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Japón, un estado de antigua data. Nieves C. Pérez Rodríguez

Con este artículo, iniciamos una serie sobre Japón en vísperas de la ceremonia de traspaso del trono del emperador Akihito al príncipe heredero Naruhito, ceremonia en la que 4Asia estará presente.

Japón -日本- que significa literalmente el país del sol naciente, es una de las naciones más pobladas de Asia, con 127 millones de habitantes y con una geografía realmente compleja. Su territorio se compone básicamente de islas. El 97 por ciento de la superficie del país lo conforman cuatro islas principales: Honshū, Hokkaidō, Kyūshū y Shikoku, y el resto, otras pequeñas 6848 islas adyacentes. Se tienen registros que las islas japonesas fueron habitadas desde la Edad de Piedra.

Cuenta la leyenda japonesa que Japón se fundó en el siglo VII a.C. por el Emperador Jinmu. Los emperadores han sido siempre una figura central en la cultura del país nipón y han ejercido como los gobernadores oficiales, aunque el poder real estuvo en manos de cortesanos, nobles o shogunes hasta la época más contemporánea. Los shogunes eran señores feudales que tenían sus propios ejércitos y sus títulos eran concedidos por el mismo Emperador quien, al otorgarlos, daba con ellos el poder de las decisiones de la nación.

En 1549 llegó a Japón a través de las rutas comerciales portuguesas el español jesuita Francisco Javier para predicar el cristianismo. Lo que con el paso de los años, despertó inquietud en el Shogunato, pues creían que eran parte de una invasión o conquista militar, por lo que decidieron cerrar las fronteras japonesas al exterior. Ese hermetismo se mantuvo más de 250 años, cuando finalmente el oficial de la Armada de Estados Unidos, Matthew Perry, a través del tratado de Kanagawa de 1854 consiguió romper el aislamiento.

Inicialmente, Perry se negó a negociar con los shogunes pues entendía que debía hacerlo con la cabeza del país, o sea el Emperador. Y después de intentarlo fallidamente comprendió que la figura del soberano estaba en una posición superior, un tanto mitificada, y que no lo lograría. El Shogunato no concebía que un extranjero y además un común se reuniera con el Emperador.  Lo que si consiguió Perry  fue que Japón abriera sus puertos al comercio con Estados Unidos a partir de ese momento.

Esa apertura a occidente incorporó cambios sociales en Japón que incomodaron a la sociedad nipona y que acabó en conflicto entre las facciones del Shogunato, desencadenado una corta rebelión civil conocida como la “guerra de Boshin”, entre 1868 a 1869, que resultó en el fin del Shogunato o corte y el retorno de todos los poderes a las manos del Emperador.

El Emperador aprovechó el momento para modernizar el Estado japonés, eliminando el sistema feudal existente hasta entonces e incorporando instituciones de corte más occidental y reformas sociales, económicas y hasta legales. Todos esos cambios impulsaron el desarrollo de Japón hacia una potencia mundial mediana de la época.

Tras el éxito de la guerra de Japón con China (1894) básicamente por controlar más territorio en el Pacífico, incluida Corea, el dominio de Asia pasó de manos chinas a japonesas por primera vez. Japón se hizo con la isla de Taiwán y el control de Corea. Y posteriormente la guerra ruso-japonesa (1904-1905), que tuvo lugar por el desacuerdo sobre quién contralaría la península coreana ya que mientras que el Imperio japonés reclamaba el control de la península, el Imperio ruso estaba en busca de un puerto que no sufriera congelamiento durante el invierno.

La victoria de Japón sobre Rusia fue un hito histórico, pues era fue la primera vez que un pueblo no caucásico ganaba a un pueblo europeo. Japón se consagró como potencia mundial en el siglo XX.

Un elemento constante en la historia japonesa desde la antigüedad hasta la primera mitad siglo XX es la existencia de emperadores, así como del componente militar. La civilización nipona ha mantenido sus costumbres y tradiciones a través de los siglos precisamente por haber sido una sociedad cerrada, a pesar de que su territorio está compuesto por islas, lo que naturalmente les obliga a salir en busca de recursos o del comercio. La lucha y las batallas se entendían como necesarias y entrenaban para estar listos cuando fuera necesario. Tal y como dice un antiguo proverbio japonés: “Ningún mar en calma hizo un experto marinero”.

