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INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

Mientras la administración Biden continúa dando forma a su estrategia china, impulsando una coalición de democracias que condicione el comportamiento internacional de la República Popular, los líderes en Pekín tampoco cejan en sus movimientos de contracontención. Lo han hecho en el terreno diplomático, en primer lugar, mediante la coordinación de posiciones con Rusia y los sucesivos viajes realizados por el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, a Oriente Próximo y al sureste asiático tras el encuentro mantenido en Alaska el 18-19 de marzo con el secretario de Estado y el asesor de seguridad nacional de Estados Unidos. En relación con el sistema monetario internacional, en segundo lugar, lanzando el yuan digital, un instrumento que, sin necesidad de sustituir al dólar como divisa de referencia, puede dar paso a un nuevo esquema de pagos en el que Pekín partirá con notable ventaja. También han promovido, por último, un discurso sobre el orden multilateral en el que se desafía abiertamente el papel de Washington en la definición de las reglas globales.

Así lo hizo el presidente Xi Jinping en su intervención ante el Boao Forum (el conocido como “Davos asiático”) la semana pasada, al describir su visión de un sistema mundial sin una potencia dominante, centrado en las Naciones Unidas y otras instituciones globales. Aunque reiterando ideas ya ofrecidas en discursos anteriores—como los pronunciados en la Asamblea General de la ONU en Nueva York en 2015, o en el foro de Davos (en 2017 y este mismo año)—, la crisis del multilateralismo que se ha agravado en el contexto de la pandemia y del diluido liderazgo norteamericano, le ha ofrecido una nueva oportunidad para reforzar las credenciales de China como potencia responsable y transmitir la percepción de que juega en el mismo plano que Washington. De esa manera, continúa reorientando el orden internacional a su favor, sin tener que abandonar las estructuras existentes.

Xi criticó los esfuerzos de algunos países dirigidos a “construir barreras” y “erosionar la interdependencia”. “Los asuntos internacionales, dijo, deben gestionarse mediante el diálogo, y el futuro del mundo decidirse mediante el trabajo conjunto de todos los países”. Sin mencionar en ningún momento a Estados Unidos, añadió: “No debemos permitir que las reglas establecidas por uno o por pocos países se impongan a los demás, ni que el unilateralismo de ciertas naciones determinen la dirección del resto”. “Lo que necesitamos en el mundo de hoy, concluyó, es justicia, no hegemonía”.

No menos relevante es el compromiso de Pekín con las instituciones establecidas: “Necesitamos salvaguardar el sistema internacional construido en torno a la ONU, preservar el orden internacional sustentado en el Derecho internacional, y defender el sistema multilateral de comercio con la Organización Mundial de Comercio en su centro”. Frente al hueco dejado por Washington en años recientes, China aparece como el gran guardián del orden creado en 1945, el mismo que Pekín rechazó durante el maoísmo. Se busca de este modo minimizar la influencia norteamericana, al tiempo que se hace hincapié en el principio de soberanía absoluta recogido por la Carta de las Naciones Unidas como medio de defensa frente a toda injerencia exterior.

Al subrayar que la mayoría de los países no reconocen los valores de Estados Unidos como valores universales—como señalaron en Alaska los diplomáticos chinos—, y que las relaciones internacionales deben basarse en un principio de “igualdad, respeto mutuo y confianza”, y en “los intercambios y aprendizaje mutuo entre civilizaciones”, Xi envía el mensaje que buena parte del mundo en desarrollo quiere oír. Y al no proponer una nueva arquitectura institucional, aparece como un reformista y no como un revolucionario. El líder chino defiende así las reglas y estructuras que le convienen para sus prioridades políticas y económicas, mientras reorienta la agenda del sistema multilateral en una dirección alternativa al modelo liberal y de libre mercado de las democracias occidentales.

INTERREGNUM: La tragedia birmana. Fernando Delage

Cuando se cumplen dos meses del golpe de Estado en Birmania, la represión del ejército ha matado a más de 530 personas y arrestado a varios miles. Las fuerzas armadas se enfrentan a una sociedad que demanda la restitución del gobierno elegido en las urnas el pasado mes de noviembre, pero también a las minorías étnicas que han retomado su actividad insurgente. Ante el recrudecimiento del conflicto, el país no sólo va camino de convertirse en un desastre humanitario, sino también en objeto de competición geopolítica.

Al compartir frontera con China, India, Bangladesh, Laos y Tailandia, un enfrentamiento civil en Birmania puede desestabilizar la región en su conjunto. Sin embargo, en vez de articular la respuesta multilateral necesaria para prevenir un aluvión de refugiados entre sus miembros, la ASEAN aparece dividida. Por diferentes motivos, las divergencias entre las naciones del sureste asiático complican igualmente las posibles acciones de las grandes potencias, cuyos intereses obligan a descartar asimismo la posibilidad de una acción concertada por parte de las Naciones Unidas. Washington y Pekín afrontan el conflicto desde la perspectiva de su rivalidad, mientras que en India se impone como prioridad la seguridad de sus provincias del noreste, y Japón se ha limitado a suspender su ayuda financiera. Quien ha irrumpido de manera llamativa en este vacío diplomático ha sido Rusia, tradicional vendedor de armamento a Birmania.

En los actos convocados el 27 de marzo con motivo del Día de las Fuerzas Armadas, el invitado extranjero de mayor nivel con que contaron los militares birmanos fue el viceministro ruso de Defensa, Alexander Fomin. Moscú, declaró el general Fomin, “mantiene como objetivo estratégico el reforzamiento de las relaciones entre los dos países” y considera a Birmania como “un aliado de confianza y socio estratégico en el sureste asiático y en Asia-Pacífico”.  Aunque no han faltado los análisis que encuentran paralelismos con la decisión rusa de prestar apoyo militar al presidente sirio, Bashar al-Assad, para orientar la evolución de la guerra civil a su favor, cuando menos cabe observar la habilidad de Moscú para intervenir allí donde pueda para debilitar todo proceso democrático y, de esa manera, restringir el margen de maniobra de Occidente.

