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Kalashnikov

Putin saca el pabellón

Rusia ha anunciado oficialmente, hace unos días, el despliegue de su más moderno sistema antimisiles y de intercepción de aviones y drones, el S-400, en Vladivostok, en el extremo oriental del país y a sólo 130 kilómetros de la frontera con Corea del Norte. El regimiento de defensa aérea 1533, que opera en la ciudad sobre la costa del Mar del Japón, estaba previamente armado con los S-300, pero este año su equipo fue actualizado.

El paso dado por Moscú no es casual ni inocente. Rusia está actuando en muchos frentes a la vez en su estrategia de posicionarse otra vez como segunda potencia mundial y tiene en Oriente Próximo y Europa sus principales escenarios estratégicos. En el primer caso, Putin está triunfando consolidando a sus aliados, aumentado su presencia política y militar y apareciendo como “pacificador” de referencia, sobre todo ante la cadena de errores y ausencias de Estados Unidos.

El segundo escenario es más complicado para Moscú. A pesar de su victoria en Crimea y su permanencia militar en el este de Ucrania, no ha alcanzado sus objetivos de conseguir que la OTAN de pasos atrás en sus propósitos de integrar a ex aliados de la Unión Soviética. Y la presión rusa, de momento indirecta, sobre las repúblicas bálticas ha sido respondida con un despliegue militar disuasorio de los aliados occidentales.

¿Y en el Pacífico? El gran protagonista del escenario es China, que lleva años desarrollando una estrategia de reforzar su presencia en todos los terrenos. No es una presencia eludible ni desplazable y Estados Unidos parece haber renunciado a intentarlo. Rusia, de perfil, ha venido reforzando sus lazos con China, pero no puede quedar definitivamente fuera de juego en la zona. Eso explica el doble juego de Putin de proponer conversaciones y desplegar un sistema antimisiles mientras critica las provocaciones de Trump por hacer exactamente lo mismo.

Espiral

¿Pero qué pasa con el mundo? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- En los últimos días parece que se han soltado a los jinetes del apocalipsis. Por un lado los tremendos huracanes que han golpeado sin piedad a las islas del Caribe, las costas de Florida y los múltiples terremotos que han azotado a México; por otro el presidente Trump que aparece en el foro internacional que ha mantenido la paz relativa en el planeta durante más de medio siglo afirmando sin ninguna delicadeza que su prioridad es y será América primero, dejando por el suelo la esencia de Naciones Unidas y menospreciando su trayectoria y los logros en la estabilidad del mundo. Y, por si fuera poco, rematando su discurso con la amenaza de la destrucción total de Corea del Norte.

Si el discurso de Trump sorprende, la respuesta a éste tampoco deja a nadie inadvertido. Kim Jong-un afirma que “domará con fuego al viejo chiocho estadounidense mentalmente desquiciado”. Lo que en otras palabras viene a ser lanzamiento de más misiles, que si además tomamos las declaraciones hechas por el ministro de exteriores norcoreano se podría deducir que se están refiriendo a probar la bomba nuclear más potente sobre el Pacífico, lo que podría tener consecuencias fatales para la zona y los aliados estadounidenses en la región. Pero, además, Pyongyang podría estar intentando replicar lo que hizo China en la década de los 60 para demostrar su capacidad nuclear con una detonación atmosférica de un arma atómica, lo que le otorgó a China el reconocimiento de un estado nuclear.

La nueva dinámica de la diplomacia estadounidense es inédita. Mientras el presidente no modera su vocabulario con el uso de “hombre cohete” u “hombre loco” para definir a Kim Jong-un, bien sea en su cuenta de twitter o en sus discursos; el secretario de Estado Tillerson intenta normalizar la situación a través de reuniones privadas. Mientras, Nikki Haley, embajadora estadounidense ante la ONU, aumenta su zona de influencia en la diplomacia internacional y con un tono más regio ha ido dando pasos importantes, como las ultimas sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad en contra de Corea del Norte, las más severas hasta ahora, que otra vez contaron con el apoyo de China y Rusia.

