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El pequeño gran poder de Hong Kong. Nieves C. Pérez Rodríguez

Con tan sólo 1.104 kilómetros cuadrados de territorio y una población que supera los 7 millones de habitantes, Hong Kong es una de los territorios más poblados del planeta. Con una historia particular y una influencia británica que sigue muy arraigada, este territorio tiene su propia moneda y un sistema de gobierno que funciona paralelamente al de Beijing, aunque siempre reconociéndose como parte de la China continental.

Es, además, uno de los centros financieros y portuarios más grandes del mundo. El gobierno hongkonés entiende que tiene un rol clave en el desarrollo tecnológico y en el posicionamiento económico internacional, explicó el Dr. John Chai, director de Fook Tin Group Holding Limited.

Por eso, el presupuesto para innovación y tecnología de Hong Kong es de 6.500 millones de dólares, que dividen en 3 grandes áreas: 1. robótica y avances médicos 2. modernización de centros de investigación ya existentes y 3. creación de un tercer centro de ciencias en Hong Kong, que ocupará un 1 kilómetro de su territorio. Esta enorme cantidad refleja la importancia que tiene este sector para esta región tan pequeña.

4Asia tuvo acceso a un encuentro que organizó el Atlantic Council sobre las innovaciones económicas del siglo XXI entre Estados Unidos, Hong Kong y China. Con un panel compuesto por el secretario de Comercio y Desarrollo Económico de Hong Kong, Edward Yae, analistas, académicos y el presidente de GoGoVan (el Uber de las mercancías y cargas que opera en China, Corea del Sur, Taiwan, India y cuyo sede principal se encuentra en Hong Kong), se plantearon análisis profundos sobre las posibilidades y los retos de la tecnología y su avance, con especial énfasis en el territorio de administración especial chino, Hong Kong.

Hasta ahora, Estados Unidos ha sido el líder en tecnología del mundo. Después de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno impulsó el desarrollo en innovación y Silicon Valley ha sido un ejemplo para el mundo de los avances punteros. Sin embargo, Samuel Klein, encargado de estudiar e investigar los avances e innovaciones en el mundo para el Atlantic Council, ha afirmado que Silicon Valley ya no es exclusivamente el lugar donde se desarrollan las últimas tecnologías. Explica que dentro del territorio estadounidense se encuentran otros centros de investigación como el de la Universidad de Madison, la Universidad Boulder de Colorado y la Universidad de Austin en Texas que ahora encabezan esa lista, aunque de momento siguen por detrás de Silicon Valley en California, pero con grandes posibilidades de que cambie en cualquier momento.

En cuanto a China, Shangai y Beijing están mostrando indicios de que se convertirán en los futuros centros tecnológicos del mundo, apunta Klein, pues cuentan con el apoyo financiero del gobierno chino para impulsar la investigación y desarrollo de proyectos, juntos con las incubadoras y aceleradoras tecnológicas.  Sin embargo, insiste en que se debe destacar que la investigación demuestra que la educación china no tiene la calidad de otros países desarrollados, y que eso puede ser un freno y que estos potenciales centros de innovación retrasen su gran explosión. Otra desventaja señalada por Klein es que el gigante asiático tiene una concepción distinta de innovación a la que se tiene en occidente, pues su foco sigue estando en copiar lo que ya ha sido creado por otros países, y hacer una versión propia, más que crear algo novedoso.

Por ejemplo, China se considera el país con el sistema de vías férreas y trenes más moderno del mundo, con unos 30.000 kilómetros de vías, pero lo cierto es que esa tecnología viene de Francia y Japón, en vez de haber sido creada allí.

Edward Yae afirmó que “Hong Kong es una realidad única, es un puente entre China y Occidente, somos miembros de la Organización Mundial del Comercio, vivimos para el comercio y, aunque pequeños, somos un jugador significativo en el mundo”.  Con gran acierto explicó que el libre comercio no es exactamente gratis, ni siquiera para Hong Kong, donde su práctica está profundamente extendida, y así lo entienden todas las naciones que lo practican. Cada país o región es más competitiva en un área que en otra; por lo tanto, se entiende que se va a ganar en esas áreas donde se es más competitivo, y a perder en las que no se es tan competitivo. Para ello se pueden usar los impuestos, como lo ha hecho Hong Kong reduciéndolos a la mitad para incentivar el comercio y atraer empresas extranjeras.

