Entradas

border

Rusia, al norte y al oeste de China

Una de las mas relevantes noticias de las últimas semanas fue la participación de China, con fuerzas militares, en las mayores maniobras del ejército ruso desde la posguerra mundial. Aparentemente, las relaciones ruso-chinas pasan por un buen momento: se han firmado convenios de suministro de energía, se han coordinado posiciones respecto a los signos de guerra comercial con Estados Unidos y Rusia ha apoyado, con perfil bajo, las distintas iniciativas y operaciones chinas respecto a la crisis con Corea del Norte.
Sin embargo, como en todas las relaciones entre países, conviene distinguir entre lo visible y lo real ente los intereses coyunturales y los profundos, y Rusia China son dos países demasiado veteranos en encuentros, desencuentros y disputas, tanto territoriales como de influencia, como para mantener alianzas a largo plazo. Por eso se siguen observando mientras se sonríen.
Así, mientras celebran su recobrada amistad, Rusia refuerza su influencia, ya importante, en Kazajistan, Kuirgistán y Tayikistan, repúblicas ex soviéticas que rodean la frontera occidental china, justo frente a la zona donde el islamismo está echando un pulso político al gobierno de Pekín.
China no debería, y en realidad no lo hace, (y, por cierto, especialmente no deberían EEUU y Europa) ser indiferente a esas iniciativas rusas en zonas en las que China quiere aumentar su influencia entre otras cosas con su proyecto de comunicación terrestre con Europa a través de la vieja Ruta de la Seda.
Rusia perdió, tras el desmoronamiento de la URSS, presencia política y militar, tanto en el Pacífico como en el Asia central, y Putin, que está fortaleciendo su Estado y su presencia global día a día, no puede abandonar esta zona estratégica para Moscú de los tiempos de los zares. Y en eso está.
La nueva geoestrategia crea múltiples frentes para cada país en un mundo que se ha hecho mucho más complejo. Y hay que analizar los escenarios principales y los secundarios a la hora de interpretar riesgos, amenazas y oportunidades, es decir, desventajas y ventajas de cada situación.
Las explicaciones simples conducen con frecuencia a errores y a perder de vista que la realidad es como es y no como nos gustaría que fuera, y si no se parte de la realidad no se toman decisiones eficaces. (Foto: Eul Mulot, Flickr.com)
triangulo

INTERREGNUM: XI en Vladivostok. Fernando Delage

La semana pasada, con ocasión de la primera asistencia de un presidente chino al Foro Económico de Vladivostok, Xi Jinping se reunió—por vigésimosexta vez—con su homólogo ruso, Vladimir Putin. El encuentro coincidió con la celebración de las maniobras Vostok, organizadas regularmente por las fuerzas armadas rusas en su región extremo oriental. La edición de 2018 ha sido la mayor hasta la fecha (con 300.000 soldados) y, por primera vez, ha participado China (con 3.200 tropas), el país que—en su origen—fue el objeto de estos ejercicios militares, diseñados como preparación para un hipotético conflicto con la República Popular. ¿Significa esta creciente cooperación militar ruso-china que ambos países podrían transformar su asociación estratégica en una nueva alianza?

Las circunstancias han acercado a dos potencias entre las que no ha existido una gran confianza a lo largo de la Historia. Moscú y Pekín quieren sustituir la primacía norteamericana por un mundo multipolar. Los dos Estados rechazan la democracia y los valores liberales, que perciben como una amenaza a sus sistemas políticos. Las limitadas capacidades rusas y el impacto de las sanciones impuestas por Occidente empujan a Moscú hacia Pekín como principal instrumento de defensa frente a las presiones de Washington. La guerra comercial de Trump reaviva asimismo el interés chino por crear un frente común con Rusia.

Las circunstancias internas de los dos países no pueden ser más diferentes, sin embargo, ya se trate del contexto demográfico o de las dimensiones y dinamismo de sus respectivas economías. Tampoco coinciden exactamente en sus preferencias con respecto al orden internacional. China aspira como mínimo a un estatus igual al de Estados Unidos, mientras que esa es una posibilidad de la que Rusia no puede estar más alejada. Pekín necesita una economía mundial abierta; Moscú busca aislarse—para protegerse—de la globalización. Las cifras hablan por sí solas: mientras el comercio entre Estados Unidos y China superó los 650.000 millones de dólares en 2016, entre Rusia y Estados Unidos apenas alcanzó los 27.000 millones de dólares (y entre Rusia y China, 84.000 millones de dólares). Pero los datos no pueden ocultar que la entente entre Moscú y Pekín supone una notable causa de inquietud para Washington.

