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Europa, cumbre a cumbre

Dos cumbres europeas en la última semana, en Varsovia y Munich, han marcado el terreno de los límites de la política exterior de la Unión Europea, la alianza trasatlántica con Estados Unidos y la recomposición estratégica de Asia Central y Oriente Próximo. Dos cumbres de importancia que no deben quedar fuera de la lupa de los observadores de la escena internacional.

Por un lado, en Varsovia, se ha evidenciado un cambio de enorme profundidad y relevancia en la política exterior de países árabes como los Emiratos y Arabia Saudí que es la aceptación cada vez más clara, pasando del secreto a la discreción y haciendo ya los primeros actos públicos, de Israel como Estado y de acercamiento entre sus políticas exteriores. Este cambio, catalizado por los avances de Irán, que amenazan tanto a Israel como al Islam sunní y a los países que lo sustentan, puede provocar una recomposición de alianzas en toda la región, sin olvidar la alianza discreta de Egipto con Israel en asuntos de seguridad frente a un terrorismo, paradójicamente sunní pero alentado por Irán, que desafía a ambas naciones.

La prueba de lo que este cambio significa está en las reacciones de Hamás (sunníes palestinos con apoyo financiero de Irán) y de Hizbullah (chíies libaneses con apoyo financiero y militar de Irán, desplegados también en Siria en apoyo de Al-Assad) que han denunciado la “debilidad” de países árabes al aceptar “al sionismo”.

Y la otra cumbre, en Munich, específicamente convocada para hablar de seguridad y con asistencia protagonista de Estados Unidos, ha sentido los ecos de Varsovia y el protagonismo iraní. Trump defiende que la UE se alinee claramente con Estados Unidos y rompa el acuerdo que el propio Obama firmó con Teherán sobre la contención nuclear. Esto, que es una proyección del acercamiento árabe israelí y un deseo de aislamiento de Irán, es rechazado por Alemania que ha sugerido una propuesta a China para que se sume al acuerdo actual.

Europa necesita una política exterior propia sin poner en riesgo las relaciones con Estados Unidos. Y esto es lo que no acaba diseñarse por la diferencia de intereses nacionales, viejos prejuicios, los errores proteccionistas de Trump y la presión de Putin en el Báltico intentando abrir más las contracciones entre Bruselas y Washington. Pero es indudable que la UE ha puesto el asunto en su agenda, lo cual es ya un avance.

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INTERREGNUM. Dilemas nucleares en Asia. Fernando Delage

A principios de mes, Estados Unidos anunció de manera oficial su retirada del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Medio (INF en sus siglas en inglés). Firmado por Ronald Reagan y Mijail Gorbachov en 1987, fue uno de los elementos centrales del régimen de desarme nuclear desde la Guerra fría, y el primer pacto que prohibió una categoría completa de armamento.

Según Washington, el tratado ha dejado de ser operativo una vez que Rusia, al desarrollar un nuevo tipo de misil crucero, ha violado sus compromisos. Para Moscú, el culpable es Estados Unidos, y lo es desde que se retirara del Acuerdo de Misiles Antibalísticos en 2001. El abandono del INF—sumado al rápido avance de nuevas tecnologías (que permiten ataques cibernéticos a sistemas de mando y control nuclear, por ejemplo), y a la modernización de sus respectivas fuerzas por todas las potencias nucleares—, anticipa en cualquier caso una nueva era de inestabilidad en este terreno.

Agrave el dilema el hecho de que—más que Rusia—ha sido China el factor que en mayor medida ha conducido a la retirada norteamericana del INF. Al no ser firmante del tratado, la República Popular no ha encontrado limitaciones al despliegue en su costa—y, de manera creciente, en las islas que controla en el mar de China Meridional—de armamento de estas características, adquiriendo así una notable ventaja asimétrica con respecto a Estados Unidos en el Pacífico occidental. No suele mencionarse, sin embargo, que los negociadores norteamericanos del INF lograron la exclusión del acuerdo de los misiles basados en el mar (buques y submarinos) y en aeronaves. Sus aliados—tampoco partes del tratado—pueden asimismo desplegar misiles de este alcance en su territorio. Las justificaciones de Washington plantean por tanto muchas dudas, además de poder agravar una espiral de inseguridad.