A día de hoy Estados Unidos sigue encabezando la lista de nación más tecnológica, pero regiones como Hong Kong están pisándole los talones y ofreciendo facilidades para el desarrollo de estas innovaciones, un buen ejemplo es el Robot Sophia, cuya inteligencia artificial es capaz de reconocer expresiones faciales, tal y como afirmó Steven Lam “Sophia solía vivir en Silicon Valley, ahora es inmigrante legal en Hong Kong y eso es una prueba de este cambio”.

Para las empresas que desarrollan tecnologías, ubicarse en Hong Kong, además de contar con el apoyo e incentivos del gobierno local, significa también bajar sus costes de operaciones.

La hegemonía hoy no sólo se refleja a través del poderío militar, en la nueva realidad donde la tecnología marca la pauta. El liderazgo se lo llevará el que dé facilidades en su territorio para establecerse, incentivos a la investigación y acceso al libre comercio. (Foto: Stefano Ravalli, Flickr.com)

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Veinte años de la crisis asiática (y 3). El efecto mariposa. Miguel Ors Villarejo

El Museo Siam de Bangkok ha dedicado este año una exposición al aniversario de la crisis asiática. Aparte de fotografías y gráficos con la cotización del baht, el visitante podía contemplar “objetos que condensan el sufrimiento de los ciudadanos corrientes”, cuenta la agencia AP: “la estatua del Buda a la que un hombre de negocios confesó lo que no se atrevía a decir a su familia: que se había arruinado. O el teléfono por el que una mujer se enteró de que su jefe se había quitado la vida”. Algunos estudios cifran en 10.400 los suicidios adicionales que se produjeron en 1998 solo en Japón, Corea del Sur y Hong Kong.

La muestra se subtituló “Lecciones (no) aprendidas” y a The Economist le parece con razón “injusto”, porque las víctimas de la catástrofe se saben hoy muchas cosas “de memoria”. “Con la excepción de Hong Kong”, dice la revista, “no confían en una paridad fija con el dólar para controlar la inflación”. También son mucho más sensibles a los desequilibrios exteriores. “Tailandia arroja hoy un superávit del 11% en su balanza por cuenta corriente”.

Los tigres no son los únicos que han extraído enseñanzas. El FMI también se vio obligado a revisar su manual de primeros auxilios. Sus remedios nunca han sido muy populares, pero en 1997 imponía unas condiciones tan draconianas para acceder a sus préstamos contingentes, que Malasia rompió las negociaciones y decidió salir por libre del atolladero. En abierto desafío con el catecismo liberal vigente, impuso controles de capitales, aumentó el gasto público y rescató empresas y bancos. “El establishment académico auguró el colapso inevitable de la economía malaya”, recuerda Martin Khor, director del think tank South Centre. “Pero sorprendentemente se repuso incluso más deprisa y con menos pérdidas que otros países. Hoy las medidas [de Kuala Lumpur] se consideran una eficaz estrategia anticrisis”. Tuvimos ocasión de apreciarlo en 2007 y 2008, cuando Estados Unidos no dudó en nacionalizar su industria del motor y el G20 auspició un plan de estímulo para relanzar la actividad mundial.

Al final y a pesar de los anuncios apocalípticos de la izquierda, el capitalismo sobreviviría a aquel verano de 1997. “Los tigres se recuperaron antes de lo previsto”, reconoce el presidente del Banco de Desarrollo Asiático, Takehiko Nakao, y una vez saneados han retomado un vigoroso crecimiento.

Pero sería una ingenuidad incurrir en un optimismo de signo opuesto. En el azul firmamento capitalista los horizontes nunca están del todo despejados. Primero, porque la flotación de la moneda no es un remedio infalible. Todos (en Asia, en Europa o en América) estamos supeditados a las decisiones de la Reserva Federal. Cada vez que sube o baja tipos, altera la rentabilidad relativa de los activos y ocasiona movimientos de capitales que pueden hacer mucho daño.

