INTERREGNUM: China en una Asia multipolar. Fernando Delage

Mientras el gobierno chino intenta sacar partido a la generosidad de su ayuda médica, y aumenta la escalada retórica entre Washington y Pekín sobre el origen del coronavirus, la dinámica geopolítica no se ha detenido. En las últimas semanas se han multiplicado los incidentes entre China y sus vecinos. A mediados de marzo, aviones del ejército chino cruzaron en una operación nocturna la línea mediana que, en el estrecho, separa Taiwán de la República Popular. Dos semanas más tarde, un barco de pesca chino colisionó con un destructor japonés en el mar de China Oriental. Entretanto, en el mar de China Meridional, tampoco han faltado incidentes entre buques chinos con Vietnam y Filipinas, a la vez que Pekín ha continuado con el despliegue de capacidades militares en las islas bajo su control en el archipiélago de las Spratly.

¿Son estos hechos una mera coincidencia? ¿Está China aprovechando la pandemia, y la desaceleración de su economía, para avanzar en sus intereses de manera más agresiva? La explicación más plausible es quizá la más sencilla: Pekín simplemente continúa desarrollando su política dirigida a reorientar el escenario regional a su favor, minimizando la libertad de maniobra de Estados Unidos mientras crea una relación de interdependencia asimétrica con su periferia. La Nueva Ruta de la Seda es la mejor ilustración de sus métodos, pero también una ventana hacia sus limitaciones y problemas futuros. Así parecen confirmarlo tres nuevos libros, publicados cuando se cumplen cinco años de la adopción del primer documento oficial del gobierno chino sobre la iniciativa.

Como es sabido, la Ruta tiene un doble eje, continental y marítimo, que recuerda la estrategia imperial británica y las ideas de dos de los padres fundadores de la geopolítica: la teoría de que el control de Eurasia es la clave para la hegemonía global (tesis de Halford Mackinder), y la convicción de que el poder marítimo—tanto comercial como militar—es un pilar central de la primacía internacional (según pensaba el almirante Alfred Thayer Mahan). El primer eje es el objeto del trabajo de Daniel Markey, China’s Western Horizon: Beijing and the New Geopolitics of Eurasia (Oxford University Press, 2020); un enriquecedor análisis de las motivaciones chinas, pero también de las dificultades con que se está encontrando en su esfuerzo por reconfigurar el espacio geoeconómico y geopolítico euroasiático. Markey, antiguo diplomático norteamericano y en la actualidad profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Johns Hopkins, completa su examen de conjunto con un estudio detallado de lo que está ocurriendo en tres países en particular: Pakistán, Kazajstán e Irán. Su conclusión es que las ambiciones chinas chocarán con las realidades euroasiáticas. Las acciones de Pekín le implicarán en la dinámica local y regional de manera no siempre beneficiosa para sus intereses. Pero también es cierto, como le revela un alto cargo de la Casa Blanca, que Estados Unidos no presta suficiente atención: Washington “carece de una política euroasiática” porque sus prioridades se encuentran en la periferia marítima, es decir, en el “Indo-Pacífico”.

Es este segundo espacio el atrae la atención de Rory Medcalf en Contest for the Indo-Pacific: Why China Won’t Map the Future (La Trobe University Press, 2020).  Medcalf, también exdiplomático y en la actualidad profesor en la Universidad Nacional de Australia, ha sido uno de los primeros expertos en dar forma a este nuevo concepto que describe la región, y que no es un mero término sustitutivo del anterior “Asia-Pacífico”. La proyección naval china en el Índico es, para el autor, uno de los hechos geopolíticos más significativos del siglo XXI. Pero así como en el pasado—al contrario de algunas afirmaciones—no era China quien estaba en el centro de este espacio marítimo, tampoco lo estará en el futuro. Para Medcalf, el Indo-Pacífico es ante todo un escenario multipolar, demasiado grande y complejo para que una única potencia pueda imponerse sobre los demás. El discurso multipolar coincide con la cultura estratégica de ese otro gigante situado entre los dos ejes de la Ruta de la Seda, y principal enemigo del proyecto: India. No habrá un “siglo de Asia” si Pekín y Delhi no cooperan, como tampoco podrá completarse la iniciativa china con la oposición india. Las razones las explican dos perspicaces analistas indios, Samir Saran y Akhil Deo, en Pax Sinica: Implications for the Indian Dawn (Rupa, 2019). Como Markey y Medcalf, los autores reconocen la gran fuerza transformadora que representa China para la estructura regional y global. No obstante, también piensan que Pekín minusvalora los obstáculos a sus ambiciones. Ninguno de estos libros ha podido medir el impacto del coronavirus, pero la crisis no ha hecho sino amplificar su objeto de estudio: la competición por el liderazgo futuro de Asia.

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