Brevísima digresión sobre los indicadores económicos alternativos. Miguel Ors Villarejo

Se estima que en el planeta habrá unos 44 millones de burros y que una cuarta parte están en China. Me imagino que esto no les dirá mucho, pero lo llamativo es que la población de pollinos siguió creciendo en las últimas décadas del siglo XX, pese al espectacular despegue que experimentó en ese mismo periodo el parque de vehículos de tracción mecánica. ¿Qué nos revela esta contradicción?

Tyler Cowen, catedrático de la Universidad George Mason y exitoso bloguero, enunció hace algún tiempo tres leyes económicas. La primera es que todas las teorías tienen algún fallo. La segunda, que se hacen estudios sobre cualquier cosa. Y la tercera, que todas las proposiciones sobre los tipos de interés reales están equivocadas.

Dejando a un lado la tercera ley, que es demasiado específica para los propósitos de este artículo, queda claro que el asunto de los burros cumple la segunda: hay estudios sobre cualquier cosa, aunque debo decirles que censar burros no es lo más excéntrico que he leído. “Cuando se trata de averiguar qué va a pasar con la economía”, dice Brad Hoppman, “no faltan métricas […] no tradicionales”. El motivo es que las tradicionales son lentas. El prestigioso National Bureau of Economic Research, que es el organismo encargado de certificar los cambios de ciclo en Estados Unidos, comunica el comienzo y el final de las recesiones con “varios meses” de retraso, lo que le resta utilidad. Igual sucede aquí con el Instituto Nacional de Estadística: para cuando anunció que España estaba en crisis no quedaba nadie que no se hubiera enterado.

Los inversores buscan, por ello, indicadores alternativos. Algunos son técnicos, como las licencias de obras, las horas trabajadas o los pedidos de los gestores de compra de las empresas. Pero hay otros más imaginativos. Trevor Davis observó que los zapatos de suela plana de los 90 dieron paso a los stilettos imposibles de Sexo en Nueva York a raíz del estallido de las puntocom, y teorizó que la longitud del tacón es inversamente proporcional a la actividad. Algo similar ocurre con las faldas: se acortan cuando las cosas van mal y se alargan cuando se recuperan. Tiene toda la lógica: la gente intenta compensar en el vestuario la alegría que falta en la economía.

El problema es que no son indicadores adelantados, igual que otras actividades que se generalizan con las vacas flacas, como ir al cine, un pasatiempo muy asequible; comprar la cerveza en el supermercado y beberla en casa en lugar de ir al bar, o no reclamar a la morgue los familiares muertos, para ahorrarse el entierro.

Mucho más práctico resulta fijarse en la altura de los edificios. La crónica de los pánicos financieros está jalonada de rascacielos: el Empire State Building (Crac del 29), las Petronas (Crisis Asiática), las torres de Florentino (Gran Recesión)… La razón es que el precio del suelo se dispara durante las burbujas y obliga a construir en altura. Es un indicador adelantado y fiable, pero tampoco funciona del todo porque las burbujas son muy divertidas, nadie quiere que acaben y, a los pocos que piden moderación, les tapan la boca y los llaman aguafiestas.

¿Y qué nos enseña la población de burros? Malcolm y Paul Starkey creen que en Europa la mejora del bienestar ha permitido a los agricultores comprarse coches, lo que ha sido letal para los medios de tracción animal. Pero en China los campesinos los siguen usando para desplazarse porque los beneficios del crecimiento todavía no les han alcanzado. La evolución de los pollinos revela un problema de desigualdad.

Dicho lo cual, no olvidemos la primera ley de Cowen: todas las teorías tienen algún fallo.

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