INTERREGNUM: Destrucción creativa. Fernando Delage

Según las proyecciones hechas públicas por el FMI, por primera vez en seis décadas Asia no crecerá este año: la recesión provocada por el coronavirus se traducirá en una caída de la demanda global como mínimo hasta finales de 2020. Pero la gestión del impacto social y empresarial de la pandemia no es incompatible con la oportunidad que se presenta para reconsiderar prioridades estratégicas y fortalecer las economías a largo plazo. La combinación de reformas internas y cooperación regional—aunque no puedan darse por seguras—permitirían recuperar a no tardar mucho el dinamismo de la región (en Asia oriental al menos).

En China, que no ha discutido la estimación del FMI de un crecimiento del 1,2% en 2020—muy por debajo del objetivo oficial del 6%—la pandemia ha exacerbado los desafíos estructurales de su economía. Cientos de miles de pequeñas empresas han quebrado, los beneficios de las compañías estatales han caído casi un 60%, y el desempleo ha crecido en 4,5 millones de trabajadores en el primer trimestre. Se redobla así la presión para mejorar los índices de productividad, en unas circunstancias nada favorables: muchos países quieren restringir las transferencias de tecnología a China, y reducir el acceso de productos chinos a sus mercados. Es un escenario que podría obligar a los dirigentes chinos a impulsar las reformas estructurales que dijeron necesitar en 2013, pero que por razones políticas abandonaron a favor de un intervencionismo estatal aún mayor.

El pasado 9 de abril, el Consejo de Estado propuso que las autoridades dejen de determinar los precios de los factores de producción. Una semana más tarde, una reunión del Politburó hizo hincapié en la necesidad de proteger a las pequeñas empresas privadas y sus trabajadores, y ampliar el papel del libre mercado en la asignación de recursos. Habrá que esperar a la adopción en otoño de las directrices del próximo Plan Quinquenal (2021- 2026) para confirmar si se produce ese cambio de estrategia económica. Aunque hay sobradas razones para el escepticismo, estas señales del gobierno reflejan, no obstante, el temor a la pérdida de los mercados internacionales. El comercio exterior ha disminuido como porcentaje del PIB chino, pero la crisis del coronavirus ha hecho evidente para Pekín el imperativo de preservar la globalización y la integridad de las cadenas de valor. De otro modo estarán en riesgo las ambiciones de convertirse en el centro económico de Eurasia y el Indo-Pacífico. Sirva como ejemplo la decisión del gobierno japonés de asignar 2.300 millones de dólares de las medidas económicas adoptadas contra la crisis a apoyar a sus empresas con el fin de trasladar su presencia industrial fuera de China.

No debe sorprender por ello el llamamiento por parte china a la cooperación con Estados Unidos y a dar un nuevo impulso a la cooperación con sus vecinos. En respuesta a una iniciativa de la República Popular, a finales de marzo los ministros de Asuntos Exteriores de China, Japón y Corea del Sur mantuvieron una reunión para discutir mecanismos conjuntos de prevención y control de pandemias, sumándose así a las propuestas ya planteadas por sus vecinos del sureste asiático. Es una muestra de que, a pesar de las diferencias que puedan existir en el terreno político, los países de Asia oriental—como ya ocurrió con la crisis financiera de 1997-98—vuelven a ser conscientes de la estrecha interdependencia de sus intereses. La pandemia proporciona de este modo una nueva oportunidad para seguir avanzando en la construcción de una comunidad regional. Y mientras la actual administración norteamericana desconfía de las instituciones multilaterales, los países asiáticos pueden asumir su defensa en el orden mundial que viene, al apoyar acuerdos de libre comercio (como la Asociación Económica Regional Integral, RCEP en sus siglas en inglés), impulsar la reforma de la OMC, y corregir la deriva de fragmentación en las instituciones de la gobernanza global. Tales pueden ser, en efecto, algunas de las consecuencias de la ola de destrucción creativa desatada por el virus en el mayor y más diverso de los continentes.

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