Y segundo, porque se engaña quien crea que las crisis son consecuencia de la ineptitud (o la venalidad) de los responsables políticos y económicos, y que otros más perspicaces (u honestos) podrán evitarlas en el futuro. La seguridad absoluta no existe. El matemático John Allen Paulos relata el experimento de tres investigadores que emularon un negocio de elaboración y venta de cerveza, “con fábricas, mayoristas y minoristas, todo de pega. Introdujeron regulaciones verosímiles sobre pedidos, plazos y existencias, y pidieron a directivos, empleados y otras personas que […] jugaran como si todo fuera serio”. No tardaron en detectar “variaciones imprevistas”, “graves retrasos en el cumplimiento de los pedidos” y “una sensibilidad extrema a cualquier pequeño cambio”.

Es lo que predice la teoría del caos. En todo sistema dinámico (como la bolsa o la atmósfera) una alteración minúscula en las condiciones de partida puede dar lugar a escenarios diametralmente opuestos. “El lector de prensa”, aconseja Paulos, “debería ser muy cauto ante […] las crónicas que señalan causas únicas” para situaciones complejas, como las recesiones, porque están sujetas a fuerzas que las hacen “poco predecibles”. El aleteo de una mariposa en China puede determinar que, meses después, en Florida reine la calma o ruja un huracán. Y el hasta entonces irrelevante déficit exterior de un país del Lejano Oriente puede desatar el pánico en las finanzas planetarias.

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Veinte años de la crisis asiática (2). El fin del mito. Miguel Ors Villarejo

A principios de los 90, la admiración ante el milagro asiático empezó a mutar en una difusa inquietud. La idea de que, una vez derrotada la Unión Soviética, Occidente se enfrentaba a un rival mucho más temible (una generación de regímenes que aunaban la eficacia económica del capitalismo y la determinación política de las autocracias) dio pie a abundantes artículos y a algún superventas y, aunque apenas tuvo repercusión en la literatura académica seria, alentó una malsana y peligrosa soberbia entre los propios tigres. De algún modo, llegaron a considerarse al margen de las reglas por las que nos gobernábamos el resto de los mortales y, cuando empezaron a acumular abultados déficits en sus balanzas por cuenta corriente, no tomaron medidas.

La teoría canónica sostiene que esos números rojos constituyen una deuda que en algún momento habrá que liquidar, con la merma subsiguiente de la riqueza nacional. Pero el capitalismo confuciano era diferente. Su galopante ritmo de desarrollo era la manifestación de un sistema mucho más productivo. Cuando los acreedores aporrearan la puerta, pensaban, les bastaría con forzar un poco la máquina para atender los pagos, sin que la velocidad de crucero se resintiera.

El problema es que aquel galopante ritmo de desarrollo no era el fruto de una mayor productividad. En 1994, los profesores de la Universidad de Stanford Lawrence Lau y Jong-il Kim publicaron un estudio en el que se desmenuzaba el crecimiento de Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán y se concluía que no tenía nada de milagroso. Se debía a “la acumulación de capital”. Era un proceso similar al que había impulsado Stalin en la URSS: coges a millones de campesinos improductivos, les das tractores a unos pocos, pones al resto a trabajar en la industria e inevitablemente el PIB se te dispara.

Como contaría meses después en Foreign Affairs Paul Krugman, “es probable que el crecimiento del sureste asiático prosiga en la próxima década a un ritmo superior al occidental […]. Pero no lo hará al de los últimos años. […] Las nuevas naciones industriales del Pacífico han recogido el fruto de una excepcional movilización de factores, tal y como prevé la teoría económica más aburrida y convencional”.

Los análisis de Lau, Kim y Krugman sentaron como el típico comentario fácil y grosero en una reunión de ambiente sano y juvenil, pero se revelaron trágicamente proféticos poco después. En 1996 Tailandia cerró con un déficit del 8% en su balanza de pagos y muchos inversores empezaron a salir del país. No se fiaban del todo de las teorizaciones sobre el capitalismo confuciano. Igual eran ciertas y estaban pecando de timoratos, pero pensaron: “Que lo compruebe otro con su dinero”.