Como ha resumido Michael Vatikiotis en Asia Times, “el golpe de Myanmar ha resultado ser un cisne negro geopolítico. Ha puesto a Rusia en juego en un intento por hacerse un hueco en Asia; ha subrayado la debilidad de India como aliado de Occidente en la región; y ha situado a China como la variable central mientras Estados Unidos observa impotente desde la barrera mientras se prepara para contener a Pekín”.

Pero la verdadera tragedia birmana es que mientras la nación reclama un sistema democrático, la junta militar, en vez de ceder, aumentará la represión. Y con ella no sólo se aleja la posibilidad de salvar el proceso de liberalización política, sino que, por el contrario, aumenta el riesgo de quiebra económica y de mayor violencia, creando las condiciones de anarquía e inestabilidad estructural bien conocidas en otros lugares del planeta.

INTERREGNUM: Pekín, Moscú y Teherán mueven ficha. Fernando Delage

La intención de la administración Biden de restaurar la relación con los aliados, y el simultáneo interés europeo por restablecer los lazos transatlánticos, tienen como principal objetivo la gestión del desafío chino. Así se ha puesto de manifiesto en las sanciones impuestas conjuntamente por ambos actores—además de Reino Unido y Canadá—por los abusos cometidos en Xinjiang, y en el anuncio—realizado durante la visita del secretario de Estado, Antony Blinken, a Bruselas—de reactivación del foro de diálogo Estados Unidos-Unión Europea sobre la República Popular. La medida representa un nuevo paso adelante en la voluntad de la Casa Blanca de articular una respuesta unificada al ascenso de China, si bien la reacción de Pekín—que ha impuesto sanciones por su parte a parlamentarios y académico europeos—puede poner riesgo el acuerdo de inversiones firmado con la UE en diciembre.

China no se ha limitado sin embargo a elevar el tono y a responder con rapidez a las sanciones de que ha sido objeto. Sus movimientos diplomáticos tampoco se han hecho esperar. Apenas tres días después del encuentro de Alaska entre representantes chinos y norteamericanos, el 19 de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergey Lavrov, llegó a Pekín, donde los dos gobiernos acordaron mantenerse unidos frente a Occidente. “Ambos, dijo Lavrov, creemos que Estados Unidos desempeña un papel de desestabilización. Se apoya en las alianzas militares de la guerra fría y trata de crear nuevas alianzas con el fin de erosionar el orden internacional”. Con una preocupación aparentemente menor por las sanciones, las dos potencias estrecharán su cooperación en áreas de interés compartido y desarrollarán alternativas comerciales y financieras que no les haga depender de las estructuras y prácticas dominadas por las democracias occidentales.

Tras este nuevo gesto de aproximación entre Pekín y Moscú, el ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, aterrizó en Teherán el 26 de marzo. Durante su breve estancia, ambas naciones firmaron un acuerdo de cooperación estratégica por un periodo de 25 años, haciendo así realidad la propuesta sugerida por el presidente Xi Jinping con ocasión de su visita a Irán en enero de 2016. Aunque los detalles del acuerdo no se han dado a conocer, abarca sectores diversos, el militar incluido, y se traducirá en una significativa inversión china en el sector energético y en infraestructuras. La República Popular es el primer socio comercial de Irán y uno de los principales destinos de sus exportaciones de crudo, sujetas como se sabe a sanciones norteamericanas.

Ninguno de estos movimientos es mera coincidencia. El deterioro de la relación de Washington con Moscú tras llamar Biden asesino a Putin, y con Pekín tras adoptarse medidas concretas contra la violación de derechos humanos en Xinjiang, han ofrecido una nueva oportunidad para el acercamiento chino-ruso. Desde el asedio del Capitolio el pasado mes de enero, los dos gobiernos se consideran más legitimados que nunca para denunciar la disfuncionalidad de las democracias liberales y la falsa universalidad de sus valores. Al incluir a Irán en la ecuación, Pekín no sólo refuerza su presencia en relación con la dinámica regional de Oriente Próximo—de la que también es prueba su declarada oferta de mediar entre israelíes y palestinos—sino que ha lanzado otro claro mensaje a la administración Biden: tanto para presionar económicamente a Teherán como para rehacer el pacto nuclear de 2015 necesitará contar con China. Las piezas se siguen moviendo en el tablero geopolítico.

INTERREGNUM: Eurasia marítima. Fernando Delage

En la era de la geoeconomía, el poder marítimo ha adquirido una nueva relevancia, como demuestran los movimientos de las grandes potencias asiáticas. Poco más de un siglo después de que el almirante Alfred Mahan, uno de los padres fundadores de la geopolítica, escribiera El problema de Asia (1900), tanto China como India siguen sus lecciones y dedican una especial atención a la dimensión naval de su ascenso. No se trata tan sólo de contar con la armada que requieren sus ambiciones de proyección de poder: su comercio e inversiones, la logística y cadenas de distribución de sus empresas, el imperativo del acceso a recursos naturales y la protección de las líneas de comunicación, son elementos indispensables de su seguridad marítima.

Ese esfuerzo de ambas, como de Rusia, es el objeto de un libro de reciente publicación del profesor de la Universidad Nacional de Defensa de Estados Unidos, Geoffrey F. Gresh (To Rule Eurasia’s Waves: The New Great Power Competition at Sea, Yale University Press, 2020). Cada una de estas potencias, escribe Gresh, aspira a lograr un mayor estatus internacional y a expandir su influencia más allá de su periferia marítima. Es una competición que desafía el orden liderado por Estados Unidos desde la segunda postguerra mundial, y que marca el comienzo de la era de las potencias marítimas euroasiáticas.

