El G7 frente a China

El presidente Biden se ha apuntado un triunfo en su estrategia frente al desafío de China logrando la cohesión del grupo de los siete países con las economías más fuertes del planeta (G7). Pretendía cambiar el rumbo marcado por Trump es sus formas arrogantes y unilaterales aunque no en el fondo: se trata, como antes, de frenar la crecente influencia china en los planos económico, tecnológico, político y militar, y no sólo por competir por estos espacios sino porque aquella influencia se apoya y se desarrolla sobre instrumentos de desprecio a los derechos humanos, a las libertades, a las garantías jurídicas y a las reglas de los mercados.

La estrategia aprobada por el G7, y que ahora debe ser puesta en práctica por los países (y no sólo por los del G7) que tienen en le nuca el aliento de los fondos y las presiones chinas, no será sencilla de aplicar. Esta consiste en varios ejes, entre ellos ofrecer a los países menos desarrollados inversiones en infraestructuras competitivas con las que ofrece China, invertir en desarrollo tecnológico para competir con las empresas chinas y hacer un esfuerzo especial a este respecto en aquellos países incluidos por China en su estrategia rotulada con la marca propagandística de recuperar la ruta de la seda.

Además, Biden ha logrado, no sin esfuerzo, que se haga mención a la necesidad de garantizar la seguridad y la estabilidad en el estrecho de Taiwán en una clara advertencia a las públicas pretensiones chinas de conseguir por la fuerza la sumisión de Taiwán a la autoridad de Pekín.

De esta manera Washington recupera y afianza su liderazgo en la agenda internacional, al menos en algunos de los problemas que plantean los retos de a China y Rusia, un liderazgo que Trump había debilitado con sus erráticas improvisaciones y su arrogancia.

Pero no hay que sobrestimar los aprobados en Gales. EEUU tiene intereses propios como los tienen Alemania, Francia y el Reino Unido al margen de la Unión Europea, y es la UE la que debe conseguir un consenso interior básico entre estos intereses para enfrentar la política exterior de Rusia y la de China.

En todo caso unas nuevas bases están puestas y sobre estas hay que comenzar a trabajar, y a acometer importantes inversiones que habrá que explicar a los sociedades que van a sufragarlas enfrentando argumentos populistas en los que los opositores a los valores democráticos son auténticos expertos.

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