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INTERREGNUM: China en Afganistán. Fernando Delage

(Foto: Johannes Zielcke, Flickr) La reciente llegada a Kabul de un nuevo embajador chino, Liu Jinsong, es una indicación de la creciente importancia de Afganistán para Pekín. Liu, diplomático de carrera, nació en Xinjiang y fue director del Fondo de la Ruta de la Seda, una de las instituciones creadas por la República Popular para financiar la gran red de interconexiones a través de las cuales quiere integrar Eurasia. Su conocimiento de las complejidades de la zona y su experiencia sobre el proyecto estrella de la diplomacia china revelan las prioridades de su agenda.

Según diversos medios, China habría comenzado a construir una base militar en Badakhshan, en el corredor de Wakhan, la estrecha franja de territorio en el noreste del país que define la frontera de Afganistán con China, y que separa a Tajikistán de Pakistán. La ausencia de una conexión directa obliga a los chinos a acceder, precisamente, desde Tajikistán. Situado en uno de los lugares más remotos de Asia central, es un pasillo que Pekín cree utilizan los uigures en el exilio del Movimiento Islámico de Turkestán Oriental (ETIM), y que también podrían utilizar para entrar en China los militantes que regresen de Siria e Irak. Hace unos días, el gobierno chino ha negado que esté construyendo dicha base, aunque funcionarios afganos lo han confirmado con posterioridad. Los imperativos de seguridad de Pekín dan credibilidad a la noticia, fuente de inquietud al mismo tiempo para otras potencias, como Rusia, sorprendida por lo que revela sobre los vínculos militares entre China y Tajikistán.

El ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, anunció por otra parte en diciembre que Afganistán formará parte del Corredor Económico China-Pakistán, uno de los proyectos centrales de la Ruta de la Seda, y el primero en fase de ejecución. Pekín quiere hacer del país uno de los nodos de interconexión de sus planes, y se habla de hasta seis proyectos distintos, incluyendo una carretera entre Peshawar y Kabul, y una autovía que uniría Pakistán con Afganistán y Asia central. La seguridad a lo largo del corredor, en el que trabajan miles de nacionales chinos, y la protección de las inversiones chinas en Afganistán, de especial relevancia en el sector minero, conducirán inevitablemente a una mayor intervención de Pekín.

Las actuaciones chinas son coherentes con el discurso de sus dirigentes sobre la estrecha relación que existe entre desarrollo y seguridad. Sin esta última no puede haber crecimiento, mientras que propiciar las bases para la prosperidad económica contribuirá a mitigar el radicalismo y el extremismo, y, por tanto, las amenazas a la integridad territorial de la República Popular. Pero los riesgos también existen: participar en el proceso interno de conversaciones con los talibán, como está haciendo, es un arma de doble filo, a la vez que las grandes potencias buscarán la manera de diluir el protagonismo diplomático de Pekín.

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La delincuencia es tan baja en Singapur que muchos comercios ni se molestan en cerrar la puerta (algunos ni siquiera tienen). Miguel Ors Villarejo

(Foto: ABN2, Flickr) El año pasado, Singapur estableció una curiosa marca: estuvo 135 días sin que la policía reportara delitos: ni asaltos domiciliarios ni atracos ni hurtos. La sensación de paz es tal, que los comercios no se molestan en cerrar la puerta. Algunos ni siquiera la tienen. En Raffles Place, una concurrida estación de metro, los empleados de Starbucks cruzan en la entrada una cinta como las que usan en los cines para organizar las colas y se van a casa. La mercancía queda tapada por una simple lona, al alcance de cualquier viajero, como explica este vídeo de la CNBC.

¿Cómo han logrado semejante nivel de seguridad?

La criminología fue un asunto de sociólogos y psicólogos durante siglos, pero a comienzos de los 60 un joven profesor de economía que llegaba tarde a un examen se enfrentó al siguiente dilema: “¿Dejo el coche en la calle, en un sitio ilegal pero próximo a la facultad, o lo meto en un aparcamiento más alejado?” Sobre la marcha concluyó que lo lógico sería comparar el coste y la probabilidad de la multa con la inversión en tiempo y dinero que suponía estacionar legalmente, e inclinarse por la opción menos onerosa. “Decidí aparcar en la calle”, contaría años después en el Chicago Maroon, “y dado que el examen era oral, la primera pregunta que le hice al alumno […] fue cómo reaccionaría ante una situación de esta naturaleza. Lo pasó bastante mal. [Risas]”.