De manera detallada, el libro examina el aumento de capacidades navales de cada una de estas potencias, así como sus movimientos en sus respectivos mares locales (del Báltico al mar de China Meridional, del Mediterráneo al Índico). Gresh identifica por otra parte las características esenciales de las aguas que rodean Eurasia, incluidos los cuellos de botella estratégicos y las líneas de navegación. Sus fuentes confirman la determinación de estos gobiernos de adquirir un mayor protagonismo global mediante el juego económico que despliegan en el terreno marítimo. El autor identifica el particular el océano Ártico como la próxima frontera de esa competición global. Como consecuencia del deshielo del Ártico, Eurasia ha dejado de ser rehén de la geografía y, aquí, es Rusia quien tiene ventaja.

No obstante, desde una perspectiva más amplia, es China quien parece haber desarrollado la estrategia mejor adaptada a la nueva rivalidad. Mediante la iniciativa de la Ruta de la Seda, Pekín ha utilizado su poder económico y financiero para invertir en puertos e infraestructuras marítimas, desde el Mediterráneo hasta Asia oriental. Rusia—además del Ártico, concentrada en el mar Negro y en el Báltico—es para la República Popular un socio más que un competidor, lo que representa un nuevo bloque que debe afrontar Estados Unidos como ya hizo en la década de los cincuenta y sesenta del siglo pasado. En cuanto a India, su tardío reconocimiento de la presencia china en el océano Índico le ha obligado a reforzar su estrategia naval y a acercarse tanto a Estados Unidos como a Japón.

La preocupación del autor es que esta competición marítima en torno a Eurasia conduzca a posibles choques accidentales. Frente a la “retirada” relativa de Estados Unidos, Rusia y China se encuentran cada vez mejor situadas para unificar y controlar las líneas marítimas estratégicas que rodean Eurasia. Para evitarlo, recomienda a la administración norteamericana competir con las inversiones chinas en el exterior, desplegar mayores recursos navales en el Indo-Pacífico, prestar mayor atención a la apertura del Ártico y, sobre todo, no desatender a sus aliados, especialmente a Japón, India y Australia. Buena parte de sus sugerencias han sido seguidas tanto por la administración Obama como por la de Trump. Pero en el enfoque de este último se han echado en falta tanto las prioridades económicas como el acercamiento a socios y aliados. Si algo ha enseñado la historia de Eurasia ha sido la imposibilidad de su control por una única potencia. Puede que Rusia y China no mantengan eternamente su actual proximidad, ni resulta plausible que Estados Unidos ceda a medio plazo su estatus de principal actor naval. Pero, por primera vez en la historia del continente, las fuerzas continentales y marítimas coinciden en una misma dinámica de transformación, como resultado de que una misma nación—China—intenta centralizar ese doble orden, continental y marítimo. Washington ya está respondiendo a esta nueva realidad; la Unión Europea aún debe incorporar a sus planes estratégicos la dimensión marítima. (Foto: Flickr, Rojs Rozentâls)

Entre Ereván y Bakú: Stepanakert. Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz

El Cáucaso es la región situada entre Europa del Este y Asia Occidental. En esta región se encuentran Armenia, Azerbaiyán y Georgia. Tras el acuerdo de Belavezha en diciembre de 1991, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) llegó a su fin. La catástrofe nuclear de Chernóbil, la perdida de hegemonía durante la Guerra Fría y el colapso económico provocado por la Perestroika, aceleraron el derrumbe de la URSS. Tras la disolución, las antiguas repúblicas se dividieron formando nuevos Estados independientes, tales como Rusia, los países Bálticos, Kazajistán, Uzbekistán, Tayikistán, Bielorrusia, Ucrania, Armenia o Georgia entre otros. Además, a día de hoy existen seis Estados autodeclarados que no han sido reconocidos por ningún miembro de las Naciones Unidas, tales como Abjasia, Osetia del Sur, Chechenia, Crimea y Nagorno Karabaj.

Armenia es un país mayoritariamente cristiano y fue el primer país de la historia en adoptar, oficinalmente, el cristianismo. De sus más de 3 millones de habitantes, más del 90% se declara cristiano. Azerbaiyán, que cuenta con 10 millones de habitantes, por el contrario es laico pero la mayoría de sus  población practica el islam chií.

El origen del conflicto no es religioso, sino que se remonta más de un siglo atrás. El Imperio Otomano llegó a dominar esta región, provocando tensiones entre turcos y armenios. Durante la primera guerra mundial (1914 – 1918) el Imperio Otomano y el Imperio Ruso se disputaban la región del Cáucaso. Tras la derrota de del Imperio Otomano, estos acusaron a los armenios de apoyar a los rusos, lo que provocó el enfado turco que les llevó a gestar uno de los mayores genocidios de la historia, donde más de 2.000.000 armenios fueron asesinados a manos los turcos. El no reconocimiento del genocidio por parte de Ankara es la cuestión principal que corta las relaciones entre ambos países en la actualidad.

Tras la disolución del Imperio Ruso las repúblicas del Cáucaso se separaron y formaron su propio Estado, pero poco después la URSS anexionó la región y formo la República Democrática Federal Transcaucásica formada por Armenia, Georgia y Azerbaiyán, pero esta unión duró poco debido a las tensiones étnicas, por lo que en 1936 se disolvió la federación del Transcáucaso y las repúblicas se integraron por separado en la URSS. La región de Alto Karabaj formada casi en su totalidad por armenios, fue cedida a Azerbaiyán.

Durante la existencia de la URSS, Armenia solicitó unificar esta región a su territorio, lo que provocó un enfrentamiento entre armenios y azeríes en Stepanakert,  actual capital de Nagorno-Karabaj. Los choques violentos entre ambas regiones por dominar el territorio terminó con la guerra del Alto Karabaj que comenzó en 1988 y se prolongó hasta 1994, desde entonces la región del Nagorno Karabaj está dominada por armenios aunque oficialmente pertenece a Azerbaiyán. Ambos países se disputan la región desde hace más de 30 años y han llegado a tener conflictos ocasionalmente, como el ocurrido en abril del 2016, una guerra de solo 4 días que acabo con más de 300.000 muertos. En septiembre de 2020 también hubo enfrentamientos por esta región y, aunque no es oficial, según fuentes armenias se han perdido más de 6.600 vidas:

[Fuente: https://armenpress.am/eng/news/1032650.html]

Azerbaiyán cuenta con una gran industria de petróleo y gas y es clave para el suministro europeo desde el Mar Caspio gracias a los proyectos BTC (oleoductos desde Bakú hasta el Mediterráneo en Turquía) y TAP y TANAP (Oleoducto hasta Europa en Italia). El mar Caspio cuenta con unas reservas estimadas de 50.000 millones de barriles y 8,4 billones de metros cúbicos de gas natural.