Mantener de manera simultánea una relación de rivalidad con los dos principales actores del continente euroasiático es un escenario que cualquier asesor diplomático aconsejaría a Washington evitar. Irrumpe así la idea, sugerida según algunas fuentes por el propio Henry Kissinger, de que la enormidad del desafío que representa China para la posición internacional de Estados Unidos podría requerir el alineamiento de Estados Unidos con Rusia en una versión inversa del triángulo estratégico al que dieron forma Nixon y Kissinger en la segunda mitad de la Guerra Fría.

Sus posibilidades parecen escasas, no obstante. ¿Pondría Putin en peligro su relación con China para aliarse con Trump? Además del coste que esa política tendría para Moscú, no parecen existir los valores o los intereses compartidos con Washington que justificarían tal paso. Estados Unidos, por su parte, además de levantar las sanciones, tendría que ignorar numerosos asuntos—de Ucrania a los derechos humanos—y reconocerle a Rusia la esfera de influencia que ésta cree le corresponde. Pese a las tensiones bilaterales actuales, China es—por lo demás—, tanto por razones económicas y políticas como por la agenda global, mucho más importante para Estados Unidos que Rusia.

Las sorpresas, es cierto, pueden producirse, pero no parece muy realista pensar que triángulos estratégicos propios de la década de los setenta permiten responder a los imperativos geopolíticos de nuestro tiempo. El reto para la administración Trump—como para Europa—no consiste en formular una simple respuesta al actual acercamiento bilateral entre Rusia y China, sino en articular un concepto innovador frente a la transformación histórica que representa para el sistema internacional la Gran Eurasia que está tomando cuerpo, y que es mucho más que la mera suma de las interacciones entre Moscú y Pekín.

engranaje

Trump y los daños colaterales

La visita del presidente chino a Rusia y su entrevista con Putin y los viajes del ministro de Asuntos Exteriores a Vietnam y, dentro de unos días a Filipinas muestran cómo la maquinaria diplomática de China está construyendo, paso a paso, un nuevo sistema de alianzas que desafía a Estados Unidos, aprovecha los errores de bulto del presidente Trump y  refuerza su aspiración de convertirse en protagonista de la gran escena internacional.

El consejero de Estado y ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, visitará Vietnam, país en el que China tiene grandes intereses comerciales que aspiran a ensanchar para presidir la XI reunión del Comité Directivo China-Vietnam para la Cooperación Bilateral. Atrás quedan, al menos de momento, los contenciosos sobre zonas de soberanía marítima, plataformas petrolíferas e islas en disputa. No es que desaparezcan, sino que China quiere reforzar con influencia económica sus aspiraciones soberanas.

La visita a Filipinas es un segundo paso importante. No es un secreto que desde hace varios años el presidente filipino Rodrigo Duterte coquetea con un acercamiento a China tras varios encontronazos con la Administración Obama y la distancia que mantiene con la Administración Trump como consecuencia del repliegue de EEUU hacia el proteccionismo y la incertidumbre sobre las alianzas sostenidas hasta ahora. Filipinas ha sido uno de los aliados más sólidos de Estados Unidos desde su independencia.

No es que Filipinas vaya a cambiar de alianzas, pero Trump debería prestar atención a los daños colaterales que sus improvisaciones, sus guerras comerciales y su obsesión proteccionista están creando y como China va ocupando el vacío que deja EEUU en una zona en la que también Rusia quiere, y tiene una estrategia para hacerlo, reforzar su presencia.

Official White House Photo by Andrea Hanks

El grano y la paja

Una vez más, y podemos estar entrando en un bucle sostenido, hay que insistir en la necesidad de separar el grano de la paja en lo que al atrabiliario presidente Donald Trump hace referencia. Y hay que reconocer que el personaje no pone mucho de su parte para facilitar ese proceso intelectual.