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Israel-Trump: cierta tensión con China al fondo

Hay tensión, de nivel bajo de momento, entre Jerusalén y Washington, aunque está pasando desapercibida. Y esta situación tiene que ver con el acercamiento entre Israel y China desde el pasado año. En octubre de 2018, Netanyahu y el vicepresidente de China, Wang Qishan, fueron los anfitriones de una conferencia de comercio e innovación de alto perfil en Jerusalén. Netanyahu anunció en ese momento que los dos países concluirían un acuerdo de libre comercio en 2019, y que China planea invertir fuertemente en infraestructura israelí, incluidos nuevos puertos y un tren ligero.

Este hecho ya llamó la atención de las autoridades estadounidenses que ven con preocupación el establecimiento de puertos directamente chinos o gestionados por empresas chinas a lo largo de la ruta de acceso del transporte occidental entre el Pacífico y el Atlántico. Puertos chinos en Pakistán; una base militar en Yibuti a las puertas del Mar Rojo; el proyecto de un nuevo puerto construido por China en Haifa, en la costa norte de Israel; la gestión del puerto de Nápoles, y las conversaciones para que empresas chinas entren en la administración de los puertos de Barcelona y Valencia son jalones en una estrategia que EEUU observa con precaución.
El mes pasado, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, advirtió al primer ministro Benjamin Netanyahu que, si Israel no frena sus vínculos con China, su relación de seguridad con Estados Unidos podría sufrir. Se informó que mensajes similares han sido retransmitidos en los últimos meses por altos funcionarios de la administración de Trump, incluidos el Asesor de Seguridad Nacional John Bolton y el Secretario de Estado Mike Pompeo.
Porque además del puerto de Haifa hay una pretensión china de entrar en las telecomunicaciones en Israel, de momento frenada tras un informe del servicio interior de inteligencia, el Shin Bet, por temor a la penetración de inteligencia china a través de su tecnología. Hay que recordar que en Israel hay instalaciones conjuntas de EEUU e Israel para control del espacio radioeléctrico, entre otras cosas. Donald Trump reestableció una relación con Netanyahu, que se había deteriorado en tiempos de Obama. El primer ministro israelí y el anterior presidente discrepaban en numerosos asuntos, aunque entre las dos administraciones los lazos siempre han sido sólidos.
Pero la situación es nueva. China quiere estar en todos los países que pueda y llega con dinero y proyectos generosos, esa es su forma de entrar. Pero en Israel, como en Europa, las tecnologías informáticas chinas han encendido alarmas y planteado la duda sobre la bondad de algunos contratos y alianzas. Además, en aquella región, con presión terrorista sobre Israel y Rusia fortaleciendo posiciones a pocos metros de la frontera israelí con Siria e Irán como aliados, cualquier movimiento de este tipo puede ser un tsunami. China sigue ganando protagonismo con su estrategia pragmática y cada vez es menos prescindible en cualquier zona del planeta. Ese es el dato. (Foto: Zsolt Varga)
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INTERREGNUM: Cómo China responde a Trump. Fernando Delage

Al concluir la sesión anual de la Asamblea Popular Nacional, y comenzar formalmente el segundo mandato de Xi Jinping como presidente de la República Popular China, se multiplican las señales sobre un escenario económico y diplomático incierto. El reforzamiento del control del Partido Comunista—elemento central del modelo implantado por Xi desde su llegada al poder—ha contribuido a la desaceleración en curso, al obligar a los gobiernos locales a financiar proyectos de infraestructuras no rentables, al incrementar la deuda de las empresas estatales, al privar de capital al sector privado, o al provocar la desconfianza de los inversores internacionales en el marco regulatorio chino.