Los líderes chinos consideran que la expansión de un sistema de misiles liderado por Estados Unidos en Asia no solo limitará sus propias capacidades en el caso de una contingencia en su periferia marítima, sino que obligará a redefinir su doctrina nuclear, basada hasta la fecha en el mantenimiento del arsenal mínimo necesario para poder responder a un ataque. El reforzamiento de sus capacidades adquirirá prioridad frente al desarme. Pekín verá por otra parte legitimados sus argumentos—recogidos en el Libro Blanco sobre Seguridad en Asia de 2017—sobre Estados Unidos como fuente de inestabilidad estratégica en la región. Por no hablar de las nuevas oportunidades que se le presentan para dividir a Washington de sus aliados.

La presión sobre Corea del Sur después de que ésta permitiera a Estados Unidos desplegar el sistema THAAD en su suelo hace un par de años es un buen ejemplo de lo que cabe esperar. Tras el rápido deterioro de las relaciones entre Pekín y Seúl, el pasado mes de diciembre ambas partes acordaron “un nuevo comienzo”. Según fuentes chinas, el presidente Moon Jae-in se comprometió a no sumarse a la red de misiles de Estados Unidos, ni a formar una alianza trilateral con Washington y Tokio, ni a desplegar más baterías THAAD. Washington incrementará su presión sobre un gobierno, el surcoreano, ya rehén de las amenazas de nuevas represalias económicas por parte de China, su principal socio comercial y financiero.

Las reservas, si no abierta oposición, por parte de sus aliados—en esto coinciden los asiáticos y los europeos—obliga a preguntarse por el sentido de la decisión de la Casa Blanca. ¿Propiciar una nueva carrera armamentística con China—a la vez que con Rusia—se traducirá en una mayor seguridad para Estados Unidos? ¿En una mayor estabilidad en Asia y en Europa? (Foto: Steve Jurvetson)

rewind

United States: Another Step Back.

(Traducción: Isabel Gacho Carmona) Donald Trump’s decision to withdraw troops from Syria and Afghanistan has caused an earthquake in the American political scene. It was due to the opposition from the political and military leadership, the White House presidential advisers, analysts and experts and the resignation of Jim Mattis, a general who had already been set aside by Obama for his opposition to the presidential renounce to take a more active role in Syria. Mattis, who was re-fished by Trump, is reputed to be tough but was building bridges with Europe and the Middle East in the face of the swings of Trump. This is the most serious crisis of the Trump Administration, not only because of the deepening of the loss of confidence within its environment, but also because of the message that the US gives to Russia, Iran and China.

In Syria, Trump’s policy has followed Obama’s, but with more fuss. The US never got significant allies on the ground or had a clear strategic plan. After attempting to overthrow Bashar al-Assad without putting sufficient forces or allies on the ground, US eventually developed tactical plans to control strategic zones with the support of its Kurdish allies to the north and some Arab groups to the south and east. Thus, they left the whole global initiative to the Russians who, with the support of Iran and the al-Assad government, reversed the situation, consolidated the regime and gave widespread support to the presence of Iranian forces and Lebanese allied militia of Tehran, Hizbullah, drawing a new strategic framework in the region. The withdrawal of the troops leaves the few US allies to their fate and gives green light to the victory of Russia and Iran.

The withdrawal of troops also from Afghanistan, after years of vacillation between the war and pressures on the Government of Kabul to negotiate with the “moderate” fraction of the Taliban, is another step in the confusion. In Afghanistan today, the Taliban movement is stronger, Al-Qaeda has reappeared, and the Islamic State has begun to act.

The most important thing here is the message. The protectionism and isolationism of Trump is not only economic, but also military. The US allies in each region begin to doubt and confidence is cracked, which will probably lead them to unilateral measures to strengthen their positions or vary their alliances. Regarding the opponents, Russia and China, Trump is telling them that to the extent they increase their pressure, the risks of their strategic advances decrease, as long as they do not directly attack the United States.

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INTERREGNUM: Europa y Asia en 2019. Fernando Delage

El creciente poder económico de China, sus rápidos avances tecnológicos y la acelerada modernización de sus capacidades militares ponen a prueba el entorno en el que se ha desarrollado el proceso de integración europea hasta la fecha. La incertidumbre sobre las intenciones de la administración Trump y el paso de ésta a la ofensiva contra Pekín, agravan el dilema europeo.

