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20180102 2018 Delage

INTERREGNUM: Asia en 2018. Fernando Delage

El final de un año y comienzo de otro es momento de recapitulación, pero también de pronósticos sobre el futuro inmediato. Mirando hacia atrás, cinco grandes asuntos han sido objeto de esta columna a lo largo de 2017, y continuarán atrayendo la atención durante el nuevo año.

Corea del Norte es, en primer lugar, la más inmediata amenaza a la estabilidad regional y, por ende, del planeta. La tensión en la península ha ido en aumento como consecuencia de las ambiciones nucleares de Pyongyang, a las que no cabe esperar renuncie. La necesidad de legitimidad interna del régimen —una dinastía comunista en un Estado cuasifallido—, y la transformación del equilibrio entre las grandes potencias crean un escenario de enorme complejidad en el que se multiplican los riesgos de conflicto.

La retórica hostil del presidente de Estados Unidos no ha contribuido a una solución diplomática, como tampoco parecen haber funcionado las esperanzas puestas por Trump en la ayuda de Pekín para encauzar el problema. China, como es lógico, juega sus propias cartas en defensa de sus intereses. Al no sentirse amenazada por Corea del Norte, avanza en su estrategia de ascenso dirigida a reconfigurar a su favor el orden regional. Es una cuestión que no puede entenderse por tanto al margen de su iniciativa de la Ruta de la Seda, segundo gran tema del año.

La presencia en Pekín, en mayo, de representantes de más de 130 países, incluyendo 30 jefes de Estado, en el primer foro sobre la Ruta de la Seda, confirmó el atractivo global de los incentivos económicos chinos, en una muestra de liderazgo internacional que contrastaba con el creciente aislamiento de Estados Unidos, puesto de manifiesto por el abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP), firmado por la administración anterior. Los discursos del presidente chino, Xi Jinping, en Davos en enero, y en Pekín, en octubre, con ocasión del XIX Congreso del Partido Comunista Chino, lanzaron el mensaje de una “nueva era” en la relación de la República Popular con el mundo exterior.

La atracción que despierta China no debe ocultar, sin embargo, un tercer asunto—el ascenso de India—del que también se ha dado cuenta en esta columna. La transformación del contexto regional sitúa a la mayor democracia asiática ante el reto de un profundo reajuste estratégico, coincidente con un primer ministro —Narendra Modi— dispuesto a corregir viejas inercias y situar a su país entre los grandes, vinculando su estrategia geoeconómica a los imperativos de la seguridad nacional.

India corrige, por otro lado, la percepción de la debilidad de la democracia en Asia. En el noreste asiático, Shinzo Abe volvió a revalidar su mayoría en unas nuevas elecciones anticipadas, mientras en Corea del Sur la destitución por corrupción de la presidenta Park Geun-hye y el posterior proceso electoral sirvieron para reforzar las instituciones. Es en el sureste asiático, no obstante, donde se está produciendo una preocupante regresión del pluralismo político, cuarto de los temas en que se ha hecho hincapié a lo largo del año. Al mantenimiento de un régimen militar en Tailandia, la constante persecución de sus opositores por el gobierno camboyano, y el escepticismo sobre la apertura de Myanmar—agravado por el drama de los rohingya—, se suman el peculiar estilo de gobierno de Rodrigo Duterte en Filipinas y los riesgos de islamización en Indonesia. Las elecciones en Malasia el próximo verano reafirmarán este fenómeno de líderes electos pero autoritarios.

Una consecuencia de este escenario es que el sureste asiático —aliados y socios de Estados Unidos incluidos— ha girado de manera creciente hacia China. La subregión es indicación pues de cómo en 2017 comenzó a percibirse —último asunto, aunque afecta a todos los demás— un cambio en la jerarquía del poder asiático. La resurrección del Diálogo de Seguridad Cuatrilateral (“Quad”) entre Estados Unidos, Japón, India y Australia a finales de año es una primera respuesta formal al ascenso de China, cuestión que seguirá definiendo por excelencia la evolución del panorama regional en 2018.

Fotografía: Kevin Farrell

Paulina Nazal[1382]

Paulina Nazal: “La Región Asia Pacífico, fundamental para Chile”

Entrevista a Paulina Nazal, directora general de Relaciones Económicas Internacionales del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile.

Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- A principios de enero de este año fueron consultados Morgan Stanley, JP Morgan Chase y BTG Pactual acerca de cuáles serían las naciones donde la inversión y el clima político sería favorable para la economía, y su respuesta fue que Chile se posicionaría entre los mejores países emergentes para invertir en el 2017, y que los activos chilenos serían menos vulnerables a las políticas de Donald Trump.

Cerrando el año, coincidimos con esta opinión e incluso nos atrevemos a ir más allá y afirmar que desde Santiago se están desarrollando políticas económicas inspiradas en aprovechar la interesante posición geográfica que tienen, lo que sabiamente les ha llevado a mirar hacia Asia Pacífico sin olvidarse de sus vecinos. Fue precisamente esto lo que nos llevó a entrevistar a Paulina Nazal, directora general de Relaciones Económicas Internacionales (DIRECON) del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile.

La zona Asia-Pacífico está adquiriendo un protagonismo y un dinamismo económico que está cambiando las relaciones internacionales y los equilibrios económicos. ¿Qué papel puede jugar Chile en este fenómeno? ¿Y cuál debería idealmente para ustedes jugar?