El giro de la política de Estados Unidos hacia la República Popular no ha hecho sino agravar los dilemas que afronta Pekín. Las sanciones arancelarias de la administración Trump han debilitado la confianza de los consumidores chinos, y obligado a las empresas multinacionales a considerar el traslado de sus industrias en China a otros países. La denuncia norteamericana de la estrategia de innovación china y, de manera más amplia, el discurso de rivalidad empleado por Washington es un obstáculo añadido a la realización de las ambiciones internacionales de Pekín. Xi Jinping necesita reducir la tensión, para lo que resulta necesario un encuentro personal con el presidente norteamericano. Pero la “singular” reunión de Trump y Kim Jong-un en Hanoi, y las dudas de los líderes chinos sobre la fiabilidad de un compromiso con la actual Casa Blanca, no permiten asegurar de momento que la cumbre del 31 de marzo en Florida vaya a celebrarse.

Naturalmente, Pekín no supedita su estrategia a esta circunstancia. La preocupación es sincera, como reflejan, por ejemplo, los sutiles cambios en el lenguaje. En discursos y documentos oficiales, los líderes chinos ya no describen la situación internacional como un “periodo de oportunidad estratégica”, sino como un “periodo de oportunidad histórica”. La razón cabe atribuirla, según señaló Xi en un discurso ante la Comisión Central Militar el pasado mes de enero, a que “están emergiendo nuevos riesgos, tanto predecibles como impredecibles”. Este ajuste en la percepción de la dinámica internacional ha ido acompañado de un debate interno sobre cómo responder a la transformación de la política china de Estados Unidos.

En los movimientos de Pekín cabe distinguir entre su posición global y la reorientación de su política hacia distintas áreas regionales. Con respecto a la primera, y en contraste con la actitud de Trump hacia los procesos multilaterales, Xi ha redoblado su compromiso con una economía mundial abierta y con la reforma de las instituciones de la gobernanza global. En el frente diplomático regional, Pekín ha hecho un significativo esfuerzo desde hace un año por mejorar sus relaciones con sus vecinos asiáticos—Japón, India y la ASEAN en particular—, así como con Rusia y con la Unión Europea.

El estrechamiento de las relaciones entre Pekín y Moscú, en el terreno militar en especial, se debe en parte, sin duda, a la actitud norteamericana de confrontación hacia la República Popular. Tanto Putin como Xi se sienten cómodos creando una percepción externa de cuasi-alianza entre ambos. El giro de Washington ha acabado con las reticencias chinas a un acercamiento explícito a Moscú. Como también ha motivado un cambio sustancial en su diplomacia hacia Europa. De manera llamativa, en la última cumbre bilateral—julio de 2018—, China renunció a su tradicional exigencia de reconocimiento como economía de mercado y, por primera vez desde 2015, se pudo acordar un comunicado conjunto. Que Pekín haya propuesto adelantar la próxima cumbre anual a abril, es decir, sólo nueve meses después de la anterior, es otra señal del interés de Pekín por hacer fuerza común con Bruselas contra las políticas proteccionistas de Trump. Se espera que Xi visite asimismo París y Roma, en un momento decisivo del debate sobre el futuro de la UE.

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Moscú, Jerusalén y más.

El acercamiento, cauteloso y con desconfianza pero acercamiento al fin y al cabo, entre Rusia e Israel reflejan con toda claridad el error estratégico de Estados Unidos con su renuncia a encabezar el protagonismo occidental en Oriente Medio iniciada por Obama y continuada por Trump. Este pasado fin de semana, Netanyahu y Putin han pactado que Israel no pondrá ningún reparo a la ocupación de hecho de Siria por parte de Rusia y la contención, por parte de Moscú de Irán, aunque Putin aceptará, también de hecho, ataques israelíes a fuerzas iraníes si éstas traspasan los límites que Rusia tratará de imponer.

“Dejé bien en claro que no permitiremos un atrincheramiento militar iraní y que continuaremos actuando militarmente contra él”, dijo el primer ministro israelí tras la reunión. “La idea es crear un organismo de trabajo que maneje la normalización final después de que los últimos focos de terrorismo sean sometidos, involucrando a todos los interesados: el liderazgo de la República Árabe Siria, tal vez la oposición, otros países de la región y todas las partes involucradas en este conflicto”, precisó. Y añadió, confirmando la aceptación del proyecto ruso de arbitrar la situación manteniéndose firme en la zona: “Entre otras cosas, se trataría de la plena restauración del Estado sirio, con su integridad territorial intacta”, de lo cual “hemos hablado durante mucho tiempo y es totalmente consistente con la posición rusa”.