Este paquete de sanciones prohíbe una serie de exportaciones norcoreanas, incluido textiles, carbón y mariscos, lo cual tiene el objetivo de eliminar un tercio de los ingresos por exportaciones del país. Las estimaciones indican que Corea del Norte exporta alrededor de 3.000 millones dólares en bienes cada año, y que las sanciones podrían eliminar 1.000 millones de dólares de ese comercio. Además, limita a 500.000 barriles de derivados del petróleo a partir de octubre y hasta 2 millones de barriles al año, de acuerdo a documentos oficiales de Naciones Unidas.

En lo que hay unanimidad es en el inminente peligro de Corea del Norte y sus juegos nucleares, que con cada prueba afina su capacidad atómica. Finalmente, las grandes potencias están alineadas para castigar el arbitrario comportamiento de Pyongyang y vigilar si el compromiso de China es total. Por primera vez, Kim Jung-un podría encontrarse en una situación de aislamiento absoluto y sin proveedor que satisfaga sus necesidades.

La paciencia parece agotarse en este lado del planeta. La noche del sábado sobrevolaron la zona desmilitarizada entre las dos Coreas bombarderos estadounidenses, otro aviso de Washington a Pyongyang, que de acuerdo al Pentágono “es un claro mensaje de que el presidente tiene muchas opciones militares para derrotar cualquier amenaza”. En pocas palabras, que están listos para atacar.

Finish

¿Está China lista para relevar a Estados Unidos? Miguel Ors Villarejo

Cuando arrancó el actual milenio, el PIB chino apenas suponía un 12% del estadounidense. Hoy es el primero del planeta. En tres lustros escasos ha acabado con siglo y medio de supremacía americana. Esta fulgurante expansión, que prosigue a tasas cercanas al 7%, ha ido acompañada por sendos incrementos del gasto militar y de la autoestima, y han animado a Pekín a reclamar la soberanía de prácticamente cualquier islote en disputa del Pacífico.

Por su parte, India crece aún más deprisa que China y, si a estos dos colosos se les suma Japón, es difícil no concluir que la Tierra bascula hacia el este. “El secular dominio occidental del mundo de los negocios toca a su fin”, escribe Gideon Rachman en Easternization: Asia’s Rise and America’s Decline from Obama to Trump and Beyond.

Este relevo no sería solo producto de la pujanza oriental, sino de nuestro declive. Mientras Europa lidia con el brexit y los populismos, las rencillas internas paralizan la OTAN y Estados Unidos sigue embarrancado en las interminables campañas de Irak y Afganistán. Tampoco es de gran ayuda la reluctancia occidental a invertir en armas. Rachman observa que incluso una potencia bélica como Reino Unido ha recortado tanto su presupuesto de defensa que todo su ejército cabe ahora en el estadio de Wembley, y aún sobran 16.000 asientos.

La acción combinada de estas tendencias alumbra un escenario poco halagüeño para Occidente y, aunque en la reseña que dedica Jessica Mathews al libro de Rachman en la New York Review of Books admite que su exposición de los hechos es impecable, cuestiona que vaya a traducirse “en una mayor influencia de las naciones asiáticas”.

Para empezar, el Este no forma un bloque homogéneo, ni siquiera bien avenido. “No hay un Oriente comparable a Occidente”, argumenta Mathews. “Aunque la región ha avanzado en la integración comercial, sigue dividida por los conflictos, el recuerdo de viejos agravios y profundas brechas culturales”. La nómina de aliados de Pekín no es muy impresionante. Se reduce, básicamente, a Pakistán y Corea del Norte, y supone “una carga más que un alivio”

Washington cuenta, por el contrario, con el firme respaldo de Japón y Corea del Sur y, desde la presidencia de George W. Bush, ha sabido ganarse a la India. Ahora es Estados Unidos, y no Rusia, el principal proveedor de armas de Nueva Delhi.

La propia China tiene suficientes problemas en casa como para pensárselo antes de salir a buscar más fuera. La legitimidad del Partido Comunista es precaria y, aunque lograra mantener los ritmos de crecimiento del pasado, deberá hacer frente a una grave crisis demográfica cuando en los próximos años empiece a jubilarse una generación “que dispondrá para mantenerse de un hijo y una inadecuada red de seguridad social”.

Finalmente, la occidentalización no ha sido producto únicamente de la presión militar y económica. Decenas de millones de personas de todo el planeta aspiran a formar parte de un sistema político que promueve los derechos humanos, el imperio de la ley, la educación y el progreso tecnológico, y que ha levantado un entramado institucional que, con todos sus defectos, permite que Ecuador gane pleitos en la OMC o que le saquen los colores a Estados Unidos en el Consejo de Seguridad.