De la gira europea del presidente norteamericano, en los medios de comunicación y, lo que es peor, en los discursos de muchos dirigentes políticos quedan sus exabruptos, sus inoportunidades, sus salidas del protocolo real británico y su falta de tacto. Es decir, la paja.

Mucho menos se han comentado, analizado y debatido sus afirmaciones sobre la progresiva dependencia energética europea del gas ruso (con las implicaciones estratégicas que eso tiene), la necesidad de un mayor presupuesto para la defensa europea, la declaración de guerra comercial y las implicaciones que puede tener su relación bilateral con Putin. No por las afirmaciones simplistas de que son más aliados sino porque su evidente choque puede llevar a un acuerdo sobre intereses comunes a costa de una Unión Europea inerme y que tiende al apaciguamiento con Rusia y al choque con Trump. Una Europa sin estrategia clara. Ese es el grano.

En ese contexto, al no insistirse en que Trump es una contingencia en una relación estratégica que no solo no puede ser cuestionada, sino que por si misma explica las libertades en Europa, la UE ve como EEUU, Rusia y China fortalecen su presencia en un escenario cada vez más complejo.

Trump se equivoca con el proteccionismo nacionalista, pero cuando Rusia y China lo critican, ellos que siguen siendo poco partidarios de las libertades, no deben engañar. Todos, Europa incluida, mantienen políticas proteccionistas que penalizan a los países pobres y a sus propias sociedades. Y el debate debe empezar ahí. Aunque algún día habrá que hablar de los gastos en defensa. Del grano. (Foto: Flickr, Official White House by Andrea Hanks)

atomium

INTERREGNUM: De Bruselas a Helsinki. Fernando Delage

Sin poder atisbar aún la lógica interna de los movimientos diplomáticos de Trump—si es que tal coherencia existe, más allá de un mero impulso unilateralista—el presidente norteamericano pondrá nuevas cartas sobre la mesa esta misma semana. La cumbre de la OTAN en Bruselas (11-12 julio), seguida por su encuentro con Putin en Helsinki (16 julio), pondrán a prueba la cohesión de las relaciones transatlánticas, dando paso quizá a una transformada arquitectura de seguridad europea. Pero los efectos sobre los aliados asiáticos de Estados Unidos, Japón y Australia en particular, tampoco serán menores.

Las quejas de Washington sobre la limitada aportación financiera de los europeos a la defensa del Viejo Continente no es nueva ni incorrecta. Pero Trump es el primer presidente en pasar de las críticas a los hechos. Su determinación obliga a preguntarse por el futuro de la OTAN, pero sobre todo agrava la incertidumbre de unos socios europeos ya sorprendidos por las sanciones comerciales impuestas por Estados Unidos, y por el comportamiento hostil de Trump en la reciente cumbre del G-7 en Canadá. Su defensa durante la cumbre del reingreso de Rusia en el grupo, cobra sentido al confirmarse el encuentro bilateral con Putin. ¿Intentará Trump llegar a un acuerdo con el presidente ruso a costa de los intereses de seguridad de la Alianza Atlántica?

No faltarán asuntos en la agenda de Helsinki: la guerra civil siria, la situación en Ucrania, Irán y Corea del Norte, sin olvidar la interferencia rusa en las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016. Y, sobre todo—cuestión prioritaria para Moscú—, el levantamiento o mitigación de las sanciones económicas. Son asuntos todos ellos relevantes para la estabilidad internacional, si bien los imperativos internos son probablemente los prioritarios para ambos líderes: ni Trump ni Putin pueden permitirse ningún movimiento que se interprete como cesión por sus respectivas opiniones públicas.