Así pues, Rusia será la protagonista del realineamiento estratégico en el que Israel tratará de encontrar un doble escudo: conseguir cierta protección de Moscú y, a la vez, reforzar su capacidad de disuasión con su fuerza militar frente al bloque chíi de Irán y Hizbullah.

Pero no hay que olvidar que hay otro campo, el sunní, aglutinado bajo el liderazgo saudí por la amenaza iraní que mira hacia Estados Unidos y con quienes Israel mantiene relaciones cada vez más públicas.

Esas son las piezas que Estados Unidos parece no saber encajar en un solo tablero. (Foto: Edgardo W. Olivera)

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Europa, cumbre a cumbre

Dos cumbres europeas en la última semana, en Varsovia y Munich, han marcado el terreno de los límites de la política exterior de la Unión Europea, la alianza trasatlántica con Estados Unidos y la recomposición estratégica de Asia Central y Oriente Próximo. Dos cumbres de importancia que no deben quedar fuera de la lupa de los observadores de la escena internacional.

Por un lado, en Varsovia, se ha evidenciado un cambio de enorme profundidad y relevancia en la política exterior de países árabes como los Emiratos y Arabia Saudí que es la aceptación cada vez más clara, pasando del secreto a la discreción y haciendo ya los primeros actos públicos, de Israel como Estado y de acercamiento entre sus políticas exteriores. Este cambio, catalizado por los avances de Irán, que amenazan tanto a Israel como al Islam sunní y a los países que lo sustentan, puede provocar una recomposición de alianzas en toda la región, sin olvidar la alianza discreta de Egipto con Israel en asuntos de seguridad frente a un terrorismo, paradójicamente sunní pero alentado por Irán, que desafía a ambas naciones.

La prueba de lo que este cambio significa está en las reacciones de Hamás (sunníes palestinos con apoyo financiero de Irán) y de Hizbullah (chíies libaneses con apoyo financiero y militar de Irán, desplegados también en Siria en apoyo de Al-Assad) que han denunciado la “debilidad” de países árabes al aceptar “al sionismo”.

Y la otra cumbre, en Munich, específicamente convocada para hablar de seguridad y con asistencia protagonista de Estados Unidos, ha sentido los ecos de Varsovia y el protagonismo iraní. Trump defiende que la UE se alinee claramente con Estados Unidos y rompa el acuerdo que el propio Obama firmó con Teherán sobre la contención nuclear. Esto, que es una proyección del acercamiento árabe israelí y un deseo de aislamiento de Irán, es rechazado por Alemania que ha sugerido una propuesta a China para que se sume al acuerdo actual.

Europa necesita una política exterior propia sin poner en riesgo las relaciones con Estados Unidos. Y esto es lo que no acaba diseñarse por la diferencia de intereses nacionales, viejos prejuicios, los errores proteccionistas de Trump y la presión de Putin en el Báltico intentando abrir más las contracciones entre Bruselas y Washington. Pero es indudable que la UE ha puesto el asunto en su agenda, lo cual es ya un avance.

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INTERREGNUM. Dilemas nucleares en Asia. Fernando Delage

A principios de mes, Estados Unidos anunció de manera oficial su retirada del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Medio (INF en sus siglas en inglés). Firmado por Ronald Reagan y Mijail Gorbachov en 1987, fue uno de los elementos centrales del régimen de desarme nuclear desde la Guerra fría, y el primer pacto que prohibió una categoría completa de armamento.

Según Washington, el tratado ha dejado de ser operativo una vez que Rusia, al desarrollar un nuevo tipo de misil crucero, ha violado sus compromisos. Para Moscú, el culpable es Estados Unidos, y lo es desde que se retirara del Acuerdo de Misiles Antibalísticos en 2001. El abandono del INF—sumado al rápido avance de nuevas tecnologías (que permiten ataques cibernéticos a sistemas de mando y control nuclear, por ejemplo), y a la modernización de sus respectivas fuerzas por todas las potencias nucleares—, anticipa en cualquier caso una nueva era de inestabilidad en este terreno.