La política de apertura comercial, impulsada por Chile desde la vuelta a la democracia en 1990, ha favorecido el crecimiento económico, dinamizado el comercio y aumentado los flujos de inversión directa hacia y desde nuestro país. En este proceso, la mayor ganancia ha sido mejorar la calidad de vida de los ciudadanos que se han visto beneficiados tanto a nivel general, como individualmente, pues esta apertura ha influido tanto en la generación de empleos como en la modernización de la sociedad. A nivel individual, no sólo ha permitido acceder a gran cantidad y variedad de bienes y a precios convenientes, sino también ha abierto las puertas del mundo para el emprendimiento y desarrollo económico. Hoy nuestros empresarios recorren el planeta ofreciendo sus productos y servicios.

En ese contexto, la región Asia Pacífico ha sido fundamental para Chile. Además de contar con acuerdos comerciales con 12 economías de esa región, hemos desarrollado estrechos lazos con dichas economías, en foros como APEC, en la negociación del TPP y del ahora TPP11, y a través de la Alianza del Pacífico, tanto en la negociación con los Candidatos a Estado Asociado (Australia, Canadá, Nueva Zelandia y Singapur), como mediante el plan de trabajo 2017 –2018 con los países que conforman la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN).

Otro ejemplo que evidencia el alto interés de Asia para Chile, es la reciente firma del acuerdo comercial con Indonesia, la mayor economía de ASEAN, que se materializó el 14 de diciembre pasado en Santiago, y que nos permitirá un acceso preferencial a ese gran e importante mercado.

Quisiera destacar también el trabajo de Chile en la planificación temática y logística de APEC 2019. La realización de un año APEC implicará una oportunidad única para mostrar la riqueza cultural, social y geográfica de nuestra economía a todos los miembros del Foro, así como la posibilidad de definir las grandes prioridades y entregables del año APEC Chile 2019.

En los últimos 25 años Chile se ha abierto significativamente al mercado global y en estos años han entrado a formar parte de distintos tratados económicos. El arancel que usan para tasar es objetivamente beneficioso para atraer inversión extranjera e importar productos. ¿Cómo les afectaría la ruptura del TPP?

Tras la salida de Estados Unidos, los once países restantes iniciamos un proceso de diálogo para buscar alternativas respecto al Tratado. Así, luego de varias rondas de negociación, decidimos preservar el contenido del TPP, introduciendo algunos ajustes que nos permitieron alcanzar un nuevo tratado conocido como TPP11. Este acuerdo mantendrá en su integridad el contenido del original, incluidos todos los elementos de acceso a mercados y sus disciplinas relacionadas. No obstante, se acordó una lista de disposiciones suspendidas o de no aplicación entre los 11 países, lista que se entregó en Vietnam (Cumbre de APEC) junto a la Declaración de Ministros. El propósito de los 11 países sería firmar el acuerdo durante el primer trimestre de 2018. Lo anterior será un hito muy relevante en nuestra relación con la región Asia Pacífico.

¿Visualiza Chile la Alianza del Pacifico como uno de sus mayores y más productivos mercados a día de hoy? ¿Conquistar el Mercado de Asia Pacífico es el fin último de esta alianza?

La Alianza del Pacífico es un mecanismo de integración regional conformado por Chile, Colombia, México y Perú.

Entre julio de 2016 y junio de 2017, Chile tuvo la presidencia pro témpore del bloque, período en el cual avanzamos de forma sustantiva, tanto en el trabajo intra Alianza, como en una hoja de ruta concreta con Mercosur para trabajar temas conjuntos (facilitación del comercio, cooperación aduanera, promoción comercial, apoyo a las PYMES, barreras no arancelarias y acumulación de origen, e identificación de posibles cadenas regionales de valor), así como en el acercamiento con Asia Pacífico a través del inicio de negociaciones con los Candidatos a Estado Asociado, que ya comentamos, y el plan de trabajo con ASEAN.

A lo anterior podemos sumar la implementación del Fondo de Capital Emprendedor; una hoja de ruta para la agenda digital; varios avances en materia de integración financiera; el acuerdo para empezar a trabajar un mercado de carbono regional; finalizar los acuerdos para facilitar el comercio de los suplementos alimenticios; así como la implementación de emisión y recepción de certificados de origen digital y certificados fitosanitarios electrónicos. En total nos propusimos 73 objetivos en diferentes áreas como Educación, Innovación, Pymes, Facilitación de Comercio y Género, entre otros.

El acercamiento a la región Asia Pacífico es un objetivo estratégico para el bloque y estamos avanzando de forma concreta en esa dirección.

¿Podría ser México un socio comercial y político en la zona del Pacífico para ustedes?

Con México tenemos relaciones comerciales reguladas desde 1991 cuando se firmó un Acuerdo de Complementación Económica (ACE17), que en 1999 fue reemplazado por un Tratado de Libre Comercio. Durante estos más de 25 años, hemos consolidado tanto nuestras relaciones comerciales como políticas, siendo México un socio estratégico de nuestro país. Junto a México participamos y colaboramos hoy estrechamente en el marco de la Alianza del Pacífico, del Foro APEC, OMC, de OCDE, de las negociaciones del TPP11 y de muchas otras instancias internacionales.

Con la tendencia proteccionista de la Administración Trump y la posible salida de Estados Unidos de NAFTA, o la renegociación pero a nivel bilateral, tal y como parece que sucederá, ¿Qué papel puede jugar en ese escenario el Nafta y las relaciones Chile-USA? ¿Podría Chile beneficiarse de este escenario?

Dado que se trata de un proceso en revisión de parte de sus países integrantes y del cual Chile no participa, prefiero no referirme a este proceso que está en pleno desarrollo. Lo que sí puedo asegurar es que las relaciones bilaterales con EE.UU. han sido siempre muy positivas, con un Acuerdo de Libre Comercio vigente desde hace 14 años, un intercambio comercial creciente, y un positivo desarrollo de la cooperación en un sin número de áreas, que en agosto pasado nos permitieron realizar una evaluación junto a las autoridades del gobierno estadounidense en el marco de la visita del vicepresidente de EE.UU. a Chile, Mike Pence, las cuales confirman este punto.

