíble que Mahathir vaya a desmontar el sistema que él mismo creó? Asegura, además, que en un año o dos dejará el puesto a Anwar Ibrahim, su antiguo delfín, al que destituyó en 1998 y que terminó en prisión bajo falsas acusaciones de sodomía, y cuya mujer, Wan Azizah es la actual viceprimera ministra. La pregunta se impone: ¿hablamos de un mandato popular para hacer de Malasia un país gobernado por leyes e instituciones imparciales, o se trata de una batalla entre elites tradicionales? Habrá que esperar unos meses para poder responder. Pero que Mahathir, representante por excelencia del nacionalismo malasio, encabezara la oposición, eliminó cuando menos el temor de los votantes a los riesgos de inestabilidad.

Las elecciones marcan por lo demás una corrección de la regresión democrática que ha experimentado el sureste asiático en la última década. Quizá los tailandeses reclamen a la junta militar la convocatoria de los comicios que prometió tras el último golpe de Estado. Es posible que los filipinos terminen reaccionando a las arbitrariedades de Duterte, quien la semana pasada destituyó a la presidenta del Tribunal Supremo. Al gobierno camboyano le resultará más difícil mantener su política de persecución de los opositores. Los obstáculos estructurales al liberalismo no van a desaparecer de un día para otro, pero nadie esperaba lo ocurrido en Malasia. Los líderes autoritarios de la región han recibido un serio aviso.

También China. Najib hizo de las oportunidades económicas derivadas de su estrecha relación con Pekín una de las claves de su gobierno. Mahathir no ha dudado en manifestar sus reservas sobre las inversiones chinas en sectores estratégicos de la nación, y en pronunciarse en contra de sus acciones coercitivas en el mar de China Meridional. Como uno de los líderes centrales de la ASEAN durante dos décadas, Mahathir puede fortalecer la cohesión de la organización, y propiciar la formulación de una estrategia más firme y coherente con respecto a la República Popular. (Foto: Mr_Tariq, Flickr)

Una dieta informativa completa y variada puede ser perjudicial para su salud. Miguel Ors Villarejo

(Foto: Marco Verch, Flickr) Después de la Segunda Guerra Mundial, la cobertura informativa estuvo sujeta en Estados Unidos a la Doctrina de la Justicia, que obligaba a los adjudicatarios de licencias de emisión a abordar los asuntos de una manera que la Comisión Federal de la Comunicación juzgara “honesta, equitativa y equilibrada”. Esta supervisión interfería, sin embargo, con la libertad de expresión y en 1987 se abolió.

Desde entonces, el universo mediático americano ha evolucionado hacia una creciente polarización. La llegada del cable convirtió una cadena abiertamente partidista como la Fox en un lucrativo negocio. Internet permitió luego la emergencia de webs aún más radicales y, finalmente, a lo largo de la última década, las redes sociales han hecho posible la difusión de cualquier barbaridad.

Estas barbaridades no se reparten, sin embargo, de forma homogénea a lo largo del espectro ideológico. Un grupo de investigadores del Centro Berkman Klein de la Universidad de Harvard ha analizado dos millones de informaciones publicadas entre el 1 de mayo de 2015 y el 8 de noviembre de 2016, fecha de las presidenciales, y ha comprobado que, mientras en el centro y la izquierda las cabeceras de referencia son instituciones veteranas (New York Times, Washington Post, CNN) que se rigen por los tradicionales códigos deontológicos, en la derecha Breitbart y la Fox han arrebatado el cetro a Wall Street Journal, National Review o Weekly Standard. El resultado es que el público progresista recibe una dieta informativa más completa y variada, lo que paradójicamente resulta perjudicial para sus intereses.

Los investigadores de Harvard explican que, durante la campaña electoral, el New York Times, el Washington Post y la CNN señalaban por igual las limitaciones de ambos candidatos, mientras la constelación liderada por Breitbart y la Fox se dedicaba simplemente a atacar a Clinton y a promocionar a Trump.

Por sí solo, esto no explicaría el éxito republicano, porque “no hay suficientes votantes que se nutran exclusivamente de medios de derechas como para ganar unas elecciones”, dice el artículo. Hubo que lograr también que algunas publicaciones de centroizquierda se hicieran eco de sus posiciones, y ese fue el gran éxito que Breitbart se anotó con la Fundación Clinton.