¿Por qué bando se decantaría toda esta gente en el caso de que tuviera que optar entre Pekín y Washington? Cada cual hará lo que le dejen llegado el momento, por supuesto, pero si el sentido de circulación de los capitales sirve para anticipar qué modelo inspira más confianza, Mathews observa que “los millonarios rusos y chinos pugnan por colocar su dinero en activos estadounidenses y pisos de Miami y Londres”.

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Semana de pasión en la Casa Blanca

Ha sido una semana muy movida, con muchos frentes abiertos para la Administración Trump. Desde que Washington bombardeó la base aérea en Siria parece que el orden global al que estábamos acostumbrados revive de entre las cenizas. El secretario de Estado Tillerson, en su visita a Moscú, dejó claro que las relaciones entre Rusia y Estados Unidos están muy tensas con la frase “las dos potencias nucleares más fuertes del mundo no pueden tener esta relación”; por un lado reconociendo abiertamente la crisis, pero por otro dejando espacio a una negociación que pasaría por eliminar del mapa político al dictador Bachar al-Ásad. Mientras tanto, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, diez miembros votaban a favor de una resolución de condena al ataque con gas químico que perpetuo el régimen sirio, como era de esperar, Rusia vetaba la resolución.

Días antes, Trump se acerca al presidente Xi Jinping con un cambio radical de actitud que dejan en el pasado sus áridas afirmaciones de la campaña electoral, e incluso de los primeros días de gobierno. Después de la visita del mandatorio asiático Trump afirmaba que había habido una buena química entre los dos y después su acostumbrado comentario desde su cuenta de twitter, nos informó de cómo, por ejemplo, le explicó a su homólogo chino que un acuerdo económico con los Estados Unidos sería mucho más provechoso para China, si Beijing soluciona el conflicto con los coreanos del norte. En otro twitter dio por sentado su gran nivel de confianza en que Beijing negociará con Pyongyang para hacerle desistir de continuar con su carrera nuclear y armamentística.

China, en su tónica habitual, trata de conciliar posiciones con un discurso disuasivo, mientras que suspende los vuelos de Air China entre Beijing y Pyongyang, como queriendo demostrarle a Trump su disposición a trabajar por una solución pacífica, a la que Trump responde enviando el portaviones Carl Vinson, mientras que Pyongyang se prepara para la celebración del nacimiento de Kim II Sung, creador de la Corea del Norte que conocemos. Varios expertos coinciden, e incluso imágenes de satélite lo indicarían, en que podrían estar preparando otro lanzamiento de un misil, e incluso que podría ser una prueba nuclear para retar a Trump, que ha amenazado con una respuesta a gran escala. Mientras, el Pentágono demuestra su disposición de respuesta con el lanzamiento la bomba “GBU-43”, o explosivo aéreo de acción masiva, en Afganistán contra el ISIS. Y, como si todo esto no fuera suficiente, para cerrar la semana de tensión, el portavoz del ejército de Corea del Norte declaró que están preparados para frustrar cualquier movimiento militar, económico o político hostil y “provocador” del gobierno de Trump de una forma despiadada que no les permitirán a los agresores sobrevivir.

Otra variante de la política exterior estadounidense es su nuevo tono en la relación a la OTAN, con la visita del secretario general Jens Stoltenberg. El presidente Trump le quitó el apelativo de  obsoleta a la OTAN, además de definirla como un baluarte de paz y seguridad, a la vez que se comprometió en mantener su relación y compromiso con la misma. Sin embargo, aprovechó la ocasión, una vez más, para recordarles a los países miembros que deben asumir una mayor responsabilidad económica aumentando sus gastos en defensa.

La situación interna en la Casa Blanca es descrita por algunos como una especie de batalla campal en la que los asesores del presidente presionan para que sus líneas de pensamiento sean tomadas en cuenta por Trump y puestas en práctica. Puede ser esta la razón por la que Ivanka, la primogénita y más cercana al líder, decidiera hacerse con un despacho al lado de la oficina oval, aumentando su grado de influencia. A la vez, su marido, Jared Kushner, se ha posicionado en su rol más internacional. Parece que las cosas vuelven al cauce tradicional en los primeros días de este gobierno, coincidiendo con la salida de Steve Bannon, conocido por sus posiciones radicales, su exacerbación del patriotismo e impulsor de la islamofobia, del Consejo de Seguridad Nacional. Batalla que gana el segundo consejero de seguridad de Trump, el teniente general Herbert Raymond McMaster, que sustituyó al General Flynn removido por sus implicaciones con Rusia.