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¿Es Trump el líder que necesita Occidente? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Seguramente a la mayoría de los lectores les llame la atención éste interrogante, básicamente por el hecho de que tienen clara la respuesta: ¡NO! No, porque en un mundo cada día más globalizado parece no tener mucho sentido cerrarse. Sin embargo, los slogans que lo catapultaron y llevaron a ocupar la oficina oval “América Primero” o “Hacer América grande de nuevo”, contienen la clave de la estrategia de devolver a Estados Unidos la bonanza económica de los años 50 y la añoranza por la era de Reagan, que en el fondo es lo que desean los ciudadanos que lo apoyaron.

Ahora bien, para entender la proyección de Estados Unidos en el mundo, hay que ir a los responsables de las políticas económicas en Washington, que son extremadamente conservadores, a mí me gusta llamarles la troika económica trumpiana y su objetivo es el proteccionismo de la economía estadounidense. Volver a la economía de aranceles, anulación y/o sustitución de tratados internacionales multilaterales por bilaterales, como se ha hecho con el TPP y el NAFTA.
Comenzando con el representante comercial, Robert Lighthizer, quien sirvió para la administración Reagan, y se le conoce por ser el gran enemigo de los acuerdos comerciales en los que se vean comprometidos los intereses estadounidenses. Seguido por Peter Navarro, director comercial e industrial, economista y profesor de la Universidad de California, conocido por ser un acérrimo crítico de China y su impacto en la economía de Estados Unidos. Culpa al gigante asiático de que 25 millones de ciudadanos no consigan trabajos dignos o que unas 50 mil industrias hayan desaparecido. Trump le creó una oficina dentro de la Casa Blanca que sirve como conductora de las estrategias de intercambios comercial, evaluación de las manufacturas domésticas e identificador de nuevas oportunidades de empleos. Y para cerrar la troika, el secretario de Comercio, Wilbur Ross, quien ha sido un duro crítico de la caída de empleo de manufactura. Conocido por comprar industrias quebradas y convertirlas en prósperas. No cabe duda que su carácter ultra proteccionista marcará una gran diferencia con sus antecesores.
En cuanto al liderazgo internacional, la nueva dinámica de la diplomacia estadounidense es inédita. Mientras el presidente no modera su vocabulario con frases como “hombre cohete” para referirse al líder norcoreano, el secretario de Estado Rex Tillerson se ha convertido en un bombero apagafuegos de las imprudencias del presidente, y a través de reuniones a puerta cerrada intenta normalizar situaciones tensas y en la mayor parte de los casos, innecesarias. Paralelamente Nikki Haley, la embajadora de Estados Unidos ante Naciones Unidas, aumenta su zona de influencia en la diplomacia internacional y con un tono más regio ha dado pasos muy significativos, como fueron las últimas sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad en contra de Corea del Norte, las más severas hasta ahora, que por primera vez contaron con el apoyo de China y Rusia.
Tillerson ha despertado un gran descontento dentro del Departamento de Estado, con el bloqueo de nombramientos, la reducción a un tercio del presupuesto del mismo, o la ausencia de embajadores en 70 embajadas por el mundo. Todo esto, junto con un par de incidentes entre él y el Trump, aunado al descontento del Congreso por la gestión de ésta institución, han sido la razón por la que está en considerando su sustitución por Mike Pompeo el actual director de la CIA, hombre que se ha ganado la confianza del presidente.
La era verde duró poco en esta Administración. En el afán de Trump por acabar con los legados de su predecesor anuló el Acuerdo de Paris, a pocos días de haber ocupado la presidencia, a través de una orden ejecutiva de independencia energética, en la que entregó a Xi Jinping el liderazgo internacional en la lucha medioambiental. En esa misma línea apareció en Naciones Unidas, el foro que ha garantizado la paz y la estabilidad durante más de medio siglo, afirmando sin ninguna delicadeza que su prioridad es y será América. Y como si eso fuera poco, amenaza con la destrucción total de Corea del Norte.
En materia de seguridad, el aumento significativo del gasto de Defensa, comparativamente con la reducción del presupuesto del Departamento de Estado, contiene las claves de la prioridad de la política exterior. La respuesta de Trump en abril frente al ataque químico del régimen de Bashar el Asad marcó el cambio de rumbo. Sin embargo, no ha habido una acción de continuidad.
El aumento de más de 14.000 civiles y militares del departamento de Defensa en el Medio Oriente en los últimos 4 meses, es otra prueba de ello junto con la reciente declaración de Corea del Norte de estado terrorista, precedido por la exigencia de desnuclearización del régimen de Pyongyang, que ha sido una solicitud consistente desde que ésta administración tomó posesión, elevando con ella la importancia de Asia y sus aliados en la región.
Resumiendo, la política exterior de Washington a día de hoy se puede definir en dos puntos: 1: Hay una redefinición de la estrategia y el rol de Estados Unidos en el comercio Internacional. Y 2: Hay un cambio de diplomacia internacional y de intercambios. Tal y como comencé afirmando, la dirección del país ésta basada en políticas económicas extraordinariamente conservadoras, que a su vez marcan la proyección y el liderazgo internacional, que sin duda responden a la línea más dura del Partido Republicano, pero que en ésta ocasión están aderezadas al más puro estilo de Míster Trump: ¡Poniendo a América primero y al precio que sea!
testigo

INTERREGNUM: ¿Cambio de testigo en Asia? Fernando Delage

¿Será noviembre de 2017 la fecha en que se certificó la sustitución de Estados Unidos por China en el liderazgo asiático? La sucesión de encuentros mantenidos en la región la semana pasada así parece apuntarlo. La cumbre de APEC en Vietnam, en particular, enfrentó de nuevo dos retóricas opuestas—la de Pekín y la de Washington—con una rotunda mayoría a favor de la primera.