Esta retirada inicial obligó a las autoridades a salir en defensa de la paridad fija. Además de comprar resueltamente bahts, elevaron la rentabilidad que ofrecían por sus activos en un intento desesperado por invertir el flujo de capitales. Pero la subida de tipos frenó la actividad y, si ya era cuestionable que Bangkok pudiera hacer frente a sus compromisos incluso creciendo el 6%, el estancamiento lo volvía imposible. El pánico se adueñó de los inversores, la retirada se convirtió en una estampida y, finalmente, el 2 de julio de 1997, el Gobierno levantó la bandera blanca y anunció que dejaría flotar su moneda. En los días siguientes, el baht se desplomó y fue tumbando como un dominó al peso filipino, el won surcoreano, la rupia indonesia, el dólar de Singapur…

Estas devaluaciones tendrían duras consecuencias. Para empezar, los ciudadanos se encontraron con que de la noche a la mañana muchos artículos importados se habían vuelto inasequibles. Pero es que, además, los bancos debían pagar deudas contraídas en dólares con divisas que en algún caso no valían ni la mitad: estaban quebrados.

El efecto combinado del colapso del sistema financiero y la menor capacidad de compra de las familias fue el hundimiento del consumo, la inversión y el empleo. Una depresión en toda la regla.

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Veinte años de la crisis asiática (1): La victoria de la izquierda. Miguel Ors Villarejo

 Cuando el 2 de julio de 1997 el Gobierno tailandés anunció que renunciaba a la paridad fija con el dólar porque se había quedado sin reservas para defenderla, la izquierda mundial no pudo ahogar un bufido de satisfacción. Desde que casi una década atrás el muro de Berlín se viniera estrepitosamente abajo y dejara a la vista la siniestra verdad del paraíso comunista, la progresía había permanecido discretamente callada. La superioridad del capitalismo era patente y, en combinación con la democracia liberal, parecía efectivamente la estación final de la historia.

En la primera mitad de los años 90 aún se registraron turbulencias en México, Brasil o Argentina, pero los expertos las atribuían a la ineptitud y/o corrupción de sus élites. Ni Tailandia ni sus vecinos (Singapur, Corea del Sur, Filipinas, Malasia, Indonesia, Taiwán, Hong Kong) tenían nada que temer, porque su comportamiento era (en términos macroeconómicos) impecable. “A diferencia de los manirrotos latinoamericanos”, escribe The Economist, “presentaban elevadas tasas de ahorro y superávits en sus cuentas públicas”. Tailandia había cerrado 1996 con una deuda que no alcanzaba ni el 5% del PIB. ¿Por qué los mercados se ensañaron unos meses después con estos alumnos aventajados del Fondo Monetario Internacional?

Para Peter F. Bell, un profesor de la Universidad Estatal de Nueva York, la razón estaba clara. “El milagro asiático fue el fruto de una peculiar y necesariamente efímera coyuntura de las fuerzas de clase planetarias, en la que los capitales de Occidente y Japón pudieron dominar políticamente y explotar económicamente los relativamente bajos salarios asiáticos”. Mientras estos se mantuvieron en niveles compatibles con unos beneficios empresariales abundantes, los inversores se dedicaron a “la extracción de plusvalías en la industria exportadora”. Pero la concienciación del proletariado local hizo cada vez más complicado este expolio. Los sindicatos presionaron para mejorar las remuneraciones y, al caer la rentabilidad de las manufacturas, el dinero se refugió en el sector inmobiliario. Ahí infló una espectacular burbuja y, cuando esta reventó, huyó dejando tras de sí un reguero de quiebras, desempleo y miseria. “El PIB [de la región]”, escribe Barry Sterland, “pasó de crecer el 7% en los ejercicios anteriores a contraerse el 7% en 1998. En el caso de Indonesia, el declive fue del 13%”.

Bell publicó su análisis en 2001, cuando todavía humeaban los escombros de aquel pavoroso espectáculo. Si disfrutara como nosotros de una perspectiva más amplia, difícilmente podría afirmar (aunque con los marxistas nunca se sabe) que unos salarios elevados son incompatibles con “la extracción de plusvalías”. Porque, una vez encajado el brutal golpe, los tigres hincaron una rodilla en el suelo, tomaron aire, se irguieron y, en las dos últimas décadas, han experimentado un intenso ritmo de actividad. El capital mundial continúa explotando a los tailandeses a pesar de que su renta per cápita, que rondaba los 3.800 dólares en 1997, alcanzó los 5.900 el año pasado, un 55% más. En Corea del Sur el progreso ha sido aún más llamativo: de los 13.000 dólares de 1997 han pasado a los 25.500, un 96% más. ¿Por qué los aviesos inversores no dan la espalda a unos trabajadores que en algún caso están mejor pagados que los europeos?

