INTERREGNUM: AUKUS y el dilema asiático de Rusia. Fernando Delage

AUKUS, el pacto de defensa anunciado por Australia, Reino Unido y Estados Unidos el pasado 15 de septiembre, es una indicación de que el modelo de alianzas del siglo XX no es quizá el más adecuado para los desafíos de seguridad de nuestro tiempo. Estructuras como la OTAN—cuyo papel en la estrategia norteamericana cabe prever se reducirá—serán sustituidas (o acompañadas) por alternativas más flexibles, como la formada por los países de la angloesfera. Es una fórmula que permitirá que otras naciones puedan sumarse más adelante al grupo, como Canadá, Nueva Zelanda, Corea del Sur o—por qué no—Vietnam, además naturalmente de la estrecha vinculación que ya se mantiene con los otros dos miembros del Quad, Japón e India. Es una perspectiva que complica el margen de maniobra de China, de cuyas acciones dependerá en gran medida a su vez la evolución futura de la iniciativa, pero tampoco tranquiliza a Rusia.

Aunque la primera reacción de Moscú fue la de expresar su preocupación por una nueva carrera de armamentos en la región y por la posible erosión del tratado de No Proliferación Nuclear, lo cierto es que expertos rusos no han dudado en ver en AUKUS un precedente que debería permitirles promover su propia tecnología de submarinos nucleares. La preocupación mayor, sin embargo, es que, en un par de décadas, la capacidad de los nuevos submarinos australianos les permitiría operar en el Pacífico noroccidental, o incluso atravesar el estrecho de Bering hasta el océano Ártico. Sus misiles y sistemas de armamento podrían alcanzar por tanto Siberia y partes de las provincias del Extremo Oriente ruso.

No es una perspectiva muy plausible de momento, pues esas aguas septentrionales no resultan prioritarias para Australia. No obstante, si llegara a ver en AUKUS una amenaza militar directa a sus intereses, Rusia se vería obligada a dar un salto cualitativo en el desarrollo de sus propias capacidades (ya cuenta con una decena de submarinos nucleares); podría extender las operaciones de su flota al mar de China Meridional y al Índico; y, de ser necesario, coordinaría sus actividades navales con las de China, consolidando dos bloques opuestos en la región. No es un escenario de preferencia para un país de proyección básicamente continental, que ni desea encontrarse en el centro de la rivalidad marítima entre Washington y Pekín, ni depender en exceso de la República Popular. AUKUS plantea así el tipo de dilema con que Rusia se ha encontrado tradicionalmente con respecto a su presencia en Asia.

De manera recurrente a lo largo de la historia, Rusia ha oscilado entre sus dos polos de atracción, Europa y Asia. Repentinos impulsos de optimismo hacia este último continente solían terminar disipados por obstáculos logísticos, desacuerdos internos o derrotas militares. Como escribe Chris Miller en su excelente historia sobre esta relación (We Shall Be Masters: Russian Pivots to East Asia from Peter the Great to Putin, Harvard University Press, 2021), las ambiciones rusas han estado siempre por encima de sus capacidades. Con el núcleo de la nación concentrado cerca de la frontera con Europa, los pioneros de la aventura asiática recordados por Miller nunca consiguieron mantener vivo por mucho tiempo el interés de la opinión pública y de las elites políticas. En uno de esos nuevos impulsos en dirección oriental, el Kremlin hace hoy hincapié en la importancia de la “asociación estratégica” con China, un acercamiento que Biden no va a poder erosionar. No obstante, la reconfiguración del escenario estratégico del Indo-Pacífico que anticipa AUKUS sí puede condicionar de manera no prevista el renovado sueño asiático de Moscú.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comments
Inline Feedbacks
View all comments