Las relaciones en el Cáucaso han evolucionado hasta formar 2 bloques: uno formado por Turquía, Azerbaiyán, Georgia e Israel; y otro compuesto por Rusia, Irán y Armenia. La Unión Europea es más próxima a Azerbaiyán, ya que, como hemos visto, es un territorio clave para el trasporte de Gas Natural desde el mar Caspio a Europa. Además, el proyecto TRACECA busca reducir costes en el comercio terrestre entre Asia y Europa, por lo que sería vital la no enemistad de los países en esta región y la cooperación intra-regional para la fluidez del comercio internacional.

El presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, exigió un calendario para la retirada de las tropas armenias después del ataque en Septiembre, un calendario que el presidente exigió fuera aprobado por el Grupo de Minsk, grupo de países que buscan medios para resolver el conflicto del Nagorno Karabaj, países miembros como Rusia, EEUU, Alemania, entre otros.          

Turquía ha ejercido una influencia bastante intensa en favor de los azeríes, como el suministro armamentístico, una ayuda que agrava el conflicto en la zona, aun así el presidente azerí llegó a confirmar que estaba dispuesto al diálogo para solucionar el conflicto, un dialogo que lleva abierto desde 1992.

El primer ministro armenio, Nikol Pashinyan, busca la independencia de la región a pesar de que la lengua o la divisa son de armenia, de facto pertenece a este país y está controlado por él. Con esto Pashinyan afirma que hay grupos terroristas azeríes interesados en el conflicto y reclutados por Turquía y que, Azerbaiyán, solo busca la limpieza étnica en la región, una limpieza étnica, afirma el presidente, que daría el control absoluto azerí en el Alto Karabaj.

Otro actor es China, que también tiene intereses en la región, ya que la petrolera China National Petroleum Coorporation (CNPC) tiene el oleoducto desde la costa de Kazajistán, en el mar Caspio, hasta la República Popular.

Asia Occidental sigue siendo el escenario principal para la hegemonía entre las grandes potencias mundiales: Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y China. Dos alternativas muy bien definidas: por un lado EEUU y la UE, y en el otro lado China y Rusia, ¿Qué camino tomarán los países de la región del Cáucaso? Parte de los intereses geoestratégicos de Europa, Asia central y China se juegan en este escenario.

[Fuente: Ecured.com]

La comunidad internacional ha solicitado en repetidas ocasiones la paz en esta zona y, tras los avances de las tropas azaréis sobre asentamientos en el Nagorno-Karabaj, y tras tomar la segunda ciudad más importante, Shusha, el presidente armenio ha firmado un acuerdo de paz con Bakú y Moscú sobre este territorio. Una paz controlada por Rusia y Turquía, un acuerdo que no deja satisfecha a la población armenia, que sigue considerando ese territorio como propio y exigen la dimisión del presidente Pashinyan por reconocer y ceder   los últimos avances azeríes. Aun así, una paz que da estabilidad y seguridad a los ciudadanos de las tres regiones: Armenia, Azerbaiyán y Nagorno-Karabaj.

Nagorno-Karabaj y su capital Stepanakert, se ha convertido en un territorio en guerra entre armenios y azeríes desde hace casi un siglo por la asignación, con base política, en tiempos de Joseph Stalin al ver los conflictos entre los pueblos de Armenia, Turquía  y Azerbaiyán. Ahora y a pesar de las manifestaciones en Ereván, armenios y azeríes están en paz, pero ¿Hasta cuándo durará la paz?

Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

www.linkedin.com/in/angelenriquezdesalamancaortiz

@angelenriquezs

Rusia refuerza su influencia en las puertas de Asia

El acuerdo impulsado por Rusia para acabar con las hostilidades en Nagorno Karabaj entre Azerbaijan y Armenia es, por incomparecencia occidental, una jugada maestra de Putin que refuerza su poder, desplaza la influencia de la UE en la zona, consagra a Rusia como gran padrino y permite vaticinar algunos de los próximos pasos de Moscú.

Sobre el terreno, Rusia ejerce como gran aliado de Armenia (tiene una importante base militar en el territorio) y ha mantenido a la vez buenas relaciones con Azerbaijan a quien ha dotado, junto a Bielorrusia y sobre todo Turquía, de importante material militar para reorganizar sus fuerzas armadas. Pero en el choque militar reciente, Rusia ha expresado comprensión con Armenia aunque no ha movido un soldado y los gobiernos azerí y ruso han mantenido contactos estrechos para lograr un alto el fuego, fundamentalmente porque Armenia comenzó a perder la guerra desde el primer momento, y Rusia no quiere a su aliado completamente derrotado. Pero Moscú sí que necesita un gobierno armenio más prorruso ya que el primer ministro, Nikol Pashinyan,  ha estado en un proceso de acercamiento a Occidente en medio de una gran crisis económca; y con la imposición de un acuerdo que reconoce la victoria azerí, además del establecimiento sobre el terreno disputado de una fuerza rusa de interposición, deja un gran descontento en Armenia y abre una puerta al fin de su gobierno.

A la vez, Rusia ha atraído el apoyo turco al acuerdo de paz pero ha eludido la participación sobre el terreno de fuerzas turcas. Turquía es el gran aliado de Azerbaijan, con quien comparte lengua y cultura, y aspira a ser referente en la región pero ha quedado en segundo plano.