No se trata de seguir el modelo chino. Pero es Xi Jinping quien abandera la defensa de la globalización y de una economía abierta, y quien impulsa una renovación de las fórmulas multilaterales. La República Popular es, por resumir, la gran potencia comprometida con los principios e instrumentos que necesitan las economías asiáticas para continuar creciendo. El discurso unilateralista de Trump, además de su innecesario tono hostil, no podía granjearle nuevos amigos. Como desde un principio resultaba previsible, “America first” sólo podía significar “America alone”. Estados Unidos ha decidido aislarse de los intereses que comparten los países de la región, con independencia de sus diferentes regímenes políticos o niveles de desarrollo. El acuerdo de principio logrado en Vietnam para rehacer el Acuerdo Transpacífico (TPP) a 11, es decir, sin Washington, es la más clara expresión del camino sin salida emprendido por Trump en su política comercial. China, por su parte, ha vuelto a demostrar su habilidad para utilizar foros como APEC para avanzar en la construcción de un nuevo orden regional, con ella en el centro.

Tampoco ofreció Trump la formulación de una política asiática que esperaban los observadores, más allá del mero concepto de un “Indo-Pacífico libre y abierto”. Quizá de vuelta en casa su administración ofrezca mayores detalles, incluyendo—se cree—un paquete de medidas dirigido a corregir el gigantesco déficit bilateral con Pekín. También podría resucitarse la fórmula del “Quad”, el cuadrilátero de democracias que ya propuso el primer ministro japonés, Shinzo Abe, hace diez años como elemento de equilibrio de una China en ascenso. Ha sido de nuevo Tokio, esta vez por boca de su ministro de Asuntos Exteriores, Taro Kono, quien en una entrevista a “Nikkei Asian Review” a principios de mes, propuso el establecimiento de un diálogo estratégico formal al más alto nivel entre Japón, Estados Unidos, India y Australia, con dos objetivos principales: asegurar la estabilidad del espacio marítimo regional, y articular una respuesta alternativa a la Ruta de la Seda china.

Washington parece haber “comprado” la idea japonesa. El escepticismo de Delhi y el rechazo de Australia por temer provocar a China, abortaron hace una década la iniciativa. Esta vez, India se ha mostrado a favor de cooperar “sobre todas aquellas cuestiones que favorecen sus intereses”, y también la ministra australiana de Asuntos Exteriores, Julie Bishop, ve con buenos ojos la propuesta. Pero, ahora como entonces, quedan algunas cuestiones por resolver. ¿Por qué está ausente otra importante democracia de la región, Corea del Sur? Y, sobre todo, ¿cómo se equilibra el hecho de que China se convierta en la principal variable del futuro económico de la mayor parte de los países de la región, y que algunos pretendan sumarse al mismo tiempo a una coalición diplomática contra Pekín? El polarizado debate que se está produciendo en Australia entre la comunidad diplomática y estratégica—escéptica sobre un mayor acercamiento a Pekín—y la económica y empresarial—defensora de lo contrario—es buen ejemplo de una dinámica que, al menos de momento, continúa favoreciendo a China y a sus esfuerzos por consolidar una esfera de influencia cada vez más amplia.

Trump Building

INTERREGNUM: Trump en Asia. Fernando Delage

El 3 de noviembre, Trump comienza su segundo gran viaje al exterior, con una gira de 12 días que le llevará a cinco países de Asia. Además de los tres grandes del noreste asiático—Japón, China y Corea del Sur—, el presidente norteamericano visitará dos naciones del sureste de la región—Vietnam y Filipinas—para asistir a dos cumbres multilaterales.

En los tres primeros predominará la agenda bilateral. Comercio y seguridad ocuparán la mayor parte de su tiempo con Shinzo Abe, Xi Jinping y Moon Jae-in. Tras su victoria electoral del 22 de octubre, un Abe reforzado políticamente tratará de convencer a Trump de lo inviable de su política comercial: Japón, como la mayoría de las economías asiáticas, necesita mayor liberalización e integración, y preferiría evitar una excesiva dependencia del mercado chino. El primer ministro surcoreano tendrá que emplearse a fondo también para que Trump no añada el acuerdo de libre comercio Estados Unidos-Corea del Sur (KORUS) a la lista de los pactos, encabezados por NAFTA, que quiere deshacer. En China, cuyo superávit comercial con Estados Unidos el presidente no ha dejado de denunciar desde la campaña electoral, quizá desvele por fin cómo piensa responder. Con los tres líderes, Trump discutirá asimismo la evolución del desafío norcoreano, para concluir, lo reconozca o no, que carece de opciones de actuación en solitario.

Tras diez meses en la Casa Blanca, el principal problema asiático de Trump es la ausencia de una política. Ni en el departamento de Estado ni en el Pentágono se ha nombrado aún a los responsables de Asia, mientras también siguen vacantes muchas de las embajadas de Estados Unidos en la región. Tampoco se ha expuesto una estrategia articulada sobre los objetivos de la administración. Se espera con notable expectación, por tanto, que en su discurso en Vietnam, donde Trump asistirá a su primera cumbre del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC), anuncie su visión de Asia y cómo propone defender los intereses norteamericanos en un contexto de profunda transformación. Asia nunca ha sido más importante para el futuro económico y diplomático de Estados Unidos y, sin embargo, se acelera la percepción de debilitamiento de su posición. La Casa Blanca quiere apartarse de las propuestas de Obama y su famoso “pivot” hacia Asia, pero lo que ha provocado ha sido un vacío de un año tras el abandono del TPP, letal para su credibilidad.