En 2015 uno de sus redactores, Peter Schweizer, había editado Clinton Cash (El dinero de los Clinton), un libro que denunciaba cómo la candidata había aprovechado su paso por la Secretaría de Estado para conceder favores a cambio de contribuciones a la fundación de su marido. Nunca se pudo probar nada, pero las cabeceras de la derecha mantuvieron el escándalo vivo citándose unas a otras. Una web lanzaba la especie de que el FBI investigaba a los Clinton, Breitbart y la Fox la recogían y todo el ecosistema se volvía loco rebotando la noticia, los análisis de la noticia, las reacciones a los análisis de la noticia, las réplicas a las reacciones a los análisis de la noticia…

Como una bala disparada dentro de una caja fuerte, el tema jamás habría salido de esta burbuja, pero el New York Times dedicó un reportaje a la adjudicación de unas minas de uranio a una empresa rusa. El periodista reconocía que no existían pruebas de que la entonces secretaria de Estado hubiera cometido ninguna irregularidad, pero el mero hecho de que se ocupara de ello contribuyó a legitimar el panfleto de Schweizer, obligó a Bill Clinton a convocar una rueda de prensa e hizo que no se hablara de otra cosa el verano de 2017. “Los medios de derechas situaron a la Fundación Clinton en el centro del debate justo en el momento en el que [Hillary] debía recibir su mayor impulso en los sondeos: después de la Convención Demócrata”.

La capacidad de Breitbart y Fox para condicionar la agenda no se limitó a este episodio. El uso que Clinton hizo de su correo privado para comunicaciones oficiales es con diferencia la materia más debatida en los dos millones de informaciones analizados. Por el contrario, las relaciones de Trump con Moscú o sus denuncias por acoso sexual recibieron mucha menos atención.

Esta cobertura infundió en muchos demócratas dudas sobre la idoneidad de su candidata. El día de la elección, no acudieron a las urnas y la menor participación neutralizó la desventaja inicial que todos los expertos atribuían a Trump. Dispuso de menos fondos y estaba claramente peor preparado que su rival, pero se las arregló para que no se hablara de sus carencias y, en política, lo que no sale en la televisión no existe.

INTERREGNUM: Elecciones en Japón. Fernando Delage

Por segunda vez desde que regresara a la jefatura del gobierno en diciembre de 2012, Shinzo Abe ha convocado elecciones anticipadas. Parece como si, de esa manera, quisiera extender gradualmente su permanencia como primer ministro, añadiendo sucesivos períodos de cuatro años a legislaturas inacabadas. Su agenda de reformas económicas y de normalización de la política de defensa, frente al desafío de una China en ascenso, además de la organización de los Juegos Olímpicos de Tokio en 2020, requieren, en su opinión, de algo más que un único mandato.

Pero siempre es arriesgado acudir a las urnas. La derrota del Partido Liberal Democrático (PLD) en las elecciones a gobernador de Tokio el pasado verano, ya reveló el disminuido apoyo popular a Abe, y la irrupción, casi por sorpresa, de una nueva figura, Yoriko Koike, que concurrió como líder de un partido creado al efecto. No fue un fenómeno pasajero. Tras convocarse elecciones generales para el 22 de octubre, Koike anunció poco después su candidatura mediante la formación del Partido de la Esperanza, complicando el panorama que Abe esperaba afrontar. La fundación de este nuevo partido provocó, apenas tres días después, la integración en el mismo del hasta ahora principal grupo de la oposición, el Partido Democrático de Japón (PDJ). Koike se ha convertido así en la principal rival de Abe, y en la primera mujer con posibilidades de llegar al frente del gobierno japonés.

Es un resultado que no puede darse por seguro, dada la extraordinaria fortaleza estructural del PLD, partido que ha gobernado Japón desde 1955, con la excepción de dos breves paréntesis (1993-94 y 2009-12). Pero tampoco puede ya considerarse como inevitable la victoria de Abe.

Los analistas empiezan a preguntarse por ello qué cambiaría con Koike. Después de todo, ella misma perteneció al PLD, como tantos otros políticos hoy en la oposición. Su mensaje de modernización, su estilo desenfadado y su biografía personal resultan atractivos en el tradicional mundo gris de la política japonesa. Pero algo parecido ocurría con Junichiro Koizumi hace 15 años, sin que su paso por el poder—fue primer ministro de 2001 a 2006—consolidara las reformas que el país necesita.

El envejecimiento de la sociedad japonesa complica las bases de un nuevo crecimiento, aunque no pueden negarse los logros de la política de Abe y del Banco Central: la conocida como “Abenomics”. No obstante, 25 años después de que el PLD comenzara a escindirse, sigue sin existir un sistema ordenado de partidos. Los socialistas virtualmente desaparecieron, pero los liberales han tenido como oposición desde entonces una sucesión de fuerzas con distintos niveles de representación parlamentaria; partidos que cambian con frecuencia de nombre y de líderes, sin que sus programas sean realmente distinguibles de los del PLD. Quizá ello explique el desencanto popular: la participación en las últimas elecciones generales, en diciembre de 2014, registró la cifra más baja desde la segunda posguerra mundial (un 52 por cien). Aunque es una incógnita si el 22 de octubre se confirmará esta misma tendencia, la dinámica partidista no alterará en lo fundamental, sin embargo, la estabilidad de la primera democracia no occidental, y tercera mayor economía del mundo.