Aquel joven profesor era el futuro Nobel Gary Becker y el incidente le serviría de inspiración para “Crimen y castigo: una aproximación económica”, el artículo en el que expone su tesis de que los malhechores están hechos del mismo barro mortal que usted y yo. “Se convierten en criminales”, argumenta, “porque les resulta más rentable el delito que el trabajo legal, una vez consideradas la posibilidad de ser apresado y la severidad del castigo”.

Esta explicación suscitó inicialmente una reacción bastante hostil. Planteaba que todos éramos delincuentes en potencia, y no le faltaba razón. Una escena de Nueve Reinas ilustra bien esta idea. Ricardo Darín quiere persuadir a Gastón Pauls de que todos tenemos un precio. “No hay santos, lo que hay son tarifas diferentes”, afirma, y le plantea si se acostaría por dinero con otro hombre.

—¿No cogerías [joderías] con un tipo si yo te ofreciera 10.000 dólares? —dice arrojando un sobre sobre el lavabo del baño.— 10.000, buena guita.

—No —responde Pauls, sacudiendo la cabeza.

—¿Y si te diera 20.000? —Arroja otro sobre—. Guita de verdad, toda para vos.

—No.

—¿50.000?

—No.

—500.000.

Pauls se queda en silencio, mirando la pila de sobres que se ha formado encima del lavabo. Duda.

—¿Te das cuenta? —concluye Darín—. Putos no faltan; lo que faltan son financistas.

Pensarán: qué depresión, ¿verdad? Pero no. Si los malos fueran siempre malos, no habría redención posible. Deberíamos esperar a la segunda venida de Cristo o a la primera de Pablo Iglesias para que reinara la justicia. Sin embargo, si los criminales son racionales, podemos disponer los incentivos de modo que no les compense violar la ley. En palabras de Becker, “se puede desanimar [la comisión de delitos] mediante una variedad de instrumentos: el castigo, la educación, la oferta de mejores alternativas”.

Es básicamente lo que ha hecho Singapur. Primero, es un lugar muy próspero, lo que significa que todos pueden ganarse honradamente la vida. El paro entre los jóvenes (el periodo más propenso a los comportamientos antisociales) es casi inexistente: 4,5%.

Segundo, la cultura desempeña un papel crucial. Cuando realizas el experimento de dejar olvidada una cartera con dinero en Singapur, la eventualidad de que su dueño la recupere íntegra es del 90%. Únicamente en dos países es mayor este porcentaje: Noruega y Dinamarca. (En España tampoco quedamos mal: 70%).

Tercero, quedar impune es prácticamente imposible. La ciudad está trufada de cámaras de seguridad y, como explica el Safe Cities Index 2017 del Economist, “cuando combinas los circuitos cerrados de televisión con técnicas de inteligencia artificial como el reconocimiento facial, el análisis del lenguaje corporal y la identificación de ciertas conductas […] la actividad inusual puede detectarse y notificarse en cuanto se produce, facilitando una reacción inmediata”.

Finalmente, las sanciones previstas son draconianas. Hay pena de muerte, y no se reserva para los actos más horrendos, sino para faltas como la posesión y el tráfico de drogas. Si te cogen con 30 gramos de cocaína te ejecutan en la horca. Tampoco se ha abolido el castigo físico. “Una vara flexible de 1,2 metros de largo y 1,2 centímetros de grosor se usa para administrar un máximo de 24 golpes en las nalgas desnudas”, explican Donald Moore y Barbara Sciera. Los azotes están prescritos para infracciones que van desde hacer una pintada a llevar el visado caducado más de 90 días.

Si Becker está en lo cierto y la decisión de delinquir depende de la posibilidad de ser apresado y de la severidad del castigo, Singapur parece el sitio menos indicado del planeta para ello. ¿Es un ejemplo a seguir, entonces?

En la entrevista del Chicago Maroon el reportero pregunta si podría erradicarse por completo la delincuencia. “Es posible”, responde Becker, “pero no estoy seguro de que sea deseable. Para acabar de sacar a la gente de quicio, suelo decir que hay una cantidad óptima de crímenes. […] No merece la pena suprimirlos del todo, sale demasiado caro. Hay que buscar un equilibrio […] entre la ventaja de reducirlos […] y el coste que conlleva. Y ese equilibrio se encuentra en un punto en el que quedan infractores sueltos. En la China comunista no había delitos, pero […] la mayoría prefiere no vivir en una sociedad así”.