Es verdad que, en igualdad de condiciones, el empresario preferirá producir allí donde menos cueste la mano de obra, pero la igualdad de condiciones nunca se da. “Las naciones ricas son ricas porque están bien organizadas y las pobres son pobres porque no lo están”, explica The Economist. “El obrero de una planta de Nigeria es menos eficiente de lo que podría serlo en Nueva Zelanda porque la sociedad que lo rodea es disfuncional: la luz se corta, las piezas de recambio no llegan a tiempo y los gerentes están ocupados peleándose con burócratas corruptos”.

“A mediados de los años 70”, abunda el Nobel Paul Krugman, “el trabajo barato no era argumento suficiente para permitir que un país en vías de desarrollo compitiera en el negocio de las manufacturas internacionales. Las sólidas ventajas del Primer Mundo (sus infraestructuras y capacidades técnicas, el superior tamaño de sus mercados y la proximidad a proveedores clave, su estabilidad política y las sutiles pero cruciales adaptaciones sociales que permiten el correcto desempeño de una economía) más que compensaban diferencias en los sueldos de 10 y hasta 20 veces”.

“Entonces”, continúa Krugman, “algo cambió. Una combinación de factores que aún no entendemos del todo (rebajas arancelarias, desarrollo de las telecomunicaciones, abaratamiento del transporte aéreo) redujo los inconvenientes de fabricar [en Asia]” y países “que se habían dedicado previamente al cultivo de café y yute empezaron a coser camisetas y zapatillas deportivas”.

A diferencia de las autoridades latinoamericanas, las del Lejano Oriente se dieron cuenta en seguida de que a aquellos patronos extranjeros (en su mayoría grandes multinacionales) no podía dejárseles campar a sus anchas, pero en lugar de ponerles encima un burócrata que inevitablemente acababa siendo capturado, lo organizaron de modo que se vigilaran entre sí mediante una saludable competencia. Esta fue la primera clave del milagro asiático. Al obligar a las diferentes marcas a pelear para quedarse con los empleados más productivos, los salarios empezaron a subir y, al cabo de una década, se habían acercado “a lo que un adolescente americano gana en un McDonald’s”, dice Krugman.

La otra explicación del milagro asiático fue la estabilidad. Para granjearse la confianza del capital foráneo, se adoptó una política de gasto muy conservadora: todos los presupuestos se saldaban con superávit y la deuda era prácticamente inexistente. Además, para minimizar el riesgo cambiario y de inflación, se estableció una paridad fija con el dólar. El Gobierno se ataba al mástil de la política monetaria de la Reserva Federal, con lo que cualquier hombre de negocios tenía la tranquilidad de que sus beneficios no se verían diluidos por la depreciación de la divisa local o una devaluación súbita, como era habitual en las repúblicas bananeras.

Esta combinación de bajos costes laborales, libertad de mercado y ortodoxia macroeconómica puso en marcha un círculo virtuoso de inversión, empleo, producción, exportación e inversión de nuevo que permitió a los tigres completar en unas décadas un proceso de enriquecimiento que en Occidente había llevado siglos.

Este éxito cuestionó la tesis entonces dominante sobre la indisolubilidad del matrimonio entre economía de mercado y democracia liberal e incluso se teorizó que Oriente había alumbrado una modalidad distinta y más poderosa de capitalismo, que algunos bautizaron pomposamente como confuciano.

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El test de Hong Kong

La elección de Carrie Lam al frente del Gobierno de Hong Kong, en una elección indirecta criticada por los demandantes de una democracia a la europea pero más participativa que en China, ha sido un nuevo éxito del Gobierno de Pekín, que quería en ese puesto a una persona con buenas relaciones con la República Popular, dispuesta a entenderse con sus dirigentes y alejada de planteamientos independentistas o de enfrentamiento con la política china.