Washington necesita a sus aliados para evitar que la República Popular recurra a ellos como solución indirecta para evitar los aranceles norteamericanos, y también para compartir información sobre los movimientos chinos en relación con la adquisición de nuevas tecnologías. Estados Unidos intenta, por ejemplo, que se vete a las grandes empresas de telecomunicaciones chinas en los próximos concursos públicos para el desarrollo de las redes 5G. Las preferencias de los gobiernos europeos—y sus percepciones de China—no son siempre coincidentes, sin embargo, con las norteamericanas.

Sin el eje transatlántico, indicó Henry Kissinger hace unos meses, Europa corre el riesgo de convertirse en un mero apéndice de Eurasia, sujeto a los objetivos de Pekín. Pero ¿pueden Bruselas y los gobiernos de los Estados miembros confiar en una Casa Blanca que da a entender que, después de China, la Unión Europea puede ser el próximo objeto de atención de su política de sanciones comerciales?

El debate está pues encima de la mesa. Lo que indican los hechos es que, sólo en los primeros seis meses de 2018, las inversiones chinas en la UE multiplicaron por nueve las dirigidas a Estados Unidos. El total anual alcanzó los 60.400 millones de dólares, un 82 por cien más que en 2017, lo que supuso casi el 56 por cien de la inversión extranjera directa china en su conjunto. Por otra parte, los intentos liderados por Alemania y Francia por reforzar la supervisión de las compras chinas en las industrias estratégicas del Viejo Continente no avanzan lo suficiente por la oposición de algunos gobiernos, con Italia a la cabeza. En este contexto, el mes pasado China anunció un nuevo Libro Blanco sobre la Unión Europea; el tercero tras los de 2003 y 2014. Al cumplirse el 15 aniversario del establecimiento de la Asociación Estratégica Integral entre ambos, el documento enumera las distintas áreas bilaterales de cooperación, retoma la idea de negociar un acuerdo de libre comercio—al que Bruselas se opone—y sugiere que deben cooperar juntos contra el “unilateralismo” (de Estados Unidos, se entiende).

Una de las más inteligentes respuestas europeas a la política proteccionista de Estados Unidos y a las ambiciones chinas reflejadas en la iniciativa de la Ruta de la Seda, ha sido la firma del doble acuerdo de asociación económica y estratégica con Japón, en vigor a partir de 2019. Bruselas ha ido con todo más allá, al aprobar el Consejo, también en diciembre, la estrategia de la Unión hacia India. Las dos grandes democracias asiáticas se suman así a los europeos en la defensa de un orden multilateral y basado en reglas, a la vez que acuerdan coordinar sus posiciones con respecto a los desafíos y problemas comunes de la agenda global.

El discurso multilateral no es suficiente, sin embargo, para gestionar los intereses a largo plazo del Viejo Continente ante la rápida transformación del equilibrio de poder internacional. Algunas piezas, como la asociación con Japón e India o la estrategia de interconexión Europa-Asia—ya mencionada anteriormente en esta columna—han tomado forma, pero se sigue echando en falta una mayor ambición estratégica. Esperemos que las elecciones al Parlamento Europeo y la renovación de la Comisión no interrumpan el necesario ajuste a un mundo en el que la Unión se juega su futuro.

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El mito del milagro asiático, revisitado. Miguel Ors Villarejo

Érase una vez una opinión pública que contemplaba con inquietud el progreso extraordinario experimentado por un puñado de economías orientales. Aunque todavía eran sustancialmente más pobres y pequeñas que las occidentales, la rapidez con que habían realizado la transición de sociedad agraria a potencia industrial, su capacidad para encadenar tasas de crecimiento muy superiores a las de las naciones avanzadas y la naturalidad con que desafiaban e incluso superaban la tecnología estadounidense y europea cuestionaban la permanencia de la hegemonía no ya política, sino ideológica de Occidente. Los líderes de aquellos países emergentes no compartían la fe en el mercado libre y los derechos civiles. Afirmaban con aplomo que su sistema era mejor y que los pueblos dispuestos a aceptar gobiernos autoritarios, a limitar sus libertades en aras del bien común y a sacrificar los deseos de consumo cortoplacistas en aras del desarrollo a largo plazo acabarían superando a las cada vez más caóticas sociedades de Occidente. Y una creciente minoría de intelectuales estaba de acuerdo.