Un anticipo de lo que pueda decir Trump lo ofreció su secretario de Estado, Rex Tillerson, en un discurso pronunciado en Washington el 18 de octubre, en vísperas de su primer viaje oficial a India. Fue algo más que un examen de las relaciones entre las dos mayores democracias del mundo. Tillerson volvió al discurso de administraciones anteriores sobre un orden regional libre y abierto, y “basado en reglas”. Aunque de manera poco explícita, también dio a entender que Washington va a reaccionar a la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda, y que, ante la redistribución en curso del poder internacional, India será uno de sus principales socios de preferencia. Cabe esperar que, en su intervención en Vietnam, por fin Trump anuncie cómo Estados Unidos va a intentar abrirse un espacio en Eurasia para equilibrar las ambiciones económicas y geopolíticas chinas.

En Filipinas, Trump no asistirá a la Cumbre de Asia Oriental, segunda gran cumbre anual multilateral en Asia, a la que Estados Unidos se incorporó en 2010, y que Obama trató de reconvertir en el principal foro regional de seguridad. Aunque es el único proceso, junto a APEC, que reúne a los jefes de Estado y de gobierno, la ausencia de Trump en su primera convocatoria es difícilmente justificable. Al menos, participará la víspera en la cena de conmemoración del 50 aniversario de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), institución que ocupó un papel relevante en la estrategia asiática de Obama pero que ha ignorado hasta la fecha la actual administración. Quizá tras sus conversaciones con Rodrigo Duterte, Trump pueda afinar sus ideas al conocer de primera mano la percepción local sobre el ascenso de China y sobre lo que se espera de Estados Unidos.

birnvenidos

INTERREGNUM: Europa y Japón. Fernando Delage

“La cuestión fundamental de nuestro tiempo—dijo el presidente Trump en Varsovia el pasado 6 de julio—es si Occidente tiene la voluntad de sobrevivir”. Se desconoce si era una pregunta retórica por su parte, pero recordaba aquello que decía Toynbee de que las grandes civilizaciones mueren por suicidio más que por asesinato. Por primera vez desde la segunda posguerra mundial, las amenazas al orden liberal proceden tanto de los enemigos internos como de los externos. Y si alguien no está defendiendo los valores de la Ilustración que han definido Occidente es el propio Trump.

Afortunadamente, otros líderes no se han cruzado de brazos. Y nada simboliza mejor esa respuesta que el acuerdo de libre comercio concluido entre la Unión Europea y Japón en vísperas de la reunión del G20 en Hamburgo. Dos economías que suman 600 millones de personas y representan un tercio del PIB global y un 40 por cien del comercio mundial, se han unido frente al giro proteccionista de la administración norteamericana. Sus implicaciones, no obstante, van mucho más allá.

Como señalaron las autoridades europeas y japonesas, es un acuerdo asimismo sobre “los valores compartidos en los que se basan nuestras sociedades”, la democracia y el Estado de Derecho, y una demostración de la voluntad política de ambas partes de actuar contra la corriente de aislacionismo y desintegración que otros parecen defender. “No hay protección en el proteccionismo”, dijo el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.

Tras el abandono del TPP y del TTIP, Tokio y Bruselas se han visto obligados a defender por su cuenta un orden internacional basado en reglas, que establezca altos estándares (laborales, medioambientales, transparencia…) que también obliguen a las economías emergentes. Para Japón, el acuerdo con la UE implica que esos estándares deberán formar parte de toda negociación que Washington quiera emprender con Tokio. También puede facilitar, como desea Japón, una renegociación del TPP sin Estados Unidos, y elevar la ambición de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP) que negocian 16 economías asiáticas. Para Europa, un acuerdo que sucede al recientemente concluido con Canadá (CETA), expresa su compromiso con la liberalización comercial tras el Brexit y las incertidumbres acerca de la actitud de la administración Trump sobre el proyecto europeo.

En último término, el acuerdo representa de hecho un significativo desafío a Estados Unidos. Los productos europeos accederán al mercado japonés en unas condiciones que no tendrán los norteamericanos y, de manera más que simbólica, se pone en evidencia el creciente aislamiento internacional del presidente Trump. El pacto entre Japón y la Unión Europea consolida la idea de que los acuerdos comerciales no pueden ser simples arreglos bilaterales sobre determinados productos o tarifas. Los derechos de los trabajadores, la reciprocidad en los contratos públicos o la defensa de la propiedad intelectual son, entre otros, asuntos que ya no pueden quedar al margen de los mismos. Con el precedente creado por Bruselas y Tokio, será inviable para la administración Trump mantener su preferencia por un enfoque bilateral.

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China podría conseguirlo con el beneplácito de Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El Pacífico es el océano más extenso del planeta, una región que incluye unas 25.000 islas y costas de unos 52 Estados cuyos usos, tradiciones y recursos naturales han moldeado el sistema económico regional. Y a pesar de las profundas diferencias y desigualdades entre países tan opuestos como Australia y Camboya, la necesidad de impulsar sus economías ha permitido el establecimiento de un variado grupo de asociaciones que promueven los intercambios comerciales y facilitan la inclusión de economías menos competitivas en el juego.

Fue esta idea la que impulsó la creación del hoy agónico TPP, al que China no pierde de vista mientras sugiere opciones alternativas como la Asociación Económica Integral Regional (RCEP por sus siglas en inglés) y la Asociación de Libre Comercio para el Asia- Pacífico (FTAAP).

