El golpe chiita

El ataque a instalaciones petrolíferas en Arabia Saudí esta vez sí ha alarmado a Occidente que sigue conteniendo el aliento hasta hacer una evaluación real del impacto que va a tener sobre el precio del crudo y, consecuentemente, sobre la economía. Pero la alarma no ha llevado, al menos públicamente, a pensar en una estrategia clara sobre como abordar la escalada de tensión en Oriente Próximo más allá de as habituales baladronadas de Donald Trump.

No cabe ninguna duda de que Irán, directa o indirectamente, ha estado detrás de los ataques con drones. Hayan sido los huttíes de Yemen, donde hay expertos y unidades militares iraníes sobre el terreno que les asesoran y apoyan, o directamente las fuerzas de Teherán, el ataque tiene el carácter de una operación calculada contra el líder, espiritual y financiero del Islam sunni, en la confrontación entre ambas corrientes que se extiende desde las fronteras de Turquía hasta las de la India.

En ese escenario, el pulso que están echando los iraníes para consolidar su influencia en Irak y Siria y debilitar la de Arabia trasladando crisis económica y política a Occidente, es una apuesta estratégica que merece algo más que una condena y una amenaza de una operación militar de castigo. Irán está aumentando su protagonismo agresivo, tiene planes de dotarse de capacidad de ataque nuclear, es capaz de determinar la situación política en Líbano, Irak y Siria y se está convirtiendo cada vez más en el gran padrino del terrorismo palestino, en este caso al margen de que los grupos armados sean básica y religiosamente sunníes.

En esa guerra política y religiosa Yemen es una pieza estratégica clave porque desde su territorio se puede controlar, facilitar y estrangular la ruta marítima desde los campos petrolíferos orientales a Occidente. Por eso, Arabia Saudí, los Emiratos, Egipto y Marruecos han estado presentes militarmente sobre el terreno para frenar la insurrección de los huttíes chiitas aliados de Irán, bajo la atenta vigilancia y el apoyo tácito y explícito de Estados Unidos e Israel.

Pero hay más protagonistas, discretos pero muy activos. Por ejemplo, China. Pekín depende, al menos mientras desarrolle más fuentes de energía propias, del petróleo de Oriente Próximo y no quiere de ninguna manera que haya una guerra de alta tensión en la zona ni bloqueo de las rutas. Así, mientras se alinea automáticamente con Irán en los foros internacionales, está mediando entre Teherán y Whashington y presionando a Teherán para bajar la tensión. Y por supuesto Rusia, presente en todas las salsas y jugando, con la cortada de buenas intenciones a consolidar a su vez, en algunos casos de la mano de Irán, la creciente sombra de Putín.

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