Un tercer aspecto es la marginación de los aliados occidentales. Tras la guerra de 1991 en el mismo territorio, ganada por Armenia, se constituyó el Grupo de Minsk para impulsar un acuerdo definitivo. Está constituido por AlemaniaItaliaSueciaFinlandia, Rusia, Francia, Estados Unidos  y Turquía, además de Azerbaijan y Armenia. Desde entonces no ha avanzado apenas y en este enfrentamiento de ahora Rusia ha actuado sin contar mucho con el resto y con éxito.

  Nikol Pashinyan,  ha estado en un proceso de acercamiento a Occidente en medio de una gran crisis económica; y con la imposición de un acuerdo que reconoce la victoria azerí, además del establecimiento sobre el terreno disputado de una fuerza rusa de interposición, deja un gran descontento en Armenia y abre una puerta al fin de su gobierno. El protagonismo ruso es un mensaje para las tentaciones pro UE de Moldavia, Georgia y otras regiones del Cáucaso de influencia rusa.

A la vez, Rusia ha atraído el apoyo turco al acuerdo de paz pero ha eludido la participación sobre el terreno de fuerzas turcas. Turquía es el gran aliado de Azerbaijan, con quien comparte lengua y cultura y aspira a ser referente en la región y ha quedado en segundo plano.

Y el espectador discreto, China, que como hemos venido diciendo necesita estable y próspera toda la Ruta de la Seda, también ha recibido un mensaje: todos los acuerdos regionales, pragmáticos, hábiles, a veces contradictorios y de difícil equilibrio firmados por Pekín son importantes, pero al final o son aceptables para Moscú o tendrán problemas.

La última frontera. Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz

La carrera espacial, por dominar el espacio exterior, se ha convertido, desde el fin de la II Guerra Mundial, en uno de los objetivos más ambiciosos de todas las potencias.

Después de la II Guerra Mundial, durante la Guerra Fría, la URSS consiguió tomar ventaja frente a EEUU, poniendo el primer objeto en el espacio, con el Sputnik-1. También llevaron al espacio al primer ser vivo terrestre, la perra Laika, con el Sputnik-2, y, posteriormente, al primer ser humano, Yuri Gagarin, en 1961. Pero en 1969, EEUU dio un golpe sobre la mesa, llevando, con el Apolo XI, a los primeros hombres sobre el suelo lunar. La Guerra Fría termino en 1989, con la caída del Muro de Berlín, y el capitalismo se estableció en prácticamente el mundo entero frente al comunismo.

El rápido crecimiento de China en las últimas décadas, ha llevado al gigante asiático a ocupar ese espacio dejado por la desaparecida URSS desde la caída de muro.

La República Popular China llegó tarde a la carrera espacial, en 1970 logró enviar el primer satélite artificial al espacio, el “Dong  Fang Hong 1”, pero no fue hasta más de 30 años después, en 2003, cuando consiguieron enviar al primer taikonauta al espacio a bordo de la nave “Shenzhou-V”. Este día, 15 de octubre de 2003, China se convirtió en el tercer país en enviar un hombre al espacio, tras EE.UU y Rusia. Diez años después, el 14 de diciembre de 2013, “Chang‘e – 3” consiguió aterrizar suavemente sobre suelo lunar, convirtiendo a China en un rival a tener en cuenta en la carrera espacial por parte de la Casa Blanca y el Kremlin.

Hoy en día, China es el segundo país con más satélites en el espacio, más de 300, por detrás de Estados Unidos.

A pesar de su tardía entrada en la carrera espacial y, de no haber formado parte de la Estación Espacial Internacional (ISS), China tiene, con su programa “Tiāngōng”, el objetivo de colocar una estación espacial completa y permanente para finales del año 2022; una base, habitable, que podría servir de catapulta para futuras expediciones a nuestro satélite, a Marte, o exploraciones del Sistema Solar. El gigante asiático, además, ha sido el único país que ha logrado aterrizar una nave en la cara oculta de la Luna, el 3 de Enero de 2019 y, tienen como objetivo, enviar una misión tripulada para el año 2024 y establecer una base lunar para el año 2030.

Pero con su programa espacial, los objetivos de China también son terrenales; con el fin de estrechar lazos políticos y económicos, en los años 2007 y 2008, China lanzó con éxito los primeros satélites de comunicaciones para Nigeria y Venezuela, una transferencia de tecnología e inversión de décadas a países en vías de desarrollo, así como cooperaciones y otras ayudas a gran parte de países de América Latina o con la SNSB sueca. Así mismo, el programa espacial chino no quiere depender de otros países y, ya están listos para poner en marcha su propio sistema de localización, Beidou, un sistema independiente al GPS americano o al sistema Galileo de Europa.

En junio de este año, China logró pulverizar el record de comunicación cuántica desde el espacio, un mensaje cifrado que es imposible de hackear y que tiene implicación geoestratégicas y de ciberseguridad. Otro gran avance independiente chino, ha sido el de su radiotelescopio FAST, uno de los más grandes del mundo que tiene como objetivo el descubrimiento de púlsares, el origen del Universo y avances en la Teoría General de la Relatividad. Pero no hace falta irse al espacio, la aerolínea china COMAC, tiene el objetivo de competir directamente con la americana Boeing y la europea Airbus.

El lanzamiento, el pasado 30 de mayo, del SpaceX, puso de manifiesto que, a pesar de los avances de China en las últimas décadas, EE.UU no va a quedarse atrás, de hecho, con su proyecto “Artemisa” tiene el objetivo de volver a la Luna para el año 2024 y, con el proyecto “Insight”, el objetivo de explorar el suelo de Marte para un futuro viaje. Su proyecto homólogo chino, la misión “Tianwen-1” tiene, también, como objetivo llevar al planeta rojo un rover y un orbitador; una nave que llegará a principios del año 2021.

