La Gran Muralla, Notre-Dame y Oscar Wilde. Miguel Ors Villarejo

Notre-Dame tardó más de dos siglos en culminarse, pero Emmanuel Macron ha prometido reconstruirla en cinco años. No es lo mismo levantar una catedral desde cero que reconstruirla, pero se trata en todo caso de una diferencia de tiempo enorme, que da idea de lo mucho que ha avanzado la civilización. Nos han educado en la veneración de las Siete Maravillas del Mundo que nos legó el helenismo. El Coloso de Rodas, el Faro de Alejandría o las pirámides de Guiza se erguían imponentes en las láminas de nuestros manuales de historia, pero cualquier país mediano podría hoy replicarlas sin incurrir en un esfuerzo excesivo. La Estatua de la Libertad es más alta que el Coloso, Torrespaña le saca más de 100 metros al Faro y con lo que nos hemos gastado en el AVE a Barcelona podríamos montarnos un juego de 11 pirámides como la de Keops. En Las Vegas ya se les ha ocurrido: el hotel Luxor replica el mausoleo egipcio y, aunque no lo iguala en tamaño por 30 metros, es mucho más acogedor.

Durante siglos la obra más cara de la humanidad fue la Gran Muralla. La firma británica de material de construcción Travis Perkins calculó hace unos años lo que supondría erigir las llamadas Nuevas Siete Maravillas, de las que la fortificación china forma parte, y concluyó que podría entregar sus 21.000 kilómetros en 18 meses, y no a lo largo de 2.000 años y varias dinastías. Eso sí, el presupuesto se iría hasta los 62.000 millones de euros. Es un dinero, sin duda, pero la Gran Mezquita de la Meca la gana por 40.000 millones.

El Coliseo de Roma, otra de las Nuevas Siete Maravillas, saldría por 461 millones de euros, con lo que ni siquiera estaría entre los 20 edificios más caros. En cuanto al Taj Mahal, símbolo del lujo oriental durante tanto tiempo, Travis Perkins te lo podría dejar en 80 millones, una miseria comparado con lo que los superricos del siglo XXI pagan por sus mansiones.

La propia Notre-Dame no costó más de 250 millones, según estima la tesis de la investigadora Amy Denning. Esta suma no es ni la mitad de los 700 millones que, dos días después de que la catedral ardiera, se llevaban recaudados en donaciones privadas. Esta espectacular reacción de solidaridad revela que la impresión que dejan en nuestro ánimo estos monumentos supera claramente su importe económico (que, por otra parte, resulta sorprendentemente bajo).

Quizás Oscar Wilde estaba después de todo equivocado cuando apuntó que “el hombre moderno conoce el precio de todo y el valor de nada”. (Foto: Sebastien Poncelet)

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