La otra cara de la moneda

Washington.- El movimiento Trump despertó a muchos ciudadanos que nunca habían participado en actividad política alguna, despertó a algunos que se sintieron identificados con su discurso de añoranza de los años de abundancia y de una economía que no volverá. Activó a grupos opuestos a las ideas políticamente incorrectas, y, sin duda, de occidente a oriente todos coinciden en que es un fenómeno nuevo en un país donde los cambios políticos en la historia reciente no solían ser dramáticos. Ese discurso incendiario y populista deja muchas brechas abiertas en las que cualquier oportunista encuentra su espacio. Este es el caso del “Supremacismo Blanco”, una ideología que defiende la no contaminación de la etnia blanca, y que ha encontrado en los valores de esta Administración cabida para justificar sus ideas retrógradas.

En las propias palabras del líder de la organización Alt-right, Richard Spencer: ”Queremos revivir el imperio romano, revivir la gran Europa de los blancos”. El presidente Trump, según Spencer, es el primer paso hacia este camino, pues su campaña se basó en rescatar la identidad del país. Y la identidad de Estados Unidos la crearon los europeos que instauraron el Estado y el orden político establecido. Por lo tanto, son los blancos quienes tienen derecho a retomar las riendas de este país, de acuerdo a su visión, muy a pesar de la población multicultural que vive y aporta al crecimiento de la economía nacional.

La población de Estados Unidos se divide fundamente en 4 grupos: una mayoría de blancos que representa un 63% del total, seguido por los hispanos (15%), los afroamericanos 13% y los asiáticos que son el 5% de población estadounidense, pero que, según las proyecciones, para el 2050 podrían superar considerablemente su influencia, pues se espera que su crecimiento sea del 115%, mientras que se estima que la población blanca por el contrario declinará su crecimiento en un 5%, según la Oficina estadounidense de Censo.

Este es un país complejo, con una larga historia de esclavitud, discriminación racial, reñidas luchas políticas entre republicanos y demócratas que han dibujado las leyes de acuerdo al momento histórico, pero que han respetado una misma constitución desde 1787, siendo la constitución más antigua aún vigente en el mundo. Las diferencias entre la costa este y la oeste, o el norte del país con el sur, y el centro son también profundas. Estas diferencias están presentes en la demografía. Por ejemplo, en el centro del país la presencia de afroamericanos es casi inexistente, Nuevo México es el estado donde el 47% de los ciudadanos que allí habitan son hispanos, o California que cuenta con la mayor población asiática de todo el país.

Cuando los radicalismos se apoderan de la población, las respuestas pueden llegar a ser realmente graves. Una de las etapas oscura de la historia de Estados Unidos fue justo después del bombardeo de Pearl Harbor en 1941, cuando el presidente Roosevelt, a través de un decreto ejecutivo, reubicó a unos 120.000 japoneses (muchos de ellos legales, otros nacidos aquí) en campos de retención alegando razones de seguridad. Esta medida extrema, considerada como de las peores violaciones de derechos civiles y libertades, se puso en marcha para dar respuesta al sentimiento de rechazo que empezó a crecer en la población civil hacia los japoneses después del bombardeo.

Fue tan solo en la década de los 50 que se acabó con la segregación en los colegios, o en los años 60 que se promulgó el Acta de Derechos Civiles, con el objetivo de prohibir la discriminación por motivos de raza, origen nacional, religión o sexo, además se quería garantizar la igualdad de voto.

Sin embargo, la existencia de leyes no puede frenar la creación de organizaciones racistas como Alt-right. Este grupo de extrema derecha que se autodefine como nacionalista blanco pero que no aceptan ser neonazis, durante los meses álgidos de la campaña electoral aprovecharon espacios para avivar sentimientos en quienes de alguna forma se sienten desplazados por la diversidad étnica que ha venido experimentando este pais.

Los discursos oportunistas muchas veces devienen en estos productos, en que personajes anónimos se sienten apoderados con el arma de la palabra y el uso de ideologías absurdas que añoran momentos históricos para justificar sus ambiciones. Así pues este grupo se ha instalado en el norte de Virginia, Alexandria, estado sureño, corazón de la rebelión en la época de la guerra civil y parte de las razones que llevaron a Abraham Lincoln hace más 150 años a proclamar la emancipación de los esclavos.

El presidente Trump y su equipo deberían prestar atención al efecto combustible que tiene las palabras o los hechos, como el decreto de inmigración, que de momento el poder judicial ha neutralizado. Deberían evaluar las consecuencias de una nación dividida y sus nefastos efectos tanto para el desarrollo como el bienestar y la paz de la nación.

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