Los rehenes de sus decisiones son los aliados de Estados Unidos en ambos extremos de Eurasia. Ha llegado probablemente la hora de que la Unión Europea avance en su autonomía estratégica, pero la ausencia de consenso entre los Estados miembros sobre la política a seguir con respecto a Rusia es justamente la demostración de debilidad preferida por Moscú. El escenario no es menos incierto para los socios asiáticos de Washington, con la ventaja de que al menos éstos pueden actuar con mayor margen de maniobra individual. La reunión de Trump con Kim Jong-un en Singapur el pasado 12 de junio ya fue demostración del fin de una era. Se avance o no la desnuclearización de la península coreana, se extiende la percepción de que los compromisos de seguridad de Estados Unidos en la región han dejado de tener la solidez de décadas anteriores: un reajuste de los cálculos estratégicos resulta inevitable. La intuición de que todos estos movimientos forman parte de un mismo proceso—que Washington ha puesto en marcha sin preocuparse por sus consecuencias—explica que las capitales asiáticas seguirán lo que ocurra en Bruselas y Helsinki como si sus intereses más directos estuvieran también en juego.

duda

Japón necesita garantías

Una vez sentadas las bases, en Singapur, de un acuerdo entre Corea del Norte y Estados Unidos, la potencia occidental está obligada a dar certidumbre y seguridad a sus aliados desde el fin de la II Guerra Mundial en un escenario en el que sus tradicionales enemigos, China y Corea del Norte, han robustecido su posición política.

El más expuesto de estos aliados de Occidente es Corea del Sur, que se ha apresurado a desarrollar su propia agenda con China y sus vecinos del norte, pero que, a la vez, está protegido por la dinámica misma pactada en Singapur, aunque obviamente, en medio de riesgos extraordinarios.

Otro caso es Japón, por razones históricas, estratégicas y culturales. Japón es una potencia económica, tiene una razonable fuerza militar de defensa, mantiene disputas marítimas y territoriales con China, alberga bases estratégicas de Estados Unidos y mantiene tanto compromiso como reservas respecto al nuevo escenario en el Pacífico.

Tras el acuerdo con Singapur, Tokio ha multiplicado sus guiños diplomáticos, no sólo con Estados Unidos y Corea del Sur, sino también con China y Rusia. A pesar de esto, Corea del Norte ha aumentado su presión sobre Japón advirtiendo a este país que si siguen sus dudas quedará al margen del gran acuerdo en desarrollo y Estados Unidos ha tenido que señalar que ningún acuerdo con Corea del Norte debilitará la amistad con Japón.

Son gestos para visualizar la continuidad y la estabilidad a pesar de los cambios y los riesgos, pero dan cuenta de la profundidad de los primeros y de los esfuerzos para no agrandar  los segundos.

Derechos humanos

Cinco consecuencias de la salida de EEUU del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La semana pasada transcurrió en los Estados Unidos con el foco puesto en los derechos humanos. Por un lado, los extensos informes hechos por los medios de comunicación sobre las innecesarias separaciones de niños de sus padres en las fronteras, producto de una “política de máxima presión” impuesta por la Administración Trump, que busca controlar y contener las enormes oleadas de inmigrantes centroamericanos que están llegando cada día a territorio estadounidense. Y, por otro lado, la salida de Estados Unidos del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, con una extensa y sensata explicación hecha por la embajadora estadounidense ante Naciones Unidas -Nikki Haley- con el espaldarazo del Secretario de Estado -Mike Pompeo- (quien estuvo a su lado), para que no quedará ninguna duda de que es una política de la Administración, en la que están totalmente coordinados.

La Comisión de Derechos Humanos hasta 2006, fue renombrada como Consejo de Derechos Humanos, en una búsqueda desesperada de cambiar la imagen y las críticas a sus miembros, quienes, en su mayoría no podían garantizar estos derechos en sus propios países de origen. A la vez, la misma ONU ha sido criticada por su disfuncionalidad y espléndidos presupuestos que se evaporan en una gran cantidad de gastos administrativos, que no dejan de ser vitales para su funcionamiento. Como buena organización supraestatal, la gestión es compleja y la burocracia probablemente su mayor debilidad. Son muchos los que cuestionan el mero hecho de su existencia, pues Naciones Unidas fue creada después de la II Guerra Mundial con un imperante deseo de paz y estabilidad mundial, que respondió a ese momento histórico, pero que en un escenario totalmente diferente a día de no tiene razón de existir. Sin embargo, no hay que olvidar que ha sido el foro donde se han podido sentar todas las líneas políticas e ideológicas, aliadas o enemigas, y ha sido un verdadero freno de conflictos que en mayor o menor medida impone respeto ante tiranos opresores.

