¿Puede prosperar la democracia fuera de Occidente?

Dos tercios del éxito de Trump se deben a una sencilla idea: no al Islam”, dice un amigo. “Y esa es también la clave de Marine Le Pen y Viktor Orbán”. Cuanto más vociferan contra los musulmanes, más votantes los siguen, y no solo los más incultos. El economista Paul Collier aboga en Exodus (Oxford, 2013) por políticas migratorias preventivas porque la constitución de bloques culturales separados mina la confianza en los desconocidos, que es vital para que el capitalismo y la democracia funcionen. Una sociedad avanzada, dice, depende de “juegos de cooperación frágiles”. Guardamos cola en el ambulatorio porque los demás también la guardan, y entregamos a Hacienda una proporción estimable de nuestros ingresos a cambio de que haga un uso justo de ellos. Pero si nadie respeta los turnos y percibimos que ciertos grupos abusan de los servicios públicos, dejamos de cooperar. “A medida que la diversidad aumenta”, escribe Collier, “la cohesión disminuye y los ciudadanos se muestran menos proclives a sufragar los generosos programas de bienestar”.

¿Se han vuelto nuestros países demasiado diversos para resultar manejables? Las investigaciones realizadas en ciudades españolas que recibieron una entrada masiva de extranjeros confirman que la diversidad étnica nutre la desconfianza en los demás, pero el capital social emana también del funcionamiento de las instituciones y del respeto de la legalidad. La gente no participa en los juegos de cooperación únicamente porque se fíe del vecino, sino porque su vulneración se castiga, y los primeros en exigir que así sea son los expatriados, porque anhelan ese orden. La socióloga Berta Álvarez-Miranda cuenta que, cuando preguntas a un marroquí por qué emigra a Europa, la primera respuesta es “para buscarme la vida” y la segunda “por los derechos”. Dos jóvenes que intentaron (sin éxito) cruzar el estrecho, una vez a nado y otra colgados de los bajos de un camión, justificaban los apuros sufridos alegando que “ahí tienen leyes”. Y añadían: “Te juro que si nuestro país reconociera nuestros derechos no nos iríamos jamás”.

El historiador Niall Ferguson reconoce que esta es la norma. La mayoría de los musulmanes “vienen con la esperanza de labrarse una existencia mejor”, pero no dejan de ser “monoteístas convencidos” y han desatado “unos procesos similares” a los que causaron la caída de Roma. Europa, concluye, “ha abierto sus puertas a los extranjeros que codician su riqueza sin [obligarles a] renunciar a su fe ancestral”, y esta es difícil de “conciliar con los principios” de un “imperio laico”.

“Muchos estadounidenses”, coincide el filósofo Jim Denison, “asumen que la democracia y el Islam son irreconciliables porque lo asocian con el mundo árabe”, donde todo son satrapías. “Pero los árabes suponen un 18% de la comunidad de creyentes”. La nación musulmana más populosa, Indonesia, es una democracia, igual que Senegal. A lo mejor no son regímenes modélicos, pero en el Democracy Index de The Economist Indonesia figura a la altura de Argentina y Brasil, y Senegal queda muy por encima de Ecuador y Bolivia. ¿Son los latinoamericanos incompatibles con el estado de derecho? Nadie se lo plantea. Atribuimos sus problemas a un mal diseño institucional o a la corrupción, pero no a un antagonismo esencial, como a menudo damos a entender de los mahometanos. Y no son tan distintos, como comprobó Gallup tras los ataques contra las Torres Gemelas.

La empresa demoscópica realizó entre 2001 y 2007 una macroencuesta en 35 sociedades de mayoría islámica. Quería averiguar cuáles eran las inquietudes de sus habitantes y no halló grandes diferencias con las de la Europa cristiana. Cuando se les consulta por sus aspiraciones, no citan la yihad, sino encontrar un trabajo mejor. Odian los atentados contra los civiles, consideran que la tecnología y el estado de derecho son los principales logros de Occidente y, en su mayoría, se oponen a que los imanes intervengan en la redacción de sus leyes fundamentales. “El problema no es el Islam”, asegura el sociólogo de la UNED Héctor Cebolla, “sino una interpretación ultraortodoxa que se ha propagado gracias al dinero saudí y que resulta tan extraña en Marruecos como en España”.

O en Estados Unidos. Allí los yihadistas han matado a 94 personas entre 2005 y 2015. Para que pongan el dato en contexto, durante ese mismo periodo otras 301.797 murieron por armas de fuego. Sin embargo, cuando la Universidad Chapman pregunta a sus compatriotas cuál es su peor pesadilla, la más citada es la corrupción, la segunda el terrorismo y la quinta no son las armas de fuego, sino la posibilidad de que se controlen.

El cerebro humano es un artilugio muy extraño, y Trump por lo visto lo conoce muy bien.

 

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