La exclusión de China del TPP tuvo una razón lógica: dejar al gigante asiático fuera para evitar que se hicieran con el dominio regional. Y mientras se llevaban a cabo las conversaciones para materializar el TPP, Beijín creaba alternativas de las que ellos pudieran formar parte y sobre todo liderar. El TPP fue pensado para ayudar a las economías, razón por la cual facilitaba el crecimiento de sus miembros, a pesar de su tamaño; y se regían por los derechos de los trabajadores reconocidos por la Organización Internacional del Trabajador, lo que fundamentalmente se traduce en protección a los trabajadores y persecución a la corrupción. Este marco legal incomoda al gobierno chino, pues su modo de operar dista mucho de estas formalidades y funciona en un marco de amplios beneficios propios con limitadas restricciones.

Los acuerdos comerciales modernos en la región asiática comenzaron en la década de los 60. La Asociación de Naciones del Sudoeste Asiático (ASEAN por sus siglas en ingles), que cuenta con diez miembros, fue de las primeros en establecerse. El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) es actualmente la organización que cuenta con más de 20 países junto con la Asociación de Libre Comercio para el Asia- Pacífico (FTAAP), que fue concebida bajo la cumbre de la APEC en Lima el año pasado, y tiene una ambiciosa meta que consiste en conectar las economías del Pacífico desde China a Chile, incluyendo a los Estados Unidos.

De acuerdo con China Daily la razón por la que se consiguió firmar el FTAAP fue debido a las previsiones de crecimiento publicadas por la Organización Mundial del Comercio para el 2016, que no se cumplieron, pues fue un año difícil para la economía y sobre todo para los intercambios, lo que hizo que se redujeran las previsiones hechas para el 2017. De entrar en vigencia, aunque fuese solo con las 21 economías que firmaron, se convertiría en la zona de intercambios más grande del planeta, con el 57% de la economía mundial, lo que representaría casi la mitad de los intercambios internacionales.

La Asociación Económica Integral Regional (RCEP), por su parte, es un acuerdo de libre comercio que incluye a China, India, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda junto con los países de la ASEAN (Filipinas, Indonesia, Tailandia, Brunei, Malasia, Singapur, Vietnam, Laos, Myanmar y Camboya). De entrar en vigor este bloque económico representaría alrededor del 30% de la economía y un cuarto de las exportaciones del mundo. A pesar de que el origen de RCEP es del 2012, no se ha logrado concretar aún. China respalda esta iniciativa y ha abogado por su aprobación, sin embargo, Deborah Elms, Directora Ejecutiva del Centro de Intercambios de Asia sostiene que la razón por la que todos los países del ASEAN están dentro es porque fueron arrastrados a participar por el hecho de que se les abría un nuevo mercado de oportunidades con los 6 grandes (China, India, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda) con los que no tienen acuerdos comerciales.

En este momento todas las opciones están en la mesa. Sin TPP y con un Trump sin interés en asumir el rol de líder en Asia, mientras Xi Jinping sigue acumulando riqueza y mayor liderazgo internacional, da la impresión de que la desesperación del abandono puede cobrar su precio. Beijín apuesta por dos vías estratégicas: La Asociación Económica Integral Regional (RCEP) y la Asociación de Libre Comercio para el Asia – Pacífico (FTAAP), la segunda más ambiciosa que liberaría más de la mitad de los intercambios comerciales llevados a cabo a día de hoy. En ambos casos, China estaría a la cabeza y contrariamente a lo que afirmó Obama siendo presidente, China escribirá las reglas del comercio mundial, lo que se traduce en mayor crecimiento de su economía y mayor influencia internacional.

Pascua

Chile juega cada vez más en el Pacífico. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Chile es un país con una posición geoestratégica compleja, que a su vez es lo que le da su gran potencial. Cuenta con más de 6.400 km de costa al Pacífico, más la zona económica exclusiva hasta la plataforma continental de Isla de Pascua que abarca 17.751.351 Km2. Isla de Pascua se encuentra en uno de los vértices del triángulo de la Polinesia en el Pacífico Sur, lo que la convierte en una de las islas pobladas más aisladas del planeta. Esta singularidad geográfica le ha permitido a Chile desarrollar su economía basada en el uso de sus recursos naturales, y, aprovechando su ubicación, se mantiene conectado con Argentina, Bolivia y Perú por fronteras terrestres, siendo un acceso al mercado de América Latina. Por la fachada al Pacífico, sus extensas fronteras marítimas, es por donde Chile está a día de hoy enfocando sus esfuerzos para potenciar sus relaciones de intercambio comercial.

Chile tiene una economía muy abierta. Esta apertura comenzó hace unos veinticinco años en los que han negociado múltiples acuerdos bilaterales y han formado parte de diferentes alianzas o acuerdos económicos que han ayudado significativamente al crecimiento de su economía. El arancel efectivo que cobran es menor del 1%, lo que hace más eficiente el sistema, pues los consumidores pagan fundamentalmente por el valor de los productos que consumen y no por las tasas impuestas a los mismos.

El TPP es sin duda uno de los grandes logros de la económica chilena. Así que, como los otros miembros de este acuerdo, están buscando formas de mantenerlo a flote, sabiendo que tan ambicioso bloque (hasta antes de que Trump se saliera del mismo, suponía el 40% de la economía mundial), puede ser muy provechoso para los chilenos, por lo que auspiciaron en marzo un encuentro de los miembros del TPP, al que también asistieron Corea del Sur y China, que según su propia versión, asistió como observador. China por su parte, está siempre atento a cómo y dónde puede introducirse, y a falta del liderazgo estadounidense está jugando su rol de líder internacional con mucha astucia. Y Corea del Sur, a pesar de no ser miembro del TPP, está preocupado por hacerse con más aliados en caso de que Míster Trump decida dejarlos a la deriva.