En la página oficial del Departamento de Estado están definidos los derechos humanos como parte fundamental de la concepción del Estado estadounidense, desde el momento de su creación hace más de 200 años, así como también precisa que son el centro de la política exterior de este país, tal y como figuran en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, suscrita por Washington. Ahora bien, ¿cuáles son las consecuencias de que el país más poderoso del planeta se retire de la Comisión de Derechos Humanos?:

  1. The Guardian afirmaba que la salida de Estados Unidos de la Comisión de Derechos Humanos es un gran regalo para Xi Jinping pues China está encantada de llenar el vacío dejado por Washington y convertirse en el líder de dicha comisión. Y, desde dentro, emprender un proceso de redefinición de los derechos humanos a lo chino.

  1. Después de la Cumbre de Singapur, si realmente se comienza un proceso de negociación, los derechos humanos constituyen un punto que irá paralelo a la desnuclearización. ¿Como podrá Estados Unidos presionar a Pyongyang si no tiene la estructura de apoyo, como el Consejo de Derechos Humanos, y las organizaciones encargadas de evaluar el estado de los derechos humanos en Corea del Norte?

  1. Rusia ahora está aspirando a entrar a formar parte del Consejo. A finales de la semana pasada, el Moscow Times publicaba un artículo que explícitamente expresaba que Moscú aspira a llenar la silla dejada por Washington. Con la presencia de Rusia y China, la lectura de los derechos humanos podría cambiar completamente de tono. Además de que los grandes explotadores de estos derechos no serían ni tan siquiera cuestionados.

  1. Filipinas y su presidente -Rodrigo Dutarte-, cuya campaña más emblemática contra las drogas a elevado a miles el número de homicidio de parte de policías y otros grupos políticos que violan los derechos humanos de sus ciudadanos. Dutarte ha expresado en varias ocasiones que buscará un acercamiento con China, a la que Estados Unidos debería replicar haciendo uso de las estrechas relaciones entre ambas naciones durante décadas. Si Manila se acerca a Beijing, Washington perdería influencia regional pero también control sobre la lucha contra “Abu Sayyaf”, un grupo islámico separatista asentado en el sur, que se creó con dinero proveniente de Osama Bin Laden.

  1. La soledad de los aliados. Con el aislacionismo de Washington, los aliados entran en una situación vulnerable al estar rodeados de peligros de los que solos tal vez no son capaces de afrontar. Podrían verse presionados a rendirse a los deseos de los más fuertes. Por ejemplo, Japón, cada día se encuentra más aislado en Asia con un Beijing más fuerte y un Moscú con mucho afán de protagonismo a pocos kilómetros de sus fronteras

Trump ha redefinido claramente la agenda y la política exterior. Primero fue la salida del Acuerdo de París, al que Xi Jinping no perdió ocasión de demostrar que él estaba encantado en liderar y con ello llenar más espacio internacional. El acuerdo de Siria es otro ejemplo de ausentarse de un foro por no considerarlo la salida correcta, en vez de presionar desde dentro hacia un acuerdo más deseado. Y ahora la salida del Consejo de Derechos Humanos, que marca un momento en la historia, pues es el primer país en hacerlo.

El problema de no estar presente es que no se puede usar la diplomacia como un mecanismo disuasorio. El no participar puede, no sólo aislar a Washington, sino hacerle perder influencia internacional o regional. El estar ausente deja un vacío de liderazgo, que hasta hace poco asumía Estados Unidos, en manos de Rusia y/o China, quienes tienen un gran deseo de ostentarlo e influir libremente en la comunidad internacional sin tantos cuestionamientos, que les frenan a sus ambiciones económicas y de poder. (Foto: Dave McFarlane, Flickr)

detroit

INTERREGNUM: Tres cumbres, tres preguntas. Fernando Delage

En menos de una semana, tres distintos encuentros han puesto en evidencia el fin de una era en Asia (y en Europa). La reunión del G-7 en Canadá, la cumbre entre el presidente de Estados Unidos y el líder norcoreano en Singapur, y el foro anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) en Qingdao (China), revelan la acelerada transición hacia un nuevo orden regional y global.