Agrave el dilema el hecho de que—más que Rusia—ha sido China el factor que en mayor medida ha conducido a la retirada norteamericana del INF. Al no ser firmante del tratado, la República Popular no ha encontrado limitaciones al despliegue en su costa—y, de manera creciente, en las islas que controla en el mar de China Meridional—de armamento de estas características, adquiriendo así una notable ventaja asimétrica con respecto a Estados Unidos en el Pacífico occidental. No suele mencionarse, sin embargo, que los negociadores norteamericanos del INF lograron la exclusión del acuerdo de los misiles basados en el mar (buques y submarinos) y en aeronaves. Sus aliados—tampoco partes del tratado—pueden asimismo desplegar misiles de este alcance en su territorio. Las justificaciones de Washington plantean por tanto muchas dudas, además de poder agravar una espiral de inseguridad.

Los líderes chinos consideran que la expansión de un sistema de misiles liderado por Estados Unidos en Asia no solo limitará sus propias capacidades en el caso de una contingencia en su periferia marítima, sino que obligará a redefinir su doctrina nuclear, basada hasta la fecha en el mantenimiento del arsenal mínimo necesario para poder responder a un ataque. El reforzamiento de sus capacidades adquirirá prioridad frente al desarme. Pekín verá por otra parte legitimados sus argumentos—recogidos en el Libro Blanco sobre Seguridad en Asia de 2017—sobre Estados Unidos como fuente de inestabilidad estratégica en la región. Por no hablar de las nuevas oportunidades que se le presentan para dividir a Washington de sus aliados.

La presión sobre Corea del Sur después de que ésta permitiera a Estados Unidos desplegar el sistema THAAD en su suelo hace un par de años es un buen ejemplo de lo que cabe esperar. Tras el rápido deterioro de las relaciones entre Pekín y Seúl, el pasado mes de diciembre ambas partes acordaron “un nuevo comienzo”. Según fuentes chinas, el presidente Moon Jae-in se comprometió a no sumarse a la red de misiles de Estados Unidos, ni a formar una alianza trilateral con Washington y Tokio, ni a desplegar más baterías THAAD. Washington incrementará su presión sobre un gobierno, el surcoreano, ya rehén de las amenazas de nuevas represalias económicas por parte de China, su principal socio comercial y financiero.

Las reservas, si no abierta oposición, por parte de sus aliados—en esto coinciden los asiáticos y los europeos—obliga a preguntarse por el sentido de la decisión de la Casa Blanca. ¿Propiciar una nueva carrera armamentística con China—a la vez que con Rusia—se traducirá en una mayor seguridad para Estados Unidos? ¿En una mayor estabilidad en Asia y en Europa? (Foto: Steve Jurvetson)

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United States: Another Step Back.

(Traducción: Isabel Gacho Carmona) Donald Trump’s decision to withdraw troops from Syria and Afghanistan has caused an earthquake in the American political scene. It was due to the opposition from the political and military leadership, the White House presidential advisers, analysts and experts and the resignation of Jim Mattis, a general who had already been set aside by Obama for his opposition to the presidential renounce to take a more active role in Syria. Mattis, who was re-fished by Trump, is reputed to be tough but was building bridges with Europe and the Middle East in the face of the swings of Trump. This is the most serious crisis of the Trump Administration, not only because of the deepening of the loss of confidence within its environment, but also because of the message that the US gives to Russia, Iran and China.

In Syria, Trump’s policy has followed Obama’s, but with more fuss. The US never got significant allies on the ground or had a clear strategic plan. After attempting to overthrow Bashar al-Assad without putting sufficient forces or allies on the ground, US eventually developed tactical plans to control strategic zones with the support of its Kurdish allies to the north and some Arab groups to the south and east. Thus, they left the whole global initiative to the Russians who, with the support of Iran and the al-Assad government, reversed the situation, consolidated the regime and gave widespread support to the presence of Iranian forces and Lebanese allied militia of Tehran, Hizbullah, drawing a new strategic framework in the region. The withdrawal of the troops leaves the few US allies to their fate and gives green light to the victory of Russia and Iran.

