Muerte en Kabul

Con la victoria militar del movimiento talibán en Afganistán mueren muchas cosas, además de las personas que están en la agenda político terrorista de este grupo político-religioso. Muere un proyecto occidental nacido más de la improvisación que de la planificación; muere (aún más si cabe) la credibilidad de EEUU y de las democracias occidentales y muere, sobre todo, una gran dosis de esperanza-ingenuidad de las opiniones públicas europeas y norteamericanas. Kabul va a ser el símbolo de la muerte de muchas cosas.

 

Pero, detrás de esa aparente vuelta al punto cero de 2001, con los mullah integristas gobernando otra vez (más allá de esa simplista, reduccionista y absurda comparación con el Saigón de la huida norteamericana tras la derrota en Vietnam) hay muchos elementos nuevos que conviene analizar para intentar atisbar futuros escenarios.

 

En primer lugar los vencedores. El movimiento talibán ha cambiado profundamente durante las dos décadas de retroceso. Hoy está gobernado por una generación más radicalizada que antes en lo religioso y más capaz y pragmática en lo militar. Esta combinación le ha permitido una estrategia de aprovechar las debilidades de Estados Unidos, sus necesidades electorales de salir del atolladero y sus enormes gastos para aparentar una negociación en la que desde Washington se ha llegado a admitir (en el título del acuerdo, aunque para matizarlo a continuación) la expresión “Emirato” referido a los talibán; se ha aceptado una retirada, ejecutada con precipitación, que ha dejado terreno libre a los insurgentes y vendido al gobierno de Kabul, y, sin explicación suficiente, un abandono de medidas, ideas y estrategias pensadas, en principio, para dotar a aquel país, y con él a la región y al mundo, de mayor seguridad contra el terrorismo islamista. Mientras negociaban, los talibán lograron reforzarse militarmente sin dejar de realizar atentados terroristas, lo que explica su guerra relámpago de ahora frente a un ejército oficial desmoralizado que casi siempre huye antes de dar batalla.

 

Además, el movimiento, tradicionalmente apoyado en la etnia pastún y con grandes apoyos sociales, económicos y políticos en Pakistán, cuenta ahora con grupos significativos de hazaras (la etnia marginal, rebelde frente a todos los gobiernos de los últimos cincuenta años), uzbekos y tayikos. Hay que señalar que los hazaras son mayoritariamente chiíes, lo que supone un cambio  para el integrismo suní de los talibán, y cierto apoyo de uzbekos y tayikos permitirá penetrar en Uzbekistán y, más importante, en Tayikistán, con bases aliadas y rusas en su territorio y con frontera con China, justo en la región donde los uigures, musulmanes, están siendo reprimidos duramente por Pekín.  Este nuevo perfil talibán le proporciona una profundidad estratégica nada desdeñable.

 

En segundo lugar, el campo, difuso, contrario. Con la caída del gobierno apuntalado por EEUU en Kabul, cae la influencia de la vieja y apenas cosida alianza de los señores de la guerra apoyados en sus grupos étnicos respectivos y con enormes intereses, como el talibán, en la economía del opio, centenaria y enormemente productiva en Afganistán.

 

En tercer lugar los vecinos. Rusia fue vencida en Afganistán en los años ochenta tras una invasión desastrosa y ahora ve como un islamismo fanático y reforzado se sitúa a las puertas del Asia Central ex soviética donde Moscú se disputa su influencia con el nuevo expansionismo chino. China, por su parte, está encantada con la derrota de EEUU y quiere jugar papel de árbitro ahora, pero ve con preocupación la posible influencia de la victoria talibán entre los uigures. Hay que decir que en la dirección talibán hay dos corrientes respecto a China: una pragmática, que quiere llevarse bien con Pekín y establecer acuerdos de suministros militares a cambio de inversiones y extracción de tierras raras, de las que Afganistán tiene enormes reservas, y otra que defiende estrechar lazos con los uigures y extender el conflicto político religioso a toda la región.

 

Finalmente, no olvidemos que Pakistán, ambivalente en su política frente al talibán, sale reforzado, lo que hace enderezar las orejas de India en relación con Cachemira, y, en la frontera occidental, Irán observa como el fundamentalismo sunní se consolida y abre la puerta a influencias de sus enemigos religiosos como Pakistán y Arabia Saudí.

 

No son datos para la esperanza pero son los datos, necesariamente sumarios para este editorial, que dibujan un inquietante escenario.

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