En Charlevoix, al negarse a firmar el comunicado conjunto con sus socios del G-7, Trump rechazó de manera explícita los pilares básicos del orden internacional de postguerra. Es más, no ha dudado en desafiar a sus socios mediante la imposición de nuevos aranceles comerciales. La pregunta se imponía: ¿se puede seguir hablando de una comunidad política occidental?

El contraste con el trato dado por Trump a Kim Jong-un solo dos días más tarde no pudo ser mayor. “Tenemos por delante una extraordinaria relación”, dijo el presidente norteamericano de Kim, con el que espera establecer pronto relaciones diplomáticas formales. Su declarada intención de abandonar la presencia militar de Estados Unidos en Corea del Sur terminó de agravar la inquietud de sus aliados asiáticos, ya sorprendidos por lo ocurrido en Canadá.

Las palabras de Trump marcan el fin efectivo de una guerra que comenzó hace justamente 68 años—el 25 de junio de 1950, cuando Corea del Norte invadió el Sur—, y que ha sido determinante del equilibrio estratégico asiático. Recuérdese que la guerra de Corea fue el decisivo punto de inflexión en el nacimiento de la Guerra Fría, y—a través del famoso documento NSC68—de la puesta en marcha de la política de contención norteamericana. El apoyo de Pekín y Moscú a Pyongyang hizo del conflicto un frente central contra el comunismo. La implosión de la Unión Soviética varias décadas después resolvió la competencia ideológica, pero las estructuras occidentales diseñadas para competir con las potencias rivales no desaparecieron: la OTAN, lejos de disolverse, se amplió, como también Occidente incrementó sus relaciones económicas con China, facilitando su ascenso.

Una segunda pregunta resulta por tanto inevitable: ¿qué será del orden de la Guerra Fría en Asia cuando su último vestigio—la guerra de Corea—pasa definitivamente a la Historia? Cuando el presidente de Estados Unidos parece sentirse más cómodo con el dictador norcoreano que con sus aliados europeos, ¿pueden sus socios asiáticos seguir creyendo en la garantía de seguridad que les ha ofrecido Washington desde el fin de la segunda guerra mundial?

China y Rusia asisten sin disimulada satisfacción a esta rápida desintegración del orden liberal. Mientras Occidente pierde fuerza como bloque, Eurasia se consolida como espacio estratégico. Así lo ha puesto de manifiesto la primera cumbre de la OCS en la que han participado India y Pakistán como nuevos socios, y a la que fue invitado Irán como próximo candidato a la adhesión. No debe sobrevalorarse la cohesión del grupo, pero el contraste es significativo, especialmente cuando China sustituye a Estados Unidos como principal defensor de un sistema multilateral. Ensimismado en sus preferencias unilateralistas, Washington no propone un orden alternativo al desmantelamiento del orden de postguerra, pero ¿y Europa? Ésta es la tercera pregunta provocada por los hechos de la semana: ¿qué hara la Unión Europea cuando la relación transatlántica pierde fuelle y sus intereses se ven afectados de manera directa por la reconfiguración geopolítica de la Eurasia de la que forma parte? (Foto: Equinox27, Flickr)

futbol capitalista

Por qué las democracias liberales juegan mejor al fútbol. Miguel Ors Villarejo

Me he acostumbrado a tomar un zumito de frutas a media mañana en el trabajo. Me ayuda a reponer fuerzas y, sobre todo, evita que llegue famélico a la hora de comer y me abalance sobre el pan y otros hidratos que estaban arruinando mi proverbial figura. Por desgracia, muchos compañeros se han aprendido también el truco y, últimamente, los zumos de la máquina se acaban en seguida. Esto es un fastidio, aunque hay varios modos de resolverlo.

En una economía de planificación central se pondría sobre aviso a la Comisaría de Zumos, que ordenaría un aumento de la producción. Pero, ¿y si el Directorio del Gosplán le negaba la autorización porque (como era habitual) andaba corto de fondos? Habría que reducir la manufactura de otros artículos, pero ¿cuáles?