The withdrawal of troops also from Afghanistan, after years of vacillation between the war and pressures on the Government of Kabul to negotiate with the “moderate” fraction of the Taliban, is another step in the confusion. In Afghanistan today, the Taliban movement is stronger, Al-Qaeda has reappeared, and the Islamic State has begun to act.

The most important thing here is the message. The protectionism and isolationism of Trump is not only economic, but also military. The US allies in each region begin to doubt and confidence is cracked, which will probably lead them to unilateral measures to strengthen their positions or vary their alliances. Regarding the opponents, Russia and China, Trump is telling them that to the extent they increase their pressure, the risks of their strategic advances decrease, as long as they do not directly attack the United States.

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INTERREGNUM: Europa y Asia en 2019. Fernando Delage

El creciente poder económico de China, sus rápidos avances tecnológicos y la acelerada modernización de sus capacidades militares ponen a prueba el entorno en el que se ha desarrollado el proceso de integración europea hasta la fecha. La incertidumbre sobre las intenciones de la administración Trump y el paso de ésta a la ofensiva contra Pekín, agravan el dilema europeo.

Washington necesita a sus aliados para evitar que la República Popular recurra a ellos como solución indirecta para evitar los aranceles norteamericanos, y también para compartir información sobre los movimientos chinos en relación con la adquisición de nuevas tecnologías. Estados Unidos intenta, por ejemplo, que se vete a las grandes empresas de telecomunicaciones chinas en los próximos concursos públicos para el desarrollo de las redes 5G. Las preferencias de los gobiernos europeos—y sus percepciones de China—no son siempre coincidentes, sin embargo, con las norteamericanas.

Sin el eje transatlántico, indicó Henry Kissinger hace unos meses, Europa corre el riesgo de convertirse en un mero apéndice de Eurasia, sujeto a los objetivos de Pekín. Pero ¿pueden Bruselas y los gobiernos de los Estados miembros confiar en una Casa Blanca que da a entender que, después de China, la Unión Europea puede ser el próximo objeto de atención de su política de sanciones comerciales?

El debate está pues encima de la mesa. Lo que indican los hechos es que, sólo en los primeros seis meses de 2018, las inversiones chinas en la UE multiplicaron por nueve las dirigidas a Estados Unidos. El total anual alcanzó los 60.400 millones de dólares, un 82 por cien más que en 2017, lo que supuso casi el 56 por cien de la inversión extranjera directa china en su conjunto. Por otra parte, los intentos liderados por Alemania y Francia por reforzar la supervisión de las compras chinas en las industrias estratégicas del Viejo Continente no avanzan lo suficiente por la oposición de algunos gobiernos, con Italia a la cabeza. En este contexto, el mes pasado China anunció un nuevo Libro Blanco sobre la Unión Europea; el tercero tras los de 2003 y 2014. Al cumplirse el 15 aniversario del establecimiento de la Asociación Estratégica Integral entre ambos, el documento enumera las distintas áreas bilaterales de cooperación, retoma la idea de negociar un acuerdo de libre comercio—al que Bruselas se opone—y sugiere que deben cooperar juntos contra el “unilateralismo” (de Estados Unidos, se entiende).

Una de las más inteligentes respuestas europeas a la política proteccionista de Estados Unidos y a las ambiciones chinas reflejadas en la iniciativa de la Ruta de la Seda, ha sido la firma del doble acuerdo de asociación económica y estratégica con Japón, en vigor a partir de 2019. Bruselas ha ido con todo más allá, al aprobar el Consejo, también en diciembre, la estrategia de la Unión hacia India. Las dos grandes democracias asiáticas se suman así a los europeos en la defensa de un orden multilateral y basado en reglas, a la vez que acuerdan coordinar sus posiciones con respecto a los desafíos y problemas comunes de la agenda global.