La directora del Ministerio de Relaciones Exteriores chileno expresó en una entrevista el gran interés que tiene Chile en Japón, por ejemplo, ya que lo ven como un potencial socio. Chile compra mucha tecnología japonesa, y hasta hace poco tenían muchas restricciones en los convenios de importación y exportación, así como con Vietnam y Malasia. El gobierno chileno ve muy provechoso exportar fruta y salmón a Japón, puesto que es un gran mercado. Tokio, en su afán por mantener vivo el TPP y convertirse en un país clave en este bloque, le insiste a Santiago en que todos los acuerdos se hagan bajo el paraguas del TPP y no en acuerdos bilaterales.

La alianza del Pacífico es uno de los organismos que en sus 6 años de creación más han aportado al desarrollo de la economía chilena. Este bloque, en el que participan también Perú, Colombia y México, sólo en 2016 consiguió liberar el 92% del comercio entre estos cuatro países, según el Ministerio de Relaciones Exteriores chileno. A pesar de que este grupo únicamente represente el 2,3% de la economía mundial, aporta beneficios a las economías de sus miembros.

Entre los años 2010-2015 el crecimiento promedio del comercio bilateral entre Chile y la Asociación de Naciones del Sudoeste asiático (por sus siglas en inglés ASEAN) fue del 5%, de acuerdo al Banco Central chileno. Con Asia Pacífico mantiene una relación activa, pero económicamente todavía no representa un porcentaje significativo en la su economía. Sin embargo, la presidenta chilena Michelle Bachelet ha dedicado tiempo a afianzar las relaciones con el Pacífico. Incluso a nivel militar Chile ha participado en ejercicios bilaterales y multilaterales con fuerzas navales asiáticas del Pacífico occidental, así como hacen regularmente maniobras con las flotas francesas del Pacífico. Paralelamente mantiene acuerdos de cooperación con Nueva Zelanda y una cercana relación con Australia, que incluye un acuerdo de libre comercio.

Las inversiones chilenas en el exterior en orden de importancia se concentran en Brasil, representando el 26,1% del total, seguido por Colombia con el 18,7%. En tercer lugar se encuentra Argentina con el 17,8%, seguido por Perú, cuyas inversiones chilenas representan el 14,8 del total en el exterior, dejando en quinto lugar a Estados Unidos (según el departamento chileno de inversiones en el exterior).

Chile cuenta con una democracia afianzada, un liderazgo regional consolidado y un organismo de promoción económica bien articulado con representantes en sus embajadas, desde las que hacen un trabajo activo de fomento de sus inversiones. Al aspecto diplomático también le sacan provecho, siendo anfitriones de diferentes foros internacionales que les ayuda a destacar su posición global. Así lo harán en 2019 con la cumbre de la APEC, otra prueba de su interés en la región de Asia Pacífico. No cabe duda de que Santiago está apostando por una estrategia más diversificada. Ya tienen una presencia destacada en América del Sur, e incluso en Europa aunque en menor medida. Lo que están trabajando ahora es consolidar su papel en el Pacífico apoyando un renacimiento del TPP que podría continuar bajo otro nombre e incluso liderado por otros miembros.

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INTERREGNUM: Reinventar el TPP. Por Fernando Delage

En un contexto marcado por el desafío nuclear norcoreano y las tensiones en la periferia marítima china puede resultar comprensible que se preste menos atención al escenario geoeconómico asiático. Sin embargo, también en este frente se reproduce la competencia entre los grandes Estados de la región. Japón, en particular, con un activismo desconocido hasta la llegada de Abe al gobierno, está proponiendo nuevas ideas tras el abandono del Acuerdo Transpacífico (TPP) por la administración Trump.

El giro norteamericano ha elevado el protagonismo del Acuerdo Económico Regional Integral (RCEP) como principal iniciativa global a favor del libre comercio en la actualidad. Al incluir a 16 Estados que representan la mitad de la población mundial, más de la cuarta parte de las exportaciones y casi el 30 por cien del PIB del planeta, su potencial es considerable. Integra, además, a varias de las economías de mayor crecimiento de los últimos años. Pero, al contrario de lo que con frecuencia suele mantenerse, no se trata de una iniciativa “de China” articulada frente al TPP que lideraba Washington. Estados Unidos, es cierto, no participa, pero su origen—en 2011—, partió de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), con el objetivo de consolidar en un único marco los cinco acuerdos de libre comercio mantenidos por la organización con sus socios externos (China, Japón, India, Corea del Sur y Australia-Nueva Zelanda).

Es obvio que ni Japón ni India van a aceptar sin más las demandas chinas en un proceso de carácter multilateral. Pekín quiere acelerarlo para concluir el acuerdo antes de finales de año, con una agenda mínima de liberalización comercial. Japón—ésta es su primera propuesta—quiere, por el contrario, mantener abiertas las negociaciones para ampliar su contenido y dar forma a un pacto de “alta calidad” que incluya algunas de las cuestiones que incluía el TPP, como propiedad intelectual, contratación pública o normas medioambientales. El RCEP revela así la competencia entre dos modelos opuestos—el de China y el de Japón—sobre la estructura económica regional.

Japón acaba de sugerir una segunda propuesta: relanzar el TPP sin Estados Unidos. Fue el propio primer ministro, Shinzo Abe, quien aseguró hace unos meses que, sin Washington, el acuerdo carecía de sentido. No obstante, considera ahora que, dados sus potenciales beneficios, puede merecer la pena intentar rehacerlo. Tokio puede reforzar sus relaciones con distintos socios asiáticos, de Australia a Vietnam; mantener vivo un discurso a favor de la adopción de normas más ambiciosas en la región y, así, aumentar la presión para elevar los estándares contemplados originalmente por el RCPE; o, incluso, intentar atraer a Estados Unidos a un esquema multilateral.