China necesitaba este triunfo para que no se le abra otro frente en la delicada situación regional. Para los dirigentes chinos no se trata tanto de tener en el Gobierno de la ex colonia británica a una partidaria suya, cuanto de tener a alguien que dé estabilidad a las relaciones y garantice una paz social que ha pasado por momentos complicados en los últimos años. Hong Kong, por su historia, por su política, por su posición geoestratégica y por su potencia comercial es una pieza clave en el tablero del Pacífico y tiene una sociedad que ha vivido durante muchas décadas con un nivel de libertades económicas y políticas inexistentes en China.

La señora Lam, una política experimentada, tendrá que negociar ahora la política económica de Hong Kong, con autonomía para definir acciones propias en este terreno, y una reforma política demandada por los habitantes de la ex colonia que contente a todos y que sea asumible por China. No es una tarea fácil, pero eso es lo que se espera de ella, porque no sólo China, sino prácticamente todos, apuestan por una estabilidad que no añada problemas a los ya existentes en la zona.

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¿Quo Vadis, Hong Kong?

Insultando a China en su toma de posesión como diputados del Consejo Legislativo de Hong Kong, Sixtus Baggio Leung Chung-Hang y Yau Wai-Ching, del partido Youngspiration, han provocado mucho más que su expulsión del parlamento y la consiguiente paralización del Consejo Legislativo.

Con este último incidente proindependentista y la reacción de la China continental (la Asamblea Nacional Popular de Pekín prohibió a los dos diputados electos volver a jurar el cargo), la excolonia británica se adentra en una compleja situación, bloqueada políticamente hasta las elecciones a Jefe Ejecutivo de la ciudad del próximo 26 de marzo y con la creciente presión del gobierno de Pekín, dispuesto a abortar cualquier amago de separatismo, una de las líneas rojas de la República Popular China, temerosa de un contagio en Taiwán, Xinjiang o Tíbet.

La (aparentemente) insólita intervención del gobierno de la República Popular en la vida judicial de la ciudad es solo el último eslabón de una calculada estrategia para ir despojando a la ciudad del status especial que había mantenido desde su retrocesión por parte del Reino Unido en 1997. Desde entonces, la llegada de ciudadanos de la China continental, bien alentada o bien permitida por esta, ha provocado un paulatino deterioro de las condiciones de vida de la ciudad en diferentes áreas como sanidad, educación, precio de la vivienda y, sobre todo, en el sector financiero, tradicional motor económico de Hong Kong. Aquí, China ha centrado sus esfuerzos en desarrollar económicamente otras ciudades como Shanghai, Shenzen o Guangzhou, con lo que la excolonia ha pasado de ser la puerta de acceso de China al mundo comercial y financiero global, a una de las ciudades con el reparto de la riqueza más desigual del país, sin industria ni empresas de alta tecnología, y como se ha visto, con su preeminencia financiera muy mermada.

De este modo, Pekín está mirando ya a la integración definitiva de Hong Kong en China, prevista para 2047, 50 años después de la devolución de la colonia y de aceptar para esta una amplia autonomía judicial, política, financiera y legal y de libertad de expresión; y lo hace tratando de poner la venda antes de la herida, recortando poco a poco los privilegios de la ciudad con un progresivo control de la vida política, con la compra a través de empresas afines de los principales medios de comunicación, e igualando el nivel de vida de la ciudad, el más alto de la República Popular en el momento de la retrocesión, con el del resto del país. Probablemente, Pekín piensa que una Hong Kong más parecida al resto de China será una Hong Kong menos problemática y sobre todo, dejará de ser un espejo en el que el continente quiera mirarse en términos de democracia.

Queda por ver la aceptación de esta estrategia por parte de los propios hongkoneses, que como ya demostraron en septiembre de 2014 con el movimiento Occupy Central (la conocida como Revolución de los Paraguas) no están dispuestos a aceptar recortes en sus privilegios democráticos, por lo que la estrategia de una paulatina mayor injerencia de Pekín en los asuntos de Hong Kong para tener más control en la excolonia podría paradójicamente, provocar mayor inestabilidad, desequilibrio y sentimiento independentista.