En Estados Unidos, la menguante brecha entre Oriente y Occidente terminó convirtiéndose en una prioridad política y los republicanos recuperaron la Casa Blanca bajo la égida de un enérgico presidente que prometió hacer América grande otra vez…

Con apenas unos leves retoques, los dos párrafos anteriores están literalmente fusilados de un clásico del periodismo económico: “El mito del milagro asiático”, el artículo publicado por Paul Krugman en Foreign Affairs en 1994. En aquel momento, el mundo asistía expectante a la irrupción de los llamados dragones (Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán y Singapur), pero Krugman no se refería a ellos. “Hablo, por supuesto, de comienzos de los 60”, seguía el tercer párrafo. “El enérgico presidente era el demócrata John Kennedy [yo he puesto republicano, para actualizar la trampa, y he alterado el lema de su campaña, aunque no mucho]. Las proezas tecnológicas que tanto alarmaban a Occidente eran el lanzamiento del Sputnik y la carrera espacial. Y las economías de rápida expansión eran las de la Unión Soviética y sus satélites”.

Aquello acabó en 1989 como todos sabemos, pero Occidente no puede dejar de mirar con aprensión al Este. De allí vinieron los hunos en el siglo V, los magiares en el IX, los selyúcidas en el XI, los otomanos en el XIII… Desde la caída del Muro de Berlín, la naturaleza del recelo ha cambiado: ya no tememos una invasión física, sino un desbancamiento económico. En 1993 Lester Thurow anunció que el individualismo de Estados Unidos sucumbiría a manos de Japón; incluso Ridley Scott rodó Black Rain, una película que se hacía eco de esta paranoia, del mismo modo que La noche de los muertos vivientes había sido una metáfora de la Guerra Fría. Cuando el país del sol naciente se vino abajo como consecuencia de una gran burbuja inmobiliaria, se empezó a hablar del capitalismo confuciano de los dragones. Ahora estamos con China.

“El punto de vista general”, escribe Martin Wolf en el Financial Times, “es que hacia, digamos, 2040 la economía de China será mucho mayor que la de Estados Unidos”. Hay dos poderosos argumentos que avalan esta tesis. Primero, China aún está por detrás de los países más avanzados en términos de productividad y ese proceso de convergencia debería continuar. Segundo, Pekín ha acreditado una gran capacidad para mantener elevados ritmos de crecimiento a lo largo de décadas.

El problema de esta extrapolación es que no está claro cuál va a ser el impulsor de esa expansión. No puede ser la inversión, que alcanzó el año pasado el 44% del PIB, una proporción insosteniblemente alta. En infraestructuras, “su stock per cápita es ya muy superior al de Japón cuando tenía su misma renta”, dice Wolfe. Y las exportaciones también han tocado techo. Lo lógico es que el consumo doméstico tomara el relevo, pero el elevado endeudamiento lo hace improbable.

La única fuente de crecimiento es una mejora de la productividad, es decir, hacer más con los mismos recursos. En “El mito del milagro asiático”, Krugman explica que esa fue la variable que acabó doblegando a la URSS. Los sistemas de planificación central son mucho menos eficientes que los capitalistas por una razón sencilla: en estos últimos, los emprendedores se juegan su dinero y tienen poderosos motivos para ganar competitividad. A los burócratas soviéticos, por el contrario, les traía sin cuidado la calidad: todo lo que fabricaban acababa colocándose, con independencia de lo bien o mal que funcionara. El resultado fue una brecha creciente de productividad y, por ende, de riqueza y bienestar entre las dos potencias.

¿Asistiremos una vez más a este mismo desenlace? Wolf cree que sí. “Hoy en día el crédito sigue asignándose [en China] preferentemente a las empresas públicas y la influencia del Estado en las grandes compañías no deja de incrementarse. Todo esto distorsionará la asignación de recursos y ralentizará la innovación y el progreso”.

La misma predicción sobre los dragones realizó Krugman en 1994. Pocos lo creyeron, pero menos de tres años después el colapso del baht tailandés ponía fin al efímero imperio del capitalismo confuciano.