El discurso multilateral no es suficiente, sin embargo, para gestionar los intereses a largo plazo del Viejo Continente ante la rápida transformación del equilibrio de poder internacional. Algunas piezas, como la asociación con Japón e India o la estrategia de interconexión Europa-Asia—ya mencionada anteriormente en esta columna—han tomado forma, pero se sigue echando en falta una mayor ambición estratégica. Esperemos que las elecciones al Parlamento Europeo y la renovación de la Comisión no interrumpan el necesario ajuste a un mundo en el que la Unión se juega su futuro.

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El mito del milagro asiático, revisitado. Miguel Ors Villarejo

Érase una vez una opinión pública que contemplaba con inquietud el progreso extraordinario experimentado por un puñado de economías orientales. Aunque todavía eran sustancialmente más pobres y pequeñas que las occidentales, la rapidez con que habían realizado la transición de sociedad agraria a potencia industrial, su capacidad para encadenar tasas de crecimiento muy superiores a las de las naciones avanzadas y la naturalidad con que desafiaban e incluso superaban la tecnología estadounidense y europea cuestionaban la permanencia de la hegemonía no ya política, sino ideológica de Occidente. Los líderes de aquellos países emergentes no compartían la fe en el mercado libre y los derechos civiles. Afirmaban con aplomo que su sistema era mejor y que los pueblos dispuestos a aceptar gobiernos autoritarios, a limitar sus libertades en aras del bien común y a sacrificar los deseos de consumo cortoplacistas en aras del desarrollo a largo plazo acabarían superando a las cada vez más caóticas sociedades de Occidente. Y una creciente minoría de intelectuales estaba de acuerdo.

En Estados Unidos, la menguante brecha entre Oriente y Occidente terminó convirtiéndose en una prioridad política y los republicanos recuperaron la Casa Blanca bajo la égida de un enérgico presidente que prometió hacer América grande otra vez…

Con apenas unos leves retoques, los dos párrafos anteriores están literalmente fusilados de un clásico del periodismo económico: “El mito del milagro asiático”, el artículo publicado por Paul Krugman en Foreign Affairs en 1994. En aquel momento, el mundo asistía expectante a la irrupción de los llamados dragones (Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán y Singapur), pero Krugman no se refería a ellos. “Hablo, por supuesto, de comienzos de los 60”, seguía el tercer párrafo. “El enérgico presidente era el demócrata John Kennedy [yo he puesto republicano, para actualizar la trampa, y he alterado el lema de su campaña, aunque no mucho]. Las proezas tecnológicas que tanto alarmaban a Occidente eran el lanzamiento del Sputnik y la carrera espacial. Y las economías de rápida expansión eran las de la Unión Soviética y sus satélites”.

Aquello acabó en 1989 como todos sabemos, pero Occidente no puede dejar de mirar con aprensión al Este. De allí vinieron los hunos en el siglo V, los magiares en el IX, los selyúcidas en el XI, los otomanos en el XIII… Desde la caída del Muro de Berlín, la naturaleza del recelo ha cambiado: ya no tememos una invasión física, sino un desbancamiento económico. En 1993 Lester Thurow anunció que el individualismo de Estados Unidos sucumbiría a manos de Japón; incluso Ridley Scott rodó Black Rain, una película que se hacía eco de esta paranoia, del mismo modo que La noche de los muertos vivientes había sido una metáfora de la Guerra Fría. Cuando el país del sol naciente se vino abajo como consecuencia de una gran burbuja inmobiliaria, se empezó a hablar del capitalismo confuciano de los dragones. Ahora estamos con China.

“El punto de vista general”, escribe Martin Wolf en el Financial Times, “es que hacia, digamos, 2040 la economía de China será mucho mayor que la de Estados Unidos”. Hay dos poderosos argumentos que avalan esta tesis. Primero, China aún está por detrás de los países más avanzados en términos de productividad y ese proceso de convergencia debería continuar. Segundo, Pekín ha acreditado una gran capacidad para mantener elevados ritmos de crecimiento a lo largo de décadas.