Parece que entramos en una etapa de mayor coherencia de la política exterior de Trump con previas administraciones. Sin embargo, siguen existiendo muchos frentes inciertos. El Departamento de Estado, uno de los grandes olvidados de la nueva Administración, tiene pendiente la asignación de más de cuatrocientos puestos, entre cargos de carrera y de asignación política. Muchos de los diplomáticos en ejercicio se debaten entre dejar el servicio exterior o darse un tiempo que les ayude a ver hacia dónde va la nueva política exterior. Y esto, en medio de una dramática reducción del presupuesto del Departamento de Estado y las agencias de ayuda humanitaria en un tercio, a la vez que se incrementa en 54.000 millones el presupuesto para defensa. Aumento que cada vez tiene más sentido en el viraje militar – defensivo que está tomando la política exterior del gobierno de Trump.

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INTERREGNUM: Putin se cuela en Palm Beach

No parece probable que Xi pensara en Siria mientras su avión aterrizaba en Palm Beach. Alguna pequeña cesión tendría que conceder a Trump en materia comercial, y la discusión sobre Corea del Norte resultaría inevitable, especialmente tras su penúltimo lanzamiento de un misil solo horas antes. Seguramente el presidente norteamericano también querría hablar del mar de China Meridional. Pero, ¿Siria?

El bombardeo de Estados Unidos ha transformado sobre la marcha el contexto de la cumbre Trump-Xi. Aun sin esperarse grandes decisiones—Trump carece aún de una política elaborada sobre China y del equipo correspondiente; Xi tiene que evitar sorpresas antes del Congreso del Partido Comunista en otoño—este primer encuentro entre los dos principales líderes mundiales podía ser determinante de la percepción de los países asiáticos sobre el cambio de equilibrio de poder entre ambas potencias. El lanzamiento de misiles sobre Siria ha alterado, sin embargo, la agenda.

La decisión de Washington no se ha tomado sin pensar en su invitado chino—y en Corea del Norte. De un plumazo, la idea sostenida por algunos estrategas chinos de que Estados Unidos es un “tigre de papel”—expresión utilizada en su día por Mao Tse-tung—ha desaparecido del mapa. Opciones con respecto a Corea del Norte que parecían descartadas pueden cobrar nueva vida. Al mismo tiempo, Washington puede necesitar a Pekín para nuevos fines.

La evolución de los acontecimientos en Siria puede conducir, finalmente, a un consenso sobre el desafío geopolítico que representa Vladimir Putin. Más allá de su guerra híbrida contra Occidente, manipulando la información e interfiriendo en procesos políticos internos, su estrategia de ocupar los vacíos dejados por Estados Unidos quizá haya superado el punto de no retorno. El curso de la guerra siria, ha confesado Trump, le ha hecho cambiar de opinión sobre Assad, sobre Oriente Próximo y también—se entiende—sobre Putin.

Antes de nacer, ya puede darse por muerta la posibilidad de un entendimiento con el presidente ruso. Trump va a necesitar a la OTAN—que deja de ser “obsoleta”—y a la Unión Europea, pues también es una batalla por valores y principios políticos. Pero no puede encontrar mejor “aliado” que Xi, para quien la estabilidad del orden internacional es una absoluta prioridad.

Algunos analistas comparaban la cumbre Trump-Xi con el primer viaje de Nixon a Pekín, que, en 1972, supuso el principio del fin de la guerra fría. Quizá no sea casualidad que Henry Kissinger esté asesorando a la administración Trump, ni tampoco que Steve Bannon haya dejado el Consejo de Seguridad Nacional la víspera de la llegada de Xi. Mucho dependerá de la respuesta de Rusia a los misiles norteamericanos, pero, como cabía prever, los hechos empiezan a cambiar a Trump, más que Trump al mundo.

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Cambio de tono sí, ¿pero de fondo?