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Estados Unidos: otro paso atrás

La decisión de Donald Trump de retirar tropas de Siria y Afganistán ha provocado un terremoto en la escena política norteamericana por la oposición de parte de la cúpula política y militar, asesores presidenciales de la Casa Blanca, analistas y expertos y la dimisión de Jim Mattis, un general que ya había sido apartado por Obama por su oposición a la renuncia presidencial a tener un papel más activo en Siria, que fue repescado por Trump, que tiene fama de duro pero que estaba tendiendo puentes en Europa y Oriente Medio ante los vaivenes de Trump. Es la crisis más grave de la Administración Trump, no sólo por la profundización de la quiebra de confianza de su entorno sino por el mensaje que EEUU da a Rusia, Irán y China.

En Siria, la política de Trump ha seguido la de Obama, aunque con más aspavientos. EEUU nunca logró aliados significativos sobre el terreno ni tuvo un plan estratégico claro y tras pretender derrocar a Bashar al-Ásad sin poner sobre el terreno ni aliados ni fuerzas suficientes, acabó por desarrollar planes tácticos de controlar zonas estratégicas con apoyo de sus aliados kurdos al norte y algunos grupos árabes al sur y al este. Así dejaron toda la iniciativa global a los rusos que con apoyo de Irán y del gobierno de al-Ásad revirtieron la situación, consolidaron al régimen y dieron un amplio respaldo a la presencia de fuerzas iraníes y de milicia libanesa aliada de Teherán, Hizbullah, a poca distancia de las fronteras de Israel y dibujando un nuevo marco estratégico en la región. La retirada de las tropas deja a los escasos aliados de EEUU a su suerte y da luz verde a la victoria de Rusia e Irán.

La extensión de la retirada de tropas también de Afganistán, tras años de vacilación entre la guerra y las presiones al Gobierno de Kabul para que negocie con la fracción “moderada” de los talibanes, es un paso mas en la confusión. En territorio afgano hoy está más fuerte el movimiento talibán, ha reaparecido Al Qaeda y ha comenzado a actuar el Estado Islámico.

Lo más grave: el mensaje. El proteccionismo y el aislacionismo de Trump no es sólo económico, sino también militar. Los aliados de EEUU en cada región comienzan a dudar y la confianza se resquebraja lo que, probablemente les llevará a medidas unilaterales para reforzar sus posiciones o a variar sus alianzas, Y para los adversarios, Rusia y China, Trump les está diciendo que en la medida en que aumenten su presión disminuyen los riesgos de sus avances estratégicos si no atacan directamente a Estados Unidos. (Foto: Chris Marquardt, flickr.com)

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China y Rusia en el escenario latinoamericano. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- América Latina es una región que, por sus enormes riquezas naturales, ubicación y cercanía con los Estados Unidos, representa especial interés para China y Rusia. A pesar de una compleja realidad de democracias débiles, narcotráfico, corrupción, guerrilla y tráfico humano, entre otros, que han facilitado la penetración de los intereses de Moscú y Beijing. ¿Pero hasta dónde llega la interferencia de estos gobiernos extranjeros y cuáles son las implicaciones?

4Asia asistió a un foro organizado por la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad de John Hopkins en colaboración con el Centro de Estudios de la Defensa Willian J. Perry sobre los retos de seguridad en América Latina, en el que se discutió en profundidad por parte de expertos en la región la situación actual. Un punto coincidente entre todos fue que el mayor y más complejo problema que enfrenta la región es Venezuela, que, debido a la magnitud del conflicto, se ha convertido en un problema que trasciende las fronteras y afecta a la región entera.

Moises Naím definió a Venezuela como un Estado fallido, criminal, ocupado por Cuba -que define como una invasión del siglo XXI- además de ser narco-Estado. Mientras que el embajador estadounidense William Brownfield,  con una larga experiencia en narcóticos y en la región, remarcó la idea que Venezuela es un “Estado Mafia”, connotación aún más grave que la de narco-estado, según él, debido a que el gobierno venezolano y sus instituciones está involucradas con todo tipo de crímenes internacionales.

David Smolansky, miembro del grupo de trabajo de la inmigración venezolana de la OEA, explicó la gravedad de la situación de los inmigrantes con números: 208 venezolanos salen del país cada hora, 5 mil todos los días y más de 30 mil se movilizan en las fronteras para adquirir alimentos y medicinas. Y el embajador Juan Carlos Pinzón (exministro de la defensa de Colombia y ex-embajador de Colombia en Washington) explicó que Colombia está atendiendo a los inmigrantes de la mejor manera que puede porque los consideran hermanos. Sin embargo, apuntó que cada individuo que sale de Venezuela favorece al régimen de Maduro, pues es un opositor menos en su territorio.