Quizá este último objetivo no sea tan ilusorio, aunque resulte dudosa la viabilidad de recuperar el TPP. El interés compartido de las economías asiáticas por el libre comercio y por un marco regional puede neutralizar la intención del presidente Trump de defender los intereses de su país mediante acuerdos bilaterales. Mientras exista una alternativa regional, sus pretensiones no parecen tener mucho sentido. Quizá Abe se haya adelantado al intuir que, tarde o temprano, Estados Unidos dará marcha atrás para no quedarse al margen de la reconfiguración económica de Asia. ¿Se incorporará Washington un día al RCEP? ¿Decidirá reinventar el TPP bajo otro nombre? Seguiremos atentos a los acontecimientos.

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El mundo está de cabeza

Washington.- Cuando en el 2015 Obama firmo el acuerdo de París, para los ecologistas y para los que creemos que tenemos una responsabilidad con el planeta que habitamos, nos dió la impresión de estar entrando a una nueva etapa de mayor conciencia, pues finalmente Estados Unidos se sumaba a la lista de las naciones que regularían la emisión de gases para intentar prevenir el calentamiento global.

Pero la era verde duró poco. El martes pasado, el presidente Trump, en su afán por acabar cualquier legado de su predecesor ha desmantelado la política ambiental de la Administración anterior con la Orden Ejecutiva de Independencia Energética. Rodeado de un grupo de mineros del carbón, Trump ha dejado claro una vez más que su prioridad es hacer que la economía florezca y recuperar puestos de trabajo, al precio que sea. Mientras tanto, China parece estar aprovechando este vacío que está dejando el primer país del mundo para hacerse con el protagonismo verde del planeta.

El histórico acuerdo de París compromete a los gobiernos a diversificar sus combustibles más allá de los fósiles, para intentar contener el aumento de la temperatura global. Razón por la que la comunidad científica está preocupada, porque esta nueva orden de Trump es una negación del cambio climático y claramente una nueva línea directiva de esta administración. Y Estados Unidos, junto con China, son los mayores contaminantes del planeta, con el 40% de la responsabilidad de la emisión del mundo. En otoño pasado la ratificación del acuerdo de París por ambos países fue un hito histórico en la lucha climática, que para entonces lideraba Estados Unidos, al que China se había sumado.

Para China asumir el compromiso del acuerdo de París representa un esfuerzo significativo, pues su economía está desarrollada en base al carbón, por lo que cambiar esa dependencia les costará mucho tiempo y dinero. De momento, están trabajando para reducir el 20% del uso de combustibles fósiles para llegar a las emisiones permitidas en 2030. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, la polución es el mayor riesgo ambiental mundial para la salud y “sigue aumentando a un ritmo alarmante”. La polución en China es tan grave que constituye la principal causa de muertes prematuras por enfermedades cardiovasculares y respiratorias.

El gobierno chino aparentemente no solo está tomando muy en serio sus compromisos con el calentamiento global, sino también un nuevo rol de protagonismo mundial que le permite figurar más en el escenario internacional.

Parece que la irreverencia y particularidad del gobierno de Trump, muy a pesar de sus múltiples afirmaciones contra China, están favoreciendo el crecimiento del protagonismo internacional del dragón rojo, que empezó en la esfera estrictamente económica con la negación de Washington a formar parte del TPP, lo que otorga sutilmente a Pekín su participación; y sigue en el panorama, en el que el Estado socialista parece también estar oportunamente aprovechando el cambio de dirección de Trump para acercarse a Europa.

El comisario europeo para el Clima y la Energía, Miguel Arias Cañete, lamentó a finales de la semana pasada en Beijing la postura de la nueva Administración estadounidense, pero a la vez afirmó que China y la Unión Europea deben mostrar un liderazgo conjunto en materia climática e impulsarán la batalla global contra el cambio climático. Para Europa es clave contar con China, por un lado, por ser el mayor contaminante del planeta, pero, por otro lado, contar con el apoyo de otra economía grande, y que mejor que la segunda del planeta, para que la agenda de París llegue a materializarse. Sin perder de vista que Europa ve en China un mercado con un potencial inagotable.

Si algo caracteriza a China es estar atenta a las oportunidades para convertirse en el proveedor bien sea de productos, de mano de obra muy económica, o de ceder espacios a negocios que quieran instalarse en su tierra, con una flexibilidad sin competencia, pues el gobierno, con un solo partido, puede ajustar su legislación para favorecer la entrada de empresas. Todo a cambio de dinero, lo que los ha convertido en el capitalismo más salvaje del planeta.

El mundo parece estar de cabeza. El presidente de Estados Unidos decide seguir un camino no ecológico para favorecer el empleo en la industria del carbón, pero el Washington Post afirmó que los dueños de las plantas de carbón están cambiando al uso del gas natural y otras plantas están cerrando. Según el Departamento de Energía estadounidense, desde el 2006 el uso del carbón ha caído en un 53% y el uso de gas natural ha aumentado un 33%. Sin embargo, el presidente Trump prefiere retroceder en los acuerdos verde y liberar a las industrias de sus obligaciones con el medio ambiente, si con ello podría generar nuevos empleos.

Mientras Estados Unidos se cierra a los tratados económicos multilaterales, los países del Pacífico miran con esperanza a China como una especie de salvavidas al TPP. En cuanto a los acuerdos ambientales, la Unión Europea apuesta por convertir a China en su aliado para sacar adelante el acuerdo de París. Y mientras tanto Xi Jinping aprovecha cada aparición internacional para jugar su carta de salvador de las locuras de Trump y catapultar a China como la nueva primera nación del planeta. ¡A rey muerto, rey puesto!