China está empeñada en demostrar los avances de su tecnología convirtiéndose en el segundo país en pisar la Luna, y ser el primero en llegar al resto de planetas del Sistema Solar, pero China también tiene proyectos más allá de los confines de nuestro Sistema Solar; para el año 2049, cuando se cumplan los 100 años del nacimiento de la RPCh, esperan haber lanzado una sonda parecida a las “Voyager” que hayan llegado a los 100 UA (100 veces la distancia media entre el Sol y la Tierra), es decir, más allá de nuestro Sistema Solar.

La Luna está llena de minerales como el Hierro, Magnesio o Aluminio, el planeta rojo tiene sales, minerales y posiblemente agua, vital para la vida. El Universo está lleno de Nitrógeno, Carbono, Hidrógeno y, sobretodo, fuentes de energía inagotables como la posibilidad de que haya materia oscura, o la energía de las estrellas, no solo el Sol.

Una carrera espacial entre las grandes potencias del mundo por descubrir los secretos y misterios del Universo, una carrera por los posibles recursos y oportunidades que brinda el espacio exterior. Dominar y descubrir el espacio exterior será el último y más absoluto territorio que domine la humanidad.

Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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@angelenriquezs

Compás de espera

Poco a poco. La Unión Europea va endureciendo sus posiciones frente a China pero procurando marcar distancias, al menos formales, con Estados Unidos, como parece exigir la tradición de unas élites políticas siempre tan necesitadas de los apoyos norteamericanos como de disimular esa dependencia con resentimiento ideológico.

Pero Bruselas no puede desconocer la realidad del gran proyecto chino, autoritario y liberticida, de exportar su modelo, instalarse como potencia mundial y despreciar casi cualquier norma internacional que choque son los intereses de su gobierno.

Pero, de momento se vive un compás de espera en el que se dan pequeños pasos y con mucha cautela. Las elecciones de otoño en Estados Unidos que determinarán si se mantiene el errático factor Trump durante cuatro años más aconsejan esperar y, a la vez, dar tiempo a comprobar qué mundo económico y geopolítico va dibujándose en la post pandemia, cuando esta llegue.

Mientras tanto, la situación política en Estados Unidos se degrada a caballo de los problemas raciales y del clima preelectoral, el coronavirus sigue incorporando factores de incertidumbre que dificultan los planes chinos a pesar de su propaganda y en Rusia, con grandes dificultades, Putin aprovecha cada hueco para tratar de consolidar su poder personal, recordar que Rusia sigue siendo una potencia imprescindible, sobre todo en Europa y Oriente Medio, y exigir sentarse en todas las mesas posibles. En fin, lo mismo de antes con factores nuevos y nuevos riesgos.

El petróleo de Arabia y Rusia. Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz

Durante los últimos meses, el precio del petróleo se ha desplomado, llegando a caer, desde principios de año, más de un 50%. El impacto del COVID-19 en la economía y la sociedad actual se nota en el mundo entero: aislamiento social y cuarentena, paralización del transporte aéreo, la menor demanda de viajes, tanto aéreo, terrestre como marítimo, el cierre de restaurantes y bares, e incluso caídas en las bolsas de todo el mundo y, caídas en los precios del petróleo provocados por la menor demanda a escala mundial.

Ante esta caída en los precios del petróleo a principios de año, provocada por la paralización de la economía mundial, a menos de 25$ por barril en pocos meses, los países miembros de la OPEP (Organización de los Países Exportadores de Petróleo) y otros exportadores de crudo, como Rusia, se reunieron a principios del mes de marzo, en la sede de la OPEP en Viena, para frenar este descenso en los precios mediante la reducción de la producción mundial y poder así compensar la oferta con la demanda del momento.

Arabia Saudí produce casi un tercio del petróleo de la OPEP y es el líder “oficial” de la organización y, su petrolera Aramco, la mayor empresa del mundo, tiene una capacidad instalada para producir más de 12 millones de barriles diarios (mbd) y, antes de la reunión en Viena, su producción no llegaba a los 10 millones de barriles diarios. Riad, aún tenía margen para aumentar su producción de crudo en algo más de 2 mbd.

El conflicto entre ambos países surgió cuando Rusia rechazó la propuesta de Arabia Saudí de reducir la producción de petróleo en 1,5 mbd durante todo el año 2020 para estabilizar la caída de precios por el brote del Covid-19. Después de esta reunión y, tras no llegar a un acuerdo, Riad elevo la producción de petróleo un 25%, hundiendo el mercado y haciendo que el precio del crudo se desplomara a poco más de $34 por barril. Una caída de más de un 30%. Además de este aumento en la producción, Arabia Saudí atacó a Rusia ofreciendo descuentos en sus barriles a Europa, Oriente Medio o Estados Unidos.

Esta guerra de precios entre Arabia Saudí y Rusia, sumado a la menor demanda mundial de petróleo, por el Coronavirus, han desplomado los precios del crudo en lo que llevamos de 2020, pero esta caída de precios también afecta a otros países dependientes de las exportaciones del oro negro; países como Irán o Venezuela, economías ya de por sí muy debilitadas por las sanciones de EE.UU, o países africanos como Sudan del Sur, Nigeria o Angola son totalmente dependientes de estas exportaciones y, si esta situación se alarga en el tiempo, podría tener consecuencias negativas sobre sus frágiles economías. Incluso empresas como la petrolera Pemex, de Méjico, con pérdidas en 2019 de más de 18.000 millones de dólares, podrían arrastrar al abismo la economía del país.

Pero, ¿por qué Rusia se ha negado a un pacto en la producción de petróleo para la estabilización de los precios?

Rusia es el segundo productor mundial de petróleo, seguido por Arabia Saudí, una reducción de su producción podría suponer el riesgo de ceder cuota de mercado a Estados Unidos, que es el primer productor mundial y abastece los mercados con petróleo de esquisto. Si Rusia reduce su producción de petróleo podría perder esa cuota de mercado que tiene, y sobre todo perder clientes del este de Europa como Bielorrusia o Polonia y también perderlos en Asia, como es China, Japón o Corea del Sur.