En “El uso del conocimiento en la sociedad”, un artículo de 1945 por el que recibiría el Premio Nobel unos años después, Friedrich Hayek aborda este asunto y su conclusión es que, a la hora de determinar las necesidades de los agentes, el Estado es muy malo. La información precisa para decidir qué debe fabricarse en cada momento está desperdigada por la sociedad y ningún burócrata puede recopilarla y cuantificarla. Primero, porque la mayoría de los ciudadanos no verbalizamos nuestras preferencias y, segundo, porque no hace falta. Las oscilaciones de los precios indican los bienes que escasean y los que abundan, y el ánimo de lucro se encarga del resto. Al advertir cómo la cotización de la plata sube, miles de empresarios se lanzarán a extraerla sin detenerse a pensar demasiado en los motivos que impulsan su demanda.

Este elegante mecanismo es también el responsable de que los aficionados liberales disfrutemos por partida doble del Mundial. “Los regímenes autocráticos como China y Rusia”, escribe The Economist, “pueden adiestrar a grandes atletas de pista, pero en fútbol son una auténtica basura”. El comunismo moldeó prodigios físicos como las nadadoras alemanas o las gimnastas rumanas. Pero, ¿cómo se fabrica un Iniesta o un Messi? No salen de los estrechos límites de un laboratorio o un regimiento. Hacen falta millones de ensayos que solo la naturaleza puede realizar y no hay modo de saber dónde surgirá el próximo genio. Lo único que podemos hacer es desplegar una tupida red de ojeadores que rastree cada colegio, cada torneo, cada parque.

Una estructura semejante está fuera del alcance del Estado, por totalitario que sea. Ni siquiera la Unión Soviética podía movilizar a los funcionarios suficientes. El mercado, por el contrario, responde a este desafío con ayuda de incentivos. Las enormes cantidades que La Liga paga por sus jugadores animan a miles de personas a recorrer cada domingo los campos de tierra más inmundos en busca de talento.

¿Y China? ¿No era la apoteosis del capitalismo? Sin duda, pero además de incentivos necesitas una masa crítica de aficionados, y esta tampoco se crea por decreto. “Mi gran sueño es que el fútbol chino se convierta en uno de los mejores del mundo”, proclamó en 2015 el presidente Xi Jinping. Pero de momento parece que es su sueño, no el de sus compatriotas, que siguen prefiriendo otros deportes.

“Apenas cuatro países considerados no libres por el ranking de Freedom House se han clasificado para la fase final de este campeonato”, observa The Economist, “y ninguno es presumible que llegue lejos. El último Gobierno autocrático que levantó el trofeo fue Argentina en 1978”.

El mercado y su sistema de precios son el modo más eficiente de aprovechar los recursos de una nación, futbolísticos o no. Por eso sospecho que la empresa de vending no tardará en subirnos el zumo.

Mind the gap

Irán: ¿continuismo y revisión?

Continuar o no con el acuerdo con Irán sobre la contención de su programa nuclear firmado por la Administración Obama es una de las decisiones que debe tomar Trump en medio de una gran presión internacional para que lo mantenga y una única invitación a revisarlo por parte de Israel.

Ya el mismo Obama había admitido las limitaciones de ese acuerdo que fue presentado como un mal menor que frenaría el desarrollo del programa iraní durante diez años, pero que no incluye garantías de revisión de las instalaciones ni afecta al programa de misiles cuyas pruebas demuestran que los cohetes podrían llegar a Europa y que están siendo desplegados en sus versiones cortas en Siria con protección rusa.

Como siempre, Europa está instalada en el posibilismo y en la vieja filosofía de que es mejor un acuerdo limitado que un no acuerdo. Y esto alimenta la propaganda iraní llena de amenazas en caso de ruptura y la sugerencia rusa de que no hay uno mejor que sea posible. Desde Israel, que vive con angustia existencial el rearme de Hizbullah (con misiles iraníes) en su frontera norte, se ve de otra manera convencido de que Teherán sigue con sus investigaciones de manera encubierta.

En realidad, la Administración Trump parece querer una revisión para incorporar un mayor control y una cláusula de control del programa de misiles, en lo que en parte estaría de acuerdo Francia y Alemania, pero Teherán no admite ni siquiera la discusión sobre estos puntos. Plantee lo que plantee, Trump tiene garantizada la oposición de gran parte de la opinión pública europea, pero tal vez los riesgos que aparecen por el horizonte no pueden depender de estas opiniones.