El problema de esta extrapolación es que no está claro cuál va a ser el impulsor de esa expansión. No puede ser la inversión, que alcanzó el año pasado el 44% del PIB, una proporción insosteniblemente alta. En infraestructuras, “su stock per cápita es ya muy superior al de Japón cuando tenía su misma renta”, dice Wolfe. Y las exportaciones también han tocado techo. Lo lógico es que el consumo doméstico tomara el relevo, pero el elevado endeudamiento lo hace improbable.

La única fuente de crecimiento es una mejora de la productividad, es decir, hacer más con los mismos recursos. En “El mito del milagro asiático”, Krugman explica que esa fue la variable que acabó doblegando a la URSS. Los sistemas de planificación central son mucho menos eficientes que los capitalistas por una razón sencilla: en estos últimos, los emprendedores se juegan su dinero y tienen poderosos motivos para ganar competitividad. A los burócratas soviéticos, por el contrario, les traía sin cuidado la calidad: todo lo que fabricaban acababa colocándose, con independencia de lo bien o mal que funcionara. El resultado fue una brecha creciente de productividad y, por ende, de riqueza y bienestar entre las dos potencias.

¿Asistiremos una vez más a este mismo desenlace? Wolf cree que sí. “Hoy en día el crédito sigue asignándose [en China] preferentemente a las empresas públicas y la influencia del Estado en las grandes compañías no deja de incrementarse. Todo esto distorsionará la asignación de recursos y ralentizará la innovación y el progreso”.

La misma predicción sobre los dragones realizó Krugman en 1994. Pocos lo creyeron, pero menos de tres años después el colapso del baht tailandés ponía fin al efímero imperio del capitalismo confuciano.

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Estados Unidos: otro paso atrás

La decisión de Donald Trump de retirar tropas de Siria y Afganistán ha provocado un terremoto en la escena política norteamericana por la oposición de parte de la cúpula política y militar, asesores presidenciales de la Casa Blanca, analistas y expertos y la dimisión de Jim Mattis, un general que ya había sido apartado por Obama por su oposición a la renuncia presidencial a tener un papel más activo en Siria, que fue repescado por Trump, que tiene fama de duro pero que estaba tendiendo puentes en Europa y Oriente Medio ante los vaivenes de Trump. Es la crisis más grave de la Administración Trump, no sólo por la profundización de la quiebra de confianza de su entorno sino por el mensaje que EEUU da a Rusia, Irán y China.

En Siria, la política de Trump ha seguido la de Obama, aunque con más aspavientos. EEUU nunca logró aliados significativos sobre el terreno ni tuvo un plan estratégico claro y tras pretender derrocar a Bashar al-Ásad sin poner sobre el terreno ni aliados ni fuerzas suficientes, acabó por desarrollar planes tácticos de controlar zonas estratégicas con apoyo de sus aliados kurdos al norte y algunos grupos árabes al sur y al este. Así dejaron toda la iniciativa global a los rusos que con apoyo de Irán y del gobierno de al-Ásad revirtieron la situación, consolidaron al régimen y dieron un amplio respaldo a la presencia de fuerzas iraníes y de milicia libanesa aliada de Teherán, Hizbullah, a poca distancia de las fronteras de Israel y dibujando un nuevo marco estratégico en la región. La retirada de las tropas deja a los escasos aliados de EEUU a su suerte y da luz verde a la victoria de Rusia e Irán.

La extensión de la retirada de tropas también de Afganistán, tras años de vacilación entre la guerra y las presiones al Gobierno de Kabul para que negocie con la fracción “moderada” de los talibanes, es un paso mas en la confusión. En territorio afgano hoy está más fuerte el movimiento talibán, ha reaparecido Al Qaeda y ha comenzado a actuar el Estado Islámico.

Lo más grave: el mensaje. El proteccionismo y el aislacionismo de Trump no es sólo económico, sino también militar. Los aliados de EEUU en cada región comienzan a dudar y la confianza se resquebraja lo que, probablemente les llevará a medidas unilaterales para reforzar sus posiciones o a variar sus alianzas, Y para los adversarios, Rusia y China, Trump les está diciendo que en la medida en que aumenten su presión disminuyen los riesgos de sus avances estratégicos si no atacan directamente a Estados Unidos. (Foto: Chris Marquardt, flickr.com)