Además, un petróleo más barato dificultaría las inversiones en energías limpias y la llegada del coche eléctrico, un hecho que no busca ningún país de la OPEP, ni Rusia, y sobre todo, un petróleo tan barato pondría las cosas muy difíciles a aquellos países donde es más caro producir por el uso de técnicas como el fracking, por ejemplo Estados Unidos cuyo petróleo tiene un coste de extracción de aproximadamente $40, mientras que Arabia Saudí y Rusia lo producen, aproximadamente, a menos de $9 y 20$ respectivamente, por lo que podría ser una estrategia para ganar terreno al petróleo de esquisto de la Casa Blanca. Ante esta situación, no es de extrañar, que Donald Trump, comprara 77 millones de barriles para la Reserva Estratégica de Petróleo, una reserva para casos de emergencia que ya contaba con más de 635 mdb.

Quizás esta estrategia sea un contraataque del Kremlin para hacer frente a las sanciones impuestas por la Casa Blanca tras la anexión de Crimea en el año 2014 o por las ayudas ofrecidas a Bashar Al-Asad en Siria.

A pesar de que un petróleo barato podría afectar negativamente a Rusia, las pérdidas producidas por esta caída serían mucho mayores en Riad, donde una caída hasta los $20 supondría pérdidas de $148 mil millones, mientras que en el lado soviético serian de $108:


[Fuente: https://www.rystadenergy.com/ ]

Un escenario poco halagüeño para estas dos potencias.

A finales de marzo el precio del petróleo cayó hasta casi los $20 por la crisis del Coronavirus y por la guerra de precios entre Arabia Saudí y Rusia, lo que llevó al presidente americano, Donald Trump, a proponer a escala global un esfuerzo y reducir la producción para recuperar los precios, pero el Ministro de Energía ruso, Alexander Novak, explicó en un comunicado que los países están exentos de compromisos a partir del 1 de abril, fecha en la que los países productores tiene la oportunidad de determinar de forma independiente su producción de crudo, tras no llegarse a un acuerdo en la reunión en Viena.

A mediados del mes de abril, la OPEP+, decidió reducir su producción más de un 20% con la condición de la participación de México, que en un principio se negó a reducir su producción para intentar estabilizar los precios del petróleo, pero que finalmente también aceptó el acuerdo.  Durante este mes, debido al exceso de producción y a la nula demanda por el confinamiento, se temió que las reservas de EE.UU alcanzaran su máximo y que hubiera dificultades para el almacenamiento, lo que llevó al hundiendo el precio del petróleo WTI  llevándolo a precios negativos.

Una partida de ajedrez entre Rusia, Arabia Saudí y Estados Unidos de fondo, entre la OPEP y la OPEP+, una situación no deseada para el cartel, reducir la producción, pero muy beneficiosa para los importadores de petróleo y para China, que es el segundo  mayor consumidor de petróleo del mundo. Esta partida de ajedrez y los recortes en la producción afectarán negativamente a ambos países, el príncipe Mohamed bin Salmán, verá como su majestuoso plan “Visión 2030” de modernizar el país tendrá que ser retrasado o sufrirá recortes. Rusia dejará de ingresar más de 100.000 millones de dólares por el petróleo, y ha visto la devaluación de su moneda, el Rublo, caer hasta los 80 rublos por dólar y, por si fuera poco, debido a esto su PIB este año se contraerá más de un 5%. En cuanto a China, es un posible ganador de esta guerra, en el 2019 demandó más de 13 millones de barriles por día, el impacto del Covid-19 ha reducido esta demanda hasta los 10,27 mbd, provocado por la menor demanda de gasolina para transporte terrestre y aéreo por la menor venta de vehículos y menor número de viajes. China no volverá a alcanzar la demanda del 2019 hasta el cuarto trimestre del 2020, cuando se espera que alcance los más de 13.30 millones de barriles por día. Este menor precio del crudo podría seguir cayendo mientras dure el confinamiento, pero facilitará la reactivación de la economía china tras la crisis humanitaria provocada por el Covid-19.

Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madridd y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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Asia en COP25. Ángel Enríquez de Salamanca Ortiz

El pasado mes de diciembre se celebró en Madrid, España, la Conferencia de las Naciones Unidas Sobre el cambio climático, COP25. La COP es el foro político anual más importante para hacer frente a los problemas climáticos y está formado por los países firmantes del Convenio Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).

El cambio climático es un hecho que nadie puede negar: el deshielo y el aumento del nivel de mar, que cambiaría las corrientes oceánicas y haría desaparecer a ciudades como Venecia o Ámsterdam, el calentamiento global de tierras y océanos, que acabaría con la diversidad marina y provocaría la extinción de especies, huracanes más violentos o sequias extremas son solo algunos de sus efectos. El calentamiento global, acelerado por el comportamiento humano, ha provocado que la temperatura media de la tierra aumente 1ºC respecto a los niveles pre-industriales, En el acuerdo de Paris de 2015, COP21, los países firmantes acordaron mantener ese aumento muy por debajo de los 2ºC y hacer esfuerzos para limitarlo a 1,5ºC con respecto a los niveles pre-industriales. A día de hoy, y con los niveles de contaminación actuales, alcanzaremos los 1,5ºC en tan solo 20 años.

De los 5 países más contaminantes del mundo, 4 están en Asia: China (30%), India (7%), Rusia (5%) y Japón (4%), solo estos 4 países expulsan a la atmosfera casi la mitad del CO2 mundial, por lo que esta región juega un papel muy importante para la sostenibilidad del planeta.

