INTERREGNUM: Todos contra China. Fernando Delage

Seis meses después de su toma de posesión, el viaje a Europa del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, marca un momento decisivo en la construcción de su política exterior. Sus dos grandes ejes ya estaban definidos: el primero, responder al desafío que representan las potencias autoritarias para el futuro de la democracia en el mundo; el segundo, articular una estrategia multidimensional frente al ascenso de China. Las democracias, más allá de la defensa de los valores pluralistas, deben también demostrar que son eficaces a la hora de gestionar los problemas de sus sociedades. Con respecto a China, Washington debe encontrar un equilibrio entre confrontación y cooperación. Sentadas las bases de la “doctrina Biden”, el siguiente paso consiste en dar forma a una estructura diplomática que permita lograr tales objetivos, para lo que resulta indispensable la colaboración de sus socios.

Si Trump debilitó la cohesión de Occidente como comunidad política, Biden quiere demostrar su necesidad en el mundo del siglo XXI, adaptando las alianzas de Estados Unidos a los cambios que se han producido en el equilibrio global de poder. Biden empezó por Asia, convocando—en marzo—la primera reunión a nivel de jefes de Estado y de gobierno del Quad, y recibiendo posteriormente en Washington a los primeros ministros de Japón y de Corea del Sur. Mientras se avanza en la posible ampliación del grupo a un “Quad Plus”, la administración norteamericana ha avanzado simultáneamente en el frente interno. El pasado martes, el Senado aprobó la “U.S. Innovation and Competition Act”, que destinará más de 250.000 millones de dólares a la investigación en inteligencia artificial, computación cuántica y semiconductores, entre otras áreas, con el fin de mantener una ventaja competitiva sobre China. También la semana pasada, el Pentágono anunció el fin de los trabajos de la China Task Force que, en enero, recibió el encargo de proponer las líneas maestras de la estrategia a seguir hacia la República Popular, aunque sus conclusiones permanecen clasificadas.

La reuniones del G7 y de la OTAN y la cumbre Estados Unidos-Unión Europea tienen como objetivo avanzar en esa misma dirección. Al invitar a Cornualles a India, Australia, Corea del Sur y Suráfrica, el G7 ha lanzado un claro mensaje político por parte de un conjunto de democracias que representan a más de 2.200 millones de habitantes del planeta y más de la mitad del comercio global. Mientras los dirigentes chinos—al igual que Putin—alimentan un discurso sobre el declive de Occidente y la “obsolescencia” del liberalismo, los participantes en la cumbre acordaron la puesta en marcha de su propia alternativa a la Nueva Ruta de la Seda de Pekín. Y, por primera vez en un comunicado final del grupo, se hizo referencia a “la importancia de la paz y estabilidad en el estrecho de Taiwán”; se expresó la “grave preocupación por la situación en los mares de China Oriental y Meridional”; y se manifestó la “oposición a todo intento dirigido a cambiar unilateralmente el statu quo e incrementar las tensiones”. Se solicitó asimismo de China el respeto a los derechos humanos en Xinjiang, y a las normas que establecen la autonomía de Hong Kong.

China ha sido también tema central en la cumbre de la OTAN en Bruselas el 14 de junio, aún no concluida al redactarse estas líneas. Aunque la República Popular no apareció en ningún documento oficial de la organización hasta diciembre de 2019, su secretario general, el noruego Jens Stoltenberg, ya había anticipado que, en los trabajos para la elaboración de la próxima revisión estratégica (“NATO 2030”), no pocas de las propuestas están relacionadas con el gigante asiático, como la creación de un Consejo OTAN-Pacífico, el establecimiento de una relación formal con India, o una vinculación con el Quad. La dificultad estriba, no obstante, en que dichas iniciativas puedan contar con el consenso de todos los Estados miembros.

Algo similar ocurre en la Unión Europea. Aunque ésta propuso una nueva agenda transatlántica nada más ganar Biden las elecciones, y comparte con la Casa Blanca la urgencia de “la cuestión China”, las diferencias son innegables. Washington quiere contar con la UE en su estrategia hacia Pekín, pero Bruselas prefiere optar por un camino menos beligerante que no ponga en riesgo sus intereses económicos. En la cumbre del 15 de junio se espera lanzar un Consejo sobre Comercio y Tecnología que permitirá actuar de manera coordinada en asuntos como las exigencias de acceso al mercado chino o la promoción de estándares tecnológicos conjuntos. Es ésta una aproximación técnica y gradual que contribuirá a mitigar las divergencias políticas de fondo entre ambos socios.

Las discusiones de una intensa semana permiten pues concluir que se van consolidando los esfuerzos dirigidos a construir un enfoque compartido por el mundo democrático sobre China, y a reorientar el eje geográfico de sus preocupaciones estratégicas hacia el Indo-Pacífico. La evolución política de Occidente abre una nueva etapa al integrarse, bajo distintos formatos, en una misma coalición global con las democracias de Asia.

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