Seis preguntas y respuestas sobre la cumbre entre Trump y Kim. Miguel Ors Villarejo

¿No ha habido antes otras negociaciones? Desde el armisticio de 1953, la relación entre Corea del Norte y Estados Unidos se ha ajustado a un patrón familiar: tras un largo periodo de estancamiento, una de las dos partes (generalmente Pyongyang) propone un diálogo que fracasa cuando una de las dos partes (generalmente Pyongyang) incumple sus compromisos. Así sucedió con el Acuerdo Marco (Agreed Framework) que impulsó en 1994 Bill Clinton y que Kim Jong-il liquidó con un lanzamiento de misiles en 1998, o con la negociación a seis bandas (además de las dos Coreas y Estados Unidos, Japón, China y Rusia), que arruinó un ensayo nuclear en 2006. “Las sucesivas administraciones americanas”, escribe The Economist, “han invertido años en una cauta y concienzuda diplomacia […], respaldada por una juiciosa mezcla de palo y zanahoria. Después de cada firma, los norcoreanos se embolsaban las ayudas, rompían su palabra y reanudaban su programa atómico. En el mejor de los casos, todo el esfuerzo servía para retrasarlo unos años”.

¿Por qué ahora? Los enviados de Corea del Sur que transmitieron a la Casa Blanca el deseo de Kim Jong-un de reunirse lo antes posible atribuyen la iniciativa al “contundente planteamiento” de Donald Trump, cuya “máxima presión” ha forzado a Pyongyang a considerar una “desnuclearización completa” de la península. Pero la oferta no es ninguna novedad. “Corea del Norte lleva 20 años deseando celebrar una cumbre con un presidente estadounidense”, explicaba en Twitter Jeffrey Lewis, del Instituto de Estudios Internacionales de Middlesbury. “Ha sido una prioridad de Pyongyang desde que Kim Jong-il invitó a Bill Clinton [sin éxito]”.

¿Tienen algo que ver las sanciones? No está nada claro. Aparte de los diplomáticos surcoreanos, que son ardorosos partidarios de que la cumbre tenga lugar y se cuidaron de envolver la propuesta en todo tipo de elogiosas consideraciones hacia la persona de Trump y “su maravilloso equipo de seguridad”, el único que ha calificado de severo el daño que el bloqueo está infligiendo es el secretario de Estado Rex Tillerson, cuyo nivel de información tampoco debe de ser alto, porque se enteró de la invitación de Kim (y de su aceptación por Trump) mientras estaba de gira por África. The Economist dice que “China sigue suministrando energía y alimentos” a su vecino. Por su parte, Bryan Harris afirmaba hace unos meses en el Financial Times que Corea del Norte no está tan mal. “Ha pasado de un socialismo férreamente controlado a un modelo básicamente de mercado” y, aunque las estadísticas disponibles son poco fiables, los expertos que viajan con frecuencia al país coinciden en que “el cambio salta a la vista”. Ha surgido una clase adinerada llamada donju que exhibe su poderío en los cada vez más numerosos restaurantes y comercios. “Según una encuesta entre más de 1.000 desertores”, dice Harris, “el 85% de la población se abastece ahora de alimentos en los mercados y únicamente un 6% depende ya de las cartillas de racionamiento”.

¿Estamos ante otra añagaza de los Kim? Es posible, pero si Corea del Norte busca un crecimiento sostenible como el que han experimentado otros tigres asiáticos, necesita captar masivamente capitales y exportar aún más masivamente, y difícilmente lo logrará tirando bombas. No le viene mal rebajar la tensión. Además, debe de pensar que el desarrollo de un cohete continental, capaz de alcanzar territorio americano, le permite afrontar un diálogo con la Casa Blanca desde una posición más firme. Finalmente, un antiguo asesor de George Bush hijo, Christopher Hill, observa que Pyongyang nunca había planteado una desnuclearización total y “hay que explorar esa vía”, con las debidas cautelas. Como advierten otros dos asesores presidenciales, Michael Green (Bush hijo) y Evan Medeiros (Barack Obama), Pyongyang “únicamente pretende detener las sanciones” y “jamás renunciará a su arsenal atómico”.

¿Por qué se ha echado Trump al ruedo tan deprisa? Es un desafío a la altura de lo que considera que es su principal talento: la capacidad negociadora. Como deja claro en Nunca tires la toalla, ha llegado a acuerdos donde otros habían fracasado. La mayor dificultad de sus edificios emblemáticos (el hotel del Soho, la torre que lleva su nombre) nunca fue técnica, sino política: resistencia vecinal, barreras burocráticas, etc. Y una vez entablado el diálogo, sabe ser desconcertantemente creativo. “Cuando la otra parte espere un duelo, ofrécele una alianza”, dice a propósito del campo de golf escocés de Menie Estate. Allí debió hacer frente a una gran oposición medioambiental y se metamorfoseó en Donald, el Amigo de los Animales: estabilizó dunas, construyó madrigueras artificiales para las nutrias y cajas nido para los murciélagos, financió iniciativas para preservar el tejón, el tritón palmeado y la gaviota cabecinegra… “La gente esperaba un duelo y, en lugar de eso, ofrecimos una alianza”.

¿Será esa su estrategia con Kim Jong-un? No hay que descartar nada, aunque ahora se juega algo más que el dinero de un puñado de socios.

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