Japón ha sido uno de los países más criticados por su dependencia del carbón y, tras el accidente de la central nuclear de Fukushima en 2011, el uso del  petróleo y carbón se han convertido en la fuente primaria de energía del país. Ante las críticas recibidas, el gobierno nipón se comprometió a reducir el uso del carbón hasta el 25% en esta década y, aumentar el uso de energía limpia del 15% al 24%. Además, el país del sol naciente, también se ha comprometido a tener ciudades de 0,00 emisiones para el año 2050, entre ellas están Tokio o Kioto. Japón depende de la compra de petróleo y gas del exterior y, la fabricación de centrales nucleares –ahora más seguras y resistentes- hará que no dependan tanto del petróleo árabe, por lo que, cumplir con sus objetivos, no solo beneficiara al medio ambiente y a la sociedad nipona, sino, también, a la economía del país.

La India podría ser uno de los países más afectados por el cambio climático, cuenta con más de 1.300 millones de habitantes, lo que supone alrededor del 20% de la población mundial y, solamente, tiene un 4% de las reservas mundiales de agua. Según un informe del Banco Mundial en 2016, la extracción de agua para uso agrícola se había multiplicado por 7 en los últimos 50 años, lo que ha provocado que muchos acuíferos se sequen. La India, como país en vías de desarrollo, cuenta con muchos derechos de emisión y critica a las regiones desarrolladas de no haber cumplido con el protocolo de Kioto. India es un país donde casi 300 millones de personas no tienen acceso a la electricidad, pero cuenta con uno de los proyectos de iluminación más grandes del mundo: invertir medio millón de euros en actualizar el alumbrado público a LED. Con este proyecto se espera que la demanda de electricidad en la India se reduzca 20.000 megavatios y reducirá las emisiones de CO2 en 80 toneladas anuales, o lo que es lo mismo, ahorrará 6.200 millones de euros al año. Además, la empresa EDF renovables ha desarrollado proyectos solares en el país, 4 plantas solares de 207 MW de capacidad instalada en los estados de Rajasthan, Uttarakhand y Madhya Pradesh.     En el año 2018, India invirtió más de 15 mil millones de dólares en energías renovables, menos del 1% de su PIB, pero se espera que para el año 2032, el 40% de la energía provenga de combustibles no fósiles.

Las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de Rusia han aumentado un 1% anual en los últimos 5 años. El país más grande del mundo ha emitido 0,46 toneladas de CO2 a la atmosfera por persona en el 2018, una cifra  que duplica a la de Alemania a pesar de que su PIB es la mitad. Recientemente, Rusia ratificó el acuerdo de Paris, comprometiéndose, así, con el cambio climático y a mantener el calentamiento global por debajo de los 2ºC. Rusia es uno de los países que más electricidad consume del mundo, a partir del carbón y petróleo, pero dispone de una vasta extensión de terreno perfecta para la energía solar y eólica. Rusia quiere instalar en la región de Murmansk un parque eólico que suministrará 750 GW/h al año, un proyecto que ahorrara  600.000 toneladas de CO2 en la atmosfera y será el más grande de Rusia. Desde que se dio comienzo al “Programa de apoyo a las energías renovables” en el año 2013, el país ha conseguido atraer 9.200 millones de euros que se han destinado a energía solar, eólica o proyectos de generación de energía mediante la quema de residuos y se espera que el coste de producir energía limpia se equipare a la energía convencional en esta década. Por último, el país espera construir de aquí al año 2024, 210 complejos para el tratamiento de residuos, con lo que se espera organizar el 60% de los residuos que genera todo el país y tendrá un coste de 78.000 millones de Rublos.

China es el país más contamínate del mundo, emite, aproximadamente, el 30% de todo el CO2 mundial a la atmosfera. El pasado mes de noviembre Xi Jinping y Emmanuel Macron calificaron de “Proceso irreversible” el acuerdo de Paris sobre el cambio climático y, exigieron a los países desarrollados a invertir 100.000 millones de dólares anuales de aquí a 2025 para financiar estas acciones. En el año 2017 el 58% de la energía en China provenía del carbón pero, se espera que para el año 2040, esta cifra baje al 32%.

A pesar de sus altos niveles de contaminación, China se ha convertido en el mayor inversor del mundo en eficiencia energética:

[Fuente: IEA World Energy Investment 2019]

China se ha convertido en un importante mercado para la energía fotovoltaica, en el desierto del Gobi y, se espera, que para el año 2030 aumente su consumo de energía no fósil en un 20%. Por último, se espera que para este año 2020 la energía hidroeléctrica instalada alcance los 340GW y la eólica y solar los 230GW y 250GW respectivamente y, se estima que seguirá creciendo en los próximos años debido al compromiso del país con los GEI. Queda añadir que, China, tiene el mercado más grande de coches eléctricos del mundo, en el año 2018 se vendieron más de 1.100.000 vehículos eléctricos, cifra similar a las ventas totales de coches en Mexico y, superando con holgura, las ventas totales en todo el continente africano. Las emisiones de China per cápita en el 2018 fueron de 0,5 toneladas, una cifra muy próxima a la de Rusia a pesar de que su población y PIB es muy superior. Cabe destacar que, China es el país más contaminante del mundo, pero es el país analizado que más ha disminuido sus emisiones de CO2 per cápita en la última década:

[Tabla 1. Emisiones de CO2 totales y per cápita en el año 2018 Vs 2008. Fuente: Datosmacro.com]

A pesar del incidente en la central de Fukushima en 2011, solo Japón ha conseguido, tras el COP21 en París, reducir sus emisiones totales de CO2, siendo estas, en 2008, de 1.213.496 Kts.

La transición de los combustibles fósiles a la energía limpia o verde no es fácil, requiere tiempo, investigación y dinero. Esta transición podría hacerse más rápidamente en las economías avanzadas, pero, las economías en desarrollo aun necesitan de estos combustibles para su desarrollo. Los países hacen esfuerzos para esta transición, pero no será rápida, ni fácil, el principal problema radica en saber si la tierra podrá aguantar hasta que llegue esta transición y dejemos de depender de ellos.

Los próximos años serán cruciales para controlar los gases de efecto invernadero, que alcanzaron el record en el año 2018 y cada año matan a 8,3 millones de personas en todo el mundo, sobre todo en India y China.

Ángel Enríquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid.

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@angelenriquezs