En cuanto a la influencia de Rusia en Latinoamérica, Julie Gurganus -miembro del Consejo de Inteligencia de los Estados Unidos- precisó los tres objetivos que persigue Rusia en el mundo: 1. Ser percibidos como un gigante y/o poderoso, 2. mantener la bipolaridad mundial y 3. disputarle la influencia a Washington. La Rusia de Putin ha jugado astutamente con esta influencia en la región latinoamericana. Suelen hacer visitas de Estado justo antes de que necesiten apoyo internacional. Un ejemplo, agrega, fueron las visitas de altos funcionarios rusos a países de esta región antes de la invasión de Crimea, que acabó con la resolución de la Asamblea General de la ONU condenando a Rusia con los votos en contra de Bolivia, Cuba, Nicaragua y Venezuela (entre otros) y con la abstención de Brasil y el Salvador (entre otros).

Así mismo, sostiene que Moscú utiliza la venta de armas para asegurarse de que sus clientes se conviertan en aliados en la zona, y conseguir influencia y dependencia de quien las compre.

En cuanto a China, Margaret Myers -directora del programa de Asia y América Latina en el Inter-American Dialogue- sostiene que la influencia de China en la región es indudable y cada día hay más programas de intercambios, que han aumentado considerablemente en los últimos 5 años. Sin embargo, insiste en que sólo la mitad de los proyectos que Beijing ha anunciado han sido ejecutados.

La motivación que mueve a China, dice, es promover oportunidades para sus empresas. Mientras que Stephen Kaplan -profesor de la Universidad George Washington-, precisa que China es el quinto país en dar créditos en el planeta, aunque lleve poco tiempo en el mundo crediticio. Intentan además diferenciarse de las instituciones tradicionales de crédito. En vez de exigir pagos en dinero, se asegura que el país acreedor comprará materia prima china y usará proveedores chinos y maquinaria china. Con lo que se aseguran parte del retorno. Puso el ejemplo de Venezuela, a quien los chinos han dado muchos créditos y como parte del pago le exigen pagar con petróleo.

Mientras que por un lado gestionan bien una dependencia de sus clientes, por otro no impone condiciones o normas de cómo usar el dinero: sólo le preocupa su retorno, no el uso que dan al dinero.

Siendo Venezuela el mayor reto que enfrenta la región, es un problema que le salpica, y muy de cerca, a Washington. A pesar de que la Administración Trump reconoce el régimen de Maduro como ilegítimo, y se ha observado un incremento de sanciones y presión, parece no ser suficiente.

China tiene una presencia muy activa en este país, así como lo tiene Rusia, que ha otorgado muchos créditos a Maduro, mientras simultáneamente han fortalecido sus relaciones con La Habana, lo que no es de sorprender pues los cubanos tienen fuerte presencia en Venezuela, sobre todo a través de los servicios de inteligencia, que, según expertos, ha sido la razón de la supervivencia del régimen a pesar del profundo descontento social.

La Administración Trump conoce la situación. Sin embargo, parece no entender la dimensión de las consecuencias más allá de la región latinoamericana. A mayor número de inmigrantes saliendo de las fronteras venezolanas mayor el riesgo que esos inmigrantes busquen como destino el norte del continente. Y ya Trump lo tiene complicado con los miles de personas que llegan de Centroamérica.

Tanto Xi jinping como Vladimir Putin saben que controlar Latinoamericana hace vulnerable a Estados Unidos mientras que ambos se hacen con los recursos naturales, con los compromisos de los gobiernos y compran apoyos estratégicos.

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INTERREGNUM: Asia y la primera guerra mundial. Fernando Delage

La conmemoración, el pasado fin de semana en París, del centenario del armisticio que puso fin a la primera guerra mundial ha sido objeto de un considerable número de artículos en los medios. La relevancia del conflicto para el siglo XX lo merece. Pero también por sus lecciones para el mundo de hoy y del futuro. Si en relación con este último nadie duda de que una de sus claves es el dinamismo de Asia, suele olvidarse por el contrario el papel del escenario asiático en la década que precedió al estallido de la guerra.