Washington.- Dejando a un lado la agresiva retórica a la que nos tiene acostumbrados, usando un tono mucho más moderado y sin duda conciliador se presentó Donald Trump ante el Congreso estadounidense, a sus ciudadanos y al mundo, quien mira con esperanza esta fase del presidente, que está más a tono con los discursos de los líderes occidentales y sobre todo de presidentes anteriores de esta nación. ¿Se entiende este discurso como un cambio de fondo? ¿O es tan solo un cambio de tono? ¿Hay un cambio real de la política exterior estadounidense?

El cambio de tono es muy importante, pero el fondo del discurso es en realidad la clave. Y el fondo del discurso desvela que no hay cambios sustanciales. Hubo más expresiones que no habíamos oído, como …”mi trabajo no es representar al mundo, es representar esta nación”; asumió que está gobernando un país dividido, o que el muro que separará la frontera del sur (evitando sutilmente mencionar a México) se comenzará a construir muy pronto. No mencionó a Corea del Norte, Rusia o China. Mientras, enfatizó la alianza inquebrantable con Israel a la vez que les recordaba amablemente a sus socios militares de la OTAN que deben pagar más cuotas, afirmando que ya algunos países lo están haciendo.

Este último punto, muy en consonancia con la línea de Steve Bannon, de exacerbación del patriotismo, nos recordó que los intereses de Estados Unidos estarán siempre primero en su agenda, que mantendrá su compromiso con la OTAN pero exigirá más a sus aliados. Lo cierto es que cada país miembro tiene una responsabilidad adquirida y debe responder por ella. Europa debe, incluso por sus propios intereses nacionales, ser capaz de pagar por su seguridad y financiar su defensa como parte fundamental de su política exterior.

El aumento histórico del gasto en defensa que ha propuesto, la reducción sustancial del presupuesto de ayuda internacional, y/o del Departamento de Estado, demuestran un cambio muy importante en lo que será la política exterior estadounidense. Con 58 billones de dólares para la defensa, que representa un aumento del 10%, el presidente Trump deja claro que fortalecerse internamente es una de sus prioridades y cumple con su promesa electoral de mantener a los Estados Unidos seguro. Ha puntualizado que habrá una partida para los veteranos de guerra, otra para la modernización de equipos y armamentos, y podríamos asumir que la mención que hizo al terrorismo islámico radical, en la que de acuerdo a sus propias palabras “los perseguirá hasta acabar con ellos”, indica que este plan estará contemplado dentro de este presupuesto. Confiamos en que otra partida será destinada a las zonas en conflictos en las que los estadounidenses siguen presentes y en donde cabe destacar que la gestión post-guerra ha sido nefasta. Aunque esa culpa sea de Obama, la ha heredado el actual presidente y está en obligación de asumirla.

La reducción de los presupuestos del Departamento de Estado y de las ayudas internacionales puede causar un efecto muy negativo para la diplomacia. Menos dinero significa menos presencia, menos diplomáticos, menos funcionarios estadounidenses por el mundo, que hacen un trabajo de apertura de diálogos y de influencia regional, y permiten a Washington mantenerse conectado y presente en el mundo. Son los diplomáticos los que previenen conflictos, enfrentamientos, y guerras. Paralelamente los programas de ayuda humanitaria, críticos en países muy pobres, en países devastados, son también los que ayudan a estas naciones a una transición a la esperanza, como fue el Plan Marshall en Europa en su momento. Incluso pueden servir para frenar la penetración de radicalismos en época de desolación y angustia social. Claramente su rol es diametralmente opuesto al que harían los soldados sobre el terrero.

Si el tono “presidencial” se debió al uso del teleprónter, y la ausencia de improvisación, que normalmente lo lleva a terrenos pantanosos de los que no puede salir ileso, por el bien de todos esperemos que siga haciendo uso de este sistema. Míster Trump aprovechó sus 60 minutos para alimentar su ego con cada ovación, con cada una de las veces que los presentes se levantaron para aprobar efusivamente sus planteamientos y con cada aplauso su satisfacción era visible. Todo esto, sumado a los comentarios positivos hechos por la prensa, que él mismo ha convertido en su más acérrimo enemigo, podría ayudar a un cambio de postura permanente de este nuevo líder, quien quizás prefiera ser criticado con guantes de seda y alabado por su comportamiento más apropiado. No olvidemos que así fue como vivió su vida antes de entrar al mundo político.

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El factor Trump