Pakistán: atentados contra intereses chinos

Dos atentados contra intereses chinos se han producido en territorio pakistaní en las últimas semanas. El más grave, el ataque suicida contra una caravana de vehículos que transportaba a trabajadores chinos en el proyecto de construcción de una autopista en el puerto paquistaní de Gwadar. Un ciudadano chino resultó herido, dos niños paquistaníes murieron y varios resultaron heridos. Las instalaciones chinas en el puerto de Gwadar son un elemento estratégico clave, militar y comercial, para el proyecto de Ruta de la Seda marítima que China está desarrollando en una red de alianzas desde el Índico al Atlántico. Según los expertos, estas acciones terroristas estarían ligadas a extremistas islámicos procedentes de Pashtunistán y Beluchistán (áreas tribales pakistaníes) pueden poner en peligro el proyecto estrella de la iniciativa china de un corredor económico China-Pakistán.

Que Pakistán es un hervidero de tensiones (una mezcla de separatismos, extremismos islámicos e intereses tribales y étnicos) es un hecho en un escenario en el que el gobierno, apoyado en el poderoso, sofisticado y turbio ISI, el servicio secreto pakistaní, reina con crueldad y bastante hipocresía.

 

Pero la lección para China no está únicamente en Pakistán sino que se extiendo a Afganistán donde China aspira a conseguir una zona lo suficientemente segura donde realizar negocios sin exponerse mucho a los riesgos. Pero mientras los grandes negocios y objetivos estratégicos chinos se centran en Pakistán, Pekín quiere conseguir que toda la región, que estrategas norteamericanos denominan Afak, no suponga una contaminación extremista para los musulmanes uigures de la región china de Xinjiang.

El Gobierno de Xi Jinping teme que un Afganistán regido por los talibanes pueda convertirse en un refugio para extremistas de la etnia uigur, la minoría musulmana originaria de Xinjiang y que ello pueda, a su vez, desestabilizar esa región en el oeste de China, donde Pekín ha internado a centenares de miles de personas en campos de reeducación en una campaña que las autoridades chinas sostienen que es necesaria para “la lucha contra el terrorismo en la zona”. Este es, de momento, el gran objetivo chino y el punto permanente en las relaciones entre Pakín y Kabul, porque, aunque el nuevo gobierno talibán da garantías a China, esta no se fia de las numerosas facciones que integran el magma islamista y las porosas relaciones entre el islamismo afgano y los grupos pakistaníes.

Además, está el creciente factor del Daesh en Afganistán, el otro terrorismo islámico que disputa a los talibán el liderazgo del proyecto de “derrotar a Occidente y los infieles” y que suscita una preocupación que une sobre el papel a EEUU, Rusia, las repúblicas centroasiáticas, Kabul y… China. No está claro que los talibán tengan capacidad y margen para derrotarlos completamente y eso supone otro factor de contaminación extremista a no perder de vista.

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