La competencia de las grandes potencias en este continente tuvo repercusiones directas en Europa. Frente a quienes señalan 1914 como verdadero comienzo del siglo XX, fue la derrota de Rusia por Japón en 1905 lo que desencadenó una serie de hechos que conducirían al fin de la estructura de estabilidad creada por el Congreso de Viena en 1814-15: entre ellos, la Revolución bolchevique y la reconfiguración de las alianzas europeas. Fue la derrota de Rusia lo que condujo a Guillermo II a intentar aislar a Francia en Marruecos con el fin de romper la Entente Cordiale franco-británica, fruto de la guerra ruso-japonesa. La pesadilla alemana, que se convertiría en realidad en 1907, era la formación de un acuerdo entre Reino Unido, Francia, Rusia y Japón en Oriente Próximo—incluyendo el reparto de China—que excluyera a Alemania. El aislamiento de esta última en Asia y la reorientación de Rusia hacia el frente europeo—los Balcanes en particular—con una disposición revanchista (había que dejar atrás la humillación de la derrota ante Japón) cristalizaría en la rivalidad entre Berlín y San Petersburgo.

Concluida la guerra, tampoco Alemania sería el único país humillado por los términos acordados por los vencedores. Lo fueron asimismo Hungría o Turquía, pero también Asia en su práctica totalidad. Las demandas de vietnamitas y coreanos frente al colonialismo francés y japonés ni siquiera fueron oídas. China vio cómo las colonias alemanas en su territorio (Shandong) pasaron a manos de Japón, mientras que este último se sintió tratado como una potencia secundaria. El auge nacionalista en Asia—factor que determinaría el resto del siglo XX en la región—fue, por resumir, uno de los resultados de la primera guerra mundial y del tratado de Versalles.

Pero si se piensa en Asia en relación con la Gran Guerra es sobre todo por la aparente similitud entre el ascenso de China en la actualidad y el auge de la Alemania guillermina. Fue la unificación de Alemania lo que supuso un desafío para el sistema de equilibrio de poder amparado en la primacía británica, desencadenando en último término el conflicto. Es una China camino de convertirse en la mayor economía del planeta y con la ambición de contar asimismo con las mayores fuerzas armadas hacia 2049, quien puede potencialmente poner fin al liderazgo norteamericano del orden mundial desde 1945.

La Historia no se repite pero rima, solía decir Mark Twain. Los presidentes de Estados Unidos y de China afrontan una nueva era de transición de poder. Conmemoraciones como las de estos días sirven para recordar cómo terminaron las anteriores.

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China y las elecciones estadounidenses de noviembre. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La guerra comercial contra China ha sido una de los pilares de la política exterior de la Administración Trump. Y después de muchas amenazas, en septiembre impuso nuevas tarifas a productos chinos por más de 200 mil millones de dólares. A lo que China recíprocamente respondió con impuestos a productos estadounidenses por 100 mil millones.

Entre muchos dimes y diretes han transcurrido estas discusiones, en las que los chinos han intentado bajar el tono y conciliar posturas, aunque sin mucho éxito. La semana pasada, Trump advertía en una entrevista concedida a Fox News que tiene otra ronda de sanciones preparada por 267 mil millones de dólares más si las autoridades chinas no se doblegan a las demandas de Washington y cambian sus políticas económicas.

Así lo había dicho con anterioridad en la Asamblea Nacional de Naciones Unidas a finales de septiembre, cuando aseguró que “desde que China se unió a la Organización Mundial del Comercio, USA ha acumulado 13 mil millones de dólares de déficit comercial en las últimas dos décadas”. Mientras afirmaba su respeto y afecto por su amigo, el presidente Xi, ha dejado claro que “el desequilibrio comercial no es aceptable; las distorsiones del mercado de China y la forma en que se manejan no pueden ser toleradas”.

En esa misma línea, en su alocución ante al Consejo de Seguridad del pasado 26 de septiembre, Trump hizo una llamada de atención a China acusándole directamente de estar interfiriendo en las elecciones del 6 de noviembre y asegurando que Beijing no quiere que Trump gane las elecciones, pues ha sido la única Administración que han retado a China a acabar con el comercio internacional injusto.