Singapur no ha ido tan lejos como Mao en la ferocidad de su represión, pero, así y todo, los sacrificios en términos de libertad y privacidad son muy superiores a los que estarían dispuestos a asumir los ciudadanos de una democracia occidental, por más que comporten el privilegio de dejar los comercios abiertos por la noche.

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La diplomacia estadounidense se complica. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Hace un par de semanas en esta misma página anunciamos que Rex Tillerson será “invitado a salir de su posición”, a pesar de que Trump lo desmintiera a través de su cuenta de Twitter la semana pasada. Pudo deberse a aquel momento en el que Tillerson supuestamente usó el adjetivo de idiota para referirse al presidente, que generó tal polémica que lo llevó a dar una rueda de prensa para aclarar el malentendido seguido por otro tweet de Trump en el que con ironía decía que el secretario de Estado estaba desperdiciando su tiempo al intentar negociar con el líder norcoreano. Otro hecho curioso fue la ausencia total de una comitiva del Departamento de Estado al encuentro de mujeres emprendedoras en la India, al que asistió Ivanka Trump en representación de la Casa Blanca.

Entre hechos, dimes y diretes que circulan, una cosa queda muy clara: la diplomacia estadounidense no se encuentra en su mejor momento y Trump aviva las llamas con su anuncio de mover la embajada a Jerusalén, conmocionando la opinión pública internacional y despertando gran preocupación por la inestable y siempre compleja situación en Medio Oriente.

Con la frase “Viejos desafíos demandan nuevos enfoques”, el líder estadounidense afirma que el reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel no es más ni menos, “que el reconocimiento de la realidad”. Como que si todos los intentos de mantenimiento de paz en la región durante tantos años hayan sido un juego de niños. La respuesta internacional no se ha hecho esperar, con abiertas muestras de desacuerdo. Pero el problema es aún más complejo; hay que considerar que la construcción de una embajada estadounidense en cualquier lugar del planeta, lleva consigo una gran planificación que va más allá de encontrar un buen terreno y el diseño arquitectónico. Lo más complicado son los códigos de seguridad que deben respetarse, la capacidad del edificio de no ser desplomado con una bomba, o interferido con instrumentos de esos de los que los cubanos y los rusos parecen saber mucho. Lo cierto es que ya existe un consulado en Jerusalén, que cuenta con los más rigorosos y estrictos controles de seguridad, pero de ahí a conseguir la bendición de Occidente y del gobierno palestino para la movilización de la embajada hay un gran trecho.

El Departamento de Estado parece ser la gran víctima de la Administración Trump. Tillerson, en su gira por Europa, no consiguió apoyos; sin embargo, salió de la primera reunión en Bruselas afirmando que “hoy más que nunca, están en una mejor posición para avanzar los intereses estadounidenses en el mundo que hace 11 meses atrás”. Muy a pesar de que sus homólogos europeos, uno tras otro, le dejaron claro que no están a favor de replantear el acuerdo con Irán y menos con el planteamiento de trasladar la embajada a Jerusalén.

Parece que ser que Tillerson hace caso omiso de todo esto y en la misma línea de Trump mantiene el objetivo en poner a Estados Unidos primero (Make American First). Otro hecho curioso de la visita del secretario de Estado a Europa fue la falta de periodistas, ni siquiera la corresponsal para CNN en el Departamento de Estado pudo acompañarlo. Según nuestras fuentes en su propia y muy personal manera de gestionar la institución limita el acceso de los medios a giras de tal calibre.

No sólo se trata de la inexperiencia política del Secretario de Estado y de la influencia de altos cargos militares con los que se rodea Míster Trump, sino ahora también de la partida de Dina Powell del Consejo de Seguridad Nacional  (National security council / NSC) a finales de mes, debilitando aún más la diplomacia estadounidense. Cuando Powell llegó a la Administración Trump se abrió una esperanza en torno a su persona, una mujer que venía del sector financiero, de la Manhattan profunda y Wall Street, pero con la frescura necesaria para ejercer cierta influencia positiva en la política hacia medio oriente, junto con Jared Kushner (el yerno del presidente) y Jason Greenblatt. Según el Washington Post, Powell debe estar preguntándose cuánta influencia realmente tiene sobre el presidente en materia de política exterior. Sea cual sea la influencia, lo cierto es que su partida deja una cicatriz más en la golpeada diplomacia estadounidense. Que en vez de remontar parece caer en un abismo…