Esta acusación llamó la atención, pues hasta ese momento sólo se había hablado de interferencia rusa en las elecciones estadounidenses. La interferencia o espionaje chino ha estado siempre reservado a la búsqueda del beneficio económico, al plagio de tecnologías de innovación. Justo la semana pasada, el Departamento de Justicia, acusó a un grupo de individuos y empresas chinas de haber penetrado sistemas informáticos de compañías estadounidenses y haber hurtado información tecnológica. Lo que, además de estar en consonancia con las políticas de la Casa Blanca, no es ni nuevo, ni tampoco sorprendente.

Sin embargo, la Administración Trump está intentando poner el acento en el peligro chino a gran escala. Al señalar a Beijing parece restar importancia a Rusia, quién ha sido y es, según las propias autoridades y el Congreso estadounidense, el peligro para el sistema.

La clave está en que el Departamento creó el Centro de Participación Global (Global Engagement Center “GEC”), justo después de las elecciones presidenciales que adjudicaron a Trump la presidencia, una vez que se comprobó la interferencia rusa durante la campaña. Este centro o GEC tiene como misión dirigir, sincronizar y coordinar los esfuerzos para reconocer y contrarrestar la propaganda y desinformación destinados a socavar los intereses de seguridad nacional de los Estados Unidos. Su sustancioso presupuesto, que a día de hoy supera los 60 millones de dólares no ha sido tocado durante este año, a sabiendas de que éste era un año electoral importante, y muy a pesar de las supuestas sospechas de la Casa Blanca de interferencia china.

Esta teoría conspirativa puede tener su base en la necesidad de convertir a China en el gran enemigo del sistema estadounidense. Como las razones esgrimidas por Trump sobre el déficit que existe entre ambos países, o el desplazamiento de las industrias manufactureras a territorio chino en busca de mano de obra más económica, o la pérdida de empleos del sector industrial. Si, además, se infunde la idea de que los chinos prefieren que los republicanos pierdan estas elecciones de medio término, se cambia el foco de atención del principal sospechoso Rusia por China.

Lo que parece ser conveniente para esta Administración que se ha negado a pronunciarse en cuanto a la interferencia rusa en las elecciones o incluso en contra de la propaganda del Kremlin. Desviar la atención parece ser la gran arma de Trump. Cuando la prensa lo critica, él inventa algo que se convierte en la noticia de última hora y así mantiene el juego en el terreno que él prefiere. Todo parece indicar que esta posible intervención china es más de lo mismo. Mientras tanto, es muy probable que los rusos estén aprovechando ese espacio para influir en la opinión de los ciudadanos estadounidenses a través de su sofisticada propaganda. (Foto: Eric Grunwald, flickr.com)

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Crimen y caos

El crimen del consulado de Estambul no sólo está suponiendo el revés más importante para la monarquía saudí en décadas, sino que puede acarrear un reajuste geoestratégico en la región con efectos negativos.

En primer lugar, que haya tenido lugar en Turquía y que este país se haya convertido, tal vez a su pesar, en el fiscal del caso plantea un problema y probablemente facilitará una salida no excesivamente traumática para Ryad. Turquía y Arabia Saudí son cautelosamente aliados. Les une su adscripción al sunismo islámico y su rechazo a una solución en Siria que pase por la supervivencia del régimen de Al Assad. Les separa la alianza de Ankara con Moscú que, a la vez, es un firme aliado del régimen sirio y de Irán, enemigo total, y bélico en Yemen, de los saudíes.

A la vez, la presión sobre los saudíes ha hecho reforzar sus lazos al eje sunní integrado básicamente por Bahrein, Jordania, Egipto y Arabia (Marruecos en segundo plano) que viven tratando de romper el crecimiento de la influencia y la presencia de Irán en toda la región. Debe añadirse que, aunque desde una discreción cada vez menor, nunca antes se había vivido un acercamiento como el actual entre Israel y el régimen saudí, amenazados ambos por Teherán.

Y, de fondo la presión de los medios de comunicación y la izquierda mundial que tratan de presentar a Arabia saudí como el gran Satán junto a su aliado EEUU. La satrapía saudí es hace tiempo el pretexto para encubrir los crímenes iraníes o justificar cierto terrorismo y es significativa la influencia de este clima de opinión en los gobiernos occidentales bienpensantes instalados en lo políticamente correcto en lo público y en la hipocresía y el realismo político en privado y en la práctica.